HISTORIA DE DOS AMIGOS

Extractos de Mi Cuaderno de Notas. A continuación “la pieza” que forma parte del PUzZLE. Se recomienda el texto a los hombres y las mujeres que buscan comprender el mundo y la vida. El autor tuvo como premisa la honestidad y el coraje de continuar, hasta finalizar.

DESCARGA ARCHIVO COMPLETO © CONCILIACIÓN: EL HOMBRE QUE SE ABRAZÓ POR DENTRO – Historia de dos amigos ®El Hombre que se abrazó por dentro - Ol Sasha

En su nuevo despacho situado en la parte baja del dúplex de las Ramblas de Barcelona, un cuadro de tres metros y medio por dospreside la sala en la pared donde está situado el gran sofá de cuero. Ahí se encuentran reunidas las fotografías que reflejan los eventos más significativos del existir de Oscar. La visión del cuadro queda en ángulo muerto para el visitante, ya sea porque se sienta en los sillones frente a la mesa del despacho quedando a su espalda o por encima de su cabeza si sienta en el sofá. Igualmente desde la mesa de juntas queda apartado a la vista de los clientes que ocupan el lado que ofrece mayor amplitud para disfrutar del decorado que frente a ellos domina la impresionante librería jurídica recargada en su diseño, captando su atención si levantan la vista de los documentos porque es inmensa y de una sola pieza.

Aquel recorrido por su vida en imágenes estimulaba a Oscar. Le daba aliento cuando algún asunto se torcía. En una de las instantáneas se le ve en la puerta de los juzgados en su primera comparecencia. En otra está recogiendo un premio en la cena de empresa del bufete de la gran corporación. En otra participando en una maratón ecológica. En otra asistiendo a una importante recepción oficial con miembros de la Casa Real. En el centro, su madre, su hermana, su padre. También está presente la fotografía de su graduación y una de su infancia con Iván en Le Bon Soleil, pero la que más le agrada es la de Ana en blanco y negro; obsequio que bajo mano le ofreció la que podía ser su futura suegra y que debería sustituirse por otra a todo color en caso de que su amor sea un día completo. Por el momento se trata de un amor pendiente y en blanco y negro porque una de las partes no accedió.

Una música delicadamente suave suele adornar el ambiente con una sedante paz. Se puede trabajar confortablemente; algo que anheló durante el tiempo que estuvo empleado en el bufete. Las paredes no están pintadas, sino revestidas por madera noble de roble macizo excepto la del cuadro que está recubierta por una tela de terciopelo de un tono amarillo anaranjado y para darle mayor relieve al cuadro, dos plantas naturales con grandes hojas se elevan hasta el techo desde cada esquina a modo de columnas romanas.

En la vivienda donde ubicó su centro de operaciones profesional hay una habitación sagrada, austera, de tipo japonés, al final del pasillo en la zona interior de la parte alta. Ese habitáculo oriental lo utiliza exclusivamente para meditar. Su meditación tiene que ver con la meditación oriental más que con la meditación occidental. En occidente, meditar sugiere una actitud mental activa relacionada a menudo con la reflexión; en oriente ocurre todo lo contrario. “No puedes meditar” le había explicado a su buen amigo Iván una noche de luna nueva. “Puedes estar en la meditación” le dijo como si le estuviera mostrando un lugar. “No puedes estar en concentración, solo te puedes concentrar. Meditar es un estado. No es un acto”. Todavía funcionaba aquella especie de varilla electromagnética que captaba las vibraciones en su juventud autorregulándose sin necesidad de ayuda.

La norma imprescindible para poder entrar en el habitáculo consiste en descalzarse y encender la gruesa vela de metro y medio. Nunca hubo lamparillas. Ni ventanas. Tampoco muebles. La habitación oriental está toda forrada con una fibra opaca de un blanco neutro rallada por finos listones de madera separados entre ellos por sesenta y seis centímetros exactamente. Las medidas cuadran. Había elevado en la parte central a modo de amplio podio un cómodo lugar lleno de cojines donde se sentaba aproximadamente una hora por la noche y veinte minutos en la mañana antes de comenzar su jornada laboral. Todavía se recuperaba. Se limpiaba de todas las impurezas que había acumulado con su erróneo estilo de vida. Cada vez que cerraba la gruesa puerta corredera a sus espaldas sentía la misma sensación. Había mandado aislar las paredes con un material especial dejando pequeñas cámaras de aire que amortiguaban el sonido. En el suelo, una esponjosa moqueta denotaba un tacto agradable en la planta de sus pies. Y dejándose fuera entraba únicamente su cuerpo para permanecer quieto, inmóvil, sin mirar el reloj, ensimismado con su dialogo interior sereno y despreocupado.

Oscar admiraba la pulcritud y el refinamiento de los movimientos orientales. En su iluminada vivienda podía contemplarse una extensa colección de los más variados bonsáis que iba retocando y retocando hasta que obtenía la visión más cercana a la perfección que había tenido. Y cuando el árbol de su corazón se reflejaba en esa planta, no volvía a tocarlo. Lo cuidaba porque su belleza lo reconfortaba. Se movía por la parte que correspondía al territorio prohibido que era su domicilio particular con un kimono oriental porque además de cómodo le parecía muy elegante.

Todo cuanto acontecía era digno de su absoluta atención. Cuando barría, le gustaba escuchar como el cepillo peinaba el suelo. Cuando se duchaba, escuchaba el agua caer y sentía el jabón espumoso en su piel. Cuando cocinaba, atendía la transformación de los alimentos. Cuando Oscar se centraba en una sola actividad, la actividad, igual que él, estaba libre de tensiones. Se decía a sí mismo que no pueden hacerse dos cosas bien hechas al mismo tiempo se decía. Le había contado a su amigo Iván durante una conversación telefónica “Si hacemos varias cosas al mismo tiempo dividimos la atención y se fragmenta el resultado al no poder obtenerse el máximo provecho de ninguna de las dos actividades”. Su razonamiento había sido el siguiente: “Tratar de hacer dos cosas bien a la vez significa no hacer ninguna bien. Muchas personas hablan por teléfono mientras conducen, miran el televisor mientras comen, escuchan las noticias mientras hacen deporte en el parque, y toda esa doble actividad reduce su capacidad de concentración”. Oscar se había acostumbrado a hacer una sola cosa cada vez. Y desempeñaba solamente esa sola actividad atendiendo lo que ocurría.

A Oscar le gustaba comenzar la mañana con buen pie. Su despertador era biológico. Nunca música ni timbre estridente rompieron el descanso. No explotaba de golpe y porrazo la radio con voz impertinente. Ningún locutor pedía insistentemente que se levantara. Oscar no bajaba nunca las persianas porque la luz del amanecer era una señal de invitación a la vida. Abría sus enormes ojos de almendra y sin moverse realizaba breves ejercicios respiratorios y abdominales después. Se decía que ese día concretamente iba a ser un día maravilloso y no saltaba de la cama ni se arrastraba hasta la ducha. Como el viento se trasladaba.

Mientras se afeitaba repetía su mantra. Y en seguida de tragarse casi un litro de agua para limpiar el estómago, preparaba una infusión de hierbas que le mandaban directamente de la India con una fórmula que combinaba diversas plantas medicinales.

Una cocinera de rostro fresco y agradable, redondo, igual que su cuerpo, había sido seleccionada tras un exhaustivo proceso y provista con inmejorables referencias se aparecía para servirle un desayuno fuerte. Oscar se preguntaba de donde proceden los alimentos y como han sido producidos. Se aseguraba de que fueran merecedores de su confianza y lo eran cuando las compañías respetaban el ecosistema. “La comida no aparece por arte de magia en la estantería del comercio”, le dijo cuando la contrató. “La comida tiene su historia y sus anécdotas. La comida viene de alguna parte”. A Oscar le gustaba saber y se interesaba por conocer el país de origen. Eso era tan importante como el cómo se alimentaba uno.

Le gustaba comer sano y no era únicamente lo que comía si no la manera de hacerlo lo que permitía una correcta digestión. Sentía aversión por los alimentos prefabricados y recalentados en el microondas. Oscar saboreaba el manjar despacio. Iván se sonrío cuando en una ocasión le dijo “No perjudico la más preciada fuente de plenitud, que no es otra que la capacidad de amar, y amablemente me alimento con amor” porque aunque parecía ridículo, había decidido aceptarlo tal como era desde la niñez.

En otra ocasión le dijo a la cocinera que mantenía su ánimo agradable “Vamos tan deprisa que al sentarnos a comer engullimos la comida sin saborearla y a veces olvidamos ponerle sal o azúcar o limón porque vivimos sin reflexionar. Y reflexionar es detenerse a ponerle el punto justo de sal azúcar o limón a la vida”.

La cocinera también se encargaba de la limpieza y era quien mantenía impecable tanto su domicilio y como el despacho. Oscar demasiado la fastidiaba con el asunto del ahorro del agua “Un grifo mal cerrado provoca el goteo y una gota por segundo son treinta litros al día”. Le tenía prohibido comprar cualquier tipo de aerosol. Solamente podían consumirse productos frescos y naturales en vez de envasados o enlatados. Y le hacía llevar la propia bolsa de plástico en vez de pedirlas en la caja del supermercado.

Oscar realizó una serie de elecciones domésticas en favor de la ecología mucho antes que los políticos iniciaran el uso de la degradación de los espacios naturales en sus discursos y aunque tardarían varias décadas en insertarlo en los programas de gobierno y todavía más en ponerlo en práctica, a Oscar le importaba su proceder, su propio compromiso con el planeta que habitaba.

Le sugería que comprara en una modesta tienda familiar del centro de la ciudad. ¿Ir cargada desde ahí… sí! Fue su respuesta tajante si quiere continuar empleada. Y ella se puso a planchar. Y le dijo al entregarle su primer salario “Le ruego no abuse de la lejía en el baño. Mucha lejía no hace que mi baño sea el más limpio del edificio. Tenemos tendencia a abusar de las cosas. Se trata simplemente de matar bacterias sin perjudicar el ambiente y así los ríos y las corrientes subterráneas se beneficiarán de la disminución de residuos químicos y por ende, saldrá ganando la vida silvestre. No quiero una vivienda limpia si con ello provoco un planeta sucio”. Muchas mujeres hubieran salido corriendo de semejante casa. ¿Por qué ella siguió empleada en la vivienda de Oscar? Ella admitía la sagaz educación medioambiental que ninguna otra persona le había dado antes. Con Oscar entendió que no son necesarios tantos productos de limpieza, lo que además de economizar, ahorraba un espacio vital en los armarios. Y le aceptó sus excentricidades porque la trataba con amabilidad y respeto y la paga era considerable.

Cada noche antes de acostarse, Oscar hacía más o menos treinta minutos de bicicleta, pero no llegaba a consumir los cuarenta y cinco que marcaba el contador que él mismo accionaba por lo monótono del movimiento. Realizaba el ejercicio para evitar oxidarse pero en modo alguno le agradaba y se consolaba susurrándose “Mente sana en cuerpo sano” mientras pedaleaba. Tenía que llenar algunas horas del día de forma inteligente porque solo seis horas dedicaba a su actividad laboral. Estaba descorazonado por la programación televisiva y en el videoclub, únicamente encontraba cintas de acción con demasiados efectos especiales carentes de mensaje sino es el de la violencia gratuita, la lucha por el poder o un sexo desmedido poco apto para menores usuarios finales de las cintas.

Se distraía poniéndose minoxiril al dos por ciento en las zonas más pobres de su cabeza con unos finos bastoncillos de algodón. El cabello empezaba a escasearle. Quería evitar una prominente calvicie antes de los cuarenta. Y a continuación de pasar por su habitación sagrada, leía hasta que se le caían los ojos encima de la almohada, y, medio dormido cerraba el libro y apagaba la luz de la mesilla de noche deseándole en voz alta un feliz descanso a su amada Ana.

Los sábados y domingos casi no hacía excepciones con sus tareas, salvo que en vez de una infusión, se tomaba un par o tres zumos de naranja recién exprimidos y su desayuno, consistía en una colección de distintos frutos secos al tiempo que daba un repaso a toda la prensa acumulada de la semana. En su nevera, las ensaladas de pasta de su artista la cocinera de cuerpo y rostro redondo. Nada de carne, solamente verde. Tenía aprendida la lección!

Y algún fin de semana salía de retiro. Se ausentaba desde el vienes en la tarde hasta el lunes al mediodía. Solía ir al Valle de Arán donde espacios abiertos permiten disfrutar de la belleza de un paisaje cuesta arriba y cuesta abajo para realizar excursiones de más de siete u ocho horas que interrumpía para sentarse en una roca a deleitarse con la vista de uno de los lagos, y entonces comía embutidos, sorbía el vino local de una bota vieja y agradecía tanta Naturaleza.

El dúplex donde no faltan pinturas y esculturas que se encuentran a cada paso como si fuera un museo contemporáneo, dispone de cuatro sofisticados aparatos de aire condicionado desde que un invierno el portero del inmueble olvidó encender la calefacción central de todo el edificio y Oscar pasó mucho frío durante la noche en su dormitorio. El ruido le ponía frenético pero no tanto como el frío, así que instaló sus propios aparatos como medida de precaución “Para una mayor seguridad” le dijo a su secretaria de ojos huidizos y cuello muy largo mientras le indicaba el funcionamiento y las temperaturas deseadas en cada estación del año.

Así como su despacho es un lugar ajetreado por el desfile de gente estresada a lo largo del día, la parte alta correspondiente a su domicilio particular no puede visitarse porque es su remanso de paz. La zona quedaba excluida y se accedía por una escalera camuflada. Los clientes no sabían donde residía y no suponían que fuera ahí mismo, en el piso de arriba.

En el sombrero del edificio con su mirador como visera no había teléfono “Si tienen que contactar conmigo que llamen al despacho”. No quería tener que moverse para levantar el auricular sino le apetecía y a solas consigo mismo, ni una sola llamada lo perturbaba. Ninguna sorpresa. Tampoco visitas. No quería responder, ni abrirle la puerta a nadie. Tenía línea pero nunca enchufó el aparato. Estaba en un cajón para una urgencia. Se protegía de las interrupciones. De ocho de la tarde a diez de la mañana y todos los fines de semana era un ser inaccesible; todo su mundo lo constituía la meditación y el recuerdo de Ana, sin olvidar la perenne música del inmortal Elvis Presley, tanto como su devoción por Iván.

Oscar asumía su vida bajo la capa del romanticismo. Su pasatiempo predilecto consistía en coleccionar buenos sentimientos y atesorar buenas acciones mientras seguía esperando a su amada. En la amistad, como en el amor, Oscar se mostraba altamente sensible. Atento, pero reservado antes de otorgar la apertura a nuevas amistades y relaciones ya que de esto dependen los buenos resultados o el fracaso de toda existencia humana. Debía aprender a entregar lo mismo que buscaba: amor, aprecio, afecto. Sin embargo, se encerraba exclusivamente en la promesa de una relación con Ana y no socializaba ni se relacionaba con otras mujeres.

Su forma de pensar destilaba creatividad y estaba orientada hacia las ciencias del porvenir. Al igual que su buen amigo Iván, no estaba muy convencido con lo establecido por la sociedad normativa y oficialista. Aborrecía cada día más ese orden establecido. Sostenía una alta concepción del valor humano que le comportaba penosas desilusiones. Era necesario que se sintiera adecuadamente inspirado desde su alma en su conciencia para que las fuerzas emocionales le permitieran llevar a cabo iniciativas concretas. Y se dijo a sí mismo que sería el mejor juez. Alargaría su especialización y no escatimaría esfuerzos ni dinero en un intento por unir el ideal interior con el trabajo cotidiano.

Iván todavía era un torrente que corre por la ladera empinada de una montaña regalando, obsequiando, despilfarrando emociones sin detenerse a compartir, desinteresado en conocerse tanto como Oscar aunque, eso sí, enamorado de su existencia.

A través de la meditación, Oscar entraba en comunión con la naturaleza pero a través de su profesión se enredaba en los juicios de valor tropezando con un sistema fijo que lo limitaba.

Oscar debía acudir al coraje para expresarse, para mostrar aquello que no muestra a nadie mientras que Iván se había empeñado en la simulación de realidades partiendo de lo que no es. Uno sepultaba y se oprimía proyectando un espejismo de sí mismo. El otro parecía y se expresaba ignorando lo que era en la ciudad, salvo en aquél apartado rincón del desierto.

Dotado de consistencia efectiva, Oscar se empeñará en ocultarse  evitando la reyerta con la única verdad posible. Iván surgirá para el mundo de la puesta en escena donde el disfraz y las frases se aprenden de memoria buscándose a sí mismo a través de la interpretación de sugestivos papeles, pero el uso de la farsa como medio, como trampolín, como motor que impulsa, se percata el desastre y, ya no más! Y sin embargo seguía. Huir de sus propias quimeras inventadas o por el contrario, correr a su encuentro como un perro urbano corre satisfecho un domingo de paseo por el campo…

Uno se reprime expulsándose hacia el exterior. El otro también se reprime, pero hacia el interior, menospreciándose. Y así ambos no son.

Y estarán hasta la inevitable colisión que se inflamaría en caso de conjugar esencias y semblanzas a fin de que se establezca la plena correspondencia entre lo que se es, y aquello que se muestra. Los dos son prototipo al que se dirige la apuesta.

Iván indica el terreno sobre el que conviene descender porque como el de cualquier otro mortal consiste en obrar desde el secreto para de esta forma hallar el misterio. El misterio que oculta Oscar. Y lo que se pedirá es aprender los modos en los que se maneja lo que no parece, pero está. Está ahí mismo. Excavar y sacar a la superficie. Restitución de los significados después del fango y el lodo.

Justamente se asigna a la polaridad entre farsa y verdad el tiempo que es alternativa. Las formas de adquirir conocimiento se confrontan. El sistema de valores variará. ¿Cuándo? Hay momentos en la vida que de reconocerse…

Predisposición y promesa de logro van juntos, están unidos.

                             *                  *                  *                  *

La eficaz secretaria que siempre parecía que estiraba el cuello no entraba ninguna visita nueva sin permiso. Si no estaba anotada en la agenda, previamente programada, se activaba un sencillo código de señales que consistía en indicar su presencia por el interfono añadiendo a continuación –Recuerde que debe marcharse para la firma del contrato con los clientes italianos-. Al entrar la visita, si Oscar quería y podía dedicarle tiempo, le decía que anulara la cita avisando al notario; algo innecesario porque no era cierto. Si por el contrario no sabía si debía cortar la entrevista porque todavía desconocía a la persona o el asunto lanzaba el anzuelo diciéndole a su secretaria “Cuando lleguen los clientes me avisa usted enseguida”. De esta forma, al cabo de diez minutos, con la excusa de la llegada inventada e improbable de los italianos la secretaria volvía a comparecer en el despacho informándole que los había hecho pasar al salón privado. Con este aviso podía cortar la conversación cuando quisiera sin que la visita se molestara, puesto que había sido avisada de antemano, y al salir, aunque no viera a los italianos deduciría que están en cualquiera de las puertas cerradas. Pero si no le había dicho nada al entrar la visita inesperada, igualmente debía realizar una llamada de control al poco rato para averiguar si tenía que rescatarlo. Y con una sonrisa pegada en el auricular su secretaria le preguntaba como debía proceder. Estaba completamente protegido. Evitaba derrochar su valioso tiempo guardando las buenas formas, a menudo absurdas normas de cortesía que desbaratan agendas y reunios protagonizando ambas partes la misma hipocresía. Oscar utilizaba esta treta que muy bien pudiera haber urdido el mismo Iván.

Cada dos visitas le ofrecía un zumo que la cocinera con la frescura en su rostro y frutas frescas licuaba por litros mezclando las más diversas especies. Conseguía gustos curiosos y chocantes, pero era incapaz de volver a entregar un vaso con el mismo sabor si Oscar lo solicitaba. Acababa de llevarle uno cuando le indicó por el interfono que se había personado una señorita que hacía seis años que no veía, Oscar no comprendió. No tenía idea de quien podía tratarse.

Ana comprendía a Oscar más de lo él que se imaginaba y el tercer aniversario de la fecha señalada para el feliz reencuentro, se personó en su despacho profesional sin previo aviso, así, sin más.

Cuando entró en su despacho a Oscar se le resbalaron un montón de expedientes que tenía en las manos y al retirarse hacia atrás de la impresión, tropezó con el butacón enredándose con el cordón de la calculadora que cayó bruscamente al suelo. Ella se dirigía directa como una bala hacia él mientras la secretaria se llevaba sus ojos huidizos cerrando la puerta sin escuchar el acostumbrado mensaje de su jefe: avisa al notario y haz pasar a los italianos cuando lleguen. Se había armado un lío.

Ana bordeó la mesa sentándose en el interior cruzando las piernas frente a un Oscar desconcertado que fruto del impacto visual, había caído hundiéndose en el sillón consumiendo una eternidad con su estupor. Incrédulo ojeaba la ceñida falda color melocotón, las medias de seda, los altos zapatos de tacón, la camisa de un blanco brillante con el cuello abrochado y la chaqueta que combinaba cuero y lana por igual. Ana no llevaba bolso. En modo alguno parecía tener diecinueve años. Tenía estilo. Carácter. Además de una aura multicolor capaz de atontar a cualquiera, estaba… era… toda una mujer madura y adulta. ¡Ana estaba espléndida!

Todavía atónito la contemplaba embobado y conmocionado sin pulso ni respiración, contenido el corazón, cuando la provocativa abertura de su falda dejaron al descubierto unas bonitas piernas largas que lo pusieron muy nervioso, y entonces, una amplia sonrisa se iluminó justo antes de decir -Aquella niña amiga tuya de hace seis años me ha mandado traerte esto-. Y alargando el brazo le entregó un sobre cerrado de color amarillo y salió corriendo cruzando la estancia hasta la puerta donde se detuvo para girarse lentamente hasta encontrarlo en su punto de mira y, con malévola coquetería, le envió un delicioso beso que empujó con la mano delicadamente.

Apenas habían pasado tres minutos y su aroma había impregnado totalmente paredes, sofá, mesa, sillones, las plantas que parecían alzarse con sus brazos extendidos al cielo. Oscar le dio la vuelta al sobre para abrirlo. Temblaba. Leyó el remitente: «Doña perdón a Mister O.» y dentro un par de entradas para la obra de aquella noche en el teatro Goya. Era el sexto año consecutivo que interpretaban «La extraña pareja». Al mirar el calendario, cayó en la cuenta. Su fecha. Ese gran día se salía del calendario. En su cuello había percibido la cadenita, en el sobre, encontró el otro pedazo del billete y en el semblante de Oscar apareció una tímida sonrisa que se ensanchó hasta salirse por las ventanas para volar con alas inmensas por la ciudad de Barcelona.

Faltaban quince minutos para las diez. Ana no aparecía. Oscar apretaba las entradas entre sus dedos arrugándolas por la tensión de la excitación andando de una esquina a otra impaciente por divisar la esbeltez de su figura, hasta que su perfil se exhibió. Alzó las cejas rítmicamente desde la otra acera antes de cruzar por entre el denso tráfico de la avenida del paralelo. Sorteando los automóviles, se abalanzó sobre Oscar para fundirse en un intenso, largo, y tremendo abrazo suspendida en el aire girando sobre los pies de Oscar que la sostenía con firmeza. Tal sensación con pliegues de dicha ribeteados con el perfume de la consecución no podrían olvidarla nunca ninguno de los dos. Oscar había deseado esa clase de abrazo desde la famosa tarde del 30 de mayo de 1984 en el club de tenis. Tres años manteniéndose forzadamente al margen, pretendiendo encontrar el momento y, finalmente sintió todo aquel placer acumulado explotándole desde las entrañas para salpicar cada rincón de su vida ahora sí… Ana, ya estás aquí!

Rieron durante el espectáculo. Oscar no se creía lo que estaba sucediendo y le cogió la mano para confirmar que la experiencia era real. Ana estaba complacida por la calidez de su amado, pero sobretodo por la ausencia de represalias vengativas. Cuando la acompañó a su casa, de tanta alegría, se pisaban el uno al otro haciendo planes para el futuro. Ya en el portal, Oscar le dio un apasionado beso extenso y jugoso que Ana respondió alargándolo como se alarga un trayecto en autobús cuando no se desciende en la parada esperando hacerlo al completar el recorrido en la próxima ocasión, tras llegar al final y regresar al mismo lugar.

No fue hasta el fin de semana siguiente que partieron juntos. Ella se había aficionado a esquiar. El invierno anterior frecuentó el Pirineo, pero Oscar quiso celebrar la ocasión con un viaje más lejos, más largo, en una solitaria cabaña de madera de los Alpes Suizos. Diez maravillosos días en los que se tuvieron el uno al otro. Ya la primera noche frente al fuego encima de una gruesa y blanda alfombra, arropados por una dulce melodía de piano y violines, habiendo encendido seis velas, una por cada año, Ana se entregó tímidamente, retraída, porque la intención del viaje era esquiar y sin embargo… ¡prefirieron descubrirse los lunares en la intimidad!

Cuando Oscar abrió los ojos en la madrugada, tenía el aroma de su piel en las yemas de los dedos y una sensación de plena liberación. Se alzó en la alcoba ante la misma luz que desprendía Ana para contemplarla ensimismado.

Ana se había tomado suficiente tiempo para prepararse, pero todavía no se había dejado poseer. Su mente estaba dispuesta. Su corazón comenzaba a reclamar algo más que amor verbal. Su cuerpo precisaba vibrar desde la columna vertebral hasta los dedos de los pies. Quería sentirse mujer. Necesitaba ser amada después de haberse sentido inmensamente deseada durante seis años. Había aprovechado hasta el momento el justo goce de sus caricias y, al abrir los ojos sintiéndose observada, la asaltaron pensamientos eróticos. La seguridad de hacerlo en privado, sin prisas, con el hombre que amaba, pudiendo gritar si le apetecía confería a esa primera vez un vuelo especial. Ambos podrían deleitarse y repetirlo con tranquilidad, pero antes se bañaron juntos, bromeando alegres, crepitaba el fuego en el salón.

Treinta y siete minutos más tarde Oscar echó algunos leños. La iluminación tenue daba a la piel de Ana una tonalidad suave y a la vez brillante. Y precisamente en ese instante dio comienzo el juego sexual justo cuando Ana caminó descalza desde el baño oliendo a flores en primavera en medio del frío invierno. Un caluroso preludio amoroso tierno y delicado se alargó tanto como ambos pudieron resistirse porque lenta, pero progresivamente, la llevó al más alto nivel de excitación.

El nerviosismo se hizo gradualmente más firme e insoportable hasta que las ninfas de la alcoba cantaron la noble declaración a modo de invitación -Penétrame ya cielo, quiero sentirla toda desde la ingle a la garganta-. Y con tal confesión envuelta en gemidos y suspiros fue penetrada dejando escuchar un leve aullido de dolor virginal. Se había estado reservando para ofrecerle su más preciado tesoro durante todos esos años de loco flirteo. También Oscar  era virgen.

Luego de ser investida de amor, Ana se tornó más activa, se soltó por completo y fue pura dinamita, pero no hicieron el amor. Porque el amor no se hace… ¡se siente! Lo más genuino del sentimiento amoroso es justamente el sentimiento. En el arte del amor lo que menos importa es la penetración. La emotiva afectividad no quedaba al margen del sexo. No se convirtió Ana en solitario gorrión en la campiña. Estaba acompañada. Mimada por su amado.

Un sentimiento se concreta antes o después en una acción y ante la espera, sediento de amor por ella, Oscar se había cultivado para entregarse a plenitud con la máxima gratitud. Realizaba lo que tanto había deseado, cándido y desdichado, aparentemente olvidado y asombrado por el resultado, quiso desmitificar la sabiduría popular cuando afirma que la obtención de placer está ligada a determinados tipos de prácticas. La actitud relajada de ambos y el clima afectivo, lúdico, desprovisto de condicionamientos represores y pautas concretas demasiado encorsetadas, fruto de la atracción, del amor recíproco, dio con un comportamiento espontáneo donde la improvisación tuvo su razón de ser. Quién ama es capaz de manifestar en actos su sentimiento y la profundidad del mismo sentimiento. Oscar se sintió cómodo con sus impulsos. Ninguna mujer antes había sido digna y, preparado, con amor, podía derramarse enteramente en Ana.

La fuerza que condujo a los dos hasta la primera experiencia sexual fue el amor. Oscar había deseado a otras mujeres pero durante la época de internado en la residencia de estudiantes, ninguna adolescente entró nunca a sus aposentos. Al apartamento-santuario cercano a la universidad nunca llegó joven alguna. La zona privada en su dúplex ninguna mujer la conoció, excepto su secretaria y la cocinera, las dos únicas mujeres importantes a su alrededor; su madre se había trasladado a vivir a Bolivia con su hermana.

Oscar supo escoger un nido amoroso apropiado asegurando la intimidad. Ana no tendría que partir por pudor a toda carrera para que nadie la viera al amanecer. No tenía que llegar a casa porque la aguardaban sus padres mirando el reloj preocupados. No tenía que levantarse temprano para salir a trabajar. Estaban lejos. En otro mundo. Y su primer despertar, uno junto al otro, junto a esa persona a quien todavía no se conocía en ese aspecto, el único aspecto donde los hombres y las mujeres pueden conocerse realmente y beneficiarse al comprender sus diferencias, ambos, despejados los agravios, contagiados, derrumbados cada uno en el otro en su paradisíaco aislamiento se recreaban abrazados en su nuevo existir que sin demora despojaba de dudas el mañana que como un alud desbocado ansiaba perpetuar su unidad. Descubrieron desnudos sus almas gemelas.

Iván ni siquiera tenía que pasar por aquella discoteca.

Celebraban una fiesta en casa de una compañera del trabajo. Para continuarla, resolvieron partir a bailar después del pastel y el champaña y se repartieron en los distintos automóviles que salieron veloces en dirección al local de moda donde sólo ponían música salsa. Pero en su Ford PROBE Turbo de 36 válvulas de un negro resplandeciente sin una mota de polvo no había pasajeros, por lo que decidió pasar por el estudio de un solo ambiente situado en la Gran Vía al que se había mudado hacía un año porque el apartamento de la zona franca se había convertido en la trampa de una maratón carnal que no cesaba.

Los fines de semana eran autenticas encerronas (mini raptos a punta de orgasmo). Iniciaba el viernes una carrera de obstáculos que no culminaba hasta el domingo por la noche. La morena delgada de ojos verdes llegaba en cuanto salía del instituto, y se entretenía limpiándole el apartamento, cocinándole después de sobornar al portero para que la dejara entrar. Y cuando llegaba Iván, le tenía preparados diferentes platos que podía congelar y dosificar durante la semana; firmaba en su vientre y ella partía presurosa porque no la dejaban llegar más tarde de las diez. Pero justo después de la diez, tras finalizar su turno la enfermera elástica rubia platino de estrecha cintura y hombros rectos llamaba a su puerta si al día siguiente tenía el turno de mañanas, porque al estar el estudio tan cerca del hospital, solía pedirle quedarse a dormir con él y, curiosamente, ese turno se sucedía sábado tras sábado. Otra firma esta vez en su rostro, y la siguiente se resbalaba por su garganta. Y otro pedido de madrugada y el de antes que partiera a trabajar por la mañana, pues decía que le daba ánimos para el día. Y cuando estaba a punto de recuperarse, volvían a reclamarle otras rúbricas a base de revolcones. Llegaba la maestra de ojos azules como el cielo y unos senos redondos puntiagudos como limones para prepararle el desayuno a base de huevos fritos con beicon y pechugas de pollo rebozadas cortadas muy finas con doble ración de pan rayado. Se quedaba hasta el día siguiente entrada la noche. Planchar la sosegaba, y mientras lo hacía le contaba sus vicisitudes en el colegio y aceptaba consejos e ideas para el esparcimiento durante el recreo. Le chupaban la energía como vampiros. Le salían murciélagos por las orejas. Se quedaba sin el preciado manjar que succionaban y succionaban y la maestra no entendía como era incapaz de hacerlo terminar por sexta vez. No quedaba nada. Y la semana era complicada, porque se lo disputaban la propietaria de la tintorería que se le aparecía durante el mediodía porque el esposo hacía una hora y media de rigurosa siesta. Iván prefería almorzar en los restaurantes aun teniendo atiborrado el frigorífico porque su admiradora más abnegada, la más insistente de todas que logró hacerse tan molesta como una pesadilla de terror, también era una apasionada de la cocina y quería cobrar su factura cada vez que le traía comida a domicilio no solicitada. Lo perseguía cuando su esposo viajaba y viajaba de lunes a viernes por España. Otros hombres hubieran disfrutado con el desfile de féminas, pero a Iván, primero le hizo gracia jugar al escondite provocando situaciones arriesgadas para que se cruzaran en el rellano de la escalera, pero pronto quedó fastidiado de tanto sexo y se propuso que ninguna mujer traspasaría el umbral de su nueva fortaleza.

Una vez en su estudio se afeitó, se duchó, y escogió un vistoso atuendo, y mientras se vestía, una sensación extraña lo recorría como haciéndole cosquillas en los huesos. Tenía un presentimiento. Escalofríos. Esa noche sucedería algo importante, lo notaba. Temblores. Y sería algo grande. Luna nueva. Quizás por esa razón se acicaló. Incluso utilizó colonia, cosa irregular en Iván que pensaba que su mejor olor era él.

Incapaz de explicarse por qué no tenía que ir directamente al local de salsa ni por qué se ataviaba con sus mejores galas, permitió ser empujado por misteriosas fuerzas hacia quien sabe qué. Y al poner la primera marcha del Ford, sus intenciones eran reunirse con el grupo de la fiesta. Quería seguir divirtiéndose con ellos pero sin haberlo previsto se acercó antes a otro establecimiento para saludar a quien sustituyó como discjockey en Red Sun. Ostentaba el cargo de relaciones públicas en una popular discoteca y le había rogado que llegara cualquier día a tomar unas copas. Necesitaba ideas para la organización de eventos, y así, impulsado por una mágica fuerza se encontró en las puertas de la discoteca ese día en particular, en ese momento concreto, lejos del local donde aguardaban los compañeros de trabajo. En verdad no tenía que pasar por aquel sitio, sin embargo, ahí es donde se encontraba Iván.

Para poder conversar sin tener que gritar, se instalaron al lado de la escalera de acceso a la sala junto al guardarropía. Más luz, y menos ruido. Iván no había ido a bailar ni a mezclarse con la gente. Nada más quería saludar a su compañero pincha discos con brevedad y al verlo pensó “Demasiado polvo blanco”. Había adelgazado. Estaba pálido y ojeroso, con razón se le habían agotado las ideas. La droga se las había chupado y ya no quiso estar con él como si la adicción fuera algo contagioso. Iván eludía toda mala compañía de negativa influencia y se dispuso a dar un paso para salir cuando…

¡Sucedió antes de que se pudiera marchar!

Se le aproximó una chica para pedirle fuego que salió de un grupo de chicas que parecían estar muy alegres. Brilló una luz al fondo. Iván imaginó que se trataba de los focos de la pista. No prestó atención, pero al comprobar que el fuego no era para ella, sino para Susana, Iván quiso alumbrar personalmente el cigarrillo de Susana intrigado por averiguar acerca del resplandor que aumentaba como un amanecer intenso de anaranjados rayos potentes.

Depositó su vaso encima del mostrador del guardarropía. Caminó buscando en su bolsillo el encendedor que funcionaba como excusa y gancho para relacionarse  y al llegar ante ella quedó prendado por su destello cegador. Dejó de oír las risas. Los murmullos. Ya no existía la música justo cuando a Susana se le calló el cigarrillo. Iván no se agachó. Pero su descortesía no entorpeció el instante que lo convulsionó por dentro sin disimulo derrotando el terremoto la estructura de su cuerpo que como un castillo de naipes zarandeado por el aire se desmoronó. Susana tampoco se había agachado a recoger el cigarrillo, pues lo miraba fijamente hipnotizada. Ambos se miraban el uno dentro del otro.

Sin saber exactamente cómo, treinta minutos más tarde, los dos se encontraban frente a la cumpleañera. Iván quiso presentarle a Susana, quien dejó atrás a sus amigas, y fue allí, en medio de la pista del local de moda donde sólo ponían salsa que lejos de sus amigas se besaron. Pero no fue un beso cualquiera. Algo asombroso ocurrió en cuanto sus manos palparon a Susana estrujados por la multitud. Recobró la misma sensación: aquellos escalofríos y temblores que sintió en su estudio anunciado el encuentro y el beso. Un beso largo y apasionado que los mantuvo absortos al margen de todo cuanto pasaba a su alrededor. El traquetear en los bafles, algún vaso roto en el suelo, codazos y golpes involuntarios en el tumulto no importaban, uno y otro por ambos lados al ritmo de la salsa habían sido empujados por la multitud de gente dicharachera para fundirse en el beso que ni ella ni él tenían intención de darse pero ocurrió. Ninguno lo buscó deliberadamente pero se besaron apasionadamente; sobrevino así, allí, en medio de la pista de baile bajo las luces de colores como fuegos artificiales. Zarandeados por la gente se habían unido y, sí, de madrugada Susana e Iván se habían fundido ya ambos en un mismo cuerpo.

Guardaba un buen recuerdo de aquel primero de noviembre de 1.988 que transcurrió en casa de Susana. Es más, aunque intentaba olvidarlo, no lo conseguía. Susana le hizo sentir como nunca antes se había sentido Iván. Hacía mucho tiempo que deseaba sentir algo así, pero no lo había conseguido jamás. Fue como encontrar la dulzura del hogar perdido. El fulgor de una casa robada. Se sintió refugiado, protegido del exterior sin ganas de salir corriendo como en otras ocasiones en las que no hallaba un pretexto que no hiriera a su damisela. Y por una sola vez en su vida se había comportado tal como era él en realidad, sin decorados ni parafernalias y sin las posturas o los gestos prestados de otros, sino tal cual era el hombre que no deseaba que los demás conocieran. Nadie hasta la fecha había causado esa reacción espontánea que surgió natural, de ningún modo intencionada, de ningún modo forzada; le había dado la misma transparencia que otorgaba a su amigo Oscar.

Susana no sabía hasta que punto era afortunada, pues había tenido el privilegio de disfrutar del verdadero Iván, quien a menudo se decía “Debo tener cuidado porque si de mí creo una leyenda a menudo seré su esclavo”. Y a pesar de lo dicho seguía sobre actuando para sorprender a los hombres y encandilar a las mujeres, divertir a los niños y entretener a los ancianos, desarmar a sus adversarios sin necesidad de abatirlos y asombrar a clientes y proveedores y mirones. No se había quitado la máscara y la armadura hasta esa noche de embrujo y durante la jornada del día de los difuntos. ¿Había muerto el mito de Iván?

En un soplo de debilidad humana, lejos del personaje, confesaba. Y lo peor de todo es que sentía que la necesitaba. Por una sola vez alguien lo estimulaba más allá del acontecimiento. Susana fue una persona a la que no utilizó, de la que no se aprovechó porque ella no buscaba nada ni pretendía nada y ajeno a sus intenciones, pues estaban exentas de cualquier tergiversación, lo transportaba a un mundo de calidez y bondad sazonado de inconmensurable ternura. Por tal razón la necesitaba. Y eso a Iván lo asustaba. Tenía realmente miedo. ¿Iván?… por primera vez en su vida!!!

Esa rotunda necesidad era algo que estaba fuera de su control, algo que no dominaba ni comprendía pero que inevitablemente sucedía y se trataba de algo completamente nuevo. ¡Nuevo! Pero temía al pánico de necesitarla. ¿Y por qué no podía necesitar a una persona? ¡Necesitaba a Susana!

Había dicho muchas veces a muchas mujeres “El juego del amor es el más peligroso”, y se quedaba tan ancho a continuación sin advertir la contundencia de su frase. Tripulante de ese velero llamado libertad, le gustaba alcanzar cosas que a simple vista parecían imposibles, pero Susana estaba ahí y no tenía que hacer ningún esfuerzo. No tenía que conquistarla ni seducirla. No tenía que sorprenderla ni deslumbrarla con nada, solamente tenía que ser él mismo; tan sólo eso, así de sencillo y ya.

Proponerse lo que nadie es capaz de hacer y seguir adelante, triunfante, era la manera habitual de proceder de Iván, pero en esta ocasión concreta, en este momento de su vida no había competición. Nadie pujaba por Susana. No debía batirse en duelo ni salvarla de los brazos de ningún malvado varón.

Muchas personas pensaban que Iván estaba loco mientras él disfrutaba en su locura sin nadie cerca, pero ahora existía Susana y esta circunstancia amenazaba su estilo de vida. Sin embargo, los espléndidos detalles que tuvo a lo largo del primero de noviembre llenaron esa parcela del hombre llamada compañera. Compartieron bajo un mismo techo todo un día festivo. Convivieron por horas como pareja. Susana lo atendió arropándolo con una manta en el sofá del salón de su casa y cocinó para él. Y por primera vez se relajó en un lugar extraño porque era la casa de Susana, porque estaba con Susana, y porque Susana estaba feliz de cuidarlo y mimarlo. Por eso su recuerdo era para ella. Algo que no había hecho jamás. Jamás dedicó un solo minuto de su pensamiento a una mujer si no estaba con ella. Y entonces, quiso realizar una experimento y comenzó a visualizar recordando imágenes y situaciones vividas anteriormente con otras mujeres y todavía fue mayor su asombro porque al pensar en cualquier otra sintió que cometía una terrible equivocación, una especie de infracción o grave error que no tenía perdón y en absoluto era ético. Susana merecía una autentica atención. Y pensó que debía ser una mujer realmente fascinante si era capaz de incidir de aquella manera sobre él.

Le resultaba interesante, y atrayente físicamente, no en vano habían pasado intensas horas juntos hasta que cinco minutos antes de que sus padres y su hermano llegaran tuvo que marcharse sin ningunas ganas. Ella no los había podido acompañar porque su jefe se lo había pedido –Tienes que trabajar porque hay mucho acumulado-. No pudo optar al puente y salir con su familia y frecuentó a sus amigas del barrio y le descubrió en una discoteca.

Pero Iván se engañaba nuevamente al decirse que no podía dedicar a Susana un solo minuto para valorarla y profundizar en la relación para así conocerla mejor. Se decía que hacer eso llevaría mucho tiempo. Todos sus razonamientos de los últimos días comenzaban y terminaban con su nombre. Susana estaba permanentemente presente en todo cuanto se relacionaba con Iván. ¿Se le había encogido el disfraz? ¿Dónde estaba su túnica? A Iván se le había caído el antifaz!

Había sido muy egoísta durante años mirando únicamente  por sí mismo antes que por cualquier otro ser, cierto, y seguía teniendo muchos objetivos que quería materializar y creía que debía hacerlo solo, de lo contrario “No será posible” argumentaba sin plantearse armonizar nada. No podía entretenerse en las cosas de otros si lo apartaban de su plan. Tenía muchas cosas que hacer en sus interminables listas. Y se decía “El cuervo vuela en bandada pero el águila vuela sola”, y así se tranquilizaba sobrevolando el mundo, pero desde la aparición de Susana este recurso ya no funcionaba porque ella actuaba como un bofetón. Entonces buscó otro argumento con el que consolarse y comenzó a decirse cada mañana “Si quiero llegar a la meta debo correr solo, y cuanto más lejos me proponga llegar más lejos llegaré”, como si con este comentario pudiera escapar del resplandor cegador de Susana.

Iván tenía una insaciable necesidad de que le amaran y de que lo admirasen. Su acentuado problema de falta de afecto se había multiplicado con el paso de los años hasta el punto que requería del calor del público. Tenía grandes esperanzas y mucha ilusión depositada en su disco, aunque no le convenció en absoluto la propuesta final. No dejaba de ser un hecho insólito que el rey de la farsa tuviera escrúpulos. Le dolió que hubieran alterado el acuerdo.

En el contrato firmado con una productora discográfica independiente, Iván figuraba como «artista» y se comprometía a efectuar con carácter exclusivo y en calidad de intérprete grabaciones fonográficas para su explotación en todo el mundo. Dicho contrato se pactaba por una duración de tres años durante los cuales debían grabarse varios temas musicales suficientes para la edición de un disco LP por año con el fin de impulsar al máximo las ventas. Iván debía colaborar interviniendo en programas de radio y televisión, acudiendo a entrevistas, firmando discos en los grandes centros comerciales.

Al estampar su firma en aquel documento el 28 de octubre de 1988, había hecho realidad uno de sus sueños adolescentes, pero su poco conocimiento del mundo del espectáculo no evitaría el desengaño. Más bien acentuaría el desencanto. El director general de la productora estaba acostumbrado a divertirse de manera despiadada a expensas de las jóvenes promesas. Creaba expectativas esperanzadoras jalonadas de éxitos y aplausos y autógrafos rodeado de admiradores a sus víctimas siempre con la fotografía en las portadas de las revistas, y por esta razón en los pasillos de las oficinas no era raro encontrar jóvenes apasionados consumidos por el exceso de la paciente tortura justo cuando las mentiras quedaban al descubierto. Ese individuo seguramente pensaba que trataba con piedras o palos de escoba en vez de con personas sensibles llenas de ilusión.

Iván no era una excepción en su primera fase. Totalmente entusiasmado brincaba de alegría satisfecho por los futuros acontecimientos que se avecinaban. Se había entregado por completo a los ensayos con la autorización de los propietarios del concesionario IBM que comprendieron esa pasión que a ellos les habían robado los años, y ante la oportunidad que se le brindaba a su empleado, recuperando la ilusión a través del centellear de sus ojos esperanzados y le concedieron un horario de trabajo intensivo de ocho y media a tres de la tarde para que pudiera compaginar ambas actividades. Y luego de cumplir con su cometido laboral asistía Iván puntualmente a la cita con su nuevo reto atendiendo las exigencias de la coreógrafa de cinco a nueve de la noche sin quejarse por el agotamiento físico.

Por el momento, todos los gastos estaban a cargo de Iván, y no le molestó financiar su sueño porque se lo podía permitir, podía invertir tiempo y dinero. Durante tres meses trabajaron sobre un popurrí de viejos éxitos franceses de los años sesenta y setenta vivos en la memoria popular.

La permanente demora de una audición con el técnico responsable de sonido fue el principio de la inevitable y malintencionada contrariedad en forma de trampa. Algo no andaba bien. La intuición de Iván lo había alertado ya, cuando después de una exhibición con público una mañana de domingo, tras las felicitaciones, le presentaron al cantante: un hombre de unos cuarenta y bastantes años regordete y bajito muy tímido pero con una voz enorme. Miró al ejecutivo responsable del proyecto y se percató de inmediato el por qué no le habían dejado grabar sus propias versiones. Le obligaron a hacer ver que cantaba mediante playback mientras analizaban su vocalización y apariencia en escena observando sus movimientos eléctricos y apasionados a fin de garantizar la credibilidad. Iván recordaba perfectamente el francés y sus labios sincronizaban perfectamente la letra de las canciones. Ante todo y sobre todo, cuando se lo proponía era el mejor actor. Pasaba por ser el cantante si quien lo miraba desconocía el detalle. La productora precisaba de su carisma y vitalidad, de ese feeling tan especial que le diferenciaba de los demás y de la sensualidad de sus gestos peculiares, además de la iluminada sonrisa que hechizaba a las jovencitas de la oficina y a las maquilladoras, pero Iván, no se conformaba con ser puro envoltorio, quería imprimir su personalidad con su inequívoco sello. Y si no ponía su sentimiento, si no lo expresaba con su propia voz desde sus entrañas por la garganta, no quería pisar el escenario. Y le dijo al director general de la productora frente a todos los presentes que no iba a subirse a ninguna plataforma ambulante porque no quería engañar a las personas. Pretendía jugar limpio por una vez en su vida con los focos como testigos. Iván se había decidido a abrirse finalmente al mundo y miró fijamente a los ojos del individuo que pretendía convertirlo en una marioneta para decir todo cuanto opinaba respecto al tratamiento recibido y sobre el trato que más adelante iban a recibir los espectadores estafados y defraudados cuando se enteraran… “Porque todo se sabe antes o después” apostilló “La verdad es tozuda y sale a flote como un cadáver”.

Cogió sus cosas y se marchó dejando a los asistentes al discurso trastornados por la insospechada reacción de Iván. No dejó que el proyecto pasara a su segunda fase abortándolo antes del despegue. Frustró el lanzamiento discográfico y desapareció esfumándose como el viento cuando enfila hacia al polo norte, pero no sin antes anunciar que destaparía el montaje si el entramado seguía adelante con cualquier otra joven promesa ilusionada a la que castrar “Nada de farsas, si escucho el tema en la radio y no veo actuar al bajito convocaré una rueda de prensa o me iré a dar mi testimonio a la televisión con el contrato bajo el brazo” y mirando al bajito tímido le felicitó por su enorme voz “No temas mostrarte tal cuál”. A Iván no le importó el comentario del director general que había acudido para dar el visto bueno al proyecto y preparar el lanzamiento para las campaña de Navidad –Tendría que estar agradecido… muchacho insolente-.

Y esa misma tarde que defendió su autenticidad pensó en Susana, aferrándose a su recuerdo, a su imagen, a su resplandor inaudito. Habían compartido algo maravilloso que no se desvanecía, no en vano conectaron durante horas sin cansarse el uno del otro unidos por una vigorosa magia. Y se preguntó si podría repetirse, retenerse y guardarse y se respondió “Sería muy difícil”. ¿Estaba idolatrando la experiencia vivida?

Iván reconocía que al precisar constantemente nuevas experiencias con las que gozar y aprender era un ser inestable, pero a su vez, la oportunidad de tales sensaciones con las que vibrar le garantizaban el control de su vida.

Sinónimo de aventura, era un aventurero con toda la amplitud del espíritu que entraña esta palabra. La aventura podía ser completamente loca pero Iván estaba cuerdo, y volviendo a Susana se cuestionaba que aunque lo hicieran, aunque consiguieran materializar otra vez la intensidad de todo aquello que ambos sintieron probablemente un día acabarían aburriéndose el uno del otro porque nada es permanente y todo es transitorio.

Sabía que era doloroso el desengaño. Apenas hacía unas pocas horas que había quemado su estandarte como cantante; como si no hubiera más discográficas y otras opciones más que esa.

Iván se había acomodado en su faceta de eterno seductor. Buscaba lo bello a su modo de ver, y al encontrarlo, participaba hasta extasiarse y una vez hecho esto seguía buscando sin detenerse ni encariñarse con nadie. No quería obligaciones posteriores. No quería tirar el ancla. Nunca echar raíces. Sin embargo, comenzó a hablarle como si tuviera a Susana justo a su lado “Eres un sueño materializado, pero un sueño al fin y al cabo que se desvanece al despertar a la realidad”.

Seguía atesorando un fantástico sabor en su boca, pues aquel martes festivo de discoteca que se alargó hasta el miércoles en la noche le había dejado una profunda señal. Y cada vez con mayor frecuencia, su instinto lo devolvía al acontecimiento que continuaba alimentándolo, quizás, para que no se extraviara jamás. Hasta que comenzó a degustarlo a cada rato para sentir nuevamente su contacto, y en esos instantes, deseaba correr al teléfono para escuchar su melódica voz para entonces relajarse y desahogarse. Pero Iván no la llamaba por teléfono según él “En beneficio de ambos”. No quería causarle inconvenientes a Susana. Se dijo “Apoyarme en ti porque lo necesito, pero, y después ¿qué?”. Era una suerte que fuera tan sincero, comentó “No voy engañarte nunca Susana”, pero Susana no estaba ahí y no podía participar. Y añadió hablándole a una sombra “No quiero hacerte daño”. Y al final terminó hecho un lío. Ya no estaba seguro de si en verdad se dirigía a ella. No sabía exactamente si era a Susana a quien decía todo aquello o por el contrario se lo decía a la necesaria relación de pareja que precisa todo hombre para llenar esa parte vacía que solo una mujer puede llenar como complemento imprescindible de vida. Y confundido, no discernía si era Susana quien llamaba a su puerta o era esa parte de sí mismo que a gritos anhelaba a su compañera. Sin duda Susana le había planteado un interrogante. Algo sucedía en el interior de Iván que lo inquietaba como nunca antes lo había inquietado nada.

Desembaló un ordenador personal que se había traído del concesionario y que estaba en un rincón del estudio desde hacía meses para teclear durante el fin de semana en su cada una de sus impresiones y todas las sensaciones, pero borró el archivo y apagó el equipo. Buscó un bolígrafo. Unos papeles. Escribió de nuevo todas aquellas frases al tiempo que murmuraba “Las cosas del corazón deben escribirse a mano” y cuando terminó se sintió desnudo y avergonzado de que alguien a quien todavía no conocía supiera tanto de él. No quiso imprimirlo en una máquina. No quiso que una perfecta presentación ensombreciera el contenido. Guardó los folios llenos de borrones y tachones en un sobre pensando “Cambiamos muy rápidamente de parecer, será mejor que espere unos días antes de entregarle mi escrito”. Y se trasladó de la mesa de trabajo al armario donde guardaba algunas cajas porque Susana le había pedido una fotografía para llevarla en su cartera.

Iván abrió una caja formidable, seleccionó las instantáneas que reflejaban mejor los rasgos de su carácter y tratándolas como si fueran cromos de una vistosa colección, las barajó hasta extraer cinco con las que definió la rebeldía, la elegancia, la sensualidad, la simpatía, y su gusto por el trabajo; todas de un tamaño de treinta y cinco por veinte, demasiado grandes incluso para un billetero gigante, pero así era Iván. Las fotografías pertenecían a un reportaje reciente que un experto de publicidad le había realizado gratuitamente a cambio de autorizarle a utilizar las mejores para promocionar su agencia y, dos de ellas, a tamaño natural, pasaron a vestir las paredes de la entrada de la galería que inauguró para su etapa de otoño. Eran fotografías en blanco y negro. Autenticas imágenes de estudio profesional bien elaboradas e iluminadas con un exquisito tratamiento de laboratorio.

Al cerrar el sobre, recordó que para estimularse a lo largo de la sesión había cambiado periódicamente el tipo de música regocijándose en los ambientes a plasmar en la estampa. Luego de hacer las primeras, se afeitó y fue variando de vestuario en función de la imagen a captar por el ojo de la cámara. Gesticulaba mientras el flash se disparaba una y otra vez al son de la música en una improvisada coreografía. Así consiguieron buenas tomas y el mejor primer plano lo enmarcaron en tamaño póster para que presidiera la zona central donde se ubicaba la recepción en la peluquería de la esposa del fotógrafo que se enamoró de Iván.

Antes de que el mensajero motorizado entregara el sobre a Susana le hizo firmar un recibo. Y mientras subía las escaleras de vuelta a su puesto se preguntaba qué era aquel sobre y de quien podría ser.

Cuando a solas en su despacho lo abrió, las fotografías se desparramaron encima de la mesa explosionando cada una de las imágenes como granadas de mano, primero en su cabeza una dos, y a continuación en su corazón tres, cuatro, cinco explosiones graves. Decía el remitente: “¿Comemos juntos?”, en letra mayúscula de color rojo. Se trataba del hombre con el que se había acostado hacía tres semanas y del cual pensó que nunca más volvería a tener noticias porque Iván no le dejó ni teléfono ni la esperanza de otra cita. “No me gustan las despedidas”, le había dicho antes de desaparecer en su impecable y veloz Turbo rechinando las 36 válvulas.

Susana leyó con atención aquel montón de sinceras frases que turbaron su jornada laboral de igual forma a como llegarían a turbar su vida entera. Nadie le había contado tantas cosas y tan sumamente íntimas todas ellas en tan poco tiempo de conocerse. Nunca nadie la había invitado a almorzar por medio de un desconocido mensajero que ni siquiera se quitó el casco durante la entrega. Terminaba su larga exposición: “Un beso y mi caricia suave que quisiera recorrer tu mejilla deslizándose por todo tu cuerpo de arriba abajo por delante y por detrás”, y en ese momento suspiró profundamente Susana. Como posdata: “Tu amigo siempre, Iván”. Susana volvió a leer la carta de nuevo otra vez desde el principio.

Iván quería replantearse la vida. Y descubrió que se expresaba mucho mejor respecto a sí mismo cuando escribía, en privado, lejos de las personas, centrado exclusivamente en la tarea, disponiendo del tiempo imprescindible para escoger una manera clara y concisa de exponer sus ideas. Y respecto a Susana, quería extraer los significados, encontrando cada palabra que reflejara todo cuanto estaba sintiendo, pero esta vez, lejos del propósito de sorprender, sino ajustándose solamente a la veracidad de las emociones. Susana tendría que irse acostumbrando a estos momentos de inspiración que no se producían cuando estaba con ella, sino luego, cuando analizaba la situación fríamente. De esa forma Susana no perdía detalle porque lo importante quedaba retenido por su puño para la posteridad. Cuando estaban juntos, se tenían el uno al otro y cuando se separaban, Susana tenía sus pensamientos por escrito porque Iván redactaba intuiciones y sobretodo convicciones acerca de los dos. Especulaba bebiéndose la relación de pareja que instauraba.

Para Iván una sensación era algo muy difícil de concretar. Debía relajarse, concentrarse un buen rato, para tranquilamente observar de cerca la realidad, y así, acariciar esa intimidad que Susana le ayudaba a descubrir como el vigilante apostado en una esquina que permanece inmóvil mientras la vida pasa por delante de sus ojos. Ella había conseguido que se detuviera, y que dejara de mirar hacia afuera, al exterior, a los lados y delante y atrás para mirarse repentinamente dentro. Por primera vez en su vida estaba interiorizando en su ser; un ser enamorado con una sensibilidad a flor de piel. Llenar una parcela importante de su vida completamente ignorada hasta la fecha abrió una parte de sí mismo inesperada para el mismo Iván. Y al tener todo aquel caudal energético en funcionamiento, se absorbía para traducirse en palabra escrita que no imprimía arrinconado el ordenador.

Iván repasaba los textos una y otra vez disfrutando al poderse comprender. Comprobaba si cuanto decía y transcribía era totalmente cierto, convencido que era una buena forma de ayudar a Susana a conocer incluso las zonas más sombrías de su persona, aquellas que persistentemente había despreciado y camuflado con elementos postizos para dejar a un lado sin atención. Incluso todas sus deficiencias funestas quedaban al descubierto.

Creía que con tal comportamiento facilitaba una placentera relación porque se decía “Si Susana lo tiene todo por escrito, en cualquier momento puede leerlo y releerlo sintiendo nuevamente la alegría o la desesperación por lo que se avecina”. Es cierto que Susana podría recuperar las tiernas palabras de Iván, y también sus advertencias sazonadas de sentido común. Iván pretendía garantizar una futura convivencia conyugal. Nunca antes había tenido novia, no había pensado en el compromiso del noviazgo jamás. Y le dijo un día “La palabra impresa es eterna y perdurará por siempre más”, eso sucedió antes de meterle una cariñosa nota de amor en el bolsillo trasero de sus ceñidos pantalones en el rompeolas de Barcelona para justo después estrecharla entre sus brazos en lo alto de las rocas, tocando el mar en pleno invierno, brisa, lluvia en alta mar.

Lo notaba. Susana empezaba a formar parte de Iván, y esa parte era cada vez más y más inseparable. Imaginaba que era difícil amar con toda la extensión del significado, pero si había una persona en el planeta tierra en la que podía volcar todo su amor, esa persona se llamaba Susana. Podía intentarlo con ella. Y se reafirmaba en tal posibilidad con la sana intención del propósito, aunque se le antojaba imposible, a él que nunca antes temió a los desafíos.

Decir uno, cuando han de formarlo dos seres distintos, era algo incongruente incluso para Iván. No entendía como sin dejar de ser cada cual por separado lo que eran, y tal como eran, sin renunciar a su ser más característico podrían convivir en avenencia como una sola unidad. Y sin perderse en la reflexión detestaba la incógnita de si lograrían fusionarse de por vida con esa concepción de unidad que nada más puede existir, y subsistir, como resultado de una completa comunión entre las partes.

Y no sabiendo si era posible, desconociendo el pasado y los antecedentes de Susana, una vez más, fue en dirección al riesgo precipitándose de cabeza al abismo porque era un hombre de acción y tenía un nuevo estímulo y estaba exento de fronteras y sin miedos que lo turbaran; una vez aceptada la necesidad, de la mano de la esperanza y la fe, con su pecho halado y la franqueza por delante abordaría el reto de su necesidad existencial. Y con amor, mucho amor, pero también con la comprensión de ese amor en grandes cantidades y en todas sus maneras de expresión, recuperaba la naturaleza misma de su ser.

Y se lo preguntó una noche a continuación de cenar en un romántico establecimiento cuando todavía no habían traído el café. El camarero había retirado los platos y trajo un cenicero limpio que Susana inmediatamente le rogó que se llevara. Quería dejar de fumar porque a Iván le molestaba el humo y el olor en la ropa y el sabor en su boca. Entonces escuchó lo siguiente: “¿Te apetecería que formáramos una pareja digna de mención como modelo a seguir e imitar por generaciones venideras?”. Era el 23 de noviembre.

A partir de ese momento el hobby preferido de Iván consistía en averiguar como podía hacer feliz a Susana dándole gracias por la oportunidad. “Iván, tu fiel compañero” era su firma a pie de página en sus textos románticos. Quedó atrás la expectación de cualquier silla frente a él vacía porque ya no era el recuerdo de Susana quien lo acompañaba sino la misma Susana a todos lados.

Un final de semana se trasladaron a la Costa Brava, a Begur. Fueron a visitar la segunda residencia de los padres de Susana y cuando Iván los conoció, le parecieron personas maravillosas y afectuosas.

Su madre, hija de un pueblo de Salamanca, había traído consigo a la capital catalana los valores del campo. Al sentarse en la mesa redonda todos juntos en familia, Iván se sintió acongojado ante el cuadro. Aquello era exactamente lo que anhelaba. Quería decir adiós a los bares y tabernas, a las cantinas, a toda comida de restaurante. Quería tener a quien darle las buenas noches y también los buenos días. Deseaba constituir un hogar alejado de las lavanderías. Y viendo como el padre de Susana, un robusto catalán de gruesos lentes servía agua en cada uno de los vasos, algo tan simple y cotidiano para ellos, consternado, tragó saliva porque para Iván se trató de una verdadera ceremonia.

Susana tenía un hermano, y aunque no se parecían físicamente, su signo era muy similar. Tenía una novia con la que Susana se relacionaba mucho. Hablaban las dos de muy diversas cosas y aquel domingo después de comer el único tema de conversación giraba entorno a Iván -Es tan guapo Susana- le dijo a los pocos minutos que fueron presentados -Tan atento contigo- cuando vio como la trataba porque Iván lo hacía con gentileza y quizás eso era lo que más agradaba a la gente que rodeaba a Susana. Insistió diciéndole -Sabe comportarse tan bien-.

Y se repetían las mismas frases -Te regala vestidos caros- y sus amigas añadían -Es muy simpático y agradable- y su madre le decía -Gana mucho dinero-. Y le había dicho su padre -Tiene una moto chula y un pedazo de cochazo y dices que vive solo en un amplio estudio…-. La chica que primeramente le solicitó fuego en la discoteca –Cómo pude ser tan tonta si ese muñeco era para mí!-. La vecina del barrio de Susana que lo veía llegar solía exclamar con cierta ironía -Míralo… seguro que no te aburrirás con Iván-. Bromeaban sus compañeras del trabajo -Si no lo quieres nos lo quedamos nosotras- y en tal circunstancia se ponía brava Susana dispuesta a defender lo que era suyo al ver peligrar su futuro. Incluso las madres de sus amigas, todo el mundo que conocía a Iván le arrojaba flores felicitando a Susana porque Iván causaba buena impresión, y es que Iván sabía qué hacer y cómo agradar a la gente y aunque no era necesaria la triquiñuela, igualmente se las ingeniaba para que el entorno lo promocionara conspirando a su favor.

Solían apelar a comentarios favorables de enhorabuena porque se le notaba que llevaba buenas intenciones, se leía en sus ojos, en sus delicados actos, en cada gesto, y nadie hubiera dicho nunca que podía derivar en una relación tempestuosa de chillidos y cuchillos. Se percibía un romance bendecido por fuerzas superiores y nada justificaría un cambio. Ninguna amenaza a la vista. Ningún contratiempo.

Únicamente el que se convertiría en su cuñado recelaba porque estaba muy unido a Susana y temía perderla. Lo habían hecho todo juntos desde pequeños. En una ocasión que Susana le preguntó qué opinaba a cerca de su prometido le contestó secamente -Yo lo veo pedante, aunque reconozco que tiene motivos para ello; ha conseguido muchas cosas en su vida y lo ha hecho solo sin ayuda de nadie; quizás yo en su lugar me comportaría como Iván, no lo sé- y con el comentario admitía con desgana que Iván había sabido abrirse camino en la vida. Iván no conectaba con el hermano de Susana y nunca lo tratará como a Oscar, sin embargo, lo respetaba desde la distancia y con educación. No era con el hermano con quien iba a convivir.

Pronunciar el tradicional «te quiero» equivalía para Iván a un compromiso formal. Las dos palabras, en un principio muy simples, carecían de cualquier significado sino existía una acción constante que demostrara el sentimiento, y durante años, Iván se había distinguido justamente por lo contrario, por la falta de sentimiento y por la inexistencia de las dos palabras sino eran en idioma alemán. Pero algo había cambiado en su concepción y se llenaba la boca pronunciándolas porque sin duda escuchaba la llamada.

A su modo de entender, la afirmación equivalía a un combinado perfecto con gran cantidad de amor, algo de posesión y mucha lealtad. Decir te quiero implicaba automáticamente todo eso y durante los próximos ciento cincuenta años, Iván quería ofrecerle a Susana diversas pruebas palpables no sólo de amor, sino también de respeto. Le decía “Estate alerta y fíjate en los detalles más minuciosos, justo ahí es donde encontrarás las estallidos más relevantes”. Insistía cada vez que le entregaba un escrito “Aprende a leerme entre líneas”.

Le advirtió que en ocasiones se expresaría de manera bien extraña y muy probablemente incomprensible para la mayoría de los mortales. “Y si no me comprendes tú llegado el caso, nada más espero que me respetes”, decía con vida en los ojos mientras cariñosamente le tomaba la mano dibujando con su índice un círculo en su palma. Iván podía ser abstracto, pero siempre era muy personal. En todo cuanto se recreaba y realizaba dejaba una pizca de su singularidad. Fiel a sí mismo, quería seguir siéndolo hasta el final. Necesitaba seguir siendo suyo, y, lejos iba quedando aquel joven superficial de conducta artificial.

Porque Susana como un aire fresco se introdujo en lo más hondo de su ser quedando integrada en su camino, pero antes de confesárselo abiertamente, deseaba estar totalmente seguro, plenamente convencido. Nunca antes de ese día había desnudado tanto sus sentidos. Él mismo estaba asombrado y desbordado por el acontecimiento. Susana le cambiaba sin hacer nada, sin pedir nada, solamente entregándose, dejándole que reaccionara en relación a los nuevos aspectos de la vida y del amor.

Iván planificaba una vida en pareja con Susana, y, raro en su proceder, se centraba en asegurar la continuidad de la unión en vez de optar por lo efímero y transitorio. Así le daba vueltas al asunto mirándolo de arriba abajo y de izquierda a derecha proyectando hipótesis, avisándola de sus cualidades más negativas para que en un tono desdeñoso de resentimiento nunca le reprochara que no la avisó. Y ciertamente, en el futuro no habría sorpresas. Todo quedaba dicho. Zanjado. Sellado como si explicar como era equivalía a que ella pudiera soportarlo. ¿Sabía Susana donde se metía? Toda aquella insólita forma de actuar era para Iván la más reveladora prueba de amor hacia ella. Absolutamente nadie sabía tanto sobre Iván excepto Oscar. Iván quiso ofrecerle su mejor regalo: a él tal cual era en verdad. Y no mencionando sus virtudes, no le escondió ni un sólo de sus defectos y a media noche, ya en la cama, todavía solo en su estudio libre del acoso de murciélagos y vampiros, a menudo se levantaba para anotar una frase suelta relacionada con algún pensamiento espontáneo que surgía en la quietud de la noche. Y desde ese mismo instante se moría por transmitírselo a Susana.

Un jueves aguardaba Iván en la puerta de entrada de la empresa donde trabajaba Susana. Fue a recogerla para acompañarla a su casa. La encontró poniéndose el abrigo, y, antes de que pudiera decirle “hola”, mientras andaba dirigiéndose hacia ella pronunció lentamente una de esas frases suyas: “Espero que nos procuremos una felicidad insaciable más allá de todo cuanto ahora conocemos”. Ocurrió frente a la portera y la mujer de hacer la limpieza, justo en el momento que entraba su jefe desde el almacén dirección al despacho. Todos dejaron cuanto hacían y pensaban para volverse hacia ellos para contemplar la escena de película. Y Susana nuevamente se fundía más por el mensaje de sus palabras que por la situación creada.

Ella intentaba comprenderlo, y se lo aceptaba todo sin restricción. Iván podía sentirse libre aun perteneciéndole a ella porque libremente podía expresarse sin tener que renunciar a hacer las cosas con su propio estilo.

Radicaba el secreto de Susana en no intentar retenerlo o forzarlo, simplemente dejaba que se comportara a su aire sin censurarlo ni coartarlo alegando vergüenza. Así de fácil. Algo tan sencillo como dejarle hacer sin cuestionar la forma. Bordeaba magistralmente Susana los ángulos evitando el enfrentamiento, pero sin sumisión, porque llegado el caso, con seguridad Iván perdería todo interés e iría en busca de cualquier nueva aventura que lo estimulara más.

Antes del fortuito encuentro, había una parcela de su ser que además de vacía, estaba adulterada, provocándole un considerable tambaleo en la construcción de su persona que repercutía negativamente en varios campos. Pero gracias a Susana quedaba recuperado el equilibrio, dando aun más fuerza y vigor a todas las otras parcelas que ya estaban formadas y eran claras, nítidas, y cumplían con su función a la perfección. Al contar con Susana, podía esperarse mucho más de Iván. Juntos podían llegar muy lejos. Se habría ante ambos un futuro prometedor, y estando Iván hablando por teléfono desde su oficina negociando un descuento con el responsable de compras de una prestigiosa firma turística, sin darse apenas cuenta, anotó en la misma hoja del pedido sin perder el hilo de la conversación “Soy el amo del mundo; si quiero puedo comérmelo de un bocado”. Rebosante de fuerza bruta había sobrepasado todas las líneas de meta.

Pero Iván dudaba todavía. Él que se había caracterizado básicamente por la improvisación y el repentino golpe de timón en esta ocasión se retenía asegurándose, ¿intentando asegurar qué? Menguaba su arrojo hacia la cautela, y, recordando a su buen amigo Oscar, evitaba la acción precisa. Llevaban casi dos meses saliendo todos los fines de semana de viernes a domingo noche como una pareja que viven juntos pero no han contraído matrimonio. Y seguía desconcertado, avasallado por los acontecimientos y lo favorablemente que se desarrollaban. Todo cuanto estaba ocurriendo le ponía en una posición cada vez más y más delicada. Debía decidirse a dar el paso definitivo. Y un día, paseando por el mercadillo de Palafrugell le dijo “Me encuentro en un tren que sigue su correcto trayecto pero se ha encontrado de pronto con una estación que no figuraba en su itinerario y no se si debo bajar a investigar o por el contrario, debo seguir firme en mi puesto ya que al final del camino existe un triunfo. Si desciendo quizás pierda mi tren”. ¿Dudaba en cuanto al compromiso?

Le pasó el brazo por la cintura, Susana también a él, y se dejaron envolver por el gentío recordando el tumulto de la discoteca que los arrojó uno en brazos del otro. Iván aminoró el paso para mirarla fijamente a los ojos “El tren tiene un destino que ya estaba escrito y debe, inevitablemente, llegar. Ese tren debe cumplir con la misión asignada. Una recompensa por el duro trabajo aguarda al final del trayecto. Dime, ¿vas a subirte a mi tren?…” y Susana empujada por la gente que se movía con prisa pensó que no era el mejor lugar para responderle, pero asintió con la cabeza. A Iván de repente le daba por agasajarla con alguno de sus jeroglíficos en los momentos más inesperados. ¡Si lo era de extravagante!

Le incomodaba perder el tiempo tontamente, pensaba que se trataba de un lujo que no podía permitirse, pero también le asustaba el hecho de entrar en vía muerta, sin embargo, se apeó. Se bajó de su tren. Y estaba allí con ella. “Puedo asegurarte que hasta la fecha han sido las ocho semanas mejor invertidas”, y en su voz temblorosa se apreciaba la emoción comprimida de su decisión. No estaba seguro si ella deseaba que recuperara ese tren, pero no se reprimió “¿De veras quieres arriesgarte a subirte conmigo?”, le preguntó cuando acercó las palmas de las manos a su cuello y, suavemente los subió hasta las sonrojadas mejillas para voltearlas acariciándola con los nudillos. Y Susana volvió a asentir levemente con la cabeza. Tal petición la había dejado sin habla. Entonces Iván le retiró los largos cabellos y la besó en la frente “Gracias cariño. Así podré llegar donde siempre he deseado estar para ocupar el puesto que me pertenece”, y rozó con las yemas de los dedos sus labios para besarlos a continuación, primero el labio inferior, luego con una cabriola el labio superior. Luego el ojo izquierdo y el derecho desconcertando a la gente que pasaba por el abarrotado mercadillo de Palafrugell sin imaginar que un día… en ese mismo municipio…

La ambición de Iván era fuerte y grande, pero eso no significaba la acumulación de poder y riqueza. Iván quería ir por la autopista en el carril rápido adelantando a cuantos vehículos se encontrara durante el viaje, en constante movimiento, pero con el conocimiento de que la autopista es larga y que no termina jamás sabiendo que invariablemente se encontrará por el camino con otro vehículo mucho más diestro y rápido que el suyo. En su opinión, la ambición consistía en no tener a nadie delante. Iván no quería tener que frenar y marchar a otro ritmo que no fuera el propio porque otro entorpecía su avance. No quería ser más que los demás, ni tener más que los demás, simplemente no quería que nadie le privase de su libertad anhelando la capacidad de dar un buen acelerón cuando las circunstancias lo exigían consiguiendo reubicarse para seguir haciendo aquello que le placía.

Y ambicionaba el mundo artístico. Y le propusieron interpretar una obra de teatro con la popular actriz madrileña que se iniciaba en el campo de la dirección. Pero Iván conocía demasiado bien a las mujeres y ya en los primeros ensayos, una semana después de la prueba comprendió que su elección durante el casting obedecía al capricho temporal de aquella mujer que durante los descansos le rogaba solo a él que le mostrara la verdadera Barcelona de noche. Le insinuaba claramente que tras estrenar la función no podría librarse de caer en sus brazos como requisito previo a impulsar su carrera artística.

Le hacía tanta ilusión debutar en una obra de teatro como la grabación del disco. Llevaba veinticuatro años esperando una oportunidad de ese tipo y por fin se la servían en bandeja. Era la puerta que por fin se abría invitándole a entrar en una dimensión terriblemente atrayente para Iván, pero con los habituales entresijos de la profesión y une peaje que en otras circunstancias no le hubiera importado abonar, ahora se revelaba como una coacción a su estabilidad emocional.

Durante el carnaval de aquel año, Iván buscó un personaje difícil para poder lucirse con su disfraz. Quería que la gente se girara por la calle para admirarlo y esto es exactamente lo que sucedió porque a la gente le parecía ver por las calles de Barcelona a Michael Jackson.

Su abuela cosió a una chaqueta negra, chapas, hebillas y cadenas, simulando la portada del LP «Bad». Mandó confeccionar una peluca y unas botas similares a las de Michael. Se maquilló disimulando su nariz, resaltándose los ojos y las cejas y alcanzó un impacto visual impresionante. Era increíble el logro pero aún así, Iván no estaba satisfecho. Quería más. Siempre necesitaba llegar un poco más allá.

No se conformaba con realizar la tarea por la tarea en sí misma, siempre lo hacía en busca de “algo” que a menudo ni él mismo conocía y, por lo tanto, no sabía exactamente para qué le serviría. Iván precisaba resultados que acumular en su memoria. Se había visto obligado a no jugar en su niñez y  jugaba a clavar constantemente su vista en numerosos desafíos. No vivía por amor a la vida sino por amor al hallazgo, la cosa, la posesión de la experiencia.

Se puso frente al televisor en su amplio estudio de un solo ambiente para visionar todos los videoclips de Michael hasta conseguir copiar a la perfección cada uno de sus movimientos. Y consiguió tal caracterización, que los organizadores de un concurso al que le empujaron a presentarse le dijeron –Eres la misma imagen del disco que se ha materializado en carne y hueso-. El propietario le sugirió la posibilidad de realizar una exhibición de quince minutos como reclamo el siguiente sábado -Ven con estos espasmos que coordinados subrayan esta inconfundible manera de bailar y sentir la música- y es que en realidad parecía como si de repente a Iván le pasara la corriente.

Celebrar la visita de Michael Jackson en aquel local se convirtió en algo demasiado tentador para Iván, y aceptó. Por un lado podría recuperar el dinero de la inversión de tan compleja caracterización, por el otro, le complacía imitar al rey del pop que estaba tan de moda en aquella época porque se trataba de una especie de homenaje a su ídolo al que conoció ocho años atrás cuando pinchó sus primeros discos en Red Sun. Pero la propuesta se convertía además en un reto estimulante porque privar de golpe y porrazo a la gente de su espacio en la pista obligándoles a retirarse teniendo que quedarse quietos, en silencio, pendientes de una actuación no solicitada cuando su intención no es otra que beber y bailar… o se hacía muy bien, o lo más probable es que empezaran los abucheos para boicotear la exhibición.

Iván se había preparado a conciencia. Confeccionó una grabación fraccionando las canciones como popurrí de sus éxitos más populares con explicaciones de su vida y efectos especiales que capturó de los videos para darle mayor dramatismo, y el sonido que obtuvo, adecuadamente mezclado en sentido ascendente según los estribillos haciendo crecer la tensión. También amplió su vestuario de manera que en cada cambio de canción se iba quitando la ropa dejando al descubierto un atuendo similar al de Michael Jackson. Fue un rotundo éxito. Ese día, hasta los chicos corearon los temas siguiendo con las palmas el ritmo.

Un representante de espectáculos que estaba ahí por casualidad le ofreció realizar la exhibición a nivel profesional todos los fines de semana en diferentes discotecas, así fue como Iván recorrió muchos pueblos de Cataluña con Susana. Ella grababa en vídeo cada actuación para que pudiera corregirse y aumentar algún efecto visual la próxima vez. Y lo que más gracia les hacía a los dos, era el momento de darse a conocer a su llegada al establecimiento donde debía actuar. Los relaciones públicas de las salas de fiesta se quedaban pálidos. Los carteles que empapelaban las marquesinas de las paradas de autobús no eran ese que llegaba con un impecable traje cruzado, corbata, relucientes zapatos, y de la mano su maletín de trabajo. La pulcritud de su figura y sus elegantes modos más cercanos a un vendedor de sueños que enamora que al rey del pop no cuadraban con el personaje que habían contratado y exclamaban ¡error! Posiblemente esperaban a una revoltosa persona de raza negra vestida con llamativos colores como si fuera un semáforo. Pero en el camerino, junto a Susana, Iván se transformaba por completo minutos antes de realizar la aparición. Debían esperar a que sonaran los primeros compases y cuando el público se preguntara qué pasaba, bajo el haz de luz todos quedaban enganchados durante veinte minutos sin poder parar de mirar a Iván hasta que finalizaba la exhibición sin apenas respirar de la impresión, pues parecía el mismo Michael Jackson.

Si a Iván le hubieran asegurado que por continuar haciendo ese tipo de actividades podía perder a Susana, las hubiera dejado todas de inmediato. Pero no hizo falta que nadie le advirtiera nada. Él mismo comprendió que un ambiente bohemio y nómada no favorecería la relación. Extraños horarios, ensayos, además del ejército de chicas mariposeando alrededor le hicieron pronunciar un seco “basta”. Existía la resignación como alternativa a perder a Susana, y, prueba de ello fue su rechazo a interpretar la obra de teatro con la popular actriz madrileña. Así ratificó que antes de perder a Susana prefería tirar la toalla en algunos aspectos de su vida. Adiós definitivo a su trampolín porque Susana estaba en primer lugar encabezando la lista en sus prioridades y no mentía. Iván no se engañaba ni engañaba a los demás por primera vez en su vida. No tenía ninguna necesidad de hacerlo. Y lo principal era que no iba a engañarla a ella. No quería tener que ocultarle nada a Susana, y prefirió cerrarle la puerta a las posibles andanzas y a su resurgir conquistador de imperios perdidos en horizontes lejanos.

Susana sabía perfectamente que él no le mentía en ningún aspecto de su vida, bien al contrario. La única cosa que le había recriminado en alguna ocasión era justamente su exceso de franqueza. Iván era tan sincero que a menudo metía la pata.

Y seguía desnudándose ante Susana rogándole que valorara el hecho. Iván hacía un gran esfuerzo y quería que lo apreciara.

Cualquier persona ajena a lo que ocurría, hubiera dicho que pretendía deshacerse de Susana con tantos avisos y advertencias. Todas aquellas explicaciones de nefastas actuaciones o peligrosos comportamientos futuros, hubieran ahuyentado a cualquiera, pero a Susana se le hacía extraño que aquel ser fantástico que era Iván albergara una pizca de malicia o un demonio escondido detrás de la espalda. A sus ojos tenía brillo y magia y pensaba que era casi perfecto.

Y con mayor razón intentaba Iván que comprendiera algunos de los aspectos que se darían a lo largo de sus vidas; curiosidades que sin duda los acompañarán porque Iván no renunciaría. Llegado el caso, defendería sus convicciones. Le decía “Se fuerte lo necesito” en seguida de contarle un incidente que hubiera hecho salir corriendo a cualquiera. “Muéstrame tu sensibilidad porque también la necesito” le insistía cuando le contaba alguno de sus proyectos. “Ayúdame a conseguir algo sencillamente divino” le susurraba al oído antes de quedarse dormido abrazado a ella como el recién nacido que apoya la cabeza en el pecho de su madre.

Iván no se reprimía, quería que Susana participara. La integraba: “Ayúdame a llevar a cabo algo positivo y hermoso para cuantos hoy habitamos la tierra como semilla para los que nos sucedan” y le hablaba con grandilocuencia incluso mientras conducía la pesada motocicleta BMW K 100 de mil cien centímetros cúbicos. Y apoyando los pies con firmeza para no desequilibrarse, aprovechando un semáforo ladeaba la cabeza para continuar “No temas a lo desconocido”. Le dijo mientras posaba las manos en sus piernas aguardando luz verde “Cuando uno logra sorprenderse de sí mismo, huye de sí mismo, rechazando así muchas posibilidades de proyección, pero si logra dominarse y vencer ese temor, como todos los temores, el triunfo es seguro”. Quizás en aquella ocasión, como en tantas otras, Susana no le escuchó y por eso no le respondió. Probablemente tuviera la visera del casco bajada.

Ella se limitaba a asentir con la cabeza en señal de aprobación cuando desde la parte trasera advertía que Iván gesticulaba. Le estaba bien como era. Le asustaba saturarse de complicada información. Lo que hacía y como se comportaba era más que suficiente para ella. Susana lo amaba, y se decía que sus pensamientos e ilusiones tenían que ser igual que lo que ella contemplaba por fuera, sin embargo, las inquietudes internas de Iván iban mucho más allá de lo que él mismo percibía.

Iván quería jugar limpio con Susana y por esa razón se desvivía por contárselo todo. Susana quería digerir toda la información, pero incluso para un erudito hubiera sido complejo asimilar tantos datos y posibles circunstancias que por cierto, chocaban con la educación recibida en su casa. Sus padres, amantes de la ley y el orden establecido se alejaron siempre de cualquier conflicto. Jamás osaron cuestionar nada y le enseñaron a consentir aceptando mansamente casi de manera sumisa.

En otra ocasión, mientras guardaba los cascos en los maletines de la gran motocicleta, en cuclillas, observando como se arreglaba el largo cabello musitó “Huir, no siempre es una solución”. Incorporándose, bordeó la BMW para estrecharla en su brazos por largo tiempo como si fuera el último instante que les regalara la vida y teniéndola presa en sus garras, después de recuperarse de la intensidad del abrazo, fijó los ojos frente a los de ella y siguió mostrándose extremadamente sincero, contándole cosas que había guardado para sí “Luchar es enfrentarse, y esa actividad implica un forzoso resultado”. Y en ese instante Susana atendía sus palabras casi con veneración. “El mundo seguirá dando vueltas y vueltas, al igual que el sol nos calentará y la luna alumbrará nuestros sueños y nuestras esperanzas nocturnas mientras nuestros descendientes encuentran otra forma de comunicación”. Pero Susana no atinaba qué decir. De sus labios no brotaron comentarios, y es que los mensajes de Iván a menudo estaban cifrados en algún código secreto reservado para unos pocos. Tan sólo los elegidos. O los locos como Iván.

Una vez, Susana tenía que comprar unas medias pero los comercios habían cerrado. Mientras admitía que no estaba a gusto y que no asistiría a la cena con aquella carrera, Iván saltó con un “No me pidas nunca lo imposible porque por ti sería capaz de conseguirlo” y le abrió la guantera simulando un truco de magia. Era precavido, sobre todo en lo referente a los pequeños detalles. Su larga experiencia con toda clase de mujeres le daba ciertas ventajas. “No sabes bien hasta donde podría llegar y si crees que lo sabes, estás equivocada”, y al decirlo, Susana se derramaba por el asiento exhausta de amor por Iván.

No la habían cortejado nunca como él lo hacía, nadie, jamás. Y quiso recompensarlo con una frase. Susana quiso hacer su aportación a la causa y ante su propia sorpresa, pues él supo crear desde el inicio un clima apropiado donde se encontrara bien, añadió -Es más que esto, mucho más … ¡sin fronteras!-. Entonces Iván apostilló con su gran capacidad de reacción “Tal como debe ser cuando el sentimiento es puro, real, limpio, y sobretodo fresco como el nuestro” y se besaron apasionadamente con un beso que se dilató, porque no hay palabras que superen una muestra de afecto. Ninguna frase hubiera reunido lo esencial de aquel instante más que aquel simbólico beso de azúcar y miel.

El amor era mutuo y sumamente recíproco. Ambos habitaban por encima de las nubes sobrevolando la bóveda celeste más alto que cualquier potente avión cohete o nave interestelar. Cualquiera que les hubiera espiado por la cerradura de la puerta cuando estaban únicamente el uno con el otro dejaría constancia de la veracidad de tan infinito amor. Había química entre ambos. Los dos echaban chispas.

Antes, a Iván se le había visto vagar solitario por ahí en busca de dios sabe qué cosa pero últimamente, cuantos le conocían encontraban inconcebible verlo sin Susana. Nadie imaginaba que no estuvieran permanentemente juntos como lo estaban en las fotografías. La unidad les acompañaba influyendo en sus vidas marcando poco a poco su existencia individual.

Iván no se había retratado anteriormente con nadie. Era incomprensible aquella transformación; una total reconversión de valores respecto a las relaciones sentimentales que no obedecía a ninguna estrategia. Susana le provocaba un satisfactorio bienestar y una recuperada alegría. “Sigue así por favor te lo ruego” le suplicaba al dejarla los domingos por la noche en su casa. Iván se sentía muy afortunado por haberla encontrado. “Por fin una mujer por la que vale la pena desvivirse y sacrificarse” pensaba cuando volvía a su estudio saboreando cada momento del fin de semana.

Miraba el asiento de cuero vacío para afirmar durante el trayecto “Susana eres una mujer que está muy por encima de las demás”. Y una y otra vez lo repetía en voz alta mirando el retrovisor como si tuviera que convencerse a sí mismo, como si alguien en el asiento de atrás estuviera observando cada gesto, cada movimiento, cada por qué de las cosas que acontecían, ¿Oscar?

Había encontrado a la persona que mejor encajaba en el papel de su compañera. Susana era su media naranja. ¿Y qué papel jugaba Oscar?

Todas las demás personas del sexo femenino quedaron desamparadas como queda desamparado el papel de regalo hecho una bola en el suelo cuando se atiende el objeto que estaba envuelto. Iván no distinguía ya en ninguna de ellas nada llamativo, absolutamente nada: ni una sonrisa conmovedora, ni un descarado contoneo, no hallaba ninguna tierna mirada que le estremeciera ni siquiera una blusa muy ajustada le impresionaba aunque los pechos intentaran escapar hacia el cuello. No había apetito en sus ojos comprometidos. Ninguna otra mujer le producía ese especial calor que sabía a hogar y del que únicamente era dueña Susana.

Levantarse cada mañana sabiendo que merecía su amor era algo importante para Iván. Lo reconfortaba. Cuando apareció, no dejó simplemente una huella. El agujero provocó que su interior se aireara y la confortable sensación que obtuvo se le reveló como un alimento de inmenso goce. Por primera vez se sentía acompañado y amado y no solamente deseado. Se había atrevido. Valía un imperio. Tres veces su peso en oro, aunque Iván, por nada aceptaría el trueque.

Susana le mostraba como era el amor con todo su cuerpo, con toda su fragancia y todo su contenido, y no lo hacía de manera plana o superficial y, por ello Iván debía renunciar a algo, sacrificar algo muy suyo, cambiar pequeñas cosas y algunos hábitos para obtener la completa fusión con su amada Susana. Pero durante las fiestas navideñas acostumbraba a partir a las islas Canarias para broncearse y leer un buen libro. Desde muy niño, esas fiestas fueron sinónimo de tristeza, dolor, soledad, y cuando tuvo oportunidad las evitó. Se las saltó, borrándolas del calendario. Y desde entonces era un ritual a modo de peregrinación. La tradición requería iniciar el año nuevo en la zona más apartada de la península ibérica. Y esa Navidad no podía a ser distinta a las otras por mucha Susana que hubiera hallado Iván. No estaba dispuesto a renunciar a sí mismo, y quiso dejarlo muy claro desde el principio.

Iván se abstenía de juicios de valor; esa evaluación constante de las cosas como correctas e incorrectas, como buenas o malas. No perdía el tiempo como Oscar en evaluar, clasificar o analizar. Pensaba mientras preparaba la maleta “Cuando te falta algo es cuando más lo valoras” y al sonar el teléfono en su estudio le dijo a Susana “Me voy, también porque quiero que me faltes”. Y quiso añadir… “Para demostrarme que sin ti tan sólo puedo ser inmensamente infeliz”. Pero calló.

Días antes de su posible marcha le había confesado que existían dos razones por las cuales en su casi cuarto de siglo no había tenido una sola relación estable, continuada, realmente importante “La primera porque no estaba preparado, y la segunda porque todavía no te había encontrado” y, ciertamente, únicamente una persona estaba por encima de Susana. Esa persona era Iván, a la cual no renunciaría jamás. “Nunca vayas contra ti mismo por mucho que consigas a cambio” se decía cada mañana al lavarse la cara frente al espejo. Y aunque se suponía complejo, necesitaba que Susana intentara comprenderlo y si no lo conseguía, quería que lo intentara de nuevo con más fuerza pero llegado el caso, si por alguna razón no lo lograba, si Susana no tenía éxito en su empeño le rogaba que desistiera sin aflicción. Y nada más le pedía que le dejara hacer teniendo en cuenta que volvería a estar cerca de ella. “Escapar brevemente para volver al poco a tu entendimiento” murmuró con dulzura después de mordisquearle el óvulo de la oreja refugiados en el portal de una antigua casa un día gris de generosa lluvia.

Tanto Oscar como Iván habían iniciado una relación y se lo contaron hablándose de lo significativas que eran ellas y de lo específico que se mostraba el futuro. Uno como otro, habían sido alcanzados por un auténtico sentimiento de amor y se reconocían la prioridad de esa persona maravillosa. Ambos habían encontrado al ser que permitiría desarrollar sus capacidades amorosas para acceder a la cuarta dimensión. Ese inexplicable y permanente deseo de estar juntos se manifestaba en los cuatro, desde la aceptación emotiva de vivir para existir con el otro, en pareja, dentro de la persona amada para el mutuo beneficio. Ana y Oscar. Iván y Susana. Querían y debían estar así de unidos.

El sexo es realmente algo asombroso. Mediante el sexo se expresa algo que es imposible expresar de otra manera. Era el centro neutral, vital, de ambas relaciones amorosas porque hasta no quedar vacíos de sexo no saldría a flote el verdadero amor.

Más allá de un acto que turba, que agita y exalta la intimidad para que el sexo sea asombrosamente legendario, casi una utopía de relieve inmenso, se requiere de la completa entrega de ambas partes. No solamente de los cuerpos, si no también de las almas. Se necesita de algo muy superior a la mera cooperación participativa.

Susana y Ana necesitaban bañarse en llamas encendidas como heroicas doncellas que cantan en plena fiesta mientras Oscar e Iván, incansables caballeros que persiguen la dicha, querían honrar a sus parejas con una canción desapegada refugiados en el templo del amor. Y el sexo formaría parte de sus vidas como un aspecto importante que abordar más allá de la experiencia biológica porque la vivencia física puede muy bien ser, también, espiritual.

Con ventajosas perspectivas iniciaban su caminar con el compromiso de partir desde la misma identidad individual que aprecia los detalles y valora los mensajes interpretando la aspiración intensa de dar, entregándose en el amor para encontrar a su vez el placer. El verdadero placer de amar.

                             *                  *                  *                  *

Luego de la romántica estancia en los Alpes suizos levantaron copas doradas en la habitación del área privada de la zona tranquila de su domicilio situado en las Ramblas de Barcelona. Ambos querían conocerse más profundamente y, tumbados en el lecho, buscaban las diferencias de sus cuerpos.

De capital importancia para Oscar la fase de atracción y el acercamiento suave. Su repertorio de juegos previos para divertirse durante tanto tiempo estudiados en un sin fin de información, daban próspero resultado. La besaba en sus zonas erógenas delicadamente. La acariciaba sin prisas maravillándose en el tacto. Realizaba leves masajes para estimularla completamente intentando mostrarse como el mejor amante.

Ana, dispuesta a satisfacer las necesidades sexuales de Oscar tanto como las suyas propias, se preparaba para instruirse. Tentaba la prueba del íntimo contacto. Sabía exactamente lo que pedía, lo que codiciaba el que denominaba como el hombre de su vida con quien permanecer en su vejez todavía unidas las manos bajo el halo romántico de tan providencial melodía.

Lejos de la educación sexual recibida donde se determinan las prácticas correctas e incorrectas, aquellas que están bien y las otras, las sucias y feas que están tan demasiado mal, huyendo de las excesivamente permitidas, las autorizadas por la sociedad, rebuscando en las prohibidas de un modo que enriquece al explorador sexual, la pareja encontraba el punto de partida más acertado en el amor, porque sin lugar a dudas les conducía a descubrir el verdadero amor con la promesa de una recompensa por ese hallazgo. Y con el absorbente conocimiento en vez de la ignorancia, con la mente abierta en vez de la pereza, con la posibilidad de la elección en vez de solamente una opción, los dos descubrían algo que realmente vale la pena.

Ana, como en el curso de una balada descomunal con lágrimas de amor eterno se desengañó. Había sido educada para pensar que el coito es la única relación sexual íntima. Alguna estúpida norma le advirtió que el coito es un acto esencialmente finito. Jamás le hablaron de sexo oral, de masturbación, ni tampoco de estimulación anal, complementos sexuales que enseñan que el coito, con todas sus variadas posiciones solamente es una opción. Más allá del ocuparse meramente de los aspectos físicos del sexo, Oscar, al “hacerlo”, no olvidó el deleite que como gustoso regalo de complacencia le provocaron sus gemidos específicos ilustrando su respuesta, su orgasmo prolongado y así, con distintos diagramas de colores en sus miradas, en sus corazones, conmocionados por tantas sensaciones, ascendían ingeniosamente y descendían elegantemente para comprobar que existe una clase de amor que no es estático ni estéril, si no que con cierta habilidad y algo de paciencia crece, cambia, se desarrolla, fomentando un candor de simpatía que se retroalimenta  para permanecer en vida. Y para su sorpresa se incrementaba el deseo, incluso con desmesurada atracción para dar forma al erotismo que lejos de discriminarlo se aumentaba multiplicando el amor.

El buen sexo en un don. Sería muy triste y una gran pérdida que alguna persona de este mundo no supiera cómo aprovecharlo. Ana y Oscar encuentran un gran placer en este campo, en esta imprescindible actividad que te fulmina por breves instantes llenos de intensidad. Un clímax total de mil sensaciones diferentes que se manifiestan a la vez “Al que tenemos acceso las personas” le informó su amado “Un privilegio que ignoran los animales que nada más se procrean… sin amor” y acariciándole el manso rostro leyó en los labios de su amada -Es el orgasmo exclusivamente una experiencia humana, igual como la creatividad-. Era culta Ana.

Ambos se envolvían en el exquisita complacencia a la que siguen varias contracciones simultáneas, involuntarias, espasmos incontrolados casi sin intervalos con reacciones físicas en extremo poderosas, gimiendo y gruñendo contorsionados los cuerpos. La potencia de un cataclismo largamente almacenado estallaba. Culminaban seis años arduos. Se expandía el presente palpando ya el futuro juntos.

Pero Iván no pensaba en sexo porque precisaba intercalar en su ajetreada vida un corto período de reflexión y descanso para propiciar el encuentro consigo mismo y así profundizar. Se lo había inculcado su buen amigo Oscar y era una manera de mostrarle lealtad. Y los extraños mensajes que llegaban de algún remoto lugar le hablaban de tal acto como una oportunidad de indagar y estudiar la propia naturaleza humana, y como le había ido bien, lo repetía una vez al año.

Se trataba del descanso del guerrero, un período para cargar las baterías que permitía preparar la próxima táctica a seguir. Y en busca de la ecuanimidad, como el mejor juez determinó “Ni Susana ni yo. No los quince días acostumbrados, pero tampoco ninguno”. Como Oscar hubiera afirmado: “Algo equilibrado y justo que beneficie a ambos”. Serían ocho días los que permanecerán lejos el uno del otro.

Exceso de trabajo, tensión, agotamiento; por otra parte el placer del trabajo realizado, los objetivos conquistados, los jefes satisfechos. Ese año concretamente, el ritmo y los nervios habían aumentado por los coqueteos en el mundo del espectáculo pero sin alterar ni un ápice los resultados laborales. Una vez más, Iván salió triunfante ante un reto aparentemente inalcanzable: dejar el listón alto en ambas áreas. Y sí se merecía un premio. Debía obtener su recompensa. “¿No te parece que me lo he ganado?” le había preguntado a Susana en el parking del aeropuerto. “Será como un final de semana largo cariño, no te darás cuenta y ya estaré aquí rodeándote con mis brazos”, le dijo mientras un beso de despedida los alejaba por vez primera.

Le dolía darle un disgusto a Susana, pero sentía mayor dolor al derribar su criterio, su necesidad, su convicción. Creía que la herida de Susana cicatrizaría sin problemas, porque era leve, pero en cambio, la que se inflingiría a sí mismo sería una herida abierta sin sentido que arrastraría más de un año. Y no quiso darle al hecho una importancia inmerecía.

Para Iván, no era menosprecio o egoísmo lo que le impulsaba a marcharse. Dudó un poco al principio, pero cuando le notificó que había encargado el billete para salir a su regular puesta a punto, le preguntó: “Espero que mi actuación no te vaya a provocar una sensación desagradable, ¿consideras que te traiciono?” y sin tiempo a que respondiera añadió “No es mi intención defraudarte pero ten cuidado con las expectativas que depositas en mí”. Y aunque no le servía de consuelo, Susana intuía que iba a estar muy presente en todo cuanto hiciera y pensara Iván en el archipiélago tal y como venía sucediendo a lo largo del último mes y medio.

Lo de Iván era casi un vicio. Tenía que luchar constantemente, y cuando no había motivo, lo inventaba. Permanecer quince días de brazos cruzados en Barcelona sin hacer nada más que esperar a que ella saliera del trabajo para acompañarla lo consideraba una pérdida de tiempo. No se parecía a Oscar que se hubiera distraído visitando museos y exposiciones. Iván quería acción, o por el contrario, paz absoluta a modo de exagerado sosiego donde suspender su espíritu para tenderlo al sol.

Forzarse a estar inmóvil en la gran ciudad sabiendo cuantos asuntos merecían de su atención le quitarían todo de cuanto ocioso tienen las vacaciones hasta incomodarlo como se incomoda a una fiera salvaje encerrada en su jaula. Demasiado revoltoso, nunca podría relajarse estando en una Barcelona centrada en las fiestas de las que se divorciaba. Urgía detener su vida para respirar plácidamente sin ser zarandeado. Necesitaba desconectarse de todo para replantearse seriamente su vida. Quería aprovechar ese soplo de aire fresco llamado Susana para bebérselo como si de una pócima mágica se tratara. Eran fechas que le pertenecían a su interioridad desde hacía años. Ahora más que nunca debía utilizarlas inteligentemente y no sucumbir ante la tentación. Y llevando el dilema a extremos insospechados, fue la única manera de partir con quietud sin remordimientos de ninguna clase. En Fuerteventura, solamente podría hacer una cosa: reposar porque para divertirse le faltaba Susana.

Durante el vuelo, a continuación que sirvieron la cena, Iván escribió una carta: «Tendrás que aprender a vivir con estos cortos períodos de distanciamiento a modo de paréntesis en el tiempo, porque aunque ahora se presenten como una distancia física, más adelante, cuando tú y yo estemos más cerca todavía, seguirán existiendo. Aun a tu lado, realmente puedo estar a mil años luz. No se puede ni debe ir contra la propia naturaleza, ni mucho menos intentar manipularla o alterarla. Hay que dejar que se exprese, que sea en libertad. Serán períodos breves difíciles de percibir a veces. Mi cuerpo te rozará, y mi olor será nuevamente descubierto con tu sensibilidad. También sentirás el calor de mi cuerpo, pero mi espíritu aventurero navegará en busca de la quinta dimensión probablemente en una visión alternativa de las cosas. Llegado el caso, ¡tolérame!». Dejó el bolígrafo en la bandeja plástica y miró a través de la ventana del avión.

La azafata le ofreció una bebida que Iván agradeció. Trece minutos más tarde, continuaba escribiendo en una nueva cuartilla de papel: «Susana, me faltas, si supieras cuanto… «. No podía dejar de sentirse malhumorado y un poco culpable como si con su viaje cometiera la torpeza del grave error precipitado.

Comenzó a hablar consigo mismo “Provocarte un malestar es lo más lejos de mi intención. Este lapso de tiempo repercutirá favorablemente en nosotros, estoy seguro, porque no es egoísmo. No se trata de un capricho pasajero. Más bien es la necesidad imperiosa de escapar de tanto en tanto, huir de todo cuanto me ha pasado y de todo cuanto he encontrado y de todo cuanto me he servido; huir, excepto huir de ti ahora que te siento como algo real e instantáneo, tangible, cercano… tan cercano que noto como te vienes conmigo Susana”. Cerró los ojos. Iván se frotó los ojos con las puntas de los dedos en movimientos circulares. “Escabullirse. Huir… como lo hace el viento por debajo de la puertas” seguía pensando.

Continuó escribiendo: «No temas sentirte un guiñol a los ojos de los demás. Levanta la cabeza alta y grita hasta el desvanecimiento a los cuatro vientos que si tu hombre precisa descanso, tú le das tu bendición, y asimismo tu consentimiento, además del apoyo moral que necesita para no sentirse mal. Diles que puedes soportar los kilómetros, y los días, incluso las noches, porque sabes que esto no hace sino unirte aún más a él».

Iván volvería como de una breve expedición con retorno asegurado. Nada hacía presagiar cambios en su actitud. Y al llegar al hotel, antes de mandar sus notas por fax agregó: «Mis brazos no podrían rodear un cuerpo que no fuera el tuyo. Mis ojos no están autorizados a fijarse en otra silueta que no sea dueña de ese excepcional y único modo de moverse y de estar que posees tú. No podría besar a ninguna otra. Solamente hay un ser que pueda recibir mi amor y su nombre es Susana; pero sólo una de entre todas las Susanas, ja, ja, ja. Y aunque pienses que la distancia física nos aleja, ten muy claro que nadie ha estado nunca más cerca de mí que tú, cariño. Siéntete afortunada. Esto es así hoy y lo será el próximo martes 23 de noviembre».

Anteriormente, cuando Iván partía de aventura a un lugar desconocido se cerraba tras de si una puerta que le alejaba del pasado mostrándole la nueva estancia, y todo lo anterior se quedaba fuera, tanto lo bueno como lo malo. Sin embargo, por primera vez en su vida alguien había cruzado al otro lado con Iván. Susana había conseguido traspasar la puerta y en la estancia todo estaba por manifestarse. Todo debía vivirse desde un buen principio con renovadas energías sin puntos de referencia para la comparación con lo cotidiano o habitual. Ahí, cualquier cosa nacía nueva mostrándose tan maravillosa como desconcertante, y con la mente clara, despejada, limpia de telarañas, dispuesto a desenmascarar toda clase de sensaciones, con la promesa de futuras experiencias y la certeza de acumular valiosa información, para Iván, cada vez que se producía esta situación equivalía a volver a empezar desde el principio entrando en otro mundo desconocido que a su vez estaba ansioso por ser descubierto. Nada tenía que ver con lo que había dejado atrás, pero ya digo, esta vez desde el silencio y el respeto alguien lo acompañaba en su viaje.

En esta ocasión inmaculada, la única diferencia respecto a otros años en que también había acudido a las Islas Canarias para cambiar sus pilas era el fino hilo translúcido que había realizado el mismo trayecto que el avión y enlazaba a dos almas gemelas pendientes de un éxtasis inusual. Probablemente eran dos almas antiguas que después de jugar al escondite en el tiempo y de burlar al espacio, decidieron encontrarse para celebrar su recorrido danzando juntos a partir de ese momento por el universo pletórico.

Si hacer el bien y contribuir a la realización de algo bello lo reconfortaba plenamente, hacerlo con Susana, participando en su medida y con generosidad de lo beneficioso que existiera en la futura obra, la engrandecía asegurando la consecución de aquello que Iván denominó en su día “modelo a seguir e imitar por generaciones venideras». Pero dudaba si Susana sería capaz de lanzarse con él, de la mano, al hondo precipicio porque semejante modelo requería de mucha energía y trabajo.

Vacilar unos instantes para Iván equivalía a una negativa. En su fuero interno ya contaba con Susana, con su incondicional adhesión a «la causa», a cualquiera que fuese su proyecto. Susana se adaptaría con gran facilidad. Era una persona que no le importaba hacer lo que se le decía, incluso estaba mucho más cómoda en esa posición. Y cada minuto que pasaba sin ella se convencía más y más de lo positivo de su unión. El hecho aplastaba arrollando al destino que se convertía en una mosca aplastada. La amaba con gran devoción. Quería una compañera.

A media tarde en seguida de haber comido en la terraza de la piscina del hotel de cinco estrellas un par de rojos solomillos a los que apenas habían calentado en la plancha, tras una saludable siesta a la sombra que potenció el vino de la buena cosecha del 64, Iván se dio un chapuzón para refrescarse y fue a la recepción para escribirle algunas líneas a Susana. Decían literalmente: «Anota en tu agenda que tú y yo tenemos pendiente en unas cómodas rocas de la Costa Brava, frente al conmovedor mar Mediterráneo que inspira, agudiza, y sensibiliza los sentidos, una puesta de sol y un lujoso amanecer de colores vivos; esa fantástica mezcla indescriptible de tonos pastel de la acuarela del creador. (No olvides traer un par de mantas para la noche y un termo caliente con negro café; todo lo demás lo pondré yo). Entre un hecho que simbolizará el ocaso de una parte de mí y la salida del sol, que representará mi nuevo resurgir, bajo una noche estrellada, contemplaremos nuestra intimidad, y con la belleza como testigo dispondremos las bases para nuestra fusión. Nos maravillaremos de lo hermoso de la naturaleza expresiva. Una gaviota sobrevolará por encima de nuestras cabezas certificando nuestra unidad en libertad. Sí. Nos provocaremos un rato. Nos amaremos hasta que nos cansemos. Conversaremos pausadamente acerca de la magia del amor hasta que lleguen venturosas, eternas las confesiones desde el altar. Con las manos entrelazadas y las miradas encontradas, fijaremos desde lo más profundo de cada uno el principio de nuestra alianza. Y con el nacimiento de la mañana, adornaremos el acontecimiento subiendo a una montaña para plantar la semilla de un árbol: el árbol de nuestra Vida. Y crecerá tanto como nuestra relación se fortalecerá. Con este broche y un apasionado abrazo de cincuenta y cinco minutos terminaremos firmando este cuadro jamás pintado. Nuestros corazones rebosarán alegría. ¿Te parece bien Susana? ¿Aceptas la cita? ¿Y el reto que conlleva?».

Iván reconoció su momento existencial. No había mejor candidata que Susana. Después de quemar muchas etapas en su vida, como corsario quería abordar el galeón del matrimonio para llevarla a su isla secreta y así, disfrutar a escondidas del botín que compartir nada más con unos pocos privilegiados a los que entregaría los mapas de su isla del tesoro.

Estaba preparado para el ataque. Se sabía seguro. Vencedor. Era hora de hundir el propio barco pirata y cruzar los mares con su nueva embarcación más robusta y sólida, con las bodegas repletas de amor afecto respeto y comprensión. Con aquellas reservas pasaría no solo el invierno, sino diez años enteros. Y cuando estuviera cansado podría bajar al camarote para echarse en su cama sin peligro a un motín, puesto que dejaría a Susana al frente del timón con instrucciones precisas y el convencimiento de su fiel cumplimiento. Nadie le obedecerá tan bien como ella. Iván la había provocado con sus escritos evaluando su reacción sometiéndola a un examen como prueba.

Tras sus triunfos profesionales, no era humillación lo que ofrecía a los compañeros vendedores que competían por ser “el mejor vendedor” del concesionario IBM, sino la propuesta de un reto. Aseguraba que si él lo había conseguido, de igual modo podían lograrlo otros. Entonces se escondía detrás de su mesa y examinaba las fichas de sus clientes disimulando, observando como asumían la propuesta del reto.

Se sentaba a esperar la reacción de quienes lo envidiaban y admiraban al mismo tiempo preguntándose acerca de sus trucos infalibles. Reparaba con atención en los diferentes temperamentos que se daban cita en la empresa como una maestra de parvulario paseándose por entre las mesas. Y es que Iván no intentaba hacer las cosas mejor que los demás, sino mejor de lo que él mismo lo había hecho la última vez.

Con sus propuestas, intentaba estimularlos para descubrir qué se encontraba detrás de cada uno y en esas ocasiones, sólo tenía palabras para los novatos “No te sentirás bien al mejorar a tus contrincantes. Tu mejor estado de animo lo obtendrás si consigues superarte a ti mismo”. De esta forma los proyectaba hacia arriba, empujándolos a volar alto pero avisándoles que arriba se deben batir fuerte las alas para soportar las duras corrientes de viento.

Si fracasaban en su empeño, volvía para auxiliarlos y recoger sus pedazos rotos con nuevas palabras de aliento “Cuando haces todo cuanto está en tu mano, poco importan los resultados”, y a los más débiles, aquellos que sucumbían en el intento por falta de cualidades, al tiempo que les daba una palmada en la espalda les tranquilizaba diciendo “Tú ya lo has dado todo. No se puede luchar contra lo inevitable. Relájate”. Mientras pensaba “Hay un sin fin de oportunidades en la vida pero no todas están reservadas a nosotros”. Y aunque parecía que se alejaba y los abandonaba, eso no era más que otra triquiñuela suya.

No era el jefe ni tenía la responsabilidad de orientarlos porque Iván era otro compañero más, pero quería ser un referente constructivo.

Llevó ese tipo de comentarios más allá de su actividad laboral. Cuando a veces, para desintoxicarse de tanto trabajo se regalaba unas partidas en la bolera donde años atrás había estado empleado como recepcionista, al comprobar como maldecían los universitarios su mala suerte cuando intentaban rematar los palos que no habían caído, sin darle importancia, mientras acariciaba su bola dispuesto a lanzar les sugería que avistaran las flechas que se encuentran en medio de la pista.

Explicaba “El secreto para que caigan los diez palos de una sola vez es no fijarse en ellos. Las flechas nos indican por donde debe pasar la bola. De hacerlo así, tened por seguro que en la próxima ocasión obtendréis lo que intentáis con ahínco y sin éxito”. Luego lanzaba su bola con más maña que fuerza, acompañándola, y como atraída por un imán se estrellaba con sonoro chasquido entre el primero y el segundo palo desplomándose el resto a continuación. Y al girarse, la satisfacción de su rostro transmitía el siguiente mensaje “No es cuestión de suerte chicos, sino de precisión en la concentración”, y sin poder retenerse les daba pequeñas recomendaciones para mejorar el estilo.

Nadie se las pedía, pero tampoco las despreciaban ni las desperdiciaban y cuando mejoraban la puntuación, Iván se sentía francamente bien. Su tono generoso y conciliador había funcionado. Y sucedía a menudo que al abandonar la pista con una gran sonrisa en vez del tradicional adiós decía solemnemente dirigiéndose al más desfavorecido del grupo al que picaba el ojito antes de desaparecer “Esta superación que no has conseguido hoy la conseguirás mañana, descuida, pero eso sí, siempre y cuando sigas intentándolo una y otra vez sin darte por vencido”.

Iván mantenía que siempre hay un camino que recorrer “Siempre y cuando te mantengas despierto y atento verás que hay oportunidades que te esperan solo a ti, y si crees en ellas, se te irán presentando porque no hay tan sólo un mañana fijo sino varios que se exhiben como alternativa”. Exactamente esto les había dicho a sus jefes cuando a inicios del año solicitó flexibilidad de horario para catar su inquietud artística. Y comentarios similares empezaron a formar parte de su vocabulario diario. No escatimaba ninguna ocasión para expresar su arrollador optimismo. Su sabiduría tenía un carácter eminentemente práctico. Era algo que no molestaba porque nunca insistía ni atosigaba. Le gustaba hacerlo. Lo hacía. Pero lo más relevante es que practicaba con el ejemplo. Se podían contrastar sus palabras con sus actos. Se contemplaba en su persona cada rasgo de sus dictámenes. En esa época no dejaba que nada se le quedara dentro. Se expresaba sin importarle lo que finalmente se hiciera con la sugerencia o el comentario.

Y aquella misma noche, tampoco se reprimió. Volvió a sentarse frente a un papel en blanco.

Estaba en el hall del hotel. Había alquilado un jeep para descubrir la isla no-turista pero su desconocimiento del territorio lo llevó hasta una zona pantanosa de la que no pudo salir. La tierra se tragaba el enorme vehículo que aun disponiendo de tracción a las cuatro ruedas y mucha potencia no pudo luchar contra las fuerzas de la naturaleza. Tuvo que ser rescatado.

Mientras aguardaba a la policía para realizar el informe que justificaría el uso de un sofisticado helicóptero que había salido de la base militar de la isla de Gran Canaria, garabateaba más frases para Susana lejos de pensar ya en el incidente: «Soy un hombre cuyos sentimientos hacia ti son transparentes. No dejes de pensar en voz alta cuanto te apetezca que juntos hagamos. Sabes, me fortalece el simple hecho de saber que te tengo y que pase lo que pase no te marcharás corriendo de mi lado. Por mi parte, aunque el mar y la noche se pusieran de acuerdo para entorpecer nuestro lazo, aunque el viento y el sol estuvieran en contra de nuestro abrazo, aunque un tornado y el fuego anudaran sus talantes creando un género nuevo,  yo encontraría la manera de hacerte la mujer más feliz de cuantas intuyo. Tengo planes para nosotros; muchos y densos planes, estimulantes algunos, desconcertantes otros. Quiero envejecer a tu lado, frente a ti, porque te adoro rica». Y mientras ponía el punto final, pensó “Nada podrá ser como antes. Susana ha cambiado mi vida dándole un vuelco fantástico. Me siento afortunado y agradecido a la vida”, y levantándose del cómodo sofá donde escribía se acercó a su cómplice la delgada señorita de manos de pianista que utilizaba el fax sin autorización del director del hotel.

En Barcelona el responsable de mantenimiento había subido del taller al despacho de Susana para liquidar unas dietas y proveerse de efectivo. Necesitaba llenar de combustible el depósito de la furgoneta y en el suelo encontró el papel remitido por fax. Hasta el momento la correspondencia había sido privada, pero en aquella ocasión sería más pública que nunca.

Ese día Susana se había retrasado. Topó con más tráfico del habitual en la avenida a causa de un accidente. Veintisiete minutos bastaron para que el escrito de Iván se paseara por casi todas las dependencias de la empresa y cuando entró saludando, todos le respondieron con bromas respecto al texto que todavía no conocía y no entendía que ocurría y miraba a diestro y siniestro alucinada.

La mantuvieron intrigada hasta el mediodía. No fue sino a la hora del almuerzo, en el restaurante de en frente, cuando en vez de jugar al dominó como era costumbre estuvieron machacándola con burlas insistentes hasta que comprendió. Entonces rogó la devolución del documento que le pertenecía solo a ella. Le entregaron un arrugado papel manchado de aceite, pero aún así, con un aspecto deplorable, las palabras de su amado no perdieron intensidad. Susana sabía como se hubiera comportado Iván en circunstancias similares. No valía la pena enfadarse. “Tendrás dos problemas: enfadarte y desenfadarte”, le había dicho en varias ocasiones ensalzando lo práctico del sistema cuando despotricaba por una repentina carrera en sus medios o perdía la tapita del tacón del zapato, incluso cuando un conductor maleducado se interponía en el camino del Ford PROBE ante un Iván del todo indiferente y calmo. Susana recordó sus palabras: “Se precisan treinta y ocho músculos para enojarse y solamente cuatro para sonreír”. Comprendió que nada iba a conseguir sino era sentirse mucho peor; estaba creciendo junto a Iván.

Y entre el humo sofocante del restaurante, agasajada por la burla de sus compañeros de trabajo, indefensa entre tantos varones faltos de tacto completamente ajenos al romanticismo, se armó de valor y se infundió animo refugiándose en la contemplación de una fotografía de Iván que desplegó frente a todos.

Plasmar sus sentimientos en el papel fue para Iván como una especie de revelación. Una catarsis. Se le antojó, no como un pasatiempo, si no como una tarea obligada que debía llevar a cabo. Nunca antes había escrito nada a nadie y mucho menos a una mujer y sobre amor. “Son cosas para que las haga Oscar” pensaba Iván. ¿Podrían resultar absurdos o ridículos sus textos?… ¿Pueden resultar absurdos o ridículos los sentimientos? “Las cosas que son, son; y deben expresarse tal como se sienten” eran las palabras de Iván o el mensaje enviado desde algún lugar remoto invitándole a crear e incitándole a que imprimiera su huella en la historia de otra manera a la que estaba acostumbrado.

Para él no existían los reglamentos y esto de dejarse llevar… de fluir como fluye ininterrumpidamente el sonido de una fuente le resultaba muy favorable. Iván igual podía escribir una carta al director de un periódico denunciando un caso de abuso de poder sin pelos en la lengua que elaborar un detallado documento que esbozara ángulos distintos a los habituales o también, podía contar a un niño un cuento instructivo lleno de fantasía y poesía con una voz anciana. Podía preguntarse con el asombro de ese mismo niño cuándo duermen los peces o buscar dónde está la esquina de la pelota o también podía centrarse en averiguar qué olor tiene una manzana. Podía hacer lo que se propusiera. Iván era exactamente lo que le habían explicado en la serenidad de la noche en Canarias y que todavía no sabía. No sabía que le ofrecían una oportunidad para la que él debía estar listo y concentrado.

Porque todos estamos llamados a ser santos, profetas, mendigos y reyes. Mucha gente venera normas incrédulas, inverosímiles y absurdas establecidas por el confundido individuo contemporáneo susceptible a cuanto no tiene explicación lógica. Cualquier «algo» o “cosa” no existe si no puede medirse, contarse o pesarse. Iván podía resquebrajar ese potente encierro de limitaciones y lamentaciones proponiendo un nuevo orden o una más amplia perspectiva. ¿Solo él?

Cuando llevaba un rato escribiendo, se sentía cansado, y la cabeza le pesaba hasta hacerle tambalearse por haber impreso en cada palabra cuanta energía poseía. ¿Le estaban probando? ¿Quién? ¿Quién quería asegurarse que sería útil instrumento capaz de soportar tempestades y venenosas críticas sin amilanarse?

Iván, con los escritos durante este viaje pretendía hacer un examen a Susana y el examen se lo estaban haciendo a él por mediación de ella. Había sido un empedernido buscavidas y su perfil encajaba con las exigencias de unos misteriosos seres que le habían hablado en el silencio, en la vastedad del desierto, desde la oscuridad de la noche para mostrarle el color del viento.

Pero Iván se centraba en Susana. Y no veía más allá, ni notaba la presencia de ningún ser extraño a su alrededor. El árbol no le dejaba ver el bosque. Su única preocupación era si Susana valoraría ese esfuerzo literario tan impropio de su temperamento porque lo suyo era el campo de batalla y la acción. Se preguntaba si apreciaría en lo que valen sus palabras que se replegaban en sí mismas. Siempre práctico, Iván pretendía que las archivara convenientemente para recurrir a ellas en caso de apuro, en vez de guardarlas solamente en su corazón.

Quería impregnarles servicio, y, algún día sacarles provecho. Aunque salieron de la espontaneidad del momento, perseguía imprimirles utilidad futura. Y previendo supuestas dudas, pensó que podrían ser palabras auxiliadoras donde refugiarse “Ojalá Susana actuara como yo ayudándome a comprenderla mejor; ¡dichoso cascarón!”. Y ciertamente, algunas frases sueltas garabateadas sobre un trozo de papel cualquiera hubieran sido un feliz regalo facilitándole la tarea con razón.

Iván le recriminaba tanto mutismo comparado con su derroche de franqueza y se preguntaba si es que tal vez Susana no tenía nada que decir. No pensaba que tal vez ella se sentía abrumada con los contenedores rebosantes de sus palabras.

Iván necesitaba a toda costa que Susana se lo agradeciera con un poco de colaboración. Quería que se abriera del todo y se expresara. No entendía como sus últimas confesiones no provocaban que recurriera al teléfono para llenar de amor el auricular. Él pidió el paréntesis. Susana se lo respetó, y aun teniendo ganas de escucharle le parecía igual de emocionante estar pendiente del fax al que prohibió el acceso a ninguna otra persona con el amparo de su jefe. Nunca antes había esperado una comunicación por ese medio con tanto interés y su jefe envidiaba la capacidad de Iván para mantenerla en vilo.

En su siguiente envío, Iván comenzó el texto con esta cabecera: «Estas palabras que a continuación se detallan, perdurarán cuando los siglos dejen de importar. No supongas un problema que no existe, ni crees en tu subconsciente un miedo irreal o un temor desproporcionado, ni tampoco te preocupes por algo que no ha sucedido y está muy lejos que ocurra ¿entendido? Así ganaremos un eslabón en nuestra larga escalinata donde comienza el infinito. El cosmos nos aguarda Susana». Sin mencionarlo hacía referencia a la posibilidad de una aventura pasajera con alguna turista extranjera que precisara consuelo, dejando claro su posicionamiento y sugiriéndole que no se torturara.

El texto fue una premonición. Susana había manifestado en la puerta de embarque el pánico que se apoderaba de ella por el hecho que pudiera estar con otra mujer en las islas. Y cuando recibió en la maquina su misiva, estaba con la contable imaginando fantasmas porque aquella mujer que vestía de histeria sus solapas estuvo pinchándola toda la mañana y en vez de hacer números, repasó las debilidades de los hombres y todas las calamidades sufridas intentando pasar por una víctima incomprendida. Esa solterona insatisfecha necesitaba un revolcón en la cama o por el suelo para que dejara de incordiar a los demás, pero se bañaba de domingo a domingo y su olor asustaba a los viejos más obscenos y depravados del barrio.

Solamente con el paso de los años se confirmaría cada una de las palabras dibujadas por Iván. Tan sólo el tiempo le daría la razón. Era tanto su aliado como su enemigo. Pedía un voto de confianza. Y lo pedía por favor. Cuando al cabo de diez años releyera los textos, Susana podría comprobar qué tantos detalles se le habían escapado de todo cuanto aconteció en esos días y, qué verdad había en su sentir, en su entrega, ¿incondicional? ¿Cabía la unidad entre dos personas tan diferentes?

Dormía tanto, que a punto estaba de convertirse en una marmota. Comía tanto, que podía explotar de un momento a otro y manchar las paredes con la gelatina verde de su cuerpo. Leía tanto, que si continuaba se convertiría en una coma más de la página del libro. Estaba pensando tanto, que creía llegar al fin a su sedante y confortable locura. Profundizando tanto, que casi podía intuir el final del universo rozándolo con la punta de los dedos del pie y entonces averiguar que todavía no era el momento. Todo llega. No convenía alterar el orden ni tampoco estaba en su mano aunque quisiera. Quien busca encuentra. Iván hacía tiempo que buscaba incansablemente y seguía buscando tenaz hacia la puerta del misterio para llamar, entrar, y solicitar. ¿Qué se atrevería a pedir?

Estaba escribiendo tanto que el bolígrafo se había pegado a su mano. Tomando tanto sol que la gente lo miraba confundiéndole con un resplandeciente rayo porque ya vislumbraban la fuerza de su condición mucho antes que el propio Iván. Y por supuesto, la estaba amando tanto que podía provocar un cataclismo con solo pestañear. Conseguiría alterar los meses del año o el curso de los ríos con solo proponérselo, y de un simple soplido, lograría trasladar el desierto del Sahara de un lugar a otro del planeta sin extraviar un solo grano de arena, y es que las mejores cosas de la vida suceden cuando estás enamorado. “Cualquier cosa que tú me solicites cariño” pensó sintiéndose capaz.

Sabía como ocultar el cielo a los ojos de quienes pretendieran dañarla. Hacer nacer de la inmensidad del universo otra luna a la que poder reverenciar y hundir las montañas más altas y anchas con su dedo meñique; y con un suspiro hondo, evaporar el océano. Con un silbido llamar a las estrellas para que cayeran en el joyero de la mesita de noche de Susana y también podía con un par de palmadas transformar los sueños de los niños y los anhelos de los ancianos en verdades como jaguares. Así era para Iván en su estado y de ninguna otra manera. Como siempre en su concepción, hasta el extremo más inaudito de la irreverente sagacidad.

La última noche previa a su vuelta, Susana se revolvía de un lado a otro en la cama. Faltaba menos para verlo y abrazarlo. No hallaba las horas de que sucediera el momento del reencuentro.

En Canarias, Iván tampoco dormía. En la terraza, sentado en un sillón de mimbre, avistando la luna llena escuchaba la delicadeza de las olas que acariciaban la playa dormida igual como una madre acaricia cariñosamente a su hijo. No estaba nervioso, más bien estaba relajado. Y sin proponérselo le habló a la luna directamente cara a cara… había un duende mirando!

Se levantó apoyando sus manos en la barandilla para decirle a la luna: “Ahora, después de esto que ha surgido puedo morir tranquilo. Después de haberla encontrado, de haberla conocido, de haberle hecho el amor con toda su expresión e intensidad y sentido  …”, se le hizo un nudo en la garganta pero se esforzó por continuar “ … y cuando me diga que guarda a nuestro hijo en las entrañas con mayor razón pienso que podré decir por fin en voz alta: ya puedo morir feliz y tranquilo”. Al pronunciar estas palabras se le puso la piel de gallina y sintió una sacudida. Su frente se quebró. Sollozó delante de su amiga llena que lucía majestuosa. Y al mirarla suficiente tiempo, ésta le sonrió en señal de complicidad sabiendo que al cabo de unas horas cenaría con su amada Susana.

De regreso inspirado por el paisaje que desde la ventana ofrecía el avión, siguió con esa recién adquirida afición de aprisionar cada pensamiento y así escribió: «Susana tienes una gran responsabilidad para con tus semejantes. Cuida de que no me tuerza. Ayúdame a crecer fuerte, sano, apuntando en dirección a la verdad. Ambos debemos evolucionar positivamente. Madurando cuanta sabiduría vayamos recopilando por el camino, ordenándola y almacenándola celosamente para distribuirla generosamente entre los más necesitados. Anhelando el bien para el beneficio de algunos; ellos, los sensibles de corazón, los inteligentes con ganas de progresar. Déjame que me ladee, un poco a la izquierda, y luego un poco a la derecha; forma parte de la investigación. Pero evita que tome un rumbo irremediablemente equivocado. Eres quien más cerca está de mi porque ya habitas en mi interior; una de las pocas personas a quien escucharía si llegara a darse el caso. Así que te lo repito para que no se te olvides jamás: tienes a partir de ahora mismo ya una tremenda responsabilidad para con tus semejantes; y aunque todavía no he encontrado la manera de expresar mi mensaje, como todavía no sé cual será mi obra; ese vehículo que me permitirá contribuir a alimentar a una humanidad sedienta; no puedo más que rogarte que me lo permitas, que me dejes indagar sin censurar porque yo intento renacer en mi esencia. Soy visto por la gente los demás como un animal extraño, sobre todo porque ya no me pueden clasificar. No sirven sus etiquetas y por eso me llaman Iván el Distinto y esto, me separa de la gente permitiéndome experimentar con mayor libertad, y esta, digamos «rareza», me ha convertido en el solitario incomprendido que soy, pero no por ello he flaqueado antes ni lo voy a hacer tampoco en el futuro. Nunca he dejado de andar y avanzar de una u otra forma por los tortuosos caminos bajo los atónitos ojos de quienes querían esclavizarme o encerrarme en sus ideas. Si alguna vez dejaras de sentir lo que dices que sientes, para serenarte, quiero que sepas que la desesperación no se derrumbaría sobre mi para sepultarme bajo los escombros. Echaría a volar hacia la fase que le sucede a esto, el nuevo punto de partida, la perspectiva siguiente, ya que mi camino aquí habría terminado. Susana he hecho la digestión con dolor porque mi estómago estaba en Barcelona contigo. No creo que hayas podido ser más apreciada y valorada que en estos ocho días. Me has faltado y mucho. Te he echado de menos muchísimo. Esta noche seré dichosamente feliz. He podido desconectarme de todo y de todos excepto de ti. Por más que lo he intentado, no solo mi corazón te reclamaba, sino que mi mente ha hecho de ti mi musa. Alégrate una vez más; has ganado. Me he puesto a escribir bordeando constantemente tu figura fortaleciéndola. TE QUIERO, y sin ti los segundos no saben igual; apenas los capto. Que más puedo decirte … » y la verdad es que poca cosa más se podía decir ya. Iván se había confesado ampliamente. Se había decidido a escribir sobre el papel aquellas dos sagradas palabras sintiéndose mucho mejor por ello. También manifestó sus dudas respecto al futuro sin darse cuenta que la solución se hallaba en la tinta de su estilográfica.

Cuando entraron en su amplio estudio de un solo ambiente situado en la Gran Vía, en la cama, encima del edredón, perfectamente dispuestos, Susana encontró un cepillo de dientes, pasta dentífrica, desodorante, perfume y un cepillo para su largo cabello que Iván había dispuesto antes de su marcha a las islas. Quería que se sintiera cómoda y que nada le faltara y a su regreso todavía estaba más convencido.

Era la primera mujer que franqueaba el umbral para ingresar en su fortaleza que había permanecido intacta durante el último año.

Y no muy lejos se sucedían los brindis con las doradas copas pegados los cuerpos desnudos en el área privada del dúplex de las Ramblas de Barcelona. Y apaciguada su agitación, todo él vacío, con la impresión de haberse convertido en una minúscula hormiga luego de actuar como toro bravo flotaba livianamente en la alcoba exhausto Oscar, con esa complacencia extrema por la consecución final del boxeador que logra un kao.

Y totalmente estimulada Ana, en permanente estado de exaltación prometía mantenerse ahí como signo de liberación sin desvanecerse, cálida, mansa, tierna, obediente, atendiendo la respuesta de su cuerpo tensando sus músculos, haciendo simpáticas muecas de goce sin quejarse mordiéndose los labios. La cúspide del placer de múltiples orgasmos se mantenía en su entrepierna clavando sus uñas, acelerando su respiración o disminuyéndola de repente, bailando su mente entre candelas, bombeando la sangre que quiere encontrar la pendiente donde soltarse nuevamente para derramarse inagotable.

Y escuchando el latido de enfrente como rosa que generosa se abre arrebatada por el arrojo del momento que vibra hasta hinchar el corazón, aumentando la grandeza del romance comprimido en ese instante fenomenal, le dijo –sí mi cielo, sí… acepto encantada-. Evocadoramente vociferaba Ana su tremendo amor remolcando alborotada la advertencia de la misión imperecedera de la sana fusión. Lejos de un romance dormido se inauguraba la dignidad de un amor que se había incrementado significativamente y en el que había penetrado con pasión dándola la bienvenida a su nueva vida.

                            *                  *                  *                 *

Finalmente Iván se sentía bien con algo una vez conquistado. En todos sus años anteriores, su placer había consistido en proponerse algo concreto y llegar hasta ello pero una vez conseguido perdía todo interés. En esta ocasión la emoción no parecía detenerse sino que aumentaba conforme pasaba la vida, perfeccionándose el arte de amar sobre el que tanto había conversado con su buen amigo. ¡Pero ahora tenía a Susana! ¿Quedaba relegado Oscar? Se notificaron mutuamente las respectivas bodas y ambos se alegraron por el otro felicitándose y aceptando un segundo plano.

Cuando Iván miraba a Susana recobraba la fe en sí mismo. Compartía con ella todo aquello que tanto tiempo llevaba encerrado. Iván se descubría dejando entreabierta una puerta, y se sorprendía cuando hablaba de cuestiones intimas sobre sí mismo encontrando una agradable sensación en el «yo siento» en vez del famoso y gastado «yo haré esto y lo otro».

Iván encontró placer en mostrarse tal cual porque por fin alguien lo escuchaba de verdad. Por fin a alguien le interesaba lo que tenía que decir Iván. Por fin no era preciso engañar para reclamar atención porque a esa persona le importaba Iván y su mundo de cavilaciones y abstracciones.

Sabía que había dilapidado muchas oportunidades de un prometedor futuro por ir en busca de «otra cosa nueva». Tenía debilidad por los «algo distinto» y por llegar a esa tierra desconocida «más allá» donde otras personas no se atrevían a llegar. Tocaba cambiar el chip, y Susana era la mejor excusa.

Se había terminado el correr sin parar detrás de las cosas más extravagantes. Se sentía fuerte para darle la vuelta a la tortilla, aunque tuviera que ser dando un salto mortal para mostrar lo que había del otro lado. Quería cultivarse como su buen amigo Oscar, y esperar la cosecha con la paciencia de Job. Iván se sabía fértil, y solamente Susana podría mantenerlo en cintura. Se convenció para dejarse recortar las puntas de las alas. Quería construir. Terminaba el zigzag para disciplinarse y concentrarse en todo cuanto giraba entorno a la figura de su amada. En su mano estaba el sacarle provecho a esa oportunidad vestida de estabilidad. Estabilidad, palabra inconcebible en su vocabulario pasado que solo entendía de emoción y aventuras, pero ¿y no es una aventura emocionante el matrimonio?

Iván tenía la capacidad de mirar de frente el nuevo reto, porque se trataba de «otro reto»: el reto del matrimonio perfecto. Diferente en su concepción, estructura, y planteamiento, pero un reto al fin y al cabo que exigía de sus mejores aptitudes. Iba a competir consigo mismo. No entendía otra manera de hacerlo. “Que gane el mejor” se dijo antes de comenzar la pelea y el resultado se llenaba de incertidumbre. El Iván de ayer se enfrentaba al nuevo Iván. Existía la incertidumbre como al inicio de cualquier actividad, pero en esta ocasión tenía la certeza de algo absoluto y rotundo y es la veracidad de las fases de la luna, del calor del sol, del azul del cielo, lo salado del océano, y de igual forma se establecía su amor por Susana tan verdadero como perpetuo e imperecedero.

Pero sin haber empezado siquiera pensaba en la conclusión final, en el compartir junto a Susana la alegría del triunfo e inmediatamente la decadencia del mito. Ya se había coronado y retirado incluso antes de empezar. Así nacían sus empeños, cruzando la línea de meta sin aguardar la señal de salida ciego por el resultado. Todo lo llevaba hasta sus últimas consecuencias. No quería herrar el tiro. A toda costa pretendía ser dueño y señor de cada situación.

Por otro lado, no resistiría la humillación de no conseguir construir un hogar en el que una familia viviera feliz. De niño se le había negado lo más básico, lo más elemental le había sido arrebatado y no quería dejarse amilanar. Era necesario desterrar la posibilidad de repetir el desgarrador terremoto que había asolado su pequeño mundo infantil. Iván no quemaría la casita de papel con sus retoños dentro. Aspiraba fundar un hogar donde los niños vivieran rodeados de cariño y respeto para que aprendieran a encontrar amor en el mundo. Pensaba llenar de estímulos cada momento para que desarrollaran la propia confianza creciendo en la seguridad, aprendiendo a tener fe en sí mismos, conviviendo desde la mutua aprobación para que aprendieran a aceptar y a aceptarse desde el principio. Tenía las cosas muy claras. Quería evitar a sus hijos toda hostilidad para que no tuvieran que aprender demasiado pronto a batallar como le sucedió a él.

Iván había accedido a situaciones impensables que le afectaron por su nivel de exigencia y para las cuales, en la mayoría de los casos no estaba preparado. Inesperadamente se volcaba en asuntos que lo ponían nervioso por su complicación, como su representación de Michael Jackson y la dificultad de aprender a bailar como él, pero una vez metido de lleno Iván se transformaba porque mantenerse en vilo era sentirse uno con la vida. Ahora sería Susana quien pagaría el malhumor que todo aquello generaba en sus primeras fases porque hasta la fecha se había maldecido en solitario tragándose su impotencia y frustración.

En verdad le costaba realizar las cosas y eso lo alteraba, aunque formaba parte del proceso que superaba. Ella sería testigo de la tortura y el sufrimiento que se auto-infligía porque cuando empezaba algo lo hacía al descubierto, sin escudo. Saltaba sin red de una gran altura sabiendo que cualquier otra persona sin apenas esfuerzo le daba la vuelta con los ojos cerrados. Recibía entonces un golpe que venía de la izquierda, un mazazo que llegaba por la derecha, caía, pero se volvía a levantar. Dudaba. Lo tumbaban de nuevo. Se revolvía en el suelo y de vuelta a empezar. Y si ves a un ser que amas en estas condiciones, o eres de piedra y lo ignoras o te duele tanto que eres capaz de palidecer del dolor.

Iván era un bruto pero no le exigiría en exceso a Susana. Y Susana, incapaz de soportar tanta dificultad, ¿optará más adelante por no querer saber? ¿Por aislarse? En un futuro próximo no se dejará provocar ningún malestar de permanente agonía y como el avestruz se esconderá. No temblará por sus caprichos.

A Iván, no obstante, aquella inicial tragedia le hacía saborear su triunfo cuando llegaba por fin. El peligro era que no soportara los dos o tres primeros asaltos y fuera a por otro reto igual de complejo o quizás más descabellado todavía, con lo que solo se llevaba “lo malo» de todo aquello justo en el momento que podía comenzar a obtener alguna pequeña satisfacción de consuelo, pero así era Iván.

Y no abandonaba por debilidad, sino por pura distracción. Un objeto demasiado brillante tenía la facultad de cegarle y agasajarle anulando al anterior. Y así pasaba de un disparate a otro con la insistencia del tic-tac de un reloj.

Le gustaba salir como perdedor y llegar triunfante. A sus trece años, durante una excursión organizada por la escuela, después de pasar el día entero jugando, corriendo de un lado a otro sin parar, a media tarde emprendieron el camino de regreso. Once kilómetros los separaban de la plaza donde se habían estacionado los tres autocares. Subido a un árbol, Iván apuraba hasta el ultimo minuto de la tarde distinguiendo la imagen de sus compañeros descendiendo por el sendero en fila de a dos marchando cansadamente como un largo gusano que se encoge y se estira igual que un acordeón.

Los profesores ya lejos le hacían señales con los brazos para que se apresurara al percatarse que se había quedado rezagado. Debía incorporarse al grupo pero Iván… Desde la altura que ofrecía una hermosa vista se sentía el amo del valle. Se deslizó por entre las ramas con la agilidad de un chimpancé y una vez abajo se tumbó boca arriba en el suelo para respira; inhalando hondamente, exhalando lentamente sintiendo como sus pulmones se hinchaban y se vaciaban completamente.

Todavía tenía que cerrar su mochila. Y mientras las palmas de las manos acariciaban la hierba que se filtraba entre sus dedos, miró al cielo y quizás un poquito más allá para exclamar “Los últimos serán los primeros” y, de un salto se incorporó. Guardó sus cosas en la mochila que acomodó a su espalda y salió impulsado como una flecha sale del arco que previamente se ha tensado.

Aproximadamente cincuenta minutos lo separaban respecto a los miembros de su clase que iban en cabeza hablando de los humoristas del programa de televisión de la noche anterior con el director de la barbilla hacia adentro. Se habían perdido sus figuras detrás del recoveco de una puntiaguda montaña en la hondura del paisaje. Estaba decidido y con paso firme se dispuso a caminar brincando con la punta de sus pies primero y trotando a continuación.

Iván avanzó a unos y otros ante sus desafiantes miradas y la breve reactivación del paso cada vez que eran superados. Ajeno a los comentarios de los profesores, alcanzó al director que le gritó preguntando el por qué de tanta prisa sin que obtuviera respuesta cuando ya bordeaban la carretera. Algún estudiante quiso imitarle pero desistió a los pocos metros falto de energía.

Iván no recordaba donde estaban los autocares. Visualizaba una explanada grande y una iglesia románica pero la congoja no impidió que reconociera el emplazamiento nada más entrar por la calle central del pueblo consiguiendo subirse al vehículo de dos pisos para pescar in fraganti al conductor que sumido en suelta siesta no supo que había llegado.

Iván se desplomó en el asiento en seguida de sacarse la camiseta que estaba empapada de sudor. Se quitó también las botas. Se frotó los pies entre los dedos y jadeante, se sintió contento y cumplido. Ese fue el preludio de su intensa y trepidante carrera… el hecho de saber que si se lo proponía con la suficiente fuerza, podía hacer cualquier cosa.

Los siguientes en llegar a los autocares tardaron todavía veinte minutos. Los últimos, hora y media. Durante ese valioso tiempo ganado con ahínco y coraje nacido del impulso desconcertante de la improvisación, Iván tuvo una revelación: había nacido para cuestiones imposibles. Iván sería la excepción que confirma la regla en un mundo masificado de uniformes automáticos.

                             *                  *                  *                  *

La sexualidad, supone un enigma que cada cual debe desentrañar.

Los padres de Ana dimitieron ante su responsabilidad de educarla en materia sexual porque temerosos a todo lo pasional y por tanto, a lo incontrolable, atrapados por incoherentes represiones impuestas por sus propios padres en aras a limitar la libertad encerrándola en la trampa, supuso para su hija un recelo inicial a una practica tan sumamente bella, ¡nunca antes había ido al ginecólogo!

Oscar la acompañó a la que fue su primera consulta y trató su malentendido pudor como si fuera un chiste. En un escenario calmado, Ana atendía, aprendía con fascinación. Y Oscar le enseñó en poco tiempo a hablar libremente sobre sexo y de manera espontánea conversaron sobre esta faceta que los uniría en el amor y en el placer de amar con ardor, fogosos los cuerpos, prendidos, incendiados!

La devoción de Ana por el hombre que le abría un universo nuevo sobre un aspecto esencial de su vida los acercaba de tal forma que las dos realidades encontraban la necesidad de complacerse alcanzando la amorosa unión.

Y se procuraban mutuo apoyo compartiendo distintos momentos, esa clase de sostén que nadie más puede dar sino es tu pareja; un sostén que no es la protección del padre ni el amparo de una madre, simplemente es el favor desinteresado del amado que ningún amigo puede entregar.

La pareja es la columna vertebral de la sociedad. No solamente por su compatibilidad, sino también por su adecuado complemento que permite la convivencia a plena felicidad. Dentro de cada pareja hay distintas habilidades, inclinaciones, respuestas y reacciones, y a su vez, la experiencia sexual de un hombre es completamente diferente a la de una mujer. Los deseos y necesidades de una mujer no se asemejan a los de un hombre. No piensan igual. Hablan de manera distinta. Siente muy diferente un sexo de otro. Pero Oscar y Ana se entendían. Sacaban el uno del otro el máximo provecho posible. Y seguían comunicándose, expresándose cosas que no pueden decirse de ninguna otra manera: cosas que están alejadas de las conversaciones intelectuales, cosas hondas, extrañas, y que hacen del sexo algo mágico.

Porque el sexo es la forma primaria de mostrar amor. No es la única ni tampoco la mejor, pero es, el sexo, de un modo incondicional, la antesala resplandeciente donde se estremece el azahar.

Cuando los hijos varones se casan, emigran, y las madres se quedan sin hijo. Pero las madres no pierden una hija cuando se casa. Sucede a menudo que suelen ganar un yerno y para la mamá de Susana, aquella sería una experiencia no exenta de tormento y de mimo porque también ella era una persona de excesos.

Toda regla que rozara lo absurdo o fuera impuesta por decreto con la rigidez injustificada de una autoridad desmesurada, era para Iván motivo suficiente para emprender la revolución. Iván era incompatible con cualquier estructura preestablecida no dispuesta a modificarse de una u otra forma. La señora no podía imponer su juego y su ley a un elemento como Iván, quien tenía sus propias normas escritas en su haber con lágrimas de sangre.

Desde que conoció a los padres de Susana cedía sin darle importancia a esa estructura enclaustrada. Había intentado integrarse a sus modos y costumbres, y lo hizo con ganas sinceras, pero sus intentos habían sido en vano. No podía adaptarse, mejor dicho, no quería hacerlo. Para una persona desarraigada del núcleo familiar con diez años de independencia domestica, se le antojaba complicado asumir un sin fin de reglas y obligaciones en las que él no había participado.

La señora había ejercido con astucia una firme dictadura impuesta sin discusión. Tenía la creencia absoluta que «su verdad» era la única posible y no había otra. Todo lo demás y los demás carecían de criterio, no contaban, solamente ella poseía la más exclusiva de las verdades más allá del bien y del mal. Mandaba. Y mandaba mucho ordenando «su» casa y desordenando los caracteres de quienes la habitaban porque ejercía una presión indirecta digna del mejor tirano. Pero lo más grave de tal comportamiento no era que fuera una posesiva matriarca con una desmesurada superprotección, ni tampoco que sus consejos anularan a los miembros más débiles o a los más haraganes. No. Lo más relevante de su actuación, consistía en negar reiteradamente la opción de un comentario. La simple mención de una inofensiva crítica con la intención de aportar ideas no era bienvenida, cuando Iván solamente pretendía enriquecer cualquier circunstancia inacabada para mejorarla. Ni aún con delicadeza, no tenía la oportunidad de mostrar la otra cara de la moneda.

Terminaba la señora en su casa. Se encerrada en sus cosas, y precintaba la entrada para evitar las visitas amenazadoras de quien pudiera mostrarle otros mundos y otras verdades. Miraba la vida en blanco y negro descuidando irresponsablemente los matices de la infinidad de colores que se obtienen cuando se permite la mezcla en libertad. Carecían de interés las palabras forasteras, vinieran de quien vinieran, porque no eran las suyas.

La señora estaba sentada en su trono y no pensaba moverse. Pero además, exigía que hubiera bufones en la corte para colmarla de reverencias aunque Iván, únicamente accedería a ser títere si con ello mantenía audiencia directa con la reina para contarle con gentileza cual era la actividad del populacho y la realidad que se ocultaba en sus jardines tras los altos muros de palacio.

La mayor obsesión de aquella señora de aspecto afable consistía en hallar la aprobación del barrio donde residía y el consentimiento de la vecindad; a menudo por encima de sus seres queridos pendiente del que dirán. Tenía un profundo temor por las habladurías. Pero a su vez, implacable consumidora de los chismes de famosos hurgaba sin compasión en las intimidades ajenas para emitir juicios de valor. Y solía mantener sus palabras como algo incuestionable con el triste argumento de haberlo visto en un programa de televisión o leído en una revista del corazón. También solía hacerse la mártir por haber escogido un determinado camino regocijándose por el sufrimiento de las calamidades a las que era sometida durante el trayecto fruto de su decisión de recorrerlo (en relación a su decisión de trasladarse a Cataluña). Estas y otras cosas sacaban de quicio a Iván que apretaba con fuerza los mandíbulas para evitar pronunciarse.

Desde el principio había sido paciente por respeto a Susana omitiendo detalles que le afectaban directamente a él. Se había propuesto complacer a la suegra como cuestión indiscutible para lograr una mejor armonía de pareja. Sin embargo, el resultado amenazaba con ser nefasto porque estaba permitiendo que la señora lo anulara poco a poco como individuo cuando se encontraba en su territorio.

Iván seguía alejándose de cualquier tipo de enfrentamiento. Pero el choque era inevitable, ¿cuánto más aguantaría Iván? ¿Y por qué motivo saltaría?

A menudo ante una exposición de Iván, de repente cortaba la señora la conversación al meter como cuña su opinión con la que debían congraciarse los presentes variando los propios puntos de vista. El problema radicaba en que hablaba sin conocimiento directo de muchas cosas. Se engañaba pensando que dominaba los grandes temas de la vida. Ella no seleccionaba las fuentes de información, ni los temas eran trascendentes, ¿entonces… para qué inmiscuirse?

Aquella señora vivía en un diminuto entorno cerrado bajo su paraguas seguro. Y no tenía la intención de indagar por miedo a su incomprensión, ¿entonces por qué darle importancia?

Cuando algunos de sus comentarios no llenaban a Iván de perplejidad, lo hundían en un pastoso fango hasta la nariz, y cerraba los ojos para que no le escocieran. Pero los últimos días actuaba de forma despectiva refiriéndose a la relación que Iván mantenía con su hija preocupada y alterada ante la posibilidad de que se la pudiera arrebatara de sus largos tentáculos maternos plagados de ventosas succionadoras.

Y sucedió que aquella madre excesivamente posesiva y dictatorial, jovial y sociable de puertas afuera, sin duda con un gran corazón, comenzó a meterse donde no la llamaban de manera insistente y un tanto grosera.

Y aunque Iván procuró ser en todo momento atento y amable respetando a una persona mayor que él, empezaba a no hacerlo con autentica generosidad porque hubiera rozado la hipocresía que ya había superado años atrás. Iván sentía un enorme aprecio y un fuerte cariño por la señora a la que debía un pedazo de su felicidad, pero no tenía previsto renunciar a sí mismo. Sentía que vivía de prestado pendiente de si iban a molestar sus palabras al decir algo inconveniente o al hacer algo indebido a los ojos inquisidores de su suegra. Había intentado contribuir a la buena marcha de la casa pero al momento era hostigado con explicaciones de cómo debía realizarse la acción para que fuera ex-ac-ta-men-te correcta. Se cernía una tensión inaguantable bajo aquel techo de paja listo para encenderse y arder con la facilidad con la que arde la paja. La acumulación de una serie de insignificantes detalles aislados que revelaban una mentalidad pequeña y restringida lejos de la madurez emocional desbordaba a Iván.

Pero Iván era tolerante y la disculpaba como se disculpan los agravios de un enfermo de Alzheimer. La escuchaba sin compartir ni uno solo de sus insípidos argumentos. Sentía que no podía penetrar en un cuadro ya pintado y parecía que Iván sobraba, que fuera un mueble o un trozo de carne apagada que estaba de más al ser permanentemente excluido. Y desencajado y sin poder abordar temas complejos de aquellos que estimulaban a su amigo, Iván, pintor acostumbrado a crear sus propios lienzos estaba a punto de estallar. Aquella señora jamás conseguiría reducirlo a su antojo ni consolidar una sola de sus imposiciones.

Y cuando en una espontánea muestra de afecto, Iván besó a Susana en señal de agradecimiento al servirle la cena, según la madre, un acto impropio en la mesa, dijo basta a las interferencias ¡adiós a las imposiciones! No quiso continuar bajo un esquema que no era el propio y limitaba sin permitir el crecimiento ni la creatividad. Iván pensaba que el amor verdadero es aquel que no está sujeto a las normas más absurdas y que su potencia es del todo imprevisible, manifestándose a través de singulares formas ininteligibles para quienes no pertenecen al club de los apasionados enamorados y, por otro lado: ¿quién puede afirmar que debe dejarse el amor a un lado antes de sentarse a la mesa?… ¿Por qué no lo consintió mirando a otro lado? ¿Por qué no disculpar algo que salía del corazón? No. La señora censuró el breve roce de sus labios con la desaprobación digna de quien denuncia un crimen atroz. Ese fue el principio del fin. Pero Iván todavía se mordió la lengua.

De no haber sabido andar solo por el mundo se hubiera dejado arropar por aquella señora tremendamente absorbente, pero daba la casualidad de que no era así. Y no quería caer en su mismo error imponiendo su criterio a golpe de puño y fuego. No era su casa. Tenía que respetar e incluso acatar a regañadientes, o salir, negándose a colaborar. ¿Se retiraría discretamente como un caballero?

Cuando en la soleada mañana del penúltimo fin de semana de invierno, motor en marcha, aguardaba a su amada que no llegaba, al subirse al automóvil y preguntarle el por qué de su tardanza, conociendo lo disparatado del motivo, ya no dudó un segundo más. Sería la última visita a la casa. Susana no podía salir sin antes haber dejado arreglada la habitación de su hermano que se divertía desde hacía horas en la playa con sus amigos. Ese día tocaba cambiar las sábanas, pero como no las encontraba, se retrasó haciendo esperar largo tiempo a Iván.

A Iván le pareció irracional, él mismo mantenía su habitación impecable haciéndose la cama cada mañana como era su costumbre. Y le dijo con hielo en los ojos “¿No tiene manos tu hermano?…” y acto seguido la avisó de su decisión “No voy a seguir aguantando tantas estúpidas irregularidades Susana”.

Y bien entrada la tarde, tras uno de tantos inútiles y desafortunados comentarios respecto a su romance que le martillearon el pecho hasta extremos insospechados, después de cinco meses de salir con Susana y ser inmensamente feliz aguantando calladamente la agresión, de manera expeditiva zanjó el asunto. Se levantó de la mesa pidiendo permiso con educación. Clavó la mirada en la profundidad de su amada para preguntarle delante de su familia “¿Te vienes o te quedas?”. Y sin esperar respuesta, cogió la maleta de mano que ya había dejado preparada aguardando la última gota que colmara el vaso de la paciencia.

Iván avanzó hacia la puerta. La abrió lentamente y, suavemente la cerró detrás de sí sin mirar atrás. Nunca supo si dijeron algo, ni tampoco que ocurrió. Pero una vez subido en su Ford PROBE aguardó en la puerta como en la mañana con el motor en marcha y, Susana, salió corriendo a su encuentro sin pensar en nada más que en Iván. Salió de la casa sin importarle nadie que no fuera él. Y tras poner la primera marcha, aceleró con decisión hacia el infinito. Ambos desaparecieron en la oscuridad de la noche estrellada dejando atrás llantos y rabia entre cuatro paredes gruesas y elevadas.

Nadie en aquella casa se creía lo que acababa de pasar. Nunca hubieran dicho que la dócil y sumisa hijita pudiera abandonarlos por un hombre. Sus ataduras no habían servido de nada porque el amor es mucho más grande y potente. Mucho más valiente. Susana no tenía miedo porque estaba junto a Iván.

Inauguraba el lunes una semana llena de incertidumbre hiriente. Existía descontrol. Incomodidad. La situación se había desmadrado como el vagón de una montaña rusa que sale despedido. Pero Susana no tenía ni una pizca de remordimiento por su actuación. No hubo llamadas ni en una ni en otra dirección.

Iván poseía la facultad de crear un clima favorable donde las personas podían expresarse en libertad y avecinándose días duros, los dos aprovecharon para conversar largamente sobre lo sucedido, y de común acuerdo, llegaron a una decisión: el veintidós de julio Susana se vestiría de blanco y él llevaría un esmoquin negro sin pajarita. Y se dieron mutuamente hasta la mañana del sábado para pensarlo antes de precipitarse.

Iván le había dicho en la cama después de hacer el amor “Como las olas gigantes que vienen y sabes que te mojarán, te ruego ahora que saltes, Susana. Salta alto justo cuando estén cerca porque cuanto más alto saltes menos te mojarán”.

Le rogó a Susana que lo pensara detenidamente, pues aquella era una acción decisiva en su vida, tanto como en la suya, quien también debía meditarlo sosegadamente para no arrepentirse más tarde. Iván no quería lamentos en el futuro, como tampoco quería dudas ahora por parte de ninguno. La invitaba finalmente a poner la primera piedra de su construcción. Le dijo que prefería un «no» a admitir la posibilidad de un error más adelante, pero Susana había dado la mejor muestra de su amor al plantar a su familia en la que había sido hasta la fecha su casa. Sin embargo, trataba Iván de darle una última oportunidad facilitándole la vuelta atrás sin represalias ni recriminaciones si optaba por rectificar el paso, pero Susana le dio el -sí quiero- sin esperarse a que llegara el domingo. Y se lo repitió tiernamente cada noche … -Sí, sí, sssíííí- eufórica de gracia y de vida aunque no tenían vivienda ni la iglesia donde celebrar el acontecimiento. Pero a Susana aquello no le importaba. Sabía que si Iván se lo había propuesto, nada ni nadie podría impedir que se celebrara la boda el 22 de julio porque si algo sabía hacer bien Iván era lidiar con la adversidad.

Y llegó el sábado. Y sonó el timbre en la casa de los padres de Susana. Y abrió la puerta su madre, que al verla se sorprendió. Las dos se abrazaron inmediatamente. Lloró de alegría Susana. Lloró de emoción la madre inundando de lágrimas los ojos enrojecidos bañando el rostro magullado teñido por el desencajado ánimo de toda la semana.

Gimotearon en el rellano de la escalera mientras en un discreto segundo plano Iván contemplaba la escena. Y estirándola por el brazo la hizo pasar al interior, pero a Iván le cerraba la puerta en las narices. No lo quería dejar entrar. No lo quería en los dominios de su casa. Lo empujó con violencia al tiempo que lo fulminaba con una mirada de impetuoso odio que desenvainaban cien mil sables embellecidos al sol dispuestos a mancharse de sangre.

Susana ayudó a Iván a traspasar el umbral. Entraron al comedor y se improvisó a las cinco de la tarde una especie de consejo familiar donde le dijeron a Iván infinidad de barbaridades; adjetivos despectivos y humillantes que aguantó sin inmutarse. Esperaba una reacción similar, aunque esto no evitó que sufriera por dentro porque se estaban excediendo y se sentía como uva pisoteada en un barreño. Mostrando una gran entereza por fuera, Iván dio una lección de modales y de civismo al no responder al ultraje.

El padre de Susana, hasta entonces una imagen difusa en la organización familiar, dejó correr su ira como se dejan correr los toros en Pamplona hasta inundar el comedor de tensión opresiva como una plaza rebosante de gentío. En alguno de los momentos tensos Iván llegó a temer por su integridad física pero permaneció sentado en el suelo de piernas cruzadas mano sobre mano, imperturbable sin perder el contacto visual con cada uno de los miembros de la familia. No bajó un solo momento la mirada por muy obscenas y devastadores que fueran los apelativos que le infligían. Y aún después de tres horas seguía atosigado aguantando el linchamiento en la casa que se había tornado un matadero donde corría la sangre.

Se ensañaron con él. Susana en vano salía en su defensa. Su familia no atendía a razones y la pisoteaban como pisotean los caballos encabritados a quien se pone por delante. Con gran empeño se desgañitaba cuando encontraba un espacio vacío entre un grito rugoso y un chillido alfiler que daba paso a un alarido cavernoso intentando hacerles comprender que Iván había venido a pedirles algo. Pero la incredulidad de sus padres era tal que pensaron que Iván venía a pedirles perdón por su comportamiento.

A las nueve de la noche, ya cansados, habiendo descargado toda la angustia de aquella difícil semana y habiendo agotado todos los insultos posibles, faltos de argumentos y groserías con las que castigar su osadía, Iván, en tono suave y pausado intervino por primera vez. “He llegado hasta la casa para pediros la mano de vuestra hija. Susana y yo hemos decidido casarnos. Me gustaría obtener vuestro consentimiento y vuestra bendición”. En ese instante sus padres enrojecieron de vergüenza. Se dieron cuenta que olvidaron preguntar el motivo de la visita ofuscados por escupir toda su perversidad.

Iván había conseguido dar un vuelco de ciento ochenta grados a una situación situándose en la cresta de la ola como la misma espuma que permanece en la cúspide hasta aplastarse en la arena.

Al hermano de Susana se le hicieron los ojos pequeños y no podía dejar de mirar a Iván, y luego a su hermana, y otra vez a Iván, y otra vez a Susana. Los padres habían enmudecido por la naturaleza de una petición tan breve como directa y sincera. El silencio se hizo largo como un kilómetro y medio más tres.

Las palabras de Iván rebotaban por el comedor desde el suelo al techo resonando como el eco en las montañas cuando sonaron inteligibles balbuceos de turbación que Iván sepultó con su sentencia: “Vamos a contraer matrimonio el próximo 22 de julio”. Era un hecho irrevocable. Iván quería su aprobación, pero no la necesitaba porque Susana y él ya se habían decidido. No estaba pidiendo permiso. Y se volcaría en la preparación de la boda olvidándose de todo lo acontecido. Pero antes…

Iván no tardó en llevar a Susana a Cala Galdana en Menorca donde le entregó una alianza al tiempo que le susurró al oído “Solamente ahora ¡no! Te quiero siempre, Susana”. Una gaviota sobrevoló el risco… al poco otra y se fundieron en una misma danza que certificaba en el cielo su unidad. A su regreso viajaron a la Costa Brava para subirse a una montaña donde plantaron la semilla de un árbol.

Y cinco meses más tarde el enorme portal de cinco metros de la iglesia se abrió para dejar ver un destello de luz de inmaculado blanco. La marcha nupcial sonó con todo su rigor mientras avanzaba Susana colgada del brazo de su padre. Desde el altar, con cada compás, Iván dejaba caer una lágrima sin disimulo temblando como un niño emocionado con las palmas de las manos empapadas de sudor.

Iván reparaba en como avanzaba Susana hacia él y se agitaba por dentro vibrando como un reactor dispuesto a partir hurgando el espacio sin moverse del sitio al ritmo pausado de la música hasta que no pudo retenerse por más tiempo y bajó al pasillo para tomarla. Susana se entregó extendiéndole la mano sin aguardar un instante. Recogiéndola con una ancha sonrisa para subirla al altar no esperó recibirla de mano de su padre tal y como indica la tradición. Era el primer día realmente feliz de cuantos recordaba Iván. El más feliz de la vida de Susana.

En honor a su buen amigo Iván pronunció unas palabras: «Me ves llorando en la capilla, y las lágrimas que vierto, son de alegría. He roto cien millones de corazones. He vivido cien millones de sueños. He ganado cien millones de dólares. América me ha hecho, y yo, de rodillas, le doy las gracias». Significativa letra de una balada de Elvis Presley que sonó en la iglesia. Ese tipo de detalles les unía mejor que cualquier palabra u objeto. Fue una muestra sincera de lealtad. Oscar estaba presente sin estar.

Entre los bancos distintas preguntas rezumbaban como abejas compitiendo entre tallos de margaritas. Ha ido muy rápido, decían unos. Se precipita, decían otros. Habían preguntado hasta la saciedad a Susana si se lo había pensado bien. Justo el día anterior seguían atosigándola hasta el cansancio más agotador abrumándola con interrogatorios de los que huía escurridiza derivando la conversación hacia aspectos del ajuar. Confluía en aquella iglesia mucha gente que no comprendía la urgencia de un enlace que sorprendió desde el mismo instante que recibieron en el buzón una invitación que rompía el tópico. Nadie de la que fuera la tribu de Iván sabía que tuviera novia y, mucho menos que estuviera comprometido. Ambos, y no las familias respectivas, expresaban su deseo de que participaran con su presencia de aquel amor que les unía. Al pie de la invitación, junto a una fotografía intencionadamente difuminada en la que se adivinaban sus torsos desnudos enredados en un cariñoso beso: “Nos hemos encontrado y nos queremos”. Nada podía ser más explícito. Sobraban las palabras. Pero quienes conocían a Iván vaticinaban desde el anonimato el más escandaloso de los fracasos, sobretodo el ejército de damas que se dieron cita aquel sábado 22 de julio de 1989. Iván las había invitado a todas sin excepción, aunque la mayoría de ellas no asistieron (la pantera negra sí). Con aquello Iván dijo «adiós» cerrando su etapa de conquistador. Quiso despedirse con afecto de cada una de las mujeres que de una u otra forma habían incidido en su evolución como hombre y como persona.

La noche anterior, Iván había cenado ligero en el domicilio de su abuela. Se había instalado en la habitación de oración donde pasaba las tardes con el rosario. Cuando alguna vez la visitaba para saludarla y se quedaba a comer, después del café, solía frecuentar la estancia para tomar en paz alguna decisión importante o simplemente, para repasar sus actos de los últimos días sometiéndose al implacable Iván que era él con afán de corregirse.

Siempre se relajó en la casa de su abuela. Sabía que era allí donde su abuelo había pasado largas horas con su apreciado violonchelo y esa noche, en la soledad del retiro voluntario, en compañía de una litografía del Cristo de Dalí que colgaba de la pared desde que Iván se la trajo un día ya muy lejano, sentado en el butacón de tela raída se dejó cautivar por el inminente acontecimiento.

El día siguiente sería inolvidable y quiso prepararse para gozarlo. Repasó sus sentimientos y los motivos que le impulsaban a celebrar la boda. Se interrogó largo tiempo y a media noche se acostó plácidamente sin una pizca de nerviosismo. Se levantó a las ocho de la mañana y luego de un exhaustivo aseo, se atavió con la ropa escogida para la ceremonia. Salió solo a la calle. Enfiló la avenida, paseando mientras los transeúntes le miraban extrañados de arriba abajo por lo peculiar de su atuendo.

Iván tenía la posibilidad de salir corriendo en cualquier momento durante el trayecto para perderse por las calles de Barcelona pero llegó apaciblemente hasta las grandes puertas de la iglesia. Entonces llenó su pecho de aire fresco, dejó que el sol acariciara su rostro, y, antes de entrar, cerró unos instantes los ojos. Comprobó que todo estaba en orden. Y entró para verificar que cada cosa fuera correcta. No quería que nada desluciera aquel memorable día.

Nada justificaba un noviazgo de tres largos años. En defensa del precipitado acontecimiento, Iván mantenía que “Es cuestión de intensidad, no de tiempo” y ciertamente, hay personas que aun compartiendo toda una vida en pareja no conocen a quien tienen a su lado. Iván no se casaba para separarse. Apostillaba risueño “Además, ¿por qué esperar?… cuando has encontrado una flor maravillosa en la pradera ¡huélela! De lo contrario, cuando vuelvas por ahí la próxima vez ya no estará. Alguien más adelantado se la habrá llevado” y con este comentario zanjaba el asunto pensando que más que arrancar la flor lo que había hecho era trasplantarla.

Susana era la hermosa mujer que conmovió un volcán apagado desde la ansiedad de una búsqueda frustrada y lo alteró. Ella surgió de la Nada como paloma blanca que es, en medio del campo de batalla. Sobrevolando lentamente por encima de los cascos vino a posarse suavemente en su hombro. Y desde entonces Iván la amó. La amó por su calidez, por su sencillez, por la tranquilidad que le procuraba y porque sabía que a partir de entonces ya nunca estaría solo en medio del campo de batalla. Alteró el extinguido volcán que yacía en el pecho de Iván que ahora renacía de sus cenizas

La noche del primero de noviembre de 1988, Iván reconoció al instante esa conexión fugaz que tan pocas veces sucede, incluso antes de que ésta se produjera. Flotaba en el ambiente algo completamente nuevo. Su presagio tomó forma humana y desprendía aquel cuerpo una energía que electrizaba los sentidos alterando el palpitar de una persona acostumbrada a provocar sensaciones en los demás. Desde el instante que la conoció se halló completo y acompañado descubriendo lo solo que había estado hasta la fecha. Susana formaba parte de Iván. Ambos estaban convencidos que iniciaban el ascenso con el equipaje de la comunicación y la comprensión, sazonado con grandes dosis del más extenso amor además del propósito de formar un verdadero hogar, una familia, con todo lo que implica y a todo cuanto obliga en vistas a contribuir a un mundo mejor.

Hasta hacía apenas nueve meses, Iván no tenia porque dar ningún tipo de explicaciones a nadie. Vivía a su manera, en su mundo, con su ideología, pero a partir de ese mismo día y hasta el final de los finales sería su espejo al igual que ella lo sería el suyo. Ambos tenían una gran responsabilidad.

Era hora de sentar la cabeza, de acomodarse en el matrimonio. Iván había hecho ya todo cuanto un hombre sueña hacer en relación al sexo femenino. Era tiempo para la estabilidad emocional y la unidad de pareja, para la fusión de intereses con otro ser humano. Esta había sido la conclusión al acostarse minutos antes de iniciarse el 22 de julio de 1989.

Y aquello era una realidad, un hecho visible a los expectantes ojos de cuantos les querían y de quienes se habían reunido entorno a ellos en la iglesia. En breve Susana se convertiría en su compañera y la mujer que sin vacilar ni un ápice le seguirá donde sea que tenga que ir. Al mismo tiempo Iván se convertía en el guardián de sus pasiones más ocultas, de sus deseos más fantásticos, de sus secretos más íntimos “Soy tu dueño y señor” pensó antes de dirigirse a todas las personas presentes en tan solemne acto.

Es muy difícil intentar describir algo indescriptible, pero Iván pretendía definir lo indefinible para acercarse un poco más, detallando con palabras algo intangible que nada más conoce el corazón cuando el alma susurra desde el infinito. Pero no se amilanó. Con un entusiasmo desbordante, se dirigió ante el micrófono para que los asistentes fueran testigos de cuan importante era lo que iba a ocurrir tan pronto el capellán los declarara marido y mujer. Y dijo sin titubear “Hay cosas que no sabes exactamente por qué, pero no se pueden explicar. No encuentras ni una sola de las palabras que reúna lo esencial, y al igual que hay cosas que no se pueden contar numéricamente, ni medir ni pesar, lo mío respecto a Susana no se podrá nunca ni inventar ni soñar. Te quiero”. Dirigiéndole una tierna mirada que coronó con una amplia sonrisa continuó “Espero que mi luz brille en tu interior tanto como la tuya brilla en el mío, porque solamente una cosa importa en este mundo, una, y el es Amor”, y alzó la vista para observar cuidadosamente las reacciones de las personas que con atención seguían sus palabras. Centró de nuevo los ojos en el manuscrito que había redactado no sin antes apostillar “Y hasta que no comprendamos esto no seremos enteramente felices. El amor en todas sus facetas y formas distintas de expresión y significado, pero el amor sin duda”. Y esto era exactamente lo que había hecho que su balanza recobrara su punto de origen, inclinándose para encontrar el término justo de equilibrio marcando un hito en ese día inolvidable que mostraba a ambos el sugerente camino de proyección mutua.

Iván descubriría en el futuro que el amor, por encima de todo, implica la continuidad de una vida en pareja. Así es como crecerían juntos. Madurando fuertes, sanos y cada vez mejor.

Susana aprendió desde el primer contacto con Iván a variar ciertos esquemas paralizadores, desinhibiéndose de falsos prejuicios, de tradiciones que la mantuvieron prisionera por años. Ambos se cubrirían las espaldas a partir de entonces fundidos en la fabulosa unión. Ayudándose. Protegiéndose. Admirándose. Viviendo una vida en pareja a plena felicidad. El destino aseguraría esta felicidad indiscutible más allá de cuanto hasta ahora habían conocido ninguno de los dos. Su gozo no conocería límites… ¡puro éxtasis!

Pero Iván velaría a su amada en la medida en que fuera correspondido. Entregaba aquello que la otra persona merecía a su juicio. Pagaba con la misma moneda que percibía; aunque con Susana partiera de una adoración fuera de lo común. Exigía lo mismo, de lo contrario, disminuiría paulatinamente su fuerza hasta agotarse el pozo de su interés distrayéndose con cualquier otra cosa. Susana debía permanecer toda su vida pero que muy vigilante. Sin adularlo, pero sin ignorarlo. Iván no precisaba elogios pero sí atención sincera y crítica “… porque la crítica estimula y enriquece” le había dicho en las ocasiones en que la pinchaba para que se soltase durante las primeras citas.

A su manera Iván intentaría por todos los medios creíbles e increíbles hacer de Susana una mujer inmensamente feliz, pero sin renunciar nunca a su propia forma de ser. Así había concluido su mente mientras pronunciaba la última frase centrado en su manuscrito en la iglesia: “Disfrutaré de tu alegría y me contagiaré de tus virtudes; ambos nos amaremos … ¿verdad Susana?”. Y abandonando el micrófono, cruzó de una punta a la otra el altar para abalanzarse sobre ella y abrazarla con intensidad susurrándole al oído “El hombre que carece de palabra carece de identidad propia”. En ese preciso momento estaban los dos tan emocionados que no se dieron cuenta lo mucho que dilataron su abrazo. El mundo se detuvo congelándose la bella imagen en todos y cada uno de los matrimonios jóvenes y adultos que sintieron nostalgia por ese instante tan sumamente especial.

Cuantos allí estuvieron ese irrepetible día fueron testigos del compromiso de Iván, que con fidelidad llevaría una vez más hasta lo máximo de sus conclusiones últimas porque para él no hay horizontes inescrutables como no los hay en la imaginación de un niño.

Al terminar la jornada los presentes ya intuían que no se precipitaban. Comprendían que se complementaban positivamente. No había más que verlos juntos. Iván hablaba y miraba desde el corazón. No vendía ningún producto. No intentaba agradar o sorprender. Era. Y era un Iván crecido.

La mayoría de los presentes se convencieron que ni uno ni otro se equivocaban puesto que ambos habían encontrado la horma de su zapato. Susana e Iván no podían haberlo llevado mejor. Y para conseguir un clímax a la vez que mandar un mensaje claro que determinaba la naturaleza del acto, después de evitar cubrirse el rostro del baño del tradicional arroz en señal de fertilidad, nariz apuntando alto para recibirlo como lluvia bendita, Iván se escurrió de entre la multitud para reaparecer con una caja de cartón forrada con papel de plata.

Como los presentes ya no esperaban nada más, se preguntaban qué es lo que hacía Iván en cuclillas. Qué era aquella caja. Qué es lo que había dentro. Susana estaba más desconcertada que nadie. Incluso varios transeúntes que pasaban cerca del portal de la iglesia se detuvieron ante la expectación creada. Y únicamente cuando hubo llamado la atención de todos sin excepción, todavía apuró un minuto más para que siguieran intrigados sintiéndose el amo del mundo. Entonces abrió la caja para poner en las manos de su esposa una paloma blanca que ella recibió con una exclamación de alegría en sus ojos y una sonrisa dulce en los labios. Y ambos, al unísono, extendiendo sus brazos lanzaron al aire dos ejemplares perfectos de una blanca preciosidad que sobrevolaron la plaza peinando el viento para salir, nítidamente las dos flanqueadas en sus alas por la felicidad y el amor en un vuelo directo al azul intenso del inmenso cielo iluminado.

Lejos de la imagen de encierro que provoca el matrimonio, Iván quiso dejar constancia de la realidad que vivía evidenciando la magia de la libertad.

De su propia libertad.

                            *                  *                  *                  *

Un crucero por el Caribe había sido un insistente sueño juvenil que Iván materializó para su amada Susana, mientras Oscar y Ana, cubiertos de carcajadas, se mostraban radiantes durante las dulces jornadas de luna de miel. Habían deseado volver a la misma cabaña de madera en los Alpes Suizos donde conocieron regocijantes estremecimientos descubriéndose los lunares del cuerpo.

En Octubre de 1990 Ana esquiaba con la alianza (eternamente prendida la cadenita en su cuello). Peinaba la blanca montaña con su impecable estilo preciso y elegante mientras Oscar se caía en la nieve mojada una, dos, y otra vez, hasta veinticinco veces seguidas. No estaba al nivel de su amada y sin embargo, quería subir hasta arriba tantas veces como Ana aunque bajara la cuesta torpemente y luego rodando, despeñándose por las risas en picado hasta dar con un árbol, ¿quién lo ha puesto ahí! Han detenido a mi esposo sonreía Ana!

Además de un sobresaliente humor que nunca antes había asomado, Oscar tenía el tesón de un hombre enamorado, pero para esquiar le faltaba teoría y mucha practica y no únicamente una flagrante sonrisa. Por no saber no sabía ni frenar a tiempo y se llevaba a la gente por delante arrasando como un tren que embiste.

Las noches se llenaban de confidencias. Los días, repletos de románticas declaraciones parecían no tener final. Durante los descansos se contaban las sensaciones. Durante la cena sus sueños infantiles. Antes de acostarse sus más hondas inquietudes. Ambos querían conocerse todavía más. Experimentaban juntos sus dudas y sus preocupaciones. Intercambiaban planes para el futuro. Nada iba a quedarse en el tintero. Se necesitaban y se tenían mutuamente con plenas garantías.

Hablaban mucho en el teleférico, en el aseo, en la cafetería. Y en la cima de la montaña embaucados por el prodigioso panorama no pudieron resistirse y concibieron el amor a siete grados bajo cero cuando el viento soplaba corpulento. Una gota de agua cristalina no se congeló, se alojó y… pues eso!  

Oscar le contó que se había emborrachado de ella, que se había enamorado del amor con ella y que la resaca no le estorbaba. No había sabido lo imprescindible que era Ana hasta que no hacerla suya públicamente ante la sociedad. Y le confesó lo que pensó minutos antes de la boda “Hubiera seguido revoloteando a tu alrededor siendo únicamente un buen amigo de por vida porque la amistad es una forma de amor”. Pero ya nunca sabría como hubiera sido compartirla con otro hombre accediendo solamente a una parte limitada de ella.

Desde la primera  visita a los Alpes Suizos Ana le pertenecía de igual modo a como Oscar siempre le perteneció. Aquella primera estancia en los Alpes marcó un acontecimiento grandioso. Ana había sido lenta como una tortuga; muy lenta pero muy segura. Primero en entregarse, y luego en aceptar el matrimonio. Y ahora se entregaba convencida en corazón cuerpo y alma.

Oscar supo siempre que tarde o temprano llegaría a esta conclusión. Intuía que algún día lo entendería y que finalmente apreciaría la verdad de su atención, de su dulzura, de su cariño, y de todo su amor grande que no podía ignorarse como no se puede ignorar a la persona que se necesita.

Aunque hubiera querido Oscar no hubiera podido negar o eliminar su sentimiento. Había comprendido que no podía cambiar lo que sentía. Nunca pudo ir en contra de su naturaleza y eso lo salvó. Los salvó a ambos porque ese encuentro, esa unión, llegó, puesto que siempre estuvo ahí como fruto maduro. Llegó porque se pertenecían el uno al otro y su lugar estaba uno al lado del otro y juntos estaban por fin.

Saber que Ana existía y aceptar largo tiempo que no estaba con él, fue para Oscar duro al principio, pura agonía después no exenta de sufrimientos. Y durante ese largo período Ana supo bien quien se mantenía fiel. Los gestos de Oscar no terminaron en el contenedor de basura. Ana sabía exactamente con qué persona podía contar realmente porque aun apartados, tan sólo a Oscar, a nadie más hubiera recurrido en caso de sufrir una desgracia. Y Oscar se mantuvo alerta para socorrerla llegado un caso extremo o un peligro como un padre velando a su hijo que aprende a nadar en la piscina. La sinceridad y la transparencia vencieron. Y a Ana la sedujo la potencia interna de su obstinado amor.

La esperanza fue el aliciente de Oscar y la tenacidad tuvo su recompensa. Oscar la persiguió arrastrándose de rodillas hasta que Ana sucumbió a sus encantos. Su persistencia alejó cualquier duda porque aunque Ana lo ahuyentó intencionadamente, Oscar nunca desfalleció e insistió erudito él, sabiendo que debía posponer una cosa a dos porque una de las partes no se ajustaba pero sin perderla de vista. Tenía la seguridad de su amor majestuoso. Igual que tuvo Ana la evidencia de su amor comprometido y durante la primera noche en calidad de esposa, con lágrimas en los ojos emocionada hasta la médula se lo agradeció reconociéndole que había tonteado con otros por despecho, incluso le dijo que había tentado a un hombre casado -Pero comprobé que nunca nadie se había acercado a ese amor incondicional que tú me ofrecías… un amor sano y pleno de pasión comprimida. Y quise premiarte mi cielo. Te reservé lo mejor-.

También reconoció que al inicio no tuvo que hacer demasiado esfuerzo para ser amada -Es fácil entregarse totalmente a un ser como tú-. Y Ana afrontaba el futuro sin temor. No le asustaba la complicación de la continuidad. Mantener esa llama encendida no sería otra cosa que el anhelo de perpetuar su dicha actual. Envejecer juntos es ardua tarea pero Ana y Oscar se ganarían mutuamente gracias a la permanencia de tan fluida comunicación, gracias a la persistencia de tan noble respeto, gracias a la sensibilidad de tan amorosa comprensión. Ambos se merecían el uno al otro.

Oscar no se quejó ni una sola vez por haber tenido que luchar tanto para conseguirla. Era parte del precio de su felicidad. Había estado solo y había aprendido de su soledad. Pero a continuación de la boda estaba formando una familia. Construía un verdadero hogar pleno de calor. Podría recuperar aquel sabor de Navidades de árbol atiborrado de regalos, pesebre decorado con la colaboración de todos, coronas colgadas en las puertas y los villancicos sonando. Le gustaba sentirse amado. Con mayor razón cuando su amor era correspondido por el único ser que podía llenar el espacio vital de su enamorado corazón. Y quería ser amado de una forma especial con todas sus consecuencias, de igual forma a como él la amaba a ella.

Oscar repasó el trayecto recorrido mientras se afeitaba en el baño escuchando la dulce melodía de piano y violines. Reconoció que supo desde que se sentó frente a Ana y estuvieron callados largo tiempo examinándose con detenimiento que no podría vivir exclusivamente a nivel profesional y debía llenar la otra parte de su vida para encontrar el equilibrio. Identificó el incidente que cambiaría su vida. Identificó a Ana como la única e insustituible pareja. Recordó cuántas horas se había pasado contemplando los dibujos a lápiz carbón y exclamó “Tengo que sustituir el obsequio de mi suegrita por una fotografía de mi poderosa esposa de bengala a todo color”. El círculo finalmente se había cerrado porque el amor verdadero no puede ni forzarse ni exigirse pero cuando existe se manifiesta como el canto del grillo.

Oscar nunca quiso adulterar esa indomable facultad que únicamente puede regalarse con generosidad de manera voluntaria. Apreciaba el hecho de no haberla disfrutado de inmediato y agradecía no haberla perdido. Y valoraba la oportunidad de comenzar una vida con Ana llena de promesas embarazadas de alegría. Oscar era rico y estaba saturado de felicidad. Ya no se apartaría más de su esposa, decía. La peripecia de no haberla gozado durante años evidenciaba lo importante que era Ana y cuanto significaba en realidad. La había recuperado en las montañas suizas para conquistarla en la certeza de que ya no se perdería jamás.

Oscar cruzaba el umbral del matrimonio danzando jubiloso en su interior con el agrado del recién nacido que abraza la vida. Y le dijo después de caminar descalzo desde el baño una vez tumbado junto a Ana encima de la gruesa y blanda alfombra oliendo a after shave frente a un fuego indestructible “Nunca barrera alguna volverá a separarnos mi vida, ni humana, ni sobrehumana”. Y la vida lo pondrá a prueba.

Durante el prolongado rechazo de tres años, Oscar llegó a pensar que Ana no sabía amar. Pero se había desengañado al día siguiente de compartir la función en el teatro Goya. Desde aquella cita sorpresa sabía que Ana deseaba amarlo con intensidad perpetuamente, y para ambos, era fantástica esta sensación de necesitar y saberse necesitados y a la vez correspondidos y complacidos.

Vivían el viaje de novios con ilusión, en esplendorosa concordia, como el mejor anticipo para la vida conyugal. Sin embargo, había una asignatura pendiente que tenían que abordar. Oscar necesitaba una explicación. Precisaba entender los acontecimientos y buscaba los argumentos, los detalles; seguía examinando lo más insignificante de la vida para evaluarlo.

Y la última noche, tumbados en la cama antes de acostarse, aprovechando el buen humor por el inminente regreso al hogar, alejando cualquier clase de amonestación le preguntó Oscar directamente a su amada “¿Por qué?…”. A lo que Ana apostilló -Por qué, qué!…- con una sonrisa corte y lenta imaginándose por donde iba.

Oscar reclamaba con la mirada impasible un motivo, algo que poder archivar en un cajón. Se lo insistió con su mueca continuada que daban al rostro de Oscar una textura singular. Precisaba una explicación. Y sus ojos decían que como esposo tenía derecho. Entonces Ana se lo reveló para saciar su curiosidad.

Confesó que se había vengado a lo largo de tres años -Los mismos tres años con los que tú me habías sentenciado expropiándome de mi felicidad-. Le confesó que la escena en la tienda del Bulevar Rosa constituía una prueba –Quería averiguar hasta donde eras capaz de llegar-. Y puntualizó que jamás lo rechazó, aunque tampoco quiso entregarse hasta estar segura -No deseaba torturarte pero quise que probaras la medicina en tu propia piel-. Ana quiso que Oscar catara la circunstancia a la que la había sometido al posponer el romance en su inicio proponiendo una cita tres años después.

No hubo lugar para la decepción. Tampoco para el enojo. Existía el sentimiento que permanecía. Había terminado el suplicio. Y nada más la alegría del nuevo hogar interesaba.

La paciencia de Oscar permitió que resistiera el experimento. Aguantó las numerosas trampas de Ana amarrado a su firmeza. No se desvió en lo más mínimo durante setenta y dos meses y el corazón de Ana quedó colmado. Y su historia sólo podía tener este desenlace porque el amor no conoce obstáculos. No existen las fronteras en tal dimensión. Habían contraído matrimonio afianzando las nupcias nacidas seis años atrás.

Sin embargo, como en cualquier pareja, el sentimiento variará con el paso de los años. Y podía una calamidad asediarlos, pero los dos, con suma convicción, afirmaban que permitirían que el amor siguiera creciendo entre ambos pasara lo que pasara en sus vidas porque estaban entrelazados, ¿lo conseguirán?

Son almas gemelas. Tienen la eternidad por delante. Aumentará la familia. Serán tres, y, una sombra se posará en su hogar perfecto. Tanta felicidad era pecado.

                            *                  *                  *                  *

Los anticipos del afortunado sexo fueron los anticipos del profundo amor, elementos básicos del mismo, de lo contrario, ni Oscar ni tampoco Iván podían estar como estaban enamorados ajenos a la rutina sobrepasado el primer año. No había desaparecido la ternura inicial. No se extraviaron las emociones. El abrazo permanecía igual de intenso que el día de la boda. La caricia, seguía siendo gratificante. El beso, continuaba existiendo como algo imprescindible. Vivían instalados en su comunicación de verdadera comunión. Y mientras mantuvieran unos y otros el placer de la caricia y la pasión del beso tanto como el confort en el abrazo hondo y sosegado, todo lo demás quedaba garantizado.

El paciente culto al amor hasta agotar el largo proceso sexual, únicamente podía entenderse como el compromiso de Oscar en la espléndida convivencia, a diferencia de la espontaneidad en la necesidad de Iván que nada más podía entenderse como un proceso que lleva a la culminación de una fusión completa. Y día a día se descubrían indagando en “el ser”, en el otro ser tanto como en el “sentir del enlace” que en su caso era una asociación de intereses honestos que los honraban a cada uno por igual.

No solamente había voluntad. También existía esfuerzo, constancia. Y una sincera disposición a mantener vivos los impulsos más genuinos que sin duda harían mucho más agradable estable y favorable la vida. No solo la vida afectiva. No solo la vida familiar. La vida propia.

Y en las noches de luna nueva, Ana y Oscar, Iván y Susana, emprendían un fabuloso viaje durante el cual exploraban enternecidos sentimientos y conmovedoras manifestaciones que alterarían con voz de alarma el ardor por la vida gracias a las románticas impresiones de una sensibilidad sin igual. ¡Ana y Oscar encendían la pasión magnética para hallar la percepción! ¡Iván y Susana se inflamaban de brío para hallar la libertad del placer! ¡Ambas eran alternativas de la perfección!

Tan sólo las parejas enamoradas pueden disfrutar del sexo más allá de la recreación y la procreación porque en la experiencia física hay un espacio espiritual vital. Y ambas parejas querían hacerlo en beneficio del otro, porque en definitiva era el único camino para asegurar el éxito de su futura armonía, de la permanencia en compañía, juntos, los dos, conectados los cuatro.

Fundaron en libre elección una célula a la que se le agregarán los inmediatos frutos del árbol de la vida y a los que se sumarán otros descendientes para engrandecer un lugar de intercambios para hijos y nietos, donde predomina la intimidad como base de subsistencia familiar en las ayudas y enseñanzas mutuas.

Y la duración del matrimonio vendrá condicionada por el grado de compromiso, vendrá condicionada por los lazos sentimentales para la estabilidad, vendrá condicionada por el ritmo de la actividad sexual, y asimismo vendrá condicionada por el justo reparto de tareas y responsabilidades en cuanto a los servicios comunes en el hogar. Todo en armonía, consolidada la unidad.

Los padres de Susana nunca volverían a enfrentarse con Iván. Hubo una batalla en el pasado, pero Iván había ganado una guerra inevitable. Ya no le discutieron nada. Consentían y respetaban su mundo y su influjo y en retribución, Iván los quería sin falsedades. Los quería porque lo consideraban una persona con principios y habilidades e ideales propios y una opinión que descubrieron como valor en alza. Y los quería porque eran gente entrañable con mentalidad de pueblo.

Iván cambió el peyorativo término de «suegra» por el cariñoso apodo de Tata, quien no ganó un yerno sino un hijo al que adorar porque era bueno. Hacía feliz a Susana. Y tuvo que reconocer que jamás podría manipularlo ni hacerlo santo de su devoción. Solamente cuando la señora admitió se dejó arropar con las atenciones y los cuidados de su Tata agradecida por la reconversión de su yerno, cuando la única cosa que cambió fue su actitud respecto a Iván engrandeciendo así su propia óptica del mundo. Y en presencia de Iván, controlaba sus actos y sus comentarios desatinados mientras el yerno-hijo procuraba levantar el telón de su escenario para ensancharle el horizonte encendiendo potentes focos para mostrarle la vida que no cuentan las telenovelas ni los concursos de televisión.

Hasta hacía poco más de dos años, el mundo de Susana se reducía a la casa donde había crecido con su hermano pero se había ensanchado. Iván inventó un universo nuevo para ella a partir de su residencia conyugal en un magnífico ático situado en la transitada avenida Diagonal que las rondas de circunvalación descongestionaron. La colmaba de mil y un detalles voluntarios, inmediatos, jamás por exigencias de un rígido calendario.

Iván era marido, pero también amante y un buen amigo, a veces, un poco padre y otras, tan sólo un compañero, un ser humano, aunque nunca dejó de ser un hombre enamorado de la vida. Susana lo sentía como su verdadero y único amor. Se tenían el uno al otro. Nada les importaba lo más mínimo, sobre todo a ella que después de veintisiete meses de aquel inolvidable sábado de julio estaba todavía más enamorada que cuando pronunció el sí quiero. Cada día descubría algo maravilloso en Iván y lo que él más apreciaba, no era su propia cualidad, sino que Susana se lo confesara abiertamente igual como mencionaba de pasada aquellas otras «cositas» negativas que olvidaba con tanta facilidad. Susana era mucho más comunicativa porque se había abierto y se expresaba en libertad como una paloma que vuela. Reconocía en Iván a un ser especial en todos los sentidos. Especial, por ser especial, y especial, porque era muy especial.

A Susana comenzaron a escapársele observaciones sobre su comportamiento. Mantenía que a Iván le costaba relacionarse con la gente cuando en realidad, lo que pasaba era que cuando entraba en una sala, Iván no lo hacía como los demás. No abría la puerta sigilosamente. Explotaba de golpe en la sala haciendo retumbar todo el sistema y aquello no era bien visto por la gran mayoría de personas que aunque querían decir y hacer lo mismo, no se atrevían por falta de magnetismo y del brillo que parecía desplegar una alfombra a sus pies para que desfilara como el rey de la selva. La excesiva seguridad en sí mismo y el dominio de las situaciones le hacían antipático, pero no por falta de encanto personal, sino por su temperamento arrolladoramente cautivador.

Su carisma hacía de esponja, Iván absorbía de todo y a todas las demás personas engullía como si fuera un tornado. En ciertos sectores era un hombre odiado, y en otros ambientes era un hombre censurado. ¿Encabezaba las listas negras o por el contrario era el invitado que todos querían en sus fiestas?

Desde la fuerza del grupo se unían para criticarle como si no tuvieran mejor cosa que hacer y como si en el mundo no sucedieran otras cosas que no fueran Iván. Nunca una sola persona frente a él, cara a cara, manifestó desagrado o antipatía por como era o lo que pretendía con su acción. Pero desde la fuerza del grupo se reían de sus imposibles ideales en vez de intentar considerarlos y sumarse a la cruzada.

Iván sin embargo, ignoraba las opiniones que a su alrededor se sucedían. Estaba demasiado ocupado en sus proyectos para perder el tiempo en mezquindades. Aquello era algo que dejaba para los necios.

En junio de 1991, lejos quedaba su ingreso en el mundo de la informática. Durante el período de cuatro años antes de la aparición de Susana, antes de su coqueteo en el mundo de la música y el teatro, Iván aprovechó para enriquecer su precaria formación académica que no llegaba más que al graduado escolar con la realización de cursos de reciclaje. Asistió a uno entorno a la dirección de empresas, además de participar en varios relacionados con la actividad directiva y la gestión de proyectos. Pero fueron los seminarios intensivos de cómo hablar en público para convencer a un auditorio exigente y cómo mejorar la capacidad de negociación en la resolución de conflictos con los que más satisfecho se quedó, sobretodo, por su inmediata aplicación.

Ascendió. Lo ficharon en otra empresa del sector. Ostentaba el cargo de director comercial en un nuevo concesionario IBM en la ciudad y su trabajo consistía básicamente en incrementar la facturación, reduciendo los descuentos que se hacía a las grandes compañías y a los clientes históricos porque se comían el margen de beneficios. Coordinaba a un grupo de trabajo de catorce personas como fuerza de ventas. Tenía dos secretarias a su cargo y tres administrativas además de siete técnicos de hardware y dos lindas jovencitas responsables de las demostraciones de software. La mayoría de los comerciales eran mayores que él, pero eso no ocasionaba problemas. Persistía su indirecta autoridad. Seguía conmoviendo e intimidando a la vez.

Desde que empezara a los quince años con el reparto de propaganda se había movido como torbellino. Las ventas era el tipo de trabajo más continuado y la informática el sector más estable en el que había participado durante los últimos diez años. Las ventajosas condiciones económicas y el horario laboral flexible otorgaban el marco de libertad que Iván precisaba. Cumplía con todo aquello que se le encomendaba como cumple una brigada las órdenes del coronel. Sus superiores estaban satisfechos porque se quedaba ligeramente por encima de los objetivos fijados.

Cada mes era en sí mismo un reto, ¿reto digo? Búsqueda de resultados a la caza de respuestas! Partía de cero. Eso lo estimulaba sobremanera. El primero de cada mes comenzaba una lucha que culminaba el día treinta con una victoria. Se le veía salir del despacho del tesorero con una pícara sonrisa de complacencia y la soberbia pegada a su espalda como una larga capa que ondulaba al caminar. Durante el resto del día se volvía insoportable, pero solamente ese día que se henchía de orgullo desmedido alzándose como un globo lleno de gas.

Sus subordinados no tenían jefe, sino un gran hermano. Trabajaban juntos y no para él, aunque Iván se quedaba una comisión de todas las ventas porque era quién las cerraba. Y supervisaba la puesta en marcha de los equipos informáticos que suministraban añadiendo a su trabajo sin requisito expreso de la dirección, la función de relaciones públicas del concesionario al que premiaron ese año y al siguiente por la calidad del servicio. Esta mención honorífica sólo la entregaba IBM a una empresa por año y era muy preciada en el sector informático.

Existía una batalla cada trimestre con distintos objetivos en función de las existencias del almacén, y el equipo de su delegación, consecutivamente vencedor, sembraba convenientemente para el mañana. Iván diseñaba las campañas de marketing y confeccionaba atractivas ofertas promocionales de nuevos equipos para facilitar el trabajo de sus vendedores sin reparar en nada, incluso renunciaba en alguna ocasión a su rappel para incrementar el número de ventas. Nunca infravaloraba el potencial de compra del cliente, ni en volumen ni en gama de productos. Atendía la seguridad y el beneficio de los pedidos que podían cursarse en el futuro. Sugería a los menos veteranos que no insistieran demasiado la primera vez, que era mejor preparar bien una segunda visita y una tercera antes de atosigar al posible cliente “Porque de lo contrario cerrarán la puerta para no volverla a abrir”. Iván nunca sobrevaloró sus contactos con proveedores ni su cartera de clientes, como tampoco subestimó a la competencia y de manera permanente, apreció a su equipo.

Para estimular “a su gente” defendía un principio lógico “No te hace un favor el que te compra, se lo haces tú al ofrecerle lo que necesita”. Con esta frase acostumbraba a terminar la reunión semanal. Daba a cada uno lo que requería y nada más. Los clientes desean el contacto humano y por tal razón los atosigaba con la palabra visitas, que utilizaba en vez del tópico adiós… visitas visitas visitas decía, y sus colaboradores entendían. “El teléfono es impersonal y la correspondencia no tiene efectividad, nada puede superar un buen apretón de manos y una sonrisa sincera” les decía insistiendo en que ellos eran viajantes y debían pisar la calle. “No quiero a nadie en la oficina después de las diez de la mañana” les recordaba mientras desayunaban al pedir los cafés que generosamente abonaba él.

Desde hacía dos años todos los lunes, luego de interesarse por como les había ido a cada uno el fin de semana, les cantaba una simpática canción que había preparado para animar las pesadas mañanas del primer día de la semana. Y así, lunes tras lunes se escuchaba «¡Vender, sí vender, pero poco, porque hay que vender bien. Hacer amigos; nunca clientes. Relacionarse, relacionarse, relacionarse; duduaaaaa!» y es que Iván se ponía frenético ante las devoluciones, no podía soportar la anulación de una venta, argumentaba “Señal de que ha sido mal elaborada y nosotros somos artesanos de la venta ¿verdad?”. Ese –verdad- resonaba por segunda vez en voz alta y con estrépito al responderle todos al margen de lo que estuvieran haciendo –Verdad, puesto que somos los mejores vendedores-. Sabía como animarlos aunque para los mayores se trataba de un absurdo juego de niños. Un juego de niños que resultaba. Levantaba el ánimo propio y el del grupo.

A los tres meses de su nombramiento ya se había salido del organigrama. No era un jefe normal. Hacía más de lo que se le pedía. Ayudaba a los mandos intermedios de otros departamentos y delegaciones y poco a poco fue ganándose más y más al personal de la empresa. Incluso a los colaboradores externos y a las señoras de limpieza. No hacía distinciones en función de sus cargos o del color de la piel. Todos eran personas provistas de una parcela que les caracterizaba y diferenciaba de los demás, mayormente desconocida, excepto para Iván que seguía indagando de mil formas concentrándose en cada átomo independiente de su equipo.

En seguida de concluir con su cometido, en lo que podía denominarse como tiempo libre para haraganear, ayudaba a los más débiles con sus obligaciones fomentando un positivo clima laboral con un personal agradecido por la inhabitual gentileza. Mantenía a raya la morosidad y defendía la política de premios para estimular a los vendedores. Todos tenían acceso directo hasta él porque la puerta de su despacho estaba permanentemente abierta y la mayoría acudía con dudas que con gusto atendía aclarándolas una y otra vez, todas las veces que fuera preciso hacerlo.

Se había ganado a pulso el apodo de «comodín». Tener a Iván era como tener un as en la manga.

Conseguía ver las ofertas de la competencia. En rara ocasión se escapaba una remesa de equipos informáticos para una institución oficial que realizaba concurso público para la adquisición. Acostumbraba a hacerse con el encargo porque conseguía mejorar las condiciones el plazo de entrega y los precios añadiendo como obsequio algún paquete de software con el último antivirus que revolucionaba el mercado; pero los honorarios de instalación y aprendizaje del operador siempre los exigió. Nunca tuvo necesidad de rebajarse hasta tal punto. Aquellas horas que se facturaban a precios astronómicos eran una importante fuente de ingreso para la empresa.

Iván no era ningún trepa, aunque daba la sensación de un ambicioso y depravado hombre ansioso de poder. Pero cuando se le trataba, cuando se le conocía el fondo las personas se desengañaban, aunque muy pocos se acercaban tanto. En general reconocían que era el mejor director de ventas que había en la compañía. Coincidían -Ninguno de los anteriores le llega a la suela de los zapatos-. Y es que Iván dirigía ejerciendo un liderazgo indirecto y humano. No imponía su cargo, simplemente dejaba que el entorno lo reconociera y juzgara a libertad. Chutaba a gol y regalaba todos los goles antes de perderlos. Nunca retuvo el balón en sus pies por capricho ni tampoco para mostrar que tan singular era su dominio. Ay! Cuantas sensaciones encontradas provocaba.

Implicaba a todas las personas del concesionario instándoles a participar y además, tenía tiempo para sonreír a las animadoras porque en aquel período las seguía teniendo a mansalva. Aunque operaba con su peculiar estilo, Iván no era individualista. Tenía “espíritu de equipo” pero de un equipo muy a su manera porque le fascinaba indagar caminos y otras alternativas a la hora de proceder. Prefería entrar y salir a su gusto sin descuidar sus responsabilidades. Artista de su pieza, más tarde la ensamblaba a la obra total. Su creatividad se manifestaba a cada paso y no la rehuía.

Pero su amada esposa, en alguna ocasión le increpó replicándole que tenía más fe en los demás que en sí mismo -¿Por qué esa necesidad constante de reafirmarte? ¿por qué permanentemente justificas tus actos? Creo que tienes un problema de inseguridad, quizás de autoestima-. Iván podía haberle explicado que no buscaba justificarse ante nadie si no encontrar las razones y enumerar los motivos que conferían significado a sus actos pero obedeciendo a su optimista naturaleza, en vez de perder un minuto en abordar el tema planteado por Susana se obsesionó por el concepto de «renovarse o morir» y de nuevo miró hacia delante en vez de mirarse al espejo… ¡desde el otro lado del espejo a su interior!

No se detuvo mansamente a meditar, ni a mirar hacia atrás recreándose en el pasado. La vida nunca había derrotado a Iván que miraba las estrellas y decidía dirigir su arco arriba, apuntando a lo más alto, más alto aún si cabe que ayer. Sus proezas de antaño debían superarse cada año. Lanzaba su flecha a un punto lejano marcando su nueva meta ignorando a Don Fracaso. Algunos sabían de su existencia y de la potencia de su mazazo, pero no así Iván al que tentó pero no encontró y si lo persiguió, Iván corría más deprisa, saltaba más alto, Iván tenía una resistencia inmensa y, lo más notable: sabía levantarse de inmediato.

Así de fácil. Así de llano. Y así de impulsivo era Iván. Así se forjaban sus construcciones de manera compulsiva. Su aplastante lógica le permitía soñar un mundo palpable al que solo unos cuantos tenían acceso. Iván se proponía conquistar ese mundo posible con la suerte como aliado. Y levantando su frente al sol, adelantando su barbilla al futuro, atiborrado su pecho de aire fresco incursionó en el cosmos a la caza de su nuevo propósito. ¿Cuál? ¡Renovarse o morir! ¡Otro cambio! ¿Para qué otro cambio si todo funcionaba divinamente?

Si amaban a los suyos, para Susana era como si volvieran a amarla desde el principio con aquella inusual potencia cuando explota la pasión del primer beso. Apreciaba las atenciones que Iván dispensaba a su familia. Y se quedaba asombrada cuando apagaba el televisor y les hablaba junto al fuego de la chimenea en la nueva residencia de la Costa Brava como un viejo anciano de una tribu africana transmitiendo la ancestral sabiduría a los niños sentados en coro entorno a su luz.

Iván regaló a los padres de Susana una lavadora de tecnología avanzada y un frigorífico de dos puertas que llevaba incorporado un potente congelador, además de un sofisticado aparato de vídeo que no supo explicar como funcionaba impaciente por hacer otra cosa en vez de perderse en el grueso libro de instrucciones. Prefería descubrir sobre la marcha más que dejarse llevar por un rígido manual, pero sobretodo no quería estropear un instrumento que no era suyo. También les sorprendió un miércoles al mediodía con una televisión portátil para que su Tata pudiera ver las telenovelas que tanto le gustaban en la habitación mientras el fútbol zumbaba ensordecedor a lo largo y ancho del comedor de la casa de Palafrugell a la que se habían trasladado definitivamente porque el padre se acogió a la jubilación anticipada tras una huelga que el sindicato organizó en la empresa. Y a su hermano a quien trataba con educación perfilando una mayor cercanía le ofreció una motocicleta nueva el día que se casó, y un revolucionario ordenador IBM última novedad en computadoras personales dos meses antes de que saliera al mercado.

Todo esto era lo de menos. Susana se lo agradecía. Pero no eran los objetos lo que la hacían feliz, ni la satisfacción que procuraba a su familia con ellos, sino el hecho que eran impulsos voluntarios que ejercía Iván sin que nadie hubiera sugerido nada. Y ponía en la entrega de cada regalo una ilusión infantil que cautivaba y seducía a cualquiera. Iván no solo era cariñoso con Susana. Intuía que llegaría el día que ya no podría ser tan desprendido y se aprovechó hasta el último minuto.

A continuación cerraría la puerta para trabajar únicamente de puertas adentro en su hogar con toda su descendencia. Porque Susana lo quería. Quería un hijo.

Susana era hogareña y madre por naturaleza, y precavida como era, al día siguiente de plantar el árbol previno a Iván de cuanto sucedería cuando fueran tres. La nueva vida los separaría para unirlos todavía más… extraña contradicción! Ley de vida. Susana se sintió en la obligación de avisarlo y añadió –No es algo que quiera esperar demasiado… ¡me muero por ser madre Iván!

Era tan previsora que llenaba de provisiones la despensa hasta abarrotarla de latas de comida porque para Susana el alimento implicaba seguridad. La paciencia era su mejor virtud, pero no por ello dejó de comprar –Ropita para mi bebito… ¿por qué un día llegará verdad Iván? La bondad de su paciencia lo confirmaba el simple hecho de convivir con un huracanado torbellino que movía cosas, personas, situaciones, y dejaba las montañas tranquilas por el momento.

Capaz de sacrificarse por quien amaba, la devoción de Susana por Iván estaba fuera de toda duda. Ella detestaba la crítica; sobretodo por un desmesurado temor al ridículo. No aguantaba que la rechazasen. Precisaba pertenecer a una «comunidad». En ello trabajaba últimamente Iván, en que superara sus limitaciones porque Susana al igual que Juan Salvador Gaviota era en sí misma una idea ilimitada de la libertad, y no debía dejar de batir sus alas para volar alto en busca de la perfección, por muy criticada que fuera por la bandada de pájaros preocupados tan sólo en comer y dormir. Sin embargo, la capacidad de Iván para estimularla y favorecer su transformación chocaba con la necesidad de Susana de pertenecer a «algo» porque era imposible pertenecer al mundo de Iván. Tener algo “propio” ¿resolvería? Algo suyo que fuera, también de Iván, otro Iván, ¡un Iván pequeñito!

Únicamente entonces pasaría Iván a ocupar un segundo plano. Pero el saberse relegado no impidió que un ferviente deseo de ser padre lo embriagara desde el mismo momento de contraer matrimonio. Iván se había dicho ya en su adolescencia -Mi hijo no sufrirá lo que yo; no; yo tendré un hijo y lo amaré-. Y lo amaba incluso antes de su llegada como a Susana, presintiéndolo con ciertos escalofríos las noches de luna llena. Iván conocía perfectamente aquello por lo que un niño no debe pasar. “Todo yace en la cuna. Todo lo sucedido en el parque se graba en la médula” pensaba. Tal vez la hiperactividad de Iván obedecía al hecho de no haber jugado de niño. A diferencia de Oscar, nunca aprendió a quedarse a solas consigo mismo. Y al aburrirse, para no cansarse del agotador fastidio, de manera frenética se acostumbró a colmar su existencia de los acontecimientos más inverosímiles para hallar el punto justo de ebullición, digo de emoción.

Demoledor del sistema, incendiario que va por libre y se aleja de la comunidad preestablecida. Si algo ya estaba constituido y él no había intervenido de algún modo en el proceso, al alejarse de sus ideas, al faltar su huella y su sello a través de sus concepciones, lejos de conformarse y resignarse partía a la caza del grupo que se ajustara a lo que consideraba oportuno viajando siempre en busca de otro nuevo colectivo en algún perdido lugar del mundo añorando las culturas Maya Inca o Azteca.

Y ante tanta amplitud de estrellas su flecha todavía viajaba buscando el punto exacto donde insertarse suspendido en su impulso optimista de mundo posible que conquistar para renovarse, de lo contrario se sentía morir. Y manteniéndose en el espacio neutral intermedio entre una cosa y otra, Susana comenzó a sentirse amenazada por el devenir de los próximos meses segura de que su marido se encontraba ya navegando por un río bravo entre dos fuertes corrientes. A ella no le gustaba vivir al filo de lo imposible rozando constantemente lo prohibido. A Susana no la habían preparado para tales avatares aunque a Iván tampoco. Él era una consecuencia de aquello que fue, y también de aquello que no fue, surgiendo en su adolescencia una exultante búsqueda sin fin.

Iván se había adaptado bien al sector de la informática, al estilo de vida que le proporcionaba su trabajo y a la composición y estructura de la empresa. Los beneficios eran inmejorables. Y lo más importante: estables. Y cada año se incrementaban siendo más fructíferos. Se dirigía a personalidades selectas. Los clientes propios eran VIPS en la escala social. Algunos muy populares. Daban un valor añadido a su cuenta de resultados. Sus llamadas telefónicas tenían como contraparte a interlocutores ilustres. ¿Quién no quería un ordenador personal en su mesa en aquella época? ¿Y quien mejor que Iván para proporcionárselo?

Su cartera de clientes había crecido con tres grandes multinacionales que le aseguraban  durante el primer semestre del año la producción total requerida para el ejercicio en curso. Ya no trataba con usuarios o jefes de departamento. Se entrevistaba con los directores generales o con importantes encargados de compra. Con ellos charlaba distendidamente en su lujosa oficina cómodo y bien atendido por simpáticas adjuntas de la firma. Y sin embargo, pese a todo, Iván estaba aburrido.

Sólo en la frenética actividad que lo desafiaba deseaba vivir cien años.

Había caído en el pozo de la rutina, en la temible monotonía porque ni un solo detalle se le escapaba. Se habían terminado los obstáculos. Realizaba un buen trabajo pero no existían peligros ni aventuras. No había emoción, nada más hastío. Ya no había un solo desafío. El volumen de venta se había triplicado desde su ingreso en la empresa. ¡Había tocado techo!

Y dueño de su tiempo quería darle mayor rendimiento y significación.

La estabilidad matrimonial con Susana le hacía sentirse fuerte y mucho más competitivo que antaño. Estaba dispuesto para otra hazaña. Necesitaba una proeza. Sentía que podía saltar a la yugular de cualquiera si no hacía algo pronto. Elevar el listón. Quería lo mejor para su esposa, quería darle más. Se sintió atrapado y profesionalmente estancado. Imposible llegar más alto. ¡Hora de cambiar!

No seguiría confinado a la fuerza en aquel lugar estupendo para cualquier otro ejecutivo que no siente el ansia de superarse a diario. Ya no quería trabajar para otras personas. Quería progresar! Y progresar implicaba la autonomía laboral. Necesitaba hacerlo. Había llegado el momento de subir un peldaño para alcanzar con la nueva posición una vista más amplia del valle del mundo.

 La palabra progresar confería el sentido que constituía la acción que anhelaba en esa etapa. Pero antes de sumergirse de nuevo en la incertidumbre de la batalla, porque esta vez había una paloma blanca posada en su hombro, y ya no estaba solo, ahora que había formado una familia y reinaba el amor en su hogar debía ir con mucho cuidado. A él no le importaba comenzar de la nada pasando insufribles calamidades y precariedad, pero no podía obligar a Susana a comer galletas los fines de semana sentados sobre cartones helados de frío en invierno. Tenían un nivel alto que salvaguardar. La había acostumbrado a ciertas comodidades materiales que no quería recortar. Por eso realizó un sincero trabajo: un exhaustivo estudio de su propia persona y su situación intentando mostrarse a sí mismo de manera traslúcida, ¿se estaba mirando adentro como Oscar? ¿Por fin atravesaba al otro lado del espejo?

No solamente quería mejorar su situación económica. Había afirmado a Oscar “El individuo es la clave del progreso de un país”. Le había dicho en la cubierta del navío “Sólo podrá obtenerse el progreso con una buena identificación de objetivos”. Y es cierto lo que dijo Iván: No se progresa en la vida si no se poseen objetivos. ¿Qué quería? ¿Qué podía llevar a cabo sin sorpresas que arrastraran a Susana a una depresión?

Iván no podía permitirse el lujo de equivocarse. No se permitiría pisar en falso ni hundirse en arenas movedizas por falta de precaución. Conocía el proceso de la toma de decisión para caminar sobre seguro con pies de plomo en línea recta. Tenía una importante obligación para con su amada esposa y no quería defraudarla. “No sufrirá ningún tipo de restricción” se dijo. “Evitarle todo riesgo sin por ello arriesgarme a perecer en el sumidero del conformismo” pensó. Y se esmeró en saber qué es lo que debía hacer porque entendía que no podía continuar, se cuestionó “Independencia laboral. Cómo hacerlo y cuándo… ”.

Convirtió el estudio en una documentación que poder consultar con facilidad. Pero aquel dossier fue engrandeciéndose sin que apenas se diera cuenta. Empezó evaluando con gran exigencia su potencial más relevante y analizando con rigurosidad su trayectoria profesional completa, a la vez que consideraba un proyecto de la mayor envergadura posible. Y en la carpeta escribió: “Es mi momento para el desafío, el reto personal que finalmente me permita abrir la puerta del éxito”.

En una libreta gruesa, a parte, fue anotando anécdotas y reflexiones, incluso alguna impresión personal que dejaba salir brevemente sus sentimientos a la luz. Aunque no se escondía de Susana, tampoco le enseñaba todos aquellos folios llenos de notas y esquemas y jeroglíficos incomprensibles para cualquiera. A ella no le gustaba leer nada que no fueran sus confesiones de amor. Iván pensaba que quizás la molestaría con tantos papeles llenos de conclusiones y complicados argumentos, aunque de algún modo tampoco quería dejarla participar protegiendo su libertad de acción, su derecho a ser Iván. Susana tampoco le preguntaba.

En las ocasiones que estaba entretenida con las plantas de la terraza del ático que parecía un jardín botánico, mientras planchaba o cocinaba, Iván aprovechaba para escapar a su despacho situado en la terraza acristalada donde concentrado durante horas de conversaciones consigo mismo juntó sus deseos de ayudar a la gente con la necesidad de formar un «equipo ganador» para su empresa. Y tropezó con su proyecto nacido en Egipto Escuela de Triunfadores. Repasó el proyecto vocacional que había comentado con Oscar a partir del cual potenciar las destrezas personales y…

Antes de despedirse de la empresa que le había acogido durante los dos últimos años, Iván asumió la situación que iba a generarse. El único sueldo fijo sería el de Susana, pero Iván estaba seguro que podía independizarse porque tenía esa extraña habilidad para asumir riesgos y alcanzar metas. Había demostrado ser certero con sus objetivos, tanto en la generación, como en la consecución. Estaba convencido que debía hacerlo, sobretodo por sus características personales que lo empujaban en esa dirección. Y en definitiva, esa sensación era todo cuanto consideraba imprescindible para triunfar: saberse en el camino correcto.

Estaba en perfecta predisposición, aunque no sabía qué podía pasar al día siguiente, pero si esperaba a estar perfectamente preparado en un mundo cambiante donde todo es transitorio jamás podría arrancar. Jamás despegaría del suelo.

Se planteó ese tipo de proyecto empresarial porque como usuario había podido comprobar de buen grado su efectividad y la necesidad de reciclaje profesional en las personas adultas cuando complementó su precaria formación académica antes de coquetear con el mundo del espectáculo. Pretendía dar las claves de todo aquello que funcionaba y que a él le había ido bien, como si se pudieran trasladarse a cualquier otra persona los frutos de las experiencias propias. Iván estaba en un error si creía que las nociones de vida pueden transplantarse de igual modo como una planta de una maceta a otra. Si tomas un vaso de agua del grifo y lo vuelves a llenar para entregárselo a otra persona, el agua que se beberá tal vez ya no tenga las mismas propiedades y puede incluso que el sabor sea diferente. Se bebe con el mismo vaso ¿pero se beberá la misma agua? No se pueden realizar transfusiones de conocimientos porque cada cuerpo asimila de manera distinta.

El hecho de que a Iván le hubiera dado buen resultado una determinada estrategia no significaba que a otra persona también le funcionaría igual de bien.

Al marcharse a Madrid para gestionar su cese en la central de la empresa,  Susana le confesó antes de partir en la puerta del ascensor que se sentía llena de amor y dos horas más tarde al teléfono desde su trabajo le dijo -Estoy lejos de ti pero al mismo tiempo cerca mi vida, pues te amo tanto… -. Iván se deshizo como la mantequilla en la sartén. Era una muestra de apoyo incondicional.

Iván jamás se había detenido a esperar a quien se retrasaba por no aguantar el ritmo de su peculiar estilo de vida y esto provocó críticas a sus espaldas –Ingrato- exclamaban cuando abandonaba un entorno habitual, pero nunca imaginó el malestar causado al no frecuentar por más tiempo el antiguo círculo. Y no le preocupaba si pensaban que se equivocaba al lanzar por la borda lo construido para empezar en otro lado desde la nada.

Pero se hacía palpable que en su entorno familiar habría comparaciones porque a partir de ahora ya no era partir de cero… tenía que superar con creces la actual situación, de lo contrario no tenía sentido el cambio porque solamente por la experiencia ya no era un argumento viable. Tendrá que dar cuenta! Tendrá que mirar atrás porque tiene donde volver. Iván debe afrontar la nueva etapa conjugando parte de la anterior. Un  puente lo remite, no al pasado, sino a una parte de su estructura de la que no se puede ya desprender con el cambio. Por primera vez ya no es borrón y cuenta nueva.

Fácilmente la gente podía ponerse de acuerdo para coincidir en la inconveniencia de alguno de sus proyectos y esta vez, forzosamente escuchará si se trata de Susana porque sabe que ella es incapaz de caminar en el filo de la navaja.

Por otro lado, Susana sabe que su marido la respetará frente a cualquier posición que elija. Sabe que no intentará convencerla si decidiera creer a los demás en cuanto a la inconveniencia de su decisión. Pero para Susana prevalecía Iván frente a todo. Confiaba. Le encantaba como era. No le importaba lo que le dijeran otras personas ni siquiera su propia madre que se echó las manos a la cabeza cuando se enteró de la decisión de Iván.

Iván había instruido a Susana a base de ejemplos inquebrantables. Y ella disfrutaba de saberse libre y con capacidad de escoger desde que era una mujer casada -Que digan lo que quieran mi vida- le expresaba en tono animoso cuando Iván le contaba sobre sus actividades en las que la integró desde que la sintió como su pareja. Y en esta ocasión volvió a estar del lado de Iván y su madre sabía que no podía presionarla porque en cualquier momento podía levantarse de la mesa y desaparecer y volverla a perder quizás para siempre.

La verdad es que como Iván no preguntó directamente a Susana si soportará la tensión por la situación creada a raíz de su renuncia laboral, como Susana no participó en la decisión vocacional de Iván; Susana nada manifestó. Calló. Se distanció sin retirarse de su lado porque Iván no se interesó por la inseguridad que podía causar la todavía indefinida profesión. Ella no quería inquietarlo ni preocuparlo porque sabía que desistiría de inmediato por amor; aunque también sabía de su naturaleza obstinada consciente que si en alguna ocasión un grupo de personas se confabulaban todas al mismo tiempo para derrumbar su sueño, Iván, en vez de luchar para intentar convencer a nadie de lo que a su criterio era obvio se marcharía por donde había venido tal como lo había hecho: solo y sin una pizca de remordimiento… continuaba entrando y saliendo a libertad. Ella temió perderlo y silenció la certeza de su agobio ante la incertidumbre.

En sus planteamientos Iván se refería a Susana teniéndola en cuenta, imaginando como le afectarían sus decisiones que en última instancia le pertenecían exclusivamente a él; porque para Iván no había otra alternativa que ser fiel a sí mismo mostrando lealtad a sus propias inquietudes e ideales.

La guerra se planteaba decisiva.

Iván deseaba que Susana no sucumbiera en un futuro próximo. No quería que fuera engullida por las consecuencias de sus acciones ni tampoco por la selva de las opiniones ahora que finalmente era autónoma, ahora que la había librado de sus cadenas, sin embargo, la hacía caminar muy deprisa sin tener en cuenta que Susana no estaba acostumbrada a tan singular modo de proceder. Y aunque ella le sonreía cuando lo miraba, ¿era sincera? ¿Tenía otra opción que no fuera apoyarlo?

Tuvieron mucho tiempo el uno para el otro desde que empezaron a convivir en el ático, y desde que cruzaron los dos el umbral, únicamente sobre dos piernas, se trataban con generosidad y respeto el uno al otro.

A Susana le gustaba sentirse imprescindible cuando su marido pedía auxilio, disfrutaba rescatándolo, porque Iván no comprendía ciertas cosas bastante elementales, y es que nunca nadie había apreciado lo corto e ingenuo que era en algunos aspectos. El nivel de inteligencia de Iván no era demasiado elevado. Aunque esto no cuadraba con la interminable estela de logros que dejaba a su paso. Ningún mortal supo hasta qué punto había cubierto su carencia intelectual con grandes dosis de voluntad y perseverancia, pero en la intimidad de su dulce hogar y lejos del mundo exterior una alma caritativa le ofreció ayuda cada vez que la solicitó -Eres un poco cabezota- solía insinuar dándole unos golpecitos con los nudillos en la cabeza como hiciera un día su madre. Susana era la única persona en la faz de la tierra capaz de llamarle la atención sin que Iván se molestara, y de hecho, se atrevía porque podía, porque lo sabía: Iván era tan vulnerable como cualquier otra persona. Tal vez incluso más sensible que la mayoría y por ello más vulnerable. Y le decía que estaba equivocado respecto a algún tema. Y le decía que no aprobaba cierto comentario u comportamiento. Lo decía si así lo creía sin miedo a ser coartada o avasallada por un alud de rabia.

Iván la interrogó a diario para recibir cada noche desnudos en la cama las pacientes explicaciones que Susana repetía y repetía cuantas veces fueran necesarias sobre las cuestiones que requería mientras él le tocaba su largo cabello, le acariciaba la espalda, masajeaba sus pies con crema o le metía en la boca una tostada con salmón y caviar. Y la simplicidad con que la interrogaba demostró que la complicada personalidad de Iván era en realidad fruto de su extremada fragilidad. Sentía una disimulada aprensión a ser dañado tanto como lo había sido durante su infancia antes de traspasar el meridiano de los diez años en uno de esos momentos cruciales de la vida. Desde entonces tuvo que superar cualquier tipo de limitación y se mantuvo en guardia y en permanente lucha contra todo y contra todos. Iván era un ser que no perdía el tiempo en lamentaciones. Recogerse en un rincón para lamerse las heridas y compadecerse, ¿él? No! Para qué…

Y sumido en un constante proceso evolutivo, la rapidez de asimilación de todas sus experiencias le hacían parecer contradictorio, pero si se lo rascaba como a un cromo podía verse lo que descubría Susana: un ser sensible torturado por el grosor de una armadura que le oprimía y que había fabricado como escudo para protegerse. Resulta que Iván tan sólo era listo, aplicado, disciplinado, pero nada más. No estaba provisto de una inteligencia sublime. Mezclaba los extremos como el péndulo que va de un lado a otro incómodo por exigirse más de lo que podía dar siempre abocado a la meta, al logro, a un resultado necesario.

Pero listo o tonto estaba en lo cierto: no hay capacidad de adaptación ni movilidad laboral para obtener ventajas competitivas si previamente no se instruye la persona partiendo de la actitud. Él mismo era un ejemplo desde que a sus diecisiete años le ocurriera algo insólito durante el servicio militar. Le había dicho a su amigo Oscar en Egipto “Existe un manual tan simple y evidente que solemos ignorarlo. Aplicar estas sencillas reglas puede ser el inicio de una etapa interesante” y lo había sido para él una etapa interesante la época que trabajó en la sala de fiestas en calidad de relaciones públicas. Resulta que en la vitrina de la biblioteca del coronel… Iván estaba dispuesto a romper el cristal de la vitrina y meter la mano para alcanzar aquello que de manera abrumadora lo llamaba. Fue la tarde que la hija del coronel se le insinuó y pretendió seducirlo después de que su padre se marchara, después de tomar varias tazas de café, de pie, frente a la vitrina, dio con Dale Carnegie que lo salvó de una errónea actitud de desmesurada desfachatez porque Iván en su juventud se había embriagado de una pedantería atroz que asustaba, pero a raíz de la conversación con Dale entró en contacto con la necesidad de reorientarse y se autoformó frecuentando lecturas de sicología saltando de un libro recomendado a un libro mencionado en las interminables horas que estaba obligado a permanecer en el cuarto de gastadores del cuartel militar .

Dale Carnegie escribió: “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas “. El título del libro puede parecer manipulador, como Iván, pero no es más que un sencillo manual de relaciones humanas que recopila todo cuanto ya se sabe pero no se aplica. Detalla y justifica clarificadoras y simples reglas para obtener un comportamiento más sano y por ende más productivo cuando se comprende, como le sucedió a Iván, porque desde entonces, apasionado por el descubrimiento que puso en practica de inmediato, habiendo identificado la facilidad del triunfo gracias a esa base tan optima como son las relaciones humanas, amplió los horizontes sediento del saber filosófico en un sentido eminentemente práctico. Y en la estantería del salón de su apartamento de la zona franca se acumularon a lo largo de los años escritores como N.Vincent Peale, Wayne W. Dyer, Napoleon Hill y como no, Og Mandino y Richard Bach y Hermann Hesse con su Sidharta. ¡Qué sencillo es variar el comportamiento cuando se aplica el autentico sentir y una actitud lubricada por el saber y la necesidad de saber cada día más!

Durante su intensa y variada trayectoria profesional intercaló distintas lecturas. Doce años de intensas relaciones interpersonales en distintos empleos le permitieron adquirir conocimientos que investigar y recopilar para analizar, vivencia a vivencia, sintetizando y estructurando el material que ahora le servía como base de trabajo. Se le despertó una franca vocación que poco a poco se había dibujado como su profesión; una actividad dirigida a quienes desearan un contacto más humano especializada en ayudar a conseguir armonía interna por medio de una dinámica y didáctica formación.

Minuciosamente preparados, los cursos iban a ser ampliados y perfeccionados con técnicas y herramientas para facilitar a la gente un mayor rendimiento y aprovechamiento de sí mismos en busca de una fórmula que lograra la satisfacción personal en relación con el entorno, tanto laboral como familiar y social.

Había comentado con su buen amigo que cuanto más afecta la alta tecnología más necesitamos un descanso no-técnico y dado que se convierte a pasos agigantados el ser humano en autómata de una sociedad excesivamente materialista, condición que salpicó brevemente a Oscar en su período de desenfreno económico arrastrado por la publicidad atractiva saciando su imparable afán de consumir en la certeza que la imagen y la forma es más importante que el contenido, Iván, con sus cursos, pretendía evitar justamente esa clase de autodestrucción con la aportación de temas adecuados recuperando por ende la sensibilidad hacia la destartalada escala de valores que él mismo había confundido en su infancia, distorsionándola en su adolescencia y trastocándola en su juventud atiborrándose de cine hasta que Dale Carnegie lo hizo reaccionar ante la posibilidad de una base más noble, pues las películas le habían transmitido emociones pero pocos valores “Y que peligrosamente nos continúan asaltando en los últimos años lo vacuo del cine fruto del acoso mediático al que nadie escapa” hubiera afirmado Oscar. Porque Oscar nunca había visto una película de Federico Fellini, Fank Capra, Igmar Begman o Françoi Truffau.

Aunque era un proyecto digno en el que debía invertir tiempo y dinero, cometía un grave error de planteamiento. Iván lo emprendía para obtener satisfacción personal, pero lo enfocaba como un negocio por su necesidad de llevar ingresos al hogar; y no un salario pequeño sino alto, al menos, igual al de meses atrás. Decía “Avanzarse pero jamás retroceder”… ahí estaba Susana; no podía errar el tiró, el balón tenía que entrar en la portería, su décimo tenía que ser el premiado.

Iván había iniciado un proyecto del cual sentirse orgulloso, al que se volcó completamente con absoluta fe en lo que realizaba pero el éxito, dependía de la persistencia en el objetivo además del ingenio, y de un elemento incontrolable: el mercado. Y cegado por la ilusión del evento se olvidó de evaluar la situación del mercado para comprobar si era el momento oportuno para tal empresa.

Pero es que habiendo escuchando a Oscar comprendió que la naturaleza debe manifestarse a través del individuo como identidad propia, alejándose de la manipulación que ejercen los actos institucionalizados y las vastas organizaciones y necesitaba empezar cuanto antes.

Así fue como creó una organización denominada Central de Formación en Humanidades con el subtítulo «Enseñanzas sin paredes ni fronteras». Y se especializó en ayudar a conseguir estabilidad en las tres áreas básicas: personal, profesional, y social. Los seminarios-Taller serían impartidos desde distintas perspectivas, estructurados y desarrollados con técnicas y un sistema adecuado para conseguir alentar y facilitar el éxito personal y profesional. Había encontrado el método que no supo explicar a su buen amigo en Egipto.

Sólo enfrentándose a sí mismo consiguió Iván ser capaz de destaparse y descubrirse, accediendo a una zona más elevada de sí mismo convirtiendo su actividad en algo lleno de significado. Y su sentido práctico de las cosas, no albergaba dudas acerca de la necesidad y la conveniencia de un proyecto de beneficioso carácter social. Desde su Central de Formación devolvería las riendas a la humanidad para que no fueran las maquinas quienes manejaran el destino de tan alto colectivo.

Bastaba echar un vistazo a la sección: guía de la enseñanza de cualquier periódico. Existen apartados de grafología, fotografía, dietética, idiomas, también sobre el cuidado de las motocicletas, la homeopatía y las técnicas del vestir, por supuesto sobre mecánica, arquitectura o ingeniería pero nada sobre humanidades. Absolutamente nada que indique la posibilidad de aumentar las destrezas y habilidades personales. Por lo tanto, ofrecía una opción interesante y revolucionaria. Hay acceso a toda clase de Master Postgrados y Doctorados, pero nada hay sobre el individuo que debe realizarlos. Es una incongruencia, ¿era Iván un iluso? Parece que no importa quien es la persona que se oculta detrás del título u el oficio, pero sí para Iván. Él había cambiado, mejorado. ¿El país mejoraba?

Ahondaba en este campo silvestre que le parecía apasionante pendiente de explotación comercial. Le dijo mientras se afeitaba cuando Susana se duchaba “El futuro próximo será de los que inviertan ahora en formación” pero el ruido del agua no la dejó escuchar. Y se fue a trabajar luego de darle un beso y mirarlo fijamente a los ojos… como si quisiera decirle algo y no se atreviera.

Todo ese material se estaba elaborando lentamente. Debía ir creándolo tranquilamente, sin prisas ni presiones del calendario dejando que las cosas sucedieran y observando como lo hacían. Participando y disfrutando del proceso atento a las señales. Sin darse cuenta, Iván cambiaba por dentro conforme avanzaba ese material dando un giro abismal respecto al adolescente travieso y aquel joven intrépido que había sido él. Se estaba convirtiendo en un hombre nuevo con todo aquel trabajo, mejorando interiormente cosa que se reflejaba en sus actos. Ya no sólo importaba el beneficio, también existía placer en la labor que desempeñaba. No solo el resultado… interesaba la manera de recorrer el camino.

Los seminarios-Taller estaban siendo adaptados a los tiempos que vivía España. Contenían los ingredientes esenciales para que cualquier persona llegara donde se propusiera simulando el gran sueño americano.

Iván quería que lo aprendido en su escuela fuera de gran utilidad. Mantenía que los estudios cursados en los colegios, las academias y las universidades, eran temas orientados al conocimiento de disciplinas que negaban la potencialidad del individuo. Y él quería contribuir a desplegar tales capacidades particulares.

Seguía trabajando muy ilusionado hora tras hora en su proyecto sin necesidad de la aprobación ajena explorando las diversas opciones y rompiendo la barrera de lo convencional. Permanecía frente a la pantalla del ordenador que desembaló para escribirle a Susana y que había quedado arrinconado en su estudio. Durante los años que trabajó en ambos concesionarios IBM jamás tecleó en una sola máquina. Comercializó los ordenadores personales pero nunca los adoptó como herramientas de trabajo. No le gustaban las máquinas. Iván prefería el trato con las personas, pero se servía del ordenador porque ahora le era de utilidad y cuando se levantó y se trasladó a la cocina para prepararse un café fuerte se dijo “Es una verdad incuestionable: los ordenadores no mienten”.

Persiguiendo su autorrealización personal más que las ganancias económicas, había saltado a su aventura laboral capitalizando el dinero del desempleo. Se arriesgó a funcionar como freelance de la formación entorno al talento humano y a la selección de personal. Los primeros contenidos que estuvieron listos fueron los relacionados con temas sobre la comunicación integral, el marketing y las ventas. Iván entendía que el arte de tratar a la gente es un producto tan vendible como unos pantalones, una tostadora o un estropajo de aluminio, y lo consideraba tan indispensable como el azúcar la sal o el café… vale la pena invertir! Y vaya si invertía su tiempo, no había más que verla la cara a Susana que en ocasiones se acostaba sola porque Iván tenía una inspiración en su despacho rodeado por el jardín botánico. Iván estaba convencido que el arte de las relaciones humanas es una forma de ganarse la vida como cualquier otra. Y pensó que él podría. Su objetivo era lograr un posicionamiento como profesional en el campo de la capacitación.

Extendía sus alas al viento componiendo su personal sinfonía. Proclamaba su independencia ideológica y su autonomía profesional haciéndose responsable de sí mismo, con una actitud interna limpia y un comportamiento externo sincero y entusiasta. Su perfil era el de un hombre responsable y comprometido con su obra. Disciplinado y perseverante, había dado en el campo profesional suficientes muestras palpables a lo largo de su trayectoria de la innata capacidad para planificar, liderar, y controlar su trabajo y el de terceros. Su habilidad para las relaciones interpersonales y su energía motivadora le conferían la insignia del buen comunicador, incluso en la negociación para la solución de todo tipo de conflictos. Iván era un ser polivalente con iniciativa. Un espíritu creador de ideas vanguardistas. Una especie de multinacional de sí mismo. Un autodidacta. Un ejecutivo libre con una terrible facilidad para expresarse en público y aunque carecía de títulos universitarios, como formador, al poseer ese especial “don de gentes” buena presencia, elocuencia y poder de convicción, ahora que amaba el principio que exponía, sobretodo, por no ser un producto cerrado sino facultades del ser humano a desarrollar, cualidades de todo individuo vivo, su expresión se acentuaba y se elevaba todavía más que cualquier otra vez. Las puntas de las alas tocaban cada uno de los horizontes laterales.

Por encima de cerámica rota y astillas de vidrio con los pies desnudos era capaz de abrirse camino Iván. Subió su vida a una carreta para traquetear por caminos pedregosos, para volar con fuerza más allá de la tormenta con la firme creencia que al borde de la confusión destaca el brillo del sol aún con una pirámide a cuestas. ¡Trabajo de coloso! Un titán en ciernes. Con su peculiar acento y su incesante ritmo y su misteriosa aura estaba dispuesto a golpear con el puño la puerta de roble macizo del destino. Buhonero que paga la posada con una balada, viajero incansable al que no le importa dormir en el granero si hace falta y que aprecia la suite o el humilde dormitorio de la sirvienta, inquilino al que no le molestan las pulgas ni le estorban las sedas con el conocimiento de la brevedad de la vida y de sus pasiones y las claras tentaciones que trazan líneas rojas y sermones. Iván sabe donde está el equilibrio de la moral para que la balada sea honesta e instructiva, peligrosa y amena al mismo tiempo. Y sigue siendo extraordinario sin posibilidad de etiquetar o definirse la estela de su caminar aunque la gente se empeñe, porque no se puede poner un rombo dentro de un rectángulo sin que se queden fuera dos ángulos.

Como hombre, Iván se consideraba maduro. Crecía con las dificultades y esto agudizaba sus sentidos. Escribió como posdata en cada uno de los dosieres que iba terminando “Aún el más sabio sigue descubriendo cosas nuevas cada día”. Bien descansado, bien alimentado, y siendo dueño de su vida y de su tiempo podía sorprender al más incrédulo de los mortales. Obtendría ventajas si creaba su empresa reflejando en ella su mundo, en lugar de trabajar en una organización donde esta visión le es servida en bandeja al empleado. Y tan convencido lo veía Susana que le dijo agachándose para darle un beso en la cabeza mientras tecleaba en el ordenador antes de marcharse a trabajar –Haz de ti y de tu empresa un ejemplo cariño mío-. Iván se había levantado ese día a las cuatro de la mañana.

Cada vez que Susana llegaba a la calidez del hogar tras su jornada laboral, Iván la recibía con alegría llenándose de felicidad plantado delante de la puerta con los brazos abiertos en cuanto escuchaba el tintineo de las llaves chocando contra la cerradura. Su llegada era el mayor suceso del día, y para Susana, esas horas hasta el amanecer del día siguiente eran más placenteras que su necesidad de estabilidad económica. Sin embargo, a la mañana siguiente, otra vez en el automóvil, la desagradable sensación de soledad se incrementaba acompañándola hasta la oficina. Realmente se sentía insegura, pero sin miedo por la confianza que le tenía.

Iván agradecía esa autorización no verbal en las circunstancias actuales porque demostraba el enorme respeto que le procesaba tanto a su persona como a sus ideas. Antes de condenarlo al fracaso Susana le otorgaba el beneficio de la duda para que tuviera un margen de maniobra para la acción. Llegada una situación extrema de grave peligro, un golpe de timón a tiempo salva la embarcación de quedar embarrancada en las afiladas rocas que como cuchillos desgarran los sueños imposibles… lo sabía Susana tan bien como lo había aprendido Oscar en Grecia.

Iván fue siempre arriesgado y continuaba siéndolo, pero nunca se volvió imprudente y su temeridad, que indudablemente existía, porque el mundo es de los valientes y solamente de aquellos que son osados, no dejaría que afectara la construcción de la estructura familiar. Y seguía trabajando en su despacho por primera vez en un encierro voluntario. Y como el viento que se cobija y parece detenerse permanecía Iván encerrado en la terraza acristalada del ático de la avenida Diagonal, retirado, ¿invernaba en verano?

A todo esto se planteaba un dilema en el hogar: el proyecto empresarial de Iván o la maternidad de Susana. Había que decidirse. Iván quería crear “su niño” y Susana quería criar al hijo de ambos en cómodas condiciones exenta de sobresaltos –Y ya no puedo más con tanta soledad… mi vida entiéndeme!!!-. Se lo dijo un miércoles antes de salir hacia su puesto de trabajo.

Había dejado la taza y el plato en la pica y al pasar por detrás de Iván, se detuvo un instante para besarle la cabeza y salió sin apenas hacer ruido, sin decir nada más. Solían darse un beso no siempre se decían adiós. Iván consideraba que era demasiado vulgar o quizás un tópico religioso.

Y permaneció aquella mañana largo tiempo sentado en la silla mientras la luz del día iba iluminando la casa al penetrar poco a poco por cada ventana del ático.

Lo primero que valoró del comentario de Susana era su predisposición a participar, a implicarse, y ayudar en el proyecto fuera lo que fuera que finalmente sucediera, y a continuación, elogió su disposición a dedicarle todo el tiempo del mundo al ser que decidiera visitar primero su vientre, y luego el hogar. Habían decidido durante el viaje de novios que llegado el momento de la maternidad Susana se entregaría en cuerpo y alma abandonando el mercado laboral. Incluso antes de la boda hablaron a cerca de los posibles nombres de sus futuros hijos. Su relación como pareja no había dado la más mínima señal de debilidad o conflicto y se había consolidado. No había fisura alguna. Se había fortalecido grandemente el amor en los tres años de matrimonio y exigía un fruto. Ninguno de los dos había perdido interés por el otro ni tampoco la intensidad inicial. La fogosidad del romance se mantenía con la misma fuerza. La ilusión de la unidad permanecía inalterable y por ambas partes intacta. Iván y Susana se amaban por encima de todo y ella le parecía que entraría en el Olimpo de los dioses si podía traer al mundo un chispa de vida. Hasta que no fuera madre no sería totalmente una mujer -Una mujer completa y acabada Iván- le dijo tumbada en el sofá mirando una de sus series preferidas cuando Iván llegó del despacho situado en el otro extremo del ático.

Susana necesitaba a Iván a su lado a menudo, sobretodo los domingos, aunque simplemente con verlo y sentirlo cerca tenía suficiente. De cuando en cuando se asomaba de puntillas por la rendija de la puerta del despacho para contemplarlo mientras él, suspendido el pensamiento en el cosmos, sumido en sus elucubraciones absorto en sus planes de conquista ideaba una nueva filosofía de vida. Y Susana suspiraba regresando sola al comedor. Se dejaba caer en el sofá, y estirando ambos brazos a los lados cogía dos cojines que comprimía en su pecho sintiéndose vacía porque realmente Iván estaba a años luz. Necesitaba compañía. Y tener algo que se moviera en su interior que además formara parte de su amado Iván se le antojaba cada vez con mayor fuerza el último placer por descubrir.

Desde niña había sido poco decidida pero estaba decidida respecto al deseo del hijo, y un le dijo el jueves en la cocina después de tomarse el desayuno que Iván le había preparado con amor -Creo que todavía no es tiempo de trabajar para ti… Cariño, creo que todavía te quedan cosas que aprender con alguien. Te falta ser «papi» que, lógicamente, te hará madurar estabilizando tu vida-. Opinaba que la determinación de Iván no era suficiente. Los buenos resultados no dependían exclusivamente de él. Pensaba que aun le faltaban un par de años convencida que todavía no era el momento para su proyecto definitivo.

Iván agradecía que la comunicación fluyera entre ambos sin necesidad de lubricantes. Pudo escuchar el viernes durante la cena -Si estás por tu cuenta no es sensato tener un hijo. Tendremos que esperar unos… tres o cuatro años por lo menos, pues me dedico a apoyarte a ti o al niño pero a los dos por igual no podré- y Susana enmudeció. Llevó un trozo de róbalo a su paladar. Iván le sirvió un poco más de vino blanco. El fin de semana fue fantástico. Salieron juntos al campo.

El lunes por la mañana cuando Susana se hubo marchado a la oficina Iván acercó una silla a la mesa esquinera de la cocina. Se sentó, y sentado permaneció visualizando como Susana se terminaba la leche de pie y ladeó la cabeza hasta quedar inclinado buscando el perfil de Susana imaginándola gorda.

El martes, antes de marcharse escopeteada para no llegar tarde a la oficina le entregó una bolsa de los caramelos que le gustaban a Iván, quien en la puerta del ascensor la despidió y se llevó uno a la boca. Salió luego a la terraza y se sentó frente al ordenador imaginándola a la hora de comer con sus compañeros en el restaurante de enfrente de la empresa. En una hora no le daba tiempo de ir a casa y volver al trabajo. Porque a diferencia de Iván, Susana tenía empleo fijo.

También Iván trabajaba, invertía ocho horas frente al ordenador, pero no ganaba dinero. Iván estaba concentrado en su centro de formación particular al que había que dotarse de contenido porque hay que sembrar antes de poder recoger ninguna cosecha “Estoy fabricando las semillas que plantar y regar” se decía cada día al  apagar el ordenador por la noche. Iván no se rascaba el ombligo en casa. No encendía el televisor en cuanto se marchaba Susana. Trabajaba aportando energía a cada hora del día encerrado entre cuatro paredes por primera vez sin angustias ni claustrofobia. Ni si quiera se detenía para comer. Aguardaba a la cena para hacerlo con su mujer. La mujer que conmovió a un volcán.

Iván decidió no aparcar su proyecto, pero animó la maternidad de Susana. Alimentó el deseo de un hijo porque su afán era similar sino idéntico. A Iván le gustaban los niños y continuaba sintiendo escalofríos las noches de luna llena. Jugaba tirándose por el suelo y riéndose hasta de sus propias payasadas en el rellano de la escalera con sus vecinos de seis y nueve años. Los hacía correr persiguiéndoles escaleras abajo para infringirles numerosas dosis de cosquillas. Junto a los niños se transformaba dejando salir al pequeño Iván. Despertaba al niño que yacía dormido en su seno cuando necesitaba gozar de la genuina alegría recuperando levemente a quien no pudo transitar en libertad por los caminos dichosos de la infancia; esa época en la que aun reina la incertidumbre respecto a la realidad mientras los sentimientos alcanzan una fuerza más intensa que en ningún otro momento de la existencia humana, salvo, quizás, en la muerte.

Iván puso en manos del azar el posible embarazo que llenaría de vida a Susana que pensaba que un precioso retoño la salvaría del ansia de tanta incertidumbre. Y esa misma noche hicieron el amor sin ningún tipo de precaución.

Exceptuando su maternidad, Susana no perseguía nada con verdadera pasión sino era a Iván. Su carácter alegre la hacía brillar con luz propia. Muy sentimental, si alguna vez lloraba, no se trataba de ninguna treta femenina. Nunca utilizó lágrimas de cocodrilo para conseguir sus propósitos. Iván la trataba con mucha dulzura para no herirla y de hecho, ponía todo su empeño; aunque alguna vez se despistaba porque sintiéndose bien, relajado, en la calidez del hogar, cuando Susana le preguntaba, Iván opinaba y su excesiva sinceridad le causaba un sufrido malestar por la pronta ausencia de tacto al referirse a alguien a quien atravesaba con su daga sin animosidad. No había maldad en su gesto. Y Susana terminó por acostumbrarse.

Cuando Iván se dirigía a Susana le hablaba con mucha delicadeza. Nunca había una sola palabra discordante entre ellos. Ninguno de los dos tuvo que elevar el tono de voz. Se respetaban mutuamente. Sabían que no por gritar más se posee la razón. En las más de mil trece noches que se habían acostado juntos, fuera quien fuera que entrara primero en el sueño lo hacía con la palabra amable y un te quiero directo al corazón como paso previo a dejar caer los párpados. Y acurrucado en la cama, en compañía del otro, su felicidad se veía colmada.

Susana era una persona interesada por el pasado, apegada a sus recuerdos. Iván carecía de cualquier indicio del ayer, y esto la incomodaba. Parecía que Iván hubiera nacido el primero de noviembre de 1988. De todo lo acaecido anteriormente Susana no sabía absolutamente nada. No conocía ni un detalle, excepto la férrea amistad que le unía de por vida a Oscar, más como hermano que como amigo. Mejor dicho, más él mismo que sí mismo.

Iván prefirió mantener al margen todas sus correrías porque la cadena de sucesos la confundirían, y algunos hechos muy probablemente le pondrían los pelos de punta. Aquel Iván se había quedado en las puertas de la iglesia. Todo aquello pertenecía a un Iván que ya no estaba. El Iván marido quedaba lejos del escandaloso Iván. Seguía siendo Iván el distinto porque no se aferraba a lo cotidiano, sino a la novedad, a lo desconocido, a los cambios que a otros les producen inquietud o angustia y con su ejemplo invitaba a revisar actos y comportamientos porque en lo distinto se encuentra el maravilloso prodigio de la vida. Esa peculiaridad de su naturaleza nunca cambiaría. Con ese magnetismo especial tan sólo se podía hacer una sola cosa: aprender a vivir con él y abrirse a lo que estaba por venir.

Posesiva, Susana no admitía renuncia. No poseer la historia de su amado le dejaba un mal sabor de boca. Cuando le increpaba preguntando con disimulo mediante observaciones con trampa que pretendían sonsacarle cosas, no conseguía pescar el pez que muere por la boca “Concéntrate en nuestro presente y en lo que tú y yo estamos haciendo y haremos juntos en el futuro cariño. El pasado es sencillamente eso, pasado”. Así zanjaba Iván toda función detectivesca y aunque una semana más tarde ella volvía a insistir atacando por otro flanco, se topaba con esta frase repetida hasta la saciedad “El pasado es sencillamente pasado” como un disco de vinilo rayado que se repite una y otra vez sin descanso. A regañadientes renunció a poseer la verdad de unos hechos y unas fechas que se encontraban lejos. Dejó de preguntar, aunque pensaba que eran de su propiedad cada uno de los acontecimientos que habían marcado la vida de Iván. En cambio él, prefería olvidarlos. Centrarse en el hoy. El ayer solo influía ligeramente si se le permitía, pero  el ahora determinaba el futuro. Quería una plácida vejez a su lado. No valía la pena perder el tiempo en investigaciones y hallazgos que no entendería y la impresionarían hasta el punto de preguntarse con qué hombre comparto mi vida. Era necesario invertir ese tiempo en asegurar el futuro asentando el presente, más que hurgar en el baúl de los recuerdos. Pero lo viejo tenía mucho valor para Susana porque saber esas cosas que ocurrieron antes la hacían sentirse segura. Sin embargo Iván actuó correctamente. Si hubiera conocido sus andanzas y todo su historial, ¿se hubiera casado con Iván? ¿Era ese hombre el mejor padre para sus hijos?

Encantada de ser la esposa de Iván, rogaba a Dios para que todo marchara bien. Habían escrito su dicha con letras doradas superando treinta y siete meses de vida conjunta trenzando la magia anhelada desde el fantástico amor. Y todo ese logro infinito seguía envolviéndolos permanentemente ¡siempre!

A pesar de todo aquel periplo laboral de Iván componían la pareja más feliz de cuantas conocían e intuían -Me siento la mujer más feliz del mundo entero lo prometo-. Lo escribió en la agenda de Iván unas veinte veces. Junto a la última frase añadió una posdata -Qué alucine que escriba tanto pero yo se que a ti te gusta-. Al descubrirlo Iván soltó una risotada y las cristaleras que enmarcaban el despacho en medio del jardín botánico estuvieron a punto de resquebrajarse. Se puso contento leyendo cada una de las once palabras aproximadamente un centenar de veces después de que ella se hubiera marchado a la oficina.

Susana tenía necesidad de escribir lo que sentía en muchos momentos pero le costaba hacerlo y se reprimía negándole un inmenso placer a su marido que veía aquella forma como una posibilidad de conocerla mejor. Ella nunca había sido muy expresiva. Guardaba cosas para sí debajo de su caparazón… ¡como el dolor que le infligían los vértigos por la incertidumbre del futuro! Callaba. Pero en su mente sucedía un terremoto -No hay dinero para leche, no hay dinero para pañales, no podemos comprar la cuna… son frases que me atosigan!!!-. Susana temía verse ante la prueba del embarazo sin saber como llenar la despensa. Y a medida que pasaban las semanas la asaltaban más y más temores. Pero ya digo, callaba.

Cuando tenía calor, Susana dudaba durante un rato a cerca de si debía o no debía remojarse porque el agua seguramente estaría fría. Antes de llegar a tomar una decisión, por sencilla que fuera, daba varios rodeos como un cangrejo que se mueve andando hacia atrás cuando en realidad pretende avanzar. Y era incapaz de decir NO, aunque a veces se arrepintiera de no haberlo dicho. Eso lo detectó Iván. Y quiso que aprendiera a dar una negativa sin que importar la reacción ajena porque ella tenía “derechos”. Una vez más era Iván quien le enseñaba algo útil y positivo con la sutileza que imprimía en algunas acciones. Pero… ¿aprenderá ella a mostrar sus derechos?

Tenía derecho a mostrar su incertidumbre aunque Iván no le preguntara directamente, incluso podía ponérsela por escrito. En vez de intentar anotar para desgranar en una hoja aquella sensación que la envolvía Susana se ocultaba, ¿pero por qué no le daba unos golpecitos en la cabeza para que Iván se detuviera?

Tras hacer el amor con exaltada fogosidad en el primer y rápido revolcón y mucha ternura en el segundo, era Susana quien hablaba una vez recuperado el aliento -Tendremos hijos preciosos, los más bonitos del mundo porque estarán concebidos con amor-. Lejos de pronunciar ninguna palabra, Iván se limitaba a apretarla fuerte entre sus brazos para reforzar esa sublime unidad. Y se sumía en el más absorto de los mutismos escuchando solo el bum bum del corazón y la respiración ¡La vida!

Desde que contrajo matrimonio atribuyó al acto la condición de una forma de comunicación, una fuente de placer y una válvula de escape, pero sobretodo le otorgó la facultad del intercambio activo de energía positiva como la transacción vital más bella entre dos seres humanos. Susana estaba de acuerdo.

En uno de esos idílicos instantes sonó un -Encontrarás la manera de formalizar ese trabajo fabuloso que te hará sentir realizado por fin, ya verás mi vida-. Cierto es que estaba acostumbrado a obtener resultados inmediatos y tras largos meses de infortunio, Iván era el único sorprendido por la lentitud del proyecto. Había gestado bien la idea: trabajar para sí mismo. Había desarrollado un plan: confeccionar los mejores contenidos. Pero ese era un trabajo arduo que no se podía improvisar. Las buenas ideas no ponen los platos en la mesa y el dinero no ha crecido nunca en los árboles. Iván lo sabía. Sabía que no tenía encargos a la vista. Sabía que el panorama no pintaba bien. Pero la frase, el tema de conversación, concretamente esa cuestión, Susana debería saber que no era apropiada para aquel preciso instante. Hay un momento para cada cosa y aquellos eran momentos para el expresivo lenguaje del cuerpo. El tacto permanecía superado el sexo voraz quedando al descubierto el amor romántico. ¿Por qué estropearlo? Y sin despegar los labios se levantó para ir al baño mientras Susana yacía desnuda en la cama todavía húmeda. “Se pierde el hechizo si comenzamos a hablar entorno al mercado laboral” se decía Iván bajo el agua helada en la ducha “… cuando probablemente acabamos de forjar una vida” y sonrió orgulloso.

Le causó malestar el simple hecho de referirse al asunto porque rompió la magia. Pero como Iván nunca se enfadaba, Susana no supo lo malhumorado que estaba cuando le vio en la puerta mojado, fuerte, vigoroso, a continuación de la revitalizante ducha justo antes de que se abalanzara sobre ella  saltando como un jaguar encima de su presa para darle la vuelta y doblarla y  penetrarla para que jadeara ajena al inconveniente causado.

Susana gemía del placer inyectado por su salvaje amante que le descubría límites insospechados para ella respecto al sexo y el amor. No le había costado aprender. Y descubrió goce en los variados juegos eróticos que numerosas veces la desconcertaron. Ambos se complacían en los deseos más pavorosos y cada fantasía era escenificada antes o después y gastada hasta la saciedad para pasar a otra más excitante si cabía, porque los juegos eran los responsables de alejar la monotonía de la alcoba.

Susana tenía a Iván exclusivamente para ella, y en ocasiones, no se lo creía. Le gustaba presumir delante de sus amigas de juventud que lo encontraban un tipo interesante cubierto de un alo de misterio por su secreto pasado. Se pellizcaba para despertar del sueño. Se frotaba con fuerza los ojos y los abría como platos y se decía -Sí, es bien verdad todo cuanto tengo, aquello que siempre soñé y todo cuanto pedí, Iván me lo ha dado- y a continuación se llenaba de satisfacción al admirar su precioso ático de doscientos cincuenta y nueve metros cuadrados con plaza de garaje y trastero y una terraza  inmensa que daba la vuelta al alto edificio. Era cuanto podía desear -Juro que nadie me hubiera podido hacer nunca tan inmensamente feliz-. Y no era por todo cuanto tenía que estaba así, sino por como se sentía junto a Iván. Y lo amaba por como era, por todo cuanto le provocaba que la hacía vibrar. Y aunque la actual situación de incertidumbre laboral era fatigosa, Susana se sentía viva y esta vivacidad bien valía un poco de sufrimiento. Sentía intensas y penetrantes emociones que nunca antes había concebido -Estoy segura que nadie hubiera podido hacerlo mejor que tú mi vida- se atrevió a confesarle introduciéndose por las pupilas para atravesar su cuerpo siguiendo los vasos sanguíneos y las terminaciones nerviosas bordeando los huesos hasta llegar a las mismas plantas de sus pies. Y ciertamente, la mayoría de las veces, Susana no pasaba por la puerta henchida de grandiosa felicidad por ser la esposa de Iván.

                            *                  *                  *                  *

Iván tenía claro que riesgo y recompensa van de la mano. Ser padre de un proyecto se cobra tiempo y esfuerzos. Los riesgos previstos son sanas aventuras más que peligros mortales, pero el tiempo se dilataba más y más y él se impacientaba. De manera imperiosa precisaba resultados urgentes. Tocar dinero para no herir su ego. El dinero de la capitalización de su desempleo se había terminado y las arcas quedaron vacías. El sustento provendría únicamente de Susana y esto lo incomodaba a más no poder. Empezaba a impacientarse. Demasiadas horas días semanas elaborando con la precisión del cirujano cursos que luego no podía impartir porque no había salido a la calle para ofrecerlos. ¡Pero era imposible comercializarlos si todavía no estaban listos! ¿Era un perfeccionista?

El asunto no era fracasar, sino el abandonar a medio camino. No se cuestionaban sus dotes. Susana resistía sin poner impedimentos, comprensiva; no había ningún inconveniente por su parte para seguir aguantando sin quejarse ni poner mala cara porque por amor se amordazaba el alma. Al verlo tan entusiasmado y tan sumamente entregado se derretía de admiración por quien defiende sus ideales dándole una oportunidad a su marido. Susana ayudaba a que el tiempo acercara el resultado hasta que llegó rompedora la noticia: estaba embarazada.

La mayor ilusión de Susana tomaba cuerpo. Un nuevo latido estaba en ella, con Iván, desde Susana, pero Iván también lo sintió sin que ella tuviera que decirle nada porque un escalofrío lo sobrecogió una madrugada y la despertó “Tenemos que ir a una farmacia de guardia, corre, vamos, ya está aquí!”.

La vida nos obsequia con todo cuanto deseamos e Iván deseaba un hijo al que poder educar porque traer una criatura al dulce hogar que había creado junto a Susana era el mayor regalo que podía hacerle a su esposa y al mundo.

Iván se enorgullecía del programa de trabajo relativo a su Escuela de Triunfadores por su contenido y la finalidad que perseguía: procurar el bienestar a los demás reparando en sus escondidos anhelos, provocando un movimiento interno interesante y beneficioso y reconfortante y enriquecedor. Porque Iván les incitaba a progresar y a disfrutar plenamente de la vida. Se había dicho durante largos meses mientras realizaba ejercicios físicos a media mañana para descongestionarse de tanto ordenador “Deseo crear una obra de la cual pueda sentirme dichoso y por quererlo lo hago intentando contribuir a configurar los cimientos de un mundo mejor” pero tras la noticia Iván había extraviado la concentración y al abrazar a Susana y empezar a chocar con su barriga se olvidaba del proyecto centrándose en aquella pequeña cosita que nacía a la vida. Y comprendía que no eran momentos para hacer inventos.

A partir de la noticia había confeccionado unos seminarios para impartir de inmediato a través de la Sección “desempleados” vinculada a la Seguridad Social, pero los procesos administrativos de la institución eran muy lentos y no se podían programar hasta el siguiente semestre. Impartió tres seminarios por su cuenta y con el ingreso compraron la cuna y el ajuar del bebé. Pero la falta de resultados seguía apremiándolo y se puso a pintarle la habitación de un color neutro. El mercado no estaba en su mejor momento.

Iván fue postergando su proyecto sin terminar de abandonarlo desde la feliz noticia. Había renunciado a su sueño empresarial porque nada podía igualar la grandeza de ser padre y educar día a día a su retoño. Las cosas profesionales no le iban nada bien y Susana hacía lo propio en preocuparse, pues todo se complicaba más a cada minuto que pasaba. Y seguían con la idea de que ella no se reincorporara al trabajo después del parto, ¿cómo vivirían? ¿Comerían? ¿Qué pasaría con el hijo tan deseado?

Iván llevaba un año desconectado del mundo laboral y sus contactos se habían evaporado por falta del esmerado y continuado trato. Precisaba un salario alto para cubrir las necesidades básicas de la familia que había creado. Se incorporó a una institución bancaria especializada en la pequeña y mediana empresa para captar clientes de pasivo pero la remuneración, aunque buena, no era suficiente para lo que se había propuesto. Un mes más tarde estaba fuera de la institución, y al día siguiente ingresaba en una joven empresa especializada en bolsa; concretamente en el mercado de futuros, novedad arriesgada pero atractiva para los inversores españoles. Se comunicaba por teléfono con profesionales liberales de cualquier localidad de España proponiéndoles invertir fondos a tres o seis meses vista en trigo o maíz, dependiendo de las indicaciones que percibía a primera hora de la mañana por parte del responsable de planta. Otra sección se ocupaba de las divisas. La dinámica de la bolsa lo intrigaba. Tenía un fuerte poder de atracción y sumado a su poder de convicción, le confería una fenomenal aureola de broker. Pocos eran los que no corrían al banco para autorizar una transferencia y apostar por el producto ofrecido por Iván en perspectiva de tan buena rentabilidad, qué labia tenía!

A la tercera semana, argumentando que salía a comprar tabaco dejó la delegación al recibir la confirmación que el propietario, un alemán con cara de cráter, estaba buscado por la Interpol. Tanto dinero en efectivo y maletines de un lado a otro, tantos rostros cuadrados con ojos sin escrúpulos por la planta le hicieron sospechar. Indagó hasta encontrar una fuente fidedigna que le corroboró sus sospechas. La información le salvó de la redada que la policía efectuó con dureza cuarenta y ocho horas más tarde en las oficinas.

El 5 de agosto de 1992, año Olímpico para España, Barcelona se había puesto guapa para mostrar al mundo entero su mejor cara y toda su capacidad organizativa durante la celebración de los juegos olímpicos. Montserrat Caballé y Fredy Mercuri sumaron su voz para encumbrar el nombre de la ciudad. Susana escribía en la Costa Brava a Iván sin saber si llegaría a entregarle la nota porque detectaría en ella un claro signo de debilidad de su devota esposa y nada quería hacer que lo perturbase, pero nada podía impedir que la asaltara la desdicha. Cuando no estaba cerca, lo extrañaba más de lo que Iván hubiera imaginado nunca. El teléfono sonó en Palafrugell pero al levantarlo para contestar, la llamada se había cortado. Y suponiendo que pudiera haber sido Iván, entristeció y acarició su abultado vientre y reanudando su escritura ahogó sus penas. Seguía amándolo horrores, pero todo le resultaba cada día más difícil y doloroso. ¿Le entregaría aquellas notas o se las guardaría para sí misma? Sabía que a su marido le gustaría leerlas, lo sabía!

Iván despreciaba empleos a causa del corto salario porque tenía claro lo que precisaba y todo lo que fuera por debajo del listón no merecía la pena probarlo aunque hubiera buenas perspectivas y promesas de importantes puestos de responsabilidad en el futuro. Lo que importaba era el ahora mismo y nunca el mañana. Quería lo mejor para los suyos. Prefería esperar, ir sobre seguro, seguían tratándole de ingrato y de soberbio al plantear su negativa. Y su comportamiento  aparentemente era suicida.

A Iván no le asustaba el trabajo. Ninguna clase de trabajo o profesión. Pedía que aunque fuera corto el salario base, existiera en la actividad a realizar una posibilidad real de obtener buenos ingresos y la seriedad para recibirlos y por lo pronto ninguna de las empresas le transmitía plenas garantías. Se fiaba de su intuición, ¿igual que con su proyecto de los cursos?

Luchador incansable, no le desanimaba la situación que se complicaba cada día. El verano es la peor época para presentar candidaturas si no tienen que ver con la hostelería y el turismo. Incómodo ante el panorama, seguía buceando sin contemplaciones buscándose la vida en una Barcelona Olímpica. Su amada esposa no tenía el mismo temperamento. No contándole la crudeza de los acontecimientos le ahorraba sufrimientos permitiendo a Susana que se centrara en el embarazo. Y como ella acostumbraba a decir -A la tercera va la vencida- se preparó para una nueva entrevista personal sazonada de pruebas psicológicas. Sin embargo, asistió a una cuarta, y una quinta entrevista. La oferta de empleo era muy superior a la demanda de candidatos en unas oficinas desiertas porque los responsables estaban de vacaciones.

Realmente muy complicado colocarse incluso para una persona de las aptitudes de Iván. Rectifico. Justamente por sus cualidades le era a Iván todavía más complejo encontrar trabajo porque eran tiempos para la sumisión y la aceptación, para rogar favores arrastrándose por el suelo, una época para no despuntar en nada por la convulsionada situación del país. Existía una crisis. Las empresas cerraban. Los locales se desalojaban. No eran momentos para abrir nuevas delegaciones sino para recortar gastos. No se plantaba en el seno de la competencia otra sucursal. Iván lo tenía mal. Lo tenía peor que nadie. La formación es uno de los primeros gastos que se recortan aunque los temas sean de calidad.

Para entonces sabían que iba a ser niña; una niña preciosa como la preciosa piedra de Ágata. La ecografía lo había confirmado. El avanzado estado de gestación recomendaba precaución. Y Susana la tenía. No fumaba. No bebía. Mantenía una dieta equilibrada. Dormía sus nueve horas y le ponía música suave a su hija. Iván le llevó en su última visita a Palafrugell cintas especiales que había adquirido para contribuir al buen desarrollo de la niña. Agradables sonidos y delicadas melodías que acercaba con alegría al vientre de la mujer que colmaba todas sus necesidades sentimentales y también fisiológicas, como no, aunque habían derivado en juego amoroso por el peso y su alborotado tamaño.

Susana tenía miedo por su hija pero a la vez, tenía confianza en Iván, y esto último la salvaba del drama. No se sentía fuerte, pero tampoco débil ni frágil porque su amado era su escudo, el pararrayos humano que repele el mal y protege a las personas de buena voluntad. Aquella situación de incertidumbre laboral no afectaba su embarazo, ¿seguro?

Iván apenas gastaba media hora en la problemática económica que podía desbaratar la seguridad material y el estatus que había brindado a Susana. No les faltaba comida y los recibos de luz agua y teléfono estaban al corriente de pago. Solamente la hipoteca se había retrasado, pero este detalle se lo ocultó a su amada tras mantener una charla con el director del banco. Ciertas cosas todavía le gustaba llevarlas a su manera sin tener porque facilitar novedades a diestro y siniestro.

Susana no podía darle las buenas noches y le escribía -Te escribo mi vida para decirte lo mucho que te echo a faltar y lo mucho que te quiero. Te lo prometo. Lo siento en el fondo de mi corazón y dentro de mi vientre, pues tengo dentro de mi tu amor sincero, sereno y profundo. Es algo tan grande que no se puede explicar-. Y al abrir la maleta y encontrar aquella nota entre la ropa que cuidadosamente había planchado con infinito amor a Iván sólo se le ocurría estremecerse y sonreír. A continuación se doblaba desde la cintura con las manos abiertas para tocar con las palmas el suelo en el ático de la avenida Diagonal. ¡Estaba en forma!

Susana adoraba la Costa Brava. Sus padres la llevaron a los campings de la zona desde muy pequeña. Todos los veranos eran días de excepción en un marco convivencial incomparable; una amalgama de risueños confines idílicos aseguraría Iván, quien hubiera pagado el dinero que todavía no había ganado por disfrutar de ese ambiente familiar aunque nada más fuera durante una semana al año. Tanto regocijo, atención, y delicados cuidados colmados de afecto lo hubieran catapultado más allá del monte Sinaí. Su Tata era una madraza.

Susana no soportaba la arena de la playa, pero disfrutaba tumbándose al sol en su gigantesca toalla a rayas con revistas del corazón. Podía pasarse horas sin aburrirse un minuto mirando a la gente. Comparaba a los hombres con su moderno Iván -Que asco de barrigas, de piernas, de espaldas; mi marido inconmensurable que ayuda a sus semejantes ante la fatalidad y las tinieblas, generoso en sus actos… solidario con el pueblo… interesado por el desconocido y sacrificado por la humanidad. Mi Iván gusta de la cordialidad y la fraternidad entre los seres vivos- decía volviendo su vista a las revistas. Con ese pensamiento reconocía que el contenido de los cursos que elaboró eran más que clarificadores.

Susana también se fijaba en las mujeres. Envidiaba a una las caderas, a otra los pechos preguntándose si no eran de silicona. Pasaba las manos por sus pantorrillas admitiendo la celulitis. Se embadurnaba de crema bronceadora. Compraba un helado al vendedor ambulante y se sentaba en la orilla para mojarse los pies sorprendiendo conversaciones de maridos y mujeres acerca de esto y de lo otro discutiendo o bromeando, pocas parejas se besaban.  Cada vez que hacía alguna de estas cosas se sentía bien, pero le faltaban los besos apasionados de Iván. Y al rato se metía encogida en el Mediterráneo para nadar solo braza muy despacio estirando el cuello evitando mojarse la cabeza.

Estaba muy a gusto con sus padres en la Costa Brava disfrutando de sus vacaciones al sol bronceándose para que Iván la encontrara hermosa (sabía que las mulatas lo volvían loquito), pero no había nada que pudiera compararse a estar en su hogar con sus «cositas» y recuerdos junto al hombre que amaba. Se sentía sola sin su marido. Así se lo expresaba -Sólo de pensar que mañana tampoco podré estar contigo ni diez minutos… No podré abrazarte molestarte y acostarme junto a ti… ¡Me muero por ti!-. Caminaba hacia delante el cangrejo hechizada de Iván. Se abría la ostra. Exteriorizaba sin guardar su sentir bajo el influjo de Iván. Cuando llamaba por teléfono le susurraba -Te queremos mucho, nuestra hija también te quiere muchísimo- colgando muy a su pesar al cabo de hora y media de conversación.

Susana necesitaba a Iván para todo. No podía hacer nada sin él. Esos días en la playa no los aprovechó. Iván no estaba ahí, aunque fuera sentado en su silla marinera al borde de la orilla del mar sumergido en las páginas de un libro, pero ahí, cerca de ella, donde ella pudiera verlo y saberlo suyo. Se consolaba hablando a cada rato con su hija. Le explicaba acariciándose el vientre con movimientos circulares lo feliz que se sentía de que pudiera llegar por fin.

La niña se portaba bien. No le causaba malestar, ni vómitos, ni antojos, y saturada de jactancia se paseaba por la arena de la playa con su voluminoso cuerpo y sus torpes andares sabiéndose observada. Desfilaba. Era la primera vez en su vida que no temía al ridículo y ajena a la vergüenza se exhibía abiertamente presumiendo de su estado de gracia. Nunca había estado más bella a los ojos de Iván. Cuando reparaba en Susana, embelesado, comprendía lo maravilloso de la naturaleza y el milagro de la vida y se lo decía embadurnándola de elogios orgulloso por lo que había contribuido a gestar como si la llenara de crema protectora. Sentía su semilla pura saludable y bella. Ambos podían soñar con los angelitos y descansar en paz, pese a todo lo demás feo en el mundo. Fea la situación de Iván. Fea y peligrosa si continuaba hasta hacerse crónica.

Conforme se acercaba el fin de semana, Susana se ponía nerviosa. Podría tenerlo entre sus brazos durante casi cuarenta y ocho horas. Inmensas ganas de acariciarlo, besarlo, de retenerlo para siempre la embriagaban. Y cuando finalmente apareció majestuoso en el portal de entrada, ella no pudo correr hacia él atravesando el jardín paralizada de la emoción. No bajó las escaleras para recibirlo. Dejó que Iván se acercara a la casa mientras contemplaba su porte, su estirpe, sus peculiares andares que conservaban aquel aire rebelde del joven inconformista y conquistador que no ha renunciado a su sueño y mantiene intactos sus principios. No había cambiado ni un ápice. Esa arrogancia intrépida de adolescente fanfarrón la cautivaba igual que el primer día. Subía las escaleras. Llegó al rellano donde Susana apoyaba su mano en la baranda de hierro forjado sin decirle nada porque su mirada ya lo decía todo. Inmediatamente después de intercambiar un breve contacto visual tan intenso que ambos se llenaron de amor el uno con el otro, Iván se agachó. Arrodillado, le subió con delicadeza y muy lentamente el vestido amarillo que la Tata había confeccionado y dejándola con las enormes bragas de encaje al aire, descubriéndola hasta los gruesos e hinchados senos besó con dulzura el vientre lleno de afecto, pegando sus labios por largo tiempo para acercarse a su hija y ladeando ligeramente la cabeza, intentó escuchar un pedazo de su misma vida. Entonces se movió la niña, claramente lo hizo, como si quisiera saludarlo dando unas pequeñas pataditas en las paredes de Susana “Sabes que papá está aquí ¿verdad?” musitó aun en cuclillas mientras las manos de Susana acariciaban su cabello sedoso cerrados los ojos, alzando su rostro al cielo para dar gracias a Dios por tanta felicidad comprimida en tan escasos segundos.

                            *                  *                  *                  *

La historia de Ágata es la historia de un hombre y una mujer que se encontraron y se amaron intensamente y luego surgió la facultad de amar; ese arte que mediante el contacto y el cariño, el respeto y la libertad, lleva al verdadero amor fortaleciendo el romance que crece y no muere ni se apaga ni se acaba. La chispa espontánea se convirtió en una luminosidad ardiente de fuerza incalculable. Las intenciones se convirtieron en acción constante. Y tras disfrutar de una rica vida en pareja, una vez el amor fue maduro y estable, sólo cuando su relación se había consolidado, decidieron materializar tan grande sentimiento en un ser vivo que a la vez formara parte de ellos mismos. Ágata sería siempre Ágata pero partía de los dos. De la sublime unidad de su genuino amor.

No hubo una futura mamá más bella que Susana. Su embarazo la envolvió de una belleza inaudita con la naturalidad digna de la misma Madre Naturaleza. La esencia de la vida se expresó en su cuerpo igual como el signo de la felicidad se manifestó en su rostro, en la forma en como miraba y en su manera de reír. Durante nueve meses sin excesos y con un esmerado cuidado, llevó alegremente dentro de sí la semilla del amor que Iván depositó, quien atento a los cambios fisiológicos disfrutó con su transformación, descubriendo a una nueva mujer plena de ilusiones y esperanzas camino de la autorrealización.

Fiel a su empresa, a su jefe, a sus compañeros, Susana trabajó hasta la que sin saberlo sería su última jornada laboral de octubre. Dispuso en orden papeles y cajones dejando su mesa vacía sin temas pendientes y, cogidos de la mano, se dirigieron al hospital para un control más; uno de tantos que no realizaban en la consulta del médico por haber salido de cuentas. Pero en aquella ocasión en el Hospital de Barcelona, la impaciencia de los nuevos padres por su fruto, instaron al doctor que consintió practicar la cesaria presionado por Iván que temía por la salud de sus dos mujeres.

Ágata fue una niña deseada que vivía en el corazón de sus padres mucho antes de su gestación. Se la esperaba, y con sumo cuidado creció segura en el vientre de su madre que estaba a punto de dar a luz. Iván quiso estar junto a ella pero no tratándose de un parto normal, se lo negaron con rotundidad. Tampoco le permitieron quedarse en la sala de espera recomendándole que se fuera a pasear.

Iván cruzaba descontrolado los pasillos del hospital mientras intervenían quirúrgicamente a Susana. Se encerró en la amplia habitación con baño propio y sofá-cama para el acompañante que había reservado para sus dos mujeres. La cámara de vídeo se cayó al suelo y un puntapié la lanzó por los aires debido a su extremada agitación, y es que Iván brincaba como cabra montañesa subiéndose por las paredes.

Efectuó mil llamadas de teléfono, no solo a familiares amigos y conocidos. Iván habló con todas las personas que disponía del número en su agenda. Informaba de tan grande noticia aunque los nervios se quebraban en sus labios pronunciando palabras ininteligibles, pero aun así, transmitía todo su entusiasmo y nadie del otro lado de la línea dudaba de lo que ocurría: Ágata estaba llegando.

Felicitó y a la vez fue felicitado por la gente con la que se topaba en la sección de maternidad de la cuarta planta del hospital; abuelos, padres, hermanas, primas, jóvenes, niños, niñas, enfermeras. Iván estaba desbordante de energía y alegría. Aquel sería el segundo día más importante de su vida y uno de los instantes culminantes de su existencia. Intentaba por todos los medios apagar su fervor pero nada lo apaciguaba. Una vez más estaba completamente solo ante una definitiva circunstancia de la vida. Los padres de Susana estaban en camino desde Palafrugell. Sin poder compartir tanta felicidad abrazó silenciosamente a Oscar.

No podía resistirse a una situación que lo superaba. Durante las dos horas de agonizante espera, no todos los interlocutores mostraron su mismo sentimiento de éxtasis, aunque a Iván poco le importaba su reacción. Simplemente quería gritarle al mundo entero la buena nueva avisándolos que una estrella nacía en el firmamento. Ese era su axioma.

Cuando los médicos avisaron a Iván no lo creía. Toda clase de emociones confluían para invadirle de plenitud. Estaba excitado por tan magnifico acontecimiento y… ¡por el encuentro!

Y se acercaba el instante de las presentaciones. La gruesa puerta metálica se abrió por fin. Una bata blanca con dulce voz que no escuchó le acercó un bulto. Ahí estaba Ágata, envuelta en papel de plata como la mejor ofrenda que se puede hacer a un padre ansioso por abrazar un suspiro de sí mismo. Ágata era el presente más elevado que la vida podía entregar a Iván.

La recogió con suavidad y agradecimiento pegándola con firmeza a su pecho admirando el sonrosado aspecto de ángel magullado. Su instinto de protección le hizo dar media vuelta y salir pasillo abajo, salvándola de cuanto era conocido por él. ¡Qué maravillosos pasos dieron juntos!

Ágata era larga como ella sola y tenía el pelo mojado, negro como el azabache. Sus pestañas parecían afiladas espadas. Era un soplo de vida, un pedazo de fragilidad. La estrechaba en sus brazos con mucho cuidado. Aquella placentera sensación la recordaría Iván cada vez que cerrara los ojos, cada vez que quisiera apelar a la plenitud de un ser humano convulsionado por el amor, zarandeado por el clamor de la vida en su máxima expresión. Estaba señalado por la fortuna. Muchas veces más cruzaría ese pasillo en la memoria de su mente. Y cada vez que pierda la fe en la humanidad recurrirá a este instante culminante para no olvidar el milagro de la vida y la posibilidad del eterno renacer. Iván era un hombre nuevo.

Pero igual como se la entregaron se la quitaron. Otra enfermera de voz áspera reclamó a su propia hija diciéndole que no se la podía quedar porque esa niña no iba a ningún sitio -¡Eh! Que esa niña no va a ningún sitio-. De muy mala gana Iván tuvo que devolverla sintiendo que le arrebataban el alma. Y vio como desaparecía tras la misma gruesa puerta metálica que chasqueó al cerrarse como un abrupto apagón.

Todo había ido bien. La madre estaba fuera de peligro. La intervención del doctor había sido un éxito. Al abrir la barriga de Susana, Ágata estaba mejor que nadie -Podía haberse quedado otros nueve meses más y seguramente mamá hubiera aceptado complacida- había bromeado el doctor al estrecharle la mano a Iván.

Al encontrar a Susana postrada en la cama, Iván la besó en la frente. Acercándose a su oído susurró “Gracias cariño, sin ti hubiera sido imposible hacerlo” y una lágrima descendió por el rabillo de uno de sus ojos corriendo tímidamente por su mejilla y su barba, danzando en el aire hasta topar en el antebrazo de Susana y avanzar hacia abajo hasta encontrar su codo. Atontada todavía por la anestesia ella no reaccionó. Iván se sentó junto a Susana para tomarle la mano. Y mirándola en silencio la llenó del afecto y la ternura de un hombre completo.

Irreversible realidad, ahora Iván también amaba a su hija Ágata aunque de muy distinta forma. No tenía porque reducir la cantidad de amor que le procesaba a Susana, sino dejar que una nueva forma del mismo se expresara de otra manera. Y sería justamente en la vivencia de esta grata experiencia cuando comprendería la valiosa oportunidad que voluntariamente perdió su padre despilfarrando una importante lección sobre la vida, sino era la mayor de todas. Iván era padre y quiso dejar de ser hijo. Y lo hizo. Cada día que pasaría junto a su hija le serviría para reforzar su decisión “Padre no es el que engendra si no el que educa y enseña a su hijo” se diría en cada acto de instrucción. La permanencia en los peores momentos y el participar de los mejores acontecimientos, unen a los seres. Es en el contacto y nunca en el ADN donde se encuentra la acreditación de tan magnífico don. Los apellidos sirven exclusivamente para los papeles y el corazón no entiende de papeles.

Ágata era el resultado del amor entre Susana e Iván, nunca una posesión la niña indefensa de apenas unas horas. Iván lo tenía claro.

Cuando llegaron las primeras visitas, Iván abandonó la habitación. Subió a la azotea del edificio del hospital. Admiró la ciudad dormida y se fijó en los astros que iluminaban la espesa noche. Pensó largo tiempo en silencio. Y cuando las nubes despejaron la faz de la luna llena pronunció unas palabras en voz alta: “Esta es la declaración de principios de un padre afectado por la incertidumbre del futuro, pero con la voluntad del criterio objetivo y la fuerza en el proceder, para corresponder a este hecho como merece, consciente que un hijo es una responsabilidad. Un hijo es un compromiso. Un hijo es un verdadero placer. Este evento es una gran satisfacción para mí, pero, asimismo, es un reto, y por esto es una inmejorable oportunidad. No voy a defraudarla a ella. No voy a defraudarme a mí mismo. Y por todo, digo, aquí, delante de vosotras eternas estrellas que… voy a sentirme sensible, afectuoso, y paciente con mi hija. Seré un padre recto, aunque cariñoso. Autoritario en lo preciso, duro ante la adversidad, pero ante todo siempre seré su amigo. Permitiré su justa libertad. Ágata crecerá sana emocionalmente y limpia a nivel moral. Jugaré con ella y la haré reír mucho sin descuidar las obligaciones que se me atribuyen, además de la necesidad de aportar estabilidad a nuestro hogar. Prometo que no faltarán los ingresos económicos para obtener una cómoda posición. Nuestro futuro estará plagado de sorpresas. Garantizo fidelidad. Intentaré facilitarte el camino en lo posible, hija… Te quiero Ágata”. Y volvió a sumirse en un largo y profundo silencio perdiendo la vista en la densa oscuridad.

                            *                  *                  *                  *

Desde el feliz acontecimiento, poco a poco había ido aparcando hasta congelar el proyecto aceptando realizar cursos más convencionales de manera esporádica. El marketing y las ventas tenían mejor salida y se ofreció para impartirlos en la Generalidad de Cataluña y su sección de Formación Ocupacional. Aquello puso a Iván de nuevo en contacto con el mundo real a nivel laboral. Aceptó el encargo de un bufete de abogados para seleccionar dos secretarias de dirección. Nunca sabría que fue Oscar quien lo recomendó para aquella entrevista. Si una persona sabía que no quería que a la pequeña Ágata le faltara nada y que exigía lo mejor para la familia constituida con broche de oro desde su llegada, sin duda era su buen amigo a quien le había confesado Iván en su última conversación “Sólo me queda el hueso del jamón de Jabugo Oscar. He abierto la última botella de vino de reserva… yo, acostumbrado a ganar mi buen dinero y a vivir con toda clase de lujos y caprichos, ¿te imaginas?”.

Iván comenzó a relacionarse con distintos bufetes. Dado que el colectivo jurista no podía realizar publicidad ni campañas de promoción, como el mejor comercial, Iván les hacía de puente a la caza de clientes potenciales. Gracias a su versatilidad, pronto empezó a asesorar sobre patrimonios y herencias, Cash Flow Provisional y posibilidades de negocio en el extranjero, actividades todas que dieron sus frutos tangibles enseguida porque el dinero está en el dinero y el dinero no duerme, se mueve continuamente. Lo sabía Iván.

Y proporcionaba al bufete la posibilidad de realizar auditorias y expedientes de regulación de empleo y suspensiones de pago, por lo que los asociados de los letrados estaban encantados con él. Tenían más clientes de los que podían atender. Iván los había desbordado en poco tiempo. Y no les molestó que se hiciera con algún cliente. Decía a menudo “Para que yo gane otro no tiene porque perder forzosamente, la ganancia puede ser mutua”. Y con esta clave a modo de contraseña avisaba que había recibido un nuevo encargo profesional de un cliente del bufete con el que se relacionaba ya no como mero enlace o intermediario.

Iván aprovechaba la información astutamente. Al tener trato directo con la dirección de las empresas donde formaba entorno a la animación y conducción de equipos comerciales confeccionando campañas de telemarqueting y acciones puntuales de promoción de productos, durante su estancia indagaba sobre las carencias de la compañía que visitaba descubriendo las necesidades reales para plantear una propuesta de trabajo coherente y viable una vez finalizado el curso. Y como el grado de satisfacción de los asistentes acostumbraba a ser alto, nunca nadie puso pegas y un trabajo le proporcionaba otro y otro y se acercaba la recuperación del bache.

Pero cuando un importante cliente del antiguo despacho de su buen amigo le pidió que liquidara una de sus empresas y le tramitara una serie de subvenciones y ayudas económicas, al ser un asunto delicado y complejo que le exigiría un par de meses trabajando en exclusiva, Iván no tardó en pasar de asesor empresarial y formador autónomo a conferirse ante notario como el administrador único de la sociedad anónima Royel Consultores con representantes fiduciarios a favor de dos de los abogados titulares del bufete que lo reintegró definitivamente al mundo laboral. Le regalaron un precioso maletín negro. No podían dejar que aquel asunto se les escapara de las manos. Ni tampoco que un elemento como Iván permaneciera fuera del círculo de mando. Le querían en el centro. Y le dejaron plena libertad de movimientos reactivando la dormida entidad que tenían en un cajón. Aquella consultora descansaría en la espalda de Iván porque únicamente él tenía el absoluto control de la entidad mercantil, como debía ser, sólo entonces aceptó. Y sus vicisitudes dejaron de existir. Y volvieron los caprichos al ático de la avenida Diagonal para colmar a sus dos mujeres.

Debido a la delicada coyuntura en todo el territorio español, la compañía se centró básicamente en tramitar quiebras y preparar salidas paralelas a los empresarios con dificultades, protegiendo sus patrimonios personales y negociando con entidades financieras. Ya no había demandas de diagnosis o planificación contable, y mucho menos peticiones sobre estrategias para el control de la gestión directiva. Los clientes solicitaban la creación de empresas fantasma en paraísos fiscales. El cobro de morosos de guante blanco había proliferado de una manera significativa. Mucha gente no pagaba, no porque no pudieran, sino porque no querían escondiéndose en hipócritas tretas administrativas. En esa época en España se perdió el miedo a no pagar y casi nadie pagaba.

A Iván no le gustaba su trabajo, pero se llenaba los bolsillos y esperaba con ilusión los primeros balbuceos de la niña Olímpica. Tan sólo los viajes a Londres, Roma o a las islas Caimán hacían su trabajo más ameno. Romper con la monotonía aunque solamente fuera para coger el avión y volver al día siguiente era una perfecta válvula de escape que otorgaba a su desagradable trabajo una distinción.

Coordinaba un vasto séquito de profesionales externos especialistas cada uno en su campo. A veces, en la sala de juntas se reunían hasta veinte personas. Y los viernes por la mañana, día de pago, Iván llegaba para firmar cincuenta cheques en veinte minutos. ¡Una maratón! Adquirió acciones de Royel. Y pasó a ostentar la condición de socio.

Sin embargo, Iván sabía que el verdadero futuro no estaba ahí sino en manos de las personas y empresas que concentraran sus esfuerzos en una formación con vistas al Mercado Único Europeo, con vistas a la necesidad de intercalar en el aprendizaje los tan imprescindibles talentos humanos en una era excesivamente tecnológica y tan lamentablemente deshumanizada porque la formación, es el factor más importante que determina el progreso de un país, y España, tenía un gran retraso en este campo olvidando el gran capital de que dispone ya que es el individuo y su capacidad para actuar y desarrollarse el mejor recurso a potenciar “Mucho más interesante que cualquier otro recurso natural” pensaba Iván “Ahí reside la clave del éxito del progreso” le contaba más a menudo de lo que su secretaria de nariz interminable y nimias orejas quería pero oía cada palabra del jefe con suma cortesía “A mi me hubiera gustado crear un centro de formación revolucionario en este apasionante campo porque cuando empezamos a ser adultos, no podemos abandonar nuestra educación si no que es entonces cuando debemos orientarnos hacia un proceso de superación permanente”. Pero repetía tantas veces lo mismo que aquella mujer de veintisiete años con dos carreras y tres idiomas hablados y escritos ya no le hacía caso. Iván se percató que la fatigaba. Pero era la única manera de no darle del todo carpetazo al proyecto. Existía en su corazón tanto como existía su hija. Quería mantenerlo vivo sin olvidarlo volviendo a él aunque tan sólo fuera de vez en cuando. Y la labor desarrollada en su empresa, además de hacerles trabajar de manera eficaz y productiva, consistía en centrar indirectamente la atención de sus colaboradores y empleados permitiendo con extrañas solicitudes potenciar sus habilidades particulares para que ellos pudieran redescubrirse, ¿suena insólito?

Pues gracias a la sutil insistencia, despertaba el interés sobre cualidades que claramente se desprendían de esas personas. Y alentándolas a indagar, recuperaban la confianza en aspectos de sus vidas que habían aparcado con el tiempo, durmiendo sus sentidos hasta oxidar sus destrezas desbaratando su potencial de no ser por Iván.

Su manera de proceder evitó conflictos internos en el rápido crecimiento de Royel Consultores. Implantó una buena dosis de cooperación y mucha solidaridad entre la gente que frecuentaba las oficinas suavizando los enfrentamientos, reduciendo el estrés y manteniendo un clima positivo de trabajo. Supo como administrar el talento innato del equipo exprimiendo su energía personal, alcanzando exigentes objetivos que trazaba con su firme y valiente puño en la pizarra de la sala de juntas. Diestro en la estrategia. Exquisito en su forma. Iván se imponía.

Una vez más, desafió al medio para jugar con la dificultad y sucumbir ante los retos. Dirigió la lealtad del profesional que era en la nueva profesión y no al entramado organizacional que lo albergaba en ese período de su vida.

Iván sabía que no le iba a faltar el sustento, pues quién trabaja, antes o después obtiene resultados y quién lo hace bien obtiene resultados ventajosos. Y considerándose un empresario individual que vende sus conocimientos y su capacidad, dispuesto a emplear su peculiar técnica en la resolución de conflictos con los medios que proporcionaba la organización, coordinaba grupos temporales de trabajo creados exclusivamente para tareas concretas.

Se había convertido en un prestigioso consultor, en un “asociado” de los abogados cuando adquirió las acciones dejando de ser un subordinado. Ser asociado implicaba una relación de igualdad. Y de ahí le gustó siempre partir a Iván. Hizo un nuevo movimiento en su dilatada trayectoria laboral porque le interesaba el asunto y estaba comprometido con la carrera de experimentar cada vez más en busca de su realización. Por eso buceó incluso dentro del entramado de abogados y fiduciarios. Porque en el mercado laboral las personas pertenecientes a una organización temen el riesgo, pero Iván era un ser dispuesto a arriesgarse coqueteando con el fracaso de buen grado convencido de que en una sociedad opulenta y cambiante incluso el fracaso es transitorio.

También buscó fuera de la organización posición y adaptación, movilidad, en vez de una casilla determinada. Y una vez hecho pasaba a otra cosa; de casilla en casilla acostumbrado a pasar de una casilla a la otra y tiro por que me toca motivado al cien por cien por él. No se dedicaba como cualquier otro empleado de una empresa a resolver problemas rutinarios de acuerdo con las reglas definidas evitando toda manifestación de creatividad, Iván se enfrentaba con obstáculos que lo impulsaran a innovar, de lo contrario, la tarea perdía aliciente.

Por esto en su trabajo en el concesionario IBM se había aburrido tanto, porque todo era demasiado estático una vez lo había organizado y el sistema funcionaba solo. Entonces se consideraba que ya no era imprescindible. Todo resultaba demasiado predecible y él, curiosamente, precisaba de cierta inestabilidad plagada de ambigüedad porque en cierto sentido era liberadora para un ser de las características de Iván que necesitaba la emoción del desafío y una incertidumbre no exenta de responsabilidad y eficacia.

Decidido a no subordinar su propia individualidad al “juego del equipo” porque el equipo de trabajo asimismo sería efímero dependiendo de cada proyecto, los montaba y desmontaba según las exigencias del guión. Subordinó su identidad durante un tiempo previamente determinado y definido por él.

Iván pertenecía a un grupo muy peculiar de gente. Gente de paso. Un tanto irreal. Un poco ficticia. Pero un individuo que ejercía un importante papel en la vida de todas las personas con las que se relacionaba, proporcionando modelos de comportamiento, representando en interés de quienes no consiguen hacerlo papeles y situaciones de las que el conjunto extrae consecuencias y enseñanzas para sus propias vidas. Y conciente o inconscientemente, todos los que a su alrededor se remolinaban sacaban importantes lecciones de sus actividades, beneficiándose de sus triunfos y tribulaciones porque permitían ensayar diversos personajes y estilos de vida sin sufrir directamente las consecuencias que podrían acarrear tales experimentos en la vida real. El paso acelerado de este tipo de transeúntes de la vida activa, sólo puede contribuir a la inestabilidad de los tipos de personalidad entre muchas personas reales a quienes resulta difícil encontrar un estilo de vida adecuado. Iván, no sólo era una excusa para no realizar algo, también era la evidencia que valía la pena intentarlo.

Cada mañana se sentía sonriente, alegre, feliz. Era atento, agradable y amable con todas las personas que se cruzaba, interesándose sinceramente por ellas. Ayudándolas en lo posible. Respetándolas siempre, tanto a ellas, como a sus ideas y principios. Seguía viviendo intensamente y aunque quería hacerlo de una manera sencilla y colmada por la humildad, no lo conseguía. La avalancha de sucesos e historias que pasaban por su mesa complicaron cada vez más su existencia. Continuaba con un elevado grado de la honestidad ganada en su encierro voluntario y reconocía que el trabajo lo desbordaba. Quería hacer demasiadas cosas al mismo tiempo y no podía estar presente en la firma del acuerdo con el comité de personal de una fábrica que debía cerrase por causa de fuerza mayor en Tarragona, en la negociación de un importante crédito hipotecario de un complejo de hoteles en Mallorca que de no obtener una condonación de los intereses por la demora no podrían funcionar el próximo verano. Y comenzó a delegar  depositando la confianza en tres consultores solventes que llevaban más de seis meses con él.

Aunque Iván aborrecía el sistema piramidal porque le alejaba del personal base de la empresa que consideraba fundamental para el crecimiento, Ágata pronto exigiría más atención al empezar a andar y queriendo correr tras ella para mostrarle como subir y bajar escaleras o correr tras un balón, se descargó de ciertas obligaciones.

Iván quería estar con su hija y no quería reducir esos espacios necesarios para ambos. Quería cambiarle los pañales, bañarla, ponerle delicadamente la cucharía en su boca instándola a ponerse guapa para papá y también admirar como su amada y dulce esposa le daba el pecho a medio día o a media tarde.

En su mesa del despacho tenía una fotografía de su esposa embarazada que contrastaba con otra de la época en que se conocieron, de un volumen más reducido, pero la belleza maternal que reflejaba no podía compararse y él no quería olvidarla. Susana estaba espléndida y al mirarla despertaba ternura guapa como estaba por las dos. A su lado una fotografía de Ágata con sus primeras muecas completaba la exposición. Pero apenas tenía un minuto para deleitarse con la visión.

La debilidad de Iván y su aptitud menos desarrollada era sin duda la resolución de problemas numéricos de forma rápida y acertada. Su capacidad para comprender y razonar material cuantitativo era absolutamente nefasta. Desde pequeño tuvo dificultades para sumar restar o multiplicar sin una máquina a su lado. Las calculadoras solventaban los inconvenientes pero temblaba ante un balance, por eso uno de sus más estrechos colaboradores era la auditora titular del bufete, una mujer de veintinueve años  de rostro permanentemente crispado que confundía las cosas. Separada y sin hijos, lo perseguía pensando que utilizaba esta infantil excusa para tenerla cerca y verla más a menudo que a los demás colaboradores de Royel. Susana conocía el hecho. Iván no se lo había ocultado. Le había pedido su opinión de mujer buscando soluciones a una relación profesional que se adulteraba y pronto derivaría en un encontronazo. Conforme pasaban los meses, a medida que se acercó el verano, vestía más extremada los días que sabía lo vería a solas, y al anochecer, le pedía que por favor la acompañara a su casa provocándolo con su corta falda en el automóvil. Y al llegar a la puerta del edificio, porque insistía que la escoltara por temor a un asalto, lo invitaba a subir a tomar una copa para «relajarse» decía ella. Iván intentaba llevar alguna persona más en su automóvil optando a dejarla primero a ella, interponiendo así un escudo humano que le salvara de decirle una verdad que la hiriera. En absoluto ejercía la muestra afectuosa del galán, pero la calidez en el trato de Iván permanecía y bien podía mal interpretarse.

En una ocasión en su automóvil, con el pretexto de que algo le había entrado en el ojo, tuvo a Iván muy cerca, y, mientras le soplaba para hacer saltar alguna pestaña que dijo tenía en el ojo, acariciándole las manos le confesó su deseo irresistible de besarlo. Otro de esos viernes “infernales” en que no podía librarse de la auditora sin tener que ser desagradable y mostrarse como un estúpido engreído! Pero en esta ocasión Iván no se apartó. Dejó que lo hiciera. Aunque no la correspondió. Se quedó frío como el hielo y tan inerte como un muerto; pasivo como un tronco seco y ante tal vejación, ella se retiró de inmediato para escuchar sorprendida “Soy homosexual, no es culpa tuya, no siento nada con las mujeres”. Nunca más se habló de aquel suceso. No hicieron falta más palabras. Sin embargo, ella se mostró desde entonces recelosa y esquiva. Iván le dispensó el mismo trato que hasta el beso no correspondido y todo se olvidó sin alterar el rendimiento ni repercutir negativamente en el trabajo.

Cabría destacar como más relevante y mejor desarrollada, la capacidad mental de Iván para resolver cuestiones de tipo lógico, mediante el análisis y la síntesis; algo que se le daba muy bien a su buen amigo Oscar. Su habilidad para conceptualizar y aplicar el razonamiento de forma sistemática a problemas y situaciones nuevas desconcertaba a las mentes cuadradas que en gran número se diseminaban por la oficina de Royel a la que habían adherido un local en traspaso acondicionándolo para las reuniones debido al aumento de personal.

Esta agilidad abstracta para prever y planificar con una expansiva imaginación que captaba y retenía en la memoria, le permitía a Iván percibir con precisión, analizar los asuntos como si fueran objetos tridimensionales que hacía mover en el aire, nunca una cosa plana y rígida de una sola cara, sino algo con una concepción espacial que manipulaba mentalmente. Formas y medidas danzaban en movimiento bajo su única comprensión. Y tras una larga disertación donde nadie había comprendido nada de nada, pero nada en absoluto, bajo la señalización de su palabra: “Conclusión”, reducía a una breve frase todo aquello que había estado explicándose a sí mismo en voz alta delante de sus clientes o colaboradores hasta resumirlo en un concepto claro, directo, que pudieran asimilar con rapidez. Pero sobre todo, un concepto sencillo y muy breve “Lo bueno si es breve es dos veces bueno” solía decirles a sus colaboradores cuando presentaban largos informes. Gruesos dossiers que no se podían digerir por su tamaño y extensión “Queréis sorprender al cliente o solucionarle los problemas” comentaba con una sonrisa cada vez que le entregaban un ejemplar para que le diera el visto bueno.

Iván reaccionaba con dinamismo y acierto delante de cualquier situación por complicada que fuera. Era un hombre que se crecía con la dificultad y bajo presiones y tensas complicaciones nunca se dejaba amilanar. Cuando lo normal era que las personas se recogieran refugiándose detrás de la mesa del despacho, él saltaba por encima para luchar y ganar.

Su vida interior era muy rica, pero era tan sólo para él. Ni siquiera Susana tenía acceso y no porque Iván no quisiera, sino porque llegado ese punto, se distanciaban. Y eso era lo último que Iván quería que pasara. No se abría ni compartía su verdadera intimidad porque era materia delicada y además estaba Ágata, motivo suficiente para coincidir y profundizar. Y ya se lo había advertido Susana –No podré estar por ti y nuestro hijo-. No es lo mismo dos que tres.

Cuando Ágata rompía la noche con su llanto de niña frágil, Iván abría los ojos inmediatamente. Le gustaba acunarla, pero prefería tomarla en brazos y con suaves movimientos, balancearse lentamente primero hacia delante y después hacia atrás. “Tranquila cariño” le decía a Susana cuando se levantaba presuroso “Me voy a bailar con mi hija” y Susana, agotada de estar todo el día con la pequeña se daba media vuelta en la cama.

Un pie delante y otro detrás. Papá Iván disfrutaba con aquella peculiar danza y desde el comedor, al haber dejado la puerta entreabierta, podía ver a su esposa plácidamente descansar abrazada a la almohada. La tenue luz de la mesilla de noche alumbraba a una admirable mujer.

En el recuperado silencio de la noche y en la quietud de su hogar encontraba el premio a su esfuerzo. Se regocijaba por su enorme fortuna. Llegaba cansado a casa pero en cuanto veía a su adorada hija agitar los bracitos hacía él con una radiante sonrisa se volvía tan fuerte como al toro que acaban de soltar en el ruedo. Nada importaba entonces sino era Ágata. Todo se desvanecía detrás de la puerta ahogándose el mundo en la calle.

Susana atendía a la pequeña con mucho amor a lo largo de toda la jornada. Madre entregada a su causa, añoraba a su propia madre. Al contemplar a su hija se llenaba de felicidad. En Ágata notaba rasgos de Iván, en particular sus largas pestañas que le conferían a su carita un toque muy especial. El espeso y fuerte cabello pertenecía a Susana.

Susana no echaba en falta su actividad laboral. Vivía esperando la llegada de su amado atendiendo el amplio ático y cambiando la decoración; ahora moviendo un mueble, ahora cambiando las cortinas, el juego de toallas o la vajilla. Susana era muy inquieta con las cosas domésticas y no le gustaban las empleadas del hogar. Prefería hacer ella misma la limpieza sin dejar de atender a su hija. Así alejaba la depresión posparto que suele arruinar la vida de muchas mujeres primerizas.

Iván le cantaba a su piedra preciosa. No eran canciones de cuna. Se trataba del mismo idioma ininteligible muy parecido al inglés que sonó el en autocar durante los viajes a Le Bon Soleil. Él sabía lo que decía la letra, probablemente Ágata también, pero cualquier otra persona que la escuchara sería incapaz de descifrar el mensaje de la canción. Una canción de melodía suave que acariciaba por dentro ambos corazones conectándolos. Parecía un canto espiritual negro. Le imprimía toda su alma. Y cuando Ágata le oía quedaba paralizada. Se le abrían sus grandes ojos y atendía con inusitada concentración sin parpadear. Alguna vez su manita intentaba cogerle la nariz cuando se acercaba para besarla. Entre estrofa y estrofa Iván silenciaba su voz, entonces, Ágata agitaba los brazos y los pies como si reclamara alegre y eléctrica una estrofa más.

Reconocía el tono profundo del padre satisfecho que llega desde el alma para encontrar a una niña sedienta de amor. Y de eso trataba la canción, de amor, del gran amor que le procesaba. Nada más los dos conocían cada palabra que definía lo indefinible en el automóvil mientras esperaban que mamá Susana comprara el pan, en su habitación mientras mamá Susana preparaba la cena, en el comedor mientras mamá Susana planchaba sus camisas de papá. Iván cantaba a su hija Ágata prendiendo un corazón en el otro, enlazando una alma con otra.

Habían convenido al poco de casarse que Susana dejaría de trabajar para ser una madre paciente y entregada. No se perdería un solo minuto del  crecimiento de Ágata, quería verla y abrazarla a cada paso, en cada etapa, pero la situación le causaba respeto por temor a no hacerlo suficientemente bien.

Iván intuía que Susana necesitaba estar cerca de su madre. En su condición de madre, necesitaba que le mostrara cuales eran las tareas, los mejores cuidados, necesitaba sus consejos, la ayuda y experiencia de su madre le eran necesarias.

Seguía siendo un ser decidido y audaz y una mañana recién levantado en seguida de brincar de la cama le propuso cambiar de residencia antes de lavarse la cara. La invitó a encontrar una mejor calidad de vida en alguna parte de la emblemática Costa Brava. Y se trasladaron a una vivienda que denominaron La Mimosa cerca de donde vivían sus padres justo antes de que Ágata cumpliera su primer aniversario; tres generaciones juntas.

El traslado fue incómodo porque a Susana le gustaba mandar en su casa. Su hogar era su mundo. Y ella quería dirigirlo como diosa, pero pendiente de la niña, al no desprenderse de Ágata un instante quedaba impedida para la faena del traslado. Así cedió a los deseos de su marido que organizó la mudanza a través de una empresa seria que le debía un favor por sus servicios profesionales.

Iván había puesto un mes antes en conocimiento de sus socios la decisión de marcharse vendiendo sus acciones de Royel Consultores unos días antes de proponérselo a Susana. Iván tampoco quería perderse la evolución de su hija. Los primeros años son determinantes. Es cuando acontecen los enigmas del ser humano.

Antes de partir a la Costa Brava definitivamente, Iván reunió en la sala de juntas a todo el personal. La empresa quedó paralizada a media mañana antes del almuerzo. No se atendían llamadas telefónicas. La recepcionista de piernas cortas y pies pequeños conectó el indicador de saturación de líneas y bloqueó la puerta de entrada a las oficinas con una nota que advertía la imposibilidad de atender visitas por causa de fuerza mayor. Ella fue la última en llegar al lugar de la cita. Allí estaban todos los empleados de la firma que sin excepción había contratado personalmente Iván y a los que había tratado como el más meticuloso de los relojeros atendiendo a cada una de las piezas y artilugios como requerían cada uno y con distinción. Esperaban treinta y nueve personas. Entró su mecenas con la peculiar sonrisa pero sin su característico maletín negro. Estaba de muy buen humor. Y con su tono optimista rogó silenciaran el hilo musical.

Entonces, mirando brevemente uno a uno a los presentes dijo “Si os llegan estas palabras a cada uno como espero… ninguno de vosotros notará mi ausencia”. Comprendieron que la convocatoria era una despedida. La única que lo sabía de antemano era su secretaria personal que se encargó de avisar a todas las personas vinculadas con el trabajo de coordinación general que Iván realizaba. Acostumbraba a grabar ciertas conversaciones en aquella sala. Pulsó el botón del aparato que se ocultaba detrás de la cortina a fin de retener no sólo sus palabras, sino la voz del hombre que ella calificaba como el mejor jefe que había tenido nunca –Alguien insustituible- hubiera dicho de haber sido preguntada.

Y esto es lo que quedó registrado en el magnetófono: «Sed conscientes de la injusticia. No os conforméis. Rebelaros. Negociad en nombre de otros pero con su pleno consentimiento y autorización. Sois los interlocutores del propósito que requiere de un trabajo duro para el cual el cliente no está preparado, porque se encuentra turbado y aprisionado. Coraje. Tenacidad. Resistencia. Apoyaros en el grupo, pero no os refugiéis en el grupo. Subid el listón un poco más alto a medida que avancéis. Decisión. Conforme se crece y uno se hace grande se vuelve más fuerte. No olvidéis vuestros inicios. Recordad quién os ayudó. Fidelidad a la idea y devoción por ese proyecto que genera. Pero para aceptar el reto hay que enfrentarse con garantías de ganar. No empecéis lo que no podáis terminar. ¡Luchad! Luchar es una buena forma de aprender, pero antes de luchar, preguntaros: ¿quiero? ¿puedo? ¿debo? Y luego, analizad los parámetros de tiempo dinero y satisfacción». Este había sido su manifiesto que en más de una ocasión resonaría en la empresa por la vitalidad de su exposición y la sinceridad del tono que le imprimió Iván. Sus pausas para conseguir un mayor relieve de las palabras conferían vigor a su mensaje. Ninguna de aquellas personas volvió a saber de Iván. Pero ninguno olvidaría la época que trabajaron con él, porque Iván, más que una persona era una experiencia vital.

Y había dejado algo más en un papel manuscrito que su leal secretaria con toda su interminable nariz sin ápice de complejo de Pinocho mandó enmarcar para colgarlo en la pared de la sala de espera donde estaba el enorme jarrón chino y la alfombra en tonos azules de manera que el visitante se entretuviera con algo más que revistas. Decía así: “Si piensas que estás vencido, lo estás. Si piensas que no te atreverás, no lo harás. Y si piensas que perderás, ya estás perdido amigo mío”.

Iván sabía que en el mundo se encuentra éxito cuando se utiliza la voluntad. Él pensaba a lo grande y los hechos maduraban a su alrededor. Pensar en pequeño era quedar atrás, atrapado. Muchas eran las carreras que se perdían antes de haberse corrido. Para los cobardes de espíritu que fracasaban antes de haber iniciado el camino, Iván redactó estas palabras: “Piensa que puedes y podrás, él éxito radica en tu estado de ánimo, en tu propia concepción interior”.

Sabía que era un hombre aventajado por la simple resolución del acto, la compresión de su ánimo y la disposición firme claramente intencionada hacia su meta, el fin, aquello que daba sentido a su vida. Su voluntad era pura energía en movimiento, un caudal inagotable de fuerza. Si no hubiera estado seguro de sí mismo jamás hubiera intentado ganar un premio. Pero ese premio, en realidad, era entender lo oculto de su certeza, la veracidad de su formula, ese era el verdadero regalo más que el objeto.

Iván se elevaba. Había triunfado. Y se había embolsado mucho dinero legítimamente. Desde el recuerdo acudió la puerta que se abrió para que volaran por los aires infinidad de billetes que se escondieron en los rincones más insospechados después que su padre levantara la mano. Pero Iván controló con el freno su vida. Había tomado deprisa las curvas, a toda velocidad las rectas, a toda potencia las cuestas sin evadirse en descontrol durante las bajadas al pozo buscando el inicio del horizonte, la presencia de otros lugares, la existencia de otros lenguajes, otras sensaciones inalcanzables con bicicleta.

La batalla de la existencia humana no siempre la gana el hombre más poderoso, porque tarde o temprano el hombre que gana más es aquél que además crece por dentro.

Se había colmado su ambición, la promesa de sustento que albergó su impulso inicial estaba saciada y pronto reflexionaría Iván sobre el verdadero sentido del beneficio de la vida. Un día no muy lejano, obligado por las circunstancias que él mismo creará, examinará detenidamente la existencia que lleva para averiguar si lo que necesita para alcanzar el bienestar y la paz interior es riqueza y posesiones o por el contrario, dominio de sí mismo y desarrollo de la propia voluntad. Cada vez está más cerca del combate íntimo que tantas veces aplaza. Y tan singular acontecimiento golpeará fuertemente su alma desde el lado que no se ve.

En tiempos de buena suerte, el cielo nos insta a la vigilancia para evitar que el éxito se suba a la cabeza para obrar temerariamente como un conde. Iván disfrutaba de esos momentos de regocijo y no olvidaba compartirlos con los suyos. Pero la frustración aparece siempre en el plano material. Constantemente alerta, no se abandonaba. Pero esa situación de triunfo era confusa y ambigua y del todo relativa. Iba a tener que ponerse en su lado sombrío donde hay oscuridad para descubrir su razón última y así, como una rama preñada de fruta, los dolores del parto terminarán volviendo a su genuina esencia individual que en verdad tanto desconoce.

¡Vivir permanentemente fuera de sí no es vivir!

         *                  *                  *                  *

Como no podía ser de otra manera, Iván había situando el domicilio de la nueva vivienda en la mejor área posible. La nueva residencia llamada La Mimosa tenía tres plantas. Susana e Iván pensaron que la vivienda situada en el extremo privilegiado de una pequeña comunidad de veinte casas que habitaban matrimonios jóvenes con hijos entre dos y siete años era un lugar magnífico para que Ágata creciera rodeada de amiguitos. Había una gran piscina. Un parque donde todos se reunían para jugar sin peligros en una zona amplia y privada. Disponían de una gran terraza que Susana pronto vestiría de toda clase de plantas y en la parte alta podía habilitarse un gran despacho. Iván todavía no sabía a qué iba a dedicarse. No conocía las opciones de ese territorio nuevo. Y no tenía prisa. Su reto no era profesional. Tenía como prioridad su paternidad. Y con el dinero recogido por la venta de las acciones de Royel bien podía tomarse un año sabático o dos.

Y amanecían los días con sus balbuceos y al escucharla Iván y Susana luchaban entre sí escaleras abajo para ver quien de los dos se encontraría primero con Ágata. Ambos saltaban del lecho matrimonial para acudir hasta su hija con la rapidez del relámpago porque la niña  significaba una razón por la que vivir, un motivo por el cual levantarse cada mañana para sonreír, y es que al despertarse, la pequeña resplandecía luz y armonía y era como un silbido de amor en el amanecer tan sonoro como una explosión de alegría colmada de simpatía. Los primeros ojos que veían el cuerpecito cruzado en la inmensa cama eran premiados con una brillante sonrisa y una mirada feliz de quien expresa el regocijo de reencontrarse con sus progenitores. Entonces, picarona como era Ágata quería jugar. Ocultaba su cabecita detrás del hipopótamo de peluche. Hacía como que no les había visto entrar, esperando que la mano de Iván se transformara en una inquietante araña que la perseguía de arriba abajo y de izquierda a derecha mientras se reía una y otra vez sin parar de moverse de un lado a otro de la gran cama. Se trataba del mejor despertador que nunca antes se haya podido inventar. Decir felicidad era poco.

Situaciones similares a ésta eran atesoradas en el nuevo hogar. Nada podía compensar esta clase de momentos maravillosos ni tampoco nada podría sustituirlos. Iván y Susana serían capaces de cualquier cosa por mantenerlos, conservarlos, y protegerlos. ¡Cualquier cosa!

El dedo de Ágata señalaba cada mañana lo que quería. Nunca era lo mismo, pero afortunadamente para ella tenía estantes llenos de toda clase de cosas que podía solicitar. Su padre se preocupaba de que no le faltara absolutamente de nada y su madre le procesaba una devoción incansable de un mimo inagotable. No podía haber tenido una niñez mejor que la que tenía. La niña más feliz de la galaxia era el motor de la maquinaria familiar y con su llamada todo empezaba a funcionar llenando de vida y esperanzas el futuro que sazonaba el presente de ilusión. Y la experiencia se repetía cada día ya fuera martes, viernes o domingo. Para Iván y Susana cada jornada era una autentica fiesta en la que ocurrían sorprendentes acontecimientos dignos de saborear.

Mientras papá Iván desayunaba tranquilamente en la cocina, mamá Susana aseaba cuidadosamente a la pequeña Ágata un piso más arriba en el amplio baño, repitiéndose el proceso de completo aseo diario que de la mano de una delicada mujer con esmero cubría de afecto y ternura a una piedra preciosa. Culminaba la tarea con un modelito digno de la más linda princesita de todos los cuentos de hadas escritos hasta la fecha. Para entonces, Iván ya estaba sentado en la taza del inodoro sosteniendo entre el pulgar y el índice un taza de café hirviendo admirando la paciencia de Susana para colocarle los pendientes. Justo en el momento de ponerle unos simpáticos lacitos en las coletas y un poco de colonia intervenía él, sentándola en los peldaños de la escalera para abrocharle sus zapatitos. Y como dos enamorados salían a pasear mientras Susana desayunaba y organizaba la casa.

Iván dejaba que fuera Ágata quien indicara el camino. Siempre quería complacerla sin malcriarla. Le gustaba ver a otros niños jugar, y era habitual hacer una larga parada en el parque donde se daban cita a esa hora muchas madres, ningún padre a la vista.

Ágata no hablaba. Nada más escuchaba. Iván le explicaba todo cuanto sucedía a su alrededor, describiéndole situaciones y ambientes, enseñándole cada día una palabra nueva. Cuando entraban por la puerta de la panadería la gente se giraba a mirarlos, no se sabe si conmovidos por la envidia de la magia de la relación o cautivados por tan tierna imagen. Y obsequiaba la dependienta con un bastón de pan a la pequeña a modo de bienvenida en señal de homenaje a la simpática pareja. Ni la sensación de un adolescente al que permiten conducir un Ferrari Testarossa a doscientos ochenta y cinco kilómetros por hora en la autopista hubiera podido definir un solo tramo del arco iris que alumbraba la luz del corazón de Iván.

Susana no personificaba únicamente la maternidad y la alegría en su expresión más sutil, era la emotividad a flor de piel. Para Iván, una mujer maravillosa. Irremplazable. Se sentía un hombre afortunado de verdad, un marido satisfecho y un padre agradecido. Y cubría las necesidades básicas de sus dos mujeres y algún que otro capricho.

Los tres, aunque cada uno a su manera, profundizaban en el gran misterio que es la vida. Existía entre ellos la libertad imprescindible para ser individuos independientes, amándose con gran intensidad, pero permitiendo que el espacio bailase entre sus continuos abrazos. Nunca hicieron del amor algo cerrado y aprisionado o acabado. Iván había aprendido de las cuerdas del violonchelo de su abuelo que aun estando juntas en el instrumento, al mismo tiempo permanecen separadas y sin embargo, la separación no dificulta el sonido de la música. Y esta melodía es el canto de la verdadera unión entre seres amados.

Iván ofreció desde un principio su corazón incondicional, pero nunca para que se adueñaran de él intentando esclavizarle. Ahora eran tres. Tres pilares que sostienen el templo de una familia forjada a fuego lento en el amor. El pilar del centro era Ágata, el anhelo de la vida que desea perpetuarse y aun estando flanqueada por Susana e Iván, a ninguno de ellos pertenecía más que a sí misma. Podían darle todo su amor, pero jamás intentarían inculcarle sus pensamientos. No tratarían de hacerla como ellos. Nunca procurarían que se pareciera a ellos. Ambos comprendían bien que la verdadera libertad no es ni un logro ni tampoco una meta que debe perseguirse si no el sinónimo más diligente en la ley de la naturaleza. Pretendían los dos que Ágata se elevara por encima de sus días y sus noches desde el amanecer de su niñez. En su frente llevaba escrito un sueño, el de entregarse, un día, desnuda al viento para fundirse con el sol. Ágata confiaba en ese sueño porque en el se escondía su camino al infinito. Un día dejaría de respirar para expandirse y buscar la eternidad.

                            *                  *                  *                  *

Los desenterraban para colgarlos en las paredes del nido porque los orgasmos varían de acuerdo al modo de convocarlos, y ambos, sumidos en el permanente romance explotaban de emoción. La intensidad del clímax varía en función del grado de confianza mutua en la pareja que en el caso de Ana y Oscar estaba exaltado, encumbrado por cuanto acontecía porque todo tenía su efecto en las mil sensaciones perfectas. El nivel de energía de las partes era majestuoso ¡hasta salírseles el corazón! Y no existía la fatiga de los cuerpos ni la indisposición. Pero atención porque alguien diminuto y traslúcido ya estaba observando. Había entrega constante. Proximidad. ¿Y un intruso? La diversidad de juegos previos antes de la copulación en absoluto disminuían. Eran numerosos. Sobretodo la noche en cuestión. La noche que Oscar percibió algo nuevo que palpitaba cerca.

Llevaban más de tres años felizmente casados. Ana prometía ser la madre ideal, aunque postergó la maternidad cuando decidieron abortar porque era un mal momento. ¡Egoístas! No les venía bien… Y todavía se asomaron a la papelera para ver su aspecto, ¿no se les encogió el alma? ¿Qué le espera al mundo cuando los padres matan a sus hijos?

Durante la luna de miel concibieron el amor a siete grados bajo cero cuando el viento soplaba corpulento y, esa gota de agua cristalina que no se congeló se tornó una vida que frustraron.

Oscar, aparentemente el padre ejemplar fue el primero en proponerlo “Tenemos cosas que hacer juntos” afirmó. Se comportó de la misma manera pragmática que Iván pero no se trataba de una cosa una experiencia o una situación ¡se trataba de una vida!

Predispuestos asesinos, deseando descendencia como la deseaban, optaron por matar aplazando su llegada y se quedaron tan anchos porque entendieron que un hijo une al matrimonio pero también distancia a la pareja, y aunque un hijo es una alegría y una gran bendición, a ellos les preocupaba  que tuvieran que prescindir de esos orgasmos convocados en cualquier parte del dúplex reduciéndolos al recinto de la alcoba sólo cuando el pequeño ya estuviera dormido. Prefirieron esperar un poco más porque después no podrían viajar. Habían realizado un recorrido por China, otro por los Estados Unidos, y querían visitar Canadá y África, sin embargo, se lo impediría porque volvieron a los Alpes Suizos, volvieron a su cabaña de madrera, volvieron a la cama que provocó que la flor de Ana se abriera para mostrar su dulce jugo igual que años atrás. Oscar saboreó su aroma volviendo a tocar su feminidad sin saber que el desliz se convertiría en reiterado encargo que insiste y persiste.

La hizo sentir mujer atravesándola excitado para clamar toda la fuerza de su amor y el cemento blanco cristalizó en el útero de Ana y, sucedió, aun con precauciones aumentaron la familia. ¡Pronto serían tres!

Oscar percibió el detalle antes que naciera la misma luz del día y, silencioso observó el retraso de la menstruación y los mareos y los vómitos ocasionales. Las habituales molestias anunciaban la llegada.

No compró en la farmacia la prueba del embarazo. La acompañó al laboratorio de análisis clínicos para un examen completo, prueba del VIH-SIDA incluida. Y Ana se llevó la mano a la boca ante el resultado. Parecía que dejaba de respirar con sus ojos que se le saltaban del rostro.

Oscar le explicó a la salida del laboratorio clínico “Cuando hubo amenaza de bomba en el edificio de la universidad, mis compañeros y los maestros salieron corriendo tropezando entre ellos por los pasillos, los vi desplomarse por las escaleras mientras la voz de megafonía disimulaba el miedo solicitando que se conservara la calma… recuerdo que señalaba la voz que no valía la pena alterarse pero todos corrían, estudiantes y profesores. Yo era el único que no corría. Y francamente no sabría decirte exactamente porque no corría ni estaba alterado… simplemente percibía… sabía que todo era en realidad una broma pesada. Y me asalta igualmente una certeza… tengo ahora una advertencia para nosotros Ana”.

Esta vez decidieron no abortar. Entendieron su deseo de vivir, de ser. Intensas fuerzas de transformación operaron en los dos. No obstante, el logro alcanzado estaba disfrazado, camuflada la enseñanza. Se manifestaría la ironía de la vida.

Una semana más tarde Oscar fue al baño para lavarse las manos. Mientras se las secaba dio un rápido vistazo a su alrededor. Demasiados cosméticos. Se dijo “La cosmética no está exenta de riesgos para la salud”.

Ana gastaba mucho dinero en productos de belleza y artículos de tocador y rápidamente pensó “Nada mantiene a uno con un saludable aspecto juvenil sino es una buena dieta, aire fresco, agua limpia y la ausencia de estrés. Llegado este caso la arruga se hace atractiva”. Antes la había estimulado a prepararse ella misma con productos naturales cremas y lociones para el cuidado personal. Le había explicado como hacerlo. Era una buena forma de aprovechar un tiempo para relajarse y distraerse pero pudo más la comodidad y la publicidad.

Oscar buscó una caja de cartón y metió todos los cosméticos dentro. Los dejó en el almacén junto a los detergentes, los desinfectantes, y la reserva de más productos de higiene personal. Y al toparse con Ana que llegaba del trabajo dijo: “Evitemos a toda costa los productos químicos artificiales y en vez del ambientador, simplemente… abramos la ventana para que penetre el aire puro y fresco ¿te parece?”. Aquel día Ana asintió aunque luego de hacer el amor le dijo sonriendo -El aire puro y fresco está en el campo pichoncete-. Y fue Oscar quien asintió a su vez.

Oscar no entendía porque tantas personas viajan solas en vehículo, ni porque lo utilizan para trayectos cortos que fácilmente pueden hacer a pie, paseando, evitando contribuir al efecto invernadero. Tanta cantidad de automóviles desprenden tal cantidad de dióxido de carbono y otros gases que liberan un calor insoportable para la Tierra que sufre “Los desastrosos efectos secundarios serán mortales para toda forma de vida” pensó ante la inminente llegada de una nueva vida. Recordó como en su etapa estudiantil utilizaba el autobús, y únicamente su automóvil el fin de semana cuando salía al campo para caminar. Hacía amigos durante el trayecto y les hablaba del aire puro con amor en sus labios. Ya entonces iniciaba una tranquila y discreta revolución, aunque sonaba ridículo y pocos lo escuchaban sin reírse si abría la boca.

Pero Ana no era alguien de la calle. Ana era su esposa y vivía con Oscar. Cuando Oscar visitó la cocina inmensa del internado y la pequeña del restaurante de la universidad, alentó a las mujeres a utilizar trapos de cocina en vez de rollos de papel con la misma linda frase que años después dirigió a su cocinera al contratarla frente a su redondo cuerpo “Salvemos la Tierra… árboles ríos y toda la vida silvestre del planeta”. De igual forma alentó a su amada Ana. Pero al ver que no accedió a su petición le dijo “Sabes… con cariño recuerdo a mi abuela. Limpiaba toda la casa utilizando un paño de tejido y mucha agua y jabón. Hoy la mayoría de personas utiliza para todo papel higiénico. Pero no es tan higiénico. Algunas servilletas de papel llevan perfumes fungicidas y tintes que son perjudiciales para la salud a pesar de que puedan estar autorizados oficialmente. Los rollos de papel se emplean habitualmente para limpiar cualquier cosa. No hay que lavar. Simplemente se tira. Me exaspera la frivolidad del consumismo de una sociedad que persigue la comodidad a cualquier precio aún cuando atente contra el medio ambiente. Yo no quiero participar. Ni tú deberías hacerlo Ana. Las toallitas sanitarias que una vez utilizadas sueles lanzar sin miramientos al inodoro bloquean los desagües antes de llegar al mar y portan en su viaje variedad de virus y bacterias contaminantes. Nuestro hijo no participará! Por eso te propongo y me comprometo a lavar los pañales si con eso consigo que no compres los desechables y dejes de utilizar los rollos de papel de cocina”. Ana sabía que Oscar cumpliría. Aceptó su sugerencia. Pero a los tres días estaba usando otra vez rollos de papel para limpiar los cristales y ante su mueca le espetó –No puedes cambiar la fuerza de la costumbre- a lo que Oscar replicó “Me estás diciendo que no se puede hacer nada… Nada agudiza más los desastres ambiéntales como la creencia de que nada puede hacerse para evitarlos. Cada decisión en cuanto al estilo de vida acertada o equivocada repercutirá aunque parezca insignificante y la consecuencia no pueda apreciarse a simple vista pero ahí está. Muchas personas haciendo pequeñas cosas en muchos lugares al mismo tiempo conseguirán marcar la diferencia”. Ana no pudo más que asentir con la cabeza.

Oscar también le habló del impacto electromagnético de la televisión “Contamina en un radio de varios metros” y al advertirle “Más de tres horas diarias afecta a la salud, sobretodo en el dormitorio” y viendo sus intenciones, Ana se negó a sacar la televisión de la alcoba.

Oscar seguía practicando diariamente la meditación. Se comprometía a dedicar ciertos períodos de valioso tiempo simplemente a ser. “Meditar significa una cesación total de actividad mental, un estado contemplativo de la iluminación interna más allá de lo manifiesto, más allá de los contrarios, de los opuestos y, más próximo a los complementarios, a la unificación cordial de las diferencias”.

Intentó explicarle a Ana que la meditación es un alimento más auténtico que el pan, un descanso más profundo que el sueño, un beso más húmedo que el océano. Ella no lo entendió o no quiso entenderlo. Pero Ana le permitía desaparecer en su habitación sagrada de estilo japonés situada al final del pasillo en la zona interior. Y al igual que años atrás, no hacía falta que se marchara a lo alto de una montaña, simplemente se quedaba en su habitación y escuchaba música suave, aunque ni siquiera hacía falta que la escuchara y solo aguardaba; pero ni siquiera era preciso que aguardara para elevarse porque aprendía a quedarse quieto en silencio a solas con lo sutil de su intimidad. Y el mundo se le ofrecía libremente para que levantara su vuelo. Entonces encontraba paz. Una forma de gozar de la vida que Ana no compartía. Sin embargo, cuando se retiraba de la actividad del habla y de actividades tales como ver televisión, escuchar radio, leer periódicos, porque todo eso generaba turbulencias en su diálogo interior poniendo en peligro ese hueco especial que subyace entre dos pensamientos, Ana lo respetaba.

Oscar vivía el silencio como nadie. Guardaba esta actitud de detención  durante cuarenta minutos cada día, en ocasiones durante horas. Horas en las que Ana hablaba con la vecina del piso de abajo -Si las personas que a veces tienen ganas de salir corriendo, personas a las que les gustaría dormirse durante una semana entera, personas que quieren escapar, esfumarse, desaparecer, se acercaran a la propuesta de mi esposo… podrían hacerlo. Y ciertamente aquietarían sus ansias hallando paz y sosiego-. A esa conclusión había llegado Ana.

La mente de Oscar se rendía, dejaba de dar vueltas y más vueltas porque su cuerpo no le acompañaba ahí donde situaba su alma. Por medio de la meditación aprendió a vivir en lo extenso e inmenso del conocimiento pleno.

Oscar descubría la calma para que sus anhelos pudieran manifestarse. Quizás por tal razón percibió el aviso de la llegaba de una sirenita. Pero todavía no sabía que la acometida de la vida estaba por llegar con todo su misterio. Y había sido avisado. Había percibido, aunque incapaz de interpretar.

Vivía en su interioridad ajeno a todo lo externo que carecía de importancia y conseguía encontrar la puerta de la Totalidad, durante un rato, pero jamás traspasaba el umbral. Parecía que al contrario de Iván, no llegaría a pisar el camino, a desplegar ese cambio necesario… porque Iván había “casi” materializado su mundo interior pero regresó a lo fácil del dinero. Iván se había dejado vencer por el entorno en vez de terminar el trabajo. Había permitido que su voluntad interior se doblegara.

Pero pronto se acelerará el desarrollo de ambos amigos. Encontrarán razones para hacer un alto en su trayecto, para detenerse a tomar aire, para descargarse, para reconsiderar los sucesos de su vida tanto como para asumir los nuevos que ya intuyen. Y habrá dificultad, pero el transito por esta etapa dependerá de su actitud. Los dos deberán procurar no sufrir más de lo preciso, más de lo que les corresponde. Decidirse con debilidad interna es errar el tiro, y ambos se alejarán un día de la dicha. Lástima… pero, ¡afortunados ellos!

¿Se engañarán a sí mismos Oscar e Iván?

¿Crearán otros problemas más graves que los que pretenderán resolver?

¿Dónde encontrarán la solución?

Hay una antesala maldita que anuncia el cambio para un avance importante en el proceso de cambiarse a sí mismo. Pero sucede en el momento indicado.

Y aunque se alineen en un sitio estratégico, ¿sabrán el resultado?

El desenlace es una incógnita imposible de predecir o adivinar.

En toda existencia humana existe una ocasión que de reconocerse y aprovecharse transforma para siempre el curso de la vida en el mundo. Por lo tanto, aunque los reclame el azar, tendrán que confiar ciegamente en la voluntad del viento para lanzarse sin paracaídas, aún cuando ese instante sagrado exija saltar al abismo con las manos atadas. Es ahí cuando se descubre la potencia del ser humano. Porque las circunstancias no hacen al individuo, lo revelan.

Toda tarea de mutación trae consigo mucho trabajo arduo. Los dos tienen que ponerse manos a la obra con suma alegría pero todavía no lo saben. No saben que saben.

No hay quién se libre de “la prueba de la vida”. Son situaciones en las que uno no puede ejercer influencia alguna. Hay que descartar toda actividad febril, toda conducta vehemente o frenético impulso de existir. Nada puede hacerse. Y llegado el caso, lo que nos anuncia la situación es un período de espera que debe colmarse de paciencia, de confianza. Y un día no muy lejano el manantial de la vida llenará el cauce del arroyo que conduce las existencias humanas de Oscar e Iván.

Cuando la fruta esté madura caerá del árbol. Y aunque la previsión es conveniente, hay aspectos del camino del todo incomprensibles y por lo tanto, imprevisibles. Jamás podrían haberse anticipado a lo que está por venir. Y más que actuar, se les invitará a decidir si participar o no hacerlo.

Una vez tomada la decisión, llevarla a cabo apenas requiere esfuerzo alguno pues el universo autoriza, se confabula, y apoya la actuación.

Los inconvenientes y el malestar estimulan el crecimiento humano elevándolo a un grado superior indivisible. ¡Toda época difícil es significativa!

… los dos tendrán necesidad de viajar!!!

 

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