LLAMA AL VIENTO

Extractos de Mi Cuaderno de Notas. A continuación “la pieza” que forma parte del PUzZLE. Se recomienda el texto a los hombres y las mujeres que buscan comprender el mundo y la vida. El autor tuvo como premisa la honestidad y el coraje de continuar, hasta finalizar.

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El Hombre que se abrazó por dentro - Ol Sasha

Delante del mural de cuatro metros por dos y medio que recreaba las termas romanas de Caldes de Montbui, sumido en lo más recóndito de la actividad en su despacho del tercer piso rodeado de libros y expedientes, pergaminos egipcios enmarcados y finas esculturas de bronce en las repisas entre las que destacaban Zeus y Neptuno, y una estatua de mármol de El Discóbolo a tamaño natural en una esquina que ponía en guardia a la persona que se sobresaltaba cuando entraba por primera vez al confortable santuario laboral de Iván Saneil, a menudo era interrumpido por sus dos mujeres que con rítmicos golpecitos contra el cristal de la puerta a modo de contraseña lo avisaban de su inminente presencia. Y se abría el mundo. Y la alfombra persa parecía levitar. Aparecía Susana y en sus brazos, la pequeña que conmovió a un hombre que ocultaba un niño frustrado desde la ansiedad de convertirse en el mejor padre del mundo para compensar su infancia y disfrutarla desde el retroceso en el tiempo a través de su hija, con su hija.

A Iván le parecía inmensamente reconstituyente ser importunado por aquellos fantásticos seres que tanto significaban para él. Anunciaban un momento de relajo, un rato para el recreo y el distendimiento. La cara de Ágata se iluminaba al descubrirle agazapado en su sillón detrás de la impresionante mesa de trabajo al fondo de la sala. Y temblaba de emoción estirando nerviosa sus bracitos que intentaban tocarlo desde la puerta abierta todavía a considerable distancia. Su llamada era correspondida de inmediato por un padre que salía presuroso a su encuentro arrebatándosela a Susana que cansada  por el peso de su creciente tamaño olía a rosas. Iván lo dejaba todo para abrazar a su hija y besar a su esposa. Hiciera lo que hiciera, pensara en quien pensara, fuera a quien fuera que debía su tiempo. Ellas dos estaban primero que cualquier otra cosa.

Su interrupción pertenecía a la familia de los milagros inesperados. Ágata seguía siendo su máxima prioridad. Y se derretía Iván como el plástico en el fuego, se desvanecía el mundo como se desvanecen las paredes en los sueños al tenerla entre unos brazos que cada vez se atrevían a estrujarla con mayor fuerza demostrando su fervor. Su cuerpecito delicado, aun pequeño, aunque ya no tan frágil, resistía tanto amor que comprimido estallaba cuando Iván empezaba a dar vueltas y más vueltas al compás de las carcajadas de un vals. Aquella situación le procuraba un sentimiento gigantesco superior a todas las aventuras de Ulises. Superior a todos los viajes de Marco Polo sabidos y supuestos. Superior a todas las conquistas de Alejandro Magno juntas y muy cercano a la grandeza de los Dioses, tan sólo aquellos que son dignos del Olimpo. Iván gozaba impregnando de amor el ambiente de su hogar.

Iván Saneil solo daba dos opciones posibles: protegido o rival. No había otro Saneil. No podía haber uno igual. Cualquier enfrentamiento era en exceso doloroso frente a la opción de la candidez y el servicio que ofrecía como premio a su obediencia. Favorecía escuchar sus palabras, aunque no siempre eran bien recibidas. Opiniones y consejos eran exhibidos con atronadores ecos en vez de susurrarlos en privado con la amabilidad del hogar. Estaba tan satisfecho de su verdad que olvidaba la diplomacia, pero aun así, era indispensable y solía recordarse a Iván con una mezcla de encanto y de cansancio, la misma dosis exacta de tormento y devoción.

No quería dañar a ninguna persona que no se lo mereciera o que previamente no le hubiera dañado de manera intencionada. Al recibir un tortazo, Iván devolvía el golpe multiplicado por diez dispuesto a aplastar al contrincante de un solo manotazo. Arremeter con saña si es preciso! Pero jamás fue en busca de nadie para ejercer el primer paso. Jamás originó voluntariamente ningún conflicto. No le gustaba golpear gratuitamente. Su principio de acción-reacción, como la ley misma de Causa y Efecto, funcionaba las 24 horas del día. Vivía y dejaba vivir, pero si no le dejaban vivir… ay!

Iván seguía aceptando únicamente desafíos. Los duelos continuaban apasionándolo. Era un luchador que sabía cuando había que subirse al ring para pelear y ganar resistiendo uno tras otro cada asalto.

Había hecho suyos viejos principios: “Si tu enemigo es superior, evítale; si está enojado, irrítale; si estáis igualados, combátelo y si no, siéntate y recapacita”. Practicaba literalmente los principios sabiendo que la traición puede darse solamente cuando hay amor, porque existe la confianza. Sabiendo que la justicia es incompatible con el amor, porque cuando existe el sentimiento, se pierde la imparcialidad. Tenía muy claro que toda batalla se basa en el engaño; que toda batalla se gana antes de ser librada; que nunca deben revelarse los pensamientos a los enemigos y mucho menos los objetivos y en absoluto las flaquezas. Reverenciaba las palabras de Mario Puzo: “Ten cerca a tus amigos, pero más cerca a tus enemigos, y no los odies, no te permite juzgarles”. ¡Grandes verdades aprendidas del cine y la literatura!

Pero también cometía algunos errores. Nadie es enteramente independiente y él se creía el llanero solitario cabalgando en dirección donde se pone el sol como el último justiciero. Había sido el jefe de una organización empresarial que pasó en apenas ocho meses a ser un imperio colosal. Estaba bien relacionado. Debía haber seguido adelante, pero no, como un niño caprichoso se distrajo en la Costa Brava porque no quería pagar el precio que le exigía Barcelona.

Probablemente por eso renunció a continuar en su privilegiada posición de Royel. Una vez arriba, en la cima ejecutiva, como propietario y conductor del tinglado montado sabía que debía consolidar sobre una estructura imperecedera, con riesgo y derroche de adrenalina para seguir alimentando el proceso, pero tenía que invertir en un tipo de actividad que no quería, en aquello que no le satisfacía del todo puesto que solo había lucro y ningún beneficio para la comunidad. Y lejos de su hija, cuando Iván quería acostarla cada noche y leerle un cuento antes de besarla.

Dada la posición de poder que conquistó, pudo optar a nuevas ilusiones no profesionales. Y una vez en la Costa Brava, supo que debía acercarse a la autorealización personal. Debía recuperar su proyecto a medio desarrollar que aparentemente cubría su vocación. El dinero para vivir ya no era un problema. Tenían suficiente. Era pues momento para plantearse algo más digno lejos de lo indigno del sólo depravado negocio. Iván quería hacer algo útil. Ahora que estaba protegido por la economía y amparado por la estabilidad familiar, podía, si quería, realizar algo bueno y positivo de verdad. No estaba libre de peligros pero si de agresiones que podía muy bien contrarrestar a golpe de talón bancario.

De vez en cuando recibía en la penumbra de su despacho a las personas que le solicitaban cita. Le divertía su comentario “¿Quién hace un favor a quién?”  e inmediatamente guardaba silencio porque sabía que el primero en hablar perdía. Emitir esa frase era todo un ritual para Iván. Llegado este punto dominaba la situación.

Era un hombre que no podía mantenerse completamente ocioso y seguía ligado a personalidades de Barcelona que le reclamaban sus servicios. Le gustaba escuchar los problemas de la gente y una vez descubierta la necesidad, proponía una solución que sorprendía por su originalidad. Recogía el fruto maduro de una credibilidad bien labrada. Abordaba al consultante sin dejarle reaccionar hasta terminar con su tono desafiante y una mirada casi ofensiva “Tienes un problema que yo puedo resolver, no te quejes del precio”.

Así comenzaron a pasar por su mesa de caoba toda clase de asuntos atípicos que Iván se encargaba de darles la vuelta hasta convertirlos en algo muy distinto a lo planteado inicialmente. Sus clientes podían encargar a cualquier otro profesional liberal por mucho menos dinero el asunto, pero demostraban su inteligencia eligiendo a Iván, porque si decía algo, Iván lo cumplía. Anticipaba los hechos. No proclamaba su liderazgo a los cuatro vientos. Lo ejercía con la contundencia de un martillo. Transmitía confianza. Le veían seguro de sí mismo. Su carisma ensombrecía la posibilidad del fracaso. Determinante se exhibía Iván. Y lo avalaban las personas que lo habían recomendado, por lo tanto, su excelencia estaba fuera de dudas.

En una ocasión en que debía seleccionar personal para una fábrica, llegó a su oficina una joven de largas piernas y estrecha cintura esponjosa que llevaba escrita en su rostro una angustia sin igual. No necesitaba hacerle más que una entrevista personal y redactar un informe de lo más convencional, sin embargo, le sugirió que accediera a realizar unas pruebas psicotécnicas porque Iván intuyó. Tenía la intención de averiguar que le ocurría a la joven. El test de personalidad reveló algunas cosas pero al analizar su actitud de agobiado fastidio, depresiva, se confirmó lo que Iván suponía. Aquella joven sufría aprisionada bajo el peso de un problema que la superaba.

Sentada en el sofá de cuero de seis plazas, agradecida por el interés mostrado por Iván, superada una serie de irrelevantes preguntas a las que fue sometida, se dejó envolver por una tertulia que la reconfortaba porque, por fin, alguien parecía atisbar un reflejo de su tragedia. Lo que no hicieron por Oscar sus familiares lo hizo Iván por una desconocida, se la jugó! Sin darse cuenta la joven cayó en la trampa que le preparó con sutileza para que reventara. Y primero lloriqueó desencajada, para luego contarle la historia de su vida dispuesta a confesarle su gran temor. Temía perder su piso.

Su padre la había utilizado en beneficio propio engañándola, jugando con sus sentimientos, haciendo que pareciera todo un magnífico regalo. Pero había sido traicionada. Y lo que era todavía más grave, había sido traicionada por su propio padre en el que confiaba. Aquello era mucho peor que una violación, pues le habían arrebatado la admiración que en su infancia le tuvo. Lo dramático es que realmente podía perder la que era su vivienda desde hacía tres años si no reaccionaba pronto. La joven no sabía ni qué hacer ni a quién acudir. Ni tampoco estaba segura que pudiera hacerse algo para remediar el problema.

Iván, mirándola fijamente más allá de los ojos le preguntó “¿Quieres conservar tu domicilio y dormir tranquila?”. Esperó su respuesta y viendo que asentía con la cabeza mientras secaba las últimas lágrimas que indiscretas dejaban de asomarse continuó “No voy a cobrarte honorarios profesionales pero debes invertir tu tiempo. Si aceptas y sigues mis instrucciones, jamás perderás tu piso. No obstante, no puedo garantizarte lo mismo respecto a tu padre. Te aseguro que encontraré la manera de que puedas conservar y seguir viviendo en el piso”. La joven a la que le gustaba lucir sus largas piernas vistiendo cortas faldas, vio en Iván a un ángel salvador. Toda situación injusta ejercida con maldad al pequeño, al desvalido, le tocaba la fibra sensible poniendo en guardia a Iván.

La joven había abandonado la familia al cumplir los dieciocho años y en los últimos meses, se comunicaba a través de los abogados con papá. El padre de la joven era constructor. La madre, una esposa que prefirió conservar al hombre antes que a la hija, aunque se embriagara, se acostara con otras mujeres, y la moliera a palos dos veces por semana. Temía la soledad. No soportaba la idea de terminar sus días de anciana sola. Ese trauma era superior a su instinto maternal sin percatarse que así perdía a quien con seguridad la hubiera acompañado hasta el final.

A ese hombre de aspecto de besugo hinchado que había levantado la mano, no sólo a su esposa, sino también a su hija, le habían ido mal las promociones inmobiliarias con la crisis de los primeros años noventa. Sus negocios fueron de mal en peor hasta que ahogado por las deudas se declaró insolvente. Dejó colgados a todos sus acreedores, pero siguió en el negocio con otra empresa que puso a nombre de su hija para protegerse de legítimos cobros cuyo patrimonio inicial era el piso donde ella vivía, el cual le había regalado para hacer las paces al cumplir su mayoría de edad después de una sonora paliza que sin embargo le había perdonado por su extrema devoción. Era buen bebedor de licor pero muy mal administrador. Y volvió a caer en el fraude. Las deudas le amenazaron nuevamente y los industriales querían embargarle, ya no la deteriorada maquinaria o las obras a medio terminar por falta de viabilidad, sino el inmueble donde vivía su hija. Recurrían a ese piso porque estaba muy bien valorado. Era fácilmente vendible. La mejor forma de recuperar el dinero que debía y se confabularon los tres acreedores mayoritarios.

Iván mandó a la joven desempleada a recoger certificaciones al registro mercantil y al registro de la propiedad para dotarse de la información necesaria. Le hizo tomar algunas fotografías. Solicitó las escrituras del piso y las de constitución de la empresa. Redactó un carta para que la copiara textualmente con su puño y letra y se la enviara a su padre mientras Iván envió por correo urgente con acuse de recibo otras dos, una para el abogado que representaba a los industriales afectados con los que pretendía abrir un proceso de renegociación de las deudas, y la otra comunicación, muy dura en términos legales, para el bufete jurídico que representaba los intereses del padre de la joven. Y a todos les indicaba una fecha y un lugar para la cita. Iván fijó las condiciones para unos y otros. Pero los abogados del padre destructor familiar y constructor de inacabadas construcciones, le recomendaron combatir. Sabían de la circular que apelaba a los sentimientos y que facilitaría la firma de los documentos del puño de una hija manejable. El hombre con sus revuelos de besugo hinchado se la había dejado leer a sus representantes. Pensaron que se trataba de la única hacha lanzada al azar.

En su investigación, Iván descubrió que las cuentas anuales habían sido, no sólo manipuladas, sino registradas sin la firma de la joven cuando legalmente la hija era la administradora única sobre el papel y su padre tan sólo un apoderado de la firma. Ese hecho, llevado hasta las últimas consecuencias implicaba cárcel por falsedad en documento mercantil de manera reiterada. Todos habían conspirado contra la ingenuidad y la buena fe de la joven. Jamás pensaron que tan indecorosa acción sería descubierta en una reunión breve ante fedatario público. Esto fue lo que permitió que constructor y abogados coincidieran en la urgencia de traspasarle la sociedad a ella porque la guerra no tenía sentido. Era un suicidio. La joven siguió las indicaciones de su ángel salvador acerca de los documentos legales que debía firmar para obtener el control.

Iván pagó con el patrimonio real de la empresa que se había ocultado a los industriales involucrados con materiales de construcción en buen estado, con las dos furgonetas, el nuevo camión, unos terrenos que podían destinarse a varios usos y entregó también en ese momento treinta y siete plazas de aparcamiento saldando las deudas con todos los acreedores. Traspasó las obras a un constructor interesado no sin antes obligarle a contratar a la joven para la promoción, obteniendo además, el diez por ciento de cada venta. Y liquidó la sociedad entregando el patrimonio restante a la entidad financiera con la que tenía la hipoteca de la última construcción que se había paralizado y que con seguridad no podría finalizarse.

Se desvaneció todo el patrimonio exceptuando el piso que seguía intacto. Y una vez limpia la empresa, evitando cualquier acusación de alzamiento de bienes, cambió la titularidad del piso que pasó de una empresa que jamás supo que era suya a pertenecerle exclusivamente a ella como persona física. Ese mismo día estaba a su nombre y ya nadie se lo podía arrebatar. Su vivienda quedó asegurada.

Jamás hubiera pensado aquel hombre que su propia hija se volvería en contra suya porque jamás pensó que fuera lista besugo como era. Siempre la menospreció, sobre todo como hija. Y aquella carta consiguió engañarlo para que perdiera la batalla al hacerlo llegar a la firma desarmado para ponerle la soga al cuello.

Pero a Iván se le escapó un detalle. Invitó a entrar a la joven, pero se sobresaltó cuando al presentarse de manera inesperada en su vivienda con un largo abrigo por debajo de las rodillas, después de cruzar el lujoso salón de dos niveles que delimitaba dos ambientes diferentes y subir escaleras arriba hasta la tercera planta asegurándose de que no se encontraba Susana en la casa y, ya en la penumbra de la tenue luz que ofrecían los ojos de buey de las cornisas laterales cerró la puerta del despacho y lentamente se desprendió desde los hombros el abrigo para que patinara por su piel suave hasta caer al suelo dejando al descubierto un hermoso cuerpo joven, firme, perfectamente proporcionado. Iván bordeó la mesita de metra quilato para sentarse en su sillón junto al sofá de cuero de seis plazas y la observó detenidamente durante un rato, y sonrío, realmente tenía una cintura estrecha y un ombligo tatuado con un sol. Jamás imaginó que quisiera pagarle en especies. Aquella joven que no llevaba más ropa interior que unos sugerentes ligeros rojos había variado su expresión de niña afligida por la de una mujercita agradecida que deseaba, no sólo complacerlo, sino también gozar del valor viril de un hombre maduro que controla las situaciones y sabe dominar a las personas insolentes.

Por Navidad Iván recibió una gran cesta. En la nota adjunta la joven de largas piernas insistía animándole a llegar al piso en cualquier ocasión que tuviera necesidad -A la hora que sea- se apreciaba la frase subrayada. Seguía invitándole al lugar recuperado que todavía no conocía Iván. El lugar en el que dormía tranquila gracias a su ángel salvador al que desnudaba en sueños revolcándose hasta caer al suelo. Pero la joven encontró la misma negativa que cuando se le ofreció generosamente en el despacho con los zapatos de tacón a juego con los ligeros que escondía bajo el largo abrigo.

En otra ocasión, dos hermanos se hallaban en conflicto. Este era un asunto que se les había escapado de las manos al bufete jurídico vinculado a Royel Consultores que había obtenido una sentencia favorable para uno de ellos, su cliente, pero no podía ejecutarse porque a la otra parte no le daba la gana pagar, y no porque no pudiera hacerlo, simplemente porque no quería que se cumpliera la sentencia. No la acataba por soberbia y por ser el mayor de la familia. Estaba acostumbrado a vencer a su hermano desde la infancia y después de casi sesenta años, seguía así, tozudo, empecinado en ganar aun sin razón.

Cuando Iván recibió la solicitud de ayuda de uno de sus antiguos socios, en el contacto personal que mantuvieron, tomó en su mano la letra de cambio objeto del pleito para comprobar que estaba aceptada por quien no asumía su propia obligación de pago en un determinado vencimiento. Y la cotejó con la copia compulsada de su carné de identidad. Luego preguntó “¿Hay algo más que yo deba saber?” y comprendiendo que la deuda era real, que todo obedecía a una prolongada riña infantil entre hermanos que duraba hasta la fecha, se movilizó.

Redactó siete cartas de reclamación de deuda, cada una más subida de tono, aunque sabía que su adversario era un hombre acostumbrado a recibir amenazas. Alguien que no se dejaría intimidar fácilmente. Pero no iban dirigidas a él, sino a su esposa.

Iván se había preocupado de conocer sus movimientos, sus horarios, e intuyó algunas de sus debilidades. La noche de los jueves, la más solitaria para la doña que olía a pan recién horneado y tenía una boca pensativa y usaba unos gruesos lentes redondos, era la noche que su esposo destinaba para perderse hasta el amanecer en su habitual partida de póquer con los amigos.

El siguiente jueves, Iván se personó en el domicilio con toda clase de amabilidades, y, con buenas maneras y una habilidad magistral, logró un rebote de circunstancias propicias para colarse en la casa y muy de pasada, pudo explicarle el motivo de su visita a la doña a continuación de entregarle un ramo de flores que supuestamente le enviaban desde un programa de televisión. Iván la confundió. Orquídeas. Estaba dentro y le contó lo que pasaba a nivel jurídico. Y lo que le ocurriría a su esposo si ella no le echaba una mano. La advertencia no equivalía a ningún tipo de intimidación. Según el entender de Iván, sencillamente avisaba del comportamiento futuro si persistían algunos hechos, desolado por ello, pero obligado. Y sin más dilación comenzó a tratar a la doña con afecto.

La doña cada martes tenía que acudir a la oficina a retirar una carta certificada. A sus llamadas de cortesía para confirmar la correcta recepción, Iván se interesaba por las habilidades culinarias de la nueva empleada o los bocetos que el decorador entregaba para su casa de Sierra Nevada. Siguieron hablando de muchas cosas, a veces por teléfono, otras tomando el té todos los jueves porque se encontraba precisamente esos días muy sola. Iván había averiguado que las noches de jueves eran noches reservadas para la depravación semanal de un viejo indecente al que le gustaba ver como las niñas se tocan, se bañan, se visten y desvisten cada vez que soltaba un fajo de billetes.

Iván interpretó los documentos oficiales a su manera, dotándolos de fantásticas cualidades que la doña no entendía. No habían tenido hijos y la conversación de Iván resultaba siempre amena y distraída. Y la doña lo miraba con candidez. Incluso un jueves le pidió que se quedara a cenar para pasar al salón privado a tomar un licor mientras se desparramaban en una mesa del siglo XVIII con incrustaciones de nácar álbumes de fotografías de gruesas tapas ribeteadas con oro. Entonces Iván señaló en una de las fotografías familiares al beneficiario de su acción de cobro. ¡La doña se sonrojó bajo su maquillaje! Quiso hundirse de vergüenza. Al parecer no sabía ni tan siquiera que tuvieran relación. Su esposo jamás hablaba de su hermano menor. Era un tema tabú en la residencia.

Iván no pretendía solamente que la doña se convirtiera en su aliada, Iván quería conseguir que fuera su amiga en apenas cuatro semanas. Le hizo buscar las comunicaciones legales que comenzaban a abrumarla porque era ella quién las leía, y entonces se identificó como el representante legal de su cuñado, al que hacía veintinueve años que no veía desde una supuesta riña. Iván trataba con una persona mayor y lo hacía con respeto, sin herirla, con gentileza y cuidado. Y asustada por todo cuanto le explicó esa noche alguien en quien ella confiaba, con quién se desahogaba, no por los conocimientos expuestos en sus largas charlas sino por su delicado trato y sus dulces palabras, la llevó a preguntarle a su esposo cuando pensaba pagar a su hermano.

Fue mientras le sirvió una taza de caldo en la cena, se lo espetó a la cara luego que se quemara porque se la sirvió hirviendo sin avisarlo. El hombre pegó un brinco.

Que su esposa descubriera que durante los últimos veintinueve años lo había estado humillando por ser quién primero le declaró su amor no le agradó. Y se lo hizo saber.

El hombre se limpió con la servilleta y caminó hasta el baño. Pasó su peine por su barba. Despegó los dedos y antes que el peine tocara la pica el diamante del anillo se incrustó quebrando el espejo. Y citó muy indignado a Iván en la sede de la editorial con una nota que decía: Las cuestiones de negocios deben resolverse en la oficina.

El hombre recibió a Iván camuflado bajo mil papeles y carpetas que se amontonaban para cubrirse de su injustificado impago. Intentó confundirlo con su nariz chata y sus anchos hombros y sus largos brazos que se movían con historietas complicadas y la promesa de un próximo pago argumentando que estaba realizando gestiones para efectuar una inversión que no daría frutos antes de tres años, y afirmó que liquidaría la deuda con seguridad. Ante la incredulidad de Iván, se comprometió verbalmente a pagar a los tres años de igual forma que lo hizo con la letra de cambio. Estornudó. Estaba resfriado. Se limpió la pequeña nariz y abrió el cajón del escritorio a regañadientes dispuesto a redactar su compromiso formal cuando fue interrumpido “Dice usted que si pudiera pagar lo haría, ¿verdad que sí?… le propongo esperar a esos beneficios pero debe permitirme revisar su declaración de renta, quizás pueda realizar alguna propuesta interesante”. Y ante tan simple petición, accedió sin dudarlo. Iván solamente necesitaba una excusa para acceder a sus documentos personales. Escogió el jueves para visitar, con su permiso, la residencia particular. Aquel hombre no dio importancia al hecho pensando que se había librado de Iván distraído con las niñas de los barrios marginales que había mandado traer un nuevo colaborador especializado en inmigrantes de los países del Este.

Su esposa, la adorable doña demasiado inocente dejó mirar a Iván todo cuanto quiso. Así lo hizo durante más de tres horas, por algo eran ya amigos. Necesitaba confirmar que existían algunas viejas propiedades tal y como suponía su hermano. Ya le había informado que ella poseía bienes raíces y en verdad era quien firmaba los cheques de las cuentas bancarias. No en balde provenía de una familia adinerada que conservaba la fortuna porque no soltaban una sola moneda. Iván la convenció para orquestar una transacción de sus posesiones en Andalucía. Acordó un precio de mercado bueno. Y se lo notificó al editor una vez restada la deuda con su hermano, pero sin decírselo. Se fijó un plazo y se cerró oficialmente la operación, luego de especificar el importe en dinero negro que se entregaría en el momento de la firma.

La doña, con su mantilla y peineta durante la transacción, satisfecha por disponer de efectivo y muy contenta de haberse librado de una propiedad que jamás conoció, entregó a Iván lo acordado en un sobre color crema con el escudo de su familia impreso en la esquina derecha: la cifra que adeudaba su esposo al que fuera su primer enamorado. El cheque con su firma era real.

Saliendo del notario, media hora más tarde y cinco calles más arriba, Iván era invitado a almorzar en el restaurante donde se sirve el marisco más fresco. El hombre, eufórico, dispuesto a pagar, no a su hermano sino al gestor que había demostrado gran habilidad en la venta de un inmueble sin futuro, recompensó su hazaña entregándole un cheque equivalente a un valor superior de la deuda demostrando que se lo había ganado, pero más concentrado en averiguar como iba a gastar parte de ese dinero que había llegado inesperadamente y en abundancia porque sabría qué decirle a su esposa para que firmara nuevos cheques. Le habló a Iván de los derechos editoriales de unas colecciones que lanzaría en Sudamérica mientras evitaba hacer referencia a la derrota con el olor de las gambas en las manos y las cáscaras de los percebes en el plato cuadrado.

Y así es como Iván cerró un buen trato, cobrando por partida doble sin haberlo solicitado. Y calló, no dijo nada. Creyó que era una buena lección para ambos “El matrimonio debe comunicarse, espero que esto les enseñe a hacerlo” pensó cuando metió el Ford PROBE Turbo de 36 válvulas en el garaje de La Mimosa; nombre con la que bautizó la casa por sus cuantiosas plantas de la entrada. Pero Iván no sabría jamás que ni uno ni otro hablaron nunca nada relacionado con el pago. La doña utilizó el dinero negro para  atender la deuda sin tener que mencionar el hecho a su esposo.

El siguiente jueves, cuando el hombre se presentó en su casa para cenar con su esposa, la doña se sorprendió, pero no preguntó. Permanecieron cogidos de la mano viendo la televisión en el sofá de tela de encaje italiana como si fueran dos enamorados. El hombre inventó absurdas explicaciones para camuflar el gasto del cheque entregado a Iván, algo que había sido habitual en los últimos cuarenta años: distraer ciertas cantidades para sus vicios ocultos. Cada uno de ellos pensó que se había arreglado el asunto quitándose de encima a Iván. Aunque la doña echaba de menos las agradables tertulias y sus amables palabras y, porque no decirlo… el abrazo y ese beso cordial de despedida en el rellano de la escalera sabiéndose espiada por la vecina cotilla.

Iván había orquestado una operación para que todos las partes salieran ganando pero le faltaba amarrar un cabo suelto. Entregó el cheque por importe superior a la deuda al entusiasmado hermano que por primera vez ganaba una batalla contra su hermano mayor, recuperando lo que siempre fue suyo, no solo el dinero con sus correspondientes intereses, sino sobre todo su dignidad. Y durante otro suculento almuerzo Iván aceptó la liquidación generosa de sus honorarios profesionales, los cuales sobradamente se había ganado despidiéndose con una sonrisa.

Y no fue a visitar a Madame Perversión, la encargada de vigilar las peticiones eróticas del viejo indecente. Buscó directamente a los propietarios que explotaban tan sucio negocio: tres respetables ciudadanos que también se perdían por las muñequitas que atendían sus viciosas peticiones a escondidas. Y con un contundente aviso al que pertenecía a una familia aristócrata muy popular, indicó lo que ocurriría si no se satisfacía su demanda. Y lo hizo mientras jugaba a golf cuando se cruzaron en el agujero diecinueve, con la sagacidad en el tono y una mirada penetrante de afilado cuchillo pirata. “Si persisten ustedes en atender a ese cliente en concreto, además del cierre del local, informaré para destapar públicamente la macabra historia”. Iván sabía exactamente qué revista compraría la exclusiva porque uno de ellos era obispo, y el otro, un aparentemente inquebrantable juez que perseguía de manera implacable a los corruptores de menores.

Lo de la revista fue un farol. Iván no tenía ningún amigo periodista y el único editor que conocía era el hombre a quién le había ganado el pulso. Pero eso no importó. Prevaleció su actitud desafiante y su mirada ofensiva de quien no tiene nada que perder y todo que ganar.

Iván tenía pruebas gracias a la intervención profesional de un detective privado. Y no dudó en exhibirlas ante cada uno de ellos hasta que, en un encuentro de urgencia, el aristócrata acongojado por temor al escándalo se encargó de convencer al obispo y al juez para precintar de inmediato el lugar.

No solo pretendía disolver el antro, también quería apartar a las “chiquillas” de esa vida. En la negociación solicitó ver a las adolescentes que accedían por dinero a sus fantasías sexuales y les propuso pagarles los próximos dos años por adelantado por un singular servicio que debían desempeñar sobretodo cada jueves. Consistía en el compromiso de asistir a una academia o un gimnasio, estudiar idiomas o informática. Modelar su cuerpo con sesiones de aeróbic o pesas, cualquier cosa que ese día, concretamente ese, las mantuviera lejos de una actividad sin futuro, pues en pocos años quedarían fuera porque la inocencia que atrae a esas personas finalmente se pierde después de los quince.

Además de realizar un trabajo remunerado, Iván imprimía un valor añadido a su actividad profesional. Enseñaba cosas a las personas que, de una u otra forma, se cruzaban en su camino como sucedió un par de meses más tarde con un comerciante de cincuenta y un años atrapado todavía a su edad por los designios de un padre autoritario un tanto déspota.

Poseían una tienda de ropa especializada en hombres en el centro de la capital de la provincia Gerundense. Uno mandaba, sólo sabía hacer eso, y el otro, sólo obedecía, sin pensar en nada más que no fuera cumplir las incuestionables ordenes del tirano papá. Compraba los tejidos, dirigía a los sastres, asistía a los desfiles, y atendía personalmente las solicitudes de los selectos clientes. Con una larga tradición de cuatro décadas funcionando ininterrumpidamente, se habían especializado hasta convertirse en un clásico en el sector. Un punto de referencia con el que era imposible competir. Pero el hijo no era feliz.

El hijo lo hacía todo, sin embargo, los éxitos eran siempre para el padre porque ostentaba la incuestionable tradición familiar y el nombre de la tienda.

Solicitaron los servicios profesionales de Iván para crear una campaña de marketing que estimulara las ventas de una pequeña tienda que tenían en las afueras de la ciudad destinada a realizar exclusivamente ofertas y así desprenderse de los saldos y el exceso del stock de temporadas pasadas.

Tan pronto conoció al hombre de abultadas ojeras, supo la presión que ejercía el padre sobre el hijo sumiso y temeroso consumido por la amargura. Se indignó por el tratamiento al que era sometido y en su tercera visita, no pudo amordazar sus comentarios. Y la esposa del maltrecho hombre apoyó a Iván. Le dijo que pronto cumplirían treinta años de matrimonio bajo el techo del viejo. Le dijo que no podían seguir por más tiempo de aquella manera servil. Aprovechó para confesar que no aguantaba más, que necesitaba independencia y se cuadró como un sargento frente al embajador. Quería abandonar la casa de sus suegros escapando a su enfermiza prisión.

Aquel hombre débil dudaba sin despegar sus carnosos labios morados escuchando el discurso de su esposa. No veía como podía alejarse de su padre que tanto lo quería, aunque lo humillara a cada rato ultrajándole a instante sí e instante también, tratándolo peor que a un empleado o un subordinado. Tratándolo mucho peor que a una mosca que se arrastra coja y a la que se pisa por compasión.

El padre se preocupaba de sentarse pegado a la caja registradora para contar, cada dos minutos y medio, cuanto dinero se había recaudado en la tienda. Y solamente se limitaba a levantar ligeramente la mirada entre sus lentes y las gruesas y pobladas cejas para comprobar que el castigado hijo no descuidaba un solo detalle.

Iván estaba convencido que aquel hombre delgaducho de prematuras arrugas y pelo blanco como la nieve que no hablaba sino era para responder a una pregunta, conocía muy bien el ramo textil y disfrutaba con su trabajo. Se percató de cómo se desenvolvía con soltura frente a los clientes a quienes trataba como amigos. Los proveedores le conocían y apreciaban. Y todos le reconocían su gran capacidad profesional. Jamás nadie preguntaba por su padre en la tienda, siempre acudían directamente al hijo que dominaba el medio.

Iván comprobó que no precisaba de la ayuda o protección del padre, sino más bien huir de la coacción y el acoso laboral, y bajo estas premisas, aunque fue acusado de poner en peligro el establecimiento además del futuro de una familia, decidió ampliar el encargo inicial.

Según sus anteriores socios, abogados de Barcelona, era una estúpida locura la idea que exponía Iván, pero Iván se propuso transformar la pequeña tienda de los suburbios en una nueva delegación de la sucursal central. A la esposa del hombre le apasionó la propuesta. Encontró la oportunidad que tanto anhelaba, pero una carta se le caía de la baraja a Iván. Ahí había trampa.

Iván se concentró en el hombre de igual modo a como el hombre estaba pendiente de su padre, excepto en sus escasos tiempos libres en que se hacía tratamientos de acupuntura o asistía al psicólogo, hasta que Iván lo raptó. Se lo llevó un sábado en seguida de cerrar la tienda a una cena con espectáculo en un conocido casino, y lo acompañó a un hotel fuera de la ciudad para al día siguiente hablarle largamente durante el domingo, intentando hacerle ver ciertas cosas importantes. Y fue enseñándole a razonar que el hombre afrontó la cruda realidad de lo que ocurría con su vida. Iván le infundió valor, pero el hombre no reaccionaba. Ese hombre no veía maldad en su padre. No se sabía explotado. El abuso se había convertido en algo natural para él.

Por la tarde llegó su esposa al hotel con los dos hijos. Le detalló todas las penurias y la vergüenza que pesaba sobre ella cuando tenía que pedir dinero para comprar -Dinero que entra en la caja gracias a nosotros dos y a tus hijos que también ayudan en la tienda-. Sus hijos le hicieron ver que el abuelo tan sólo aportaba el nombre -Pero todo el esfuerzo es en realidad nuestro-. Con Iván todos se sentían valientes y descolgaban el rifle de la pared para hacer frente al enemigo. Y la esposa lo amenazó con separarse y no volver ese mismo día a la casa paterna con él. Lo amenazó con marcharse con los dos hijos si no reaccionaba de una vez por todas, porque antes, ya habían tenido conversaciones similares, vastos consejos familiares que terminaban en nada. Pero ahora estaba Iván. Y fueron osados la esposa y los hijos unidos en una sola voz. Lo imposible se tornaba fácil y accesible con solo estirar el brazo. Aquel brillo en los ojos de Iván…

Y más que amenazado, sintiéndose apoyado y guiado por ese consultor empresarial que traía las claves del éxito de Barcelona, el lunes, en vez de ir a la tienda central, el hombre  se dirigió a la pequeña tienda situada en los suburbios y desde ahí, en presencia de su nuevo aliado, tiritando de pavor, helado por la nueva circunstancia increíble, impensable días atrás, habló escuetamente con su padre quien le colgó el teléfono –Tienes diez minutos para llegar hasta tu lugar de trabajo-.

Frágil como un recién nacido que se quiebra a la intemperie, ese hombre temeroso de su inquebrantable padre entró en una depresión al haber abandonado, no sólo la tienda donde siempre había trabajado, sino también la casa que lo vio nacer donde había vivido hasta cumplir cincuenta y un años.

Iván contaba con ello. Durante los siguientes días lo acompañó a la piscina y al gimnasio. Viajaron hasta Milán para obtener nuevas exclusivas de marcas comerciales conocidas. Se reunieron con los proveedores para rogar un margen de tiempo antes de poder atender la inversión para la temporada. Tenían que recabar fondos. No contaban con reservas de capital para financiar la actividad. Jamás habían podido ahorrar. La maniobra era arriesgada.

Como medida de presión y protección, Iván tuvo que notificar a los proveedores que no atenderían las facturas pendientes sino entraba más género en la tienda. Explicó que hasta que el cajón no diera una buena recaudación no podrían atender ningún gasto. Algunos proveedores grandes donde no existía trato personal con los clientes se decantaron por “el nombre” y siguieron tratando y suministrando solamente al padre, pero otros, que nada sabían de la existencia de aquel anciano sino de la ilusión por la profesión y la tenacidad del trabajo del hijo le otorgaron un voto de confianza para que se asentara en el nuevo emplazamiento.

Entonces Iván se dio cuenta que necesitaba a la caballería. Le faltaba la marca de la tienda, el sello del éxito que durante tantos años había contribuido a forjar el hijo. Puso un gran letrero en la calle sabiendo que iniciaría una guerra pero dominaba el tema de las patentes. Averiguó que la marca jamás se había registrado. La titularidad oficial era una cosa, pero ambos tenían el mismo nombre y el hijo, bien podía utilizar el que le había puesto su padre al nacer. A eso le siguió una inauguración por todo lo alto de la que se hizo eco la prensa y la televisión local. Fue el pistoletazo de salida. Y apenas dos meses más tarde, la recaudación era la mitad que la de la tienda ubicada en el mismo centro comercial de Gerona. Tres meses más tarde superó las previsiones más exigentes. Su facturación era similar a la de otros años en el centro, sin embargo, el éxito era superior al tratarse de una zona que no era popular comercialmente hablando. No había mucho transito y sin embargo, la gente, los clientes, los amigos iban a buscarle hasta allí.

Iván estaba muy satisfecho por ellos, pero también porque su retribución consistía en un porcentaje substancial sobre la cifra total de ventas. Trabajó sin miedo a la cuenta de resultados con la intuición como directriz sin desarrollar la cuenta de explotación sobre un papel. Y acertó en el tratamiento de un dato significativo. El lugar era zona de urbanizaciones de gerundenses bien asentados que no conocían la existencia de una tienda de gran reputación, pero después de la reactivación, movidos por la  curiosidad, gracias al esmerado servicio, la calidad del producto, y lo asequible de los precios que hacían la propuesta atractiva para cualquier visitante antiguo o nuevo, todo empezaba a ir sobre ruedas. Nadie rehusó acudir al recién inaugurado establecimiento al que avalaban cuarenta y cuatro años de experiencia. El hijo, se imponía, obteniendo lo que le pertenecía desde un principio. Al padre le había salido competencia!

Iván se sintió orgulloso por su labor más humana que comercial, sobretodo por haber impulsado a dar ese paso decisivo a un hombre indeciso, que no estaba exento de peligro, pero el riesgo ya olvidado daba paso a la alegría, a otro estilo de vida, y a un futuro más prometedor. Compraron una casa grande. Se cambiaron de automóvil. Regalaron al hijo menor una motocicleta. Al mayor un máster en Inglaterra.

Y cuando en una de las visitas a la tienda Iván le descubrió el semblante afectado, otra vez las abultadas ojeras azuladas de tantos golpes al corazón, comprendió inmediatamente que todo había cambiado para aquel hombre, precisamente, para que todo volviera a ser como antes.

En apenas un año, su esposa se había hecho con el control de todo. Había ocultado hasta la fecha su lado oscuro. Ahora mandaba con despotismo y sin compasión porque gracias a Iván venció al anciano despojando a una persona débil que no pudo someter durante años amparada por el escudo del padre, pero a pocas semanas de su incipiente decoro, como patata hervida era aplastado por el tenedor que empuñaba la piraña. Fácilmente sometió a un ser vulnerable que su única ambición consistía en despachar en una tienda, fuera lo que fuera, y estuviera donde estuviera situada la tienda. Solo deseaba atender a los clientes como si fueran hermanos lejos de la turbación que volvía a sepultarlo en el abismo de la angustia reiterada.

Pero Iván no tropezaba dos veces con la misma piedra. Le había mostrado los mecanismos del razonamiento emocional para calibrar todas las contrariedades. El actual escenario ya no era asunto suyo. Iván estaba convencido que cada uno es el resultado de sí mismo, incluso Iván mismo debía encontrar su propio camino a diario. No quería detenerse demasiado en cada sitio.

Ciertamente, cada uno escribe su propia historia y puede hacer de su vida un infierno… o el mismo paraíso.

 

No era un individuo de los que se rebelan contra. Iván era un individuo de los pocos que revelan cosas desde su naturaleza salvaje. Guerrero, aventurero, amante, también poeta, había nacido para defender causas perdidas y luchar venciendo lo inimaginable.

En la escalada hacia la cima, cuando los demás se dejaban deslumbrar por lo que de fantástico tenía la nueva situación, Iván, lejos de tumbarse al sol, jamás dejaba de concentrarse en el preciso objetivo que no confesaba y que a menudo nada tenía que ver con el aparente panorama en el que se circundaba. Tan pronto había llegado a un sitio, pensaba en el peldaño de arriba sin tan siquiera saborear lo que había obtenido. Jamás miraba atrás viendo quien se había quedado por el camino. Ignoraba el respeto conseguido. Masticaba como chicle el deseo del éxito menospreciando el triunfo al que había accedido por méritos propios porque debilitan, decía: “Que me traigan problemas porque los retos me fortalecen”. Y corría a la caza de otro propósito cegado por su resplandor sin perder un segundo descansando. No necesitaba recobrar fuerzas si tenía un motivo por el que luchar. Los pequeños detalles de la placidez del logro lo alimentaban apenas un breve instante, y Saneil, pretendía atiborrarse de cosas nada insignificantes. Tanto exceso era sin duda una equivocación! Y esa insaciable necesidad de afecto y recogimiento no conseguía paliar su hambre de amor y admiración.

Sabiéndose un trabajador eficaz y capaz de realizar esfuerzos considerables, necesitaba que se valorasen sus aptitudes. Era susceptible, delicado, sensible, pero no quería que le regalaran elogios. Necesitaba ganárselos como si tuviera que probarse a cada paso, ¿complicado?

Sencillo cuando se le conocía.

Aborrecía sentirse sujeto a un engranaje de deberes, obligado a respetarlos punto por punto siguiendo un programa fijado de antemano con pelos y señales. Iván tenía que salirse del cuadro. No se le podía mantener apretado dentro de un marco. Era un demoledor de costumbres. Un ser fuera de lo común. Sorprendente. Imprevisible. Inútil en el contexto de una tarea trivial accesible a cualquiera que solo se volvía eficaz justo en el momento cuando la gente normal ha renunciado. Iván era un hombre providencial.

Todas sus cualidades parecían inventadas especialmente para resolver problemas insolubles. Y ya lo había demostrado a temprana edad, cuando su tía quería vender el ático para adquirir una vivienda en las afueras de Barcelona. Tenía la oportunidad de adquirir un chalet en la urbanización que a ella le gustaba, pero una reputada empresa de compra venta de fincas tenía su ático en cartera desde hacía seis meses y no conseguía cerrar el trato.

La prima de Iván había escapado llegando descalza en plena noche hasta su apartamento sito en la zona franca a causa de una rabieta. Iván convocó un encuentro telefónico donde apaciguar los ánimos y volver el agua al cauce, y de la mano la llevó por la mañana para entregarla, y durante el desayuno se lo explicó su tía. Automático, Iván dijo que fuera a depositar la paga y señal para el chalet de sus sueños sin miedo alguno “Confía en mí” exclamó mientras le guiñaba un ojo y sonreía con luz propia.

Al día siguiente preparó unas tarjetas para notificar a los vecinos el inminente cambio de domicilio y en la circular detalló las características, las mejoras efectuadas en la vivienda, el precio, y una cómoda forma de cerrar la operación. Después de deshacerse de los curiosos, contactó con un cliente potencial y una vez analizada su problemática, se dispuso a solventar uno por uno cada obstáculo que impedían la venta del ático. Iván adoraba que se le llamase en señal de auxilio, que se recurriera a él en un momento absolutamente desesperado para reconducir con su destreza el asunto en cuestión.

Su tía estuvo encantada. Porque era imposible hacerlo en tan poco tiempo, pero Iván no lo sabía, y lo hizo. Consiguió en cinco semanas lo que unos profesionales que se anunciaban en prensa y televisión con pompa y redoble de tambor llevaban veinticuatro semanas intentando y es que Iván, sabía como jugar con los elementos desde la misma cuna. Defendía la siguiente tesis: una cosa vale exactamente lo que alguien está dispuesto a pagar. Y su firmeza tranquilizaba, convencía, apabullaba. No se dejaba influir por el precio recomendado en el barrio, el valor que los bancos otorgaban a su antojo al inmueble o las pretensiones siempre superiores de los propietarios para formalizar la venta. Su tía estuvo a punto de perder el chalet que deseaba por no zanjar el asunto y corría el riesgo de quedarse sin nada. Pero Iván intervino con acierto haciéndole ver que debía moverse con rapidez, y una vez supo el dinero de que disponía y el importe que precisaba para acceder a su sueño, fijó un precio justo para el ático y renunció a su comisión, y al evitarse los honorarios de la empresa de fincas y del gestor administrativo al responsabilizarse él mismo de los tramites, mejoró tanto las condiciones que ganó hasta quien compró el ático que lo premió con una botella de Don Perigñon por haberle facilitado tanto las cosas al resolver algunos aspectos de la venta que no habría sabido afrontar sin su hábil intervención.

Ahí era donde Iván se sentía realmente cómodo, en un lugar donde no se aburría inmerso en una situación que le ponía a prueba diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno… ¡acción!

Jamás se encontró cómodo sentado detrás de un escritorio entre cuatro paredes. Podía experimentar oleadas de poder y satisfacción si encontraba la manera que le permitiera innovar, cambiar, hacer mover las cosas y las personas a su alrededor. El problema radicaba en que el mundo empresarial no supo bien como aprovecharlo. Sus primeros jefes no sabían como utilizarlo ni como beneficiarse de su terrible potencial porque era terrible… Iván era fuego… y el fuego seguro no existe, por eso no podía formar parte de ningún equipo. Él era su equipo y se entendía bien con sus colaboradores desde el momento en que ninguno de ellos tenía derecho a inmiscuirse en su organización personal.

La multiplicidad de sus dotes lo había llevado a ejercer distintas actividades laborales muy diferentes y sin conexión aparente. Este hecho hubiera enloquecido a cualquiera pero a Iván lo estimulaba. Tenía la necesidad imperiosa de continuar experimentando más y más sin límite alguno antes de decidirse por “la” profesión, pues decía “La profesión es el camino hacía la autorrealización personal y ésta, como la esposa que acompañará mis días y mis noches hasta el ocaso, son decisiones que no deben tomarse a la ligera” lo repitió en varias conversaciones antes de conocer a Susana.

Iván reconocía sus defectos. Se sabía impaciente, radical y exigente, sobretodo consigo mismo. No podía vivir sin espacio ni oxigeno. Precisaba aire libre. Necesitaba la amada libertad, y estaba dispuesto a pagar cualquier precio por ella. Su lugar predilecto era ante el timón de un barco para cruzar el mar en solitario. Buen orador, un poco profeta, arquitecto de situaciones, artista, hacía lo que tocaba en cada ocasión: sorprender al más incrédulo de los espectadores.

Durante su infancia y su juventud, su necesidad de afirmación y su intransigencia por aquella situación de desamparo que lo marcó sobremanera le acarrearon dificultades que aun por entonces arrastraba con gran pesar. La brecha que existía en su concepción de lo ideal y la realidad,  pura y dura, a menudo le hacía sentirse insatisfecho. Su madurez se llenaba a diario de incertidumbre con la peculiaridad que Iván, únicamente demostraba en circunstancias extremas todo cuanto era y podía realizar. Era un ser de excepción nacido una noche estrellada para emprender acciones excepcionales. Para Iván… era todo o nada.

Transformaba tanto lo habitual que lo convertía en algo sumamente agotador para todo el mundo. Espléndido invitado, pero un pésimo anfitrión, podía entretener al auditorio con sus impactantes historias, desconcertando con anécdotas extravagantes si era el visitante, la novedad del entorno. Entonces se crecía y hacía vibrar a la gente que desde sus sillas quedaban ensimismados, absortos con su presencia, emocionados por sus palabras y cautivados con su carisma arrollador y su brillante expresión. Pero recibir a las visitas en su hogar para mostrar donde dejar sus abrigos, enseñar la casa, manteniendo a todos por igual la misma sonrisa de cortesía que aguantar hasta el final con hipocresía, eso precisamente no era su fuerte. Para Iván el protocolo era prescindible o mejor dicho: vulgar. Y a él le gustaba saltárselo.

Parecía que la fortuna lo acompañase. Algunos hombres nacen con estrella y otros nacen estrellados. Iván pertenecía al primer grupo. Era un hecho indiscutible e incuestionable.

Iban a celebrarse las Elecciones al Parlamento Europeo. Siguiendo un proceso ante fedatario público, se habían sorteado los puestos a cubrir en las mesas electorales. La casualidad quiso que un recién llegado al municipio de Palafrugell fuera uno de los titulares. Tan pronto se había instalado, Iván inscribió a su familia en el Ayuntamiento. También le presentó sus respetos al señor alcalde en una ceremonia que aprovechó para ofrecer sus servicios profesionales como consultor. Esa había sido la primera vez que entraba en contacto directo con un cargo público.

Aquella mañana se enfundó su elegante americana. Evitó vestir traje olvidando expresamente la corbata. Quería dar una imagen informal a sus nuevos vecinos. En los pueblos de la Costa Brava la etiqueta no es necesaria, delata al forastero, y desde el principio quiso adaptarse y pasar desapercibido, ser, sencillamente, uno más del pueblo pero ese día marcaría la diferencia.

A las ocho de la mañana había tomado posiciones y sabía exactamente cuales eran los pasos que se debían seguir. Un funcionario competente le explicó como debía desarrollarse la jornada electoral. Pero la mañana se completó desolada. Sin apenas asistencia de público. Para cuando llegaron las doce del mediodía, Iván saltaba de la silla doloridos los huesos por la inactividad. Todo estaba correcto. Había papeletas suficientes. Estaban bien ordenadas. Las urnas cumplían las normas y estaban correctamente precintadas. Los reservados para depositar en secreto la votación eran accesibles al público con el correspondiente grado de intimidad; las estancias limpias y todos los documentos oficiales cumplimentados le obligaban a cruzarse de brazos. Nada quedaba por hacer, salvo esperar. Le quemaban los pies queriendo bailar a ritmo de jazz.

Había trabado amistad con toda la gente que como él, debían permanecer por imperativo legal hasta que el día cerrase a su fin y el recuento oficial pudiera inscribirse en las hojas pertinentes que se entregaban a la Junta Electoral Comarcal. Y las paredes se le cayeron encima. El techo se bajó hasta su cintura. El suelo desapareció y tuvo que salir con urgencia con la excusa de comer.

A continuación de tomarse el café en el restaurante de la esquina del Ayuntamiento, al volver a situarse detrás de aquella mesa en señal de completa espera, de apática espera, como si de una chimenea se tratara a Iván le salía humo de la cabeza. Fue únicamente por aburrimiento que se interesó por los respectivos partidos, los candidatos, las alternativas de gobierno y los posibles resultados según las tendencias habituales en la población.

Al cabo de un rato de abrirse en la mesa un intenso debate por quién obtendría un mayor número de votos, entraron los responsables de las distintas formaciones políticas por la puerta con toda su comitiva. Realizaban la característica ronda por los distintos lugares donde se ubicaban las mesas electorales. Uno de ellos se quedó ahí. No continuó el recorrido. Estaba mirando por la ventana cuando Iván se le acercó por detrás para preguntarle “¿Cómo se llega a ser político?”. Pero sus explicaciones no le convencieron. Había planteado una simple cuestión. Quería una sencilla respuesta. Pero obtuvo un montón de frases contradictorias e inconexas.

Dos mujeres le habían incitado a hablarle cuando se quedó solo frente a la ventana. Lo señalaron con el dedo para identificarlo como el portavoz de un grupo político. Iván quedó muy decepcionado con el segundo contacto directo con un cargo público. Abordó al funcionario que con tanta precisión le había instruido a primera hora de la mañana, pero extrañamente, en relación a dicho asunto, eludió el tema inmediatamente.

Habían despertado entre todos la curiosidad de Iván. Parecía un tema tabú. Aunque se trataba de elecciones europeas, intuía alguna cosa más que por el momento se le escapaba. Aquél esoterismo lo embriagó hasta hechizarlo y al instante, comenzó a interrogar a los presentes sobre el funcionamiento local de la política. Le pareció apasionante la cantidad de especulaciones y deseos de cambios que la población reclamaba. Con entereza afirmó “Yo también me presentaré a las elecciones municipales dentro de un año” pero lo miraron con incredulidad… y todos se burlaron a la de tres en un concierto en Fa mayor.

Por fin se cerraba aquél monótono día donde el único aliciente había sido descubrir lo complejo que resultaría intentar convertirse en concejal del Ayuntamiento. Faltaban apenas veinte minutos, y el dilema más grande se avecinaba sin que Iván hubiera caído en la cuenta. Los miembros que supervisan las votaciones deben ser los últimos en votar. Lo hacen todos juntos antes del recuento, pero Iván no se planteó hacerlo hasta que comprendió que no podría dejar de votar frente a los demás. Jamás antes se había acercado a una mesa electoral. Jamás antes se había interesado por la política. Y jamás antes había votado a un partido político.

Iván no tenía dictamen. Carecía de criterio político. Pero abiertamente, y delante de los entrometidos alargó el brazo hasta una papeleta que depositó en un sobre dentro de la urna de metra quilato. Y aunque votó en blanco, aquella noche pensó mucho sobre todo lo ocurrido. Sobre los comentarios de sus compañeros de mesa. Sobre los problemas que amenazaban al municipio. Sobre el secretismo de cómo acceder al mundo de la política. Pero sobretodo, pensó en la facultad de cualquier ciudadano mayor de edad para poder ejercer su derecho a participar, no solamente votando, sino también innovando en la legislación.

Había sido la primera vez que manifestó su opinión, y lamentó de madrugada haber ignorado tantas otras veces las jornadas electorales y su deber cívico.

La mañana amaneció con sus habituales retos que lo absorbieron y aquél fue otro episodio zanjado con el ayer. Un día más vivido de otra manera haciendo otra cosa distinta. Y comentó con Susana como se había desarrollado todo el acontecimiento pero omitiendo el breve y desalentador encuentro con El Político. Le contó los anécdotas divertidos. Como aseguran la confidencialidad. La veracidad durante el recuento. Detalló el sofisticado sistema informático y la expectación que había por uno u otro partido en el municipio que residían. Mencionó el importe de pesetas que cobró. Y fue entonces que  reaccionó para soltar un –caramba- porque lo demás, no le importaba a Susana. También ella era una apolítica empedernida.

Iván era temático. Tenía claros sus objetivos. Estaban bien definidos. Y los revisaba cada trimestre para readaptarlos. Organizaba los recursos. Planificaba la gestión. La ejecutaba, liderándola. Controlaba cualquier posible desvió para asegurar la consecución y supervisaba que la finalidad del logro se había cumplido.

Un objetivo familiar. Un objetivo profesional. Y solamente una prioridad en cada campo.

Vivía en compartimientos estanco desde que Dale Carnegie se lo sugiriera diez años atrás. Desde aquel momento no mezcló los ambientes. No pensó en cosas del trabajo cuando estaba en casa y no pensó en cosas familiares cuando estaba en el despacho. No jugaba dos partidos paralelos. Se concentraba únicamente en la actividad que desempeñaba, sobretodo, cuando se tiraba por el suelo del lujoso salón con su hija. Y cuando Ágata le contaba sus cosas frente a la chimenea en invierno, en el agua de la piscina en verano, escuchando con suma atención embobado ante la personita que se hacía mayor, Iván tenía más claro que nunca cuál era su objetivo prioritario.

Sabía que para profundizar en cualquier relación de la índole que sea es necesario escuchar. Sosegadamente atendía la opinión de su hija tumbado a su lado y aceptaba sus regaños cuando estaban justificados. Es saludable y razonable que los pequeños puedan regañar a los mayores porque desde su óptica se aprecian cosas insólitas que desde cierta altura quedan empañadas en los ojos adultos. Ese día lo regañó diciéndole -Dame un papel de dinero-.

Se trataba de una multa. Iván se había marchado en la mañana sin el abrazo y el beso, algo tan cotidiano que cuando no se producía molestaba. Frente a sus chispeantes ojitos, apagado el televisor, lejos el maletín del trabajo, analizando cada palabra, cada movimiento suyo, también la niña lo enseñaba como amar. Ágata se sentía importante y crecía con autoestima.

Aquella piedra preciosa supo desde pequeña que el entorno no terminaba en La Mimosa. Caminar por el asfalto, no es pasear en el monte donde en vez de tránsito y ruido hay pájaros y melodías. La residencia tenía un hermoso jardín, pero aún así, tanta pared de ladrillo circundando el perímetro oprimía a Iván. Recordaba el hiero, el cemento y el cristal de la azotea del colegio rodeada por edificios sucios y tristes como si fuera una pesadilla.

Cada fin de semana degustaban el campo o la playa. Sobretodo el día que cambiaba la estación. Solían escapar a realizar un picnic mientras Susana aprovechaba para una limpieza a fondo de la enorme vivienda. “No basta con aprender en el colegio acerca de los ríos y los árboles, tienes que verlos, palparlos hasta hacerlos tuyos” le había explicado sentados en la arena frente al mar Mediterráneo.

Las salidas ayudaban al desarrollo de la mutua comprensión y contribuían a una comunicación fluida y distendida sentados encima de un tronco comiendo el bocadillo que mamá había preparado. Se estrechaban los lazos entre padre e hija.

“Saber que existen, no es ni la mitad del milagro de sentirlos” le decía a la pequeña que aumentaba su conciencia del mundo natural. “No parques y jardines correctamente cuidados, el monte salvaje donde uno se abre camino apartando los matorrales. Nada compensa la experiencia directa”. Y la ilustraba sobre insectos y plantas. Inventaba juegos donde había que buscar un tesoro enterrado en las inmediaciones de donde estaban.

Desde pequeña aprendía a respirar profundamente aire no contaminado. A la niña le fascinaba la naturaleza. Jamás se quejó de las salidas por muy a primera hora que iniciaran. Jamás prefirió quedarse viendo televisión. Y desde la primera excursión quedó absorta y apreció todavía más la comodidad doméstica. “Los niños que no sienten lo que hacen se convierten en adultos egoístas” pensaba Iván.

Preparaban juntos las excursiones en función de los gustos y la época del año. Le describía los lugares a los que podían ir, como se llegaba hasta ellos y una vez ahí, le contaba qué podían hacer. Si Ágata exclama –Ay!!!… que sucio- inmediatamente insistía “Haber quien llena la bolsa antes” y recogían la basura desperdigada plenos de risas y corredizas. Adecentaban el lugar antes de disfrutarlo. Si se topaban por el camino con una cerca de ganado la dejaban debidamente cerrada. Con cuidado pisaban cuando atravesaban algún campo recién sembrado. No encendían fogatas. Y recogían plantas para Susana, pero jamás demasiadas, y no las ponían en cuencos de agua para que se marchitaran. Las plantaban en las jardineras de la terraza. Su visita no dañaba el medio ambiente. Protegían el deterioro de todo paraje natural.

Acostumbraron a visitar lugares alejados de toda urbanización, de cazadores, de motocicletas de trial, de vehículos 4×4 y de curiosos ciudadanos del municipio que lo señalaban con el dedo porque había corrido la voz.

Las dos mujeres que compartieron la mesa con él el día de las votaciones iniciaron una publicidad sazonada de burla y con un cuchicheo advertían al cruzarse con Iván –Es ese de can fanga– sin respetar su vida privada y su decisión de obrar. Pero Iván se tomaba el mismo tiempo para jugar que para ser amable y les sonreía alzando su mano con simpático ademán desconcertándolos.

El padre de Ágata, aún a su temprana edad, no la engañaba sobre la envergadura del problema: “El aumento de una población con hábitos necios e imprudentes, tecnología punta que utiliza excesivas sustancias químicas, descontrolada actividad para carreteras y urbanizaciones que ocasionan una erosión acelerada menguando el territorio fértil” y es que a veces Iván parecía Oscar. Pero es que el creciente deterioro de la naturaleza también es una realidad para una niña que pronto cumpliría cinco años. No era un fábula. Ningún invento de Iván.

Ágata aprendía a cuidar el entorno junto a su padre. Aprendía la importancia de asumir responsabilidades. Aprendía a comprometerse con las tareas. Iván quería que su hija pudiera continuar enriqueciéndose con lo refrescante y estimulante de tan preciada belleza cuando tuviera sus propios hijos con los que salir a pasear. De verdad quería. Y así se lo contaba a una niña que corre a ser mayor un padre que jugaba a ser todavía niño.

Una salida a solas con su progenitor era mejor que cualquier juguete. Sobretodo porque Iván planteaba su educación como un juego divertido. Y le instaba a tocar, oler, y escudriñar, animándola a explorar, a probar cosas nuevas para descubrir por sí misma adoptando opiniones y criterios propios.

Los juguetes forman parte del mundo infantil “Pero aunque sean emocionantes e imaginativos jamás equivalen al mundo real. No pueden equipararse al placer de la vivencia espontánea aunque fabricantes y publicistas pretendan hacer creer al niño y la niña lo contrario” se justificaba con Susana sin tener necesidad “Ni fabricantes ni publicistas se ganarán a nuestra hija, no conseguirían manipularla”. Susana sonreía y le decía -De esto te encargarás tú Iván-. Iván que recordaba la decepción sufrida cuando pidió para el día de Reyes un automóvil que se conducía por una autopista a gran velocidad. Al abrir el paquete… la decepción empaquetada! Y se dijo para sus adentros “Jamás voy a creerme lo que me digan en la tele hasta no comprobarlo yo mismo”. Y no volvieron a jugar con sus emociones como no lo haría con las emociones de su hija. Se lo había propuesto y estaba a la defensiva. Protegía a Ágata de la avalancha punzante de mentiras vestidas de verdades.

En el campo se agachaba para mostrarle un caracol, en la playa, recogían juntos conchas y piedrecillas con olor a mar salada. La pequeña le dijo en una ocasión -Esto no pede compar en sumercado…- mientras se acercaba una caracola a su pequeña nariz respingona.

“Por muy sofisticada y avanzada que sea la industria jamás podrá equipararse a la fuerza y vivacidad de la naturaleza. No hay réplicas para la arena o el agua, las flores o la hierba, una rama seca o un fruto maduro en el suelo a los pies del árbol”. Obraba con sabiduría Iván. Consentía con sabiduría Ágata -¿Los árboles se ponen fermos y se mueren por culpa del bumo de chokes papuchi?- preguntó en tono afirmativo.

¡Bien! Pensó Iván. Esta niña es una niña despierta.

Y cuando la regañaba. Cuando Iván regañaba a Ágata lo hacía con una mezcla equilibrada de firmeza y suavidad en vez de ser agresivo y autoritario imponiéndose como un general.

Protegía su espacio vital y las salidas a la Naturaleza.

Iván acostumbraba a dar paseos de siete a once kilómetros para tonificar sus músculos, adiestraba los reflejos, y decía que ayudaban a una mejor digestión cuando no eran más que paréntesis para escapar brevemente a la monotonía.

Para mantenerse en forma y aguantar el ritmo que imponía su hija, practicaba regularmente natación, apartándose del culto al cuerpo y la musculación.

A Iván le gustaba terminar el día sin jadear de cansancio y sin que le dolieran las piernas. No le agradaban los ascensores ni las escaleras mecánicas. Movía los pies. No le costaba doblarse para desatarse los cordones de los zapatos sin tener que doblar las rodillas.

Frecuentaba el ejercicio y la dieta revitalizante, pero esa mañana concreta, hacía seis meses que se habían celebrado las Elecciones al Parlamento Europeo. Desayunaba en la amplia cocina. Miraba las noticias. Se encontraba bastante cansado porque se había excedido en el gimnasio. Le dedicaba treinta minutos más desde que lo abrieron a partir de las seis de la mañana.

Sorbía café caliente al que agregaba un poco de güisqui y miel cuando una intervención del Presidente de la Generalitat de Catalunya le acorraló la mente. Se quedó mirándolo fijamente, cosa que jamás había hecho y al terminar su exposición exclamó “No he entendido nada de lo que ha dicho”. Pero en ese momento entró Susana y se levantó para abrazarla. El abrazo duró diecisiete minutos si contamos el desnudo y que la estiró encima de la mesa.

Su amor no era perezoso ni sonaba a cansancio. Y era emocionante y peligrosa la posibilidad de ser descubiertos! Ágata acostumbraba a despertarse más tarde de las ocho. La guardería no habría sus puertas hasta las nueve. Susana se tapó rápidamente con la bata que anudó y pensó que el matutino era con diferencia el más delicioso.

Y volvía a estrecharla largo tiempo entre sus brazos antes de mediar palabra porque para Iván se trataba de un placer indescriptible esa manera de desear buenos días luego de abrirle el bata de seda cuando todavía tenía los párpados pegados. Entraba a la cocina sonámbula a por… un café decía Susana segura de encontrar al felino al acecho. Seguía embelesada de toda su animalidad ataviada con el sombrero de la bienvenida, y como si fuera un reencuentro después de semanas de ausencia y melancolía, aquel ritual diario era la mejor manera de empezar el día. Sin semejante preámbulo no podía darse por inaugurada la nueva jornada. En seguida venía la ducha espalda contra espalda, Iván por segunda vez; aunque en el gimnasio lo hacía sin jabón frotándose solamente con un guante de crin para activar la circulación y renovar la epidermis y, ah! mucha agua tan helada como las puntas de los alfileres lloviendo con furia.

Partió en su veloz deportivo a Barcelona. Tenía solamente una reunión, pero justificaba de sobras el viaje. Solía agrupar todas las tareas a realizar en Barcelona haciéndolas coincidir en un mismo día de la semana, pero en aquella ocasión, no había trabajo que realizar sino era sorprender a sus dos mujeres con algún obsequio útil para el hogar. También pensó en ir al cine. Una vez en la Plaza Calvo Sotelo, saliendo con la misión cumplida y toda la tarde por delante, a Iván se le cruzaron los cables.

Frente al parking a donde se dirigía se encontraba la sede central del partido que con insistencia quería implantarse en Cataluña. Sin pensarlo dos veces cruzó la calle y con firme predisposición solicitó ver al presidente para exponer sus intenciones que, una vez más, obedecían a un extraño impulso repentino y locuaz.

Primero conversó con la recepcionista, y a su vez, con una secretaria que su convicción y presencia le causaron cierta curiosidad, y se despertó el interés de la jefa de gabinete que entraba en ese momento. Inmediatamente fue invitado a sentarse en una sala de espera donde un hombre muy mayor de arqueada espalda le interrogó. Más tarde, se repitió la escena a manos de un hombre muy bajito y enérgico y luego, después de haber ojeado manuales y revistas del partido en una larga espera de un silencio turbador, ya en otras dependencias algo más confortables, Iván contestó nuevamente a las mismas preguntas a una guapa señorita de impecable traje chaqueta gris perla, la asistente del presidente, quien le invitó a pasar a una sala más grande y todavía más confortable donde se encontraban tres hombres serios. A uno de ellos lo reconoció enseguida por sus apariciones en los medios de comunicación.

Al pedirle cual era el motivo de su visita, Iván repitió exactamente las mismas palabras que había pronunciado tres horas antes en la entrada “Vivo en un municipio en la Costa Brava donde ustedes no tienen presencia y me gustaría encabezar la lista en las próximas elecciones municipales” y cesó su exposición breve, pero directa.

El comportamiento de Iván demostraba entereza. Se había atrevido a dar ese contundente paso y, tras un exhaustivo interrogatorio donde ninguno confesó la importancia estratégica de dicho municipio, Iván lidió con los tres adornando convenientemente la conversación para entregar los elementos que sabía podían gustar. Hasta que el presidente dio su autorización. Cuando aquella noche en una cena con varios amigos anunció con entusiasmo la noticia “Voy a presentarme a las elecciones” todos enmudecieron, se miraron unos a otros, sonrieron, y se carcajearon por la ocurrente broma. Únicamente Susana lo miró de reojo sin decir nada, helada. Su esposo había vuelto a tensar el arco. Había lanzado su flecha como siempre, muy alto.

Faltaban seis meses para las elecciones municipales y para Iván, aquel era tiempo suficiente para prepararse. Desconocía las estrategias, pero eso no hacía más que añadir emoción al asunto. Su mente se empapó de política. Leía sobre política. Bebía y comía política. Pensaba a todas horas “No es los ciudadanos por un lado y los políticos por el otro. Ser político es una profesión más, como ser carnicero o albañil, lampista, médico o abogado. Los ciudadanos de a pie no son diferentes de los políticos. No podemos marcar distancias. La gente no está al margen” y con este tipo de argumentos entraba poco a poco en su nuevo personaje; la nueva mascarada “Cuando hablamos del pueblo y de sus ciudadanos, lo hemos de hacer como si nos refiriéramos a la familia, más aún, como si fueran realmente la propia familia”. Inventaba argumentos para estimularse en positivo y convencerse a sí mismo de que aquella actividad era la mejor opción. Se vestía de la básica percepción sobre el tema.

No importaba si estaba en la tabla de abdominales del gimnasio o tendido en la cama antes de apagar la luz o paseando por la playa con las plantas de los pies hundidas en la arena fría de invierno “El pueblo, cada ciudadano es parte de mi familia y al salir del Parlamento donde se regula aquello que debe cumplirse, nosotros los políticos somos uno más y no solamente legisladores”. Hablaba y hablaba creyéndose una importante personalidad pública como si le entrevistaran en una radio cuando en realidad no pasaba de ser un hombre que un día tuvo la osadía de presentarse en un lugar donde recibió una simpática palmadita en la espalda pero nada más.

Todos le habían olvidado ya inmersos en la vorágine de los acontecimientos diarios y su visita, no pasó de ser un anécdota sin relevancia en la sede del partido en Barcelona.

En la historia de la humanidad, quienes realmente triunfan son aquellos que se mantienen fieles a sí mismos esforzándose por conservar su escala de valores. Triunfan quienes respetan sus ideas y principios morales.

El planteamiento inicial de Iván era romántico, no ansiaba poder. Sin duda el dinero es el mejor mecanismo de protección del mundo capitalista. ¿Solo pueden soñar los que poseen dinero? ¿Únicamente la gente con dinero es libre? ¿Don dinero lo puede todo?

Iván no quería adulterarse, no quiso jamás prostituirse. Sabía vivir consigo mismo y no quería sentir vergüenza de sí mismo, sin embargo, desde muy pequeño algo le decía que desde arriba las cosas son mejores. Creía que se vería mucho mejor desde la cima. Estaba convencido que todo sería más cómodo y fácil una vez arriba. Ajeno al pisotón del fuerte de turno frente al débil ocasional. Estaba decidido a formar parte de ese diez por ciento de personas que actúa sobre el resto. Manteniéndose cerca de los que deciden, de los poderosos, quería participar en lo que afectaba irreversiblemente en la vida de todos. Quería utilizar los mecanismos; aquellos utensilios ajenos a la gran mayoría de los particulares patrimonio exclusivo de unas cuantas grandes instituciones.

Iván se cuidaba de no ensuciarse las manos, pero se negaba a desconocer, a no indagar, pues nadie más que él quería saber, y quería saber todo de casi todo. Jamás quiso que lo enredaran. Precisaba entender con conocimiento de causa directamente de la fuente sin ninguna clase de intermediarios. Siempre quiso la verdad de primera mano y aguantó su crudeza sin amilanarse. Era un hombre que estaba preparado para cualquier cosa. Con treinta años recién cumplidos, todavía tenía la fogosidad de un adolescente y ante cada nuevo proyecto seguía explorando. Continuaba asumiendo riesgos. Iván tenía la aventura tatuada en su piel. Una vez más, se había soltado dejándose arrastrar por la corriente confiando que lo llevaría a un lugar; bueno o malo, pero a un nuevo lugar que valía la pena descubrir.

¿Por qué ahora? Ahora que no tenía preocupaciones. Ahora que trabajaba solamente dos o tres días a la semana. Ahora que disfrutaba de una estabilidad en todos los sentidos… ¿por qué complicarlo todo de nuevo otra vez?

Al igual que un vampiro necesita sangre para vivir, Iván necesitaba otra hazaña, quizás para demostrarse que seguía dominando las situaciones, quizás para autoreafirmarse, quizás para no aburrirse y evitar caer en la monotonía de las costumbres, pero, ¿por qué la política?

¿Por qué a todo el mundo le parecía imposible? ¿precisamente por eso? ¿Por qué a la gente consultada le parecía un mundo complejo y difícil? o, …porque se burlaron de su propósito! Quizás sí, quizás pensó que debía demostrar su estirpe de héroe o… simplemente porque era algo totalmente nuevo y desconocido para él.

Nadie sabía exactamente los motivos y si le preguntaban se encontraban con un “¿Y por qué no?” tan arrollador por su gesto y su tono como decepcionante por su falta de fundamento. Sin embargo, detrás de aquél inicial impulso ciego aparentemente inconsciente, lejos del capricho compulsivo, encontró razonamientos de peso para su espíritu inquieto que le llevaron a seguir adelante sin detenerse.

No quería ser simplemente un miembro de la sociedad, Iván quería dirigirla a su manera imprimiéndole “Mi estilo y mi huella”. Prefería ser el primero en un municipio a ser el segundo en una gran ciudad. Pero no deseaba ser el cacique del pueblo sino tocar a su antojo desde lo alto del campanario con ritmos inexplorados y anuncios inéditos.

Iván había comprendido que la política permite disponer de información privilegiada y veraz, y esta ventaja, en sí misma era todo un atractivo pero había más, mucho más. La oportunidad de tomar decisiones importantes que afectaran a personas y la facilidad de aprovecharse de ciertos recursos alejados del ciudadano medio “Pertenecer a un grupo de presión y a un colectivo concreto que se autoprotege” decía, se volvieron inamovibles cuestiones de peso. Y una vez se fijó en estos simples hechos, no pudo dejar de analizar el conglomerado con todo su vasto horizonte. Pretendía beneficiarse inteligentemente.

El despacho de Iván se llenó de videos relacionados con la política desde muy diversos ángulos. Conocía bien el mundo empresarial y financiero, los bufetes y el espectáculo, y lo político le pareció una especie de fusión de todos estos distintos ambientes en donde hacer repercutir sus conocimientos.

Afirmaba “Nadie se hace rico trabajando ni tampoco negociando equitativamente. Todas las grandes fortunas se han conseguido con métodos poco ortodoxos” y es cierto, suele decirse que detrás de un gran imperio se oculta un robo o un asesinato. Él siempre creyó que era mejor robar a un rico que a un pobre “Pero mucho mejor es robarle a un ladrón”. Por esto buscó en el mercado del libro viejo de segunda mano el arte de la guerra de Sunt Su, para hacerse con su filosofía. Y comenzó a fascinarse con todo lo relacionado con el poder en la sombra y los grupos de presión como la Masonería o el Opus Dei. Pero fue el cine quien otra vez lo sedujo poniéndole al descubierto, aunque fuera desde la ficción, un colectivo independiente al margen de la ley: ese poder llamado Mafia. Continuaba tomando prestado del medio cinematográfico grageas estimulantes.

La vida siempre supera la ficción, porque en la película solo pasa una cosa, existe una sola trama mientras que en la vida transcurren mil cosas a la vez y no puedes detener la vida y rebobinar.

Susana le preguntó al respecto del material y le dijo él “Voy a mantenerme cercano al poder porque al ciudadano en general se le oculta información. El reconocimiento social lleva implícita la escucha por parte de la población y siendo popular la verdad quedara subrayada en rojo”. Había instalado un video en el despacho, quitó el dedo de la pausa del control remoto y continuaron sus ojos fijos en la pantalla del televisor.

De nuevo Susana atendió sin decir nada y discretamente cerró la puerta y bajó las escaleras hasta el lujoso salón donde Ágata pintaba en una cartulina. Era la única que lo apoyaba, aunque lo hacía desde un mutismo de consentimiento sin delatarse, siempre dispuesta para ayudarle en cualquier cosa que pidiera su Iván. Susana fue la única persona que no cuestionó su decisión, aún con todo el riesgo que entrañaba la nueva aventura de su esposo para la estabilidad del hogar.

Susana no sólo amaba a Iván, también lo respetaba. Sin embargo, pensó que estaba muy equivocado -La gente escucha con mayor predisposición a un rostro agradablemente famoso, habitual de las tertulias y el chisme televisado que a un político que es serio y aburrido. Escucharán maravillados a un astro del fútbol, una estrella de rock, incluso a quién sin méritos propios es portada de las revistas del corazón aunque sus palabras estén vacías y carezcan de significado… antes que a un político de sonrisa postiza- y Susana estaba en lo cierto.

Iván comenzaba a tener la sensación de que todas las miradas se centraban en él; en lo que hacía, en cómo lo hacía, y en todo cuanto decía. Medía cada palabra como si fuera un doctrina, cada movimiento hasta el punto de llegar a obsesionarse por algo que carecía de consistencia.

Habían transcurrido cinco semanas desde su visita a la sede del partido y ningún otro contacto se había producido. Entró en un capítulo en el que creía ser el único poseedor de la verdad y a su lado no había nadie para desengañarlo, ni siquiera Susana entretenida con Ágata. Pero su vida estaba llena de sensaciones nuevas, emociones que lo hacían vibrar y a Iván le complacía saborearlas. Exprimirlas. No quería ignorar ninguna y las conservaba con mimo y casi con celo. Etapas donde la incertidumbre se abraza con la posibilidad del logro se sucedían unas a otras surgiendo “Algo nuevo y maravilloso” qué dicha la de Iván, ¿he escrito dicha en vez de felicidad?

Su compromiso consistía en ser lo que en verdad podía llegar a ser, pero cada meta lo alejaba de su ser. La felicidad de las demás personas era a la vez su propia felicidad, y pensó que en esta nueva incursión podría desarrollar tal facultad. En su actividad laboral última, supo mantenerse en una posición envidiada por muchos de sus ex-colaboradores desde su centro operativo en la Costa Brava, consiguiendo hacer ganar más dinero a sus “amigos” apuntalando la leyenda que no decaía. Conocía la estrategia del enfrentamiento a muerte en un solo combate y le seducía la idea de aprender diplomacia para entablar batallas verbales y evitar absurdos tiroteos.

A Iván le gustaba saber quién estaba con él y quién contra él, pero ahora debía aprender a utilizar un mayor grado de sutileza pues hasta la fecha, se le veía venir a la legua porque él mismo insinuaba claramente cual sería su siguiente acto. Era una incógnita saber si Iván aprendería a hablar “con segundas” y parábolas. Pero ¿a quién?… a sus adversarios y contrincantes políticos debía hablarles con ese lenguaje encubierto en la endulzada agresión, o, al pueblo desatendido al que pretendía amar. Si lo conseguía… ¿a quién engañaría? ¿Se alinearía con la clase política para pisar al pueblo?

Iván era un ser directo que obvia lo superfluo. Siempre le molestó la innecesaria paja que confunde más que ayuda en las conversaciones. Era tiempo de aprender a controlar y callar ciertas opiniones. Y situaciones como la de aquella misma tarde en la que su clienta le había advertido de las características del abogado contrario permitiéndole disparar uno de sus dardos que lo hacían tan sumamente peculiar “La homosexualidad, cuando no es vicio, permite profundizar en el abismo del amor” resulta que esa clase de comentarios ya no podrían exteriorizarse. No podría expresarse con plena espontaneidad ante la posibilidad de que algún medio de comunicación tergiversara sus palabras. Debería desechar esas maneras. En un futuro próximo, parecía que Iván entraría a formar parte del colectivo que dice un montón de tonterías para “quedar bien” mientras encogen los dedos del pie dentro del zapato.

“Los escritores cuentan mentiras para decir verdades. Los políticos cuentan mentiras para esconder la verdad. Una declaración pública, debe cumplir tres importante requisitos: debe ser agradable, necesaria, y verdadera. En momentos de apuro, puede prescindirse de uno de estos requisitos, pero jamás de dos. Dos de ellos tienen que estar presentes siempre. Y suele prescindirse de la necesidad de decir la verdad, amparados en la necesidad de protegerse entre ellos, en la necesidad de esconderse la verdad al conjunto de la sociedad”. Sus palabras estaban prestas a sonar igual que una espada cuando sale de su vaina de acero.

A Iván le sobraba sentido de la responsabilidad, sin embargo, le faltaba sentido del humor. Tenía que aprender a explicar buenos chistes para meterse a los invitados en el bolsillo. En su nuevo mundo no eran convenientes sus relatos porque podían ser un foco de problemas. Y sus logros profesionales serían interpretados como pedantes exhibiciones desafortunadas, por lo tanto, comedido, debía encontrar una fórmula inofensiva para ser el centro del grupo y ganarse a la gente con alegría mediante comentarios sarcásticos sobre otros políticos y descafeinadas charlas sazonadas de risas, compleja tarea para Iván, pero todo se aprende… ¿pero quería aprender algo que era incompatible con su naturaleza?

Mantenía desde hacía varios años que “Las hazañas de un gran hombre valen más que sus defectos y debilidades”. En algún lugar había leído que una mano lava a la otra, o quizás, lo había escuchado en algún diálogo de los periódicos pases de películas a los que se sometía en su despacho para conocer gestos y vocabulario. La cuestión es que para Iván todo cuanto era trivial merecía borrarse del mapa y reírse era mejor que hablar de tonterías, pero no era una prioridad habiendo tantas cosas importantes que plantearse. Además, su alegría y sus carcajadas, pertenecían únicamente a su hija Ágata para la que se convertía en un auténtico payaso de circo. Por una vez en su vida parecía que no le satisfacía el personaje.

Sin embargo, estaba cada vez más convencido de consagrar su existencia a procurar el bien colectivo desde una posición elevada porque para él no podía ser de otro modo… “Pero sin perder de vista mi autorrealización personal” se dijo.

Llevaba muchos años persiguiéndola, y constantemente parecía que sería la última vez hasta que se bajaba de la noria y se subía a una nueva atracción “Una sola actividad en cada momento y un momento para dedicárselo a cada actividad” afirmó levantando la copa de fino cristal en casa de sus suegros la noche de fin de año y en ese instante, Susana supo que su amado esposo se había montado en la montaña rusa sin apretarse el cierre de seguridad, y dejó que sus párpados descendieran, los apretó, sorbió la copa de cava resignada a ser la esposa de un político aunque no de un político cualquiera, claro está. Estamos hablando de Iván.

Iván despedía el año dando gracias por un sin fin de innumerables motivos. Incluso el pormenor más leve que otra persona escogería como acontecimiento que lamentar, para Iván merecía un elogio. Por alguna u otra razón le sacaba punta en positivo y, sin duda, aquella madrugada que inauguraba el nuevo año no fue distinta a los anteriores 31 de diciembre.

Una mirada vigorosa de una fuerza aparentemente ilimitada volvía para darle la bienvenida con idéntico brillo que cuando necesitaba descubrir parajes insólitos en lugares lejanos como punta de lanza excitada. Iván sentía que todavía le acompañaba la sensación de estar realizando algo inmensamente grande. Sentía que preparaba los planos de una empresa arriesgada dispuesto a reanudar el camino hacia un desafío que estimulara su afán por vivir la vida con intensidad.

Exprimía la última gota del año. ¡Qué gozo! Pero aún mayor era el gozo de recibir al nuevo ciclo de vida con la promesa de aventuras tremendas.

Se trataba de un rito que le señalaba su capacidad para elegir el propio destino.

Tenía una serie de innatas habilidades que lo marcaban allí donde se encontraba. Lentamente fue enriqueciéndose, no sin sufrimiento, para obtener valiosos conocimientos, pero el dolor de la vida es el precio que se paga para avivar el corazón.

Pronto podría conseguir materializar los instrumentos precisos para su única misión, pues había dejado de atender los expedientes del despacho y las llamadas de Barcelona y no aceptó ningún encargo profesional nuevo.

Le acercó la silla a la mesa cuando Susana iba a sentarse y, rozándole la mejilla con sus labios entreabiertos, susurró al llegar al oído a continuación de cruzar rozándole la mejilla con su nariz un delicado te quiero.

Tras el detalle Ágata aumentaba el respeto por su papuchi al tiempo que cantaba los villancicos. Estaba acostumbrada a verlo comportarse como un autentico caballero de cuento de hadas que valiente se enfrentaba al maligno dragón para vencerlo con la misma facilidad con que le cedía el mayor espacio en la acera o le abría la puerta del ascensor. Dejaba pasar primero a su madre en la consulta del médico y acto seguido la alzaba para cargarla en sus brazos tranquilizadores. Iván se abría paso para que sus dos hadas no fueran pisoteadas frente a la multitud en una aglomeración de gente en avalancha al interior de un centro comercial el primer día de rebajas. Durante una manifestación en la que se producían altercados, ahí estaba Iván como el mejor superman.

La mayoría de adultos que rodeaban a Ágata pensaban que era demasiado pequeña para atender los pormenores de la vida, pero sin saber bien por qué, Ágata lo hacía. Percibía, avispada.

Se comieron las doce uvas al compás de las doce campanadas.

Quizás empezaba el mejor momento para Iván.

Jamás le agradó trabajar para los demás. Prefería hacerlo con los demás, y en lo posible, con el dinero de los demás. Así es como se llenó de experiencia y así benefició a clientes, socios, proveedores. Le tocaba beneficiarse.

Aunque el oro, a menudo viene cubierto de lodo!

                            *                  *                  *                  *

El diez de enero de 1995 se personó en la sede del partido en Gerona sin previo aviso; el antiguo edificio le pareció el mismo crepúsculo estridente de un ocaso grisáceo.

Precisaba el “visto bueno” del presidente provincial antes de poner la maquinaria en marcha. Con menos parafernalia que en Barcelona, se repitió el ceremonial. Las mismas preguntas. Las mismas respuestas por parte de Iván, pero añadiendo al final de la frase la autorización verbal del presidente del partido en Cataluña, con lo que aquello se convertía en una mera formalidad. Había pasado la prueba de fuego en la sede central en Barcelona.

Joven, bien plantado, dinámico en sus maneras, de elocuentes palabras y, nadie había mostrado interés en presentar candidatura en aquel lugar desde 1982. No era probable que venciera, pero los dirigentes de Madrid querían incrementar el número de listas electorales por lo que aquel hombre obeso de espesa barba pelirroja no dudó en darle la conformidad. Al fin y al cabo, una lista más, en sí misma era un triunfo. Tenía dudas por su inexperiencia pero no se lo manifestó, como tampoco le explicó las dificultades con que iba a enfrentarse para no asustar al tierno varón.

Durante la entrevista personal se limitó a asentir con la cabeza en señal de aprobación. No le facilitó documentos ni tampoco material a partir del cual iniciar su labor. Y una vez lo despidió en la puerta, cuando se cerró tras él, se olvidaron por completo de tan entusiasta joven de impecable porte con aspecto de ternero degollado antes de comenzar.

Lo único que obtuvo Iván una semana más tarde, fue una relación de antiguos militantes elaborada al inicio de implantarse la democracia luego del régimen franquista por mediación del fax. La firmaba el secretario de organización por orden del presidente provincial acotando un comentario escueto: ¡suerte!

El mayor problema con el que se encontraba Iván eran las siglas escogidas. Había decidido representar a un partido españolista de derechas en una zona de marcado sentimiento nacionalista y aunque habían modernizado su logotipo haciéndolo más estilizado, no pudieron borrar su rancio aroma caduco para el sentir de muchas personas. En un territorio predominantemente catalán, donde los forasteros eran excluidos despreciados y humillados, apostar por aquél partido era un suicidio, una deshonra, y así se lo manifestaron los vecinos de la urbanización y todos los familiares de su cuñada nativos de la zona, pero Iván, como siempre ignoró los comentarios derrotistas desenvainando la espada de los imposibles.

Reunió a toda la gente simpatizante del partido en un local social del municipio para presentarse. Quería su consentimiento como cabeza de lista. No era un requisito necesario, pero quiso hacerlo por respeto a los que un día ensalzaron a la primera versión del partido y se sorprendió porque al acto, apenas asistieron una veintena de personas del centenar que había convocado. No había juventud, hijos de los primeros militantes, nietos, primos; es más, la media de edad oscilaba entre los sesenta y muchos años. No esperaba semejante panorama. Y decidió abordarlo como se aborda… como se asalta un banco!

Intentó gustar sin atosigar y probablemente convenció, no hubo preguntas. Cuando preparó el encuentro confiaba encontrar apoyo, ideas, sugerencias, acudía no solo para ratificar el nombramiento en busca del caluroso aplauso que anima, acudía para solicitar ayuda y cooperación ¿desastre? Iván asumió el golpe ¿de suerte? Lejos de deprimirse, lo enfocó como una reunión de trabajadores de una fabrica y se vistió de líder sindicalista para hablarles sobre sus derechos y la posibilidad de un futuro mejor. No se vio en la obligación de concretar un plan de trabajo que ni él mismo sabía como iba a desarrollar; imprimiría su sello personal, esa era la única certeza.

No se desanimó por la fría acogida, simplemente, la falta de gente le hizo comprender que debía tomar las riendas por completo partiendo del cero más absoluto y desconsolado llevándolo a su manera, tal y como a Iván le gustaba hacer las cosas y, en ese instante, como en tantos otros de su vida no se derrumbó ni se amilanó ni pensó en tirar la toalla.

Qué fácil es abandonar.

Él llegaría hasta el final.

Faltaban cuatro meses para las elecciones. Debía preparar la campaña concienzudamente dado que todo jugaba en su contra. Era una persona completamente desconocida en el pueblo, un forastero recién llegado de can fanga; denominación peyorativa para los nativos de Barcelona. Era demasiado joven para muchos y demasiado “guapito” para otros que le aplicaban el mismo axioma que a las modelos rubias.

Se encerró en su despacho para crear el propio programa electoral sin conocer el territorio, ni su historia, ni sus peculiaridades. No sabía nada acerca de la política local, sino eran los comentarios de hacía casi un año a lo largo de la jornada de las Elecciones al Parlamento Europeo. Todavía faltaban ocho semanas para que dieran comienzo los mítines y las entrevistas en radio prensa o televisión, y se dijo a sí mismo “Llegado el momento estaré preparado” al tiempo que suspiraba para llenar su pulmones de aire renovado.

Jamás dejó de reconocer durante la travesía que era difícil levantar una lista y conseguir la confianza de la gente para que la votaran, pero inmediatamente añadía “Debemos admitir que es posible, que existe una posibilidad y mientras ésta prevalezca, por lo pronto a mí me basta”. Así aumentaba su palpitar bajo el pecho encendida la adrenalina.

Desde un inicio se propuso Iván no entrar en descalificaciones personales. Tampoco quería cuestionar la actual gestión del equipo de gobierno “Sobretodo porque no tengo precedentes y quizás yo en su lugar hubiera actuado de igual forma, sin embargo, sí afirmo que bien puede mejorarse la gestión, y ésta es mi sana intención” pero al escucharle, la gente le miraba con cierto recelo y desconfianza. No tenían ni idea de sus destrezas. Impensable el huracán que se avecinaba. Nada sabían de Iván más allá de la placa en la entrada del domicilio donde se leía “consultor empresarial”.

Iván pensaba contrarrestar su anonimato con la oratoria franca y directa. Saber hablar en público merecía la consideración de la gente de cualquier punto del territorio catalán, y aunque por el momento desconocía cual sería la palabra adecuada, no cesaba de estudiar e investigar sin descansar un segundo.

Para que su nombre y figura llegara a todo el mundo, se complació en comunicar a bombo y platillo y a los cuatro vientos la reorganización del partido en aquella zona al que dotaba de un potencial del que carecía hasta ese día. Empezaba a convencerse a sí mismo que su municipio no podía permanecer al margen de los acontecimientos e invitaba a cuantas personas podía a sumarse al proyecto, pero seguía caminando en solitario en un pueblo extraño como extraña es la llanura del terreno inexplorado.

Achicaba el agua de un bote que nadie había mandado lanzar a la mar y que azotado por las grandes olas se resistía a navegar. Y partiendo de la nada sin medios aparentes si no era su fascinación por el propósito, pretendía abrir una etapa política en la vida local donde hubiera espacio para el menospreciado y casi odiado partido al que se había acercado una tarde en Barcelona por curiosidad en vez de asistir al cine.

Empezaba su propia película.

Familiares y amigos se llevaron las manos a la cabeza.

Al hacer balance de todo cuanto había sucedido en los cuatro últimos años, cualquiera podía darse cuenta que era necesario cambiar el estilo de hacer las cosas en el Ayuntamiento. Que la coalición catalana perdería un escaño, era evidente, pero con seguridad, nadie sabía quién lo ganaría y la aparición del partido españolista fue el factor sorpresa que desorientó a todos.

Pero Iván no se conformaba con ser una sorpresa. Iván quería ser decisivo. Mientras unos y otros se preguntaban si lograría convencer, él, caminaba un paso más allá. Y pretendía marcar el paso, la diferencia, determinando quién iba a gobernar para intervenir en esa nueva forma de actuar. Decidido a provocar un diálogo constructivo entre todas las fuerzas políticas, su ingenuidad le pasaría factura. Sus intenciones eran buenas, demasiado buenas para la política.

Con la proliferación de varios partidos políticos que pujaban, romper la mayoría absoluta equivalía a diseminar los escaños en diversas combinaciones de posibles pactos pos-electorales. Las intenciones de Iván de permitir el intercambio de opiniones y confrontar las distintas posiciones, daría pluralidad y enriquecería la oferta de opciones, pero pronto descubriría que a veces los políticos se comportan peor que los niños malcriados negándose a sentarse en una mesa para dialogar con según quién. Sus conocimientos de negociación en una reunión aquí no valían. La estupidez que asaltaba algunas personas limita en ocasiones el crecimiento de un pueblo, y ese municipio, no estaba exento de tan deplorable plaga. En política, dos y dos jamás suman cuatro.

Iván defendía la tesis de escoger un alcalde que sobretodo fuera un buen gestor para cambiar el habito de administrar el Ayuntamiento como un pozo sin fondo, implantando técnicas y sistemas de trabajo más ágiles y eficaces con un elevado nivel de ilusión y un marcado sentido de la responsabilidad. Quería disminuir el gasto público reduciendo el endeudamiento, aumentando la calidad de los servicios. Apostaba por la innovación para protagonizar los eventos de la comarca persiguiendo ser continuamente pioneros para de esta forma, encabezar el vanguardismo. También apostaba por la creatividad frente a la problemática diaria, aportando con rapidez las soluciones más adecuadas sin perderse en lo lamentable de la desgracia. Estaba completamente decidido a transformar el Ayuntamiento convencido que una sociedad que aísla o no apoya la creatividad no es más que una sociedad condenada a desangrarse. Pero, ¿quién quería cambiar en un mundo apático? Suficiente tenían con la Tramuntana cuando soplaba feroz para aguantar los aires que se levantaban desde la garganta de Iván.

Esa combinación de planteamientos no se había visto jamás antes. Hablaba sobre la base de un futuro prometedor y la gente, al no estar acostumbrada, no conseguían digerir sus palabras… prestidigitador, ¿pretendía formular algún tipo de encantamiento?

Iban acostumbrándose a su presencia pero al mismo tiempo, cuanto más sabían acerca de Iván, más les desconcertaba Iván. Sus adversarios políticos no sabían como atacarle. No tenía pasado. No podían atribuirle una mala reputación. Ni tampoco difundir el rumor de infidelidades matrimoniales. Susana lo acompañaba a todos los actos sociales y a nadie escapaba la encendida pasión que se procesaban. Sin vicios como el juego la bebida o la cocaína, tampoco podían inventarle asuntos de corrupción. ¿Qué podía hacerse contra semejante individuo? ¿Cómo luchar contra una persona que habla permanentemente en positivo? ¿Bajo qué excusa se podían pisar sus objetivos? Y no le desacreditaban porque a su vez, él tampoco les descalificaba, pero aún así, le acusaron de inexperto forastero españolista porque de alguna manera tenían que minar su avance. Adjetivos débiles que sin embargo, muchos utilizaron como etiqueta para ese joven apuesto de cabal talla que estaba revolucionando la tranquila política municipal a la que estaban acostumbrados desde hacía veinte años -¿Por qué él? ¿Por qué en ese lugar? ¿Por qué ahora?- se preguntaban.

Sin apenas conocimientos sobre la materia, Iván confeccionó una aparatosa campaña que invitaba a reflexionar cuestionándose un montón de cosas. No era tan vistosa como la de los demás por falta de medios y apoyo del partido, pero sí mucho más auténtica porque nacía de un corazón implicado y honesto con lo que hacía, y, aún siendo fotogénico, la faz de su rostro no visitó las calles. Ninguna farola colgó una fotografía suya. No pudieron arrancar los carteles electorales de las paredes, ni pintarle bigotes o engancharle chicles en los ojos porque no los hubo. Aunque hubiera sido algo bueno.

Iván continuaba ostentando su magnetismo peculiar y no es ningún secreto que un gran número de mujeres indecisas se inclinan por el candidato más guapo. Si quería podía ingresar una buena cantidad de votos por este hecho y sin embargo, prefería el tú a tú cuerpo a cuerpo ante ellas. Todavía recordaba como seducir, pero se imponía estrechar la mano por igual a unas y a otros con energía y una sonrisa que acompañaba con la mirada transmitiendo en cada contacto su limpia sinceridad. Y comenzaba a ser el más popular, pero con apodos despectivos en general. Y cuando Susana leyó los recortes de prensa acumulados una noche que le subió al despacho un café triple antes de acostarse y él estaba en la azotea contemplando las estrellas, esparcidas por la mesa de caoba… le dolieron los comentarios que también había escuchado en la tintorería y el supermercado, pero jamás antes los había visto impresos en notas anónimas y boletines oficiales.

Se dejó caer en el sofá temblando, asustada por el futuro que los engullía en un mundo de envidias y pleitos, intrigas y escándalos que salpicaban hasta envenenar.

Iván entró en la casa. Cerró el ventanal. Dejó caer con exquisitez la persiana y lentamente descendió pensativo los escalones cuando la descubrió absorta.

La tranquilizó diciéndole “Que hablen cariño, bien o mal, pero que hablen” y, ciertamente, quedarse en un segundo plano es lo peor que puede pasarle a un candidato.

La llamada de un avispado periodista que le había prestado atención un par de meses atrás cuando asistió a una reunión del barrio donde residía, le cogió por sorpresa a Iván. ¡Iban a publicarle!

Las palabras de Iván debían sonar a solvencia, transmitir que el proyecto mantenía una solidez de la que en realidad carecía. Era bueno que la prensa recogiera la noticia pero aquel primer encuentro con el hecho innegable de la falta de consistencia del proyecto en un medio de comunicación, era peligroso, pero resultaba inteligente aprovechar la oportunidad.

Debía ser algo más que una simple noticia por lo que impulsó en sus palabras la predicción “Nuestro partido será la llave del próximo gobierno” y aquella contundente afirmación fue titular de primera plana en la siguiente edición del periódico. Todo el mundo quiso saber quién era el aspirante a alcalde de la formación política españolista que osaba asegurar tal barbaridad. Con el acto Iván había dado el pistoletazo de salida en la lucha pública logrando despertar la atención de unos y otros. Silbaban los oídos. En los bares se agudizaron las polémicas y en las sedes de otros partidos las carcajadas.

Iván iniciaba los preparativos para formalizar la constitución del proyecto cuando Susana entró al despacho espléndidamente sexy enfundada en su falda con abertura lateral y los zapatos de tacón alto, pero cuando Iván se sumergía en un tema, no veía nada más hasta que le daba carpetazo y en los últimos días, obstinado y aprensivo a una semana de cerrar la lista electoral, la presión se había apoderado de él hasta el punto que no bajaba a cenar porque no encontraba a las veinte personas que quisieran dar la cara públicamente apoyando con su nombre en una papeleta de votación la candidatura de Iván. Susana dejó encima de la mesa el correo sin decir nada. Quería proponerle que la acompañara a recoger a la niña y luego caminaran juntos hasta casa de sus padres. Aquella tarde no le apetecía cocinar. Y Ágata se chiflaba por los canalones de la Tata. Se marchó.

Horas más tarde, ya con su bata de seda sin anudar, Susana accedió a la torre de la fortificación para quedarse frente a Iván con mirada traviesa. Asomaba el pubis. Lo observaba deseándolo entre sus labios, admirando su fervor y dedicación, orgullosa, y atemorizada a la vez.

Iván continuaba totalmente inmerso en sus pensamientos de maniobra. Miraba la pantalla del ordenador fijamente como si intentara vislumbrar la respuesta a su incomodidad dispuesto a atravesar el software hasta los chips.

Susana golpeó suavemente con los nudillos en la mesa señalando uno de los sobres que había traído el cartero por la mañana. Ella había firmado el acuse de recibo del certificado. Estaba intrigada. Se sentó.

Iván lo abrió. Y dijo inmediatamente “No pienso afiliarme al partido” y volvió al subterráneo mundo del que había emergido por un instante nada más.

Susana cogió el sobre. Dentro había una hoja de afiliación acompañada de una carta estandarizada de bienvenida. La leyó con atención. Con mirada interrogativa aguardó por si su amado decía alguna cosa, pero no sucedió. Estaba segura que en cualquier otro momento le explicaría su razonamiento. Ahora su veredicto era inapelable. Había acostado a Ágata y Susana se sentía sola, pero desapareció con discreción para que pudiera seguir trabajando. Muchas cosas en juego. Otra noche que se quedaría dormida en el sofá viendo televisión mientras su esposo era perseguido por la cuenta atrás. Sin embargo, contra todo pronostico, el lunes a primera hora fue el suyo el primer partido que entregó la documentación oficial. Iván consiguió elaborar la candidatura confeccionando una lista de independientes ajenos al partido. Por eso no quiso afiliarse. Contrarrestó la desfavorable imagen que tenían las siglas del partido en la población con personas que nada tenían que ver con éste desmarcándose de las directrices impuestas desde la sede central en Barcelona.

Intentaron forzarlo para que ingresara al partido antes de las elecciones, pero Iván confió en su intuición femenina y en la estrategia escogida, que de fallar, solamente le afectaría a él. Apostó fuerte. Aglutinó gente joven y diseñó tres ejes centrales para su campaña que por su simplicidad daban coherencia al mensaje. No se presentó como un político más sediento de alcaldía sino como un gestor capaz de administrar convenientemente la “empresa” más importante del municipio. Todo aquello se apartaba de la forma de proceder del partido y fue llamado al orden por escrito. Pero se encontraron con un contestatario “No he entrado en política para quedarme a las puertas del Ayuntamiento” le dijo Iván tajantemente a un destacado dirigente durante un acto de precampaña al que le obligaron a asistir en Gerona. Su espíritu aventurero le impulsaba a continuar por libre, desplegadas las velas. Había tantas cosas por hacer y le habían dejado tan sólo que de puertas adentro en el seno de la dirección del partido respetaban su iniciativa y su innegable gallardía en la confianza de que su rebelde temperamento desaparecería después de las elecciones. En una palabra: dejaron que se estrellara. Resultaba una nota discordante, pero un mal menor que tenía sus días contados.

Los antiguos clientes y colaboradores de Royel Consultores, al conocer la noticia no quedaron desconcertados. Tratándose de Iván, cualquier cosa era posible, y con su experiencia en la reflotación de empresas en crisis como titular del gabinete del consulting, reconducir el déficit de un Ayuntamiento era tarea sencilla, aunque conociéndolo como lo conocían, sabían que intentaría llegar dos pasos después de la línea y, efectivamente, Iván tenía el objetivo de hacer de su municipio el centro cultural y económico de la comarca.

Convencido de realizar una tarea positiva, suficientemente importante y beneficiosa para su pueblo y la gente que habitaba allí, sus nuevos planteamientos en la Casa Grande estaban predestinados a obtener mejores resultados que hasta la fecha. Básicamente, quería gestionar de otra manera distinta los recursos, reorganizando internamente la administración e incorporando objetivos claros y concretos destinados a cubrir las necesidades reales. ¿Ambicioso? ¿Complicado? ¡Atractivo y adecuado!

Sus opositores políticos empezaron a temerle. Después de muchos años de silencio, aquella fuerza política había resucitado y era una incógnita. Un candidato con ímpetu podía llegar a ilusionar a la gente de tal manera que rompiera el actual panorama bipartido. Esa política en blanco y negro se llenaba de colores con la llegada de Iván. Y que le considerasen un adversario, lo llenó de honor. Reconoció enseguida al hombre que un año antes le dio a entender que la política era tabú, y por entonces, realmente lo era para Iván, un tabú lejano y amorfo, tanto que decidió acercarse para curiosear y estaba indagando como el pescador en el río mojándose los pies hasta las rodillas frente al que sería su adversario.

Iván había dicho siempre “La política es exclusivamente para los políticos”. Jamás antes se sintió un político, ni aún ahora en la línea de salida de una reñida campaña electoral se sentía un político. Iván tenía la idea que se trataba de personas que “Hablaban mucho pero no hacen nada distorsionando la realidad de las cosas”. Y él, ¿en caso de que lograra entrar en el Ayuntamiento y fuera nombrado concejal terminaría por convertirse en un político más?

Susana había excusado su escasa dedicación. Si a Iván se le cruzaba un balón entre las piernas tendía a marcar gol. Era capaz de sacrificarlo todo por la causa. Sin embargo, aunque menguó considerablemente su entrega familiar ninguna de sus dos hadas se sintió totalmente abandonada por el príncipe encantado.

Ágata reclamaba los divertidos juegos a los que la tenía acostumbrada pero ahí estaba mamá para compensarla. Demasiado habituadas a Iván, se consolaban mutuamente.

Acostumbradas a tenerle a todas horas casi cuatro días completos a la semana, y, en los últimos meses, forzadas y a regañadientes lo compartían con el nuevo reto.

Susana conocía esta etapa de embriaguez absoluta pero la pequeña no. Ágata acusaba cierta incomprensión por parte de su papuchi sin saber que Iván lo remediaba con largos paseos por su habitación de madrugada mientras dormía como un centinela que vela el descanso de su angelito precioso.

Los martes y viernes que se había asignado para asearla y vestirla, desayunando con Ágata luego del gimnasio, de la mano la acompañaba al colegio antes de volver a sumergirse sin remordimientos en aquello que lo mantenía tan absorto como intrigado. Y la guerra de cojines al acostarse por la noche cada domingo terminaba con una agotadora sesión de cosquillas antes de apagar la luz. Porque se trataba de una cita inamovible. Constituía el objetivo cansarla hasta dejarla exhausta para que cayera como saco de patatas en la cama y a continuación, se derrumbara Iván en el cuerpo desnudo de Susana recuperando lo perdido durante la semana.

Se suprimieron las historias fantásticas en que un guerrero valiente salvaba a la doncella no sin antes haber luchado y vencido al monstruoso animal de pezuñas oscuras. Habían sido hasta entonces saludables válvulas de descompresión que rejuvenecían el espíritu de Iván hasta contactar con la niñez revivida placenteramente junto a su hija.

Iván quería incorporar ideas nuevas y frescas a la administración pública y al carecer de teoría práctica y orientación, accedía a una visión virtual de cómo le gustaría que fueran las cosas.

Cuestionaba en sus planteamientos alternativas para tejer su bagaje “Sangre joven en el Ayuntamiento” decía progresivamente elevando el tono y relentizando el ritmo cuando se quedaba bloqueado, porque si la juventud es un defecto que se corrige con los años, una enfermedad que se cura, Iván todavía estaba enfermo aquejado del síndrome de los jóvenes que no obedecen a viejos mandamientos. Como Pablo Picasso intuía que el camino de la juventud lleva toda una vida.

Susana le había tejido unas cortinas que colgaban en el despacho. Sonrió brevemente al verlas y volvió a zambullirse en la tarea.

La gente joven está convencida de que posee la verdad, y para Iván la vida disponía de esa constante sorpresa de saberse que existía e influía, dijo en la radio municipal “La juventud anuncia al hombre como el amanecer al día”. El comentario molestó a la gente mayor porque esos términos los hacían sentirse excluidos y menospreciados, y al detectarlo por el repentino número de llamadas, salió rápidamente en pertinente aclaración “Se puede ser joven a los ochenta años”.

El comentario de Iván fue una observación que hizo falta hacer porque ya estaba en política y debía aprender a dirigirse a toda clase de personas, muchas de ellas sensibles y delicadas, otras sedientas de manipular sus palabras retorciéndolas hasta parecer que se escupe odio y rabia hacia un colectivo… una bolsa de votos hubiera argumentado con la regla de medir el asesor del candidato ¡qué suerte que Iván estaba solo y veía a las personas!

¿Qué vida es un negocio en el que se obtienen ganancias sin pérdidas?

Iván compartía la opinión generalizada de que los jóvenes son motor de cambio y así lo afirmaba para contrarrestar su inexperiencia, pero todo precisaba una segunda explicación más amplia con matices. La gente es bastante susceptible y él, no siempre se daba cuenta en bajada y sin frenos.

Ansioso por cosas más grandes, olvidaba algunos detalles importantes para la mayoría. Le molestaba tener que estar dando setecientas veintiuna aclaraciones complementarias a todo, pero…

Iván quería tener la oportunidad de asumir compromisos y establecer responsabilidades frente a la gente del pueblo. Él también se sentía catalán y ciudadano del municipio. Deseaba trabajar en beneficio de su nueva localidad en favor de sus intereses. Sin conocer las interioridades del Ayuntamiento, intuyó con acierto que precisaba una reorientación financiera y una reorganización completa. Argumentaba que un buen alcalde, ante todo debe ser un buen comunicador y relaciones públicas con destreza para la coordinación de un equipo de trabajo eficaz y sobretodo, no debe temerle al trabajo duro. A Iván le gustaba mucho trabajar y realizar un trabajo bien hecho, digno, pero en el municipio, la pregunta reiterada que retumbaba en cada esquina, en cada establecimiento comercial, en cada tertulia que se organizaba era -…pero ¿quién demonios es este lanzado?-. Y la respuesta habitual más cómoda, la más fácil, hueca, no tardaba en saltar –Es un fantasma!-.

A estas alturas del partido Iván conocía bien las necesidades del municipio que había escudriñado en su despacho. “Estoy dispuesto a desempeñar un importante papel en nuestro municipio, cariño” había dicho a Susana en presencia de su cuñada y hermano padrinos de Ágata.

Aunque seguía sólo ante diversos peligros e incertidumbres, con un provocador entorno hostil que se alzaba dispuesto a deshojarlo a martillazos, al ser preguntado, jamás habló en primera persona. Se refería a “su gente” como un colectivo competente de profesionales liberales dispuestos a cualquier cosa, pero aquella seguridad vestida de arrogancia, porque la gente se había cansado de verlo solitario en los lugares, lejos de arrinconarle, hizo que ganara admiraciones silenciosas y algunos incondicionales adeptos en la sombra. Se abría un círculo de acción más amplio por su sagaz atrevimiento a luchar por sí mismo sin desfallecer. Esa fue la observación de su cuñada -La gente sabe que estás solo… que detrás de ti no hay nadie-. Y le entregó los textos corregidos que había pedido porque ella era capaz de utilizar las palabras típicas de la zona que Iván desconocía. Y su ortografía era perfecta.

A los que pusieron su rostro en la lista electoral, no podía solicitarles otro sacrificio mediante acciones en la calle donde con seguridad serían abucheados por apoyar las siglas de un partido -Repudiado, decrépito, insolidario y fascista- así lo definían las pintadas que amanecieron frente a la residencia de Iván a gritos de –Vete de aquí- que intimidaron y pusieron en guardia a la comunidad de vecinos contra Iván por quebrar la tranquilidad. Pero si Iván no había hecho nada!

Las perspectivas no eran nada alentadoras pero su entusiasmo no decaía. No prometía nada. Únicamente sugería otra manera de operar. Empezaba a despertar el interés de algunas personas expectantes. Aquella rigurosidad en el planteamiento, junto al persistente trabajo de campo, puerta a puerta, individuo a individuo, uno a uno, hombre o mujer, joven o anciano, barrio a barrio sin amedrentarse, sin agotar su ilusión, sin deseos de terminar, con el punto de mira en el volátil objetivo, le conferían el beneficio de la duda.

Notaban esta cualidad una parte creciente de la población. Su fortaleza interior se imponía. Día a día lograba cambiar algunas opiniones. Hora a hora, paso a paso, palabra a palabra establecía la oportunidad de un nuevo hallazgo para el ciudadano indeciso. Y casi nadie se atrevía a catalogarle, aunque sus contrincantes políticos lo apodaron el -soñador incurable-. Una fina forma de llamarle loco pero Iván seguía caminando y avanzando, ganando espacio, seguro de llegar a la meta. Un desafío con entrega personal y confianza en el propósito más allá de la simple voluntad y la esperanza, auguraban un triunfo de una u otra forma. Aquella lucha tenaz, toda esa información y experiencia ya nadie se la podría arrebatar jamás. Formaría parte de su Currículum Vitae y siempre podría explicar a sus nietos alguna anécdota divertida un domingo por la tarde frente al fuego de la chimenea, o también podría ejercer como asesor político en el futuro.

Toda su trayectoria personal y sus objetivos personales se habían caracterizado  siempre por la comprometida actuación en aquello que hacía con un grado de responsabilidad al más alto nivel, sobretodo en los últimos años, cuando el patrimonio de empresarios en dificultades pedía auxilio a las puertas de Royel Consultores.

Iván se hacía acompañar por la disciplina diaria y una persistencia inagotable que envidiaban cuantos le conocían. Gracias a su actitud constructiva y al frenesí que imprimía en cada movimiento, garantizaba que difícilmente se quedaría a medio camino en los proyectos que iniciara en conjunto con la ciudadanía del municipio. Y algunos, ya no le miraban con tanto recelo como al principio aunque evitaban decirlo en voz alta para que no los oyeran sus vecinos o compañeros del trabajo. Los más influyentes se fijaron en él para tenerle presente.

Y es que hombre polivalente y polifacético, con iniciativa y espíritu emprendedor, era sin duda Iván la semilla de una nueva generación de dirigentes políticos. No solamente viable como candidato a la alcaldía, sino viable como punto de referencia para los nuevos jóvenes que podían, por primera vez, ejercer su derecho a votar y en especial, a ellos se dirigió los últimos días de campaña con improvisadas reuniones en la puerta de institutos bares y discotecas. Con Iván nacía otra forma de hacer política.

Utilizaba nuevos métodos y distintos planteamientos. Desarmaba con sus brillantes argumentaciones tanto a los adversarios más profesionales como a los incrédulos ciudadanos demasiado visitados justo antes de las votaciones, para no volver a ser hostigados hasta cuatro años más tarde. Iván había roto los cánones habituales convirtiéndose en alguien cotidiano en las calles muy cercano a la gente. El único político que se entregaba en cada encuentro informal, en cada contacto directo, con cualquier persona al margen de su condición social, y lo hacía rompiendo moldes, sorprendiendo a todo el mundo, sonriendo con su mirada limpia y su corazón encendido. Y muchos ni siquiera querían opinar porque les desconcertaba tan enigmático individuo. No sabían si actuaba o realmente era así de verdad. ¿Fingía?

Se lo preguntaban viéndolo marchar por la calle cuesta abajo un día de lluvia que parecía que fuera haciendo winsurf y al siguiente día cuesta arriba inclinado hacia delante soportando un viento capaz de derribarlo porque cuando te toca la Tramuntana puedes caminar al revés. ¿Lo hacía ese dilema llamado Iván?… ¿fingía?

Su enfoque de llevar el Ayuntamiento como una empresa privada convulsionó a una gran mayoría.

Como consultor empresarial especializado, entendía que era la mejor opción para evitar que le acusaran de novato. Su estilo autopublicitario le hizo popular catapultándolo más allá de la simple novedad y con ello, contrarrestó el hecho de que apenas un par de meses atrás era un completo desconocido recién llegado al pueblo sin más pasado que su estilo impertinente de consentido niño de capital.

No necesitó defenderse de los incrédulos pesimistas que lo intentaban amargar. Iván simplemente los ignoraba eludiendo dardos y piedras, miradas como lanzas y frases como balas, palabras afiladas como dagas en la espalda en seguida de cruzar la calle, dejar el bar, la tienda, todo local que frecuentaba para presentarse y darse a conocer mostrándose abiertamente dispuesto a que lo diseccionaran en la mesa de operaciones clavado con alfileres en manos y pies.

Iván cuestionó durante esa etapa la inconsistencia de algunas personas que se habían cruzado a lo largo de su extensa trayectoria por su necedad a la evidencia de una clara realidad. Pensó que habían estado ciegos. Él siempre se consideró un autentico diamante en bruto pendiente de aprovecharse, de pulirse y, tenía la oportunidad de descubrir hasta qué punto era cierto. Cuenta atrás!

Debía prestarse más atención a quienes todos criticaban y precaverse de aquel candidato a quien todos encomian pero para la gran mayoría, eso era demasiado complejo. Preferían el amparo del grupo y dejarse llevar por lo vulgar de la comodidad de no buscar un criterio propio.

Iván se había montado en el lomo de un salvaje jaguar y sabía que le sería imposible apearse hasta que se detuviera.

El traquetear de ruedas en caminos empedrados, bastones golpeando las ventanas como el tumb, tumb, tumb de los bafles de una discoteca. La multitud asomada a la calle mientras Iván zapateaba como si bailará claqué con su cintura a ritmo de twist.

Parecía que todavía estuvieran en la pista de baile bajo las luces de colores como fuegos artificiales porque aunque zarandeados por el tumulto se unieron fundiéndose en un mismo cuerpo, primero el beso apasionado y después un coito largo encima de la mesa de caoba del despacho los mantuvo absortos completamente al margen de todo cuanto sucedía en el pueblo más allá de su hogar.

                            *                  *                  *                  *

La incursión en este nuevo campo le estaba costando mucho tiempo y un dinero que había agotado más rápidamente de lo esperado. Y la familia de Iván debía seguir comiendo cada día. Todavía estaba a tiempo de detenerse. Comenzaba a resentirse, ¿se arrepentía por su decisión justo en la recta final?

El partido no hizo ninguna aportación económica obligando a Iván a comerse los ahorros y solicitar a última hora varios créditos bancarios asumiendo personalmente el riesgo de su apuesta. Folletos, circulares, material de reuniones, alquiler de vehículos y salas, almuerzos colectivos y cenas individuales además de los múltiples espacios publicitarios eran costeados por su propio bolsillo. No había patrocinadores de ningún tipo. Ni tampoco donaciones voluntarias. Ninguna institución o colectivo empresarial contribuía con una sola moneda. Esa circunstancia le confería pleno derecho para actuar con “carta blanca” y, obviamente, así es como lo hacía dibujando su partido.

Las intenciones electorales de Iván eran claras. Pretendía romper el bipartidismo existente entre las dos grandes fuerzas políticas. Iba a ser el arco iris enriqueciendo con distintos matices la nueva manera de hacer política. Sería quién decantaría la balanza hacia uno u otro lado. Aspiraba a tener el poder para determinar cuál de las grandes fuerzas políticas gobernaría.

Durante la cena de los viernes que preparaba con esmero Susana, su cuñada le dijo a Iván -Se trata de una pretensión tan ambiciosa que por eso nadie le presta atención-. Iván valoraba su opinión no solo por tener una peluquería y pasar diez horas diarias entre personas de la localidad. Mireia formaba parte de una de las más antiguas familias de la zona a quienes caracterizaba su sentimiento de catalanidad, el más acentuado conocido por Iván, y si con ellos podía establecer una relación fluida tal vez el lugar no era tierra árida.

Le sirvió un poco de vino a Mireia y la hizo brindar “Por el bien de Palafrugell”. Susana se sumó al brindis con alegría. Ágata lo llenó de besos.

Se sabe más acerca de una persona por lo que ésta dice de los demás que por lo que dicen los demás de ella. Y en la calle, a diario, lunes y miércoles un poco más tarde, sábados también, persona a persona, afirmaba Iván qué cosas sucederían mientras recogía toda clase de sugerencias para mejorar el municipio, recopilando inquietudes y recuperando viejos deseos olvidados por el tiempo y la falta de coraje de los actuales concejales elegidos años atrás sin que un insulto o una palabra ligera se escapara con fealdad de su boca. La gente de Palafrugell ganaba algo con Iván. Por lo pronto, revivir la esperanza y la fe en que existía la oportunidad de hacer cosas sin provocar el conflicto ni el colapso a cada paso.

Y seguía preparándose, almacenando información y estudiando para realizar un buen papel en todos los sentidos. Visionaba documentales ambientados en sonadas campañas electorales. Se inscribió en varios seminarios para candidatos a concejales de Ayuntamientos y cargos públicos con responsabilidades de gobierno. Leía manuales de partidos, estatutos, memorias anuales, biografías de políticos ilustres, textos clásicos. Asistía a los Plenos del Ayuntamiento y pedía en la biblioteca municipal las actas de comisiones de gobierno, pero sobretodo, Iván preguntaba mucho, tanto a sus conocidos como a la gente de la calle con la que se cruzaba; al barrendero, a la madre con su hijo, al jubilado en el parque, al policía municipal, y, con cierto reparo, solamente unos pocos expresaban sus opiniones con sinceridad.

Iván encuestaba a sus contrincantes sabiendo que podían darle datos equivocados adrede pero de esta forma, comenzaba a saber quién de ellos jugaba sucio.

Iván reclamaba aportaciones de todos lados, impresiones de todos a la caza de cualquier clase de comentario que le permitiera ver algo que a él podía escapársele. Aún a personas cuyas posiciones políticas se encontraban en la antípoda del partido que representaba rogaba frases que le permitieran ver un poquito más allá.

Y se presentaba ante el pueblo en calidad de Independiente pero en general, la población asociaba su persona con los procedimientos españolistas del partido en Madrid. De nada servía detallar, incluso gritar desde las azoteas que tan sólo llevaba un mástil con una bandera y que todo lo demás pertenecía a su propia cosecha; las manos que lo sostienen, el ritmo y el paso, el pulso, la dirección y la determinación de cuando y donde detenerse. Aquellas siglas y ese logotipo eran mal vistos y peor interpretados en Cataluña. Además, su programa electoral era sumamente abstracto.

Los nativos de ese territorio de la Costa Brava, como los de cualquier otro punto de España, precisaban mensajes cortos, pero Iván todavía no había aprendido a resumir y sintetizar hasta convertir el texto de una página en un atractivo eslogan. Con trabajo había logrado llenar de argumentos coherentes y posicionamientos propios la estructura de su nueva actividad como para no caer en generalidades. Usaba frases hechas que había reflexionado en la soledad de su despacho bordeando contenidos porque la soledad, cuando es espiritual, es creativa y motivadora. De esta forma no se extraviaba.

Había buscado locuciones que reconfortaban pero que no comprometían a realizar nada concreto. Y se enredaba en un laberinto de excesivas explicaciones encontrando el verbo en la charla. Al faltarle la historia y los pormenores de haber nacido en el municipio, se le escapaban detalles esenciales y lo más elemental, aquello que para las personas arraigadas era evidente y normal, para Iván todavía consistía un auténtico enigma. Pero seguía luchando sin desfallecer sin miedo al ridículo avasallado por sus contrincantes que se regodeaban cada vez que caía en alguna contradicción, clavándole el pie en el cuello para evitar que volviera a levantarse. Así su existencia en las calles y las plazas, mas no en su hogar.

Desconocía como transcurría la vida diaria de la gente y pretender comprender sus problemas y necesidades en un lapso de tiempo tan corto era un milagro hasta para Iván. No podía tener los antecedentes de la gente y del lugar ni vivir con cada acontecimiento aún queriendo. Ésta era su mayor desventaja que neutralizaba el rayo de cualquier otra virtud, y aunque intentaba paliarla, por mucho que continuara pateando las calles no había ni la más mínima posibilidad de éxito porque el pasado, no iba a pegársele a la suela de los zapatos. Lo desconocía y ya. No podía cambiarse este hecho.

Aquél escaso año y medio en esa privilegiada zona de la Costa Brava que tanta calidad de vida había aportado a su familia no era suficiente, pero Iván suplía la carencia con ganas y un arrollador resplandor que ningún otro político desprendía. Incluso las personas que jamás le votarían por nada del mundo no podían evitar elogiar su dedicación desenfrenada a la causa. Su ahínco era envidiable y de él se apiadarían algunas almas caritativas que aunque no entendían el “producto” que Iván presentaba, porque lo elaboraba en la trastienda minutos antes de exponerlo a la audiencia, admiraban sin embargo su voluntad y todo su entusiasmo.

Nadie relacionado con el medio lo asesoró pero a Iván aquélla circunstancia no le angustiaba lo más mínimo. Incluso llegó a agradarle. Prefirió el silencio y el abandono por parte de la organización del partido para poder actuar en completa libertad. Sobre el pasado del territorio y los temas más inmediatos a resolver, obtuvo una visión sesgada y cuando aparecieron las primeras contradicciones en su libreta de recopilación de notas, intuyó la mano enemiga que pretendía confundirlo y, a partir de ese momento, únicamente se fió de las personas recomendadas por la familia de su cuñada, así como de los jefes de área empleados en las dependencias municipales.

A la gente le gustaba que el concejal que iba a representarles en el Ayuntamiento fuera una persona normal, como cualquiera de las que circulaba por la calle pero Iván estaba muy lejos de ese prototipo ideal porque su andar era demasiado vital, su atuendo demasiado elegante, sus modales demasiado correctos y su expresión, demasiado empalagosa. Él, más que ningún otro simbolizaba el prototipo del perfil de la gran ciudad y pertenecer a la capital catalana marcaba una distancia abismal.

Para una gran mayoría Iván equivalía al modelo que desfila por la pasarela al que se puede mirar y admirar pero nunca tocar. Esa errónea impresión no sería fácil de anular. Y aunque intentó suavizarla en lo posible, aunque era un hombre llano y accesible, se le veía avanzar desde lejos como a un forastero amanerado como gota que se ha derramado del cuadro. Demasiado se notaba que no era autóctono. No pertenecía a ese lugar y se le consideraba un intruso. Una amenaza!

La imagen que intentaba proyectar Iván era la de una persona a quién cualquiera se podía acercar, pero su porte aplacaba y su actividad frenética disuadía. Muchos pensaban que su estilo era fingido y su actitud ficticia cuando lo único que intentaba Iván era disimular la seguridad en sí mismo para evitar que le acusaran de prepotente arrogante.

La predisposición de querer escuchar y atender a cualquier ciudadano quedaba oculta por ese mágico hechizo que tantos placeres le había brindado antes, en cambio ahora, entorpecía su camino. Y empezaban a circular chismes sobre el recién llegado y su peculiar modo de desenvolverse.

Por una parte, Iván quería pasar desapercibido siendo uno más del homogéneo grupo político pero por otra, no quería renunciar a sus raíces ni adulterar su conducta con ademanes prestados por otros. “Ya no más adulterarme” se dijo. Pero sabía que tenía que darse a conocer y agradar y…

No se sentía superior a otras personas pero su comportamiento autosuficiente le confería un aire de superioridad que la gente del campo y el mar despreciaba de la gente de la ciudad. Iván ya no estaba en Barcelona, se encontraba en un pueblo de la costa y en ese municipio concretamente, predominaba una clase de gente a la cuál Iván no pertenecía, y al ser más bien cosmopolita, ésta condición de “universalidad” se convertía en su peor enemigo, pero contra eso era imposible pelear y ganar. Y comenzaban a verle desde un mayoritario sector como “el listillo intelectual” porque su elocuencia a menudo intimidaba, aunque hay que señalar que no por ello dejaba de agradar, pero ante la impotencia y los celos, algunos de ellos incluso llegaban a repudiarlo sin apenas tratarlo a nivel personal.

No podía vencer y lo sabía. Pero Iván insistía dándose aliento “Cuando algo depende de terceros es mejor no condicionar. ¿Imponerse por la fuerza? ¡No puedes darle de puntapiés a una colmena por mucho que quieras su miel!”. Y no quiso escudarse en una actitud de recíproco recelo. Intentó suavizar sus modales atrevidos en opinión de la gente sencilla de un lugar para quienes la competitividad urbana no tenía objeto. Su cadencia en el andar y su forma de hablar eran actividades demasiado arraigadas en su combativa naturaleza y en definitiva, así era tal como era Iván. Así lo amaba Susana. Así le quería Ágata. Así se gustaba él.

Durante un trayecto en su deportivo le dijo su cuñada -Aunque tú sepas como arreglar los problemas del pueblo, Iván, hazlo con humildad… quiero decir, que a nadie le gusta que vengan de fuera a decirle como debe llevar su casa. Que la gente note que también la necesitas para llevar a cabo tus objetivos-. Y por este tipo de comentarios apreciaba a Mireia hasta el punto de adjudicarle un cariñoso apodo que pronunciaba con exclusividad “Gracias por tus palabras Mimi”.

Ferviente amante de la lengua catalana y defensora a ultranza de la independencia de Cataluña, al principio Mireia odió a Iván por escoger ese partido españolista pero él le hizo comprender “Su inexistencia en los últimos doce años es una oportunidad para empezar desde cero partiendo de la nada, desmarcándome de herencias pasadas con la posibilidad de imprimirle un carácter nuevo que se aleje del tópico habitual de ser anti-catalanes”.

La antipatía hacia el partido elegido por Iván podía llegar a extremos incompresibles ajenos al sentido común reabriendo viejas heridas de la época franquista. Según Mimi nadie lo quería ahí, se lo dijo con dolor en la voz, pero se lo dijo porque conocía el sentir popular –Quieren que te vayas-. Iván aceleró con los ojos fijos al frente y las manos firmes al volante para adelantar al vehículo que tenía delante.

Toda aquella desmesurada rabia se le escapaba. Le costaba entender tanta animadversión, sobretodo en las personas de su misma generación que pertenecían a la democracia y apenas percibieron las ventajas o inconvenientes de la dictadura. Su cuñada, cinco años menor, estaba lejos de recordar con vida al generalisimo y sin embargo, odiaba al caudillo y su régimen y temía que si alguna vez ese partido volvía al poder, los catalanes perderían todos sus privilegios. Creía que Iván encontraba superficial dicho razonamiento pero él, jamás se planteó la posibilidad de perder la autonomía que Cataluña había ganado. También Iván era catalán. Con pasaporte español, pero catalán nacido en Barcelona capital de Catalunya.

Los líderes máximos del partido tenían un programa de gobierno que Iván había ojeado con interés y mucha atención. Entendió el mensaje que lanzaban a nivel de todo el territorio español que llegaba de formas distintas a cada una de las diecisiete comunidades. Iván comprendía que España es un país plural compuesto por áreas independientes que forman una sola unidad. Su misión consistía entonces en facilitar esa interpretación evitando cualquier mal entendido, adaptando palabras escritas por la dirección general a la realidad de su municipio “Sería un error poner en mi boca las palabras pronunciadas en Madrid para Madrid. El partido, también está en Cataluña y debe tener su propio interlocutor” pero esto no parecía tranquilizar a Mimi que ya descendía del automóvil.

Su cuñada tenía un acentuado sentimiento del más elevado desprecio en lo más hondo de su corazón impulsado desde el seno de su familia. Había formado parte de su educación como en muchos otros pueblos pequeños de la Costa Brava. Entró en la casa, cerró la verja y subió los tres peldaños hasta la puerta. Pasaba de generación en generación y sus nietos padecerían con toda seguridad del mismo mal sin haber intercedido en su fundamento. Abrió su abuelita.

Iván presionó suavemente le claxon y sus labios murmuraron “Adéu”. Mimi agitó su mano en alto y entró en la casa para hablar con su abuelita en catalán, jamás cruzaron una sola palabra en castellano.

Pero Iván se encontraba más cómodo con el castellano. Tenía un vocabulario más extenso. La literatura catalana era limitada, y las películas inexistentes. Con Susana hablaba siempre en castellano y aunque Ágata era del todo bilingüe, no daba mayor importancia a la lengua catalana como tampoco lo hacía con el inglés. Solamente defendía en ocasiones el francés, más por ser el idioma oficial de Naciones Unidas que por haberlo estudiado en su tierna infancia.

En las panaderías, las peluquerías, y en los talleres mecánicos, se decían las verdades sin filtros en catalán. Para Iván los anécdotas de su cuñada eran fuente de inspiración y reflexión. Le había advertido que jamás hiciera un discurso en castellano porque podría encontrarse que de repente la gente se levantara y se marchara “¿Pero tanta es la obsesión?” exclamó abriendo los ojos como platos un día que la ayudó a bajar la persiana de la peluquería que se había quedado atascada. Ella movió varias veces la cabeza de arriba abajo cuando se escuchó el chak del metal contra el pavimento.

Más adelante descubrirá que el idioma constituía una forma de ofensa en aquél lugar; cosa que jamás se le hubiera ocurrido a Iván sino fuera por la insistencia de su cuñada. Preservar su lengua era sagrado para ella y una gran cantidad de habitantes del municipio. Iván debía aprender a entender y respetar este aspecto con mayor atención de la prevista inicialmente. No pensó jamás que el idioma fuera algo tan dramático pero ciertamente constituía una importante parte de la trama. La gente del pueblo de Palafrugell era extremadamente cerrada y celosa de lo suyo. Tales observaciones por parte de Mimi equivalían a partes de sabiduría. Fueron detalles inicialmente insignificantes que le salvaron a Iván de meter la pata hasta la cintura en más de una ocasión.

Mimi quería facilitarle que se pusiera a la gente en el bolsillo -Porque si lo consigues, su fidelidad quedará garantizada-. A Iván le gustaba mucho conversar con su cuñada y eso no le gustaba nada al hermano de Susana. Ella siempre aportaba elementos de interés que no caían en saco roto. Iván lo aprovechaba todo. Todo. Ajeno a los morros de su cuñado enfurruñado desde que el día de la boda Iván se robó el protagonismo de la fiesta al subirse al escenario a cantar con el grupo contratado para amenizar la velada.

Para lograr llegar al mayor número de personas, una vez salvado el obstáculo de la lengua, Iván intentó incorporar expresiones de la zona a su argot; palabras que la gente del campo y el mar utilizaba con asiduidad y que Josep Pla había inmortalizado en sus obras. Aprendía con rapidez sus nombres tratándoles con familiaridad pero el detalle no siempre gustaba. La repentina confianza  aturdía. No la habían autorizado. Su comportamiento producía un efecto contrario, una especie de rechazo por lo excesivo de la intimidad. El permanente insistir de Iván conseguía doblegarlos, y a continuación del tercer encuentro le consideraban más amigo que conocido, más persona que político, más humano que de plástico. En algunos casos, para ciertas personas, incluso era un honor estrechar la mano de alguien que salía en la prensa y hablaba por la radio.

Una de las cosas que aprendió Iván fue a decir no. Saber decir –no- es importante. Pero esta palabra está prohibida en el manual del candidato. Nuevamente imponía su ley. La pronunció en varias ocasiones consciente de su negatividad, pero crear expectativas esperanzadoras donde no las había le parecía una atrocidad similar al asesinato de la verdad. No quería engañar a quién no pertenecía al juego político porque no quería defraudar a un ciudadano que tan sólo espera beneficios despojados de problemas. Sobre todo no quería mentir. Y trataba a los electores con suma honestidad.

Iván no quería confundir con equívocas frases a quién con derecho reclama resultados favorables. Lo que tenía claro que podía cumplirse, lo defendía con fervor, y lo que no sabía si lo conseguiría con seguridad por su dificultad o por depender de otras instancias, sin encerrarse ni negarse a la posibilidad, lo descartaba con amabilidad. Iván se escuchaba y escuchaba mucho al votante en general. Bien sabía que la opinión pública era un gran capital y por tal razón se esforzaba en gustar sin dejar de gustarse a sí mismo para sentirse bien en su piel.

Había escuchado en salas de Barcelona que es un “chollo” ser Político, pero en los últimos años del gobierno socialista esta condición estaba muy desprestigiada. En todas las profesiones hay un porcentaje de sinvergüenzas e indeseables que manchan la actividad, y en su gran mayoría, las personas analizan al colectivo fijándose solamente en los que más sobresalen que a menudo lo hacen no precisamente por sus atributos, y queda sin atenderse ese gran porcentaje de personas que cubre con honestidad su actividad. Todo el mundo puede ser político, el único requisito que impone la Constitución Española es ser mayor de edad. Sin embargo, a la hora de la verdad, nadie quiere serlo… sino es para robar.

No lejos de del lugar donde Iván residía, en una antigua casa consistorial de larga tradición donde se daban cita intelectuales y artistas y empresarios todos ellos poderes fácticos del municipio, se debatía sobre el futuro del gobierno del pueblo. Reconocían que hacía falta revitalizar el Ayuntamiento. Los síntomas de deterioro eran demasiado evidentes. Y coincidieron en que era preciso un estudio exhaustivo de viabilidad para la inminente entrada al nuevo siglo que permitiera priorizar las áreas más indicadas con urgencia; preocuparse por el creciente paro y la seguridad ciudadana sin olvidar un plan de saneamiento financiero además de una acción  decidida en el campo del medio ambiente, atención a la competitividad industrial, comercial y turística, para reforzar el invierno y aprovechar las montañas, tanto como una reforma de las leyes de Régimen Local y Hacienda Local, aunque esto último no era facultad propia del Ayuntamiento. Estas fueron las conclusiones desde donde analizaron los distintos programas electorales el grupo de personalidades reunidas. Para avanzar y progresar no basta con -Ir haciendo- dijeron -Quien empuja un día otra semana pasa ¡son expresiones que deben terminar!-.

La actitud pragmática de Iván siempre le proporcionó logros y consideraba conveniente seguir con esta línea de actuación que otros parecían atisbar. Disciplinado y cumplidor, había inyectado grandes dosis de trabajo personal durante esos duros meses demostrando algo más que ilimitada ilusión, inagotable tenacidad, y más coraje que un puma. Quería infundir la renovación completa, una transformación permanente que inevitablemente implicaba actuaciones concretas de inmediato. Iba a llenar de contenido cada una de las palabras pronunciadas. Daba comienzo una etapa política sin precedentes. Había nacido una nueva clase de dirigente político del que por ahora nada más existía un ejemplar, una copia difícil de clonar. Una generación distinta debía tomar el relevo. Las circunstancias lo exigían.

Para aquél municipio era el momento de poner el reloj a la hora exacta, puesto que en los últimos años se había ido retrasando de manera irreversible hasta vivir en un tiempo ajeno a la realidad.

Formar parte del equipo de gobierno requería energía moral, espíritu creador, y una voluntad firme. No era suficiente decir “haremos esto”. Hacía falta hacerlo de verdad y además, conseguirlo con plena satisfacción para la ciudadanía.

A Iván le costó mucho cerrar su lista electoral, comentaron -Pero lo hizo- respondió otro. Un tercero observó que para poder completarla tuvo que recurrir a su cuñado, sus suegros, y como no a su esposa -Y no incluyó a su hija por su edad- se burló otro. El mayor indicó -Está decidido a ir en busca del bien común. O eso parece, todos parecen buenos y luego se tuercen, me sabe a caballo de Troya el tal Iván-.

Iban y venían las observaciones -Parece ingenuo cuando afirma que hay una posibilidad- y otro añadía -Si fuera ingenuo no estaría arriesgando el dinero de su bolsillo-. Y se escuchó una voz que solía callar -Apuesta fuerte- pero le siguió un –Pues yo confirmo y refuerzo la teoría de su ingenuidad porque cuando estuvo en la notaría aportó su vivienda como aval para los créditos de la campaña. Inmaduro. Temerario. Inconsciente-.

 La verdad es que Iván quería aprovecharse del vacío existente por la ausencia de ese gran partido tan minoritario en Cataluña. Pero no quería hacerlo en beneficio propio. No le movían intereses personales ni la defensa de un proyecto ideológico. Su bagaje todavía era virgen. Simplemente quería explorar. Sí, una vez más, quería indagar y aprender de la vida. Descubrir si podía sufrir una nueva transformación personal. No había otra motivación que ésta. Ah! Y defender al débil desde otro ángulo con no fuera su despacho profesional. ¿Pero quién lo defendería a él? ¿Quién recogería los pedazos rotos de Iván?

Al conjunto de intelectuales artistas y empresarios les gustaba Iván, pero… estaba muy verde! Todavía tenía que pagar la novatada.

Finalmente se celebraron las elecciones en junio.

Y la jornada plagada de incertidumbre daría paso a una nueva legislatura de cuatro años. La dicha lo embriagó cuando el recuento de votos le otorgó el puesto de concejal.

Trabajó duro contra todo y contra casi todos, pero obtenía el merecido premio. Iván lo había conseguido. Su persistente entrega durante seis meses dieron su fruto con nombramiento oficial. Se había instalado a las puertas del Ayuntamiento y ese domingo cruzó el umbral. Se abrió un mundo nuevo para Iván.

Todo lo asombroso, todo lo inesperado, todo lo que no se puede expresar, todo lo que cristaliza en gesta pertenecía a Iván. ¿Derribado en una carrera de caballos? ¡No, Iván no, por favor, quien lo afirmara estará bromeando!

Al cabo de quince días juraría su cargo como edil en un pleno extraordinario. En declaraciones dijo “Gracias! Quiero agradecer muy sinceramente a todos los ciudadanos que habéis depositado la confianza en mi persona. Muchas gracias por la oportunidad que me dais para participar en los acontecimientos de nuestra comunidad. Voy a favorecer el progreso y el bienestar. Mi compromiso es firme y me ratifico en todos los puntos del programa electoral”. Una hora más tarde, en un conocido hotel de la playa Iván festejaba la victoria entre conocidos y un patrocinador amable de última hora.

Y a partir de ese momento ya no definirá en términos funcionales de utilidad la relación con las demás personas. Se interesará por los problemas domésticos de los ciudadanos preguntándoles a cerca de sus esperanzas o frustraciones.

Pretendía variar el ritmo de la vida con sus propias manos.

En Gerona, algunos altos cargos se sorprendieron de su triunfo. No lo habían apoyado con infraestructura ni economía. No le obsequiaron con la presencia de personajes relevantes del partido en los mítines ni tampoco lo asesoraron de ninguna manera en ninguna materia, no tuvo apoyo ni orientación. ¿Cómo no iban a sorprenderse por el resultado?

Iván había trabajado en la soledad más absoluta con un pueblo que se le volvió de espaldas. Partiendo de la nada luchó contra la adversidad con el soporte incondicional de Susana, la única persona en el mundo que le conocía bien y sabía de lo que era capaz su esposo si se lo proponía. Y con un traje elegante, se emocionó cuando lo vio jurar el cargo.

Nadie vinculado al partido asistió al acto institucional. Iván estuvo sólo. Finalmente conseguía ser concejal pero ahora, tras una divertida campaña electoral, después de conquistar su reto, ya siendo Político, daba comienzo lo más difícil porque él no quería ser un político del montón. Otra vez necesitaba imprimir su sello particular que lo identificaba, pero desde la oposición, sería imposible. Así que abrió un período de tres meses para determinar el futuro gobierno.

El municipio tenía nuevo alcalde, pero le faltaba un voto para la mayoría absoluta.

Iván se propuso ser el elegido para completar el equipo de gobierno antes de que terminara el verano. Tan pronto había tomado posesión del cargo, se impuso de inmediato un nuevo reto: cumplir con la profecía anticipada públicamente de ser la llave del gobierno.

Los dos grandes bloques, el socialista y el catalán, compartían escaños con otros tres grupos minoritarios; los republicanos, los españolistas, y un partido local. Este último era el idóneo para llegar a un acuerdo con los catalanes que habían ganado. También los republicanos independentistas catalanes eran un opción viable. En todo caso, el partido de Iván era el único que ya estaba descartado desde el mismo inicio, es más, el alcalde entrante se había llenado la boca diciendo a los medios de comunicación -Jamás pactaré con los españolistas…- pero Iván pretendía ser la pieza clave.

Y dio comienzo el juego del engaño, el arte del doble juego para el que Iván se había preparado como actor consumado porque la clave de la vida es la honestidad y el juego limpio y, cuando se puede simular y disfrazar eso, lo has conseguido. Iván era un cordero con piel de lobo.

Actuaba de bisagra en ambos lados; dos bandos, para los que intercedía con su silencioso ideal.

A los primeros ofrecía flexibilidad para imponer su radicalidad, a los otros aspirantes a gobernar juntos llegado el acuerdo, dificultad en cualquier principio de acuerdo del bloque de partidos unidos.

Por un lado, se reunió de inmediato a escondidas con los miembros del nuevo gabinete para intercambiar impresiones y poner las cartas sobre la mesa.

Por el otro, participaba y se encargó de dilatar las reuniones con las otras tres fuerzas que como él, sin responsabilidades de gobierno, debían sentarse en el lado de la oposición pero si todos se unían, juntos, formaban la mayoría absoluta, socialistas republicanos el partido local e Iván. Y al mismo tiempo, si un concejal de los tres grupos minoritarios se acercaba al partido catalán que iba a gobernar, su mayoría simple quedaría salvada. Iván se sentó con unos y otros para fusionar posiciones e intereses y cuando les recibía en casa, Susana era la mejor relaciones públicas de Iván, que no del partido, inmejorable anfitriona de su hogar.

Y contra todo pronostico venció. Otra vez ganó Iván! Fue el elegido. Del todo inesperado, imprevisible, pero ocurrió. Su habilidad lo consiguió.

El sigilo con que fue llevado el asunto sorprendió a todos, incluso a los propios periodistas cuando un lunes de septiembre celebraron la rueda de prensa. La coalición catalana aseguraba su gobernabilidad pactando con el partido españolista pero el alcalde, rápidamente apostilló -Hemos pactado con una persona, no con un partido-. Se había apresurado a dejar claro que nada tenían que ver las siglas en el acuerdo y así, justificó sus anteriores declaraciones donde tal supuesto era una hipótesis imposible.

Era la primera vez que una persona sola pesaba más que las siglas de todo un partido.

Se destacaron sus cualidades en la sesión informativa y en otras conferencias de prensa posteriores: -Es un joven que puede ser muy útil” decía el alcalde catalán.

La única contrapartida llamativa que solicitó Iván para aceptar el pacto de gobierno, fue crear la figura del Defensor del Ciudadano y los Consejos Consultivos Independientes, órganos destinados a aumentar la participación ciudadana. También pidió la aplicación de criterios de austeridad y rigor y racionalidad y sentido común para los próximos presupuestos.

El alcalde, farmacéutico de profesión, lejos de buscar consenso, precisaba autonomía y estabilidad. Necesitaba ese maldito voto que el pueblo le había arrebatado. Ese voto, tenía un gran valor estratégico y a partir de ahora se lo ofrecería Iván.

En toda Europa la costumbre de pactar entre fuerzas políticas es algo habitual, pero teniendo tres opciones donde escoger, nadie entendió que se hubieran decantado por Iván cuando lo lógico, el pacto natural era entre fuerzas catalanas.

Con suma gallardía y la agilidad del guepardo, Iván les pasó por delante mientras los entretenía con planes de conspiración, algo que pareció gustarles mucho más a los republicanos y al partido local. Había sabido distraer la atención de todos, incluso la del propio alcalde que se dejó seducir por sus encantos y buenas maneras en vez de trabajar cualquier otra opción. Iván fue muy astuto. Puso el pie en la puerta del poder. Quería entrar a toda costa. No había llegado hasta allí para sentarse en el banquillo de los que acusan y protestan como niños enojados.

Y los dirigentes españolistas de Gerona y Barcelona volvieron a ser sorprendidos por Iván. Otra vez los desconcertó.

Iván intentó que existiera una relación de respeto y de comprensión mutua desde el inicio sin olvidar la proporción de ocho a uno. Quiso ser un componente más en las comisiones de gobierno. Había entrado en el equipo, pero lo había hecho por la fuerza a merced de las miradas rancias, y eso no se lo perdonaban sus nuevos socios.

Pese a las ventajas de la solidez del mandato sin sobresaltos, mucha gente estaba disgustada.

Tampoco el partido que representaba Iván apoyaba el pacto de legislatura, pero aún no se habían pronunciado oficialmente.

Iván era una persona abierta al diálogo.

La negociación había sido favorable y productiva en su conjunto porque aparentemente todo el mundo ganaba. Todo el mundo excepto los republicanos.

Los republicanos fueron los únicos realmente perjudicados. Se sintieron traicionados por la fuerza catalana. Fueron despreciados públicamente al ser desplazados por el hombre que representaba a España en Cataluña. Toda una humillación. Estaban resentidos con Iván, al tiempo que maldecían al alcalde por la falta de interés y atención, pero no sólo con el alcalde, sino con todo su grupo municipal. Pero la verdad es que no supieron jugar bien sus cartas. Se habían dormido. Y fueron derrotados.

Iván llevaba veinte años acostumbrado a hacer cuanto le placía. Siempre conseguía lo que quería. Pero no estaba claro que ahora se lo permitieran. Demasiadas cosas estaban en juego, muchas más de las que él suponía. Sin embargo, accedía al área de relaciones internas, ciudadanas e institucionales, abriéndose a tres mundos: los funcionarios, el pueblo, y las organizaciones.

Sus cambios y mejoras fueron vistas con recelo por sus nuevos compañeros de gobierno, pero al formar parte del paquete del pacto, tuvieron que callar. Otra cosa más antes de firmar minutos antes de dar a conocer el acuerdo, fue eliminar las zonas azules de los aparcamientos de las calles centrales. Iván sabía que aquello era inconstitucional y si los ciudadanos ya pagan un impuesto de circulación y aún así sufrían la congestión del tráfico, consideraba injusto hacer pagar por estacionar el automóvil. No pidió para sí mismo ningún título honorífico ni cargo retribuido. Obtuvo la dedicación exclusiva como miembro del equipo de gobierno entrando a formar parte del personal en nómina del Ayuntamiento de Palafrugell.

Iván pretendía profesionalizar la vida política en el municipio.

Después de tres meses tensos, habían terminado de gobernar en minoría con inseguridad y dificultad. Ya tenían todas las votaciones ganadas de antemano por la fuerza del nueve de un total de diecisiete. Gracias a Iván tenían una mayoría estable. La coalición se había asegurado la estabilidad para la presente legislatura pero ésta, más que ninguna otra, no estaría exenta de incidentes insólitos.

Y los tres grupos en la oposición criticaron duramente el acuerdo por considerarlo vacío de contenido. Para unos era muy peligroso. Para otros, una gran equivocación.

                            *                  *                  *                  *

La verdad es que Iván llegó, observó, y venció. Pero ni el pueblo ni su propio partido le perdonaría la hazaña.

Tan pronto como se sentó en el escaño, puso énfasis en su catalanidad sorprendiendo al municipio entero al defender en un pleno que el 11 de septiembre “Lejos de ser un simple día festivo, debe constituirse en una jornada reivindicativa para que Cataluña profundice en sus cuotas de autogobierno”. Mimi sonrió mientras peinaba en su peluquería al escuchar la noticia por la radio.

No solo pretendía satisfacer a su cuñada. Quería dar coherencia a sus palabras durante la campaña. Y con semejante acto se desmarcaba por completo de la línea trazada con regla por el partido que fruncieron el ceño al escucharlo por la radio.

Por supuesto que no gustó en Madrid. Pero decidieron ignorar el hecho –sin precedentes- que recogía la prensa en titulares.

Aquellas manifestaciones eran insólitas en boca del representante de una formación españolista. El partido marcaba determinadas pautas que Iván decidió alterar, demostrando que el criterio que imperaba en el municipio era el suyo y ningún otro.

 Pese a las siglas que llevaba tatuadas en la frente, la demanda de un mayor carácter reivindicativo para la Diada de Catalunya le llenó de gozo contemplando la risa alegre de su hija jugando en el parque con sus vecinos. Uno de los padres no le devolvió el saludo cuando se cruzaron en el parking.

Iván no traicionaba la ideología del partido al que jamás se había suscrito, sino más bien al contrario. Porque Iván pensaba que ambas cosas eran compatibles y forcejeó para que se rompiera la tradición de retirar ese día concreto la bandera española de todas las fachadas de los edificios municipales. Esto venía sucediendo desde que llegó la democracia.

Volvió a robarles el protagonismo a los republicanos y logró que la bandera española no se quitara de la fachada del Ayuntamiento. En la cúpula del partido catalán estaban exaltados de la ira. Pero de igual modo, jamás se le ocurriría a Iván solicitar que el día de la Hispanidad se retiraran todas las banderas catalanas de las fachadas de los edificios municipales.

Unos y otros habitaban juntos y la tolerancia es una virtud imprescindible para la saludable convivencia. Así lo dijo en la televisión local y durante la entrevista celebrada en un rotativo provincial mientras ambos interlocutores se miraban detrás de los ojos.

Un remoto acontecimiento se había materializado: ambas fuerzas convivían.

Se indignaron en la cúpula de la dirección de la organización en Madrid, sobretodo por el hecho de enterarse por los distintos medios de comunicación. Aquello le había dolido al obeso hombre de barba pelirroja que presidía el partido a nivel provincial y así lo explicó a los periódicos de Gerona.

La dirección en Barcelona aprovechó el incidente para desaprobar el pacto porque no habían dado su consentimiento, pero al haber salvaguardado su independencia, al no haber ingresado Iván formalmente en el partido, ni el mismo Aznar podía obligarlo legalmente a nada y como jamás lo ayudaron, moralmente, tampoco podían mover un dedo. Y se limitaron a decir públicamente -Sería absurdo abrirle un expediente disciplinario a una persona que no es militante-.

En conversación telefónica en voz baja, le pidieron explicaciones. Explicaciones a las que Iván respondió “Estoy en política para hacer cosas importantes y solamente gobernando puedo llegar hasta ellas”. Con un tono más que severo, el presidente provincial insistió en saber porque no había pedido la aprobación y encolerizado le reclamaba -No has respetado las directrices del partido que únicamente permiten pactos a cambio de la alcaldía- pero Iván, de otra manera siguió diciendo lo mismo “¿Para qué pedir permiso por algo que no estoy dispuesto a cumplir?”.

Iván no estaba preparado para liderar el gobierno. La alcaldía, por lo pronto, era demasiado para él. Aquél destacado miembro del partido era consciente que si quería mantener la posición y negarse a romper el acuerdo, nada se podía hacer al respecto porque no era un afiliado más. Se les había colado un espabilado por la rendija de la cocina. El máximo dirigente en las comarcas de Gerona, en nombre del partido en Cataluña, desautorizaba públicamente la globalidad del pacto de legislatura y el método empleado por Iván, aunque en su reducido núcleo familiar lo aplaudía porque se trataba de un innegable triunfo que él mismo hubiera vaticinado como imposible.

Iván iba por libre, como siempre, y las acciones que podían emprender eran nulas por no decir totalmente improcedentes. Podían pedirle cuentas públicamente pero no podían exigirle nada porque Nada era lo que el partido había hecho por Iván desde que surgiera la posibilidad de presentarse como cabeza de lista para Palafrugell.

Iván estaba dispuesto a profesionalizarse como político. Ahora, ya estaba cerca de la esfera del poder y permanecería cerca de la información privilegiada participando en las decisiones y con una vida social más activa; circunstancia por la que Susana se puso contenta. Siempre le gustó socializar y acudir a los actos para ser el centro de atención.

Si Iván utilizaba la diplomacia y su carisma y además tenía paciencia, pronto se le filtrarían “cosas” de interés. Había consolidado la residencia con su familia en el municipio y quería ratificar lo que ya le había dicho al anterior alcalde largo año y medio atrás “Quiero hacer todo cuanto pueda por este pueblo, por eso me pongo a su disposición con verdaderas ganas de contribuir de la mejor manera”. Pero en vez de hacerlo desde su despacho profesional como consultor, cosa que rogó en un principio, lo haría como político.

En los pueblos se vota a la persona más que a las siglas de un partido, y si por el momento el destello de la explosión había fascinado a unos cuantos, la onda expansiva todavía estaba por llegar. Y no se hizo esperar. Apenas a los veinte días de gobernar Iván tenía tres frentes abiertos.

Por un lado, la plantilla orgánica del Ayuntamiento, por el otro, la oposición en bloque y además de su partido, por si fuera poco, un grupo de ciudadanos del pueblo se oponían a que ocupara el cargo de Defensor del Ciudadano argumentando que no podía ser juez y parte al mismo tiempo. Preguntado al respecto en una entrevista Iván contestó “El hecho de que yo sea miembro del equipo de gobierno es una ventaja porque da eficacia y garantías a mi gestión como defensor del ciudadano. Podré vivir mucho más de cerca los problemas y desde mi posición de Independiente, incidiré mejor en su resolución al no pertenecer a la coalición que gobierna” y su tono y claridad, una vez más, convenció tanto al locutor como a los oyentes que estaban pendientes del mínimo error para criticarle brutalmente. Eran muchos los que si pudieran querían aplastarle como se aplasta una cucaracha con el pie.

La posibilidad de que cualquier ciudadano pudiera manifestar abiertamente todo cuanto le angustia, le molesta o le preocupa en relación a la administración pública, era un logro importante que lo enorgullecía por haber sido Iván quién lo había aportado e implantado en el núcleo del gobierno, porque si solo pudiera defender denunciando pero sin posibilidad de actuación, ¿dónde estaría el logro? El logro era denunciar desde el mismo sitio de donde sale el mal y donde aguarda el bien. Sabía por experiencia propia los beneficios de permitir el flujo de una crítica constructiva, y era bueno que los ciudadanos tuvieran un instrumento a su alcance que lo permitiera, aglutinando así las quejas que pudieran existir acerca del funcionamiento del Ayuntamiento pero en verdad, aunque era una oportunidad para mejorar, aquello no agradaba a sus compañeros de gobierno que se sentían violados y desamparados frente a un Iván excesivamente exigente e incuestionablemente imparcial. Pero si alguna cosa perjudicaba a una persona empadronada en el municipio, Iván se había propuesto desarrollar la capacidad de escuchar y además, reaccionar desde la misma institución y para un buen número de ciudadanos, aquélla era una actividad útil. Ninguna clase de incongruencia maliciosa con escondidos fines políticos sino pura eficacia resolutiva.

Iván había demostrado ser muy inteligente porque por un lado, gracias a este sistema, permitía el contacto personal y directo sin intermediarios, conociendo de primera mano del ciudadano las situaciones más desagradables ocultas hasta el momento, y por el otro, existía la oportunidad real de neutralizar comportamientos erróneos del propio Ayuntamiento pero funcionarios y políticos se sentían amenazados por su implacable justicia que imponía mediante esa nueva dinámica operativa.

La figura del Defensor del Ciudadano, al margen de ser una idea exclusiva de Iván, prohibida en política -Prohibido tener ideas y esa idea en particular es un pecado cuando eres un miembro que estás dentro- dijo el primer teniente de alcalde de cara redonda y pequeños ojos muy juntos pero Iván le respondió así “Es interesante y conveniente este camino iniciado para mejorar los resultados generales en defensa de los justos y legítimos derechos de la población”.

Con esta novedad seguro que el municipio ganaba. En cualquier caso, jamás perdía. No era una medida contraproducente sino para las discriminaciones que favorecían a los incondicionales partidarios de la coalición catalana durante las sesiones privadas de gobierno los miércoles por la tarde.

Debía intentarse hasta consolidarse, pero una mano negra empezó a recoger firmas con falsos testimonios para persuadir a diversos colectivos y agrupaciones locales, engrandeciendo una protesta cuyo objetivo era anular la lucha contra las irregularidades. ¡Qué barbaridad! La atrocidad era aún mayor. Lo que jamás sabría Iván es que el movimiento fue iniciado por sus mismos socios de gobierno que temían que ese departamento prosperara dejando al descubierto demasiada suciedad, y porque además de darle solvencia a él, recortaba públicamente el poder de todo un grupo ejecutivo de ocho personas.

Iván quería respetar al ciudadano al margen de su afiliación política “Los problemas no entienden de ideología” había dicho en una comisión informativa. No quería que ningún sentimiento interfiriera en la gestión y posterior resolución de los asuntos que se llevaban a cabo en ese innovador departamento. Por su parte, la neutralidad estaba más que presente y pidió públicamente “Ruego a la gente que no tenga en cuenta mi color político a la hora de pedir ayuda. Me gusta atender a cualquier simpatizante de otras siglas porque ante todo, son personas, ciudadanos de nuestro municipio” pero aquella petición moría en el olvido. Resentimiento. Menosprecio a las siglas de las que se había expatriado como excusa para hincarle el dedo en el ojo. Si pudieran darle un puntapié…

Comenzaron los primeros incidentes y enfrentamientos. El debate del asunto quedó asegurado porque incomodaba a mucha gente. Sin embargo, el hecho de que Iván apenas llevara dos años residiendo en la zona le señalaba como la persona más indicada para ejercer la fuerza al desconocer a nivel particular a los implicados, pudiendo desenvolverse eficazmente en su papel sin preferencias de ningún tipo. Tenía una base sólida, recta, sana, no se prostituía a cambio de nada ni se dejaba vencer sino era por la sonrisa y el mimo de su piedra preciosa al ganarlo para obtener su gelatina. Quería infundir la virtud de hacer posible todo aquello que era necesario y ayudar a cualquier persona que lo deseara. Y empezaron a acudir a él con temas de lo más extravagante.

La situación se convirtió en una prueba embarazosa, tanto para el secretario del Ayuntamiento como para el Interventor que veían condicionada su desmesurada libertad de antaño ante su atenta descalificación. Iván abrió canales ágiles de comunicación con asociaciones de consumidores, organizaciones en defensa de usuarios maltratados, con el Defensor del Pueblo a nivel legal y oficial. Utilizaba su delegación de Relaciones Institucionales para potenciar contactos de altura en las principales capitales de provincia. No se quedaba en las salas de espera, pedía audiencia, y por su cargo era recibido. Y comenzó a presionar demasiado a ciertas personas acostumbradas a aprovecharse de la gente.

Luego de semanas saturadas de intenso trabajo, Iván se propuso liberarse durante el fin de semana de toda clase de compromisos sociales. Quiso encerrarse con su familia en la intimidad del hogar. Las innumerables obligaciones le habían desbordado sin llegar a agobiarlo. Tenía necesidad de sus dos mujeres sin prisas.

Susana le confesó que había recibido felicitaciones –Me han hablado muy bien del trabajo que realiza mi marido; dicen que ahora es un placer porque no tienen que perderse en medio de las colas frente a las  ventanillas de la administración-. Y acostados en la tupida alfombra frente al fuego, abrazándolo besó sus labios con Ágata enroscada a sus pies.

La televisión estaba apagada. La noche era profundamente oscura. La luna plena y blanca penetraba como un brazo que los bendecía por el gran ventanal. Había silencio. Paz.

                            *                  *                  *                  *

Después de seis meses de haber ingresado en el Ayuntamiento y de tres con responsabilidades de gobierno, Iván había creado un precedente en la política local de la provincia. Dio vida a una serie de áreas infrautilizadas.

Hasta entonces, el departamento de Relaciones Ciudadanas tenía un nombre bonito pero nada más. Lejos de las acusaciones de la oposición, lo dotó de contenido y casos de conflictividad vecinal que antes quedaban sin atenderse eran resueltos con ecuanimidad. Y no dudó en esgrimir su arma frente a la coalición si el tema lo requería. Era de justicia reconocerle su buena disposición a la integridad, y aunque Iván no pedía las gracias, hubiera precisado alguna palmadita en la espalda de vez en cuando, pero lo que crecía en su entorno era el recelo, nunca la fascinación por los resultados. Lo envidiaban los que gobernaban y los que estaban en la oposición. Envidiaban su privilegiada posición tanto como su gallardía en la acción.

Inició una auditoria de recursos humanos y, como cualquier otra cosa que moviera le trajo problemas; problemas inventados claro está, porque en política se tiende a cuestionar la decisión malgastando energías del que acusa porque acusa, y del que tiene que ejecutar porque debe defenderse de la agresión y cuando todos están exhaustos y ya nada queda de los iniciales motivos que daban sentido a la actuación, apartados de lo fundamental, se ejecuta perjudicándola, esta es la realidad.

Iván quiso sacar mayor provecho de las personas diseñando un organigrama con criterios empresariales. Estaba convencido que aquello sería rentable a largo plazo aún con las dificultades iniciales, pero era el único dispuesto a sacrificarse. No hubo una colaboración activa y real por parte de ningún miembro del Ayuntamiento y estaba a punto de despreciarse la buena posibilidad de reconvertir una administración arcaica e inoperante en un instrumento ágil y eficaz.

Nadie comprendía porque Iván se buscaba tantos líos en vez de quedarse tranquilo en su amplio despacho con pinturas ecuestres leyendo la prensa en el cómodo sillón reclinable con la secretaria como escudo. Y es que Iván, fiel a sus compromisos, era un hombre dinámico de incontenible arrojo que no sabía estar de brazos cruzados ni poner los pies encima de la mesa a la hora del trabajo. Igual que en cualquier otra empresa, sentía que el factor humano es el principal activo. Continuaba valorando a las personas como clave del progreso, pero como los funcionarios habían tenido desde siempre fama de holgazanes, quiso saber más allá de la etiqueta.

El propio Comité de Personal había pedido a los partidos que competían por la alcaldía la confección de un organigrama durante las reuniones de campaña con los Cabeza de Lista, por lo tanto, Iván se disponía a cubrir una petición concreta previamente solicitada. Pero aquello tocaba un tejido sensible: el lugar de trabajo; y algunos empleados empezaron a ver su iniciativa como un proceso de depuración o un examen y los más veteranos, se rebotaron, indignados.

Con esta nueva iniciativa Iván demostraba otra vez que su municipio era pionero en la aplicación de fórmulas empresariales para optimizar los recursos humanos del Ayuntamiento. Iván pretendía con su trabajo conocer las necesidades reales del personal para  procurar que se sintieran satisfechos en el puesto laboral, pero sus procedimientos relacionados con el talento humano asustaron a la mayoría que se pusieron a la defensiva negándose al cambio. Tenían miedo que se descubriera la duplicidad de tareas, actividades nulas o actuaciones obsoletas que obligarían a nuevas metodologías de trabajo que harían peligrar su tranquilidad. Y comenzaron a llover reproches. Cayeron algunas sillas. Casi todos corrían de un lado a otro. Había murmullo, barullo.

Iván deseaba hacer demasiadas cosas en demasiado poco tiempo y penetró con demasiada fuerza en la Casa Grande con todo ese caudal de sangre joven que prometió en la campaña y revolucionó, primero el pueblo, y ahora le tocaba el turno al Ayuntamiento.

No era consciente que hacía tambalear el sistema. No se sentía huracán ni mucho menos terremoto. Entendía que su actuación era lógica y estaba fundamentada. Al fin y al cabo, había llegado a su posición de concejal para hacer justamente lo que estaba haciendo. Lo había prometido durante cada mitin. Y hubo alarma general. Tocaron zafarrancho de combate. Pero Iván no se dio cuenta porque estaba demasiado ocupado en su qué hacer para advertir nada.

Hacía varios meses que se había concentrado en su trabajo sin abandonar a su familia pero incluso en su hogar pasó horas estudiando en profundidad el actual funcionamiento para saber con certeza muchas cosas antes de comenzar la reorganización interna.

Iván no quería elaborar un simple organigrama. Dispuesto a hacerlo, quería realizarlo de la mejor manera posible en busca de un resultado superior. Iba a detallar en su informe las funciones competencias y responsabilidades de cada puesto de trabajo, pero de nada sirvió que se refiriera al “puesto” y no a las personas que lo ocupaban cuando expuso al Comité de Personal sus intenciones. Sí dejó claro desde un lado de la mesa en la sala de juntas que deseaba mejorar con la ayuda de los siete representantes del personal fijo y eventual que se encontraban del otro lado la totalidad de los servicios que se brindaban al municipio para dotarlos de una mayor calidad, aumentando la productividad de los mismos en dirección a una eficacia más ágil y duradera. Pero igual que sus compañeros políticos se sintieron amenazados por sus inquietudes, todos los jefes de área sin excepción, incluso los responsables de pequeños departamentos, vieron en Iván una especie de señor feudal que fiscalizaría su actividad y más que amenazados se sintieron terriblemente intimidados, acosados por el ejecutivo barcelonés con espada madrileña. Y comenzaron un boicot unilateral negándose a colaborar. Nadie quería cooperar. Surgió un inesperado bloqueo. La negativa total.

Y sin embargo Iván no pretendía imponer nada. No quería vulnerar ningún derecho de los trabajadores. Sabía que por la fuerza no se obtienen resultados favorables y no quiso utilizar su autoridad, pero tampoco lograba que le entendieran con amables conversaciones aunque invirtió muchas horas en hacer pedagogía del asunto. Iván no buscaba nada personal. Solamente quería beneficiar.

Doscientas veinticuatro personas eran demasiadas para ponerse de acuerdo por separado. Recomendó una asamblea general para exponer sus ideas y debatirlas, aceptando toda clase de sugerencias y aportaciones, pero le fue negado ese privilegio que hubiera reconducido el tema en vez de aparcarlo deliberadamente con absurda negligencia y nula visión de futuro.

Era un incomprendido por parte de quienes desarrollan una actividad de la cual los concejales son responsables. Además de los políticos que despreciaban esa clase de progreso, principalmente, porque no venía de ellos, sin cuestionarse si aquello era o no era positivo, ahora tenía nuevos adversarios.

Conforme pasaban los días, los funcionarios se sintieron más y más presionados y asumieron el papel de enemigos, más por los rumores que ellos mismos impulsaban que por las acciones de Iván. Y aunque no estaban en peligro, aún así, vieron amenazada su rutina operativa que ya les estaba bien tal y como estaba y no la querían variar aunque representara una mejora para su mismo pueblo.

Los concejales titulares de cada área habían dado conformidad para que inspeccionara, pero muy a regañadientes, rogando para que Iván no descubriera los “chanchullos”. No habían tenido otra opción porque había convencido al alcalde de la importancia de conocer hasta los detalles más pequeños, quién a su vez, en una reunión formal había solicitado la colaboración de todos, políticos y funcionarios, sin embargo, se le fueron cerrando las puertas poco a poco a Iván. Nadie quería tanto movimiento de la mano de un hombre que era incombustible e incorruptible y no había nacido en el pueblo.

Había esbozado los nuevos sistemas operativos de trabajo cuando le explotó otro asunto.

Iván quería favorecer a los usuarios de la administración pública y mejorar las condiciones de los funcionarios que trabajan en el Ayuntamiento pero nadie quería asumir el coste de tal transformación que sin duda llevaba implícita un estilo de gestión más profesionalizada y competitiva. Pero su proyecto modernizador no terminaba ahí.

La necesidad de rendir cuentas a los ciudadanos para que sepan la manera en que se distribuyen los recursos públicos, era una prioridad para Iván, y hacerlo de manera que se entendiera, sin complicarla con lenguaje técnico, el punto de partida adecuado, por eso decidido a auditar las cuentas y conocer la situación económica del Ayuntamiento sabiendo exactamente donde se encontraba para definir la mejor estrategia de actuación y proyección, le llevó a presentar una Moción para la realización del estudio-diagnostico de viabilidad financiera. Pero aquélla iniciativa tampoco gustó. Nada de lo que hacía Iván gustaba. Levantaba ampollas en los pasillos del poder.

Además de valorar la situación patrimonial y económica del Ayuntamiento con carácter constructivo, el interés de Iván radicaba en confirmar el cumplimiento de la legalidad vigente de acuerdo con la normativa contable y fiscal, algo que conocía bien por su anterior etapa como consultor empresarial. Con el adecuado conocimiento de causa, quería participar en las decisiones sobre la capacidad de ahorro y el esfuerzo inversor del Ayuntamiento. Tenía cosas que decir sobre el endeudamiento, la solvencia, el margen de maniobra. La gestión de ingresos y gastos, era accesible a cualquier concejal, pero Iván pretendía consensuar con la oposición los temas económicos y obligó con la propuesta al pleno a que el alcalde tuviera que actuar con una mayor transparencia, sin embargo, ese hombre dubitativo de aspecto despistado no quería que la oposición interviniera en la planificación financiera ni en las medidas para corregir posibles desviaciones en las arcas municipales durante su mandato.

Antes del jueves último del mes que era cuando se celebraban los plenos, la propuesta presentada por Iván en busca del consenso parecía condenada al fracaso, aún habiendo coincidido todos los grupos políticos durante la campaña y teniendo técnicamente ocho votos amigos suficientes para ganar.

Todo el esfuerzo parecía que iba a quedar diluido porque tanto los afectados, el gobierno, como la oposición, teórica y claramente los beneficiados, iban a votar en contra de Iván. Ambos grupos políticos temían que la propuesta prosperara por el excesivo protagonismo social que estaba cosechando y se pusieron de acuerdo para anular la iniciativa. No aceptaron su brillantez. Negaron el avance hacia el diálogo y la transparencia en materia económica.

Sus compañeros de gobierno podían haber secundado la Moción, realizando una retrospectiva de cinco o seis años que en conjunto dijera lo que ya se sabía pero que entretuvieran los datos y las cifras a la oposición, pero a última hora, el alcalde dijo -Iván no permitirá que les levantemos la camisa, mejor no darle soporte y votar en contra- y así lo hicieron porque sabían perfectamente que el recién bautizado “showman” no se iba a doblegar. Cuando pactaron, decidieron llevar todos los nuevos temas a debate en el pleno sin condicionamientos ni represalias si no coincidían en la votación. Iván no podía reclamarles por haberlo abandonado pero no se lo esperaba, no lo avisaron y se llevó una sorpresa.

Pero no se desmoralizó.

Iván sabía que sus adversarios políticos, sus contrarios, personas como él, ejercían una actividad y que probablemente ellos no eran las opiniones expresadas. Así era capaz de escuchar a sus opositores con respeto e incluso con saludable amabilidad. Toleraba la crítica, aunque la mayor parte de las veces era una crítica destructiva. Pero hacen falta dos para pelear y él estaba por encima de tan baja actividad, porque a menudo la gente únicamente perseguía fastidiarlo, hacerle la vida desagradable.

Drogaba su cólera con imágenes bellas de su hija jugando cuando se daban estas condiciones.

No se hundió.

Apaciguado, Iván no se desviaba de su camino. Ajeno a la provocación, avanzaba seguro y esto irritaba todavía más a la audiencia que lo espiaban incluso cuando acudía al baño. Ignoraba el acoso, los insultos, la discusión que no persigue un intento de acuerdo sino el furtivo desaliento. No se rebajaba a la inmadurez de semejante comportamiento y con su actividad interna intacta sonreía. No dejaba que nadie le irritara. Era codicioso en este sentido y su codicia era acumular compasión para estas personas a las que no podía odiar. Simplemente sentía lástima por ellas.

Soportó la traición. Ni el despecho, ni un arrebato de ira, ni tan siquiera la excitación de una venganza inmediata.

Asumió la lección: en política dos más dos siempre suman cinco.

Todavía podía administrar con prudencia y distribuir los bienes con equidad. Había otras muchas cosas más que hervían en su cabeza y vibraban en su corazón, siempre en dirección a elevar un poco más los resultados actuales intentando establecer el clima positivo de diálogo que tantos éxitos le había proporcionado en el sector privado, pero las expectativas de un futuro prometedor comenzaban a desvanecerse por la bruma.

Daba comienzo el asedio. No sólo la mayoría del pueblo que ignoraba sus buenas intenciones negándole el camino a seguir, no sólo las zancadillas de sus propios compañeros de gobierno que desde la sombra intentaban hundirlo, no sólo el personal del Ayuntamiento que se negaban a implantar procedimientos vanguardistas, además, la oposición en bloque, lejos de atacar al grupo mayoritario dirigieron sus lanzas contra Iván –Es más fácil atacar a una sola persona que a ocho- dijo el portavoz de los socialistas.

Era una forma de intentar debilitar el pacto. Los tres grupos pensaron que si unían sus fuerzas contra Iván, acabaría por ceder. ¡Qué poco lo conocían!

Él podía con ellos y muchos otros a la vez. Y presentó batalla como el héroe que lucha contra tres espadachines cuando viene otro por detrás.

Elemento público y notorio, se había autoproclamado Iván Defensor del Ciudadano y al igual que Napoleón, se coronó a sí mismo ante la mirada atónita de unos y otros. Y lo había echo al margen del ordenamiento jurídico municipal que no contemplaba esta innovadora figura que Iván promulgó.

La oposición en bloque y sus compañeros de gobierno al completo, aunque desde la sombra, estaban en lucha contra Iván. Los primeros para hundirle y los segundos, para arrinconarle lo suficiente hasta convertirlo en marioneta. Caían en la cuenta que el nombre de Iván Saneil era el más pronunciado en reuniones tertulias y fiestas. No había día en que no fuera noticia por alguna razón. Y el pueblo comenzaba a plantearse como actuar respecto a Iván, todavía enredado.

El objetivo se llamaba: Iván. Demasiado guapo. Demasiado atlético. Demasiado educado. Demasiado trabajador. Demasiado elegante. Iván era demasiado todo.

Sumaron silenciosamente sus fuerzas contra él. Demasiados éxitos a su alrededor que uno a uno lograban desbaratar pero ¿durante cuanto tiempo?

La situación era casi insostenible, pero Iván estaba acostumbrado a soportar la tempestad y los arrebatos de ira de quienes no admiten la derrota y únicamente saben patear. En los plenos, aunque daba un evidente soporte a la coalición catalana no lo hacía de manera ritualista y mimética. Sus intervenciones asustaban porque decía las cosas tal cual eran sin pelos en la lengua y con todo lujo de detalles. Vivía y dejaba vivir pero Iván se expresaba.

Había adquirido soltura frente a un auditorio exigente y en cada pleno se le brindaba una estupenda oportunidad para discurrir y perpetuarse ante unos ciudadanos cada vez más curiosos que se acercaban para sentarse entre el público. Había  personas que por primera vez se acercaban a un pleno y al debate del pueblo que elige a sus interlocutores.

Iván aprendió a improvisar sin alterarse, exponiendo sus argumentos en tono distendido, casi pausado, imprescindible para ser claro y conciso, evitando repetirse. Justificaba bien sus posicionamientos invitando a los demás a compartirlos. Y todavía quedaban tres años por delante durante los cuales podían ocurrir un montón de cosas. Lo miraban de reojo. Señas. Guiños. Palpitares iguales. En el gobierno. En la oposición. En las sillas del pueblo.

Su persona monopolizaba el debate y no por interés propio, sino por exigencias de un guión que le otorgaba el papel protagonista en todos los sucesos dedicándole un tiempo desmesurado, principalmente, porque la oposición, en vez de plantear alternativas a la acción de gobierno o fiscalizar la acción de la coalición al frente del ejecutivo, se entretenían en intentar erosionarle, pero Iván salía victorioso de toda agresión. Ya no era un político novato. Podía con cada asalto. Ya no era un joven inexperto. Se había curtido en poco tiempo. Volvía a ser Iván el distinto, ahora, un político atípico que rompía esquemas y sorprendía a cada instante.

Se convirtió en Iván el distinto a los siete años. Sus padres no eran católicos, prueba de ello es que jamás le hablaron a cerca de Dios. Jamás visitaron una iglesia pero padre y madre o los convencionalismos de la sociedad lo bautizaron celebrando posteriormente la primera comunión, no obstante, le hicieron asistir a la ceremonia vestido con unos pantalones confeccionados a base de veintitrés pedazos de viejos vaqueros y una holgada camisa roja de puños y cuello blanco. Era una forma de rebelarse… a través del hijo! Porque ellos vestían elegantemente… Iván retaba al sistema desde la misma cuna. Los presentes lo miraron por encima del hombro como se mira al forajido embutido en su traje exquisito. Y forastero se sintió cuando todos los demás niños abrieron sus regalos todavía la corbata anudada a sus cuellos. Ni siquiera tuvo el premio de su pantomima. Aquello lo hizo sentirse distinto a todos. Y se acostumbró a ser diferente, a hacer lo que los otros no podían o no querían hacer o simplemente no se atrevían. Su aspecto impresionaba en el altar. Y seguía impresionando sentado en su trono de concejal. Porque Iván se inventó a sí mismo al margen de la familia. Se esculpió cincelando la materia prima con iniciativa y decisión inicialmente desconcertado e indefenso en una sociedad hostil. Sociedad a la que en el borde del ahora quería dotar de su visión peculiar.

En el municipio, el caso de Iván era algo insólito, pero a nivel provincial, su rápida ascensión y su polémica gestión no tenía precedentes.

Él no entendía porque merecía tanta expectativa. Era un hombre acostumbrado a trabajar, pero en política, suele esperarse del político que hable y poco más. Iván también habló, pero no de las inclemencias del tiempo ni para decir algo ambiguo e incomprensible. Iván señaló con el dedo como si apuntara con un revolver. Acusó directamente al conjunto de los políticos opositores de adoptar un comportamiento infantil respecto a su persona y esto los enfureció llegando a sacarles de tal modo de las casillas que esgrimieron exabruptos discordantes en un debate televisado en que bastantes ciudadanos tuvieron la oportunidad de ponerle cara a una voz cálida que escuchaban a menudo por la radio, contemplando entonces el rostro de ese reiterativo nombre que se había hecho más que habitual, casi familiar por su constante permanencia en la prensa en los chismes y los chistes del bar. Aquél día, supo Iván guardar las formas y le hizo ganar muchos puntos. La serenidad le catapultó elevando su solvencia y reforzando su creciente prestigio ante el pueblo que lo vio.

                            *                  *                  *                  *

A Susana le fascinaban los olores. Al entrar al sofisticado baño de revista de moda, un agradable olor a limón lo embriagó después de tanto tabaco en el Ayuntamiento.

Se lavó las manos con agua caliente y le dijo al verla luego del beso y el abrazo “Cariño no sabías que el olor a limón del líquido que usas para limpiar se hace con limonero, un producto cancerígeno. No se fabrica con jugo de limón, que por cierto, el jugo de limón natural es un potente detergente ¿lo sabías?”.

Cuando se bañó con Ágata durante el segundo año a la niña se le irritaron los ojos y la piel. Consultó con el médico hasta averiguar. Descubrió que sucedía a causa del producto utilizado para limpiar la bañera. Contenía ácido fosfórico. Dañó a la pequeña peligrosamente hasta que leyeron sus componentes y dejaron de adquirirlo y de adquirir todos los artículos que producía ese grupo industrial. El sulfato ácido de sodio es la materia más común de los limpiadores para el inodoro que a su vez, es un potente irritante cutáneo. Desde que agredieron a su hija se había informado. Y sin ánimo de reprimirla le hizo la observación. Y se subió a su despacho.

Tenía algunas llamadas importantes que hacer y en el Ayuntamiento había demasiados oídos al acecho. Cerró la puerta, presionó el botón junto al marco y automáticamente se encendió la música y la lámpara de la mesa de caoba. Levantó el auricular, aguardó el tono y pulsó la tecla que memorizaba el número que necesitaba, ¿llamó a Oscar?

En su cálida morada reinaba la felicidad, una felicidad tan profunda que no se resquebrajaba por truenos o tormentas, por mucho humo que intentara filtrarse por debajo de la puerta para intoxicar porque la ranura estaba precintada. Iván vivía en compartimientos estanco independientes unos de otros.

Susana estimulaba su vida y era optimista ante la adversidad; incluso la pequeña Ágata comenzaba a comportarse de igual modo. Su paciencia era un don milagroso. Había aprendido con el paso de los años a mirar más allá del qué para conocer el por qué de las necesidades de su marido y así, se alejaba de la posibilidad de censurar, juzgar o cuestionar.

Iván siempre buscaba lo mejor para ellas dos sin renunciar a sí mismo y por el momento, mantenía bien ese equilibrio.

La torre de la fortificación en la casa seguía ejerciendo de faro que ilumina la vastedad del horizonte protegiendo la tierra con sus pies como raíces.

Iván sabía controlar e impulsar la acción de gobierno y pretendía llevar a su municipio al lugar que le correspondía, a su entender el más alto, claro está, puesto que Iván residía ahí, en las alturas. Todo debía ser a lo grande con él.

Pero Iván también se asombraba como cualquier otro niño, pues no tenía intención de renunciar a su condición de niño. Era el mejor lazo de unión con su hija, y como cualquier hijo de vecino se sorprendía, y en el último pleno del año, todos los concejales de las tres formaciones políticas que constituían la oposición lograron desconcertarle cuando abandonaron el salón donde se celebran los actos en el momento que Iván se disponía a defender la primera de sus ocho propuestas. Se levantaron para salir y sentarse en la zona del público abarrotada por la creciente afluencia de público. Se situaron entre los ciudadanos asistentes al evento, algunos de pie detrás de la última fila de sillas junto a las cortinas por la falta de espacio mientras Iván exponía sus argumentos.

La irresponsabilidad de abandonar la sala dejando vacías las sillas que el pueblo les pidió que ocuparan, iba a perjudicar más a sus votantes que a ellos.

Sí, le habían dejado perplejo, pero por ese innecesario desplante pagarían un precio muy elevado demasiado elevado pensó mientras continuó conteniéndose. Había aguantado golpes y tortazos dialécticos pero no le gustó que intentaran ridiculizarle desdeñando sus iniciativas presentadas siguiendo la regulación y el procedimiento legal. Dilapidaron el debate. Era el peor insulto que podía sufrir no Iván, sino cualquier político que en sí mismo es el mismo pueblo al negarse a ejercer como representantes que eran. Ellos que  reclamaban habitualmente poder participar prefirieron el mutismo en el hemiciclo entorpeciendo con su falta de presencia. Aquél no fue un comportamiento constructivo. Con razón los había tratado de infantiles. Pero esa sería la última evidencia.

La muestra de total desprecio por su labor determinó una consecuencia: Iván no volvería a plantear más Mociones en el decurso de los plenos para el resto de la legislatura. No tenía ninguna necesidad. Con realizar las propuestas en la comisión de gobierno tenía más que suficiente para que derivasen en decretos oficiales. No habían entendido nada. Y los consideró ineptos para ejercer su labor.

Con aquél hecho se cerró la puerta del debate político en busca de un mayor diálogo para favorecer el consenso que tanto había alabado e intentado establecer a favor del municipio de Palafrugell.

La oposición al completo prefirió abstenerse y se encontraron las tres fuerzas políticas con que Iván jamás los volvió a invitar ni juntos ni por separado. Todas las cuestiones de importancia vital se tratarían a puerta cerrada en la sala de gobierno lejos de los públicos debates en los plenos.

Y partir de entonces, los siguientes actos serían impuestos por una férrea dictadura ejercida por la fuerza de una mayoría absoluta que se encargaría de mantener. Se construyó un muro de hierro que solamente el final de la legislatura podía derribar. La oposición lo había pedido a gritos. Así es como sucedió. Con el tiempo, individualmente se arrepentirían, pero para cuando esto ocurriera sería demasiado tarde. Iván se había decantado por una opción zarandeado por las circunstancias.

Aún encontrándose en la oposición, Iván estaba convencido que con la aportación de su experiencia se enriquecían los resultados, sin embargo, ese comportamiento fue como una bendición a gobernar sin obstáculos. Jamás pudieron acusarle de exceso de atribuciones porque la mayoría de los acontecimientos que impulsó rezaban en el acta como acuerdo del equipo de gobierno sin especificar su promotor. Y siguieron dificultando su labor tanto como pudieron, pero dando palos de ciegos a diestro y siniestro pues Iván, entendió que debía pasar a un segundo plano en beneficio del pueblo y la coalición se lo agradeció. Sus compañeros de gobierno empezaron a respirar aliviados, mucho más tranquilos y alegres por su voluntaria retirada de la palestra.

La estrategia de acoso y derribo sin cuartel para romper el pacto que garantizaba la gobernabilidad atacando en grupo a un solo individuo desamparado por todos, no había surtido efecto. La campaña de boicot no había prosperado. Iván supo volar recto y permanecer firme, imperturbable a la permanente agresión. Pero las cosas seguían complicándose para él… más y más.

En ciertos círculos, le acusaban deliberadamente de ser un trepa; un arribista que el único interés que tenía por la política le venía dado por querer situarse económica y socialmente. Pero la situación privilegiada que buscó y encontró, sabía de antemano que precisamente le obligaría a reducir sus ingresos. A menos que existan sobresueldos con cargos paralelos para los que están muy arriba, el salario base de un político, sobretodo a nivel local, es bajo, quizás por eso se dan interminables casos de malversación de caudales públicos.

Hasta el momento de dedicarse a la política, sus honorarios correspondían al fruto de sus logros, en función de su trabajo y no como ahora que hiciera lo que hiciera tenía asegurada una remuneración fija durante cuatro años. Iván jamás buscó status social, él, un ser genuino acostumbrado a crear la propia moda y defender su peculiar código no precisaba pertenecer a ninguna clase social concreta, más bien huía de ella. No deseaba un gran título que le otorgara cierta distinción para ser recibido por la aristocracia del municipio sino un lugar estratégico desde donde poder operar.

Iván tenía vocación de servicio, jamás le conmovió el acumular poder por el poder mismo. Aunque sabía perfectamente que sólo podía influir desde arriba, desde una posición de poder, y si no la conseguía, fuera donde fuera, jamás podría ejercer ningún tipo de servicio realmente válido y esto lo había comprobado durante el último año de su vida. Ahora podía incidir positiva o negativamente en su entorno afectando al medio que lo rodeaba a él y a muchas personas. La elección, una vez más, era solamente suya.

A Iván le molestó sobremanera las acusaciones que acumulaba –Va al Ayuntamiento a por un sueldo-. Pero una vez ocupada una posición estratégica, en vez de torcerse y aprovecharse de la situación, desempeñó su actividad política como un acto de servicio al pueblo lejos del lucro personal. Para quienes lo conocían bien, la prueba más consistente fue el cierre de su despacho profesional. Una vez decidió entrar de lleno, sin dudarlo, rompió sus tarjetas de visita para dedicarse en cuerpo y alma a su pueblo y a su gente. Era materialmente imposible dedicarse a ciertos asuntos, algunos muy delicados y vivir intensamente la realidad del Ayuntamiento. Aquellos dos ambientes se daban de patadas, no se podían compaginar, y aunque económicamente era rentable no era viable con la nueva actividad. Él lo sabía. Y se arriesgó a funcionar en un solo ambiente.

No se pueden hacer dos cosas bien a la vez cuando uno es exigente con los resultados y para Iván, la política no era un hobby, ni tampoco un pasatiempo distraído. Era algo muy serio. Quizás, inicialmente si fuera otro capricho eventual, un reto más por el cual luchar, pero al comprobar la envergadura del asunto que se había convertido en una verdadera oportunidad de realización personal, no quiso que sus acciones como consultor empañaran su reputación y por eso sacrificó sus ingresos.

Pero nadie valoraba ese hecho. Algunos llegaron a decir que no tenía donde caerse muerto y que había llegado hasta allí porque no podía ser ni hacer nada más y es que la gente, a veces es cruelmente despiadada y habla por hablar sin saber.

Obviamente, Iván no vivía del aire. Tenía que satisfacer sus necesidades básicas y las más elementales de su familia. Tenía que ganarse la vida, pero en vez de aprovecharse de la información privilegiada para ubicar una gasolinera o  aprovecharse del cargo para obtener licencias y permisos, negándoselos a otros si no ejercía una donación en forma de chanchullo, en vez de buscar fórmulas para engordar sus bolsillos cuando nadie mira, Iván se conformó con el salario del Ayuntamiento tres veces menor que las retribuciones que percibía por su trabajo anterior. Y cuando así lo dijo en una cena institucional a un reducido grupo a la hora del café la copa y el puro, más como anécdota que como hazaña, le acusaron de fanfarrón.

Su exceso de sinceridad al afirmar “Hoy me cuesta un gran esfuerzo llegar a fin de mes” en un tono humilde que nadie percibió, daría pie a otra movida popular.

Iván había despertado a un pueblo hastiado que encontró en él a un títere de quién burlarse sin compasión. Se burlaban diciendo –Tiene un currículum de ciencia ficción-. Se dejaron influenciar por la falta de una trayectoria reconocida y supervisada, estructurada, una trayectoria que a su vez, hubiera castrado la frescura de esa iniciativa contra él.

Porque a Iván no podía etiquetársele. Era único e indefinible.

La empresa que lo contrató cuando apenas contaba catorce años para depositar propaganda en los buzones, jamás tuvo una respuesta tan favorable y es que por primera vez, los paquetes de propaganda no terminaron en un contenedor de basura. Iván cumplía con los cometidos asignados sin pestañear.

Durante su estancia en la empresa de mensajería, en demasiado poco tiempo comprobó que tan fácil es perder la vida aplastado entre los vehículos de la gran ciudad. El armazón de las motocicletas es el cuerpo del conductor. Incitó a la sublevación y se amotinaron como uno solo para no ceder hasta que la empresa se hizo cargo del seguro contra accidentes laborales. Defendía los derechos de sus semejantes a temprana edad aunque no continuó trabajando de mensajero porque no quería ser arrollado por ningún camión.

Ayudaba con la iluminación en la discoteca “Red Sun” y luego ponía la música lenta a media tarde para que pudiera hacer un breve descanso el discjockey y cuando enfermó, lo sustituyó como titular, pero el propietario quiso que continuara después. Y es que cuando uno brilla, aunque intente disimular deslumbra. Tuvo el menosprecio de su antecesor y la felicitación de los camareros con el repetido comentario -Ya era hora que alguien les diera lo que quieren-. El joven Iván estaba dispuesto a ocupar el lugar que el destino le asignara.

Comprometido con la plena satisfacción de los clientes, no dejaba pasar un sólo detalle. A la semana de incorporarse a la recepción de AMF Bowling Center, sin pensarlo dos veces le dijo al jefe de mecánicos que su lugar estaba detrás de las máquinas… ¡crachss! El vaso de cerveza salió volando contra el cristal del bar -No voy a permitir que un mocoso me diga lo que tengo o no tengo que hacer-. Otro se hubiera callado, no hubiera arriesgado el puesto. Ese hombre tenía muchos amigos y veinte años de antigüedad. La reprimenda fue para Iván. Pero sabía que había obrado correctamente. Iván no temía la reacción si su acción era justa.

Con estos antecedentes se inició en el mercado laboral.

En política, Iván tampoco pasaba desapercibido. Intuía que es preciso saber lo que se quiere, y cuando se sabe qué se persigue exactamente hay que tener el valor de decirlo y, una vez dicho, es necesario disponer del coraje para realizarlo.

Sus opiniones eran analizadas con un potente microscopio convirtiéndose en las palas para cavar su propia tumba. Pero jamás se consigue nada grande sin entusiasmo. Y el lo tenía a borbotones.

Vivía de manera que podía mirar fijamente a los ojos de cualquiera y mandarlo al diablo. Cambiaba caprichosamente de aficiones y profesiones sin razón aparente. Frío y calculador en sus planes, tropezando a menudo con sus pasiones y apasionados ideales, nadie sabía exactamente del pie que cojeaba Iván que sin apesadumbrarse, sin bajar la mirada ni parpadear, había encontrado el punto de equilibrio y no se dormía en los laureles. Y ya no andaba de un extremo al otro. Aprendía a salirse de los acontecimientos como no debe salirse nunca de una fiesta: arto de alcohol.

A Iván lo repudiaban en el municipio unos cuantos que se atrevían a alzar la voz cada vez con mayor fuerza. Le acusaban de falta de ética y estética política. Expresiones como: “después de alucinarnos quiere acojonarnos”; “ese hombre ultrapasa al resto de los mortales”; “Iván… el ángelus iluminado por sus bondades”; “el divino enviado de la madre patria española”; “el redentor de un pueblo pecador”; “patrón y salvador de todos los ciudadanos descalzos”; “Iván el exterminador”; “pretende sacar todo lo que pueda”; “Iván es un tornado sin igual”; “llegó predestinado a gobernar para apartarnos del desastre”; “Iván el pirata”; “un profesional por amor al prójimo”; “Iván melenas el capricho de las nenas”; “con la excusa del bien común intenta asegurarse la subsistencia”; “busca influencias para ir derecho al cielo”; “tiene la obsesión del poder pegada en la frente”; “Iván el Mesías”; “un ladrón de guante blanco”; “llora porque está en plena miseria”; “que se deje estar de tantas pesetas y se vaya a hacer puñetas”. Sin duda, una gran parte de la población aborrecía a Iván hasta extremos insospechados. Lo aborrecían por sus triunfos.

Todo el mundo se atrevía con Iván. Al principio en voz muy baja. Era innombrable, pero últimamente ya nadie se escondía. Le despreciaban.

Probablemente si Iván no hubiera conseguido el acuerdo del siglo en aquella población, hubiera pasado desapercibido. Sin embargo, todas aquellas descalificaciones eran exageradas. Realmente era algo injusto. Iván no lo merecía. Susana no sabía como aguantaba tanto y le preguntó al respecto “Lo dejaré cuando yo lo decida, no cuando me atosiguen los demás permitiendo que me expulsen, además cariño, vuestra sonrisa me alivia abriéndome el cielo… se me hincha el pecho con vuestro aliento”. Esa fue la respuesta que encontró Susana.

Una nueva confesión de amor incondicional.

A Iván no se le podían negar ciertos méritos pero nadie quería reconocerle el más mínimo por pequeño e insignificante que fuera. Para muchas personas amargadas de la vida, él no tenía nada bueno, todo era absolutamente malo, horrible y detestable. Por sus insistentes comentarios, daban a entender que les parecía un ser desagradable y despreciable y se divertían pisándole, restregando su nombre por el fango a mayor gloria de su ineptitud humana. Habían descubierto ese nuevo juego que consistía en humillarlo a cada rato que podían y lo peor es que parecía no cansarles. Así se divertían. ¡Miserable vida!

Revitalizó el teatro municipal mucho antes de finalizar las obras para su inauguración. Sus actuaciones a los ojos de bastantes ciudadanos se convirtieron en auténticos sainetes que actores como Mastroniani o Tognazzi hubieran pagado por interpretar. Iván sufría un verdadero problema de integración. No admitían que alguien en tan poco tiempo y de fuera, “ajeno a lo suyo”, ajeno a su circulo privado de personajes relevantes hubiera aparecido desde el balcón de la puerta grande para hacer a su placer con libertad y autonomía cuanto consideraba adecuado. Había provocado una situación inédita y por ello era rechazado hasta la saciedad sin motivos objetivos.

Lo castigaban hasta la misma injusticia.

Excesivamente solemne para la gente del campo y el mar, siempre impecable en su atuendo como en su comportamiento correcto, exquisito, simpático, irritaba. Irritaba demasiado. Irritaba porque contrarrestaba con los modales pueblerinos rudos y vulgares. Iván era un hombre O.K. Y no admitían que la irritación era fruto de la envidia. Lo envidiaban de verdad protegiéndose a sí mismos odiándole con ira y desacreditándole sin razón, ¿celos? Iván no era un “bicho raro” sin embargo, estaba siempre en boca de todos como la peor enfermedad.

Iván dice esto … Iván hace aquello … Iván … Iván … ¡siempre Iván! ¿Un virus? ¿Una plaga?

Parecía que no existiera nadie más. Todo el mundo hablaba y hablaba, pero solamente unos pocos, muy pocos, le conocían a nivel personal. Y los que le trataban cambiaban radicalmente de opinión al comprobar que no tenía cola de animal ni era el demonio que habían pintado. Lo veían pasar desde lejos, sentados en sus camionetas, detrás de los mostradores de los comercios o reunidos en grupo en la plaza central del pueblo cuando, como una ráfaga de aire intenso pasaba cruzando frente a todos ellos inmerso en su qué hacer diario pero detrás del mito, había un hombre sensible con profundos sentimientos incomprendidos.

En la calle, agradecía la sincera sonrisa de un niño al que consiguió becar sus estudios, saboreaba la tierna mirada de una persona mayor que obtuvo finalmente su necesitada plaza en el hospital geriátrico, y valoraba la recuperada amistad entre dos vecinos enfrentados que finalmente se saludaban en público con afabilidad, consecuencia de la resolución de expedientes históricos y conflictos resueltos con los que nadie antes se había atrevido a trabajar.

Todo aquello era difícil de cuantificar con dinero. Iván estaba creciendo a nivel humano. La lección no tenía precio. Aseguró su subsistencia pero no intentó usurpar nada del lugar donde se guarda el dinero de todos. Con cubrir las necesidades básicas de los suyos tenía suficiente. Buscó sustento, jamás un gran sueldo para enriquecerse. Pero lejos de la realidad que cada uno fabrica a su alrededor, tenía una vez más diversas lecturas e interpretaciones. Iván sabía que tan sólo el tiempo los desengañaría al igual que tantas veces antes, solamente el tiempo le había dado la razón en sus visionarios planteamientos.

El salario a cuenta del presupuesto municipal en concepto de su “dedicación exclusiva” era para mucha gente alejada de la política algo poco claro y ciertas personas con malas intenciones tergiversaron los hechos confundiendo todavía más a la ciudadanía en general. Fueron los comprometidos en fomentar el malestar encendiendo la indignación colectiva para desestabilizar por medio de la presión popular ese matrimonio de conveniencia entre Iván y la coalición catalana.

En todos los Ayuntamientos, una o dos personas del equipo de gobierno disponen de semejante distinción pero que fuera Iván el beneficiario de la dedicación exclusiva que otorga el salario mensual indignaba a casi todos.

Iván pensaba que formaba parte de un equipo cohesionado y unido, pero sus mismos compañeros aceptaban el hecho muy a regañadientes, aturdidos, incómodos por su magnetismo. Y no había duda que su magnetismo permanecía intacto, la prueba más evidente era el reloj despertador que desde hacía diez años no había agotado su batería. No era necesario cambiarla. Se alimentaba por la irradiación de Iván que estaba cerca durante ocho horas cada noche.

Mucha gente estaba pendiente del menor desliz de Iván para humillarle en lo posible y aquélla frase que habían sacado de contexto le perseguiría a todas horas allí donde fuera que estuviera. Bajo el lema “ayudemos a Iván a llegar a fin de mes” promovieron lo que parecía una campaña de solidaridad. Se distribuyeron diversos carteles colocándolos en las áreas más vistosas y transitadas del municipio. Hicieron mil fotocopias que repartieron en comercios supermercados y grandes superficies comerciales.

Intentaban ridiculizarle nuevamente al promover una campaña para recoger donativos abriendo una cuenta bancaria donde cada ciudadano podía ingresar únicamente una peseta. Y el lema: “un concejal, una sonrisa” llegó hasta Madrid. Pero no solo a Madrid, Sebastián Méndez desde Río de Janeiro mandó un recorte de la noticia publicada en el periódico brasileño “O Globo”.

Aquélla satírica acción contra Iván no lo desmoralizó ni un ápice, pero los instigadores no se iban a detener ahí. Pretendían realizar en diversos puntos de la provincia una recogida de alimentos y de ropa usada además de una gran chocolatada benéfica para recoger fondos en la plaza central del pueblo.

Y comprendió que tenía que reaccionar con contundencia antes de que todo se desmadrara.

Iván contactó con la entidad bancaria solicitando el nombre de los titulares de la cuenta y por mediación del censo, identificó sus domicilios y los citó el domingo por la mañana  para advertirles que si el lunes no cancelaban la cuenta, les pondría un pleito por utilizar su nombre para fines propios sin consentimiento. Detrás de la broma inocente, no se dieron cuenta del delito que cometían al dar publicidad a una organización inexistente en el registro oficial de asociaciones. Estaban cometiendo fraude. Se utilizaba el nombre de un tercero para obtener beneficios sin garantías de cumplirse la finalidad de la campaña. Se asustaron y con razón. Y cedieron y el lunes todo terminó.

Iván redactó una nota de prensa en tono de disculpa “Pido disculpas públicamente porque entiendo que puedo haber herido la sensibilidad de personas que con mucho menos dinero que yo, también deben llegar a fin de mes. Mi intención no era faltarle el respeto a nadie. Pido a todo el mundo que no tenga en cuenta este hecho, en especial, al colectivo de jubilados, las personas desamparadas y los jóvenes sin trabajo” y se sintió mucho mejor después de hacerlo. Como político y hombre público que era debía tener mucho cuidado con la franqueza de sus palabras. Deslices como este no volverían a repetirse, había tomado nota.

Pero no terminaron ahí sus penurias. Una vez anulada la cuenta del depósito, debía formalizarse el acto de entrega del dinero recaudado. Todas las miradas estaban pendientes de la reacción de Iván. Se le ocurrió que lo más lógico no era quedárselo, así que entró en la iglesia del pueblo y depositó el dinero en la caja parroquial, pero un avispado reportero inmortalizó el momento y durante un buen tiempo tuvo a la comunidad religiosa en su contra.

Y tuvo que disculparse nuevamente, esta vez con el párroco y el obispo en Gerona, que vieron en el acto de Iván una escondida forma de humillar a la Iglesia Católica.

Todo era realmente muy complicado. Constantemente le daban la vuelta a sus acciones distorsionando sus intenciones.

El rechazo frontal contra Iván era una realidad asumida por el propio afectado que jamás en su vida se había amilanado, ni tenía interés en coronarse como víctima. Estaba donde estaba por decisión propia y asumía, adaptándose, lidiando con destreza cada obstáculo.

Tampoco se amilanó cuando el partido republicano que le tenía ganas intentó atribuirle una irregularidad al haber percibido dietas indebidas por una serie de desplazamientos a diversas entidades de la provincia.

Iván supo documentar y justificar sus acciones salvando su honor. No pudieron confundir al público en la posibilidad de haber usufructuado de manera indebida dinero de las arcas municipales, simplemente, porque no era verdad. Intentaron manchar su imagen pública deteriorando su credibilidad mediante un evento infundado que Iván aprovechó como oportunidad para justificar sus actividades con una larga exposición de planes y proyectos. Y la intentona golpista se volvió contra ellos igual que un bumerang. Iván, salió reforzado de aquello. Cada queja contra su persona era una posibilidad para ganar un adepto capaz de mirar de manera imparcial.

Otros que no pudieron reprimir el férreo acoso fueron sus compañeros de gobierno que le amonestaron públicamente, y de nuevo volvió a ser el centro de atención justo cuando las aguas se habían calmado y el último episodio ya estaba olvidado. Le invitaban a moderar su protagonismo mediático pero en vez de hacerlo en privado durante la reunión semanal, quizás como muestra de fuerza frente a su electorado, se dedicaron a hacerlo en tertulias de radio y en la televisión local. Y, como no, la prensa también realizó un seguimiento de la noticia y entre unos y otros, por diversos motivos, insuflaban en la persona de Iván una magnitud que encandilaba, sino, ¿cómo podía entenderse que siempre estuviera en boca de todos?…

Por su parte, para no alimentar todavía más su leyenda personal creyó conveniente renunciar a las invitaciones públicas para contestar a sus socios. Tantos escritos de opinión, entrevistas personales y programas en la radio municipal con la intención de acercarse más al pueblo, debían finalizar. Iván había trascendido la esfera local y comarcal y algunas publicaciones provinciales reclamaban sus artículos sobre temas de actualidad no vinculados a la política municipal, no solamente porque estaba de moda e interesaba a un gran número de personas, sino porque sus planteamientos siempre eran polémicos y daban cuerda a un sin fin de noticias posteriores que se paseaban de plató en plató.

La creciente presencia en los medios de comunicación horrorizaba al alcalde. Tenía motivos para ello. En una ocasión, un alto cargo gubernamental que visitó el municipio preguntó al jefe del gabinete de protocolo -¿Quién es aquél hombre viejo y bajito de aspecto despistado que está al lado de Iván?…- se trataba del mismo alcalde reconoció el jefe del gabinete al alto cargo gubernamental. Menos mal que jamás lo supo el alcalde. No hubiera soportado que en su doble calidad de hombre público, como alcalde y presidente de la Diputación de Gerona, fuera menos conocido que el popular personaje de moda. Ciertamente debía ser un hombre importante y reconocido tras veinte años de política pero carecía del aura y el rutilante hálito de Iván.

Tanto alboroto también preocupaba a miembros destacados del partido al que representaba en calidad de Independiente y cuando desde la sede central en Madrid le pidieron explicaciones por su deslumbrante actividad constante, Iván, alegó “No pienso quedar diluido en la coalición catalana, yo quiero que mi voz se oiga a través de mis actos y no tengo interés en salir a diario en primera plana. Mi fama no es provocada. Me la regalan, y respecto a la campaña de la peseta… tengo un sueldo digno! Creo que es el sueldo que merezco y bajo ningún concepto he promovido yo mismo una recogida de dinero entre mis conciudadanos. Mi frase, cierta, pronunciada en lo que entendía como círculo íntimo, fue utilizada como excusa para mancillar mi nombre, pero está sacada de contexto y no consta reproducida en su totalidad. No todos los cargos públicos nos aprovechamos. Algunos sinceramente nos cuesta como a tantas otras personas llegar a final de mes”. Este comentario era similar a las declaraciones que hizo en su momento cuando fue entrevistado por el secretario general del partido acusado en su comunidad autónoma de nepotismo, quien irónicamente se sintió agredido por Iván.

Y tanto se habló del acontecimiento aún habiendo pasado meses que el eco golpeó el hombro del vicepresidente del gobierno quién lo interrogó por teléfono convencido que era Iván quién había instado -la campaña de la peseta- para que su genio tomara cuerpo. No era de extrañar su desconcierto cuando nueve medios de comunicación difundieron nueve versiones distintas de la noticia partiendo de una misma nota de la Agencia EFE, a continuación que el presidente del gobierno desde hacia apenas un mes, como miembro del partido fuera preguntado y balbuceara en la fila de una recepción en el palacio real asaltado por un paparazi mediático de un programa con salsa que tenía un tomate en el bolsillo y avanzaba entre la multitud con gafas de sol. Le preguntó por ese miembro del partido… que no lo era, y le puso el micrófono en la boca.

Aquella simbólica campaña permanecía en la memoria de todos. No superó los escasos cinco días, pero en vez de elogiar su capacidad de reacción y resolución ante el conflicto, le acribillaron desde todos los ángulos posibles por haberla permitido.

Iván provocaba que saltaran chispas a su alrededor. Hacía vibrar a la gente, sino, ¿qué explicación cabría dar al hecho que durante ese corto espacio de tiempo los trabajadores de la entidad bancaria registraran un sin fin de ingresos en la cuenta. Hubo una respuesta popular masiva. La repercusión estatal e incluso internacional del evento dejó perplejos a los propios patrocinadores que tildaron su acción de algo puramente anecdótico. La difusión del acontecimiento superó cualquier previsión inimaginable. Fue espectacular, digno del mejor hombre de espectáculo. A Iván le conoció toda España, ¿le conocieron o nada más supieron fugazmente de su existencia!

El encuentro informal que provocó Iván aquel domingo, zanjó la campaña, y días más tarde a la conversación y el veto del vicepresidente, se dio por finalizada su presencia en los medios nacionales, pero la situación de ese peculiar concejal que se atrevía a ir por libre y hacer lo que le convenía a su criterio, quedó al descubierto. Y comenzaba a ser demasiado molesta e incómoda para el partido que gobernaba el país.

De nada sirvió la deferencia de los arrepentidos instigadores de tan singular proceso de remitir una carta a la atención del presidente del partido donde puntualizaban que jamás pretendieron descalificar la figura de Iván ni su trabajo al frente del Ayuntamiento, demasiado tarde.

La dirección general y el máximo órgano del partido español, habían llamado al orden por escrito al hombre obeso de pelirroja barba por permitir que alguien se -desmadrara demasiado-. Y con la carta en una mano, consciente de que él también se había equivocado en los inicios de su carrera política, marcó los dígitos que le pondrían en contacto con Iván para intentar ejercer una fuerza que no tenía.

El hombre tuvo que someterse, nuevamente, a una jugada inesperada porque Iván lo invitó a cenar con su esposa a su casa, pero antes de aceptar, buscó el amparo del presidente de Cataluña, ambos habían censurado el pacto de gobierno de Iván.

Durante el postre que había horneado Susana, una vez acostaron a la niña que estuvo sentada en la mesa con ellos, se limitó a recordarle que de haber sido militante le hubiera sancionado por el acuerdo privado al que llegó con la coalición catalana y sorbió un trago de coñac que le había servido Iván.

Entonces se encontró con una aportación insólita “Soy un hombre disciplinado y cumplidor. Si me mandas los estatutos del partido y una hoja de afiliación y lo consideras oportuno, podrás abrirme un expediente disciplinario. Tan sólo pido una cosa: que seas tú quién avale mi ingreso al partido” y se quedó tan ancho presintiendo el asombro que pondría en Barcelona el presidente de Cataluña.

Iván iba a dejar de ser Independiente.

Quería apartarse del Ayuntamiento y trabajar dentro del partido que llevaba más de un año representando.

Quiso someterse. Tranquilizarse ante tanto vendaval local.

Dueño de cuanto callaba y esclavo de cuanto decía, seguía siendo objeto de críticas continuadas desde distintos sectores aún habiendo dejado de escribir en los medios de comunicación y aún habiendo reducido sus apariciones públicas a la mínima expresión. Había decidido retirarse modestamente y con discreción.

Ya no hacía pedagogía política en prensa radio ni televisión sobre cuales eran sus actuaciones al frente de sus áreas de gobierno. Los grupos opositores del Ayuntamiento difundieron el maligno rumor de que el pacto era una cuestión estrictamente mercantil -A cambio de una jornada laboral remunerada les da el soporte político que la coalición necesita- habían encontrado el filón porque todo el mundo saltaba de las sillas como si quemaran bajo las sonrosadas posaderas cuando se trataba de dinero.

Antes censurado y acosado por demasiada actividad y ahora, por demasiado poca. Como apenas se veía su trabajo, la oposición decía que no existía cuando en realidad yacía de igual modo en lo subterráneo. ¡Jamás estaban contentos!

Daban ganas de echarlo todo por la borda, de regalárselo a cualquiera. Todo se resumía a poner en marcha comentarios mal intencionados porque la cuestión era protestar y despotricar contra un ciclón llamado Iván “Que forma tan tonta de malgastar la energía” pensaba él.

Una noche al llegar a La Mimosa encontró a Ágata cenando en la amplia cocina y al verlo entrar, entusiasmada de alegría, levantó el tenedor esparciendo los espaguetis por la mesa llenando de tomate su pijama de algodón anaranjado.

Era tanta la alegría que sentía al ver a su papuchi regresar que estallaba de emoción. Y de igual emoción estallaba Iván que la abrazaba sin importar que su camisa y americana se mancharan de tomate. Y Susana no lo regañaba porque gozaba y sonreía viéndolos juntos crispándose de los nervios imaginando como sacar las manchas viéndose frotando y planchando.

Además de político, Iván era marido. Y padre. Y cerraba la puerta cuando entraba en su hogar dejando el mundo atrás.

Se configura la sociedad con puertas cerradas, tabús, leyes, represiones y prohibiciones. Iván Saneil seguía seguro de sí mismo lleno de optimismo. Todavía había mucho que ver en el ancho mundo. Y estaba convencido que lo vería. Sin embargo, a pesar de toda su robustez y vitalidad, a pesar de toda su disposición frente a la ciencia de la vida y del trabajo, a pesar de todo cuanto poseía en materia de talento y entusiasmo, de ingeniosidad, perseverancia y adaptabilidad, no tardaría demasiado tiempo en descubrir que en verdad, no existe un sitio para hombres de su especie.

El mundo no quiere originalidad. El mundo reclama conformidad y sumisión, esclavos. No obstante él, como no podía ser de otra manera, lucharía por librarse de las cadenas forjadas por la sociedad, levantándose por encima de la ley y la costumbre de hombres y mujeres, por encima de códigos, convenciones, supersticiones “No a la sumisión. No a la docilidad. La pasividad es una forma de muerte” pensaba Iván.

         *                  *                  *                  *

Miraban abrazaditos una película de dibujos animados cuando un perfume de fragancia insondable entró en el lujoso salón. La parejita había solicitado una pizza por teléfono; la preferida de Ágata, con piña y doble ración de mozzarela. Terminaban el último pedazo cuando mamá volvió de en una reunión social con sus amigas.

El albornoz de Iván entreabierto dejaba al descubierto su pecho velludo como el de un oso, pero poco a poco se iba quedando sin cabello y sin complejos decía que era un signo de virilidad por su exceso de hormonas masculinas. No le importaba que su cabeza empezara a clarear.

A Susana tampoco. Para ella sus pronunciadas entradas le hacían todavía más interesante si cabía. Lo amaba por lo que le hacía sentir, no por su aspecto físico ni por la actividad que desempeñaba, sino por lo que era: un hombre sensible que le procuraba la felicidad más blanca posible en un paraíso de color rosa. Y después de acostar a la pequeña, Iván la mojó por dentro con su cemento blanco.

En aquella cálida morada todo era alegría, amor, un hogar lleno de felicidad y de paz. No en vano había colgado Iván en la puerta de entrada un cartel similar al –no molestar- de las habitaciones de hoteles que rezaba: En este hogar hay armonía, no la desbarate. Y la paz era de una calmosa serenidad a despecho de las circunstancias políticas que permanecían lejos, fuera, relegadas en el exterior de su mundo calmo.

La bondad flotaba en un ambiente que acertadamente habían tejido como matrimonio feliz, creando una atmósfera positiva de intercambio mutuo donde la fealdad y la maldad se quedaban al margen. La fidelidad del cuerpo y la mente entre ambos, simplemente… majestuosa, estaba motivada por un amor irrevocable y recíproco.

Iván sabía del autocontrol y nada le apartaba de su ruta. Establecía una moderación que antes no existía. Sin sus dos hadas, no era un ser completo y acabado y gracias a ellas su espíritu era gentil, proyectándose ese hombre de firmes atributos a un pueblo desagradecido, pero… ¿todo el pueblo opinaba así?

Había mantenido encuentros con simpatizantes y afiliados al partido para posibilitar con transparencia un diálogo interno abierto y plural. Expuso el plan de legislatura una vez se oficializó el pacto de legislatura pero se desanimó por la falta de aportaciones un año atrás, igual que lo hiciera en la primera convocatoria cuando quiso presentarse como cabeza de lista.

Ahora desde dentro, siendo uno más entre ellos, ya como miembro oficial del partido Iván pensó que constituyendo comisiones de estudio que analizaran las problemáticas de los distintos colectivos profesionales y sociales encontraría una mayor predisposición entre los militantes, sin embargo, seguía reinando la apatía más severa en ese entorno concreto.

Aquélla gente parecía vacía y sin sangre en las venas. Hizo bien en desmarcarse de ellos a la hora de confeccionar su lista electoral recurriendo a “su gente más próxima”, todas personas independientes que nunca antes se habían afiliado a ninguna formación política. Pero esta actuación no gustó al remanso de la época Franquista que se autodenominaban –la vieja guardia- a quienes conoció minutos antes de la primera reunión en un local recién alquilado.

Tampoco hubo ruegos ni preguntas en las posteriores reuniones, solamente reproches por la presencia de gente, que aún siendo afín al partido, no eran militantes, y es que la gente “de la lista de Iván” también fueron invitados a participar. Se había creado una división. Había dos bandos bien delimitados: el de antes, de hacía doce años y el nuevo, el grupo perteneciente a la etapa de Iván. Y para evitar cualquier fricción comenzó a personarse en la sede provincial en Gerona para trabajar desde el aparato del partido lejos de su localidad, pero en su ausencia, aquello llegó a tal grado de deterioro que fueron precisas unas elecciones internas donde Iván se presentaba como candidato a presidente del comité local de Palafrugell.

Iván esperaba y deseaba que el conjunto de sus actuaciones en el Ayuntamiento, al menos para los miembros del partido, sí fueran apreciadas en su justa medida. Su gestión había sido intensa y por vez primera en la historia el partido disponía de competencias de gobierno. Iván había tenido aciertos y también algún que otro error de cálculo que había sabido enmendar con rapidez. Es bien sabido que quién muchas cosas realiza, en alguna ocasión se equivoca. Pero el que no se mueve jamás le sale nada mal. Y esta última opción, de ningún modo era el caso del hombre inquieto que necesitaba quemar adrenalina como el huracán hiperactivo persuadido de su astucia que siempre había intentado llevar su cargo y la representación de aquellas siglas con orgullo y dignidad.

Cuando a nadie le interesaba el partido, Iván lo reorganizó, atreviéndose a pujar sin desmayo en las elecciones hasta asegurarse como edil en el municipio. Su habilidad en las negociaciones propició un pacto global de legislatura que les otorgaba tres importantes áreas y la condición del Defensor del Ciudadano. Se podría ejercer desde ahí una actividad que demostrara eficacia y triplicara los resultados electorales en los próximos comicios.

Ahora Iván quería integrarse en la organización del partido y por eso se ofreció como persona clave suponiendo que arrollaría a la candidatura del bloque contrario. Pero ocurrió lo que no se esperaba. Los “suyos” no podían votar porque no estaban inscritos oficialmente. Un premeditado error administrativo desde el sector crítico respaldado por la dirección provincial permitió que otra persona ocupara el lugar que por propio derecho le pertenecía a Iván.

Por cuestiones de trámite burocrático, no pudo formalizarse la inclusión del grupo que impulsaba la nueva dinámica, sin embargo, en vez de encenderse como un fósforo ante la trampa, Iván prefirió callar antes de armar un escándalo porque sabía que se habían manipulado los términos legales establecidos para presentar la documentación, extraviando expresamente la relativa a las personas partidarias de Iván.

Y aquellos que contribuyeron al éxito político que ostentaban en el Ayuntamiento los dejaron fuera, en la calle, sin opción a pronunciarse a favor de quien lo había arriesgado todo, incluso el dinero de su propio bolsillo para financiar la cruzada al Ayuntamiento. Pero previsor, el contrato de arriendo del lugar de reunión tenía una vigencia.

La función del nuevo comité local era mantener a raya a Iván. Esas habían sido las órdenes secretas expresas desde la sede de Barcelona a la sede provincial -Marcar de cerca al emprendedor para limitar su espíritu creativo demasiado revolucionario-.

No se constituían como órgano desde donde elaborar propuestas e intercambiar inquietudes para que Iván las trasladara al Ayuntamiento como su portavoz porque este mecanismo ya existía, aunque jamás se materializaba nada. La razón última no era otra que intentar controlar de cerca las actividades de Iván, evitando que actuara como hasta la fecha por decisión propia y con plena autonomía.

Y el objetivo oculto era saber hasta donde llegaba el acuerdo privado entre el alcalde e Iván, del cuál, especulaban, con la posibilidad que al cabo de los cuatro años Iván pudiera pasar a ser su mano derecha siguiendo al alcalde en la lista de la colación catalana, ¿era un chaquetero?

La vieja guardia pretendía convertirlo en un mero apéndice del partido y ante aquella encerrona, Iván les dio un voto de confianza de seis meses para intentar caminar juntos aún a sabiendas que su finalidad no era otra que -Restringir el papel del popular concejal-. El contrato con el propietario del local tenía una vigencia de seis meses con renovación tácita sino se advertía de lo contrario.

Después de aquél episodio, Iván tenía la sensación que en el partido había personas interesadas en evitar que ocupara responsabilidades y su intuición no le fallaba.

Concretamente el secretario de organización y sus tres secuaces, miembros del ejecutivo provincial, no habían digerido que Iván, ni consultara, ni informara del pacto previamente a la rueda de prensa. Querían haber intervenido en la negociación para intentar conseguir la alcaldía, pero Iván se consideraba inexperto para tanta responsabilidad y por ello ni siquiera se le ocurrió plantear el asunto de obtener la alcaldía a cambio del respaldo político. Tampoco le perdonaron que se atreviera a tocar el asunto de la bandera española. Y se cobraron su osadía.

Iván no culpó a nadie en concreto por lo sucedido. Se limitó a permanecer a la expectativa de los próximos acontecimientos acatando la disciplina del partido convencido que desde la dirección provincial no se le había informado correctamente del procedimiento que debía seguirse provocando aquél “defecto de forma”, llegando a engañarle respecto al lugar donde iba a celebrarse la reunión, pero lejos de impugnar el acto, a sabiendas que los estatutos decían textualmente que ningún militante que no está al corriente del pago de la cuota mensual puede ostentar ningún derecho y, sin embargo, la vieja guardia votó y ganaron al ser los únicos que votaron prohibiendo el voto de “la gente de Iván”.

Iván se limitó a quejarse de la falta de transparencia a su más fiel compañera, quién le había dejado una simpática nota en la puerta del frigorífico –Te quiero… ganes o pierdas- y aquél simple pero intenso comentario fue lo que hizo que Iván no se alterara. Tenía su familia a la cuál él también amaba y con la que se contagiaba de la magia de la vida.

Desde la dirección provincial del partido, no se había vuelto a cuestionar ni las condiciones ni el contenido, ni tampoco el procedimiento empleado por Iván para conseguir el pacto, y aún siendo ya militante, no se le sancionó.

Nada apuntaba a la apertura de un expediente disciplinario por desobediencia. Las aguas estaban calmas, pero desde aquella pequeña delegación del partido en su municipio, parecía que iba a abrirse la vieja herida. El propio presidente que lo desaprobó y lo desautorizó públicamente le había apadrinado en su ingreso como afiliado después de afeitarse su espesa barba pelirroja. ¿Por qué abrir  una polémica que debía tratarse a nivel interno, en privado en las oficinas del partido en Gerona?

La vieja guardia comenzó a crear mal ambiente introduciéndose en el Ayuntamiento. Solicitaban entrevistas con el alcalde y los demás grupos municipales pero Iván dejó que trabajaran con libertad. Facilitó documentación y toda clase de información complementaria, asistiendo a las reuniones locales cada vez que requerían su presencia para aclarar un determinado tema. Solamente revisaban su gestión pasada, tal y como había supuesto. En modo alguno les importaban las interesantes perspectivas de futuro. Solo querían meterle el dedo en el ojo, encontrar algo con lo que poder atacarle, descubrir algún error inconfesable.

¿Dónde había estado esa gente cuando Iván les necesitó? y, ¿por qué no trataban de ser constructivos en vez de buscar trapos sucios?

No era a un miembro del mismo partido a quién debían escudriñar, sino a la sociedad en busca de propuestas concretas.

El hecho de que el partido gobernara el territorio español había despertado la euforia de unos cuantos que aparecieron cuando el trabajo más duro ya estaba realizado. Mientras los socialistas gobernaron España, se habían mostrado indiferentes en los periódicos encuentros que Iván impulsó. Los estatutos del partido otorgaban al comité local la capacidad de organizar actos en el municipio, dinamizando toda clase de actividades, pero nada de esto parecía importarles. Su obsesión era destronar a Iván. No se preocupaban de la implantación del partido en la zona, ni de cobrar la cuota a los afiliados o simplemente actualizar los datos del banco informático. Únicamente le hacían la puñeta a Iván, pero él, a su vez, era respetuoso con su palabra y fiel a sus principios aguardaba en silencio la tregua de seis meses.

Iván adivinó que la vieja guardia se empecinaba en limitar su terreno de acción, y pensó que por lo menos lo dejarían trabajar en la sede provincial del partido en Gerona, lejos de la sección local. Y su entusiasmo no decayó.

En el momento de su ingreso al partido, Iván se propuso como coordinador de la política municipal en las ocho comarcas, pero la aceptación se había postergado sin razón aparente. Él continuaba atento y nunca de brazos cruzados esperanzado ante la respuesta a su propuesta. Ahora tenía carné del partido y como hombre comprometido que era debía ser disciplinado.

Entretenido en la lectura del régimen interno de funcionamiento, comprobó que la vieja guardia vulneraba el reglamento, sin embargo, no lo puso en conocimiento de nadie puesto que lo sabían de sobras. Incluso los amparaban.

Iván veía que emprendían un camino equivocado que les llevaría directos al fracaso, desmoralizando a todos los que tenían un atisbo de esperanza en la nueva etapa del partido en el municipio. Lo que el partido ostentaba en aquél momento histórico era fruto del esfuerzo personal de Iván meses antes de la presidencia del gobierno español, y la construcción, amenazaba con desplomarse si continuaban con semejante actitud de acoso y derribo.

Intentando no intervenir en nada y desmarcándose de los acontecimientos políticos en su municipio, sin desatender sus obligaciones en el Ayuntamiento, intentó recuperar su iniciativa presentada en el preciso instante de ingresar como militante. Estaba comprometido con su partido y tenía la intención de implicarse todavía más. No quería oxidarse y él, tenía la fuerza abrumadora del adolescente cuando desea fervientemente comerse el mundo y, por tal razón insistió en su disponibilidad para responsabilizarse de la secretaria de política municipal como coordinador. La iniciativa de Iván era viable además de apropiada y necesaria y su perfil encajaba a la perfección. Pero alguien estaba obstaculizando el nombramiento.

Como tantos otros partidos, el aparente clima de “puertas abiertas” que promovían no era más que una ilusión. En sus intervenciones, los dirigentes se mostraban receptivos a nuevas iniciativas y en cada una de las reuniones, Iván reiteraba su disponibilidad inmediata pero se topaba con el mismo comentario una y otra vez -¡Ya veremos, está en estudio, falta la confirmación de Barcelona!-.

Era de sobras conocido su deseo de intervenir de forma activa y precisamente lo que asustaba aparentemente era su capacidad de trabajo.

Por encima de todo, Iván quería engrandecer el partido. Resucitar unas siglas a les que él pertenecía ahora.

De manera explícita pedían ayuda desde la sede central a los cargos electos, pero no estaban acostumbrados a que nadie la ofreciera y mucho menos con tanta generosa espontaneidad. Y  aquella solicitud se convirtió en una rutina, pero Iván rompió la inercia habitual añadiendo una nueva propuesta. Y más tarde vendría otra, y otra. ¡Le sobraban las ideas!

Los miembros de la organización eran quienes habían pedido ideas. Iván se limitaba a complacerles. Ellos habían reconocido la necesidad de renovar los procedimientos.

Iván entendía que sus sugerencias debían valorarse y analizarse bien antes de llevarse a cabo, pero no entendía la demora tras reconocer la brillantez de la sugerencia que aportaba porque también en esa ocasión su propuesta para desarrollar la secretaria de relaciones institucionales era una aspiración conveniente, y en el detalle de su puesta en marcha especificaba que él estaría dependiendo directamente del secretario general. Para evitar malentendidos, dejaba claro que se sometía al superior. Se preocupó de aclarar su papel de subordinado, pero visto que se aplazó la constitución de la nueva área, quiso confirmar si se le estaba vetando la entrada en el aparato del partido porque poniéndose el abrigo camino del deportivo algunos concejales militantes le pasaron la mano por el hombro informándole que habían secundado su propuesta con llamadas de apoyo.

Nuevamente encajaba su perfil y estaba apoyado por compañeros y ninguna otra persona había optado al puesto.

La secretaria de formación era una vieja pretensión en la provincia, y con esta eran tres las propuestas presentadas por Iván con el único objetivo de que si de verdad querían aprovecharlo, pudieran hacerlo escogiendo la mejor opción. Los miembros de la organización disponían encima de la mesa de tres positivos instrumentos para el progreso, además de la firme voluntad manifiesta de Iván para contribuir de la mejor manera posible al partido. Deseaba integrarse definitivamente y no se cansaba de ir cada tarde a la sede en Gerona a cuarenta minutos de camino; lo cual era una excusa perfecta para alejarse del municipio pero aquella sensación de dirigirse hacia el ocaso grisáceo de un crepúsculo que se extingue permanecía de igual modo como cuando pisó la sede por primera vez.

Su actuación era oportuna y podía ser beneficiosa, pero algunas “glorias rancias” del comité ejecutivo de Gerona estaban aposentadas en sus grandes sillones de cuero negro a los que se aferraban con fuerza firmes en su línea de jerarquía y temían perder su autoridad con –el intruso descarado-. Evitaban tomar a Iván a su servicio por miedo a que escupiera trabajo y honestidad. Iván era una amenaza para el status de los miembros del comité ejecutivo, sobretodo porque con un mes de trabajo intenso y efectivo evidenciaría que allí no ocurría absolutamente nada interesante precisamente porque nadie hacía absolutamente nada para que ocurriera. Se destaparía…

De una vez por todas quería Iván ayudar a consolidar el partido a nivel provincial para que se constituyera finalmente como la tercera fuerza política en Cataluña dejando de ser la eterna promesa de un resurgir propio de inválidos. Quería hacer por la provincia lo que antes había logrado en su municipio: resucitar de una muerte clínica al paciente que yacía en estado vegetal a la espera de un milagro. ¡Gerona era la única provincia española que no tenía diputado en el Congreso!

Faltaban criterios de marketing y ventas, algo que Iván dominaba a la perfección. Y lo dejó clarito en su escrito que se preocupó de dar entrada en el registro oficial de documentos añadiendo “Para mí no será ningún esfuerzo sacrificar intereses particulares ante cualquier eventualidad o circunstancia que requieran” y apostilló en cursiva que los retos le apasionaban sin saber que justamente era aquello lo que más les atemorizaba: su capacidad de aventura. Su naturaleza emprendedora había saturado de iniciativas al ejecutivo. Sus ganas de construir con herramientas prácticas consiguieron superar las suposiciones más espléndidas. Y su impulsivo carácter lleno de dinamismo había colapsado a la dirección provincial desbordándola con gran cantidad de documentación elaborada con suma precisión, dejándoles sin aliento, casi sin oxigeno. Iván estaba en constante ebullición y su actividad era frenética. Agotadora para cualquiera que pretendiera seguirle el ritmo.

Era difícil digerir tal cantidad de información por parte de quienes no estaban acostumbrados, pero Iván debía saciar su inquietud mientras la espera de la resolución de sus tres propuestas se materializaba dilatándose en exceso como una agonía lenta para quien su mayor defecto es la impaciencia.

Y se limitaba a exponer en escritos sus habilidades, sus conocimientos y experiencias para que pudieran escoger lo más idóneo como el mercader que expone su mercanciílla, pero también, analizando con esmero lo más conveniente para el partido con cuadros comparativos y argumentos, algo que obviamente no hacían los miembros del ejecutivo.

Con sus aportaciones Iván pretendía posibilitar su intervención en el núcleo organizativo del partido. Su posible actuación como instructor en las áreas de comunicación, oratoria y relaciones humanas, puntos básicos que todo político que se precie debe dominar, quedó abortada cuando alertados por el mismo Iván un grupo de concejales pidieron convocar un seminario-taller al comité ejecutivo que ni trajeron a ningún otro profesional para cubrir la petición, ni llegó a celebrarse nunca el seminario-taller dejando con la boca abierta a los concejales sedientos de la actividad de Iván.

La necesidad se quedó sin cubrir aún disponiendo de un auditorio interesado y unas dependencias donde celebrar la formación de la mano de una persona capaz de impartir el seminario-taller sin contraprestación económica “Solamente tienen que indicar fecha y hora y mandar una sencilla circular interna a modo de invitación”.

Tampoco en esta ocasión se llevó a cabo una propuesta de Iván que ilusionó y secundó mucha gente. Y de manera forzada sus brazos seguían cruzados sin motivo alguno. Ni siquiera se molestaron en preguntar sobre algunos aspectos que podían suscitar dudas. Las transparencias de los cursos que entregó fotocopiadas para que examinaran el contenido, fueron simplemente guardadas en un caja de cartón que depositaron en el desván lo más al fondo posible. No interesaba su forma de operar porque no querían que Iván llevara nada a cabo -Nada que pueda darle el más mínimo protagonismo-.

Esta actitud de coartar su libertad por parte del comité ejecutivo chocaba frontalmente con la actitud abierta del personal administrativo de la sucursal gerundense del partido que veían a Iván como un hombre fantástico lleno de vida y de color, y no sin razón ¡ellas nada tenían que ver con el mundo político!

Ellas eran empleadas asalariadas como en cualquier otra empresa a las que Iván les había proporcionado alegría, ritmo a su monótono trabajo, y a menudo les subía café del bar o les traía algún dulce de la pastelería. Como no le invitaban a ciertas reuniones del ejecutivo aunque se encontraba ahí, Iván improvisaba quehaceres triviales y así fue como reorganizó el almacén de propaganda, reestructuró el archivo de prensa, instauró un sistema más ágil para recopilar las actas de los plenos de todos los municipios de la provincia y otras muchas actividades que se habían ido abandonando con el tiempo. Pero Iván no lo hizo en busca de una felicitación. Solo quiso ocuparse en algo productivo en vez de calentar la silla quemando horas en aquéllas largas tardes que comenzaba y terminaba bromeando con las chicas de administración cada día más maquilladas y acicaladas.

Una de ellas sonreía constantemente “Somos inmensamente bellos cuando sonreímos”. El brillo de tan magna sonrisa le recordó la aterciopelada juventud de la egipcia. Iván la endulzaba aun siendo poco agraciada porque su rostro marcado por su nariz de puñal se iluminaba cada vez que sonreía “La sonrisa no tiene idioma, es universal, se comprende y nadie la desprecia… sigue sonriendo! Si sonreímos la otra persona también lo hace, ¿lo ves? ¡es un acto reflejo! Sonreír no cuesta nada pero sus repercusiones son inmensas”. Y es que ninguna sonrisa es fea.

En una ocasión que Iván se encontraba en la mesa de trabajo de una de las jefas de excesivo perfume dulzón enseñándole el funcionamiento de una complicada aplicación con la que ella tenía verdaderos problemas, una de las glorias rancias de frente abombada y boca enorme le indicó con malos modos -No vuela usted a tocar el equipo-. Y a continuación pareció morderle con los ojos inflamados de un dio áspero.

Le advirtieron por escrito que le estaba prohibido entrar en el programa informático porque los datos eran confidenciales. No preguntaron más tarde a la jefa del departamento -Qué es lo que hacía Iván-. Sin saber se convencieron maliciosamente de que pretendía hacerse con algunos datos interesantes, probablemente porque es lo que hubieran hecho ellos mismos.

A los miembros del comité ejecutivo les molestaba cada vez más la presencia constante y perturbadora de Iván. Y aquél hecho fue la gota que colmó el vaso. Tan sólo faltaban cuarenta y cinco días para que venciera el plazo que había dado al comité local y parecía obvio que en la sede provincial del partido tampoco le querían dar su espacio. Aquel día se disculpó “Fui yo quién se ofreció para ayudarla, María no lo pidió” y tras la breve disculpa para ahorrarle una reprimenda deseó buenas noches a todos y ya no volvió a la sede del partido en Gerona.

Era evidente que existía una conspiración contra Iván. El veto que sufría, al carecer de explicaciones, destapaba la cruda evidencia de su realidad. No le querían dentro. Es más, habían dejado claro que les incordiaba. Cualquiera hubiera detectado ese ambiente hostil desde el inicio pero Iván, antes de actuar, apuró hasta el final.

Necesitaba estar completamente seguro antes de proceder sin vuelta atrás. La suma de tantos hechos aparentemente insignificantes acumulados daban un resultado arrollador. En el seno del partido no le querían a él, pero, ¿era a él concretamente o a una persona como él, con sus atributos y peculiaridades?

Sus características personales se apartaban de la media común y su ímpetu excesivo resultaba insólito en un político. Temían… ¿que Iván buscara algo más? Creían… ¿que escondía algún oscuro secreto? Pensaban… ¿que era un infiltrado de otro partido?

         *                  *                  *                  *

Ágata dormía plácidamente en su habitación. Iván se recostó a su lado delicadamente y la estuvo contemplado como se contempla un cuadro de pintura abstracta. Sus ojitos cerrados, su estómago subiendo y bajando. Ese aire a ángel…

Descendió lentamente las escaleras sin hacer ruido hasta el lujoso salón y se recostó en el sofá. Quería abrazarla mientras miraban una película que había seleccionado de su videoteca pero Susana no llegaba y vociferó “¿Te ayudan o te estorban?” cuestionándolos a sus anchas otra vez.

Iván se refería a la acumulación de aparatos que se amontonaban en las estanterías y los rincones de La Mimosa. Susana había comprado en tres años tres aspiradoras con multitud de accesorios que no sabía utilizar y una máquina de coser con piezas tan sofisticadas que no sabía ni para que servían. Ocupaban demasiado espacio y no le hacían la vida más fácil y cómoda como prometía la publicidad.

Los “chunches” como los llamaba Iván, secuestraban a su amada esposa que se escondía por horas detrás de las páginas de los extensos manuales de uso que no entendía. No le importaba el gasto de energía eléctrica. Le molestaba el principio por el cuál existían y al cual traicionaban en su opinión, porque lejos de ahorrarle tiempo se lo quitaban. Y eran demasiados momentos que la tenía lejos cuando la quería cerca.

“No todos los aparatos complejos son buenos, aunque sean caros y puedan pagarse sin problemas con la tarjeta de crédito”  pensó.

Si por Iván fuera, regalaría la mitad de electrodomésticos inútiles. Porque el problema era que visto un aparato en la casa de cualquier amiga o explicados los resultados siempre exagerados por la vecina ociosa, Susana deseba tenerlos. Ni siquiera los probaba antes cerciorándose de su verdadera utilidad. Podía tenerlos y los quería en su casa.

La Mimosa era grande pero se iba quedando sin espacios. Aumentaba el desorden por tanto cachivache. Y aumentaba el gasto por reparaciones y mantenimiento. Cada semana tenía que llevar o recoger alguno al taller. Y Susana se empecinaba en comprar el último modelo aparecido en el mercado. Pero eran ambos que consumían de manera compulsiva porque Iván había acumulado tres mil discos compactos y destinaba una habitación exclusiva como videoteca donde se encontraban aproximadamente mil quinientos clásicos del cine y varias películas que tenían gran significación para él con estanterías que iban del suelo al techo en las cuatro paredes dejando libre únicamente el espacio de la puerta, incluso había tapiado la ventana.

Estaban entretenidos con cosas superfluas e innecesarias, trampas que obligan a trabajar para comprar sin pensar, pero cuando el individuo siente desde adentro y reconoce estar convirtiéndose en un autómata, la sociedad capitalista que promueve la evasión mediante el consumo que desemboca en el despilfarro, ¿se tambalea?

Cuando el afiliado piensa ¡la estructura del partido peligra!

Si el militante de un partido se plantea ideas, la organización del partido ¿se tambalea?

Iván era competente, demasiado competente, como una sopa de letras demasiado completo para formar una sola palabra.

Era un elemento subversivo para la dirección del partido que no querían cambios porque todo nuevo cambio constituye una amenaza para la estabilidad aunque exista la posibilidad de un resultado favorable, o tal vez justamente por eso en el caso de Iván, justamente ante la posibilidad de ese resultado superior a lo habitual era que no lo querían en la sede.

Mientras en el municipio no había decaído su popularidad durante el corto destierro porque Iván pasó del anonimato más absoluto al estrellato más brillante y rutilante se mantenía todavía en el firmamento con luz propia… aunque los adjetivos que le otorgaban más valía no oírlos, una cosa era cierta: había consumado su liderazgo.

Tanto si pensaba como si lideraba Iván constituía una amenaza para los dirigentes conservadores del partido. Sus planteamientos belicosos eran demasiado prácticos y amenazaban con ser eficaces.

Habían dicho las glorias rancias de Gerona -Cuando se crea un líder, se mata un partido-.

Iván tenía condiciones suficientes para ser el mejor líder y por tal motivo no lo dejaron entrar dentro. Ciertos elementos empujaron con fuerza sus codos para que nadie alcanzara los mandos de la ejecutiva provincial. Si en Madrid llegaban a descubrir el verdadero potencial del que disponía Iván, todos ellos quedarían relegados y lo sabían. Aquellos mandos intermedios evitaban a toda costa y con los métodos más sucios que Iván no prosperara. Porque una vez en el corazón del partido jamás podrían desprenderse de él y ellos, serían apartados de sus cargos que les conferían privilegios a los que se habían acostumbrado y a los que no querían renunciar. Por eso se unieron contra Iván, porque de acceder a las herramientas de organización interna él sólo podría realizar el trabajo de todo el ejecutivo actual y temían quedar desahuciados.

Los mayores triunfos de la propaganda se han logrado, no haciendo algo, sino impidiendo que se haga algo determinado.

Grande es la verdad, pero más grande todavía, desde un punto de vista practico, el silencio sobre la verdad.

¿Pretendían las glorias rancias acallar la vida?

Se dijeron unos a otros con terror en los ojos -Si Iván crea un equipo en Gerona obtendrá el control del partido en la provincia-. Y estaban apabullados del miedo. Los negligentes ineptos se apoyaban entre ellos. Lo habían hecho durante los últimos veinte años. Se tapaban las vergüenzas unos a otros por igual pudriéndolo todo.

Para trabajar dentro del partido, debía pertenecerse a un grupo desde el cuál hacer piña, pero en la provincia solamente existía una opción donde escoger y simbolizaba la decadencia. Las peculiaridades de Iván no encajaban ahí. Él quería participar en un equipo de trabajo, por lo tanto, únicamente tenía un camino: formar su propio equipo de trabajo pero ¿cómo? si sus incondicionales no podían ingresar porque se perdían sus hojas de afiliación a cada rato.

“Sin poder integrar en el partido nuevo capital humano, jamás se conseguirá alternar la cúpula directiva” le comentó a Susana en el parque mientras Ágata jugaba con un vecino. Nunca tenía esta clase de conversaciones en La Mimosa, sólo de camino a actos sociales o cuando realmente le incomodaba algo.

Faltaban tres meses para el congreso provincial donde debían renovarse los cargos del partido democráticamente. Quizás en las elecciones internas Iván podría convencer y optaría a un cargo como un miembro más del comité ejecutivo. Pero su pretensión, nuevamente fue mal interpretada. Pensaron que quería obtener la presidencia y si no lo pensaron, se encargaron de dar la voz de alerta para que todos se protegieran contra la terrible amenaza del conspirador.

Antes de retirarse de la sede en Gerona había escuchado de labios de un veterano –El secreto es mover las bolsas de votos en el congreso. Entonces te vendrán a buscar-. Pero esta clase de aportación a su repleta mochila de desilusiones, no sería tan relevante si en la mirada de quién la pronunció, Iván no hubiera visto sangre. Había un odio interno que podía tocarse. Sed de venganza en aquellos ojos encendidos que se saltaban de sus órbitas porque vieron a Iván como un luchador ganador y cuando el grupo aumentó y casi le gritaron a la oreja -Tener apoyo en las bases es fundamental para crecer-, comprendió que intentaban implicarle en una antigua pelea por la lucha del poder en la que él nada tenía que ver.

El veterano y otros querían reabrir disputas pertenecientes a un período muy anterior a la llegada de Iván, quien únicamente estaba dispuesto a hablar de futuro desde una actitud constructiva de servicio. Defendía un futuro positivo donde el enemigo estaba fuera y no dentro como pretendían algunos mientras actuaban como termitas. Y les dijo una tarde que le invitaron a una misteriosa reunión en las afueras de Gerona “Ni yo soy su enemigo ni ellos van a ser los míos por mucho que me atosiguéis. La lucha es con nuestro adversario político en las urnas”. En seguida cerró su carpeta y se marchó para no asistir a ningún otro encuentro.

Ese día al meter la llave de contacto en su Ford PROBE decidió no presentar su candidatura ante el evidente clima de permanente conflicto en el que intentaron enredarle.

Iván no se dejó involucrar en el juego. Y para demostrar la inconsistencia del rumor de su posible candidatura a presidente provincial, se retiró antes de comenzar la campaña aunque volvieron a acompañarle hasta su automóvil unos cuantos para intentar convencerlo, y esta vez eran jóvenes como Iván. Pero no se atrevían a hablar en voz alta frente a las vacas sagradas. Y lo invitaron a tomar unas cervezas pero Iván cerró la puerta de su deportivo y bajó electrónicamente la ventana excusándose porque las dos bellas mujeres que lo esperaban ansiosas de amarlo “Son mis hadas y necesitan sus polvos mágicos”.

Los partidos políticos solamente quieren algunas pocas personas con iniciativa y mucha gente manipulable.

Iván no pertenecía a este último grupo y le colocaron sin consultarle en la primera posición pero con sobredosis porque le tenían por un arribista, un escalador sin prejuicios ni escrúpulos o compasión. Las directrices generales imponen que los afiliados no piensen -Tan sólo deben obedecer- sentenciaban con el puño cerrado.

La sensación que había dado desde el inicio Iván es que él, pese a todo, iba por libre. Iván era un incontrolado y por tanto, un elemento peligroso porque su espíritu entusiasta y la firme defensa de sus propios ideales acompañados de unos criterios serios y consecuentes, le otorgaban una coherencia difícil de derribar. Iván no era torpe, y durante un par de semanas tuvo muestras de solidaridad de algunos militantes sentados en la oposición de Ayuntamientos con ganas de trabajar.

Debía encontrar las formas, porque la política, es gesto, imagen. Los resultados contaban poco a nivel individual, lo importante era el conjunto. Y los veteranos se reunieron con los jóvenes y coincidieron -No debemos desperdiciar los valores en alza- pero Iván era una excepción ¡como siempre! En esta ocasión, el hombre más marginado del mundo. Porque sabía que si cedía a la creciente ola de apoyo y se decidía a encabezar la lista como candidato a presidente provincial apoyado por cinco de las ocho comarcas, igualmente perdería la elección porque la ejecutiva dominaba el aparato administrativo del partido “Toda batalla es ganada antes de ser iniciada y ésta, está perdida de antemano… si tu enemigo es superior evítale!” dijo a la representación que lo asaltaron a las puertas de La Mimosa.

No le habían gustado algunos comentarios -Debes dominar la asamblea local y comarcal y controlar a todos sus elementos. Debes pillarles por las pelotas y engancharlos con algo sucio, entonces serán tuyos. Si no dominas el aparato de gobierno no eres nada-. Y sobretodo, más que el contenido, no le había gustado la forma en como se lo dijeron.

Iván solamente pretendía dominar buenas costumbres, controlar buenas acciones y mantener la presión en un sendero recto para no torcerse. Entendía que en el partido debía existir una especie de fraternidad entre “hermanos” puesto que todos viajaban en el mismo barco. No comprendía aquella lucha que se apartaba por completo de la ideología y de sus motivaciones y de la finalidad por la que deseaba habitar en el partido.

Iván se marchó una semana de vacaciones con su familia feliz para evitar ser acorralado.

Muchos buenos políticos de prometedora carrera se habían quedado antes por el camino.

No se trata de hacer solamente un buen trabajo. Ni tenía nada que ver con demostrar a los compañeros de partido sus buenas intenciones. Iván debía tomar precauciones y no dejarse arrastrar por una corriente de incongruente rabia si quería asegurarse una larga vida política. Y aunque vinieron a buscarle a la salida del pleno y le persiguieron por teléfono, había aprendido en su municipio que durante unas elecciones internas de partido hay tres requisitos indispensables: la voluntad de presentarse; contar con el apoyo del máximo líder; y tener garantías de ganar la votación ampliamente. Y ninguno de los tres requisitos se daba.

Aunque sin él saberlo, tenía un poderoso benefactor que le observaba con atención desde la distancia porque entendía que si en el congreso había un diputado que debía representar a la provincia de Gerona, ese próximo diputado era Iván.

Su trayectoria interna comenzaba a estar demasiado intoxicada con informaciones contrarias y falsos rumores que todavía no habían trascendido a la opinión pública. Y temiendo que algo se filtrara como arma arrojadiza en su contra, ni quiso jugar al juego de los de arriba ni tampoco al juego que le proponían los de abajo. A Iván no le apetecía llegar a la presidencia provincial con semejante equipo y mucho menos, ver su nombre en la prensa por motivos tan banales sin imaginarse en el congreso de los diputados.

Le molestaba la sola posibilidad de aparecer en un medio de comunicación por la lucha del poder interno en el partido. Iván quería ganarse las cosas a pulso, con el sudor de su frente, fruto de su impulso, de su esfuerzo “No voy a hipotecarme. Los malos atajos son siempre peligrosas arenas movedizas que te engullen por tu equivocación”. Aquellas maniobras le dieron vómitos y escapó de ellos con la rapidez de un rayo.

Porque Iván sabía que salir mucho en los medios por semejantes cuestiones era quemarse por nada, tirarse tierra encima cuando en el último trimestre, la tranquilidad mediática había serenado su vida política y social. No quería que aquél acontecimiento se girara en su contra. Tampoco buscaba el gran bombazo “Iván candidato a presidir el partido a nivel provincial”. Aquello representaría, automáticamente, diez mil enemigos más a su entorno y las envidias de los concejales del Ayuntamiento por su rápida ascensión, además de dar pie al pueblo para inventar nuevos chismes y chistes.

Iván no pensaba moverse de su lugar. Y no es que le diera miedo tentar a la suerte, porque estaba preparado y existía la oportunidad, sin embargo, hacía mucho tiempo que había aprendido a decir no cuando era necesario y no era NO.

Flexible en situaciones delicadas, seguir adelante hubiera comportado males mayores. Supo retenerse cuando muchos empujaban en una y otra dirección ambas opuestas. Le hubieran desbaratado los brazos y las piernas. Toda esa historia en nada beneficiaba a su pueblo. Se apartó por completo para intentar administrar mejor su energía.

Iván no quería coger malos hábitos. Y se retiró del camino que lo hubiera llevado a la política de palabras mayores y mayúsculas en Madrid.

Al retomar contacto físico con el comité local en Palafrugell, porque el diálogo telefónico y el flujo de documentación no habían cesado, Iván comprobó que aquél grupo de personas que constituían la vieja guardia y eran aliados de las glorias rancias en Gerona seguían moviéndose por intereses particulares y partidistas más que por los intereses en relación a su municipio.

Impuesto el comité a la fuerza por el mismo partido para derribar a Iván, nada hacían sino era ignorarlo y despreciarlo porque no les interesaba más que presionarlo en beneficio propio y ante su negativa a ceder, no había más opción que eliminarle de inmediato.

Entre ellos Iván se sentía desplazado sabedor de las dagas que incrustaban en su espalda con saña. Y ya solamente estaba con ellos sin estar vinculado a ellos. Había pedido a los miembros de la lista,  a su equipo, que para evitar tensiones innecesarias y desagradables situaciones que se mantuvieran al margen y de esta forma les ahorró un montón de encontronazos. Después de aquél período de seis meses estaba clara su verdadera meta: evitar que Iván actuara personalmente para de esta forma poder hacerlo ellos indirectamente a través de él, infumable.

Iván entendía que los intereses generales del pueblo debían estar por encima de las consignas del partido. Ya se había granjeado la enemistad del delegado del gobierno cuando recién nombrado lo criticó duramente, aún y perteneciendo a la misma fuerza política, acusándole públicamente de huir de sus nuevas responsabilidades al faltar reiteradamente a las juntas de seguridad de su municipio. Como gobernador civil en la provincia, debía tratar los graves problemas que afectaban la seguridad ciudadana por el incremento del tráfico de droga en la zona. Durante el invierno habían aumentado los atracos por una banda que se había instalado para operar con total impunidad a la vista de la débil presencia de la policía en la Costa Brava. Los últimos hechos fueron graves y por eso Iván los denunció, sobretodo, por la pasividad con que habían reaccionado al respecto las autoridades centrales. Y cuando el miembro de su mismo partido de gestos secos y arcaicos, en vez de atender sus obligaciones prefería asistir de manera inoportuna a  diversos actos institucionales sin relevancia sino era saciar su vanidad personal, Iván no pudo callarse ni mirar a otro lado y lo denunció. No podía hacer otra cosa. De hecho, ese era el comportamiento responsable de todo hombre comprometido con un pueblo que sufría una ola de vandalismo que se extendía a los domicilios de segunda residencia de personalidades relevantes de Barcelona.

Iván tomó medidas exigiendo que se atendieran sus peticiones. Era lo correcto, pero no gustó, ni al afectado, ni al partido que se sintió aporreado por un compañero –Esto ha sido un hecho sin precedentes- dijo al afectado al presidente provincial que por entonces todavía no se había afeitado la barba -Impensable hasta la fecha- aseveró con razón, y al llegar a su casa le dijo a su mujer -El pez pequeño intenta morder al mayor. Realmente inaudito, pero cierto… ese Iván de Palafrugell!!!-.

Y un enfrentamiento similar había sucedido también al poco de formar parte del equipo de gobierno con un miembro del actual comité local, constructor de profesión de mirada agrietada y sonrisa vacía. Hacía más de tres años que una enorme grúa estaba plantada en una hermosa cala del municipio. Con el tiempo, se había oxidado y el recio viento de la Tramuntana empujaba la grúa de un lado a otro cuando soplaba fuerte en la noche haciéndola chirriar; entorpeciendo el descanso de los vecinos. La obra había finalizado mucho tiempo atrás y su permanencia no tenía sentido. Además, había innumerables quejas porque ese alto amasijo de hierros entorpecía la correcta recepción de la señal de telefonía móvil y televisión. Pero sobretodo, lo que más le impresionó a Iván fue su impacto visual que deterioraba la belleza natural de aquella playa. Hizo que la retiraran sin pensar o evaluar que se trataba de un poder fáctico del pueblo y precisamente por esto, nadie antes se había atrevido a firmar la orden, sin embargo, Iván ignoró de quién se trataba y se decantó por el interés general aún siendo un miembro histórico del partido. Y ese hombre y su familia fueron los instigadores para hacerle caer, embaucando a unos pobres afligidos nostálgicos del Franquismo para unirse y recuperar la posición que gozaban doce años antes. No pensaban consentirle su atrevimiento. Desde aquél día le declararon la guerra a Iván aún ostentando ambos las mismas siglas.

Y es que cuando Iván andaba, pisaba los callos de los demás sin darse cuenta. Pero él se limitaba a realizar aquello que consideraba correcto sin sentimentalismos.

Al instalarse en la nueva vivienda cuando se trasladaron desde Barcelona, Iván realizó obras de mejora y acondicionamiento para darle personalidad a La Mimosa. Necesitaba variar las cosas, renovarlas, adecuarlas a su gusto siguiendo también los deseos de su amada Susana. Pidió los pertinentes permisos y abonó las tasas obligatorias del Ayuntamiento y ya en su puesto como edil, lejos de aprovecharse de su posición, en un acuerdo de su comunidad para levantar unos muros en la zona ajardinada y cambiar el pavimento de la piscina, les recordó a todos y en especial al presidente y al secretario que solicitaran las correspondientes licencias y efectuaran los pagos necesarios.

Y se retiró para acostar a su hija porque había prometido a Ágata el final del cuento que llevaba contándole desde Navidad y que tenía la intención de alargar hasta la siguiente Navidad, pero impaciente y obstinada como su padre, radical e intransigente a veces, le había rogado que le desvelara el final con aquélla mirada tierna a la que tantas veces recurría sabedora de su poder. Iván levantó en sus brazos al cada vez más pesado cuerpecito y desapareció cantando y sonriendo.

Pero hicieron caso omiso de su comentario el presidente y el secretario que ni siquiera dejó constancia en el acta.

Susana vio el rostro descompuesto de Iván un domingo en la mañana cuando se asomó por la terraza y comprobó que todo estaba en marcha, y que sin embargo, en la comisión de gobierno del miércoles, no se había tramitado el pertinente expediente. Se mordió el labio. Y ella le rogó que lo ignorara. Casi se lo imploró, pero se encontró con lo que se temía “Nosotros como cualquier ciudadano más respetamos la normativa cuando llegamos ¿por qué debe ser diferente ahora? Soy concejal del Ayuntamiento. Debo respetar la normativa vigente, un conjunto de reglas en las que yo participo cariño ¿no lo entiendes? Practicar con el ejemplo. Les avisé. Lo siento” y abrazándola por la cintura la besó. Primero en una mejilla, y en la otra, después en la frente y en los labios y la lengua resbaló por su garganta hasta los pies.

Al día siguiente solicitó al celador que subiera a la terraza en la azotea de su domicilio para tomar unas fotografías con las que documentar el objeto de la sanción. Iván denunció.

Y también tuvo que pagar Iván una parte proporcional de la multa. La comunidad le había retado sin imaginar que llevaría la cuestión hasta el final. Supusieron que como las obras no se veían desde el exterior de la comunidad haría la vista gorda. Pero se equivocaron.

A partir de entonces no le dirigieron la palabra.

Iván siguió jugando en la zona ajardinada con sus hijos, los cuales no entendían de ese tipo de tonterías. Los niños hablan otro idioma que Iván conservaba. Sabía transformarse a su lenguaje y vivir arrastrándose a gatas en su mundo mágico de fantasía. Prefería su ingenuidad y la pureza de su alma a las malas vibraciones de algunos mayores y adultos que no entendían que madurar no significa dejar de ser niño.

Iván cumpliría treinta y tres años pero no dejaba de tener al mismo tiempo veintiuno, trece, y ocho años como su hija.

A estas alturas comprendió que para mantenerse en política existe una clave básica: el arte de minimizar los enemigos.

Había que permanecer cerca de ellos, pero sin odiarles porque eso no permite juzgarles ni anticiparse a sus movimientos. “La política fue y sigue siendo hoy una carrera de fondo, jamás de velocidad” se dijo marchando a su ritmo adecuado pero su naturaleza le jugó una mala pasada.

Iván no soportaba la hipocresía, la doble moral. Despreciaba la mentira, el fraude. En una entrevista personal con el objetivo de realizar balance sobre la evolución del pacto, expuso los hechos tal como eran sin miedo alguno. Pasó revista con gran objetividad a todos y a todo, analizando en voz alta cual era su situación personal en el mundo de la política. Hacía dos años largos que se había suscrito el acuerdo y en los últimos nueve meses, todo estaba tranquilo. Las cosas marchaban en calma pero Iván no pudo retenerse de comentar “Sigue existiendo esa relación de respeto y de comprensión aunque pienso que mi predisposición hacia ellos es mucho más generosa que a la inversa” y tal muestra de sinceridad enfureció al alcalde, simplemente porque estaba en lo cierto.

Al principio los miembros de la coalición catalana estaban abiertos a sus iniciativas, pero poco a poco las fueron limitando si estas le daban demasiado protagonismo ante el pueblo. Mucha gente se había desengañado al comprobar que Iván no era un brazo mecánico articulado por control remoto que se alzaba silenciosamente al toque de pito de la coalición catalana en el transcurso de los plenos. El hecho era flagrante, porque incluso llegó a entorpecer la aprobación de algunas Mociones demasiado partidistas.

Su independencia real y su libertad de acción quedaron aclaradas en más de una ocasión y esto incomodaba bastante, tanto a sus compañeros de gobierno como a la oposición. Y al exponer abiertamente las discrepancias sobre algunos temas la población nuevamente reparó en Iván.

El entrevistador que ya conocía bien a Iván se aprovechó, indagó en lo referente a las relaciones internas con su partido abriendo la puerta del principio del fin. Tanto entender que las divergencias se resuelven en privado, y tanto diálogo negado, era el momento de abrir la boca para mostrar las amígdalas.

Iván no pudo aguantarse “Es del todo imprescindible renovar completamente la imagen del partido y transformar la estrategia que viene dándose porque ha demostrado ser inútil. La estructura interna es arcaica y el mensaje a la gente inexistente” pero se guardó mucho de explicar que las iniciativas internas eran saboteadas y rechazadas por sistema.

Su discreta actuación al haber medido las palabras había sido impecable pero no terminó la entrevista sin recordar públicamente que ese mismo día finalizaban los seis meses de plazo “Y, es evidente que el comité local no ha conseguido la armonía necesaria para continuar juntos en la misma dirección”. Los miembros que habían tomado el control del comité local habían tirado para un lado mientras Iván tiraba con fuerza desde el otro, pero como estaba solo y le superaban en número su fuerza se debilitaba. Y antes de ser arrastrado al lado oscuro soltó la cuerda viendo como aquella masa de individuos confusos se estrellaban sus espaldas contra el suelo.

Iván rompió las relaciones con el comité local porque no había arreglo posible. “Dos no se casan si uno no quiere, ¿verdad cariño?” le dijo a Susana minutos antes de cerrar el sobre que le pidió entregara al propietario del local donde notificaba fehacientemente “No voy a renovar el alquiler, gracias”.

Cuando dos días más tarde el secretario del comité local se personó en el Ayuntamiento, Iván le dijo “Si vienes a verme como ciudadano estaré encantado de atenderte pero si vienes en tu condición de representante del comité local del partido puedes volver por donde has venido” y ante la estupefacción que le ocasionó el comentario, el secretario corrió para avisar al grupo que había intentado sin éxito su derrumbamiento tanto físico como psicológico. Y cuando en grupo se presentaron todos para abordarle y derrocarle, antes de que abrieran boca, reteniéndoles en el hall del edificio municipal se dirigió con el mismo tono pausado “Todo lo que tengáis que decirme hacedlo por escrito y me lo dejáis en el buzón del despacho de casa. Este no es lugar para lavar la ropa sucia” y dándoles la espalda, subió peldaño a peldaño con parsimonia la escalera del piso de mando ante la rabia contenida de la vieja guardia que alzaba la cabeza y lo seguían con la mirada hasta que desapareció como desaparece un espectro entre la niebla.

Iván había roto el vínculo. Cortó las cuerdas que unían el puente entre el partido y el Ayuntamiento. Usurparon un lugar que no les pertenecía. No se habían ganado el derecho a ocuparlo, porque detrás del error administrativo que le atribuyeron a Iván culpándole a él de que “su gente” no pudiera votar, con el tiempo pudo constatarse sin ningún genero de dudas que ninguno de los conspiradores que hicieron el uso del voto estaba al corriente del pago de su cuota como afiliado por espacio de más de diez años, por lo tanto, vulneraron los estatutos del partido al votar sin tener derecho a hacerlo. No les correspondía ahora hablar del reglamento interno de funcionamiento cuando fueron los primeros en pisotearlo. Iván les cogió por sorpresa… “El que da primero da dos veces”. Hasta entonces se había guardado mucho de crear un clima negativo pero se habían ganado a pulso ese duro bofetón.

Cuando los periodistas se enteraron, corrieron a visitarle oliendo la polémica. Iván declaró “Me niego a relacionarme por más tiempo con quien no acepta mi disposición para el trabajo ni valora la transparencia en la documentación. El comportamiento del comité ha sido nefasto. No han ayudado más que en intentar entorpecer mi labor. No asumo ese órgano interno de gobierno y mi continuidad en el partido queda ligada al desarrollo del congreso provincial. Entonces decidiré sobre mi futuro político en el partido” y los medios de comunicación se frotaron las manos con la noticia que evidenciaba un nuevo hecho insólito. Otros miembros de otros partidos antes que Iván se habían rebelado pero ninguno se atrevió jamás a establecer un pulso públicamente. Se limitaban a desaparecer con discreción pero él se había cansado de tanto sigilo, porque su pasividad no había rendido fruto alguno y le dijo a Susana al llegar al hogar “Prefiero arrepentirme de hacer algo que arrepentirme de no haber hecho nada”.

Iván se había convertido en un ser que no perdonaba. No era rencoroso, pero no olvidaba, y a menudo se armaba con el traje de justiciero vengador. Tenía que poner el negro en el lugar reservado al negro. Era momento de pasar factura y poner cada cosa en su lugar. El Blanco en el lugar correspondiente al blanco.

Intentó la igualdad, limar cualquier aspereza para el acercamiento con unos y con otros, pero fue repudiado por el entorno en general, así que comenzó a mantenerse distante y se instaló en la cumbre preparado para dirigir tomando a todos los ciudadanos sin excepción como sus auténticos protegidos, individuos a quienes defender del mal igual como lo hicieran los héroes de su niñez, Robin Hood, el Zorro o Superman.

Susana sabía que rivalizar con Iván no era cosa fácil, y así se lo advirtió a la junta de su comunidad cuando decidieron retarle sin necesidad.

A su alrededor más próximo, amigos y familiares se habían habituado a que Iván les protegiera y aconsejara y su palabra era siempre bien recibida. Con discernimiento, orientaba a todos, niños y ancianos, y todos se complacían con su presencia motivadora. Era más descansado y agradable para todo el mundo. Simplemente le dejaban hacer a su antojo. Era la única manera de tenerlo cerca.

Pero con sus adversarios políticos, no sería tan considerado, y sus drásticos métodos serían cuestionados por aquellos que nada supieran del tema y de su carácter o los antecedentes de aquel tinglado. El aviso a bombo y platillo de su llegada, un tanto como salvador y un poco como Mesías, no agradó a los ciudadanos de su municipio. Su reclamo por la inminente victoria tres meses antes de las elecciones, profética y un poco ingenua alertó a sus adversarios políticos pero todavía les quedaba cosas por ver y sentir y entender.

Porque Iván seguía siendo aquél joven provocador al que le interesaba seducir lleno de fuerza ilusión y esperanza por un nuevo mañana que le agrietaba el alma para dejar salir lo mejor de su persona.

Comenzaba la batalla.

No sin dificultad y dolor, Iván aprendió que en momentos de confrontación un hombre nervioso es un hombre vencido; un hombre exaltado es un blanco fácil; un hombre temeroso una víctima segura. La serenidad y la frialdad, además del convencimiento del triunfo, junto a un minucioso estudio y una buena preparación, son el combinado perfecto que garantiza el éxito. Iván se dijo “Una acción, un acierto” mientras se ajustaba el casco antes de partir veloz en lo alto de su motocicleta como si cabalgara por la llanura montando un potro salvaje. Se había terminado poner la otra mejilla.

Tora! Tora! Tora!

Reza el antiguo testamento: ojo por ojo y diente por diente.

La doctrina de Iván consistía en ir de frente a cara descubierta ofreciendo la otra mejilla en caso de agresión, pero esquivando el golpe al último momento porque “¡No se puede ser eternamente bondadoso! Terminan por reírse de ti”.

Sus contrincantes, no debían saber lo que pensaba, ni donde ni cuando estallaría la bomba. Había que ir con mucho cuidado. Era peligroso ser un hombre honesto. Tener principios equivalía a constituirse en amenaza, en persona poco grata. Pero no hay poder que pueda cambiar la fuerza del destino.

Lo primero que hizo el partido fue intentar que abandonara su cargo para dejar paso al número dos de la lista electoral. Persona afín a Iván, quien había visto su entrega y dedicación durante los meses previos a las elecciones municipales aseveró –Me niego a defender una idea tan absurda-. De igual modo sucedió con el número tres, cuatro, cinco, y sucesivos. Nadie quería reemplazar a Iván. Demasiada autoridad moral.

La condición de concejal le pertenecía a él y solamente a él. La cordialidad y el buen saber hacer reinaba entre los suyos que tampoco se consideraban capaces para desempeñar la labor sin perjudicar sus propios negocios. La voluntad decidida de Iván de permanecer en el puesto hizo las delicias de la prensa.

El partido se quedó con un palmo de narices aunque instaron a la junta electoral y se presionó al alcalde e incluso a la coalición catalana.

En declaraciones por radio dijo Iván “Ser concejal… me lo he ganado! El partido no ayudó. Si a alguien debo mi posición, es a la gente que me votó y a menos que exista una acción popular en este sentido, no voy a dejar el lugar que me corresponde por derecho propio. Nada más me prestaron las siglas. Y, si las quieren… ¡se las regalo!”.

No era de extrañar que otra vez sus palabras indignaran en esta ocasión a los altos dirigentes de su partido en Barcelona y Madrid porque en verdad, solo una persona podía levantarse y abandonar la silla. El mismo Iván que se coronó. No había fuerza o ley sino era la fuerza de la democracia y el final de la legislatura.

Gracias a las siglas, dicen que le fue más fácil entrar en el Ayuntamiento, aunque en las elecciones municipales se vota más a las personas que a los partidos, pero si fueron una ventaja al principio, después se convirtieron en un grave inconveniente, un lastre a la hora de intentar obtener un favorable acuerdo de gobierno al que accedió.

El partido a quién representó consiguió prestigio, y lo jamás visto en veinte años de democracia: tener competencias de gobierno en el Ayuntamiento pero Iván iba a ser el único que desempeñara tales funciones y para ello, pidió madera para con sus herramientas particulares y su peculiar estilo elaborar mesas y puertas, marcos y sillas donde poder sentarse juntos. Sin embargo, se le había negado tal posibilidad. No le entregaron la materia prima. Y lejos de irritarse, respetó la decisión y ahora exigía que ellos hicieran lo mismo.

Su cargo no estaba a disposición del partido porque nada había hecho el partido por conseguirlo en su día sino era negarle el apoyo y la orientación y el soporte económico. Su persona, ya no estaba al servicio porque había comprendido que no merecía la pena. Estaba decepcionado y defraudado “No son dignos de tenerme dentro”. Últimamente no se enorgullecía de representarles. Pronto daría el paso.

Iván no dejó de observar como se desarrollaba el congreso del partido que intuía como una farsa repleta de irregularidades al violar el propio reglamento.

Era ingenuo no predecir que repetiría el actual equipo ejecutivo. Serían reelegidos por unanimidad y la hecatombe de la ineptitud continuaría en la provincia.

Ya no le preocupó airear ciertos aspectos internos en público porque era la única manera de que el electorado conociera la verdad, y destapó abiertamente aquello que apenas puede verse sino es desde dentro. Y se anticipó a los acontecimientos avisando que renunciaría a la militancia si se confirmaban sus sospechas.

Iván no solamente quería irse. Necesitaba una buena razón para hacerlo pero además, era la única forma de intentar enderezar el asunto al obligarles a rectificar frente al público en general, sin embargo, todo estaba preparado de antemano. Aquél era un producto adulterado; un procedimiento de trámite que marcaban los estatutos, nada más. El congreso no era una excusa para el debate interno en la unidad, ni para confeccionar un proyecto de trabajo consensuado, ni para posibilitar la expansión real del partido en el territorio, ni para incrementar los afiliados invitando a simpatizantes, ni para propiciar un encuentro con todos los cargos electos y, mucho menos, para tratar la malversación de fondos, hecho por el cual se había constituido una candidatura contraria a la oficial. El congreso del partido era un montaje.

Aunque Iván acudió a la prensa en señal de ayuda, no contó todo lo que sabía para no desacreditar a su, todavía, partido político. Pero elaboró un dossier que hizo llegar a la sede central en Cataluña y al máximo órgano de dirección en Madrid. Lo remitió concretamente a la atención del secretario general que un año antes le había descubierto durante la insólita “campaña de la peseta” quien sin Iván saberlo, velaba por él.

En sus páginas manifestaba su disconformidad por la forma de preparar el congreso y aprovechó para hacer una radiografía de la autodestrucción del partido en la provincia de Gerona. Con varios ejemplos y documentos que respaldaban sus afirmaciones, puso de manifiesto la debilidad del equipo gestor para liderar el ejecutivo evidenciando su ineficacia, algo fácil de hacer porque no tenían un rumbo fijado y esa era la clave de su inoperancia: la falta de un dirigente con coraje.

En ese momento se convenció –su- benefactor mientras sorbía un trago largo de güisqui en el despacho de Madrid. Iván era lo que llevaban años aguardando.

En el dossier detalló claramente el por qué era improductiva la zona, aportando soluciones y alternativas para que las siglas dejaran de ser algo meramente testimonial -Tiene visión y grandeza- se dijo.

La secretaria entró al despacho para decirle algo pero sin despegar los ojos del texto, alzó el brazo mostrándole la palma de la mano.

Iván había preguntado mucho. Había escuchado con paciencia. Y observó con prudencia durante muchas tardes que otros daban por perdidas cuando detrás de la puerta se escondían en insulsas reuniones llenas de humo y podredumbre, de chistes malos y algún eructo.

Durante ese tiempo que parecía no hacer nada, Iván se había mantenido alerta comprobando y ratificando cada uno de los hechos. Tomando notas. Por eso ahora, una vez verificada la realidad, podía hablar con conocimiento de causa. Pero eran tan grandes los descubrimientos, tan graves las acusaciones, que no era fácil creerle. Sin embargo, por alguna razón evidente aquélla era la única circunscripción de toda España que carecía de diputado en el Congreso y el Senado y de ignorarse su informe seguiría por largo tiempo siendo la eterna asignatura pendiente, lo sabía, coincidía con Iván -Que visión la de… – se le agitó el corazón queriendo salirse del pecho y aquel hombre cayó al suelo presa de un violento infarto.

Lo socorrieron de inmediato la secretaria y un informático ayudados por el conserje del edificio y un guardia de seguridad que llegaron a los pocos minutos.

Con la entrega del dossier, Iván no solamente pretendía cerrar la división abierta entre los dos bloques en la provincia. Lo que realmente buscaba era comprobar la capacidad de reacción del partido a quién representaba.

Lo que Iván había destapado en la prensa se había convertido en un triste espectáculo de acusaciones y desmentidos entre unos y otros miembros del mismo partido y las consecuencias de no resolver rápidamente el conflicto hacían prever tras la baja de Iván una deserción generalizada de sus más avispados militantes.

Se precisaba un interlocutor válido y él se propuso para ello asegurando un compromiso de resolución sin aplazamientos innecesarios, pero el acto de Iván les pareció una arrogancia presuntuosa, aunque obligó al presidente provincial a viajar a Madrid con carácter de urgencia cuando la ambulancia se abría paso por entre el tráfico denso del paseo de La Castellana camino al hospital de La Paz.

Si Iván estaba en lo cierto, el valor global de su propuesta era inmejorable porque tenía un coste muy bajo para el partido y el riesgo era mínimo. Pero era necesaria la tutela de Madrid, un soporte estructural, y toda la información sin excepción. De esta forma era imposible perder.

Con la nueva dinámica, Iván evitaba la degradación y consolidaba la unión bajo la bandera de nuevos valores. El mismo presidente provincial reconoció al suplente del secretario general ingresado la necesidad de su intervención, y, entonces, le entregaron el dossier de Iván donde nada exigía para sí ni tampoco hostigaba represalia alguna contra el equipo gestor actual. Una vez más volaba recto. No conocía límites.

El desconcertado hombre de cabello pelirrojo y una difusa barba que volvía a poblar tímidamente su rostro lo había apadrinado. Se frotó la barbilla como si le sacara punta. Aunque su primer encuentro fue aséptico y el siguiente, después del pacto, un total encontronazo, ambos habían superado esa lamentable situación suavizando sus posturas durante la cena en La Mimosa.

Iván no pedía una humillante destitución ni su completa retirada para poder ocupar su cargo. Sugería ponerse al frente desde un  ángulo ajeno a la esfera de poder porque no quería autoridad, sino aliviar la enfermedad, derogar el virus y vistos los acontecimientos en su totalidad, una vez el hombre confesó su error, a continuación de visitar la habitación del máximo órgano del partido en la sexta planta del hospital quien le instó a ponerse a trabajar codo con codo con Iván, se marchó convencido que era misión imposible.

Y en Madrid olvidaron el incidente del dossier mientras su mentor se recuperaba lánguidamente en el hospital.

Y al volver de su viaje, quien lo había apadrinado en su ingreso al partido no dijo nada a nadie ni hizo nada concreto ni se comunicó con Iván. Y también olvidó el incidente. Y se volvió a afeitar la prematura barba.

Iván pretendía hacer borrón y cuenta nueva, proponía un proyecto en base a la cooperación y la interacción recíproca.

Aquella fórmula revolucionaria en su planteamiento no generaba resistencias, no hubiera habido rechazo al haber estado bendecida por Madrid, ni tampoco boicot porque Iván no ocupaba ningún trono privilegiado limitándose a ser una pieza más del puzzle. Pero como el encuentro se hizo en pleno secretismo, a espaldas de los canales oficiales, y como el suplente del secretario general tenía mil asuntos que lo superaban, el presidente provincial esperó a que Iván moviera ficha después del congreso a sabiendas que era un hombre de palabra que cumplía cuanto decía.

Tan sólo debía esperar quince días para que él mismo cavara su propia fosa. Si dejaba de militar, su creativo diseño renovador moriría con su renuncia voluntaria al salirse del partido.

Aquél hombre tenía que hacer lo que mejor sabía hacer: nada.

Iván terminó por darse de baja del partido pasando a ser “portavoz no adscrito” a ninguna fuerza política y con él, todo su equipo también abandonó con una carta pública donde solicitaron que se dejaran sin efecto las peticiones de afiliación que llevaban demasiados meses tramitándose, no sin antes manifestar su adhesión incondicional al cabeza de lista y al programa que defendía el Independiente. Y concluyeron censurando en su escrito que recogieron todos los medios de comunicación -La falta de integración para cualquier persona de la calle que desee ingresar formalmente- así lo denunciaban literalmente -Nos han apretado tanto hasta que han aplastado nuestra ilusión-.

Ellos al igual que Iván, no practicaban la técnica de fomentar rivalidades, ni jugaban a las intrigas y las conspiraciones, por eso antes de sentirse estrujados prefirieron seguir los pasos de Iván. Al fin y al cabo, era el único con quién siempre habían trabajado y con quien podían contar.

Gustara o no, se dio una situación inalterable que dependía exclusivamente de Iván. Lo habían marginado de manera deliberada y por eso se había desmarcado. Vistió durante un año un traje equivocado en el cual no había encontrado afinidad sino más bien incomodidad y suciedad. Era normal que se sintiera desaprovechado, lo extraño es que no se sintiera maltratado, ultrajado, pero igual que para Iván el éxito de ayer era algo aburrido, regodearse en las miserias era lamentable.

Iván jamás se lamió sus heridas. Dejaba que cicatrizaran por sí mismas dejándolas al descubierto sin avergonzarse para que el sol y el viento se ocuparan de ellas.

Su baja como militante fue irrevocable porque consideraba que con la reelección del actual ejecutivo provincial los problemas seguirían siendo los mismos… sólo que mayores porque había abierto los ojos soñadores de otros militantes que gozaban acompañándole hasta su deportivo luego de las reuniones porque siempre tenía un comentario oportuno y una palabra amiga que ayudaba a resolver propuestas de censura en los Ayuntamientos donde ejercían la oposición, porque Iván era el único que estaba del lado de los que gobiernan y sabía cómo se cocina en el interior.

¡Tocaron retirada! Y efectivamente así fue. Acertó en su pronostico. Continuó la ausencia total de objetivos, la ausencia de criterios de prioridad y la ausencia de directrices de trabajo. La nula relación entre la sede y sus afiliados y posibles simpatizantes. La carencia de interacción con los cargos electos todavía se intensificó más y la confusión y la apatía se extendió a los comités locales de varios municipios; pero era la única manera de que las dudas razonables de malversación de fondos se silenciaran y la disconformidad por la falta de ética quedó evidenciada. No había cohesión sino más división que nunca.

El ejecutivo reelegido empezó una purga con la abertura de expedientes disciplinarios a los miembros que como compromisarios en el congreso constituyeron el sector crítico. Aquellas siglas eran el vehículo personal para unos cuantos que preservaban un partido inexistente para conservar sus desvergonzados puestos, los asquerosos privilegios, y el inmerecido status en un muy reducido círculo social. Pulgas y garrapatas. Reliquias del pasado muerto. Pero ya no era el problema de Iván.

Dejó el partido con la misma alegría con que se desentendió del comité local de su municipio que automáticamente se convirtió en una linda pero inútil carreta que había quedado inmóvil en el camino porque su caballo huyó a las lejanas praderas para cabalgar en libertad sin el peso de unas siglas convencido de llegar hasta la misma línea donde nace el horizonte.

Cuando le dieron el alta en el hospital de La Paz, el recuperado miembro del partido en Madrid que vio en Iván un elemento vital al encabezar la voz de la provincia de Gerona en el congreso de los diputados, entristeció porque ese perfil era escaso sino nulo, y admitió que fácilmente se adulteran los productos antes de su caducidad –Gerona seguirá constituyéndose en la eterna asignatura pendiente, la única provincia del país sin representación en el congreso de los diputados-. Y nunca revelaría sus planes invitando a Iván a volver porque entendía que no había vuelta atrás ante una decisión del calibre de una persona como él. Y en la provincia yacería oculto el cofre cerrado plagado de ilusión, hundido bajo el barro que incansablemente vomitaban los miembros de la ejecutiva para mantener su patética habitación oscura infranqueable a las iniciativas “Protegiendo un lugar provisto de una puerta tapiada a los emprendedores por donde, desde una disimulada ventana, salen y entran las glorias rancias de una época muerta aprovechándose de unos derechos inmerecidos alabando la dictadura de antaño” hubiera dicho Iván.

Había finalizado el primer round y el segundo, se originó en el pleno del Ayuntamiento cuando Iván se cobró la revancha con el concejal que le había acusado del cobro de dietas indebidas.

¿Qué cuál era el principio de Iván?… “Si agredes fomentas la violencia. Si no contestas una agresión, permites la violencia y te conviertes en cómplice indirectamente. La mejor opción es aguardar el primer golpe y contestarlo con la suficiente contundencia para eliminar al enemigo. No hacerlo es permitir la injusticia”.

Su acusación sorprendió tanto a los políticos como al público asistente en la sala y en la radio municipal, repitieron su intervención varias veces a lo largo de la semana porque era la primera vez que se llamaba a un cargo público en un acto oficial “moroso” por no pagar los impuestos. Fueron los propios miembros de la coalición catalana quienes desde el área de Hacienda le entregaron una fotocopia de la deuda existente por impago de contribuciones atrasadas. Pero Iván no cayó en la trampa de aparecer con tan triste prueba al inicio del pacto, se la guardó.

Hacía un año de aquél hecho, pero como el hombre de canosas patillas pómulos salientes y mejillas caídas, veterano de la política y redomado embustero se ensañaba con Iván en cada pleno, en vez de callar, la próxima vez que lo acosara sin fundamento quería responderle “Acción, reacción” se  dijo a sí mismo antes de preparar su contestación.

Iván se personó en el servicio de recaudación municipal. Solicitó un documento que confirmara la veracidad de los datos y para su asombro, era cierto. La deuda seguía pendiente. Y así lo denunció en el apartado relativo al debate político soltándolo como de pasada, para que tuviera mayor contundencia y en ese momento los dieciséis concejales pegaron un brinco en sus sillas como si un alfiler hubiera penetrado en sus traseros aplastados.

No creían lo que habían oído pero era Iván quién había hablado y, cualquier cosa podía esperarse durante su intervención.

Aquél hombre se puso blanco primero y en seguida de palidecer de todos los colores imaginables. Se le empañaron los lentes. Estaba claro que la deuda obedecía a un despiste, pues su situación económica le permitía de sobras afrontar la deuda.

Iván no quiso atacarlo a nivel personal. Utilizó el hecho para rogarle que no se quejara tanto y predicara con el ejemplo. Fue su respuesta al pulso al que durante largo tiempo se había negado. Su habilidad de negociar el acuerdo para el pacto, apartando a este hombre y su grupo minoritario ecologista de izquierda de la oportunidad de gobernar, no había sido asumido con deportividad y constantemente le atacaba sin motivos con afán de minar su voluntad y su autoestima.

El hombre era un mercenario de la política que pretendía que la gente se convirtiera en meros muñecos de trapo en sus manos. De haber conseguido pactar, eso le hubiera valido su relanzamiento político, pero al ser vencido por un joven aprendiz del oficio le restó credibilidad, y ahora, se ponía en duda su honorabilidad. Abandonó la sala irritado con la excusa de ir al baño muy probablemente para evitar darle un puñetazo a Iván.

Era la segunda vez que Iván le ponía en una situación incómoda. La primera al cerrarle las puertas del Parlamento y ahora con la sorpresa de un documento que corroboraba la afirmación de la deuda. El documento quedó expuesto al finalizar el pleno en el tablón de anuncios del Ayuntamiento y durante un tiempo, fue el hazmerreír del municipio por haberse dejado atrapar por algo tan simple pero a la vez de tanta trascendencia pública… un político que no pagaba sus impuestos… Iván metió el dedo en la yaga y lo removió, pero no fue nada personal. Cosas “del oficio”.

Hasta la fecha, aquél gato viejo de la política le había obsequiado con toda clase de adjetivos poco atractivos. Iván le trataba con respeto y una total indiferencia a sus ataques “Yo no pierdo el tiempo en tonterías”. Y en lo sucesivo ese hombre apesadumbrado sumamente enfadado resopló como toro y pataleó como buey enojado mucho más a menudo, pero se retuvo de herirle ni una sola vez sino era estrictamente sobre temas políticos, tal y como debía suceder. Tantas calumnias infundadas que vertió sobre Iván se volvieron en su contra en forma de contundente latigazo hecho de verdad, convirtiéndose en víctima por voluntad propia. Y todas las acusaciones que le profería a Iván, si eran ciertas, ¿por qué no las llevaba a los juzgados? Puros inventos, ¡porque era un inventor profesional!

Con su acertada acción, Iván iba mucho más allá demostrando la ilegalidad de su condición, puesto que la ley determina que ningún concejal puede tomar posesión de su cargo mientras permanezca en una situación de impago de tributos municipales.

Y ciertamente, ese hombre no podía haber entrado en la nueva legislatura del Ayuntamiento por la situación de morosidad, pero al notificarlo, además Iván ponía de manifiesto la negligencia de los servicios técnicos para detectarlo y la imprudencia del alcalde por consentirlo y encubrirlo. Cualquier cosa que hiciera Iván implicaba a muchas otras personas. Todo cuanto decía, de una u otra forma afectaba a los demás.

Ese hombre tosco y vasto de brillante oratoria necesitaba un escarmiento. Iván fue la mano ejecutora. Jamás nadie de los presentes en el hemiciclo se hubiera atrevido a realizar algo semejante porque equivalía a buscarse un enemigo gratuito con sed de venganza suficiente para engullir el atlántico pero como siempre pretendía dar lecciones de legalidad a todos en el curso de cada pleno, se encontró que el respeto y la fidelidad a la legalidad que tanto reclamaba “Eres el primero en incumplirla al vulnerar el reglamento orgánico municipal y la normativa referente a tributos pendientes respecto a los concejales entrantes”.

Los técnicos legales debían regularizar urgentemente tal situación, de darse el caso, ¿debía dimitir?

Después de una sesión de pleno extraordinario para salvaguardar su honor rodeado por un tumulto de gente y micrófonos, el hombre dijo a los medios de comunicación -Si la afirmación de Iván es cierta dimitiré de mi cargo-. Apretaba fuerte ambos puños y sus ojos parpadeaban frenéticamente en código Morse con tal ira que bajando las escaleras, intentando aparentar control, tropezó con el peldaño cayendo en los brazos del policía municipal que custodiaba la entrada de acceso al hemiciclo y con una mano en la barandilla, recuperando el equilibrio, al alzar la vista, vio asomarse a la escalera a los políticos, los reporteros, y parte del público asistente a la sesión extraordinaria. Apretó sus su mandíbula, frunció el ceño, y se marchó sin agradecerle el gesto al policía que soportó su pesado cuerpo en un acto reflejo que lo salvó de romperse un brazo o una pierna.

Diez días más tarde, un sábado en la mañana a primera hora con la mayor discreción del mundo, bajo una suave lluvia, pagó y cayó.

Conocedor del hecho, Iván tenía suficiente con saber que era un hombre sin palabra, sin identidad propia, un ser capaz de cualquier cosa con tal de obtener una victoria. Podía haber encabezado una campaña que exigiera su dimisión por falta de praxis política fruto del incumplimiento de su propia palabra pronunciada en un órgano de gobierno como es el pleno, pero Iván, tenía bastante con haber lanzado un aviso claro “Si quieres pelear pelearemos… tú mismo ¡ándate con cuidadito a partir de ya!” y se lo repitió en la barbería a la que acudía cada martes al mediodía. Podía haberse levantado de la butaca y propinarle ese deseado puñetazo a Iván, quien buscaba eso precisamente ante testigos, antes de visitar el hospital a por el parte médico y la comisaría para formalizar la denuncia como último paso habiendo cruzado la línea.

Pero lejos de enterrar su hacha de guerra, quedaba una ficha por mover, y fijó su mirada de halcón hacia el partido mayoritario en la oposición, los cuales habían utilizado un método poco ortodoxo para financiar su partido del cual tuvo conocimiento la tarde que presidió la mesa en la Fiesta de los reconocimientos al Civismo cuando sin darse cuenta, el empleado de una gran superficie alimenticia desveló los pormenores contables de su firma a continuación que a su madre le entregaran una placa conmemorativa por su contribución al municipio.

Aquella noche Iván no durmió. A  las tres y diecinueve le hizo el amor a Susana mientras dormía agitándose en el sueño como poseída por un duende travieso, ojos cerrados, gimiendo sin bostezar satisfecha -… soy tuya, haz conmigo lo que quieras cuando quieras y las veces que quieras… no tienes que pedirme permiso-.

Luego se levantó de la cama y fue a la amplia cocina a por un vaso de agua “Demasiado grave para ser verdad”.

Se trataba de un testimonio que no podía utilizar. Si lo utilizaba, si lo obligaba a testificar representaría la perdida de su puesto de trabajo. Tenía difícil demostrar la barbaridad.

Iván deambulaba de arriba abajo en medio de la noche. Se asomó a la habitación de Ágata. Descansaba con el aura de un ángel envolviéndola cariñosamente, ¿o era el efecto de su mirar?

“Todo hombre público en el ejercicio de su función, al conocer una irregularidad debe denunciarla y perseguirla hasta corregirla”.

Subió a lo más alto de La Mimosa y abrió el balcón de su despacho. Trepó hasta colocarse encima del tejado para sentarse en el borde buscando un mejor ángulo y contempló el amanecer de colores turquesas y plateados.

Se había cometido un importante fraude con el pueblo de Bosnia y con el municipio. Si no destapaba el asunto se convertía en cómplice. Despuntó el sol afilado.

Si Iván callaba y consentía, lo encubría, y esta presión diaria le remordería la conciencia.

Fue a ver extraoficialmente al partido mayoritario en la oposición para intentar arreglar el asunto en privado pero inmediatamente negaron las acusaciones y se hicieron los ofendidos.

Y aquél rumor se convirtió en un hecho consolidado cuando al repasar toda la documentación encontró algo que no cuadraba, y salió en carrera a visitar al interventor. Se había entregado directamente el cheque de la recaudación de las aportaciones económicas que los ciudadanos del pueblo habían realizado para los afectados de Sarajevo, en vez de hacerlo directamente a la empresa que mandaba los alimentos a Bosnia, al cabeza de lista de aquél partido, el mismo que intentó disuadirle de penetrar en el mundo político. Entonces Iván no pudo retenerse y convocó a todos los medios de comunicación para destapar el escándalo.

En el curso del trayecto desde la caja del Ayuntamiento a la gran superficie comercial, se perdió un millón de pesetas. Iván había deducido como había ocurrido y así lo explicó “Al descubrir el recibo del cheque que había firmado el organizador de la campaña que tuvo tan gran acogida porque el nuestro, es un pueblo solidario, comprobé que había sido emitido al portador. No entendía por qué. Empecé a darle vueltas al asunto hasta que comprendí porque no era nominal, ni se había entregado directamente a la entidad alimenticia encargada de hacer llegar los productos al convoy” hizo una pausa para que pudieran terminar sus notas y continuó mientras los periodistas de los medios audiovisuales esperaban impacientes la noticia pues Iván, no les citaba sino se trataba de algo importante “Se había pactado la compra en nombre del Ayuntamiento como representante del pueblo a precio de coste, sin embargo, los números que entregaron a la comisión compuesta por organizaciones asociaciones y entidades del municipio que colaboraron era sobre la base del precio de venta al público. Después de hacer la relación de los porcentajes de los precios y el peso de los camiones no tengo ninguna duda cuando además, he solicitado a la dirección de la compañía mercantil consultar sus anotaciones contables y se me niega la información con excusas tontas. El grupo mayoritario en la oposición se ha aprovechado de la buena fe de la gente y de los más necesitados para financiar cenas, desplazamientos o material de propaganda. ¡Es una vergüenza!”.

Y las cámaras se prepararon para cuando entró media hora más tarde el organizador de la campaña al que Iván había acribillado y al que había citado en la sala de conferencias con una excusa institucional para que pudiera defenderse de la acusación que fruto de la investigación efectuada lo señalaba como beneficiario del fraude.

Estaban cara a cara con testigos gráficos que registraban el encuentro. Todavía tenía la oportunidad de salvaguardar su buen nombre y la reputación de su partido.

Jamás pudo celebrarse ningún juicio porque la gran superficie se negó en rotundo a facilitar albaranes y tarifas de precios que hubieran delatado su evidente complicidad, pero la negativa misma ya era suficiente para condenarles.

La afluencia de público a sus instalaciones bajó en picado, reduciéndose a una cuarta parte. Iván se había arriesgado mucho pero en esta ocasión el pueblo le dio soporte boicoteando a la empresa. Y la solvencia de Iván creció tanto como disminuyó el prestigio del partido afectado. Por primera vez la balanza se decantó de un lado a otro a favor de Iván. Y aquél hombre sin escrúpulos tenía los días contados. El hecho no se olvidaría fácilmente y su partido, sin duda sufriría las consecuencias en las próximas elecciones porque el acto aquejaba a muchos. Fue tremendamente doloroso. La población se lo cobraría en las urnas.

Finalizó el tercer round y a continuación, Iván descansó.

                            *                  *                  *                  *

Hacía un año largo que había iniciado su labor al frente de los objetores de conciencia, y tanto papeleo, daba demasiado trabajo al primer teniente de alcalde de cara redonda y pequeños ojos muy juntos.

Al recibir el decreto de su asignación, Iván se encontró con un departamento vacío e inexistente. El Ministerio de Justicia había asignado cuatro plazas, pero tan sólo una era operativa. Iván se extrañó. Y se puso manos a la obra.

Se entrevistó con la delegada territorial en Cataluña para conocer el procedimiento, y encontró una fórmula para matar dos pájaros de un tiro. Por un lado, sabía lo incómodo que resulta la obligación de cumplir con la patria al romper la dinámica personal y profesional en un paréntesis forzado al que… “Una acción un acierto de doble beneficio!”. Los jóvenes lo temen… Iván mismo prefirió adelantar su prestación para saltar cuanto antes el obstáculo. Por el otro lado, había detectado necesidades imperiosas que debían cubrirse de algún modo. Así es como Iván desempolvó el sistema del “mutuo acuerdo”, algo que no se utilizaba en el municipio aunque se contemplaba en la ley.

Con su nombramiento en el cajón, solicitó la ampliación de plazas oficiales hasta diecisiete, justificando el destino de los puestos a cubrir para asegurarse la concesión inmediata. Tuvo mucho cuidado de no enfrentarse con los sindicatos a la hora de diseñar las funciones a desempeñar por los jóvenes, pues no podían ocupar dependencias municipales, ningún lugar de trabajo que ocupara o pudiera ocupar un empleado. Debían ser tareas no remunerables. Puestos donde no estaba prevista la contratación laboral. El paro era creciente en la localidad. No se podía utilizar ese tipo de personal complementario para cubrir plazas existentes con salario.

Los objetores, cuando su expediente de incorporación era reclamado por una institución, a menudo perdían su trabajo. Al volver después de un año su plaza en la empresa estaba cubierta por otra persona. Pero adelantándose a ese llamamiento oficial, Iván encontró la manera de contentarles a todos.

Comenzó a dirigirse a los jóvenes que debían cumplir con el servicio militar y les invitaba a realizar tareas sociales de manera que pudieran compaginarlas con su trabajo, ya fuera por las tardes en la mañana o durante los fines de semana evitando despedirse de su empleo. Analizaba sus aptitudes y los colocaba, siempre con su consentimiento, en el lugar más idóneo. Y comenzó a abastecer a los nuevos servicios mediante unas personas agradecidas y entregadas.

Desde que comenzó su labor, Iván había proporcionado conductores para las ambulancias de la Cruz Roja; personas responsables que mantenían las puertas de las bibliotecas de los institutos abiertas a todas horas al tiempo que investigaban y terminaban su tesis; a los que les gustaban los niños, los envió al jardín de infancia municipal para que jugaran y se divirtieran con ellos; a los más calmados y pacientes, los instaló en los colegios para que ayudasen durante el tiempo de la comida y el recreo; a los que tenían tacto y delicadeza y calidad humana les sugirió que colaboraran en el hospital geriátrico con las enfermeras para distraer con largos paseos lecturas y trabajos manuales a los ancianos del pueblo en sus últimos días. Abrió un servicio de atención domiciliaria para ayudar en las tareas de casa a gente mayor, a personas con problemas emocionales que se encontraban solas y a otras con discapacidades a quienes realizaban la compra y en mayor grado procuraban compañía. Los fontaneros y electricistas se incorporaban a la brigada de mantenimiento que restauraba los locales sociales de los distintos barrios del municipio. Pintores albañiles y carpinteros, bajo la tutela de un profesional del Ayuntamiento, enseñaron el oficio a muchos adolescentes sin recursos y a los jóvenes desempleados desde el Aula Taller. Dotó de personal adicional a un gran número de dependencias municipales con la creación de nuevos servicios de marcado beneficio social. Con una destreza admirable, coordinaba tan valioso capital humano compaginando sus horarios laborales con esa aportación desinteresada al pueblo que les enriquecía el corazón sin que por ello tuvieran que perder su trabajo. Hasta los empresarios se alegraron de la fórmula empleada por Iván.

Para los jóvenes del municipio, se trataba de una situación cómoda que les permitía conservar su puesto laboral aunque tuvieran que reducir su jornada y los ingresos.

El Ayuntamiento había ganado un personal adicional que no solamente complementaba ciertas deficiencias sino que mejoraba un gran número de tareas arrinconadas por falta de tiempo.

Los objetores de conciencia descargaban de un trabajo menor que antes se acumulaba y se quedaba sin hacer, y así, el personal titular de la plantilla municipal pudo concentrarse en tareas mayores.

Y el pueblo, su protegido por entero, ganó en la calidad de los servicios beneficiándose de muchos otros inexistentes hasta la fecha.

El departamento se consolidó. Iván lo había dotado de forma, cuerpo, y un espíritu solidario.

Y después de un año de funcionamiento, Iván disponía de una brigada de trabajo que superaba el centenar de jóvenes comprometidos, ¿el truco?

Aceptaba ingresos voluntarios que pactaba con unos y otros de manera de cubrir todas las necesidades confeccionando un certificado de asistencia por parte del Objetor, y cuando eran reclamados oficialmente para su incorporación, los liberaba de su obligación de incorporarse por “servicios cumplidos”. Adelantarse al llamamiento oficial permitía que el número de Objetores no tuviera tope.

El programa de la Prestación Substitutória marchaba por el buen camino y en un horario flexible que Iván había administrado hábilmente.

Esa inofensiva “trampa” la sabían los interesados, sus familiares, y todos los beneficiados. Era algo que, con el tiempo, como todo, llegaría a saberse y quizás valorarse “Y se criticará con seguridad por parte de la oposición por vulnerar los cauces normativos tramitando al margen de la ley cometiendo un fraude sensible de represalia y pertinente sanción al no ser diecisiete… sino cien plazas las tramitadas” porque el mutuo acuerdo permitió cuadriplicar las plazas que oficialmente estaban asignadas. Pero Iván era atrevido y audaz y sobre todo, por largos años a sus espaldas sin el lastre del miedo, defendía cualquier causa que no dañara a nadie de manera intencionada… “Al margen de los papeles y algunas normativas absurdas elaboradas por burócratas que tienen necesidad de justificar ciertos puestos”.

Nadie le felicitó jamás pero Iván no lo necesitaba. Prefería el sigilo. No lo hacía para colgarse medallas en la solapa. Se sentía agradablemente útil y con eso estaba más que satisfecho. El beneficio social compensaba su esfuerzo y su riesgo. No había más magia que esa.

Iván había realizado por cuenta del Ayuntamiento un curso sobre “la gestión de una área en el Ayuntamiento” y eso le fue de gran ayuda. Más tarde asistió a un curso sobre “la atención al ciudadano” y como la figura del Defensor del Ciudadano que había creado parecía no implantarse bien en el contexto político, decidió darle la vuelta a la tortilla.

No atendía a todas las visitas que su capacidad de trabajo ofrecía, principalmente, porque una gran parte del pueblo confundida por sus atribuciones no querían dirigirse directamente a Iván.

El día que estrenó los zapatos que Susana y Ágata habían elegido con amor para él, le alegraban las orejas diciéndole -He venido a verle porque me lo han recomendado. Me han dicho que si un problema parece no tener solución…  se lo plantee a usted-.

Iván solía sentarse junto al visitante en vez de hacerlo detrás de la  mesa como es lo normal. Esto agradaba a su interlocutor, quién repentinamente se sentía más cómodo. Iván no podía conversar con alguien si un elemento los dividía. Doblaba la pierna y escuchaba apoyando el codo en el antebrazo del sillón llevando sus dedos a la barbilla. Era un hombre cercano a la gente y, gratamente, poco a poco, el pueblo cedía.

Varios ciudadanos lo descubrían no sin extrañarse del por qué de tanta prensa negativa contra semejante individuo cuando los acompañaba hasta la puerta y los despedía con amabilidad.

Iván se preguntó si era él o el partido al que había representado el elemento distorsionador de su gestión. Y decidido a solventar su duda orquestó la idea.

Como no disponía de una infraestructura específica ni de los medios técnicos adecuados, creó la Oficina de Atención al Ciudadano dotándola de capital humano complementario, padres y madres de Objetores de elevada talla moral para que hicieran de imán. Habló con ellos de la posibilidad de ayudar.

Aprovechó una aula cerrada que no se utilizaba para montar allí la nueva área donde comenzaron las primeras tareas administrativas. Pronto hubo un incremento sustancial de solicitudes y demandas. Se multiplicaron las sugerencias de los ciudadanos que se encontraban más cómodos tratando con una señorita guapa o un atento Objetor con zapatillas deportivas que con un político que en ocasiones intimidaba.

Y las colaboraciones de aquellas personas conocidas en el pueblo hicieron las veces de polo de atracción. El servicio funcionó con calidad y eficacia. Iván lo coordinaba desde atrás. Dirigía los movimientos, dotándolos de un sin fin de ventajas pero solamente aparecía cuando el conflicto era entre dos partes. Entonces tutelaba un acuerdo amistoso en busca de una convivencia armoniosa entre todos los miembros de la comunidad.

La oficina de Atención al Ciudadano fue otro éxito.

Mireia había felicitado a Iván por su gestión al frente de los Objetores y remarcó el hecho que habilitar aquellas dependencias inoperantes y reciclar un personal válido fue otro acierto del que la prensa no se estaba haciendo eco “Que un perro muerda a un hombre no es noticia pero si por el contrario es el hombre el que muerde al perro eso se convierte en titular de primera plana” le comentó señalando que su actividad no era relevante para los medios de comunicación.

“Suele buscarse el impacto, jamás trasladar información interesante porque según ellos no interesa”. Precisamente por eso Iván era tan desconocido y tan popular al mismo tiempo, porque las cosas buenas las ignoraban. No interesaban a los medios de comunicación que sólo perseguían el escándalo y la polémica, el conflicto encendido y el titular que vende.

Iván no cesaba de formarse e informarse. La carencia en su juventud de unos sólidos estudios aumentaban su deseo de saber cada día más, como queriendo recuperar lo perdido. Escogía los temas basándose en su utilidad e inmediata puesta en práctica y el curso “estrategias para el desarrollo de la participación ciudadana” fue para Iván todo un hallazgo. Tanto le gustó, que cuando en la Diputación de Gerona celebraron un seminario sobre “nuevas estrategias para el desarrollo de la administración local” él se sentó en la primera fila.

Le siguió otro: “la negociación y la gestión de los conflictos municipales”. Iván tenía acceso ilimitado porque su socio de gobierno el alcalde era a su vez el presidente de la institución y por esta razón tenía una alfombra roja desde la puerta hasta el diván.

Aquellas jornadas de trabajo fuera del Ayuntamiento y lejos de su municipio le permitían además de viajar, conocer a gente que no lo señalaba con el dedo y que lo trataban como a cualquier otra persona saboreando sus conocimientos, su punto de vista y su empatía que decoraba con una linda sonrisa.

Desligado completamente del que fue su partido, tuvo mucho tiempo para asistir a talleres de trabajo que se celebraron en Cádiz, Segovia, Sevilla. Pero aquello no distrajo su atención de la responsabilidad de tratar correctamente los asuntos de la Oficina, de su adecuado estudio y la resolución final del expediente. Mecanizó tan perfectamente el área que con un par de días a la semana había suficiente.

Las simpáticas funcionarias eran muy competentes, se las podía dejar solas. No amplió la plantilla del Ayuntamiento ni consumió partida presupuestaria para acondicionar ese espacio vacío que nadie utilizaba aprovechando viejo mobiliario y unos equipos informáticos sencillos que habían quedado desfasados para ocupar las instalaciones centrales. De su propio despacho trajo una sofisticada fotocopiadora porque tampoco la utilizaba. Sabía como aprovechar los recursos disponibles.

Con aquella jugada magistral dio expansión a su función como defensor del ciudadano y con ella consiguió acercar un poco más la administración pública al pueblo que en vano llamaba al Ayuntamiento la Casa de Todos.

Humanizó la tradicional frialdad que predomina en estas instituciones. Trató a todos por igual. Y no fue extraño encontrar allí a militantes de la coalición catalana que con desaprobación le reconocían -Te vengo a ver a ti porque los míos no me hacen caso-.

Y, lentamente Iván comenzaba a ser aceptado por su entorno. El medio reacio al principio parecía que por fin lo acogía. Pero él estaba concentrado en dar soluciones en el hoy sin buscar el futuro voto.

Atendía incluso algún sábado a las personas de segunda residencia o a los extranjeros afincados en el municipio. Aunque no estuvieran empadronados, también eran personas que merecían su dedicación. Y la atención era directa, y tanto les había gustado a los Objetores que sus padres se integraran que ellos mismos una vez finalizada su prestación seguían vinculados a la oficina que había creado Iván.

Pronto añadió nuevas competencias incrementando el abanico de posibilidades para enfrentar situaciones más y más atípicas, algunas del todo inverosímiles. Y el “buzón de sugerencias” comenzó a funcionar con cierta asiduidad.

Los ciudadanos se atrevieron a redactar quejas contra la administración. Cada vez eran más las personas que se atrevían a depositar sus opiniones en un sobre cerrado a menudo anónimo.

Y no por ello dejaba Iván de trasladarlas a la comisión semanal de gobierno o al pleno mensual.

La línea abierta las veinticuatro horas “el ciudadano pregunta” tenía una actividad nada despreciable hasta que tuvo que reforzarla con varios Objetores porque en ciertas franjas horarias se colapsaba.

Desde aquél punto operativo salieron campañas cívicas y actuaciones concretas para sensibilizar a la población, no tan sólo de su municipio sino de la provincia entera. Su Ayuntamiento seguía marcando el ritmo innovador más dinámico de los últimos tiempos.

La puesta en marcha de la Oficina favorecía el desarrollo en dirección al progreso y el bienestar de las personas. Iván se  sentía satisfecho y orgulloso por su trabajo. Susana también. Y Ágata, percibía las sensaciones agradables que lo embriagaban cada vez que oía cerrarse la puerta y un “Ya estoy aquíííí… “ mientras se calzaba sus zapatillas y se ponía el chándal para revolcarse con ella por el suelo después de haberla sorprendido escondida entre las patas de la mesa del lujoso salón.

Iván continuaba con su instrucción. Y así fue como le invitaron en calidad de ponente a las “jornadas de organización de la administración local” para que aportara con su testimonio experiencias y prácticos ejemplos de métodos de trabajo institucional a los que había sazonado con criterios empresariales.

Y volvieron a solicitar su participación en las “jornadas sobre nuevas tecnologías en la administración local” sin embargo, declinó este ofrecimiento “Todavía tengo mucho que aprender. Aún no estoy en disposición de sentarme en la mesa, además, no soy muy amigo de las máquinas… ¡me peleo con ellas! Lo mío son las personas y la relación directa” y acto seguido se retiró del circuito de conferencias antes de empezar lo que podía haber sido una solución al problema que se gestaba en su interior y que explotaría cuando hubiera tocado todas las teclas.

Propició la “fiesta de la gente mayor” como un homenaje a la vejez y a las personas de avanzada edad que por la calidad de vida de la Costa Brava era muy elevada, sobretodo entre las mujeres. En tres años, habían entregado nueve diplomas a ancianas que cumplían cien años. A ningún hombre pudo felicitar Iván.

Tal iniciativa lo llevó a visitar asiduamente el viejo asilo del municipio y descubrir la penosa situación de deterioro en la que se encontraba y cuando fue entrevistado al instaurar el acto festivo, tras sus declaraciones dijo “El afecto y el respeto hacia nuestros mayores, no debe ser cosa de un solo día. Esta es una fiesta de todos y para todos, porque ¿quién es el que algún día no será mayor?” y en la inauguración de la primera celebración se comprometió ante la audiencia a promover una aportación económica del Ayuntamiento destinada a realizar obras urgentes de acondicionamiento de ese emblemático edificio con casi dos siglos de antigüedad.

Administraba con prudencia las partidas económicas correspondientes a sus áreas, pero ante casos de interés general, Iván era muy generoso sabedor que administraba un dinero que no le pertenecía a él, sino a todo un pueblo.

Su trabajo era mucho más tranquilo ahora, era positivo y beneficioso para el conjunto del municipio y el pueblo: su indiscutible “protegido”.

Además de sus quehaceres habituales propios de sus responsabilidades de gobierno, no olvidaba imponer su criterio en las reuniones y cuestiones como la planificación del asfalto, las cloacas y el alumbrado progresivo de las calles, así como la promoción de la construcción de viviendas de protección oficial con facilidades para la gente sin recursos y ventajas para la juventud, todas estas cuestiones no le eran ajenas a Iván.

Tenía un especial interés en fomentar la limpieza de las zonas forestales en previsión de posibles incendios y puso un grupo de Objetores voluntarios a trabajar todos los fines de semana. Instrumentalizó otro equipo para mejorar el aspecto de las playas y orientar a los turistas sobre las bondades del magnífico lugar. El año anterior, además de impulsar la instalación de un mayor número de duchas, había insistido en la necesidad de construir una nueva enfermería equipándola con lo necesario. Jamás sabría como esa iniciativa salvaría la vida a una niña que atendida sobrevivió.

Iván estaba encima de las cosas y no se le escapaba un solo detalle. Pero trabajaba hacia delante sin mirar atrás para vanagloriarse de los triunfos.

Se comprometía a hacer nuevas cosas y las hacía. Tenía palabra. Identidad. Credibilidad creciente. Las empezaba y lo más importante en política: terminaba todas las cosas. Pero surgiría un hecho impensable que daría al traste con su futuro.

Cuando todo iba perfectamente la cosa se torció y, nuevamente en la mano de Iván estarían los acontecimientos.

Podía mirar hacia otro lado, ponerse enfermo o irse de vacaciones, cualquier cosa menos poner en peligro su estabilidad y el sustento de su familia pero él era así, un hombre práctico y consecuente menos cuando le salía la vena idealista.

Iván se sentía un hombre responsable, entregado a su pueblo, y aunque el municipio no lo apreciase… se trataba de un simple anécdota para Iván que el tiempo se encargaría de subsanar como ya venía sucediendo en los últimos meses de gestión municipal.

                            *                  *                  *                  *

En política, lo que no pasa jamás puede pasar de golpe y porrazo. Hay hechos que no avisan, y habitualmente son los que tienen las repercusiones más graves.

En un mundo en permanente cambio sería una ingenuidad no reconocer que casi todo es de un color distinto cada cinco minutos, y, dependiendo de quién mire y de cómo lo explique.

Hay cosas que están escritas más allá de la verdad porque el hombre que afirma que no hay un solo destino, puede escribir su propio Destino y percibiendo Iván que al hombre le crecía la nariz, recuperó sus manifestaciones ante la opinión pública que recogieron los medios de comunicación cuando se oficializó el pacto de legislatura “La gobernabilidad queda asegurada por todo el mandato de cuatro años. A menos que las cosas se tuerzan perjudicando al pueblo, mantendré esta unión, pero, repito… si sucediera algo grave, no esquivaré el conflicto”. Y si los políticos tienen la costumbre de olvidar la palabra dada, Iván… ¡no! Tal vez por eso las rememoró dos días antes del pleno sabiendo que se insistía en el asunto que tenía al pueblo revolucionado. Jamás se contradecía en sus declaraciones aún habiendo pasado tres largos e intensos años porque sus palabras eran una proyección fiel de sus principios y valores.

En el pleno del Ayuntamiento todo parecía desarrollarse como de costumbre, con el voto de Iván que decantaba la balanza hacia el lado del equipo de gobierno. La coalición catalana ejercía una dictadura encubierta por el peso de la mayoría absoluta, por esto el alcalde aceptaba las Mociones a debate, incluso las que eran en contra de su propia gestión de manera mecánica sin inmutarse. Pero ese día en concreto, atacaban a su mano derecha que era objeto de múltiples críticas por la deficiente actuación en la supervisión del servicio de recogida de basuras. Su manifiesta negligencia costó al pueblo un sobreprecio de varios millones de pesetas. El hecho afectaba directamente a los bolsillos de los ciudadanos del municipio a los cuales representaba Iván.

Iván se debía a nadie más que a los ciudadanos, y por eso en el momento de la votación de ese delicado punto del orden del día pidió cinco minutos de reflexión. Necesitaba serenar su decisión. ¿Por qué? ¡Había prendido la mecha!

Consagrado aventurero capaz de forjar la historia, nuevamente iba a marcar un gol al tomarlos a todos fuera de juego totalmente desprevenidos.

A los ojos de la gente, Iván traicionaba a la coalición catalana si pretendía votar en contra de un miembro del propio gobierno.

¿Estaba cavando su propia fosa?… en verdad se encontraba en un callejón sin salida y se paró en seco.

¿Tendría los días contados si…?

Hacía casi un año que el primer teniente de alcalde parecía que se le juntaban cada día más los ojos a la nariz. Tenía problemas pero Iván le cubría la espalda una y otra vez, pues con su voto a favor de los grupos políticos en la oposición, podía en cualquier instante permitir su destitución, pero hasta la fecha no se trataba sino de temas banales que formaban parte de la discrepancia política.

En las cuestiones más importantes, Iván había respaldado al gobierno y ahora no pretendía ayudar a la oposición a destronar a un miembro del gobierno, simplemente quería hacer aquello que consideraba correcto y, antes de proceder… necesitaba reflexionar.

Empezaron los nerviosismos. Tanto gobierno como oposición se preguntaban qué pasaba. Unos acostumbrados a ganar y los otros a perder.. eran las nueve y treinta de la noche.

Ambos bandos políticos persiguieron a Iván por los pasillos cuando abandonó la sala. Se marchó sin apreciar la euforia que se desató en el público. El primer teniente de alcalde no se había distinguido precisamente por una actuación brillante, ni le era simpático a mucha gente, y en el rumor de la sala se apreciaba el reclamo -Queremos su cabeza-.

Iván podía haber evitado volver al pleno con la excusa de un repentino dolor de estómago que lo indisponía. Estas tretas son bastante comunes entre los políticos pero él era un político poco común, un ser extraño y singular ajeno a la tradición.

El alcalde le increpó advirtiéndole que no le dejara colgado en tales circunstancias. Iván podía haberse aprovechado de su posición en aquellos cinco minutos que se convirtieron en diez, y en seguida en veinte. Era el hombre más poderoso del municipio de Palafrugell y podía haber pedido cualquier cosa. El mundo era suyo. Pero no se cegó ni se dejó llevar por lo que consideraba absurdo. No era un ser egoísta.  Por encima de todo tenía elevados ideales y buen corazón.

¿Esta vez era solo hastío? ¿Se habían terminado los retos y la emoción? ¿Había tocado techo? ¿Por qué ese golpe de timón?

Una vez más, Iván estaba dispuesto a lanzarlo todo por la borda. Todo tenía Iván, incluso lo más valioso: tiempo para pasar con sus dos hadas, ¿por qué ponerlo en peligro? ¿Valían más sus principios que la estabilidad? ¿Estaba decidido a apartarse de la política?

Prudente, se reunió en la sala de juntas con el bloque de las fuerzas políticas en la oposición para posicionarse. Dijo “Las pruebas son irrefutables y el primer teniente de alcalde precisa una reprobación pública pero reclamáis su destitución, y él no va a dimitir por las buenas. Si propicio un voto favorable y la propuesta prospera ejecuto mi sentencia de muerte porque la represalia contra mi será automática. Pero solo con los votos de la coalición es insuficiente… pregunto, ¿vais a manteneros firmes? ¿Me cubriréis la espalda si procedo como un hombre justo?”.

La respuesta que escuchó por parte del conglomerado de las tres fuerzas en la oposición compuestas por los socialista los republicanos y el partido local  fue de un rotundo sí  –Te cubriremos las espaldas-. Iván fijó su mirada concretamente en el portavoz de los republicanos durante unos segundos. Las tres fuerzas le tenían muchas ganas a aquél individuo que actuó con demasiada prepotencia frente a ellos con su mirada oblicua y su nariz larga con el transcurrir de los años y por fin lo tenían pillado con un asunto muy grave.

Al entrar en el hemiciclo donde se celebraba el pleno, Iván susurró al oído del alcalde antes de sentarse en su sitio “Aceptaré cualquier tipo de represalia” y cuando el fedatario público abrió la votación, el brazo de Iván se levantó como una sentencia condenatoria para el teniente de alcalde.

Las reacciones no se hicieron esperar. Iván había prendido fuego al Ayuntamiento. Había realizado lo irrealizable. Demostró claramente a los que le habían acusado de constituir un pacto puramente mercantil que no era “un concejal comprado”. Él no era un invitado de piedra al gobierno local. Ahora no había ninguna duda. Continuaba marcando el ritmo de los acontecimientos. Se había manifestado obligando al alcalde a remodelar el gobierno al haber apoyado la Moción de Censura contra su máximo apoderado.

Iván visitó al primer teniente de alcalde en su domicilio particular el domingo por la mañana para decirle “Tan sólo puede traicionarse a los amigos. Tú eres un político. Has sido un compañero de trabajo; buena persona, pero la camisa te venía grande, acéptalo. He actuado contra el cargo, no contra ti a nivel particular… ¿lo sabes?”. Y continuó sin esperar respuesta “He querido ser honesto frente al pueblo y valiente a nivel político”.

Aquél hombre de ojos muy juntos y cara redonda, lejos de propinarle un empujón que lo echara fuera de la casa lo invitó a pasar y sentarse y se abrió a Iván.

No lamentaba su actuación –Lamento la actuación de mis compañeros de la coalición-. No le guardaba rencor a Iván, porque a nivel personal siempre hubo entre ambos una buena armonía y un trato afable. Agradecía que se ocupara de los Objetores y lo felicitó añadiendo que no lo había realizado antes porque la consigna del partido fue que el triunfo del área pasara desapercibido -El alcalde me lo rogó-.

Con quién estaba dolido era con el propio alcalde amigo de infancia y con su mismo partido. Le reconoció su coraje y ensalzó la acción responsable de Iván en favor de la salud democrática.

El alcalde había desautorizado en ocasiones la gestión de su apoderado y amigo y ello contribuyó a que lenta pero inexorablemente los miembros del propio equipo de gobierno le fueran dando la espalda.

Ese hombre sufría desde hacía meses la perdida de confianza de buena parte de sus compañeros.

Iván se había mantenido al margen porque entendía que era un tema interno de la coalición. Pero fue tomando volumen y creció como la espuma  hasta que se le escapó de las manos y cuando sucedió Iván quiso saber qué se ocultaba detrás, y se escandalizó. Iván intervino en la reunión celebrada en el local de la coalición invitado por un alto dirigente del partido en fugaz visita detectando la evidente división en el seno del gobierno local sorprendido porque tres miembros del grupo avanzaban que votarían a favor de la destitución. Y cuando a la salida del local, cruzando la plaza mayor analizó las coacciones a las que fueron sometidos instándoles a acatar la disciplina y el voto del partido, entendió que debía constituirse en su conciencia llevando a cabo lo que ellos no podían porque ¡los sabotearon!

Iván no sabía hasta que punto llegaron a amenazarlos, incluso con la posibilidad de perder sus puestos de trabajo. Ellos no eran como Iván. Y cedieron. Y cuando se votó en el pleno del Ayuntamiento…

Más que nunca pudo demostrar Iván qué quería decir exactamente cuando se le recriminaba que no se puede ser juez y parte al mismo tiempo en relación a la figura del Defensor del Ciudadano. No se le juzgaba a él como individuo, sino a la administración y a sus instrumentos y no era Iván el juez, puesto que la sentencia provenía del alcalde. Él era solamente un observador imparcial, un intermediario entre el pueblo y el Ayuntamiento, pero la gente no lo entendió.

Pero si querían, ahora tenían la oportunidad de comprobar qué había querido decir y cuál era su mensaje.

Iván hizo de mediador entre los intereses generales de la población, el gobierno, y la oposición que fiscalizaba su gestión y se preocupó solamente de hacer justicia.

Sabía que podía perderlo todo pero prefirió dormir tranquilo a sostenerse en el garantizado sustento que amordaza el alma.

Iván desautorizó con su voto el trabajo que realizó el primer teniente de alcalde, pero jamás descalificó su persona.

Insólitamente fue a Iván a quién tildaron de poca talla política y es que ciertas cosas en caliente no pueden analizarse con sentido común, y el Ayuntamiento, el municipio entero estaba en llamas.

Cuando se estudiara su comportamiento en la retrospectiva del tiempo, Iván sabía que terminarían dándole la razón. “Tiempo al tiempo” susurró mientras alzaba la cabeza y se bebía los rayos del sol hinchando su pecho para llenarlo de aire nuevo y, lentamente levantó el pie para posarlo con firmeza en el suelo antes de imprimir ritmo a su caminar directo a su deportivo dejando atrás la casa del primer teniente de alcalde.

Se conformaba con ser un visionario incomprendido al que llamaban temerario cuando Iván simplemente tenía coraje político.

El hecho había constituido una oportunidad para que la ciudadanía volviera a tomar buena nota de lo que se ocultaba detrás de la leyenda de Iván. Episodios como ese tenían valores para sumar y restar datos de peso a la hora de una nueva convocatoria electoral.

Le había dicho al teniente de alcalde como despedida “Herir a los demás gratuitamente no es mi estilo. Tenía que ser fiel a mí mismo y votar tal y como voté, ¿lo entiendes?”. Y casi le dio las gracias a Iván por provocar el desenlace. Aquellos tres apretados años de gobierno le habían desgastado anímica y psicológicamente y estaba muy cansado. Detalló justo después de que llegaran sus hijos -Yo mismo no sabía bien como salirme Iván, estaba atrapado- y se levantó para estrecharle la mano antes que se marchara. No le había ofrecido un café pero que importaba. La conversación había sido interesante y los dos se sentían mucho mejor después de intercambiar opinión y afecto.

De no haber obrado Iván en consecuencia ante los hechos que se hubieran sucedido mes tras mes, quién sabe hasta qué importe maldito a cuenta del bolsillo de los ciudadanos hubiera ascendido la mala administración. Dejar que sucediera hubiera sido traicionar la palabra dada por Iván defraudando a un pueblo al que prometió defender cuando juró su cargo. Y ante un hecho tan grave que quizás era una forma más de financiación ilegal de la coalición catalana, Iván no podía quedar impasible porque tenía claro y lo confirmó en su visita “No hubo enriquecimiento personal por parte del teniente de alcalde”.

Regresaba a su hogar satisfecho de la visita para besar a sus hadas que jugaban en el jardín. Y sostuvo en sus brazos a su hija rodeado por los brazos de su esposa. Ágata sonreía y Susana los apretaba a los dos con fuerza rodeándolos con amor.

Iván había sido decisivo y contundente en su acción. Ejerció su derecho a votar con libertad e independencia, algo que le había costado proteger.

Estaba dolido con la coalición catalana porque se habían sentado cómodamente encima de la mayoría absoluta con excesiva tranquilidad y pocas ganas de hacer nada.

No hizo lo que hizo porque le habían intentado marcar el paso y cortarle el camino en repetidas ocasiones robándole el protagonismo, la luz del foco y el aplauso. Sus socios de gobierno lo habían despreciado y humillado durante tres años, pero lo que era peor, lo habían hecho tirando la piedra y escondiendo la mano pero listo desde su cuna, se había hecho el loco consintiendo porque no ambicionaba el pastel entero sino únicamente una pequeña porción. Y aunque intentaron reducírsela día a día, Iván no era avaricioso.

Muchas de sus actuaciones políticas, pequeñas y discretas, obedecían al respeto y la comprensión que sentía por esa proporción de ocho a uno, sin embargo, en su fuero interno le tranquilizaba comprobar como él sólo podía realizar tanto o más trabajo que todos ellos juntos, pero jamás presumió por ello.

Entonces intentó Iván un golpe de efecto. Rezaba el titular de la prensa “ultimátum de Saneil al gobierno catalán”. Había congelado el pacto de gobierno. Porque llegado el lunes, y luego el martes, el alcalde cuestionaba la democracia al no ejecutar un acuerdo del pleno que le obligaba a cesar a su primer teniente de alcalde. Intentaba que el asunto se enfriara y se olvidara aparcando el resultado de la votación, quitándole hierro al asunto, extraviando intencionadamente la documentación del acuerdo por mayoría absoluta que por primera vez no era de su color. Por esta razón Iván convocó a los medios de comunicación después del miércoles que por primera vez faltó a la comisión de gobierno para que Cataluña entera fuera testigo del comportamiento irresponsable del presidente de la Diputación de Gerona.

Defender la democracia le pareció motivo suficiente para lanzar por la borda todo cuanto representaba y tenía en ese momento. Era necesario que venciera la justicia aunque le arrastrara a él por el camino “Ya me volveré a levantar” pensó Iván convencido de escribir su destino sin quitar el dedo del renglón.

Una vez más estaba Iván en la cúspide de la ola y era el ojo del huracán.

Pero personas que respeten un “pacto entre caballeros” en política son pocas, por no decir ninguna.

Los republicanos a los cuales Iván se adelantó en la negociación para el pacto de legislatura encontraron un momento dulce y sabroso para atentar contra él, y cuando el alcalde les pidió ayuda para vengarse de Iván, ellos se regocijaron despiadadamente.

El acuerdo que suscribieron no se aguantaba ni con pinzas, sirvió para distraer la atención sobre el autentico asunto a debatir: el gobierno había tirado deliberadamente el dinero del pueblo pagando un sobreprecio, ¿dónde había ido? ¿Se trataba de una comisión? ¿Una forma ilícita de financiación del partido? ¡Pero actos aquí actos allá para exhibir el nuevo pacto distraían como la mejor cortina de humo!

Iván permaneció vigilante observando como se libraban de un tal “traidor” del cual se desembarazaban sin justificación, de manera sucia, obscena y deshonesta, pero era un hombre fuerte que ni siquiera parpadeaba.

Susana en cambio se sintió magullada. Y él le dijo con ternura “Tranquila, no te preocupes, no pasa nada” pero Susana pensaba en el colegio y la ropa de Ágata, en las facturas de la calefacción, en la comida, la hipoteca y el gimnasio, las cenas y los regalos de cumpleaños. Y viéndolo tan fresco explotó -¡No se como puedes seguir adelante!-. A lo que respondió un Iván filosófico “Ya lo dijo Leonardo Da Vinci: el que no valora la vida no la merece. A como dijera Ernesto Che Guevara… prefiero morir de pie que vivir siempre arrodillado”.

Pese a lo que pretendió la coalición catalana sintiéndose fuerte al contraer el acuerdo con los republicanos que demostraron tener “muy malas pulgas”, por muchas palabras que pronunciaran para manchar el nombre de Iván Saneil, la relación no había sido nociva para el pueblo. Tenían que continuar con el circo para que no se convirtiera Iván en lo que era: una víctima. Descaradamente insistieron en buscar excusas que justificaran su destitución pero sus argumentos no se aguantaban si no, ¿cómo comprenderse que hubieran resistido tanto tiempo con Iván a bordo?… cuando los republicanos se ofrecieron en tres ocasiones distintas y en las tres ocasiones fueron repudiados.

Ante tanto desprecio continuado creció el odio contra Iván. Y cuando únicamente para protegerse recurrieron a ellos, la fuerza más vulnerable y manipulable, los republicanos consintieron ignorando la propia dignidad, rebajándose ante la coalición catalana con el único aliciente de destrozar a Iván para vengarse por haber usurpado su lugar tres años atrás.

No hacía falta recordar a nadie que los republicanos habían votado de igual modo que lo hiciera Iván, pero como aliados de gobierno eran más controlables por su debilidad. Se abrieron como una puta que se abre de piernas a la primera ocasión que se dio al tener que pedir auxilio y se dejaron violar. Actuaron de manera indecente para alinearse con la coalición, ambos contra Iván. Aquél era el “pacto del miedo” por un lado y el “pacto de la vergüenza” por el otro, porque lejos de pensar en el bien del pueblo y exigir ciertas mejoras a cambio del soporte político, los republicanos solamente pidieron la cabeza de Iván para engrandecer su vanidad y el alcalde, se la sirvió en bandeja para que recuperaran su orgullo perdido temiendo cualquier nuevo desplante de Iván.

La fulminante destitución del hasta ahora “llave del gobierno” podía provocar la unión de todos en la oposición y al estar en minoría peligraba la carrera del alcalde y presidente de la Diputación. ¡Necesitó un escudo! Y los republicanos se convirtieron en una simple compañía decorativa.

Iván forzó el cumplimiento del acuerdo del pleno para que el alcalde firmara el decreto; decreto que firmó, pero en su  contra sin justificación alguna sino era la mera represalia.

El equipo de gobierno respaldado con la nueva mayoría absoluta no consentía ese derechazo que casi consigue dejarlos kao. Y la herida permanecía abierta. Que un hombre sólo hubiera podido con todos ellos… ¡era demasiado!

No miraban a la oposición como auténticos artífices del molesto percance, miraban a Iván porque siempre era el centro de atención.

                            *                  *                  *                  *

Iván había dejado de ser virgen a nivel político.

Pagaba su novatada de confiar en la palabra de un político.

Había congelado el pacto de gobernabilidad en espera de la materialización oficial del cumplimiento de la Moción para forzar al alcalde a ejecutar el resultado de la votación, instándole a no cometer prevaricación, sin embargo, se había quedado en el congelador aguardando. Aunque por poco tiempo se quedaría relegado y apartado porque dispuestos a jugar sucio, Iván podía ser el mejor si se lo proponía.

El conjunto de las fuerzas políticas pensaron que se habían desembarazado de Iván. Estaban convencidos que se marcharía del municipio con la cola entre las piernas, triste, humillado, herido, ¿vencido?

Todavía había un cuarto round que estaba por venir donde Iván tendría la última palabra una vez más. Acostumbraba a tener la primera. Y tendría la última. Porque era un concejal al que habían arrebatado sus competencias de gobierno arrancándoselas sin motivos, cierto, pero él se consideraba un concejal todavía con responsabilidades que asumía el precio de haber obrado justamente.

Iván no quería convertirse en un concejal en la oposición sentado en el banquillo de la permanente protesta. Puestos a fiscalizar la gestión del ejecutivo, Iván podía ser terriblemente arrollador, un ciclón, por eso cuando se presentó sin previo aviso en el laboratorio de análisis clínicos del alcalde situado en la parte de arriba de la farmacia, fue recibido y atendido porque en verdad era un individuo peligroso. Podía ser el mejor amigo, pero también podía ser el peor enemigo. Muy bueno a las buenas, pero a las malas, podía ser muy malo.

Aquél veterano de la política lo había tratado en privado, conocía como las gastaba Iván -Personas como él surgen nada más cada dos o tres generaciones- se había dicho el alcalde.

La gente hacía alegremente leña del árbol caído, pero un árbol que se trocea jamás vuelve a dar fruto.

Y le llamaban cadáver político cuando en realidad era el caballo de Troya. Iván pretendía salir ileso del evento.

Meticuloso y organizado, tomó notas durante las comisiones de gobierno y fotocopió y archivó documentos comprometedores cada medianoche de los miércoles. Y en ese momento de aparente derrota le dijo al alcalde que corrió las cortinas del ventanal para que nadie pudiera verlos desde el edificio de en frente “No debiste pactar con los republicanos, te precipitaste. Sabes perfectamente que descartando el tema de la lengua catalana y una improbable independencia de Cataluña, os separan más cosas de las que os unen. Puedo desestabilizar tu gobierno si desvelo intimidades, y si me obligas a ejercer una férrea oposición lograré destruir este frágil y ridículo acuerdo porque la única moneda de cambio era yo. Tú lo sabes, pero el municipio entero también. Puedo hundirte si me lo propongo. Así que… ¡tú eliges alcalde!”.

Iván utilizó un tono firme y sereno. Calló mientras al hombre parecía habérsele comido la lengua el gato y su dubitativo aspecto se acentuó. Si el pacto de los republicanos se rompía al cabo de un par de meses, su reelección al frente de la Diputación de Gerona no llegaría. Más que jamás precisaba calma. Frente a todos, el alcalde había vencido al arruinarle la vida públicamente a Iván.

Sin embargo, como el Ave Fénix resurgirá de sus cenizas en vez de enojarse por las risitas republicanas.

Siempre se recordaría la celebración de tan singular jornada municipal que Iván convirtió en una parodia haciendo uso de sus mejores dotes de actor durante el primer pleno en las butacas de la oposición.

Montó un espectáculo tal que sonaron los teléfonos móviles de la población y en poco rato la zona de público quedó abarrotada porque el circo ya estaba abierto, ¿querían circo?

Ese jueves último de mes, interrumpieron la emisión de la televisión local para retransmitir el pleno en directo. Iván inició el debate con la siguiente afirmación “Si a mí no se me toma en serio me tomaré el pleno a broma” en alusión a unas preguntas escritas que había presentado y que por ley, debían ser contestadas al final del pleno y que sin embargo, no constaban en el orden del día y al preguntar el motivo el alcalde le respondió que no eran “pertinentes” y como toda acción implica una reacción, Iván le obsequió con toda clase de actos impertinentes a lo largo de la sesión plenaria.

Intervenía con las excusas más pueriles durante diez minutos exactos de reloj en cada uno de los asuntos a tratar, tal y como prevé el reglamento. Había veinticinco. Habitualmente la gente del pueblo desconectaba la frecuencia local para conectarse a otras cadenas pero esa noche se consiguió récord de audiencia en el municipio.

Iván se había negado a permanecer de brazos cruzados aguantando un chorro de agua fría. Era un hombre creativo y aunque el alcalde intentó ejercer su autoridad beneficiándose de su posición detrás de las normas de la administración, aparecía por los cauces más inverosímiles.

Con el único propósito de no callarse si le negaban el diálogo político, llevó hasta el extremo su objetivo de enmarañarlo todo. Y tartamudeó, cantó, arrastró las palabras como Marlon Brando hasta que mandaron cortarle el micrófono y entonces se levantó y bailó como Michael Jackson. Fue una auténtica maratón. Una odisea política más allá de lo insólito.

El redactor de un conocido periódico tuvo tiempo de ir a su delegación, confeccionar las noticias para la edición del día siguiente y después de cruzar la provincia en automóvil hasta la radio para la emisión nocturna, volver para soportar todavía dos horas más de incansables intervenciones. Iván habló más de cuatro horas. Venían los bocadillos y se colaban bebidas entre los visitantes al Reality Show.

Iván bloqueó, distorsionó, y rugió como un tigre antes y a continuación de sus aportaciones que hacia amparado en el reglamento que le permitía participar. Obligó a que la sesión se alargara más de seis horas terminando de madrugada.

Verdaderamente indomable, imposible de amaestrar, si pensaban que se trataba de un inofensivo gatito se toparon con un feroz animal con piel de jaguar. Incrédulos creyeron que podían con Iván pero no previeron su reacción.

Quizás hubiera sido mejor permitirle defenderse a nivel político en vez de intentar silenciarle asesinándole ese derecho, pero sus exsocios conocían bien su habilidad para sacarle provecho a las respuestas y convencieron al alcalde para que no aceptara las preguntas escritas alegando defecto de forma, aunque jamás imaginaron encontrarse con semejante resultado.

Cuando el siguiente sábado Iván visitó al alcalde en el laboratorio de la farmacia, persianas abajo en seguida de cerrar, nada más verlo entrar por la puerta el alcalde le preguntó -¿Qué quieres que haga?-. La coalición catalana se había reunido y, visto lo visto, a un año de las elecciones no podían permitir que otros plenos se repitieran de la misma forma porque Iván continuaría con su actuación en la que pidió sin reparos la cabeza del alcalde.

El del machetazo fue Iván, y con sobrada razón. No por gusto le llamó el alcalde lagarto… comprendiendo porque los sapos se esconden debajo de las piedras durante el día.

No consiguieron apretarle las tuercas aunque estaba acorralado. Iván miró a la tempestad y no se amilanó.

Y al final todo fue una pantomima porque no llegaron a enseñarse los dientes. Aparentemente Iván salió con la cola entre las piernas, pero solo aparentemente. Cada uno midió sus fuerzas en aquel pleno en el que no consiguieron ponerle el bozal. Ni siquiera un tirón de orejas.

Iván no era de los que bailan al son que se toca sino al son que siente.

Iván componía su propia melodía y le puso al alcalde los puntos sobres las “íes”.

El alcalde podía caer… Iván podía caer y volver a levantarse sin ahogarse en su propia sangre. ¡Alucinante!

Suma y sigue. Sálvese quien pueda.

Una vez más borrón y cuenta nueva.

¿Quién era el sapo?

Iván no se cruzó de brazos aunque se le empequeñeció el mundo. Se quedó congelado pero cumplido el antojo. Todavía apostaba por su pellejo. Carambola. Iván tenía la sartén por el mango.

Se limitó a avanzar la posibilidad de un comportamiento similar durante cada pleno hasta las elecciones solo con el afán de crear espectáculo “No dañando revelando cosas” puntualizó, y depositó un documento encima de la mesa con las peticiones apostillando “A cubrirse de inmediato” en la posdata anotó “De no cumplirse iniciaré el debate político dentro de los canales institucionales y si se me vuelves a negar alcalde… ¡ya sabes con que te vas a encontrar!”. El alcalde cedió.

En el documento, diez puntos lejos del vulgar chantaje, nada para Iván a nivel personal porque Iván era de los que no piden pan al hambre ni una manta al invierno, solo especificaba el detalle del proceso de cómo seguir desempeñando su función desde la sombra.

Y los sábados a última hora de la tarde se sucedieron los encuentros en los cuales se discutían temas de gobierno cómodamente en el mullido sofá -Te quería no a menos de cien leguas a la redonda del municipio y la diputación, pero pagaré por ver como te desenvuelves en tu nueva posición-.

Ante un enfrentamiento Iván ya no tenía nada que perder y en cambio el alcalde podía perderlo todo, prestigio, cuota de poder, y la añorada reelección en la Diputación. Así se convirtió en el intermediario de Iván o en su marioneta corriendo para contentarle con la tramitación de sus propuestas e iniciativas.

Iván descubrió el verdadero significado del poder en la sombra. Ejercía una actuación indirecta desde la oscuridad del anonimato que únicamente podía desvelar la dependienta de la farmacia o la enfermera del laboratorio, además de la esposa y los hijos del alcalde. Porque el alcalde lo invitó en dos ocasiones a su finca en la montaña.

Iván había vencido en la intimidad. En la calle, unos seguían divirtiéndose pisoteándole y otros, quienes le conocían y le habían tratado se lamentaban de su suerte exclamando que era una pena.

Y las fuerzas políticas en la oposición no entendían a que obedecía su permanente sosiego tras haber prometido fuego y sangre en una lucha a muerte, y se convencieron que Iván Saneil era un político más de los tantos que no cumplen lo que dicen, cuando Iván en toda su grandeza era todavía más atípico que su pequeña y corta mentalidad.

Iván no percibía un ingreso por el concepto de la dedicación exclusiva a su municipio, pero siguió personándose con asiduidad al Ayuntamiento ayudando a los nuevos responsables con las que fueron sus competencias, cosa que agradecían tanto funcionarios como políticos, incluso tres de sus antiguos compañeros de gobierno que admiraban tanta gallardía -Cuando votaste… te erigiste en una prolongación de nuestro reprimido deseo… fuiste el suspiro de nuestra libertad coartada-.

Ellos hubieran querido votar a favor de la destitución de su mismo compañero pero no se atrevieron y se lo dijeron en tono de lamentable excusa tomando un vino en una cantina -Sin duda fuiste nuestra conciencia- el brazo ejecutor por extensión de aquellos tres intimidados que no podían disimular el respeto que le profesaban y en sus encuentros privados, a puerta cerrada, en la penumbra reían y charlaban más que jamás con Iván. Y lo hacían como buenos amigos, jamás como políticos enfrentados, adversarios u enemigos a matar.

Durante los tres años se había cuestionado mucho desde la oposición y buena parte del pueblo qué es lo que hacía Iván todo el día en el Ayuntamiento. Lo supieron los que pasaron a ocupar sus áreas quedándose maravillados no sólo por la organización de sus papeles y el sistema ágil y dinámico que empleó en el trabajo, sino por la cantidad de cosas que desinteresadamente había realizado y de las cuales guardaba una confidencial constancia documental. Iván estaba preparando un futuro interesante. Había informes para mejorar áreas que correspondían a los miembros del equipo de gobierno más débiles. Proyectos ambiciosos para la próxima legislatura. Manuales operativos para garantizar la excelencia. Iván no se había dormido en los laureles. Había estado preparándose, estudiando e investigando toda clase de mejoras pero nadie supo absolutamente nada al respecto hasta que ocuparon su despacho, y que poco podían imaginarse que hubiera estado sembrando para recoger. Fueron tres personas las que destinaron para cubrir las competencias que acaparaba Iván. Y entonces se encontraron con todo su trabajo encubierto ¡una fortuna!

Cuando Iván se dirigía a los funcionarios se desvivían por él. Pidiera lo que pidiera le atendían con deferencia y amabilidad, como reconociéndole su esfuerzo, su noble acto, y al mismo tiempo se excusaban por no haberle entendido cuando llegó al Ayuntamiento. De ningún modo lo trataron como a los demás concejales en la oposición. Ni siquiera estaban forzados como en el caso de los miembros del gobierno. Los más próximos a Iván incluso le invitaron a cenar a sus casas con sus familias.

Los policías continuaban cuadrándose en la calle a su paso. Llevaban la punta de los dedos a la visera de su gorra saludándole con respeto. Y cuando sucedía Iván recordaba como hacía sonar los tacones en el cuartel saludando a cada superior por obligación y no por gusto como ellos.

Mordiendo el tallo de una rosa, con las bolsas de la compra en cada mano, le dijo a Susana cuando le abrió la puerta “Feliz día de San Jordi” y, a continuación de depositar las bolsas encima de la mesa de la cocina, Susana murmuró -No entiendo como puedes ser dos personas tan distintas, fuera de casa no dejas que los sentimientos interfieran en tus decisiones y… en casa eres todo suavidad!-. Su Tata estaba de acuerdo con su hija.

Iván comentó que el mundo se ha vuelto impersonal. Frívolo. Sólo negocios, dijo “Dinero y nada más. Yo tuve mis gestos con la gente, te vuelves insensible si no aprecias el afecto honesto y generoso de la gente, y sabes, creo que ahora me entienden. Creyeron que buscaba privilegios. Creyeron que siempre buscaba algo. Que hacía las cosas por un motivo interesado. Recuerda cariño cuando me paseé por la plaza con los ancianos. Dijeron que solo me estaba luciendo… buscando votos! Me acusaron de ser interesado y resulta que faltaban muchos años para las elecciones…”.

Iván había regalado el primer año una rosa a las mujeres y un libro a los hombres el día de San Jordi, fecha tradicional en la que se regala una flor y un libro. Pero ninguno de los funcionarios del Ayuntamiento estaba preparado para semejante detalle de parte de un concejal y mal pensaron.

¡Pero ya no! Y en los actos sociales, todavía le reservaban asiento en la primera fila conservando su status.

Aquello conmovía a Iván, porque eran muestras de sincero afecto, de unidad y solidaridad alejadas del protocolo.

El tiempo lo cura todo, pero ¿demasiado tarde?

Llegaba el eclipse de luna para acentuar la oscuridad.

El personal de la plantilla orgánica, sin decírselo explícitamente valoró sus largas horas de dedicación que excedían en mucho a la jornada laboral. Cuando todo el mundo partía y el Ayuntamiento quedaba vacío y mudo, dejaban a Iván tecleando el ordenador o enganchado al teléfono intentando solventarle algún problema de alguien necesitado de ayuda. Por la noche, la única luz prendida era la que reflejaba la ventana de su despacho. La policía local que permanecía abierta en la entrada del edificio institucional era su mejor testigo. Incluso los domingos por la noche, acudía después de acostar y besar a su piedra preciosa cuando habían salido el fin de semana con Susana fuera del municipio para interesarse por las últimas novedades acontecidas. Y ahora, le echaban a faltar, extrañaban ese huracán que solía pasar de vez en cuando por detrás de sus mesas haciendo revolotear los papeles que parecían danzar en el aire por espacio de unos segundos.

Jamás veían a ningún otro político a deshoras, ni tan siquiera al que tenían asignado a sus dependencias para supervisar su actuación. ¡Salvo a Iván!

Pero Iván ya no estaba, y en esos momentos se daban cuenta de su potencia y significación.

En general todo el mundo le reconocía su capacidad de trabajo y admiraban su ritmo frenético tanto como su trepidante dinamismo y eficacia en la resolución de los conflictos porque su actitud expresaba con hechos tangibles la intensidad con la que Iván se entregaba al trabajo en cuerpo y alma.

Se interesaba por los problemas, no solamente del pueblo, sino también de los empleados de la plantilla orgánica municipal. Conocía sus nombres y apellidos, sabía de sus circunstancias personales. Felicitaba los aniversarios, pero sólo podía hacerlo con ellos porque si lo hacía con los políticos le miraban mal pensando -¿Qué pretende? ¿Qué está buscando?- y su generosidad tuvo que reprimirse con su mismo colectivo.

Solamente ahora y sólo con algunos se miraban como personas. Ahora que teóricamente ya no era un hombre poderoso… ¡cómo son las cosas!

Tres años antes, el ciudadano iba al Ayuntamiento con un problema y salía con dos. Después de la intervención de Iván no sucedía así. Instrumentalizó los mecanismos para evitarlo y la gente que le había visitado era quién mejor lo sabía.

Con su defenestración, se debilitó el servicio, pero no se perdió completamente. Algo se había ganado. Su marketing público daba ventajosos resultados y repercutía favorablemente en el municipio. Potenció recursos y rentabilizó situaciones.

Su actividad inicialmente vista como autopublicitaria, justamente había hecho despertar a una población dormida en muchos aspectos. Lo acusaron de exhibicionista cuando lo único que pretendió fue no quedar diluido en la coalición catalana.

 Iván necesitaba decir al mundo entero que existía y qué logros se disponía a realizar. A continuación se retiró del centro del escenario y ahora nadie podía ocupar ese privilegiado lugar bajo los focos, ni ponerse las medallas que únicamente le pertenecían a Iván, aunque lo intentaron, pero sin éxito.

Cada persona del pueblo podía juzgar los acontecimientos porque ahora tenía suficientes elementos para hacerlo. Iván había existido y el grupo mayoritario en el gobierno no se lo había comido como se comió a los republicanos que nunca participaron en las reuniones de los miércoles excluidos de la acción de gobierno. Él no dejó que lo aparcaran en el trastero.

Su partido lo hizo. Iván permitió cuando ingresó que lo marginaran desaprovechando sus facultades mientras militó. Porque quiso demostrar que era un hombre disciplinado, sometiéndose, pero al comprobar que se vulneraba el propio reglamento les abandonó  por considerar el acto absurdo. Jamás pudieron decir que fue expulsado, ni tan siquiera fue amonestado. Los cargos del partido fueron meros espectadores de su voluntad igual como fueron testigos todos los concejales del Ayuntamiento de una actuación totalmente intencionada desde el principio cuando como una inspiradora premonición dijo a la opinión pública que sería decisivo en el municipio.

Iván realmente fue un motor que impulsó el cambio hasta la mejora. Con su paso por la política nada pudo volver a ser como antes. Había nacido un precedente. Él era una excepción en toda regla.

Porque Iván había dado a conocer el producto, base fundamental del marketing y ahora todo el mundo lo conocía. Podía opinar. El segundo paso fue interesar y convencer de la eficacia y el beneficio de su servicio pero esto, dependía exclusivamente de la voluntad ajena y por ello se retiró a esperar trabajando de la mejor manera, aplicándose con sigilo, dando lo mejor de sí mismo y la paciencia tenía su recompensa. Pero se había truncado el proyecto global por un hecho difícil de ignorar y que él interpretó como la prueba suprema. Y renunció a todo por salvaguardar su integridad moral y, como no, la democracia.

Intentó sacar una nota alta para cuando llegara el examen en las próximas elecciones recogiendo aquello que previamente había cosechado pero además, se había preparado en silencio para poder actuar con inteligencia y con un proyecto bajo el brazo que obedeciera a las necesidades reales a las puertas del siglo XXI. Ya no se sentaría a elucubrar. Cogería al toro por los cuernos dispuesto a obtener lo imposible. Los ciudadanos, a través de las urnas, tendrían la última palabra en junio de 1999. ¡Podría ser alcalde!

Construyó un invernadero. Colocó una pantalla de cine en el lujoso salón. Comía y vestía en el establecimiento que quería. Incluso tuvo acceso a una rara especie de melón. Su alimentación primordial era a base de fruta y carne cruda preferiblemente Steack Tartar y Carpaccio de buey sin parmesano. Y adquirió unos sellos egipcios antiguos de valor incalculable. El dinero no era problema. El alcalde le pasaba todos los meses un sobre.

Iván todavía no conocía todas las líneas de la palma de su mano. Y con él era todo tronando, pero no le faltaba un tornillo, no vivía en la luna, no hablaba por los codos. No se espantaba de su sombra. Estaba curado de espantos. No daba palos de ciego. Donde ponía el ojo ponía la flecha, la bala, la daga, la lengua. Cortaba el cristal con la lengua. Y aunque consiguió que todo cuanto construyó en el Ayuntamiento no se perdiera y podía incidir indirectamente en la actividad del gobierno diciendo “qué” hacer y “cómo” hacerlo, el “cuándo” se le escapaba de las manos al no poder estar dentro con ellos cada miércoles apretando y empujando en cada comisión de gobierno.

Sabía que la pasividad reinaba en el gobierno. El alcalde jamás había sabido coordinar un equipo de trabajo para que fuera eficaz y durante los sábados por la tarde, más que hablarle de nuevos proyectos, Iván se limitó a establecer medidas de control para evitar desviaciones en aquellos proyectos que estaban en marcha. Concentraba su esfuerzo en apuntalar y consolidar la construcción, pero poco más. Podía indicar las cosas que no debían aprobarse, pero limitar la corta acción del gobierno era una barbaridad, y además, Iván era un hombre que respetaba el criterio de los demás.

Llegado ese punto, su actividad estaba vacía de contenido porque no podía mirar con esperanza el futuro.

No había futuro, sino elecciones a la vista y todos se preparaban en ese sentido; la urna, los votos, qué decir durante la campaña, otras vez un programa que preparar, ¿un programa que incumplir?

Iván podía acostarse de espaldas en la cama apoyando una mano sobre el estómago y la otra sobre el pecho para espirar e inspirar lentamente notando cómo sube el estómago, volviendo a espirar, demorándose un poco más que al inspirar obligando a que el metabolismo fuera más despacio haciendo alguna pausa de varios segundos antes de reiniciar el proceso.

Sin duda le hubiera liberado de la abrupta tensión canalizando inteligentemente toda la adrenalina que no quemaba y se acumulaba convirtiéndose en una bomba de relojería.

¿Volvería a jugarse la vida a cara o cruz?

                             *                  *                  *                  *

Iván viajó a Barcelona en vez de ejercitarse en la apacible calma, pero lo que encontró lo decepcionó. Abogados, notarios, procuradores, todos con rostros crispados de nariz torcida le proponían diversificar el dinero negro de sus clientes y amigos en el sector financiero y en medios de comunicación y sobretodo en “chanchullos políticos”.

La primera opción de constituirse junto a altos empleados de banca para crear una empresa que realizara préstamos a inversiones seguras, no le desagradó, pero cuando en la siguiente reunión conoció el reverso de la propuesta se disgustó. La idea consistía en que los mismos directores de las entidades, adrede, denegarían operaciones si faltaba algún documento de garantía y al mismo tiempo recomendarían “su” empresa gestionada por Iván, donde sin reparos concederían el crédito en apenas cuarenta y ocho horas a cambio de una comisión de intereses muy alta. Después de entretener a los solicitantes en la sucursal del banco para confirmar su solvencia y capacidad de desembolso, los remitirían a Iván quién con un recargo del veinte por ciento por la tramitación otorgaría el dinero al interesado, dinero que a su vez prestaría el mismo banco tras manipular la documentación. Aquella empresa pretendía ser una tapadera, un sobresueldo para todos y un peaje improvisado para empresarios presurosos poco informados. No le agradó el asunto. No quiso participar. No le gustaba aprovecharse de los demás. Iván quería ganar con el fruto de un trabajo honesto.

Conoció a un grupo de industriales y constructores que intentaban entrar en el negocio de la tercera edad con la instalación de residencias en varios núcleos urbanos. Coincidían a menudo en un bar donde Iván leía el periódico y tomaba el café antes de comenzar sus visitas. Por lo visto, uno de ellos lo reconoció porque su rostro había sido demasiado habitual en la prensa y su currículum político de dominio nacional. Creyeron que en su situación Iván era un candidato perfecto. Tenía conocimientos de urbanismo y sabía moverse en los Ayuntamientos y la administración pública, además, dominaba la operativa de los trámites burocráticos. Al tratarle, comprobaron que a nivel empresarial controlaba los elementos y por ello le propusieron entrar con una sugerente remuneración como punto de partida. Pero después de dos largos almuerzos, cuando el arquitecto que explicaba el tema con displicencia esbozó el diseño de las instalaciones, aquello más que un lugar de ocio cómodo donde encontrarse bien parecía un parking de abuelos y cuando le dibujó los tanatorios. Iván comprendió que solamente perseguían buenos ingresos pero en absoluto les importaban las personas ni el beneficio social, así que con educación desestimó la opción de formar parte del macro proyecto.

Iván llevaba demasiado tiempo desconectado del circuito empresarial. Intentó intermediar en algún traspaso pero en vez de restaurantes, salas de fiesta o locales comerciales, para su sorpresa se encontró con “salones de relax” bien montados con estupendas instalaciones para masaje y rápidos revolcones en camas redondas, cuadradas, rectangulares, triangulares. Y en el paquete se incluía al personal laboral, la “madame” y las chicas caribeñas y las de los países del este y universitarias nacionales. Incluso le invitaron a probar la mercancía. Iván no se escandalizó, pero dejó de visitar Barcelona.

De regreso a Palafrugell decidía dejarlo todo atrás conforme avanzaba veloz por la autopista porque los que fueran sus socios en una época pasada le ofrecían igualmente toda esa clase de negocios basura escasos de conciencia social a la que Iván había accedido y de la que no quería desprenderse. Todo le parecía vacío e insulso. Y él quería llenarse de vida que merece la pena vivirse.

Inmediatamente que Ágata escuchaba la puerta de La Mimosa dejaba lo que hacía y corría para enredársele entre las piernas.

Iván la elevaba hasta que su cabecita rozaba el techo del cielo con los pies colgando. Entonces cerraba los ojos sintiéndose satisfecho por aquellos dos seres adorables que desbordaban amor, porque no tardaba Susana en lanzarse a sus brazos descendiendo rápidamente por las escaleras hasta el garaje –Ya estás aquí mi vida… ven que te comeré a besos-.

Gracias a ellas era lo que era: un hombre que amaba y al que se le amaba con devoción. Pero no podía dejar de ver la realidad que pesaba como lastre que incomoda y agarrota y que no era otra cosa que su sensación de inutilidad. Y comenzó a encerrarse cada vez por más tiempo en su guarida del tercer piso para no afectarlas ni preocuparlas pues se hallaba ante una situación maldita en la que no veía como influir.

Susana lo conocía bien después de diez años de matrimonio, y, cuando descubrió la dejadez en su mesa de caoba, cuando empezó a ver la falta de orden en aquella estancia siempre impecable no dijo nada, pero se asustó. No era normal. Algo fallaba. Lo miraba y lo veía perdido y ausente. Iván no sonreía. Jugaba con su hija pero no con el mismo entusiasmo. Algo lo estaba asfixiando. Tantas horas en casa sin poder liberar adrenalina le agobiaban turbándole el semblante y ella lo sabía… sabía que el mundo se había vuelto insípido para su marido.

De nada le servía esconderse durante largas caminatas por la orilla del mar en la playa. Iván comenzó a deprimirse por primera vez en su vida.

Iniciaba su período de tinieblas.

El revés de la medalla.

La vida guarda altos y bajos.

Iván tenía entre ceja y ceja sobrevivir, avanzar por el pasillo con la candela prendida asomándose desde el enorme ventanal del despacho para preguntarse… pero un repentino aire que viene de tan lejos y tan cerca a la vez intentó apagarla. Protegió la llama cubriéndola con su mano y el azul aumentaba y el amarillo se enderezó dejando de temblar, creciendo, y es que en toda ceremonia iniciática el movimiento más simple suele verse trabado a consecuencia de fuerzas que deben vencerse con el sosiego armado de la sonrisa del corazón audaz. Luz. Oscuridad. Ambiente de tercera guerra mundial. Hacerle a Iván tal transfusión de sangre que sea como una resurrección o por el contrario, matarlo.

¡Sólo estas dos opciones!

Por primera vez se detenía y miraba a su alrededor.

Se cuestionaba si debía seguir avanzando “Pero hacia dónde ¿en qué dirección? ¿por qué?”. ¡Se había preguntado por primera vez por qué!

Para determinar la dirección tenía que preguntarse antes ¿quién soy? ¿qué necesito realmente?

Precisaba ayuda. Sin embargo, Susana no sabía cómo actuar. Lo único que sabía era que su marido estaba mal, y callaba. Acostumbrada a no llevar la iniciativa, simplemente se lamentaba mordiéndose el labio inferior unos minutos al día. Y pasaban los días y Susana no hallaba qué decir. Y hacía como si no pasara nada visitando a sus padres, visitando a las vecinas, visitando a su cuñada en la peluquería y pasando cada vez más horas hablando de trivialidades y leyendo la prensa rosa fuera de La Mimosa. La penuria económica no había llegado y Susana estaba convencida que Iván jamás permitiría que la miseria los enterrara. Conocía esta situación de transición de una etapa a otra. Tan sólo tenía que esperar a que se decidiera a mover ficha. La historia se repetía otra vez, y, vuelta a empezar. ¿Qué nuevo reto esta vez?

Rezaba para que este progresivo deterioro no durara, pero el golpe de aire finalmente había aniquilado la luz de la candela que Iván había intentado proteger con su mano. Estaba oscuro. Y un gato negro se paseaba por La Mimosa.

Susana empezó a estar más y más ocupada y le faltaba tiempo. Iván se ofreció a ir a la tintorería, al fin y al cabo se trataba de sus trajes. También retiró los vestidos de Susana. Compró el pan, el periódico, y fue hasta el taller para recoger los zapatos reparados. Se interesó por la afección hepática del zapatero. Su color amarillento había menguado y lo felicitó pero una opresión le punzaba el pecho ese día.

De vuelta a La Mimosa contenía la respiración, rígido todo su cuerpo, ahogándose. ¿Una vida de infarto?

Tenía el pulso acelerado. Y el claxon de su Ford PROBE se dejó oír provocando repentinamente y sin razón aparente a los demás conductores ¿llamaba la atención en señal de auxilio?

¡Iván se hacía añicos como estatua que besa el suelo!

Pero si nadie había quebrantado su terca voluntad.

¿Dónde quedaban sus habituales expresiones tipo “Si viviera otra vez quisiera equivocarme más veces?”.

Llegaba particularmente vencido cuando encontró la nota –Mi vida: he ido a buscar el microondas al taller-. La amaba. Iván sonrió y volvió a salir con la lista de la compra.

Ningún abrazo es frío. Nunca está de más aunque parezca ridículo. Reactiva la autoestima. Calienta la sangre. No exige descifrarse porque es universal. Y siempre se agradece. Es sinónimo de fraternidad, ¿quién puede negar un abrazo? ¿Quién puede desdeñarlo? ¿Dónde estaba el abrazo que necesitaba Iván?

Susana había sido una espléndida cocinera a la hora de servirle. Cuando se sentaba en la mesa, Iván tenía una agradable sensación de apetito porque el plato estaba bien presentado, con una perfecta combinación de colores y una posición estratégica de los alimentos. La decoración hacía que su apetito aumentara. Más que con el estómago comía por los ojos. Y su paladar siempre supo valorar en su justa medida un vino Rioja. Ella seleccionó durante años las mejores cosechas para su amado marido pero se había vuelto ¿haragana? ¡Iván tenía hambre de calor!

Quería llegar a La Mimosa y que un abrazo lo aguardara pero cada vez más habitual la negativa o la distancia -No podré ir a la farmacia, cielo- porque primero eran las vecinas que las obligaciones del hogar. ¡Alerta problemas! No como el avestruz eludiendo la contienda con la cabeza bajo tierra, pero si detrás de la niña, amparada y parapetada detrás de Ágata con las vecinas como escudo. Susana se retirada al mundo pequeño de la hija que alejaba de su padre por no soportar la angustiosa inseguridad. ¡Separaba a Ágata de Iván!

Un matrimonio depende del ajuste que se logra entorno a lo físico, lo emocional, lo mental, y lo espiritual. Siempre se ajustaron en estas parcelas que corresponden a cada uno de los cónyuges pero ya no sucedía.

Habrá una pareja feliz mientras los dos puedan sacar a flote lo mejor de cada uno pero…

Cierto es que dos personas que se aman están destinadas a llevarse de maravilla, ¿pero cómo amar a otro cuando se ha perdido la percepción de sí mismo?

La crisis de los cuarenta adelantada, quizás.

Iván Saneil miraba hacia atrás en vez de hacerlo hacia adelante. Su alegre optimismo se truncó, convirtiéndose en negativo pesimismo. Estaba lleno de dudas. Por primera vez en su vida no sabía qué quería ni lo que debía hacer y con su actitud, podía arrastrar consigo a la familia que siempre se había apoyado en Iván como pilar indiscutible.

Había comprobado que desde el interior de un partido estás muerto si pretendes ser tú, porque sólo se permite al afiliado actuar como máquina insensible. Ponía a la política en un segundo plano, ¿pero no pasa más o menos lo mismo en el sector privado donde las empresas anulan al trabajador? ¿No le había pasado antes a él y por tal razón varió y varió de empleo y de empresa?

Pero estaba Ágata… Susana… eran importantes!

Y tomó las Páginas Amarillas para visitar las empresas de colocación de personal. Iván estaba en horas bajas. Carecía de chispa. No era brillante en sus encuentros. Se disipó su influjo cautivador. Ya no hechizaba. A punto de cumplir treinta y cinco años, sin carrera universitaria, con los antecedentes de rebeldía y su curriculum político Iván no era el perfil adecuado para ninguna organización empresarial. Ni tan siquiera como empleado base, mucho menos como mando intermedio porque podía hacer sombra al superior. No hablaba inglés por la tozudez de haberse negado a aprenderlo. De nada le servía su francés. Incluso la ausencia de miedo al trabajo era algo de lo que parecía carecer en los últimos días. Se sentía flojo. Terriblemente débil. Perdió la autoestima después que las entidades de trabajo temporal le dijeran que no tenían nada para él –Usted no cuadra en nuestros archivos-.

¿Se habían puesto todos de acuerdo? ¿Complot?

No hay árbol que el viento no haya sacudido.

Iván Saneil dejó de ir al Ayuntamiento avergonzado por su patético aspecto. Parecía un zombi. Caminaba sonámbulo. Hacía largas siestas después de comer. No se afeitaba ni se vestía. Andaba todo el día en chándal sin peinarse. No era el hombre que semanas antes tomaba decisiones, solucionaba problemas y aseguraba beneficios a diestro y siniestro. Aquella cosa no era más que una caricatura de Iván incapaz de liderar nada. No generaba ideas ni establecía objetivos. A nadie podía motivar, mucho menos instruir. El calendario le había dejado de importar. El clima que le envolvía era de un pastoso lodo intenso que se pegaba en las paredes como excrementos que resbalaban hasta el suelo. ¿Cómo atrapar al gato negro? ¿era un gato?

Y dejó de hablar. Desaparecieron los mensajes directos y sencillos. Iván desvariaba. No razonaba. Parecía haberse extraviado en un laberinto sin salida en el que crecían los muros hacia arriba hasta encontrarse retorcido dentro de un iglú.

Y se desvanecieron sus principios. Y se marchitaron sus recursos. Ya no miraba sus apreciados videos. Tampoco leía. Ni el ritmo eléctrico de Michael Jackson lo reavivaba.

Se iba volviendo taciturno. Decididamente desventurado, mísero. Sólo un cambio drástico de ambiente, de lugar, sería capaz de disipar el crónico malestar. Había que renovarse o morir, ¡morir boca abajo en la orilla de un lago!

Se acumulaban las cosas encima de la mesa del despacho. Había cajas de cartón junto a la estatua de El Discóbolo. Dormía hasta las once y si Ágata llegaba para hacerle cosquillas se daba la vuelta, ¡no puede ser!

Y así era.

Escondía cosas debajo de la cama. Detrás de las puertas. En los tarros de la cocina había… no… sí! Cosas inútiles que no servían. Y la ropa sucia no caía en la cesta, ¿había perdido hasta la puntería? ¿Y porqué no apagaba la luz del pasillo por la noche? ¿Iván tenía miedo? ¿Se había vuelto tímido y tembloroso ante la vida rendido al tramo final de su… desenfreno?

Susana empezó a horrorizarse. Imposible. Iván carecía de potencialidad. Era incapaz de venderse a sí mismo en el mercado laboral. Incluso sus defectos habían desaparecido. Ya no era impaciente, ni exigente, ni radical. Se había desequilibrado hasta el equivalente de un trapo sucio. ¿Se convertía en un mayúsculo desecho humano?

Parecía que esos meses hasta las elecciones iban a dilatarse como el hule.

¿Qué podía hacer Iván… además de deprimirse un día sí y al otro también?

¿Había sido un error subirse al ring de la política? ¿Tan convencido estuvo que únicamente él se bastaba para resolver todos los conflictos? ¿Soberbia? ¿Vanidad?

Había intentado ir por libre volviendo al sector privado pero no le había ido bien, y algo incomprensible sucedió: se desanimó completamente. Las torres más altas caen.

Iván era tremendamente capaz de realizar cualquier tipo de actividad. ¿Deberían sus labios retornar a las palabras perdidas de la juventud y desenfundarlas con la misma osadía para esgrimirlas al viento?

¡Había extraviado la confianza en sí mismo!

Repentinamente pensó en la necesidad de reencontrarse con su amigo que le dijo la noche que ofrecía luna nueva: “Solamente aquel que construye el futuro tiene derecho a juzgar el pasado”. Oscar aplicó la premisa de Confucio: Estudia el pasado si quieres pronosticar el futuro.

La vida sólo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia adelante. ¿Cómo no caer en algo tan simple habiendo sido siempre tan eminentemente práctico?

Instintos desbordados.

Actitudes que no terminaba de afianzar una cabeza desahuciada para razonar.

Vida coartada que emana… que sabe lo que requiere… y requiere que se filtre sin entorpecimientos!

¿Existe un dispositivo que nos lleve a obtener lo que necesitamos?

La capacidad para escoger entre realizar o no realizar un acto, ¿depende de la intención?

¿Las acciones vienen a continuación de un proceso consciente que se expresa en libertad?

¿Cuándo necesitamos algo y lo conseguimos significa que estamos en perfecta sintonía con el entorno?

Iván necesitaba una ilusión, algo que volviera a estimularlo y a ponerlo en marcha otra vez.

La vida es el momento que se vive. Y a él no le gustaba el momento que vivía. ¡Tenía que variarlo!

Furia, más padecimiento, incomunicación, sensación de naufragio, dosis de ineptitud, ¿sometimiento?… jamás la capitulación!

Llegaba el momento crucial. Y la ruptura será tajante.

Saber cómo y cuándo uno debe retirarse y poseer la flexibilidad para hacerlo es la cualidad del peregrino del viento que alcanza el destello.

Repugnancia. Aversión. Y mucho tedio. Y no le apetecía un instante más el largo túnel.

La vida que estaba viviendo excedía su propia forma. Debía extinguirse de inmediato, de lo contrario Iván abortaría la posibilidad de su renacimiento.

Hay libros determinantes, canciones que permiten navegar en solitario en el mar abierto. Magníficas puestas de sol, sabores selectos, texturas finas. Miradas estremecedoras y abrazos plenos de simpatía ¡y montones de seres humanos impresionantes!

Enfrentar otros puntos de vista, ¿conseguiría rasgar el decorado que oculta espacios que inaugurar?

Si únicamente se cuentan los fracasos, las frustraciones, las equivocaciones, se van instaurando fantasmas que distorsionan la realidad. ¿Era una víctima? ¿de sí mismo?

La baja tolerancia y la excesiva preocupación se tornan pesimismo patológico. La manera de abordar una crisis será la que haga que se profundice todavía más o por el contrario, se salga de la crisis al pasar a otro estado de actividad positiva. Pero si una persona deprimida se resigna a la pasividad, se aísla, recreando su fatalidad en una visión de la realidad nefasta con poco aprecio consigo mismo. Apatía y desmotivación, ¿lesionaba su amor propio? Disfunción y negatividad, el error, ¿desbordado de emoción? ¿Exageró su implicación en demasiados acontecimientos?

La actitud vital es una forma de enfrentarse a la realidad circundante. La voluntad es un músculo a ejercitar, y la dicha constituye una conquista personal que requiere actividad: implicación valiente y mucho entusiasmo. Pero estas cuestiones las sabías Iván. Vaya si las sabía!

El escaso respeto hacia uno mismo se manifiesta en irascible autocrítica, sentimientos de inferioridad y sumisión al entorno. Respetarse significa tratarse con benevolencia a pesar de los errores o los fracasos, expresando libremente los propios criterios.

Los parámetros a través de los cuales se juzgaba Iván Saneil se acercaban al delirio que deriva en divagación, impedían solucionar la conquista del obstáculo que crecía como gigante con diez brazos y diez piernas y más dedos de los que podía llegar a contar.

¡Desafiar lo desconocido otra vez!

De ningún modo estaba atemorizado por todo lo que no pudiera entender, y ahí precisamente se hallaba el maravilloso obsequio que lo había convertido en distinto, en lo distinto y sorprendente de la vida, ¿y debía perdérselo?

El tránsito por aquél período de tinieblas llegaba a su termino.

Estaba sediento. Se acercaba el día en que beberá agua de viento.

 

 

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