PEREGRINOS DEL VIENTO

Extractos de Mi Cuaderno de Notas. A continuación “la pieza” que forma parte del PUzZLE. Se recomienda el texto a los hombres y las mujeres que buscan comprender el mundo y la vida. El autor tuvo como premisa la honestidad y el coraje de continuar, hasta finalizar.

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El Hombre que se abrazó por dentro - Ol Sasha

Mientras Oscar se entretenía durante el recreo buscando piñones entre la pineda, Iván hacía lo propio de un chico de nueve años: jugaba al fútbol para marcar goles. Sudaba, corría, gritaba, y reía sin enfadarse si perdía el balón. Y cuando sonaba la campana de aviso para volver a clase, ambos se buscaban en la formación. Subían juntos por la escalera de la vida.

Le Bon Soleil es un majestuoso colegio en plena naturaleza a treinta minutos de Barcelona. La enseñanza francesa y los severos métodos disciplinarios no molestaban a ninguno de los dos. Se habían adaptado con facilidad al sistema rígido pero eficaz de madame Cabré.

En el autocar, tanto de ida como de vuelta permanecían unidos. Habían creado lazos. Y mientras Iván improvisaba melodías que canturreaba en un idioma ininteligible, Oscar memorizaba la lección que recitaría al día siguiente frente a la clase. Se complementaban. La amistad había nacido sin planteársela. Ambos sabían que eran amigos. Nada más importaba.

 

Uno de ellos nunca olvidaría la noche que transformaría su devenir, aquélla en la que fue obligado a convertirse en adulto. Él mismo se sorprendió al pronunciar la frase “Ella o nosotros padre, escoge”. Estaba en el salón sentado en un taburete frente al sofá donde se encontraban su madre y su hermana menor. Entre ellas estaba su padre. Tenían una conversación que duraba demasiado y no quedaba nada más por decir. El pequeño le dio un vuelco al asunto con su sentencia: ella o nosotros padre, escoge. Pero no hubo respuesta. El hombre se levantó al tiempo que él quedaba inmóvil como pesada roca. Ellas lo acompañaron hasta la puerta recorriendo el largo pasillo con lágrimas en los ojos. 

Se marchó. Y se marchó, también con lágrimas en los ojos. Abandonó el hogar. Destrozó la familia. El castillo se acababa de hundir como si un terremoto lo hubiera engullido y el mundo cayó con fuerza sobre Iván que se vio obligado a convertirse en un prematuro adulto responsable de sus actos.

Un niño de nueve años convertido de repente en un hombre. Y a partir de entonces decidió actuar según sus propias convicciones y con libertad de acción dispuesto a adquirir ideas y pensamientos propios. Él, partiendo de la nada, construiría su propia personalidad sin guía.

 

Cuando el matrimonio se rompió y la separación de los padres obligó a los dos amigos a separarse al cambiar de colegio, crecieron paralelos, con una extraña conexión que encontraría su oportunidad para la expresión y el intercambio porque sus caminos estaban entrelazados.

El niño sensible que siente mucho y no sabe todavía nada de la vida, es la más desafortunada criatura bajo el cielo cuando no tiene guía ni orientación. Oscar se elevará hasta las alturas para admirar lo bello de la existencia a través de una neblina de ensueño ciego. Iván, en cambio, se sujetará con apasionada fuerza a la tierra para llenarse los ojos de polvo y la boca de arena.

No hay clases para principiantes. La vida enseguida exige de uno lo más difícil.

 

Las circunstancias de precariedad económica llevaron a Iván a un barrio marginal en la ciudad de Barcelona, concretamente a una escuela con métodos absolutamente opuestos a los de Le Bon Soleil.

Iván se sentía encerrado, y verdaderamente lo estaba. Había pasado de los espacios abiertos, de los campos de fútbol y baloncesto, de la gran piscina y de aquel inmenso bosque de altos pinos tan extenso como alcanzaba su vista a la azotea del estrecho edificio rodeado de sucios edificios tristes todos sin vida ni color donde era imposible marcar goles con el balón. Y la polución espesa ensució su mirada. Y los ruidos estridentes se instalaron en sus oídos. Y su mente se nubló. A Iván le habían coartado su área vital como a una fiera que encierran en la jaula de un zoológico. Las rejas de la azotea le provocaban una desagradable sensación a cárcel, y esa cárcel lo oprimía. A regañadientes se quedaba en la nueva escuela sin conseguir resignarse.

Al principio la melancolía lo embriagaba cuando llegaba el inevitable momento de ver partir a sus compañeros de clase calle arriba hasta desvanecerse al doblar la esquina a mediodía porque afortunados salían para comer en sus casas con su familia, al tiempo que Iván, forzado y de mala gana, permanecía retenido en un lugar que se le antojaba inhóspito. La imagen de sus compañeros alejándose jugando entre los automóviles estacionados a los lados de la calle le hacía sentirse cada vez más impotente y a menudo dueño de un abatimiento que se acentuaba cada día. Era normal que de una u otra forma se rebelara. 

 

Mientras en Iván predominaba una hambre voraz cuyo principio de vida era que las personas no viven para tener vivencias, sino que precisan gran variedad de experiencias para desentrañar su existencia, y así, la vida se le antojaba una intensa aventura que llevarse a la boca apurando las últimas migajas de todo cuanto considerase interesante e inmediato, Oscar por el contrario, inicialmente un adolescente común, objeto de una temprana depresión, llegará a considerar el mundo como una perpetua amenaza de la que intentará salvarse evadiéndose por completo. Se deslizará por la vida lleno de preocupaciones y obsesiones enfrentándose a su pesimismo para que no le atrape la melancolía hasta retirarse a su “mundo perfecto”.

La contrafigura de Oscar es Iván, quien exaltará sus afectos en todo tipo de gente porque el mundo le parece luminoso y alegre, un lugar de placentero gozo en el que regodearse; rechazando las sombras inventará un mundo por donde caminar sonriente y valiente realizando mil y una piruetas. Dominado por instintos combativos buscará villanos con quienes enfrentarse, adversarios dignos de él, creándolos cuando no existan para poder proclamarse vencedor y al mismo tiempo héroe. Convertirá el entorno en un objetivo a seducir para conquistar. Y ese síndrome de adquisición le llevará hacia la materialidad. Todo querrá: mujeres propiedades y gloria. Y para ello sabrá ser suficientemente enigmático.

Un gato contaría la historia que nos ocupa desde otro ángulo, pero él tiene siete vidas y…

 

La vida es lucha, un tránsito, y el mundo una enorme sala de espectáculos. Las personas entran en esa sala, miran y salen, pero Iván no saldría rápidamente. ¡Cómo explicar a Oscar que la vida no es significado; la vida es deseo! Si Iván pudiera hacerle entender a su amigo que todos somos aficionados, que no hay expertos, solo experimentos. La vida es tan corta que no da para muchas cosas. Y cómo explicarle a Iván que los bloques de granito se hunden cuando el corcho continúa flotando…

Renunciar al mundo sería algo relajante para Oscar. Sometido en su internamiento, no experimentará el mundo, sino que lo pensará, eliminando aquello que no le guste, otorgándole la condición de fenómeno extraño o engaño y su emancipación será una concepción imaginaria en su mente. Por ello no vivirá en el presente, ni en el futuro, si no en un mundo alternativo creado por él. Vivirá atorado en un espejismo que pintará de singulares colores ocultando todo cuanto no le place o convence. Se convertirá en un romántico en un sistema de vida incompleto. Feliz en su fábrica se concentrará en su peculiar taller. Y le importará muy poco el brillo social.  

Demasiado libertinaje en la adolescencia seca el corazón, y demasiada continencia atasca el espíritu. ¡Qué difícil hallar el punto medio! Durante esta etapa todo está en ebullición, y se sabe lo que se detesta antes de saber lo que se quiere todo a flor de piel. Es una etapa en la que estudiar la norma para ponerla en practica y cuestionarla, proponiendo durante la madurez alternativas fruto de las experiencias vividas, ¡hay que vivir!

Cuando no comprendemos a otras personas se debe a que somos ajenos a sus intereses. El conocimiento de otras personas, es el primer paso para la propia comprensión. Y Oscar e Iván, conociéndose el uno al otro, se descubrirán a sí mismos porque un día los dos probarán agua de viento.

 

No soy bueno con los chistes y el humor pero preparo un juego que puede sorprender al finalizar con lo inesperado. ¿Qué si estoy siendo honesto? Soy totalmente transparente y propongo espiar, vigilar muy de cerca, contemplar y distinguir, incluso descubrir lo que yo mismo no sabía. Propongo revisar sin dejar de acechar, curioso, husmeando sin cotillear ansioso por examinar a quién sino a ellos dos.

Soy un espectador, y a la vez un delator de lo insólito. Impertinentes se van a mostrar porque…

¿Qué si quiero burlarme? ¿Ser un perverso crítico? ¿Un bribón?

Sin duda soy un testigo de excepción. Las palabras no son meros instrumentos que ofrecen un dictado, tienen un poder generador de ideas y nuevas comprensiones llenas de asombro en primera instancia para el mismo autor. Y el tren no se detendrá hasta llegar a la estación plagado de turbios detonantes a modo de codazos de la vida. Pero a lo que íbamos…

 

Ah! El grado de compromiso no te será difícil percibirlo. Te propongo la manera de mirar pero no de pensar, sugerir para dejar una puerta abierta. No habrá diálogos inocuos, te revelarán quién es quién en profundidad para que el conocimiento de esta voz que suena sea amplia y conforme a la acción, a lo que burbujea, a lo que se remueve buscando el hilo por donde estirar y saber más. A veces seré un simple transcriptor y redactor ¿de una realidad ficticia?  O de una realidad ¡mágica!

Créeme cuando te digo que mi imparcialidad entre uno y otro es total. No pongas en cuestión mi credibilidad, porque la tengo, te lo aseguro. Nadie mejor podría explicarte lo que te cuento.

Y aunque en nuestros días no es recomendable adelantar los acontecimientos porque si se le advierte al Lector aquello que va a suceder o se le anticipan los hechos que se van a desarrollar dejando al personaje en un segundo plano muy probablemente no se interesará en continuar, yo lo hago. Te adelanto un episodio extraordinario. Pero antes de relatar tan fantástico acontecimiento, tendremos que pasearnos por sus etapas previas y por ello se perfila esto que sostienes como la luna… tiene un hemisferio de sombra que asombra. ¿Entusiasmará? Al final se producirá un libro que se desenrolla como ideal que parte del caos y crea diferentes desenlaces porque otros continuarán la Historia después de producir tres puntos de partida y una autentica bifurcación. Ahora sí. A lo que íbamos…

 

Al incorporarse a mitad del año escolar, hicieron ingresar a Iván en el curso inferior al que le correspondía por su edad. Aquel hecho le hacía sentirse inferior respecto a unos y superior respecto a otros. La dificultad de integrarse a una escuela donde el ritmo de trabajo y las relaciones entre profesores y alumnos eran totalmente distintas al colegio de donde provenía, hizo que se distanciara y mirara con recelo la nueva propuesta. Ningún profesor lograba ganarse su confianza y por su parte, Iván no se hacía nada accesible. Guardaba prudentemente las distancias.

En general era rechazado. No había hecho nada por hacer nuevos amigos. A su amigo, el único que al él le importaba lo habían dejado atrás.

Respecto al trabajo escolar, su actitud estaba viciada por las formas rígidas de Le Bon Soleil que en el nuevo sistema pedagógico no encontraban su lugar. Iván no sabía trabajar en equipo. Pero, ¿cómo pretendían que lo hiciera si le habían enseñado justamente lo contrario, el valor del trabajo individual y aislado sin referencias al grupo? Esto le hacía sentirse unas veces inútil y otras frustrado, casi siempre menospreciado al no encajar en el sistema. ¿No sabía o no quería? La verdad es que difícilmente podía cambiar toda una estructura de valores y conceptos que había tardado en asimilar por otros completamente distintos y a la par, aparentemente contradictorios y, además, sin explicaciones ni justificaciones que le ayudaran a comprender. Nadie le había contado el motivo. ¿Por qué lo que antes era bueno ahora ya no lo era? ¿Por qué lo que antes estaba bien ya no parecía tener sentido? ¿Sólo por un cambio de ubicación escolar? Su educación se veía dañada de manera obscena. Se preguntaba una y otra vez como su mundo podía tambalearse por culpa de una ruptura sentimental y sin una lógica concreta, todo cambiar de golpe y radicalmente. Pero Iván no quiso dejarse atrapar e intentó mantener su posición, la que le habían enseñado, aquélla que conocía bien.

En los trabajos de grupo, solía coger una parte importante del mismo, sin eludir la dificultad, pero lo llevaba a cabo de manera solitaria e independiente al margen del grupo. Su dedicación y resultado individual no podía negársele, era bueno, aunque no siempre encajaba con el tema encargado al grupo. Iván se perdía en la tangente. Era un adolescente que iba por libre a su antojo dando una sensación de extrema superficialidad y de un total menosprecio a su entorno, incluso a los demás; adultos y compañeros.

Su estímulo más fuerte venía dado por el pánico a una mala nota, algo que se penalizaba en Le Bon Soleil. Ello comportaba el no encontrar gusto por la tarea a realizar obteniendo un ritmo muy desigual en el trabajo. Sólo se espabilaba en el último momento. Había pasado de una férrea disciplina a una especie de libertinaje y, claro, no lo comprendía. Confundía las cosas pensando que podía engañar a los profesores. Y a veces en una semana, quería recuperar la cantidad de trabajo personal que no había realizado en las dos o tres semanas anteriores.

A quien lograba engañar era a su madre. Faltaba a clase de guitarra, a clase de inglés, y no siempre iba a practicar judo; todas actividades extraescolares que su madre dispuso para que no estuviera en casa demasiado pronto. La madre de Iván era ajena a cuanto le sucedía a sus hijos. Su única preocupación era asegurarles el sustento, y fueron muchos sus empleos, casi todos nocturnos hasta bien entrada la madrugada; hizo café-teatro, trabajó en una sala de bingo, y antes en el guardarropía de una discoteca de lujo. Iván crecía como adulto adquiriendo destreza en las tareas del hogar asumiendo su emancipación, pero demasiado a menudo, pasada la medianoche, salía al rellano de la escalera con su hermana en brazos llorando en inequívoca señal de auxilio invadido por oscuras sensaciones de abandono y su desespero era acallando por el portero del inmueble que saltaba de la cama imaginando un incendio. Quizás también su madre prefería engañarse a sí misma pensando que no sufrían, pensando que debía ganar más para poder sufragar actividades a las que no asistían porque no eran exactamente las que querían realizar.

Iván tenía una mención especial en el campo de las artes plásticas, pero nadie lo estimulaba a seguir. No había elogios ni expresiones de aliento. Nunca hubo felicitaciones en casa. Nadie visionaba sus trabajos hasta que sus creaciones fueron cada vez más insípidas. Pero no fue siempre así. Cuando años atrás la maestra de preescolar decía –Vamos a dibujar… ¡no!- señalaba inmediatamente –Vamos a dibujar una flor- y se corregía diciendo –Vamos a dibujar una rosa roja como ésta- y mostraba un dibujo que había que copiar, Iván hacía caso omiso y dibujaba según le nacía dando vida a sus creaciones. Lo reprendieron en varias ocasiones por colorear sin respetar las líneas -¡Dentro de las líneas Iván sin salirte!- indicaba la maestra, pero respetar las líneas fijas no iba con la naturaleza de Iván. Ni siquiera  la autoridad de Le Bon Soleil consiguió imponerse en ese aspecto. Prefería la agresión a la indiferencia. La severidad no logró aplacar su innata creatividad. Dibujaba cuando apenas sabía hablar. Pero las circunstancias actuales de desánimo y desaliento no le permitían expresarse, y no quería hablar.

Sus intervenciones durante las clases se redujeron a la mínima expresión. No participaba ni colaboró con sus compañeros de clase. No abrazó la amistad. La única amistad sincera era la mantenida con Oscar. Era su mecanismo de defensa. Se refugiaba en sí mismo pensando en su amigo de camino a Le Bon Soleil; de camino a la libertad de un bello lugar en plena naturaleza; de camino al colegio que conocía bien y al que añoraba profundamente en silencio.

No quería aceptar ningún cargo que le ocasionara alguna obligación concreta por pequeña que fuera. Cuando las cosas se torcían, sabía moverse con rapidez para evitar altercados. Nunca mantenía controversias con sus profesores. Eludía la confrontación directa, pero le gustaba apurar hasta el último instante tensando la cuerda hasta que comprendía que podía romperse.

Iván empezó a ser cada vez más provocador, a beneficiarse de las encrucijadas y a permitir que lo envolviera el riesgo para disfrutar de la emoción de lo prohibido. Éste era su juego. El juego de un niño sin juguetes. De una forma callada exigía un bofetón que no llegaba. Era evidente que reclamaba la rigidez eficaz de madame Cabré tentando e insistiendo con su provocación. Precisaba una disciplina que nadie imponía y por ello seguía haciendo cuanto quería a libertad. Era una forma de llamar la atención que se convirtió en permanente comportamiento. Y sin percatarse nadie, porque todos andaban muy ocupados en sus asuntos, empezó a hacer lo que quería y todo cuanto le apetecía y donde le venía en gana. Estaba aprendiendo a dominar las situaciones. No había reprimendas y sus actos eran cada vez más extravagantes y llegaban cada vez más lejos, y él seguía explorando las reacciones humanas.

Tan sólo en el informe de final de curso dedicó el tutor una frase relacionada con su temperamento -Parece como si Iván quisiera lavar la cara a los demás con un trapo sucio-; pero se perdían las palabras, quedaban ensombrecidas por las malas calificaciones. Se cuestionaban sus resultados; unos resultados que su madre pretendió arreglar con más profesores durante el verano cuando la solución no era otra que atenderle. Sólo necesitaba trato y educación por medio del diálogo que debe existir en el hogar. La concepción del mundo nace en casa.

 

En el siguiente curso todo aquello se acentúo hasta un punto preocupante, pues la relación con los demás, tanto con los compañeros de la escuela como con el personal docente carecía de respeto y estaba fundamentada en desterrar la solidaridad y la ayuda al prójimo; valores que intentaban cultivar en los alumnos. Iván era un chico que trataba con desprecio a todos los profesores por igual, incluso al personal de limpieza y media pensión. Los consideraba sus criados, nada raro viniendo de Le Bon Soleil donde se dejaba muy claro la existencia de castas superiores mediante la división de clases sociales, pero sin el menosprecio que Iván parecía imprimir.

No hacía otra cosa que chocar contra el sistema y su metodología. Sólo al llegar a casa se transformaba, como si entendiera la dificultad de la realidad y un impulso adulto le hiciera comprender que debía contrarrestar la situación aportando lo mejor de sí mismo. Y algo positivo salía entonces espontáneamente en forma de una superprotección desmesurada para su edad. Un amor desbordante hacia su hermana surgía con naturalidad. Le gustaba abrazarla, mimarla todo lo que podía. Cuando la pequeña se quedaba absorta frente al televisor, le peinaba sus largos cabellos y al acostarse en el sofá, Iván se pasaba horas acariciándole dulcemente la nuca. Su trato se convertía en exquisita ternura, pero era algo muy íntimo y casi secreto que únicamente ellos dos sabían. La servía intentando darle justamente aquello que él mismo reclamaba a gritos lleno de lamentos desatendidos.

Tenía una doble cara. Un desdoblamiento en su ser. El director de la escuela que tenía la barbilla hacia adentro como si le hubieran propinado un puñetazo y se la hubieran hundido lo sabía perfectamente porque era primo del portero del inmueble donde vivía Iván. Cuando otros muchachos del centro e incluso algunos profesores acudían a su despacho con extraordinarias historias y quejas, parecía que hablaran de dos personas distintas de caracteres contrapuestos, y es que en Iván, se podía encontrar todo lo bueno, y asimismo, todo lo malo, pero no por maldad. Simplemente le gustaba investigar frente lo vacuo de su existir. Y sus experimentos, raramente los hacía en el domicilio familiar, el cual pretendía mantener intacto, aunque no hubiera nadie para descubrir su bondad. La calle era su laboratorio y el mundo exterior, el lugar donde probar toda clase de cosas. Mantenía un aura de chico insolente en la escuela y de chico inocente en su vecindad, pero en realidad se trataba de un diablillo con disfraz de ángel o… quizás se trataba de un ángel disfrazado de diablillo. De aspecto agradable y mirada ingenua, su astucia era semejante a la de un zorro travieso.

Se mostraba a veces demasiado amable, adulador cuando le convenía. Suave como un conejo pero tan mortífero como un rinoceronte, Iván aprendía a ponerse una zapatilla de bailarina en una bota de montaña con púas. Sabía enfundarse un guante de seda en su puño de acero. Desconcertaba a pequeños y grandes. Era esquivo cuando se trataba de temas personales, extremadamente hermético, y seguía sin relacionarse con ningún profesor ni compañero porque no confiaba más que en sí mismo. La gente de su entorno a la que amaba lo había defraudado y no quería nuevas heridas. Seguía distante de todos. Alejado. Tan alejado de todos como Oscar lo estaba de él.

 

Su rendimiento escolar seguía bajando de manera gradual y alarmante. Iván lo sabía, pero cerraba los ojos y escuchaba a su padre en cualquiera de sus pocas y cortas intervenciones. Subiendo en el ascensor desde el garaje, cabeza levantada en rúbrica de admiración fascinado por su camisa abierta que dejaba al descubierto su velludo pecho escuchó de los labios de su progenitor esta afirmación -Todo lo que soy lo he conseguido sin estudios-. En otra ocasión, había cobrado mucho dinero y al llegar al comedor de casa, abrió la puerta y lanzó el enorme fajo de billetes que volaron por la sala ante los rostros maravillados de sus hijos por la improvisada lluvia.

Tardaron más de dos horas en recoger el dinero que se había escondido por todos los rincones. Nunca se preguntó qué quiso demostrar con aquello. Jamás supo de donde vino el dinero ni para qué sirvió. Iván no cuestionaba a su padre. Pero no lo entendió, ni lo haría a lo largo de los años.

Su padre no le enseñó a decir malas palabras. Tampoco le enseñó a no decirlas. Si el mundo es un campo de batalla, no le entregó un escudo y una espada para que se salvara de la agresión. No le entregó ninguna arma antes de que saliera al exterior. ¿Dónde está papá? ¿Qué necesito saber? ¿Cómo voy a protegerme? Tuvo que aprender a afeitarse solo, pues claro que se cortó! Nunca hubo niño adorable que su padre no fuera capaz de acompañar a dormir con una sonrisa y una palabra afectuosa, salvo él. Iván anheló no haber sido acurrucado en los brazos protectores de su padre. De estar juntos, los acontecimientos no serían iguales.

Los mayores le decían que debía reflexionar seriamente sobre los resultados escolares, pero a la única persona a quien Iván tenía presente y a quien hubiera escuchado era a su ausente progenitor. Cuanto poder ejercía aquel hombre extraviado en la noche; un poder fruto de una devoción que no merecía.

Desatendía sermones morales refugiándose en los breves momentos vividos con su padre. Le faltaba interés, concentración y dedicación en todas las áreas. Pasaba justito de un curso a otro porque sólo buscaba el aprobado discreto para no suspender. A partir de ese momento no regalaba ningún otro esfuerzo. Los profesores lo alertaban, y luego lo amenazaban diciéndole que no podría superar el curso de seguir con esa actitud, pero Iván pensaba que sabría encontrar la manera cuando llegara el momento “Ya me espabilaré” se decía una y otra vez. Y aunque ciertamente aumentaban las dificultades de las materias, nada impedía iniciar un nuevo curso con idéntico desinterés y la misma dispersión.

 

Las cosas nunca fueron del todo bien entre Iván y su padre. El refugio para el desaire fue el trabajo que lo mantenía de viaje -Lejos de cuanto quiero- solía decirle por el auricular telefónico. Su madre intentaba cubrirle las espaldas engañando a su hijo, pero la única realidad era su ausencia reiterada. Iván había desarrollado su curiosidad hasta el punto de aprovechar la soledad registrando cajones, bolsillos, carteras, maletines, y escritorios a la caza de información que lo ayudara a entender. A entender su pasado. Y a entender su presente. Quería comprender qué estaba pasando porque cuanto sucedía confirmaba que algo andaba mal desde que tenía uso de razón.

Percibía que la suya no era una casa normal. No sucedían las cosas que contaban sus compañeros en el colegio. En su habitación, no se encontraba el balón que había regalado papá. Se preguntaba por qué el suyo no se comportaba como cualquier otro padre. Aún con esfuerzo, no podía recordar un domingo paseando en su flamante motocicleta. Aunque lo intentaba, no podía encontrar un solo hecho que implicara unidad o una breve fusión; una sonrisa, una broma, una confesión. Nunca hubo un aperitivo en familia, una visita a un mueso, ni unas horas de entretenimiento en un parque de atracciones. Jamás un partido de fútbol entre los dos; ni una partida a la máquina del millón o una competición con los dardos o simplemente un rato de ping pong. No existían las salidas para montar a caballo. No había visitas a los parques con lago para deslizar un pequeño navío en el agua. Ni tampoco un baño en el río durante una excursión. Iván no tuvo su bicicleta. No tuvo un –Agárrate fuerte, no te sueltes, si te caes te harás daño-. Tampoco las risas durante las vacaciones de verano. Su padre no estuvo a su lado. Anhelaba algo que por ley natural le era propio y envidiaba a todos los niños porque su padre no era como los demás padres. Pero era su padre!

Apenas hablaban, ¿cómo podían siquiera mantener una conversación si no se veían, si sus horarios no coincidían? Predominaban las prisas y otras cosas, al parecer, más prioritarias que las enseñanzas al vástago. Ni siquiera un simple -Que tengas un feliz día hijo- de vez en cuando, únicamente para que Iván supiera que le importaba y que llegada una situación extrema podía contar con papá. Cualquier muestra de cariño hubiera sido válida y atesorada en el recuerdo como el mayor de los tesoros. Deseaba ser arropado y ese anhelo lo consumía. Pero aprendió a contrarrestarlo imprimiendo un desmesurado optimismo en todos sus actos. Aparcó el dolor sufrido y empezó a soñar en voz alta. Y no quiso soñar la vida sino vivir sus sueños.

El comportamiento de su padre equivalía a herir sin piedad. No solamente a él. Una vez, manos juntas con su hermana esperaron rozando la medianoche a que ese hombre egoísta e irresponsable llegara a su casa todavía, con el entusiasmo inocente y la alegría de quien ha vivido algo nuevo e interesante, deseaban compartirlo con él. Pero su padre no llegaba al hogar. Y los nervios rechinaban en los dientes de una esposa irritada, al tiempo que una mujer traicionada, madre dolida por el daño innecesario que se causaba a los pequeños que se dejaban vencer invadidos por el cansancio. Bostezaban desalentados. Disminuían las cosas que querían explicarle a su padre respecto a todo lo acontecido en el más apasionante día para ellos: el primer día de colegio en Le Bon Soleil. La ilusión se evaporaba ante las miradas decepcionadas de tres seres plenos de amor por un cuarto que no llegaba. Había oscurecido, oscureciendo parte de sus corazones y entrada la madrugada aquel hombre seguía sin llegar. No quería aparecer. Finalmente, protegiéndole, la mujer despechada camuflada bajo la sombrilla de madre intentó enmendar lo ocurrido haciéndoles grabar sus ya escasas impresiones y sus dormidas palabras en una cinta magnetofónica. Porque eran niños, hijos, seres que querían ser atendidos, que necesitaban ser escuchados. Porque deseaban compartir sus cosas con papá de la manera que fuera.

No se supo más de aquella cinta. No hubo comentarios. Nadie en la casa se refirió al prólogo que fue aquella siniestra noche de ilusiones fallidas y decapitadas alegrías que continuaron sucediéndose de manera lamentable hasta la noche fatal del se acabó, fin, en la que Iván se convirtió en un adulto de inusitada fortaleza.

 

Desde aquel aviso de alerta que a su hermana le desgarró el alma, a Iván se le despertó ese inusual sentido de protección hacia ella. Los dos años y medio de diferencia eran lo que la salvaba de comprender cuanto sucedía. Era ajena a la problemática. Casi todo escapaba a su entendimiento infantil, y cuando no ocurría así, su hermano intervenía con fábulas que la distraían.

Cada noche intentaba arroparla a una hora prudencial para que durmiera nueve horas, pero ella se sentaba frente al televisor. Iván acostumbraba a esperar a que se quedara adormilada en el sofá antes que abrir una discusión inútil obligándola a acostarse por la fuerza. Y cuando terminaba de arreglar la cocina, cuando terminaba de barrer y de fregar, una vez se quitaba el delantal, con suma delicadeza la llevaba en brazos a su habitación como un príncipe a su princesa al tiempo que luchaba contra el miedo a lo largo del pasillo oscuro.

Era terrorífico recorrer el largo pasillo que parecía tambalearse como un barco que oculta en sus paredes cadáveres y gritos afilados como cuchillos pero no se le dilataron las arterias ni aumentó el flujo sanguíneo ni subió súbitamente el ritmo cardiaco. La oscuridad suele comerse a cualquier niño, pero Iván aprendió a llegar hasta el final del pasillo sin peligro, sin esa reacción emocional que se produce cuando se tiene la sensación de enfrentar los riesgos y el posible daño, poniéndose en guardia para protegerla de todo cuanto de improvisto podía sucederle cargado de razón, cargado de un amor fraternal sin comparación. Iván le perdió el miedo al miedo.

 

De las doce a las tres, durante el período de comida a la que tanto se había resistido acostumbrarse, le costó muy poco convertirse en el innegable rey de la escuela con el transcurrir de los años. Principalmente, porque era el mayor de todos, pero no sólo por eso. Los más pequeños gozaban en compañía de Iván. Lo idolatraban. Imitaban sus movimientos. Pronunciaban las mismas expresiones que a él le gustaba poner de moda. Inventaba leyendas y organizaba grupos de juego con saludos exclusivos y originales. Nada se hacía sin su consentimiento. Tanta autoridad inquietaba al claustro de profesores; sobretodo porque era una autoridad innata asumida por los otros niños con naturalidad. Le entregaban su fervor y lealtad encantados de hacerlo. Y le requerían para casi todo: saltar por los tejados hasta recoger un balón que había caído a un terrado vecino, subirse por la verja para salvar a un gato asustado, recuperar la chaqueta que los pandilleros habían usurpado a una joven maltrecha. Iván se elevaba sobre todos ellos como el «gran salvador».

Apretados pantalones de pana marrón se ceñían a sus piernas y trasero. Se negaba a llevar la bata reglamentaria como todos los estudiantes. Aunque violentaba las reglas, nunca lo regañaron. Y lo cierto es que algunas empleadas de la cocina y las jóvenes administrativas de las oficinas observaban de reojo ese trasero. Iván había contactado con un grupo de chicas mayores. Con su desarrollo físico, Iván accedía a una belleza que impregnaba el ambiente. Se había convertido en diana de comentarios. Alababan o criticaban sus movimientos por su descarada desfachatez. Su peculiar manera de andar hacía que el género femenino se volviera para mirarlo, no podían evitarlo, ejercía la misma influencia que un imán. Y aprendería tres cosas durante aquel período con ellas: a reconocer su innata picardía que rápidamente incorporó, a desplegar el arte de la intuición femenina, y a seducir.

Iván se había alejado completamente de los estudios. Suspendía por gusto sin percatarse que desaprovechaba su talento. Y era una pena que lo malgastara de aquella manera pero Iván, demasiado entretenido en deslumbrar a toda mujer recién llegada a la escuela no se daba cuenta.

Consentírselo fue un grave error. Pero Iván era el héroe indiscutible de la escuela. Y se lo creyó. Amante de conquistar partidarios, de disponer de la ferviente admiración a su alrededor, así daba comienzo su espectacularidad alzándose ante un eufórico auditorio expectante.

 

En el último curso, y sólo al final de éste, Iván protagonizó un cambio. Abandonó sus impertinencias y los aires de superioridad que le habían caracterizado y de repente se adaptó. Daba la impresión que finalmente había entendido y aceptado. El director de la escuela afirmaba que el hecho de su radical cambio era una incógnita que nada tenía que ver con la sumisión. Quizás había hecho efecto el comentario reiterado de que si no variaba de actitud se quedaría en esa escuela sin poder asistir al instituto. Iván deseaba pasar a una nueva etapa de su vida cuanto antes, porque él más que nadie en el mundo necesitaba huir de la jaula para volar hacia el horizonte. Qué motivó su transformación, nunca llegaría a saberse con certeza. Mantuvo el secreto de si el cambio obedecía a un convencimiento interior o bien se trataba de otra estrategia dado su rocambolesco temperamento. Lo que fuera que propició el cambio quedó oculto, pero aquellos que pudieron estar suficientemente atentos, comprobaron cómo el último día, sentado en los escalones de la puerta principal de la escuela Iván lloró sin reparos. En verdad lamentaba marcharse de la escuela. Y sus lágrimas eran de arrepentimiento por el dolor causado a diestro y siniestro. Por cada una de las tardes de malhumor que había provocado, por las confusiones y los altercados que complicaron la vida a quienes le rodearon, por confundir hasta turbar a unos y otros y por su chulería desmesurada. Lloró porque ya no volvería a ver a sus compañeros; a sus profesores; a las chicas de la cocina y a las jóvenes  administrativas. Y lloró con hondo sentimiento porque tenía que separarse forzosamente de su hermana a quien adoraba.

Luego de una última expresión que desconcertó a los viejos profesores y a los nuevos maestros, a compañeros y conocidos, con trece años cumplidos, se integró con facilidad y rapidez al nuevo ritmo que imponía el instituto demostrando una singular capacidad de adaptación teniendo en cuenta el papel protagonizado en su anterior etapa como estudiante. Antes de entrar al Instituto Nacional de Bachillerato Maragall, se había parado frente al enorme pórtico porque Iván quiso establecer pautas de comportamiento para que no se volviera a repetir la historia. Y definió su nuevo estilo. Se dijo que necesitaba otra etiqueta que la de revolucionario inadaptado.

Pero en su casa no lograba la adaptación. La pequeña se había convertido en una adolescente arisca y quisquillosa. Iván adoraba a su madre tanto como a su hermana y la relación entre ellas era deplorable y muy tensa. Madre e hija vivían peleando a cada rato y en una ocasión, Iván se enfrentó duramente contra su hermana para defender a su madre; sin embargo, apenas una semana más tarde, tuvo que enfrentarse a su madre para defender a su hermana y no pudiendo decirse por ninguna de las dos, amándolas a ambas, decidió nunca más intervenir. Aunque siguieron las disputas, los gritos, incluso con el tiempo, la competencia por los hombres.

A continuación de haber sido abandonada por su esposo, no había tardado en traer hombres a la casa y no se le podía reprochar, pues sus curvas despertaban apetitos y los silbidos de los albañiles de las obras en construcción. Aquellos silbidos le recordaban que aún era una mujer atractiva y deseada y de algún modo, esto enorgullecía a Iván. Se le hinchaba el pecho como a un pavo real cada vez que sucedía hasta convertirse en algo imprescindible, sobretodo desde que se acostumbró a verse en las vallas publicitarias. Nunca olvidaría la primera vez que caminando junto a su madre, al cruzar la calle se topó con su sonrisa junto a un enorme vaso de leche y permaneciendo inmóvil al contemplar aquel rostro de cuatro metros por dos y medio, la miró para decirle sorprendido y desconcertado “¡…Soy yo!”.

Iván había salido por la televisión anunciando juguetes y medicamentos para niños. Se volvió una figura habitual para las fotonovelas que mensualmente aparecían en los kioscos. Varias escenas se rodaban en el propio domicilio ante la curiosidad de la vecindad. Creció rápidamente su popularidad. Siempre que se precisaba a un niño, los productores pensaban en Iván. Los ingresos por su trabajo se habían convertido en sustento para la casa desde que faltó el ingreso del padre. Tenía madera de showman. Y así fue como terminó por incorporar la vanidad a su ropaje habitual; un detalle que su madre no supo ver y por lo tanto, no pudo paliar… demasiado concentrada en su prioridad.

Estaba obsesionada con sus hombres. Aturdida con el desfile. Elegía la infidelidad a los hijos como antes le habían sido infiel a ella, engañándoles como la habían engañado a ella prefiriendo salir y vagar por la noche en vez de quedarse en la habitación del niño y la niña para que pudieran dormir tranquilos; y seguía sin acudir a su dormitorio para darle el beso de buenas noches porque estaba en el comedor sirviendo la cena a ese hombre que no encajaba. Por un lado, quería rehacer su vida sentimental, y por el otro, intentaba imponer al hombre como el perfecto padre. Se empeñaba tercamente, pero aquello no interesó nunca a Iván que no admitía los discursos de forasteros. Era absurdo. Incongruente para quien nada más quería a su padre y si éste no estaba, no quería a ningún sustituto. Sentía celos porque los entrometidos le arrebataban el afecto de su madre. Y durante tres años, a ninguno escuchó hasta que irrumpió José Luis, quien a diferencia de los demás «compañeros», así es como los denominaba su madre, fue el único que durmió de manera continuada en la desvencijada casa. Y sería quien a partir de ese momento marcaría de manera significativa la adolescencia de Iván.

Se trataba de un hombre despreocupado que sazonaba el día de buen humor, de simpáticas bromas e inverosímiles anécdotas. Pero lo que más  impresionó al joven Iván fue que le habló abiertamente de sexo, de mujeres, de hombre a hombre; además de enseñarle a jugar a las cartas haciendo apuestas y a conducir su deportivo amarillo limón con el techo descapotado. Aparentemente inofensivo, cuando las timbas de póquer con gente variopinta se alargaron hasta las ocho de la mañana del día siguiente, sucediéndose un día tras otro, cualquiera podía interpretar los acontecimientos. Algo seguía sin funcionar en la casa que tenía presencia masculina pero no sabía a hogar. Amanecían los ceniceros repletos de colillas junto a las botellas de güisqui vacías. Sucedió que cuando Iván se preparaba para ir al instituto, todavía encontraba a José Luis despierto con los ojos rojos balbuceando indescifrables vocablos. Pronto se descubrió que no trabajaba, o mejor dicho, pudo confirmarse que se trabajaba a las mujeres. Iván se sintió muy mal por su madre, pero ella estaba ciega y no atendía los comentarios de quienes la amaban. A partir de entonces se produjo el alejamiento.

Iván no soportaba que se rebajara hasta el punto de perder su dignidad, y puesto que lo que advertía no era amor, sino puro deseo carnal y una compañía exenta de cariño y respeto, la ruptura de la relación madre-hijo pudo comenzarse a tocar. Era un hecho irreversible que se palpaba en el aire extendiéndose por la casa como una terrible plaga. Nadie arrastraría a Iván. Ya no era su casa. ¿Respetar la casa sino es hogar? ¡Apartarse del techo negándose a colaborar! Iván no quiso participar del desastre.

 

Había conocido la autonomía emocional a los nueve años a raíz de una conversación con su padre donde apenas pronunció una sola frase, conocía la independencia, sin embargo, para volar del nido, para ser realmente autosuficiente precisaba medios económicos, y se lanzó a por ellos antes de emprender la marcha con apenas quince años recién cumplidos.

Comenzó repartiendo propaganda por los barrios periféricos de la ciudad durante las tardes a la salida del instituto. Algunas mañanas conseguía alquilarle la motocicleta a su vecino para repartir paquetes a domicilio. Llamaba la atención la manera de montarla. Lo hacía como si cabalgara sobre un caballo por las anchas praderas del oeste en aquellos tiempos que la ley se la hacía uno mismo. Continuó con toda clase de empleos precarios que alternó como pudo con los estudios, hasta que su capacidad de comunicación le valió su primer empleo serio como ayudante del relaciones públicas de un centro recreativo. Iván destilaba confianza. Era atento con los clientes. Invariablemente aseado y bien vestido, acudía puntualmente al puesto de trabajo para servir con acierto y, en la primera ocasión que tuvo de hacerse valer, la aprovechó con astucia accediendo como recepcionista titular de la bolera AMF Bowling Center con un sueldo nada despreciable y la responsabilidad de cuadrar la caja del centro a diario.

Tenía estabilidad. Conseguía ingresos fijos. Y un jueves que su madre salió a comprar, a su regreso Iván ya no estaba en la casa. Se había evaporado. No había nota manuscrita, como tampoco hubo posterior llamada telefónica de despedida. Si su madre quería encontrarlo debía acudir a su puesto de trabajo. Su mensaje era claro: dejadme vivir mi vida. Había llegado la hora de Iván; la hora de la auténtica independencia. Renunciaba a su familia puesto que ya no la tenía. Ni tampoco la quería. Iván se borró de la tribu apartándose de la sangre.

Su madre acudió inmediatamente a su hermano Igor como quién llama a los bomberos cuando se declara un incendio –Qué puedo hacer Igor… ¿dime!-. Durante largas horas trató de explicarle su hermano con tranquilidad -Iván está seguro de sí mismo, está lleno de optimismo. Es joven y fuerte. Hay mucho que ver en el ancho mundo. Pero no habrán de pasar muchos años para que su acento cambie-. Igor le había dicho a Iván presagiando su mundo –Serás aclamado como un gran rebelde, pero nunca serás amado, serás odiado sobrino, cuando para el rebelde, más que para el resto del género humano es absolutamente necesario conocer el amor-. Y si hubiera podido hablarle con la franqueza hubiera añadido –Dar el amor aún más que recibirlo-. Pero Iván no escuchaba la sirena.

Continuó diciéndole Igor a su hermana al visitarla dos días más tarde -Aún cuando se acepta su éxito, la opinión de los demás le importa muy poco. Tu hijo ya está en otra cosa. Su brújula señala otro derrotero. Su entusiasmo se encuentra en otra parte. ¿Qué se puede hacer por Iván? ¿Cómo aplacarlo? No se puede. No se puede hacer nada por él. Está fuera de todo alcance. Perseguirlo es imposible y él persigue lo imposible-. ¿Es esta la desagradable imagen de un hombre de genio? pensó, pero esto último lo guardó para sí. Igor estaba convencido que su petulancia, su duelo, nunca sería contra los pobres, los indefensos, los desdichados. Iván combatiría en su cruzada contra los usurpadores, los corruptos, combatiría a todo cuanto hay de falso, de vano e hipócrita y de destructivo en la vida con la esperanza de abolir los equivocados mitos, las burdas supersticiones, las panaceas baratas y toda utopía.

Iván quería encontrar la puerta de la libertad. Desde su primera expresión de vida, ya en la cuna, tenía el firme propósito de cambiar. Buscaba un nivel superior. Y se buscará a lo largo de la vida su centro de gravedad.

 

El servicio militar obligatorio era un obstáculo que Iván debía saltar porque aunque le faltaban dos años para sus dieciocho él necesitaba liberarse del forzado exilio al que sometía la patria a sus jóvenes todavía en la década de los ochenta. En las entrevistas de trabajo era condición indispensable el servicio militar cumplido, así que optó por marcharse voluntario, ¿para qué esperar a la edad reglamentaria?… ¡cuánto antes mejor!

Igual que había renunciado a los estudios por un empleo fijo, renunció a su trabajo con la idea de acortar el camino hacia un empleo mejor. Se alistó.

Realizó la instrucción en el campamento de San Climent de Sesebas donde vibró el ardor patrio en las voces de cientos de reclutas que entonaron el himno del deber durante la jura de bandera. Iván también cantó, y besó la bandera, y saludó a los oficiales con respeto. Pero ni su madre, ni su hermana ya una hermosa jovencita ni por supuesto, su padre, acudieron para abrazarlo y fotografiarse junto al licenciado militar de impecable uniforme.

Atendió las órdenes de sargentos brigadas y tenientes sin rechinar como un palo tieso con los hombros hacia atrás y la barbilla levantada. Cumplió con las tareas encomendadas. Limpió retretes, lavó cazuelas, peló patatas con las botas brillantes y el cabello muy corto y su cetme al lado sin desmarcarse del pelotón. No despuntó. No resaltó. No desentonó. Nadie sabía como se llamaba. Nadie sabía quien era. Nadie sabía qué pensaba. Ni siquiera si realmente estuvo ahí entre todos. Iván quiso pasar desapercibido y bastaba que se propusiera algo para que lo consiguiera y como el agua que se adapta a cada recipiente, estuvo durante la instrucción militar sumido en el más absoluto anonimato por decisión propia.

Ya en Barcelona, en el Regimiento Mixto de Ingenieros número cuatro como cabo gastador, frecuentando el piso de mando, exento de guardias, comenzó a aburrirse. Se le caían las paredes encima. Se cansaba de la rutina. Conocía cada palmo del cuartel.  Las interioridades de capitanes y comandantes no eran suficientemente sugestivas para entretenerlo. Miraba por encima de la garita. Quería estar detrás del muro y la alambrada. Y los viernes se hacían demasiado cotidianos y a las doce del medio día lo fastidiaban.

“Atentos, gastadores, firmes… AR!”. No podía ser de otra manera. “Sobre el hombro… armas!”. Iván daba el primer paso frente a los oficiales de gala aglomerados en la tarima. “De frente paso ordinario… AR!”. Titiritirititi…. Resonaba la corneta. Pam ratapaplam ratapaplam paplam! Resonaba el tambor y, inauguraba el desfile. Tras él, los seiscientos noventa y cuatro soldados del regimiento. Pero cuando llegaba donde se encontraba el señor coronel, al mandar la orden para que la escuadra de gastadores lo saludara, algo no lo complacía. Habló durante los ejercicios de entrenamiento con los miembros de su escuadra. Como jefe podía imponerse. Y los soldados de primera a su cargo debían obedecer la orden, pero temían el arresto de quienes llevaban estrellas en las gorras y condecoraciones en las solapas. No querían hacerlo. No en una atmósfera opresiva como la del ejército donde vulnerar la tradición es un sacrilegio.

Sin embargo, el siguiente viernes, en seguida de que sonara la corneta, salieron con paso invariable los miembros de la escuadra de gastadores. Enfilaron la recta, giraron a la izquierda, se acercaron al paso del redoble del tambor a la tarima y, cuando todos los oficiales observaban, a la voz de Iván “Vista a la derecha… “ el grito lo escucharon los guardas en sus garitas “AAARRR!” rompieron los soldados de primera el protocolo para realizar una maniobra espectacular que simbolizaba una expresión más pomposa que el mero saludo perpetuado por más de cien años. Salió tal y como lo habían ensayado y de esa manera mostraron su respeto a la máxima autoridad del cuartel ante la sorpresa de todos, incluso del mismo coronel. Les había dicho Iván “¡Pongámosle chile a la vida!- y habían aceptado seducidos por su entusiasmo arriesgándose conmovidos por su autoridad.

Y luego de su descaro, del insulto en opinión de muchos oficiales, fue llamado al despacho del señor coronel… para ser felicitado.

A partir de entonces lo saludaban los superiores, lo reconocían en el hospital militar, y en la comandancia de marina exhibían unas fotografías que detallaban la maniobra paso a paso. La propia esposa del capitán de su barracón preguntó quién era el joven que se había atrevido a desafiar con tanto acierto el saludo acostumbrado. La misma hija del coronel rogó a su padre para que lo invitara a tomar café. Y en el campo de instrucción de San Climent de Sesebas, los soldados que sabían de antemano su plaza en el Regimiento Mixto de Ingenieros número cuatro, antes de conocerle, ya hablaban de Iván.

 

Y es que Iván no pasaba inadvertido. Y en el fondo, a él le agradaba ser popular. Cuando se había parado frente al enorme pórtico del instituto, un poco acongojado, para que negarlo, antes de definir su estilo y adoptar el compromiso de adaptarse, había entrado en el bar de la esquina para decirle al propietario su nombre. Quiso advertirle que pronto lo sabía todo el mundo. Entró para asegurar ante un testigo que sería el más popular del instituto y, remarcó “… Y mire cuando se lo estoy diciendo”. Era el primer día de clase.

Únicamente en el primer curso había presencia masculina después de veinte años de albergar el instituto sólo al sexo femenino. Un ochenta y cinco por ciento de los alumnos eran chicas risueñas que aplaudían la novedad, pero la normativa incluía exclusivamente a las aulas del primer piso, y por ello se disputaban entre todas al reducido número de varones recién llegados al Instituto Nacional de Bachillerato Maragall.

Por Iván pelearon muchas chicas, y él se dejó querer pavoneándose por los anchos pasillos con sus ceñidos pantalones que acentuaban su paquete entronado como símbolo de virilidad. Así las besaba luego de tenderlas encima de las mesas de la parte trasera de la biblioteca, luego de internarlas en los lavabos del comedor una vez cerrado para hacerlas suyas, luego de recluirlas en el laboratorio de ciencias naturales bajo los tubos de ensayo y los microscopios. Como amo y señor, imponía su criterio seleccionando candidatas sin admitir negativa ni derrota. Las tuvo literalmente a sus pies. Y como si se tratara de una estrella de cine o de la canción, con la mirada marcaba con una cruz a su devota seguidora para que se trasladara a los vestuarios del gimnasio donde había dispuesto unas mullidas colchonetas. 

Pero se cansó, y comenzó a ensayar pequeñas coreografías de baile en el salón de casa cuando su madre y José Luis se encerraban en la habitación. No era un virtuoso del baile. No repetía una y otra vez un paso de baile hasta quedar  grabado en sus músculos para convertirlo en hábito. Improvisaba sin disciplina ninguna únicamente a la caza del impacto visual. Le gustó ser el centro de atención en la pista. Pronto se presentó a concursos y no tardó en ganarlos. Atento a las discotecas que los celebraban y a las fiestas donde poder exhibir sus originales montajes, encontró en el baile una forma de expresión de inusitado placer.

Todos los temas de moda tenían sus concretos movimientos para Iván, y cuando sonaban en la radio, tenía cronometrado cada compás y estribillo a la búsqueda del mayor efecto en favor de un buen espectáculo. Dejaba salir su inventiva hasta tal punto que se atrevió a componerle una canción a su hermana; la cuál tituló: «No me olvides», como si ya presagiara el desenlace; como si de antemano quisiera pedirle disculpas por la separación que se avecinaba sin remedio.

Participó en la fiesta final de curso del instituto preparando una pieza especial donde para su sorpresa, fue muy aplaudido y felicitado incluso por los profesores. Eran conocidas sus contorsiones en la pista y el comité organizador le pidió que bailara para la ocasión, porque varias chicas de su instituto lo seguían y lo perseguían aclamándolo entusiasmadas al empezar y finalizar cada actuación gritando su nombre y a continuación, el nombre del instituto que también se hizo popular y el hecho había llegado a oídos del gabinete rector. Iván tenía cierta fama. Lo querían en aquella fiesta: la primera fiesta en la historia del instituto en que no únicamente habría chicas. Y los complació subiéndose al escenario bajo una luz fría y estéril frente a un auditorio rebosante de compañeros de estudio. No había condiciones para un espectáculo pero Iván ganó. Lo supo el señor del bar, porque durante una semana corearon su nombre al verlo pasar. Y como muestra de agradecimiento, los integrantes del comité lo desconcertaron como nunca antes nadie lo había hecho al entregarle un trofeo con una placa conmemorativa que recordaba su aportación al evento. Ese día se había emocionado. No contaba con el obsequio. No estaba programado ese sincero reconocimiento. Con el cariño rozaron sus fibras más íntimas y advirtió, brevemente, que tenía sentimientos intensos que escondía. Se conmovió igual que cuando derramó su llanto incontenible el último día en su escuela, pero esta vez pudo contenerse y llorar por dentro con disimulo. El número de estudiantes era dieciséis veces mayor que el de la escuela pero Iván seguía siendo el rey. Todas sabían que existía, que besaba rico y se movía con frenético ritmo.

 

Para el ejército, Iván era un joven disciplinado, cuidadoso en su proceder que mantenía las dependencias de los gastadores impecablemente en orden. Aportó diversos logros en tareas de organización y servicio a los oficiales, pero la paga del ejército era mísera. No disponía de efectivo. Tenía que atender los numerosos gastos de su apartamento sito en la zona franca. Ideó la manera de obtener dinero sin tener que robar ni mendigar. Montaría su propio show. Visto su éxito de años atrás, buscaría un nuevo triunfo: que las chicas fueran a la sala de actos del instituto por él, y no para celebrar el final de curso.

Así se lo contó a su hermana la tarde que preparaba unas fotografías  que pegar en unas cartulinas en la que había sido su anterior vivienda. Su madre lo desautorizó diciendo que esa no era manera de ganarse la vida. Lo increpó golpeándole en la cabeza con los nudillos al compás de un no-es-tás-pre-pa-ra-do pero Iván, muy molesto recogió sus cosas y se marchó pensando que si conseguía llenar el auditorio ganaría dinero al tiempo que se divertía y hacía que otros se divirtieran. Pensó que sería más agradable que la pueril emoción de las tardes que salía cargado de propaganda y la metía en los buzones de la gente sin sospechar que al abrirlos lanzaban los folletos a la papelera. En aquella época era tan sumamente ingenuo que creía que los leerían porque había sido él quien los entregaba.

Sin duda aquella actividad era menos peligrosa que las lluviosas mañanas cuando entregaba paquetes como mensajero motorizado sin tener todavía el permiso de circulación ni la edad reglamentaria. Y como la vivienda estaba más cercana del instituto que su apartamento, como el montaje del show era una estupenda excusa para estar con su hermana, volvió al salón para practicar, pero su madre no lo dejó entrar -Deja de dar vueltas que nos vas a marear, deja de dar vueltas!-. Pero el vuelo de su capa le gustaba a Iván.

Daba continuidad a las hazañas de la escuela escalando por los balcones para colarse en el piso donde se habían quedado las llaves. Era capaz de arrancarle una sonrisa a la niña malhumorada, capaz de ganarse la confianza de un cachorro asustado escondido debajo de un camión. Sólo Iván podía amedrentar al ladrón armado o convencer con abrumadora elocuencia al guardia uniformado con cara de pocos amigos para que no le multara. Iván, capaz de todo o casi todo, era dueño de su día y de su noche pero no era dueño de su futuro.

 

Es imposible unir lo que han visto los ojos de otro al propio, lo que han escuchado los oídos de otro al propio oído. ¿Quién puede predecir lo que ocurrirá? Cada existencia es distinta a todas las demás. Iván descubría que no se puede vivir a través de experiencias ajenas.

Abajo en la calle frente al interfono, Iván no suponía como su madre apretaba fuertemente los dientes. Intentaba hacerle ver que nada podía esperar del instituto si había abandonado los estudios. Lo dejó subir, pero le habló con la cadenilla puesta desde el otro lado de la puerta donde un día Iván vivió –Quisiste trabajar para sustentarte y trabajaste extra para comprarte tu primer automóvil- y con los ojos encendidos vociferó antes de darle con la puerta en las narices -¡… Y tuviste que comprarte el mismo modelo que tu padre!-. Pero el hecho no alteró el ánimo de Iván, aunque intuía que su hermana se había quedado llorando detrás de la puerta apenada porque no podría abrazarlo.

Probablemente era una especie de competición la que mantuvo inicialmente con su padre. Pero la verdad es que cansado de estar preso de los horarios preestablecidos del transporte público, de los rostros hundidos, aburridos, resignados, que deprimen y se codean con los microbios en las barandillas, no dudó en consagrar los fines de semana para estimular el ahorro. Añadió al sueldo de recepcionista en la bolera los ingresos que le reportaba ser el discjockey de Red Sun, una mediocre discoteca de barrio donde las jovencitas se apiñaban en la cabina, no sólo para pedir alguna canción, sino más bien en busca de un guiño simpático o una sonrisa, aunque sólo una afortunada obtendría el beso que garantizaba unas horas en su apartamento. Pero el ahorro era lento, y necesitó más horas, hasta que ya no había un minuto que dedicarle al estudio. Pudo parrandear disfrutando de su primer vehículo que lo llevaba donde y cuando Iván quería, pero la austeridad del servicio a la patria lo obligó a venderlo.

No podía fallar. Se habían acumulado las facturas. Sabía que debía llamar la atención, despertar la curiosidad si quería que vinieran a verle. Solo una vez dispondría de la sala de actos y debía convertir una sala de conferencias limitada, sin camerino ni focos para la iluminación adecuada en un lugar donde efectuar algo “rompedor” había exclamado para sus adentros. Así que habló con la directora del instituto cuyas puntas de las cejas casi le tocaban las orejas. Era la seria profesora de historia que tantas veces lo había llamado a su despacho para preguntarle porque faltaba a clases -Habías iniciado con tan buen pie y te estás torciendo-. Había insistido las semanas previas a su decisión de colgar definitivamente los estudios en favor de un trabajo inmediatamente remunerado “Quien algo quiere algo le cuesta, la independencia no es gratuita profesora”.

Por extraño que parezca, la directora no puso ningún  inconveniente. Le dio carta blanca. Quería ganarse a los estudiantes con actividades para su disfrute, y la propuesta de Iván le pareció estimulante. Comentaron toda clase de cosas. Fijaron la fecha y el precio de entrada. La recaudación sería enteramente para Iván una vez atendidos los pagos del alquiler del equipo. El costo de la sala sería cero.

Iván animó a tocar a un grupo para que la fiesta fuera más completa. Se reunían en la cafetería del instituto. Logró instarlos a encontrar un nombre con carácter que sonara fuerte. Por su parte, Iván ya había diseñado su repertorio que consistía en varias piezas musicales muy conocidas de distintas épocas y estilos, además de imitaciones de consagradas estrellas. Le pidió a su abuela que le ayudara con el vestuario. También alquiló un par de vestimentas llamativas y elementos para decorar y ambientar el espectáculo. Lo preparaba con una gran ilusión. Su show comenzaba a tomar forma. Entrelazaba un número con otro buscando los contrastes para que el ritmo no decayera un solo minuto. Su fracaso no sería no conseguir llenar el auditorio, porque eso dependía exclusivamente de la gente. Su fracaso sería aburrir a los asistentes. Por tal motivo cuidaba cada detalle.

Se paseó por los pasillos del instituto originando diversos cuchicheos. Empapeló cada rincón con domésticos póster que anunciaban la cita que nadie podía perderse. Mientras los colocaba, cuando alguna joven con carpetas y los libros contra el pecho se acercaba a preguntar, le explicaba lleno de entusiasmo en qué consistía todo el asunto intentando implicarla para que trajera a sus amigas y vecinas buscando encontrar antes de que se fuera una especie de compromiso formal de asistencia. Con medios caseros pero una gran voluntad, consiguió revolucionar las clases durante las tres semanas previas y con él, llegó el escándalo. Nunca hasta la fecha había ocurrido nada semejante. Se lo decían unas a otras, incluso arrancaban los carteles de las paredes. Sus fotografías desaparecían. Las chicas se las llevaban a casa para pegarlas en el cabezal de sus camas. Algo le hacia presagiar que iba por buen camino, porque cuando cruzaba la calle en el barrio las chicas agrupadas en los portales murmuraban a su espalda señalándole con el dedo entre risas. El propietario del bar de la esquina que no había olvidado su nombre, le hacía propaganda exhibiendo fotografías en sus cristaleras.

Había conseguido causar la expectación necesaria y, ese día, finalmente la cita llegó. Iván provocó a lo largo de una hora y media la euforia colectiva en una sala de actos abarrotada de féminas y algún perdido muchacho. Y con innumerables aplausos se cerraba un número que daba paso al siguiente y cuando terminó, con un clamor femenino genuino envuelto en un mayor número de aplausos la muchedumbre en pie le agradeció que un jueves cualquiera de marzo se hubiera convertido en un día tan especial.

Iván dio en el clavo cuando al finalizar su personalísimo espectáculo, apareció con un gigantesco ramo de flores y bajó al público para entregárselo a la directora que suspiró en silencio ante los ojos perplejos, los gritos, los silbidos, y los vítores de las enfervorizadas jóvenes todas como fans. Y con unas sinceras palabras sin micro le agradeció que hubiera permitido a tanta gente pasarlo bien. A su lado estaba el señor del bar de la esquina a quien Iván estrechó la mano. Tres filas atrás, su hermana exaltada agitaba los brazos.

Surgió un espontáneo coro. Le pedían que repitiera la canción que había bailado tres años antes; todavía se acordaban! Habían pasado tres cursos y algunas chicas ya no estaban en el instituto, pero todavía recordaban la intervención en aquel evento. Aún se hablaba de tan memorable día. Desde entonces, ningún otro final de curso había sido igual, y con su regreso, había recuperado vida la dormida sala de actos de su antiguo instituto.

A la salida se peleaban por tocarlo como si fuera un ídolo del pop. Entre empujones y pisotones le pedían un autógrafo que empezó a estampar en servilletas de papel al tiempo que coreaban su nombre, y a continuación el del instituto INB Maragall. Se habían roto toda clase de previsiones. Se había desbordado el acontecimiento convirtiéndose en un animal desbocado. Iván no concebía que él sólo hubiera provocado todo aquel alboroto. No se habían servido bebidas alcohólicas y sin embargo, las jóvenes lucían fuera de sí arrebatadas por la euforia. Ante tanta incomprensible histeria, Iván aprovechó para regalar unas fotografías suyas que habían sobrado de la promoción y se sorprendió cuando vio como se las arrebataban las unas a las otras. Aquello se había convertido en una jauría. Se devoraban. Su hermana luchaba por acercársele sin conseguirlo.

Todo lo sorprendente, todo lo imprevisto, todo lo que no se puede explicar, todo lo que se convierte en absurdo y en hazaña, todo pertenecía a Iván. Fue un éxito rotundo. Todo el mundo ganó aquella tarde, sobretodo Iván que había reunido el salario de tres meses trabajando en la recepción de la bolera incluidas las propinas y el sueldo de seis meses trabajando los fines de semana como discjockey. Pero el plato fuerte se lo sirvieron cuando inesperadamente, se acercó la señora directora para hablarle y haciendo un aparte, le felicitó con toda clase de elogios explicándole que la había devuelto por una tarde a su juventud mientras le pellizcaba el trasero, y aquellos mismos comentarios fueron compartidos por otras dos profesoras de cabellos blancos. Las frías y distantes profesoras confesaron que preferían su estilo en un escenario que entre los pupitres del aula, y se alejaron diciendo que su trasero se adaptaba mejor a las candilejas -Tenía que dejar los libros- murmuraron -Estaba cantado-.

Iván rozó la dicha. Sin embargo, no se percató de la humillante agresión que sufrió el joven grupo recién creado en el instituto. Absorto en su triunfo, movido por la masa del gentío, no se percató que después de su actuación la sala se había despejado quedando el auditorio completamente desolado. Aquellos muchachos se habían quedado sin público. Cuando montaban sus instrumentos, al tiempo que Iván se despedía, las jóvenes se marcharon envolviéndole hasta la calle para no regresar.

 

Con los bolsillos llenos y la autoestima desplegando sus alas, tuvo otro obsequio. Logró el pase de pernocta permanente para dormir fuera del cuartel, y buscó como obtener ingresos periódicos aun ostentando la condición de militar.

Y precisamente en lo militar estaba la ganancia. Rápidamente los alférez de academia y los veteranos sargentos se convirtieron en clientes habituales de la sala de fiestas donde ejercía de relaciones públicas organizando actos; pases de peluquería, desfiles de moda, concursos y juegos para aumentar la afluencia de clientes las noches de entre semana.

Al disponer de barra libre, accedió a la bebida que no consumía al principio, pero su sed de experiencias lo llevó a la embriaguez. Se aficionó rápidamente al alcohol cuando se formaban competiciones de haber quien aguanta más. Y apenas unas horas más tarde, corría a formar en el patio del cuartel con la enorme resaca pesada como una lápida; de goma los músculos, de plastilina su cabeza. La ducha de agua helada le confirmaba que todavía latía convulsionándose por entero igual que dos mil voltios en la punta de la lengua. Hasta que un día se dejó el hígado por el retrete y dijo nunca más. A partir de ese momento obligó a los camareros de la sala de fiestas que le sirvieran té en vez de güisqui.

Se acostumbró a invitar a esbeltas muchachas por las tardes y a grupos de mujeres divorciadas y alguna joven viuda en las noches para que los militares se entretuvieran, y así obtenía favores por partida doble, favores de las damas solitarias, y de los oficiales que a modo de trueque intercedían a favor de los soldados de su escuadra en caso de arrestos, todo a costa de la sala de fiestas donde había establecido su cuartel de operaciones.

 

La vida fluye. Y como el líquido fluía Iván buscando cualquier fisura para penetrarla. El ahora mismo era lo único que contaba.  Nadie podía alcanzarlo. Se escapaba entre los dedos. Nacía el hombre epopeya.

Se había desprendido por completo de su herencia. No quería sobrecargarse con equipaje. Y variaba de rumbo con demasiada frecuencia empujado por quien sabe que rara sólida potencia, y con impetuosa maestría, permutaba una situación por otra porque Iván no quería que nada lo atrapara. Y esta convicción se acentuará con el paso de los años. De repente mudará su proyección alterando su progresión, barajando demasiados acontecimientos a la vez, para, sin más, darle un vuelco a su vida con la facilidad con que un niño se mete el dedo en la nariz.

Iván estaba bien. Se sentía satisfecho y realizado. Como pez en el agua de su nuevo mundo repleto de fantasía.

 

Se había refugiado en la fantasía como mecanismo de defensa. Adaptaba al personaje que construía lo que él entendía que le favorecía; virtudes que extraía de las películas en las que se identificaba con el héroe venciendo en su rica imaginación. Así admiraba a Alain Delon por su forma de saber estar, estudiaba la sensualidad de Richard Gere, imitaba el baile de John Travolta, le fascinaba la agresiva rebeldía de Marlon Brando que mantenía a pesar de su edad, le sorprendía la fría serenidad ante situaciones límite de Charles Bronson, le estremecía la profundidad del sentimiento soul que encarnaba Areta Franklin y la sonrisa brillante del intrépido Burt Lancaster. En todos ellos se fijaba, apretado corsé. A ellos quería parecerse en cada una de sus áreas. Intentaba copiarlos. La suma de aquéllas cualidades era tener una personalidad interesante según Iván. Pero, ¿cuándo iba a empezar a ser sincero consigo mismo? Parecía como si hubiera extraviado su identidad, ¿por qué? ¿debido a qué? ¡Levantaba un monumento con los pies de barro!

Iván desconcertaba y su mirada la definió una chica de esta forma -Es una aspiradora que desnuda el cerebro y el organismo como si te quisiera tocar por dentro con una intensidad anormal-. Probablemente su mirada era lo único que de verdad le pertenecía completamente. Todo lo demás lo había tomado prestado quién sabe para cuánto tiempo. Incluso su prototipo de mujer se asemejaba a un rompecabezas que había diseñado a lo largo de los años. Quería que fuera fascinante y que lo dejara sin habla nada más contemplarla. Pretendía conducir a doscientos por hora por la autopista y de repente, encontrarse con un socavón en el pavimento. Precisamente ésa era la sensación que Iván buscaba en una mujer: que lo dejara sin aliento de igual forma que se te hiela la sangre al pasar por encima del socavón a doscientos por hora.

Constantemente regalaba palabras cariñosas pero sólo una para evitar equivocarse con el nombre. Así todas eran su «conejito» y a todas en vez de pronunciar el tradicional «te quiero» calladamente les susurraba: Ich Liebe Dich. De esta forma no traicionaba a ninguno de los dos. Porque no la amaba a ella, sino a la mujer que estaba ahí. Iván sólo amaba el momento, determinada situación, la sensación acaecida en ese lugar y en esas circunstancias precisas. No quería promesas ni falsas ataduras. No deseaba hipotecarse. Danzaba entre las flores catando su aroma en busca de una fragancia inexistente.

Estaba decidido a encontrar la felicidad sin importarle dónde le llevara el camino, pero pobre infeliz, en el cruce se había equivocado y recorría un falso camino lleno de espejismos amarrado a la cola de la vida dando bandazos de un lado a otro con la sensación del que sube y baja de una montaña rusa a la que han quitado el tope, peligro!

A sus dieciocho años decía que era un vividor que vivía cada instante como si fuera el último porque tal vez al día siguiente finalizara el mundo, pero esos instantes eran robados. Ninguno de ellos le pertenecía. Pretendía ser Romeo Don Juan y Casanova unidos en uno solo y no alcanzaba a vislumbrar el terrible Frankenstein que estaba construyendo. No se desarrollaba a plenitud. Se consolaba diciendo que era el tipo de hombre al que ninguna mujer puede amar, pero al que todas desean. Y ciertamente era un joven al que le gustaba procurar placer a las mujeres y a ellas, que así procediera. Ninguna de sus conquistas se cansó nunca de Iván. Se hacía imprescindible.

Atractivo y sexual. Tenía buenas maneras. Sabía del valor de la discreción en las aventuras de cama. Entendía que una confidencia era cosa sagrada y romperla equivalía a un pecado mayor que romper las tablas de los diez mandamientos. Y en silencio, a espaldas de sus maridos, inicialmente como un juego, empezó a dejarse comprar por las mujeres que frecuentaban la sala de fiestas en busca de un consuelo fingido. Caían en su red con el riesgo de enamorarse de él, mejor dicho, con la amenaza de encapricharse de Iván, pues era un sabroso dulce para cualquier mujer que superara los cuarenta.

Enredándolas en su empalagosa conversación, sabía decirles con ciertas dosis de entresijo que amar es compartir la igualdad; pero partían de mundos distintos, de intereses distintos, de posiciones distintas, y de una edad muy distinta, aunque eso no importaba a ninguno de los dos. Se refería a la igualdad del sentimiento pero todavía no lo sabía. Ni tampoco sabía lo suficiente del sentimiento porque permanecía en la superficie. Pero por alguna extraña razón recibía señales.

A menudo afirmaba cuando sonaba la melodía de cierre de la sala de fiestas que esperaba encontrar en ella a su compañera, cuando lo único que esperaba era que lo invitara a cenar en el restaurante especializado en cocinar de madrugada para los noctámbulos clientes más selectos de la ciudad. Las noches estaban atestadas de rubias morenas pelirrojas, de altas bajas y de alguna regordeta, todas mayores que él, al fin y al cabo, ¿quién las necesitaba a tanto sino Iván!… ¿en busca del abrazo maternal?

A continuación de saciar su delicado estómago, durante el postre, argumentaba sin venir al caso cuando ya los temas se habían agotado, arrastrando las palabras para acentuar su impacto “Mi capacidad de amar es inagotable”, y se perdía en una disertación incoherente ajena a la realidad degustando un café tras otro al tiempo que la señora seguía aguardando poder abalanzarse sobre Iván. Y algo de cierto había en esa señalada capacidad, aunque no del modo en que lo practicaba. Hablaba sin dominar el significado de la vida.

A veces era ingenioso, sobre todo por las tardes. Preguntaba a las jovencitas si buscaban un atleta, a lo que respondía de inmediato asegurándoles que disponía de gruesos bíceps en la masa encefálica, y si querían un cuento de hadas, si buscaban un príncipe narraba como si de un flautista se tratara “Las tierras azuladas de mi principado te pertenecen si las quieres” y si su aspecto era demasiado intelectual e intuía que necesitaban de un sobresalto señalaba “Si te atreves… mi magia es tuya y con ella toda su fuerza pero deberás emplearla para hechizarme, para hechizarnos a ambos hasta hartarnos de ilusión”. ¿Pero hasta qué punto no era un guión prefabricado? ¿Acostumbraba a contar hasta diez antes de decir lo que pensaba midiendo cada palabra o todo era una larga lista de frases recopiladas que usaba según le convenía?

Vivir un romance con Iván era embriagador para las féminas. Conseguía transportarlas a un paraíso multicolor donde la delicadeza se mezclaba con la pasión encendida. No era de extrañar que le escribieran notas utilizando a conocidos como intermediarios. Le mandaban cartas al cuartel y a la sala de fiestas. Se las pasaban por debajo de la puerta de su apartamento cuando ya no cabían en el buzón. Al vecino le llegó una equivocadamente y se ruborizó por su contenido. El portero de la sala de fiestas. El oficial de guardia en el cuartel. Todos y cada uno disfrutaban de los mensajes picantes.

Las llamadas telefónicas se sucedían una tras otra. Llegaron a multiplicarse hasta el límite del acoso. Pero tanto Iván como ellas se confundían irremediablemente entre el amor y una pasajera relación impulsada por el cegador destello de un instante fugaz.

 

Cuando deseaba dar carpetazo, cansado y aburrido, Iván simplemente decía adiós en forma de jeroglífico. Su sentencia era perpetuamente la misma, decía “No deseo aislar los hechos, si no volver a colocarlos en su lugar correspondiente. Tú eres mi caracola preferida, pero la playa está llena de ellas y quiero escuchar el rumor de todas las demás. Tu melodía es bella, pero ahora, ya la conozco”. Y la mujer se quedaba embobada descifrando el acertijo. Y cuando Iván se arrepentía y quería rectificar, añadía cuando volvía para recuperarla “He levantado muchas caracolas pero todas estaban vacías y sólo tu música me perseguía”. Pero cuando se trataba de terminar definitivamente con una mujer, utilizaba otra táctica que consistía en apurar al máximo para sacarle mayor provecho. Y conseguía todo cuanto podía de esa relación de intereses en la que ella se aprovechaba de la fogosidad de un cuerpo juvenil, y él, de la experiencia y los obsequios de una señora madura pero bella porque Iván fue en todo momento muy selectivo. Sabía encontrar en cada mujer una cualidad que la hacía excepcional respecto a otras, aunque en todas ellas encontraba un denominador común: la generosidad material. Y corría a sacar cuanto podía de lo que se presentaba como algo acabado. Espetaba mensajes abstractos que no venían al caso en situaciones en las que no podían reaccionar ni cortar el diálogo, desarmándolas, regocijándose por sus reacciones y desordenados titubeos.

Prefería la seguridad del automóvil en trayectos largos. Apagaba la música, se quedaba mirándola fijamente mientras al volante, centrada en la carretera, ella se preguntaba qué ocurría. Permanecía en silencio un buen rato dejando que la mujer se pusiera nerviosa al no comprender qué estaba pasando y, antes de que dijera nada, como en un ritual al que previamente hay que invocar al santo, con tono trascendente Iván perpetuaba “Me he dado cuenta de que en mi corta vida nada más ha habido espacio para una larga fiesta de güisqui, canciones bajo los focos de la pista de baile y algunos pocos viajes, al tiempo que me he embriagado por una sucesión constante de relaciones pasajeras con toda clase de mujeres, pero ahora que he terminado mi güisqui, que estoy exhausto para seguir bailando, sólo estás tú, y no tengo dinero para viajar. La fiesta ha terminado. ¿Nos vamos a París?”. Y así es como llegaría algunos años más tarde a la capital francesa de la mano de una mujer tras recitar su estrofa una y otra vez. Lo que inició como una ensalada de emociones se había convertido en una orgía.

 

Tenía la virulencia de lo inesperado que sorprende confunde y pasma. Algo que estremecía a las mujeres transportándolas a una región donde nunca antes habían estado. No era importante lo que decía, sino cómo lo decía.

Acogido a su puesta en escena, a su indumentaria y su maquillaje para crear una realidad exclusiva participando con tal intensidad del cine que sometía la vida, experimentaba cómo podía vivirse en otra persona. Iván había aprendido lo que significa transformarse en un personaje.

Como ser humano era mucho más interesante que cualquier personaje de ficción pero todo apuntaba a que Iván se convertiría en un abanico de diversidades sin dar de sí nada interesante porque copiaba. Imitaba. Creía en la realidad de lo que estaba haciendo y sintiendo y nació su confianza en la exacta imagen construida, pero no se trataba de la seguridad de quien está absorto en sí mismo. Tras su máscara, accedía a rasgos que exhibían en las películas. Se ocultaba detrás del personaje y protegido mostraba algunos atributos que ni con un leve murmullo se atrevía a mencionar sin la escena.

El uso del excesivo gesto disuelve a cualquier persona. Los gestos por los gestos son la mercancía de los actores interesados únicamente en el propio atractivo y a Iván, le fascinaba la pose y el exhibicionismo olvidando que la creación es para la eternidad; pero la creación impregnada de vitalidad íntima y franca.

Obsesionado por la mujeres, por gozar tan cerca del sol que casi podía quemarse, vivía en el exterior inmediato con tal cantidad de sensaciones y deseos que como caballos corrían desbocados y cuanto más corría persiguiéndolos, más se alejaban ellos.

Era una tentación descomunal actuar. El decorado, el atuendo, el lenguaje apropiado, sus pintorescos modos a la vista de todos recibiendo ovaciones y aceptando alabanzas. Iván amenazaba con continuar su periplo. Y si sólo vivía de estos estímulos se iría hundiendo en la trivialidad de lo vano y lo vacuo, en lo estéril y lo artificial porque su atractivo escénico carecía de fuerza natural. Una persona de convicciones serias no puede contentarse durante mucho tiempo con semejante clase de actitud. Si Iván mantenía esa superficialidad se vería arrastrado y destruido.

 

El condicionamiento de tener que crear una serie de contorsiones pretenciosas frente a todos, la simulación forzada, las frases preescritas por sus héroes, la falsedad que paralizaba su naturaleza lo forzaba a la ostentación. El factor principal en cualquier forma de creación reside en la vida del espíritu humano y no en la vida del actor que interpreta. Su manera de proceder era efectiva, impresionaba al público en general pero, ¿qué clase de impresión es la que producía? ¿Por qué era así y no de otra manera?

Iván era así porque sí, porque podía. Y porque no quería ser de otra manera. No debía censurársele como no puede censurase la manera de actuar de un rayo, la manera de actuar de la tempestad o la manera de actuar de una borrasca.

Iván simplemente era Iván. Y lo demás no le importaba a Iván. Dondequiera que fuera penetraba con su soneto a cuestas. Ni leyendas ni símbolos apagarían su sed de experiencias. ¿Abdicará y se convertirá en vagabundo en busca de su verdadero reino?

 

Imprimía dulzura al pronunciar palabras de conquista. Se adaptaba según era su presa. Combinaba la adecuada estrategia con sus mejores posturas, dejando en el aire la insinuación. Se delataba mediante el sutil lenguaje corporal procurando marcar a la escogida tras un peculiar casting. Rozaba a las candidatas en el hombro con su mirada de felino a la caza. Dejaba claro qué era lo que quería y esperaba a atacar hasta que daban muestras de haber entendido, así iniciaba el juego de la seducción: el asalto consentido en un tira y afloja de espadas desenfundadas que chocan. Era en aquellos momentos cuando Iván disfrutaba al máximo sin obviar ninguna etapa hasta que el filo de las espadas encontradas en el aire se tornaba piel contra piel. Pero llegar a la cama para practicar sexo pasaba a un segundo término en su preferencia. Cuestión de puro trámite. En primer plano estaba el hacerla suya, dominarla para someterla. Lo demás venía solo. Cautivarla era lo fundamental. Se trataba de un duelo. Y cada mujer se convertía en un reto.

Años atrás, cuando había oído hablar de la virginidad de ésta o aquella chica, de si la del tercer grado lo hacia mejor o peor que la rubia del segundo, escuchando como relataban el momento del clímax y las sensaciones del orgasmo, cuando los muchachos mayores se jactaban de su peripecia en interminables tertulias, Iván se dejó hechizar por la magia de aquello que todavía le era desconocido. Con un apetito feroz de experiencias, Iván todo lo hacía de manera exagerada ¡y qué bien puede comprenderse esa manía a su edad!

Recién llegado al instituto, todavía no tenía una opinión específica sobre el sexo ni conocía el sentimiento de su deseo hacia el cuerpo femenino. Sabía que le gustaban las chicas porque algo se ponía duro de vez en cuando pero nunca le perturbó el asunto. Hasta que un domingo le preguntaron los camareros tras cerrar la discoteca Red Sun y tuvo que quedarse callado. Conocía la caricia y el beso con lengua pero nada más. Con quince años y medio se consideraba que tenía una edad apropiada para poder opinar abiertamente sobre sexo, y al no querer seguir permaneciendo con cara de atónito ignorante que mira a escondidas la vagína de una mujer en las fotografías de las revistas decidió indagar. Se propuso saber para establecer sus propios criterios.

Por entonces en España no había tantos sex-shops como panaderías ni funcionaba Internet. Iván sabía únicamente que existía el clítoris porque se lo había dicho José Luis, pero nunca había visto uno. Como si de la adquisición de un producto se tratase, averiguó quién era la estudiante del instituto más lasciva y libidinosa. Examinó cual de entre todas disponía de las características apropiadas y las medidas más perfectas y la invitó a tomar un refresco para hablar sobre el tema, y ante la sorpresa de la avispada muchacha, le expresó su deseo de acostarse con ella argumentando que únicamente quería conocer algo sobre el sexo.

Hicieron un pacto. Ella visitaría la casa de Iván el sábado por la tarde que se había puesto de acuerdo con José Luis comprometido en llevar a su madre y a su hermana a una carrera de automóviles. Iría para dejárselo hacer todo sin protestar, absolutamente todo -Podrás hacer conmigo cuanto quieras, ponerme como te apetezca- había dicho ella –Pero con la condición de no explicarlo después a nadie- y añadió Iván “Y nunca más nos veremos ni para repetirlo ni para recordarlo”. Disimularían cuando se cruzaran ocasionalmente en los pasillos del instituto guardando una peripecia que sabían suya, qué emocionante!

El sexo prometía ser algo muy revelador. Ambos estaban preparados y deseosos. Iván pensó “No hay mujer frígida sino hombre inexperto”. Quería aprender, no solamente para opinar. No quería ser torpe en tales menesteres. Pretendía averiguar qué clase de cosas gustan a las mujeres y haber escogido a una veterana adicta al sexo garantizaba una valiosa información mucho más allá del placer “Luego me sentiré fuerte para abordar a cualquier dama necesitada de ser complacida” pensó. Y desde algún lugar remoto volvió a recibir señales que llegaron en forma de telepático regalo: profundizar en la persona con la que te acuestas es más importante que dominar el método, porque cuando se habla de hacer el amor, la penetración es lo de menos. Sin embargo, Iván ignoró el mensaje.

 

Te queda la vida teñida por la primera experiencia sexual que sirve de parámetro para medir todas las demás.

La fuerza que conduce hasta la primera experiencia no fue el amor para Iván. Lejos de permanecer tenso como algunas personas aprensivas que se decepcionan al rato si no proporciona la tan aclamada sensación de éxtasis que imaginan, intuyendo que es un arte que debe cultivarse hasta perfeccionarse, las relaciones sexuales mejorarían invariablemente con la práctica. Por el momento, solamente quería familiarizarse con el sexo obviando a la pareja. Nada tenía que ver con ella. En el fondo, la muchacha no le interesaba pese a sus pronunciadas curvas y sus preciosos ojos turquesa y unos senos perfectos que parecían dos naranjas con todas sus vitaminas.

Y ambos aprovecharon la situación que se había dado. Nunca antes se habían tocado, ni siquiera un beso en la mejilla y allí estaban los dos desnudos una tarde de sábado dispuestos a practicar sexo seguro. Iván había adquirido una caja de veinticuatro preservativos. Se había lavado los genitales luego de ducharse y de embadurnarse el cuerpo con crema y de perfumarse minutos antes de su llegada. También se cortó y limó las uñas para volverse a lavar las manos con jabón. Sus dedos pretendían juguetear en su vagína para descubrir la desconocida cueva. Una hora más tarde, ella supo del verdadero significado de la palabra sensualidad. Sus gestos suaves como el mismo tacto de las algas; sus comentarios susurrados con delicadeza; su vitalidad desgarrada la hundieron en un sin fin de sensaciones.

Superado por completo cualquier distorsionado estado de nerviosismo, excitación en mano, sin apresurarse en agotar la tarde, la exaltación se apoderaba de Iván. Y repitiendo lo que había visto en una película le colocó un cojín debajo de las caderas para penetrarla dócilmente aunque con firmeza. Con leves movimientos se introdujo dentro de su rasurado conejito inocente de amor, culpable de sexo.

Después de la segunda eyaculación, Iván señaló “Puedo hacerlo… puedo hacerlo mejor” en referencia a que terminaba demasiado pronto. Intentaba resistirse a la explosión, pero su inexperiencia y el deseo de volver a empezar le hacían terminar pronto.

Hubo un erotismo informal sin protocolos, desenfadado, sin pretensiones. Iván se dejó llevar por su impulso animal, el cual respondió bien al final, consiguiendo que en algún instante de la fiesta a ella le tambalearan los sentidos. No estaba acostumbrada a esa manera de entregarse tan huracanada y sin tapujos. Y una vez empezó, Iván no paró. Superó el nivel sexual esperado hasta alborotarla. Fue un acontecimiento apasionante tanto para él como para ella, pero nunca más se repetiría. Sucedió lo pactado: una sola reunión.

Iván descubrió aquella tarde lo que necesitaba sobre el sexo al haber tratado con una ninfómana a quien avasalló con mil preguntas, pero a quien ni siquiera besó. Nada más le interesaba descubrir todas las fases del proceso, esto lo llevó a estar junto a una hembra hambrienta de placer que se alimentaba de sucesivos orgasmos. Averiguó que de pequeña coleccionaba peluches y que desde hacía un par de años coleccionaba hombres. Escuchó cuando confesó que se había iniciado tres años antes en el automóvil del garaje con el padre de su mejor amiga y que a partir de ese momento quiso más y más y ya no podía parar descontrolada. Y se sonrojó cuando añadió -Al decirme que eras virgen, no pude resistirme. Ya nunca podrás decirlo y yo por siempre seré la afortunada que se hizo con el primer Iván-.

 

Ya podía hablar con conocimiento de causa, pero que triste comienzo el suyo. El beso es con frecuencia la primera expresión del amor, y no existió. Nada sabía pues de amor. Todo quería saber sobre sexo y el sexo, ese cúmulo de sensaciones diversas clamaron como campanas, concretándose en acciones, como en una tabla de gimnasia donde realizar malabarismos y complicadas contorsiones, callados los corazones, la tarde de sábado en la vivienda que pronto dejó de ser su domicilio.

Había consumado la relación sexual atravesando todas sus etapas, atracción, excitación, y clímax final y no una, sino varias veces a lo largo de la tarde. Logró la optima erección en repetidas ocasiones y ella, como las demás mujeres que le seguirían, la lubricación suficiente para recibirlo, recogerlo, y absorberle hasta la última gota.

La materialización del acto sexual tuvo una base teórica y sus predicaciones formales se convirtieron en finalidades al servicio del placer, lejos del sentir. Saber como se hace, como es posible hacerlo, le sirvió a Iván para tener un referente ilustre pero nada más. Su desbordante entusiasmo no podría recrearse porque aún encontrando la proximidad de dos cuerpos y el mutuo deseo, no existía lo más íntimo y fundamental: el abrazo de las almas enamoradas.

 

En un mundo exageradamente prendado de racionalidad, Iván se alejaba de todo cuanto tenía que razonar. Oscar vivía analizando y evaluando para luego extraviarse en la reflexión privada. Observar y estudiar era su hábito cotidiano. Y todo lo estudiaba. Por el contrario, para su amigo Iván la atracción hacia otra persona, preferiblemente de sexo femenino, sobretodo a nivel sexual, era un fenómeno poco explicable a nivel reflexivo y, por lo tanto, poco propicio para justificarlo con el razonamiento y aunque pensaba y pensaba mucho nada podía cambiar su impulso salvaje. Prefería otorgarle a Oscar la facultad del pensamiento y continuar con su bárbaro canibalismo.

Iván enamoraba y desenamoraba intencionadamente solamente para experimentar. Los personajes de ficción le habían mostrado en imágenes lo que él había averiguado: que podían fundirse dos cuerpos.

Vivió la identificación emocional a través de sus héroes adolescentes como una manera de predecir el “suceso del encuentro”; un fenómeno que cuando se produce tiene demasiados matices respecto a cualquier película. La vida real supera con creces a la ficción más imaginativa de la cinematografía, la televisión, la radio o el teatro. Todo encuentro es único e irrepetible. Y un tropezón cualquiera, un involuntario choque en la calle, una refriega en el metro, una mirada cruzada en el autobús, una escaramuza profesional o una pelea en la comunidad encierran secretos inauditos que disimulan el misterio, ocultos los tesoros que encuadernan las tapas del Libro de la Vida.

El encuentro entre dos personas que sienten mutua atracción es una bendición de la vida. Y si lo detectamos, preparándonos concienzudamente triunfamos de muchas maneras. Oscar también recibía extraños mensajes desde algún lugar remoto y atesoró el regalo cuando le hablaron de esperar, de aguardar el momento de amar. Pero en el caso de Iván, tan inmerso estaba en transformar permanentemente su entorno que alejaba la posibilidad del encuentro verdadero. Disociaba la verdad enmarañado en su laberinto de pasiones. No se quedaba en una relación porque no quería detenerse. Iván quería conocer a muchas mujeres diferentes. Y no encontraba la mágica sensación que debe cultivarse porque esperaba un fruto sin haber plantado la semilla previamente.

A lo largo de la vida tratamos a infinidad de personas, aunque sin llegarlas a conocer en profundidad. Solamente unas pocas se hacen específicamente atractivas, cuando, sin miedo, levantan su máscara para mostrar ese perturbador sujeto que singular nos hace temblar… ¡hasta que lo frecuentamos!

Iván se resistía a incorporar a las personas a su mundo afectivo. No sería hasta la madurez que un número muy reducido de gente le inducirían a un íntimo deseo de unidad. Por el momento solamente estaba Oscar. Nadie más. Ambos sentían la necesidad del otro más allá de lo habitual. Y encontrándose lejos, no sentían dolor, ni tampoco remordimientos, porque lo que más amaban de su buen amigo era todavía más evidente en la ausencia. Así se buscaban para vivir entre el flujo y el reflujo de la marea de la autentica amistad.

En busca de la gratificación que produce el simple contacto del individuo extraño, identificando a la mujer más exótica, sumido en la pasión desbordante de ese instante fugitivo, con el ardiente deseo de todo y el ansia de muy poco, Iván no buscaba acariciar su mano sino arrebatarle la energía como si de un vampiro se tratara y seguro de su atractivo animal, acechaba. Y por más que se esforzara en resolver su impulso, esa necesidad no se la explicaba ni él mismo. Nadie comprendía porque reaccionaba como lo hacía y el único que podía entender ese comportamiento en absoluto le inquietaba.

Desde lo alto del cerro esperaba con inusitada ansiedad. Desde allí divisaba perfectamente la amplitud del valle. Desde aquella posición distinguía con nitidez la serpenteante carretera que terminaba en el gran caserón del siglo XVIII. Era domingo, día de visita para los padres. Todos habían llegado menos los suyos. Y la espera continuaba.

Oscar no perdía la esperanza perdido en los exquisitos ángulos del valle. Se decía una y otra vez “Tienen que venir; seguro que van a venir”. Levantaba la vista al cielo en un ascenso breve y a continuación realizaba un descenso pronunciado como una gota de lluvia pegada en el cristal del ventanal.

Transcurrió una hora. Cuando un vehículo se distinguía todavía pequeño, se levantaba como si un escorpión le hubiera hincado el aguijón. Se aceleraba su corazón hasta que la agitación se reducía a un mero suspiro de desánimo al comprobar que no eran ellos. Y pasaron dos horas. Calambres descendiéndole por la espalda y las piernas hasta las plantas de los pies.

No apartaba sus manos temblorosas de la cara cubriéndose los ojos y contando a la de tres aguardando el milagro. La ansiedad se convirtió en angustia. Se le escapaba el tiempo para no regresar. Ya no podrían participar de los juegos entre padres y alumnos, y sin quererlo, los maldecía.

Inscribieron a Oscar y a su hermana en una institución francesa de reconocido prestigio en un pintoresco pueblecito llamado Millau, a catorce kilómetros de Montpellier, en Francia. Los chicos estaban separados de las chicas por un río y esto les parecía excitante. Ese verano había un grupo de diecisiete españoles que tan pronto llegaron fueron separados de manera que sólo hubiera un niño español en cada barracón indefenso en una tierra extraña, obligado a relacionarse con nuevas amistades, forzándolo a comunicarse solamente en francés. La dirección evitaba que hablaran entre ellos buscando refugio en la seguridad del idioma. No podían ayudarse unos a otros. Cada uno debía moverse con la propia inercia.

Entre la diversidad de actividades, Oscar destacó por su habilidad en el piragüismo sin levantar la cabeza de los libros. Tenía estabilidad y sentido del equilibrio, disfrutaba con su práctica y era muy veloz; sus brazos resistían largo tiempo en tensión. Otra cosa eran sus piernas. No aguantaban los bailes que se celebraban los viernes por la noche. Allí era donde veía a su hermana, a menos que por cuestiones de horarios se hubieran cruzado en la piscina durante las semana. Y coincidía con los demás españoles que se juntaban para contar chistes verdes en el extremo de la barra del bar donde las luces de colores no llegaban y su anonimato quedaba garantizado.

El 16 de agosto de 1977 amaneció caluroso y soleado como cualquier otro día, pero no fue un día cualquiera; aunque Oscar lo supo después. Quince días más tarde averiguó que ese caluroso y soleado día se había roto para mucha gente invadiendo la tristeza ese mismo día a millones de corazones en todo el mundo. El impacto de la noticia llegó a las doce horas del mediodía. Su madre no tenía mucho tiempo para el afecto tierno de una caricia, pero no escapaban sus exagerados cuidados y no era el único paquete que le había mandado, pero sí el único que contenía unos recortes de revistas y periódicos; además de las habituales galletas, los quesitos en porciones, el pan de miel y otras golosinas que Oscar repartía entre sus camaradas. La tragedia hizo que las hormonas se alteraran y el músculo que erige el pelo se contrajo de forma involuntaria provocando el efecto de piel de gallina: «El rey ha muerto, viva el rey» decía la noticia y por partida doble se estremeció; por el pánico a la muerte y por el dolor de su desaparición. Había descubierto a un ser magnifico y se lo arrebataban como le habían arrebatado a su mejor amigo. Su ídolo había dejado de existir. Ya no entonaría delicadas baladas ni desgarraría los cuerpos adormilados con su contundente rock and roll pero la identidad de semejante ser quedó impresa con letras de oro mayúsculas para la posteridad.

Se le apagó el brillo infantil y su sonrisa se desvaneció del rostro perplejo a quién han arrancado su mejor juguete. Deambulaba sin rumbo mientras golpeaban en su mente dos palabras, y tras éstas dos palabras nada tenía sentido para Oscar. Como no tenía ningún sentido su esperanzada espera en lo alto del cerro con la vista perdida en la lejanía maldiciendo Austria. Estaba cansado triste y malhumorado. Los necesitaba. Podía escuchar a los demás niños reír y cantar saltando de alegría con sus padres y madres. Incluso su hermana estaba entre los familiares ignorando el hecho de que quizás ya no vendrían. Probablemente todos se habían olvidado de Oscar. Habían transcurrido más de tres horas. El debilitado e insistente latido de su dolor no pudo desclavárselo del pecho. Así terminaba aquel día aplastado como la araña que se mata de un manotazo porque incordia.

De camino a Barcelona, sus padres tenían previsto pasar y detenerse en Millau. Regresaban de unas cortas vacaciones en París. Su madre intuía que serían las últimas, y efectivamente, la estancia en la capital francesa sería lo último que compartirían. Su marido se había encaprichado de una joven austriaca que actuaba en un cabaret. La conoció celebrando la victoria con uno de sus clientes del bufete, un hombre satisfecho que no dudó en premiar su logro ofreciéndole en bandeja aquel apetitoso bocado de apenas diecisiete años. No cantaba, no bailaba, pero prometía, y su cuerpo era el cuerpo del delito que cegó a un hombre casado que atontado y débil, sucumbió a los encantos destrozando el calor de un hogar consolidado.

París había sido una despedida hipócrita. La madre de Oscar no se equivocó. Transcurridos apenas dos meses, la separación legal se consumó. Pudo comprobarse la merecida reputación de su padre como ágil y dinámico abogado. Los trámites burocráticos se resolvieron rápidamente gracias a sus influyentes contactos; separación y divorcio en un único documento. Sin embargo, tres semanas más tarde el hombre moría; pero no moría en la carretera arrollado por un distraído camión al que no pudo esquivar una vez encima, no. Moría por una estupidez. Una inmensa estupidez que podía haber evitado igual que podía haber evitado el daño causado. Moría electrocutado.

Con un torpe castellano pero con una gracia diabólica le pidió que cambiara la bombilla fundida del recibidor. Y el hombre lo hizo descalzo. No quería demorarse en complacerla. Salía de la ducha y sus pies aún mojados se deslizaron por los peldaños de la escalera metálica. Se quedó tieso el padre de Oscar. Así terminó su eléctrico amor desenfrenado con una descarga tal que fulminó su vida. Y terminó por desbaratar la vida de Oscar, de por sí sombrío y afligido desde la muerte de su ídolo Elvis Presley.

No volvió a orinarse en la cama. Ya no tendría que ir al psicólogo a dibujar y responder absurdas preguntas. En las periódicas ausencias desde que su padre conoció a la jovencita novicia del cabaret, Oscar había comenzado a mojar las sábanas. Sucedía cuando su padre estaba lejos, pero cuando ambos dormían bajo el mismo techo no sucedía. Era algo que no podía evitar e inconscientemente, por la noche, muy noche, se repetía el vergonzoso acto que anunciaría al día siguiente a bombo y platillo al colgar las sábanas en el patio para que se secaran al sol mientras la vecindad contemplaba su desgracia. Era demasiado mayor para hacerlo. A los diez años los niños hace años que saben controlar su vejiga. Le abochornaba levantarse cada mañana empapado de orín, pero su frágil naturaleza era superior. Siguió haciéndolo durante varios meses ante la sorpresa y la pasividad de compañeros profesores y familiares. Pero a continuación de su muerte jamás volvió a suceder. Como igualmente no volvió a escuchar aquella mentira que le susurraba al oído su madre antes del desenlace -Tu padre se acuerda de nosotros y nos quiere mucho-, a lo que Oscar respondía desde su oprimida voz interior “Necesito hechos y no palabras, últimamente ni siquiera me habla, ¿es que ya no le importo nada?”. Aunque sólo sus propios oídos escucharon la petición que como una palpitación retumbaba en la estancia porque se había desvanecido la atención a la que estaba acostumbrado en favor de la jovencita.

Fue un duro golpe, no tanto el fallecimiento de su amado padre sino su pretendida marcha del hogar familiar. Jamás perdonaría esa traición. Y como no se acostumbraba a la idea de no tenerlo cerca, a la idea de la muerte, con el tiempo haría ver que su marcha nunca se había producido. Se dirá a sí mismo que su padre está en viaje de negocios. Así permanecería en su corazón.

La Navidad de 1977 fue dura para los tres. La familia había menguado. No hubo villancicos. Tampoco árbol ni pesebre. Ningún detalle decorativo adornaba la puerta de la casa. Innumerables cestas llegaron como cada año por parte de los que todavía no sabían de la perdida. Ninguna se abrió. Ningún regalo se compró. Ni siquiera se comió turrón. Sólo el recuerdo de agradables momentos pasados dilapidaban a cada uno de manera distinta en una insoportable nostalgia que se tejía a su alrededor para dar paso a la explosión de la más desgarradora de las tristezas. Una tristeza llena de dolor por su pérdida, por las dos marchas que emprendió: la del hogar y la de la vida.

El mes de diciembre anterior todo estaba en orden y en equilibrio el hogar estable. Aún no había aparecido quien corrió a esconderse en su austriaca madriguera tras el accidente sintiéndose más culpable que apenada. No había calor en la casa y sí demasiada calma. No volvería a reinar la alegría entre aquellas paredes de roble con cuadros inmensos. Habían sido fiestas para hacerse mimos sin motivo, para apoyarse los unos a los otros y desearse la mutua felicidad gozándose los miembros de la familia. Y aquellos instantes irrepetibles por su gran contenido emocional escondido detrás de las explícitas miradas, jamás volverían a materializarse. Oscar no pensaba en los nueve meses de agónico sufrimiento, ni tampoco en las persecuciones en automóvil cuando a su madre le dio por convertirse en una especie de detective privado que seguía al marido allí donde iba después de la oficina, demasiadas veces con los hijos sentados en el asiento de atrás. Oscar, simplemente frotaba la cadenita de oro que su padre había llevado antes prendida del cuello y temblaba.

Ese ideal peldaño como paso previo al nuevo año se había esfumado. El pronóstico era un horizonte plagado de incertidumbre y desolación. Oscar no se sentía acompañado, aún teniendo a su madre y a su hermana al lado era como si tuviera el alma hueca. Se había sentido ligado a su padre hasta el punto de haber idealizado en extremo a un ser maravilloso al que nunca podría volver a tratar. Ya no se recuperaría el encanto especial que desprendían esos días tan sobresalientes del calendario. No los celebraría más. La gracia de los sueños que iluminaba con ahínco se apagó y se tornó agria. Su mirada de vidrio. Su voz enmudeció. La consecuencia de su partida acentuó en su rostro ausente de abatidos ojos la palidez de un decaído rosa en las mejillas.

Pesada carga para su madre que tuvo que parpadear un par de veces hasta que sus ojos se acostumbraron a la gélida oscuridad que desprendía el vacío. Píldoras revitalizantes por la mañana con el desayuno, somníferos para la noche con un vaso de leche caliente. De ninguna manera podía mostrar debilidad, aunque se sentía ultrajada y asimismo vencida. Todo podía desmoronarse.

Al llegar el fin de semana la casa le parecía terriblemente amplia, y la mesa… aquel sitio privilegiado que había sido antes ocupado ya siempre estaría vacío. Oscar se limpió los labios con una servilleta. Quiso ocupar el lugar que por derecho consideraba suyo. Al fin y al cabo era su descendiente directo y lo reclamó como propio sentándose en la cabecera señalando con el acto que iba a ser el cabeza de familia con apenas trece años recién cumplidos; pero su hermana se enojaba tanto cada vez que se trasladaba al lugar que por no entablar una discusión se retiraba. Ni cuenta se daba su madre de aquellos intentos. Bastante tenía con mantenerse fuerte, al menos frente a sus dos hijos. Perfecto ejemplo de serenidad, aun cuando en su mirada podía leerse el mal estar general. Estaba atormentada por la insistente cuestión -¿Si debía morir, ¿por qué no lo hizo antes de romper el hogar y asimismo nuestros corazones?-. A un paso de la adicción a los tranquilizantes se dejó socorrer por el piadoso médico de la familia: un hombre grande como un oso. Él la curó. Y prácticamente la raptó.

Con la espalda encorvada, brazos doblados y tensos a la defensiva como una leona, intentó que sus hijos se distrajeran y tras el internado de lunes a jueves que forzó para evitar que pudiera convertirse la casa en un sitio traumático, eso dijo para argumentarlo sin referencias al doctor, comenzó a llevarlos los fines de semana a una propiedad que tenía la familia fuera de la ciudad. Fue allí donde Oscar encontró su inspiración: en Santa Eugenia; una vieja iglesia románica restaurada rodeada de bellas montañas de una textura increíble.

Llegaban por una carretera sin asfaltar. Luego recorrían un camino en malas condiciones. El vehículo debía subir el tramo final subrayado por una empinada cuesta con el menor peso posible. Descendían Oscar y su hermana y algunos paquetes. Su madre peleaba con los baches entre acelerón y acelerón hasta conseguir alcanzar la explanada que presidía la entrada, no sin esfuerzo y un revolucionado motor que resonaba entre las copas de los árboles ahuyentando a pájaros y ardillas.

La tenacidad de la madre al volante se repetía cada viernes. Llegaban caída la noche. La oscuridad dificultaba la visibilidad, pero sabían que majestuosa se alzaba la gran casa que compartía con dos hermanas que en ocasiones coincidían. Frente a la antigua iglesia estaba el monte Tagamanen; una palabra catalana que invertida significa «niño escondido», y, eso es precisamente lo que ocurriría. Ahí es donde Oscar se escondió encerrándose en sí mismo dando largos paseos en solitario. Así obtuvo finalmente sosiego en un lugar donde imaginaba el ruido de carromatos antiguos pasando por los caminos de tierra mientras el rumor del agua del arroyuelo que fluía se alojaba en su oído como una caricia de envidiable benignidad.

Cuando estaban sus primas hacían excursiones juntos. Visitaban casas abandonadas fantaseando con mil historias a cerca de quiénes las habían habitado y sobre la posibilidad de que alguna estuviera embrujada. En su tío, Oscar encontró a un buen amigo; una continuidad del amado padre que se había marchado. De carácter jovial y desenfadado, Víctor distraía a los adolescentes ideando juegos, inventando canciones y toda clase de actividades. Una tarde subieron al tejado de la vieja edificación para tener otra perspectiva del terreno y a Víctor le picó una avispa reina que casi consiguió precipitarle al vacío, pero en vez de dramatizar, aprovechó el incidente para realizar una disertación sobre la convivencia del Hombre con la Naturaleza. Sabía como tratarlos. No era de extrañar que cuando los mayores iban al pueblo para adquirir provisiones, el vehículo de Víctor se llenara de chicos y chicas que peleaban por acompañarle. Halló en Víctor su ansiado amparo: un instructor al que acudir cuando algo lo abrumaba al obtener otro punto de vista. A menudo intercambiaron impresiones. Y esto es lo que Oscar valoraba en mayor grado, la posibilidad de escoger por sí mismo con mayor información sobre diversos temas. Víctor únicamente proporcionaba opiniones de manera abierta. Era la misma clase de respeto que le había procurado su padre. La misma clase de respeto que Oscar devolvía aunque jamás se atrevió a plantearle el tema que más le importunaba.

La vida de Oscar carecía de la emoción de la vida de Iván, quien retaba los acontecimientos. Iván era el de las acciones mientras Oscar era el de las palabras. Operaban individualmente, pero de manera simultánea como si ambos fueran uno solo. Oscar era experto en el lenguaje de la percepción de los términos; un teórico, y el mundo se le antojaba un museo que disecar y observar con su peculiar microscopio. Iván era experto en la percepción del lenguaje del cuerpo; un pragmático, y el mundo se le antojaba un espectáculo de luz y color en el cual mariposear de aquí para allá. Pero los dos ignoraban la emoción del lenguaje que hablan los recién nacidos donde no hay tiempo ni espacio. Y aunque ni uno advirtiera su presencia ni el otro su actividad, ambos amigos veneraban la Naturaleza, la Humanidad, y la grandeza del Universo. Oscar representaba la mente del ser humano. Iván su corazón. El primero quería ponerse el mundo por sombrero y el segundo penetrar en el corazón de la vida.

Para Oscar, los primeros años de infancia habían transcurrido como los de cualquier otro niño. La única anécdota destacable la provocaron sus enormes ojos de almendra y sus largas pestañas que le valieron la propuesta de una agencia de publicidad para protagonizar una campaña en televisión. Pero su madre rechazó la oferta, no sin antes beneficiarse de los servicios del fotógrafo profesional que el director había brindado gratuitamente para asegurarse la fotogenia del niño, porque cuando descubrió su desenvoltura ante la cámara, se asustó. Su madre imaginó lo que podría suceder y, rápidamente lo apartó del bohemio ambiente recluyéndolo en su habitación entre libros y profesores porque bajo ningún concepto quería que su pequeño apareciera anunciando productos que ni siquiera conocía. Y continuó dando contundentes “no” a otras agencias a lo largo de su adolescencia a espaldas de Oscar. Sabía que aparecer en los medios de comunicación repercutiría negativamente en sus estudios robándole la concentración. No quería que su hijo faltara al colegio. Pretendía que fuera como su padre, un importante abogado; quien antes de su desaparición ostentaba un importante prestigio a nivel social. Pleiteó durante meses con un conocido financiero de dudosa reputación y turbios negocios internacionales que había defraudado a un centenar de pequeños accionistas en su mayoría pensionistas usurpándoles sin compasión los ahorros de toda una vida. Pero ese era solamente el lejano recuerdo de una gesta profesional que animaba a su madre para que su hijo recogiera el relevo generacional. Esa clase de vida quería para su hijo. Así que Oscar hizo lo único que podía hacer, centrarse en los estudios y en la carrera que debía concluir con honores. Y su profesión como letrado ocupaba casi toda su atención. Y seguía refugiado en sí mismo. Y aunque no le estimulaba su futuro laboral, se trataba de una especie de homenaje a su padre. Y a menudo se preguntaba que habría sido de su amigo Iván cuando la soledad le asaltaba en las noches de luna nueva. Entonces, sin saber bien el motivo o la intención, su espíritu se tranquilizaba al salir a su encuentro… “Tú y yo somos de la misma sangre” decía “Uña y carne”.

Oscar encontró paz recreándose en la contemplación de la belleza natural de las formas y de los lugares que escrutaba con su lupa violeta.

A Elvis Presley acudió Oscar cuando le alejaron de Iván. Cuando el MP3 era impensable, se llevaba un incómodo magnetófono que escondía en el pupitre hasta que le llamaron la atención. Cuando su tío Víctor empezó a trabajar largas temporadas en el extranjero, Elvis lo asistía de día o de noche. Elvis era el único que podía amenizar sus largas horas de estudio. Ilustró las paredes de su habitación y los del cuarto del internado con sus fotografías. Fue un grato encuentro que ocurrió una tarde de domingo en casa de su tía Magda cuando dejó de jugar en la habitación de sus primas Sara-beth y Noemí y al entrar en el salón, su mirada se quedó pegada en la pantalla de uno de los primeros televisores en color que veía. Un mediocre actor interpretaba la película, pero ese hombre bien parecido que levantaba burlonamente el labio cuando sonreía le despertó un gran interés. Rodeado de mujeres, bailaba y cantaba. Pronunciaba dulces palabras de amor a la vez que apretaba los puños y peleaba con furia si era necesario y a Oscar le cautivó la extraña combinación de sensibilidad y de fuerza, porque Elvis entonaba con ternura una balada acariciando a una dama y acto seguido hacía estremecerla con su ritmo contundente y su arrebatador estilo que rompía con todos los cánones establecidos en la década de los cincuenta en América. El hecho de que el último obsequio de su padre fuera una cinta de casete que recopilaba sus grandes éxitos, determinó la presencia de Elvis en su vida. Hasta llegó a suplantarlo en una época cuando entrando en la juventud, imitó su pelo engominado hacia atrás y muchas de sus muecas, pero Oscar pronto volvió a sí mismo. Sabía que aunque lo intentara no podía reír como Elvis ni cantar o bailar como Elvis, porque él no era Elvis Presley.

Aún teniendo la compañía de Elvis, Oscar sufría en silencio. En ocasiones temblaba y sudaba fruto del pavor. La caída del potasio le provocaba una parálisis muscular transitoria. Sentía espasmos. Desde que a muy corta edad se percató, Oscar tenía miedo. Mucho miedo. Horror. Se preguntaba: “¿Por qué?… ¿Por qué un día tiene que terminar todo? … ¿Por qué la vida se corta de repente? … ¿Qué sentido tiene vivir si después toca morir?”. Pero nadie estaba a su lado lo suficientemente cerca para contestar la pregunta y esclarecer el dilema. Nadie apaciguaba su angustia. Nadie conocía su insatisfacción. Oscar quería reír, pero no encontraba su risa. Oscar quería llorar, pero no sabía donde estaban sus lágrimas. Quería, pero no podía. No sabía cómo reír y llorar al mismo tiempo o viceversa. Llorar y reír. Reír y llorar.

La verdadera amistad únicamente está al alcance de seres independientes e íntegros que conservan su autonomía personal incluso después de unirse. La alianza de Oscar con Iván era completa porque nada buscaban el uno del otro y sin embargo, ambos amigos disponían de todo respecto al otro. Su vínculo era poco común. Y ninguno de los dos era reacio a rechazar tan valioso ofrecimiento.

Ambos vivían una época de transición donde era necesario controlar la constelación de emociones que los desbordaban, pero Iván, se había embriagado de la vida y las alteraciones se sucedían una detrás de otra, aunque sin melodía ninguna. Iván prefería una buena aventura a una buena comida, sentía toda la gama de la experiencia humana como suya y consideraba un deber disfrutarla, y cada vez que lo hacía se adentraba en terrenos sin garantías.

Estaba más dispuesto para una carrera que para una siesta. Optaba por una lección de la vida antes que tumbarse en el sofá frente al televisor encendido de discursos y normas. Su acelerada ansia por consumir experiencias le arrastraba por un peligroso torrente de información que no digería. La almacenaba sin sacarle más provecho que el inmediato, guardándola durante pocos días, tal vez realizando algo concreto con ella probablemente útil pero nada más para probar. Luego se aburría. Permanecía eufórico, y tenía unas inmensas ganas de vivir, pero llegaría a convertirse en un intruso. Se pegaba a nuevas vivencias sin dejar espacio vital a su alrededor. Y no eludiéndolo, nunca le invadía el sufrimiento ni tampoco el arrepentimiento por lo acontecido. Iván jamás evitaba el desafío que le ofrecía la vida. Se lanzaba con autentica pasión frente al reto y se recreaba mirándole a la cara directamente a los ojos. Por alguna incomprensible intuición que le llegó en su niñez, confiaba en la protección del cielo.

Se precipitaba instantáneamente sin miedo, simplemente se lanzaba, aumentando sin saberlo la carga que otras personas llevaban porque tratarlo equivalía a abrir un mar de dudas respecto al itinerario de sus vidas. Hacía levantar el telón del majestuoso espectáculo que es la vida para transgredir lo corriente y lo excesivamente mundano. Utilizaba a los demás, y a su vez se dejaba utilizar. Asumía la posición que libremente había escogido y así, no podía sino beneficiarse… ¡por el momento!

Al margen de que sus iniciativas prosperaran o no terminaran de cuajar, como le sobraban desafíos, metas y objetivos que conquistar, no se preocupaba de nada que no fuera gozar. Podía no ganar lo que esperaba, pero jamás perdía por completo. Siempre había “algo” que obtenía aunque a veces era demasiado extraño e incomprensible incluso para él. En esos años desconocía la moderación. Y buscaba la mujer mas apetecible, unas veces sofisticada y otras lo más prosaica posible. Y no era una noche de locuras y desenfreno carnal lo que perseguía. En realidad, solamente quería pavonearse, demostrarse que podía seducir a cualquiera que se propusiera. Y asimismo quería sentirse deseado, pero mucho menos que admirado, poseerlas era algo demasiado cotidiano y trivial para Iván.

En su mente nada más existía la película que había visto trece veces en distintas pantallas cinematográficas. Su afán más íntimo le decía que había llegado a este mundo conocido por todos para procurar placer a los demás, y a ello se entregaba entendiendo la expresión del placer sexual. Se deleitó viendo a las mujeres regocijarse agitadas y todo por una la película: “Gigoló americano” que encarnó con acierto Richard Gere; con un sensualismo y una elegancia que jamás hubiera proporcionado Travolta, como nunca hubiera podido interpretar Gere “Fiebre del sábado noche” o “Grease”. Fue a raíz de lo que encerraba esa peculiar manera de vivir y de entender la vida que Iván se había convertido en un joven de diecinueve años al que le agradaba procurar placer a las mujeres.

Vestía impecablemente trajes caros bien combinados, relucientes zapatos, cinturón a juego y vistosas corbatas de marca. Era exquisito en el trato y refinado en los gestos. Estaba muy lejos del desaliño, y su rostro no podía confundirse con el de un boxeador. Hasta improvisó un andar singular que lo distinguía. Y quienes lo conocían, no podían esconderse de la risa. Y quienes no le conocían, no podían evitar fascinarse con su presencia. En ninguno de los dos casos pasaba desapercibido. Era invariablemente el blanco de comentarios por uno u otro motivo; a Iván esto le encantaba. Toda la atención que no tuvo en su infancia la hacía suya despertando la curiosidad en los demás. Y le seguía gustando provocar reacciones en la gente y ver cómo se desarrollaban las situaciones que él mismo creaba desde la nueva faceta de gigoló.

Le llamaba poderosamente la atención la mujer dulce, porque a Iván se le conquistaba con suavidad. Una chica autoritaria que impone más que sugiere y que obliga a hacer las cosas por la fuerza, nunca podría salirse con la suya. Iván tenía que decir la última palabra. La arrogancia típica de la juventud cobraba límites insospechados en Iván que prefería malograrla que no hacer nada con su juventud. Por consiguiente, tan sólo con diplomacia, delicado tacto y mucha dulzura, podía doblegársele como quien no quiere la cosa. Entonces y solamente de esa manera se podía hacer de Iván cuanto una quisiera. Iván aborrecía las mujeres-armario, las vastas o vulgares, y también aquéllas que eran un monumento escultural de la naturaleza sin nada más que ofrecer que no fuera su cuerpo. Podía trepidar escuchando el tono de una voz y con Mari Carmen trepidaba cada vez que la escuchaba y como un helado al sol se derretía. Iván sentía y se dejaba llevar, porque temer al amor era como temerle a la propia vida y los que temen a la vida, decía, ya están muertos. Pero Iván amaba la vida, más nada sabía en verdad del amor. “La vida no está hecha para comprenderla… ¿por qué el cielo es azul? ¿Por qué la mar es salada? ¿Por qué los peces no se ahogan?… ¡y qué más da! Si la vida solamente es para vivirla” decía y, Oscar, seguramente discreparía en relación a esta consideración de Iván.

Oscar se hubiera tirado de los cabellos si supiera que Iván mantenía que las mujeres son como melones “Tienes que probarlos todos hasta encontrar uno bueno antes de que maduren. El hombre, en cambio, es como el vino. Cuanto más tiempo ha madurado más sabroso está”. Y defendía la tesis de que la mujer pertenece a otro planeta. Exponía sin pudor que “Para las mujeres el amor lo es todo, mientras que para los varones es solamente una cosa más… ellas llegan a la cama cuando hay amor… nosotros llegamos al amor después de la cama”. Así transcurrían sus días llenos de proverbios populares y frases hechas que llevaba a la práctica hasta sus últimas consecuencias por el puro placer de investigar y de ahondar en las cosas de la vida.

En una ocasión, a Iván le chocó tanto una frase publicitaria que rezaba: «Vender es mal vender» que decidió asistir a una subasta. Siendo pública, podría ampararse en el anonimato; una oportunidad para reparar en otros comportamientos humanos. Iván no dejaba escapar ninguna nueva experiencia. Andaba por el mundo con los ojos bien abiertos. Todo lo desconocido significaba el cebo en un anzuelo, hasta el punto de no poder caminar si no poseía la vivencia. Y en la sala De Vilardell se desarrolló una subasta diáfana.

Asistieron compradores que con sus pujas y su aire desinteresado hicieron subir los precios. Tradicionalmente, en aquella sala quedaba garantizada la discreción. Una mujer de clase alta venida a menos que precisaba recibir urgentemente una cantidad de efectivo para paliar un grave problema de liquidez que amenazaba su posición social, además de una parte del patrimonio familiar, entregó unas valiosas piezas de arte dignas del coleccionista más fanático y así pudo recibir a cuenta una suma importante en el mismo instante del deposito. Avispado como pocos, Iván se percató del detalle.

Hacía muchos años que el establecimiento organizaba subastas cada fin de mes con una gran asistencia de público y una gran satisfacción por parte de los vendedores. Si bien desconocía las normas de proceder y la cortesía del evento, ello no impidió que actuara. Sin pensarlo dos veces, se dirigió a la señora y presentándose educadamente, se ofreció al director para constar como titular del paquete de joyas, asegurando todavía más el buen nombre de aquella dama que intentaría pujar en su favor haciendo subir el precio. Y fruto de la artimaña, los compradores pagaron un sobreprecio. Y la velada fue de gala, porque además de descubrir las angulas de Aguinaga, Iván encontró en aquella mujer a su maestra.

Una vez más, igual que en todas las anteriores, quería complacer a la mujer hasta extasiarla pero la dama era muy exigente, así que tuvo que aprender algunos trucos. Con ella practicó durante meses los entresijos del Kama Sutra hasta que juntos en el tremendo salón, echados en la pulcra alfombra visionaron en la penumbra de unas velas la película: “El imperio de los sentidos” de Nagisha Oshima. Iván se impresionó tanto que temió su mismo destino y esa madrugada desapareció, renunciando a un sin fin de privilegios.

Probablemente Oscar no hubiera sido capaz de llegar tan lejos. Introvertido, todavía no sabía que era alma esencial, y que llegaría a amar tanto su alma que abriéndola para percibir las cosas de la vida se equivocaría al situarse detrás de las verjas del propio calabozo: la fortaleza que construiría para protegerla. Demasiado contenía sus deseos. Tenía tanto cuidado de su pensamiento que nunca se decidía a emprender un camino. Una vez determinada la idea, se aferraba a ella preparándose para no averiguar otras causas que pudieran alterarla y ahí quedaba todo, solamente en la promesa; en una imagen sin acción.

Por el contrario, Iván era extrovertido, todo impaciencia. Había salido demasiado pronto a la calle y tras de sí se le cerró la puerta dejándolo afuera frente a un mundo gratamente tentador en el que contento buceaba. Demasiado se abandonó a sus pasiones. Vivía halagando a sus sentidos sin saber exactamente hacia donde se encaminaba. En busca de la autentica verdad, perseguía cualquier condición que variara sus conclusiones supuestamente para mejorarlas, y así era todo tan perecedero y cambiante que yacía entre lo intangible.

Uno, anteponía su yo a cuanto acontecía. Miraba el mundo con racional claridad ofreciéndole una afectividad romancesca hasta el punto de mantener como “verdades” las más inocentes supersticiones privadas, porque para Oscar, el centro de sus mismas interioridades, el lenguaje y la escritura, eran la comprensión de lo lógico. Y así era un realista de “su” realidad con inmensas capacidades de visionario. Siempre un hipotético del asunto, consideraba más importante especular que obrar, y esto tenía un motivo: estaba lejos del mundo; pretendía leer los manuales de instrucción antes de ejecutar nada cuando algunos manuales todavía están por escribirse. Analítico, estudiaba todas las partes de un fenómeno para establecer en seguida semejanzas comunes con otros fenómenos, dilucidando sin obtener ninguna conclusión que obligara a la acción definitiva.

El otro, posponía su yo cautivado por cuanto acontecía. Quería afirmar y reafirmar incondicionalmente su temple frente al mundo externo, pero viviendo en una sombría parte de sí mismo que supeditaba con dolorosa dependencia el mundo que intentaba recrear, porque para Iván, la fantasía y la imaginación eran la comprensión de lo no verbal. Y así era un creador activo con inmensas capacidades de distracción. Siempre un práctico del asunto, consideraba que era mejor probar y averiguar y esto tenía un motivo: transformarlo todo en instrumentos y herramientas para lanzarse a vivir con su propia maña. Embaucado por la intención de lo estético, el mundo se le antojaba un enorme escenario donde quería interpretar su papel. Definitivamente no quería ver el espectáculo si no examinar las cosas y los hechos que componían la trama argumental.

A Oscar le envolvía una aureola aristocrática. Intelectual, le caracterizaba la inteligencia masculina. Escéptico, ponía en duda la existencia de Dios. Pasivo y concreto, se concentraba en el aroma y el simbolismo que guardaba la vida para encontrar su brillantez y, en trance, en ese estado de reposo cuando la conciencia receptiva está en espera se dejaba abrazar por la serenidad, y también por los sentimientos procedentes de su interior, en paz, pero sin felicidad.

A Iván le obsequiaban con un tributo popular. Sentimental, le caracterizaba la afectividad femenina. Ateo, negaba la existencia de Dios. Activo y abstracto, se concentraba en el color y las formas que tomaba la vida en busca de su continuado movimiento y, en éxtasis, en ese estado de agitación, se dejaba abrazar por la pasión, y también por las sensaciones procedentes del exterior y dichoso, no hallaba descanso. Ni sabía de la paz interior.

Ambos simbolizaban lo opuesto; uno interpretaba lo frío, lo dulce y lo sólido mientras el otro encarnaba lo caliente, lo amargo y lo líquido. El uno par, contenido, sustancia. El otro impar, forma, accidente. Y a su vez, asimismo figuraban como lo complementario. Oscar los raíles. Iván la locomotora. Se pueden intercambiar los ladrillos… pero el muro… ¿sigue siendo el mismo muro?

De un lado la naturaleza y la complejidad del universo, y del otro, la vida y la conducta humana. El primero etéreo, potencia, esencia. El segundo materia, acto, ser. Ah! Que bella es la vida cuando se la atiende con voluntad consciente.

Iván te zarandeaba con su sola presencia mientras que Oscar te aquietaba sosegándote. Ante una primera cita, Oscar se preparaba pensando en lo que iba a decir mientras que Iván se centraba en actuar convenciendo a todos de lo irresistible que era, ¡curioso que ninguno fuera simplemente espontáneo!

¿La dependencia preferida de cada uno? La alcoba en el caso de Iván. La biblioteca en el caso de Oscar. Oscar se sentía acomplejado y pequeño como una hormiga nacida ayer en una reunión donde no conocía a nadie, a diferencia de Iván que le faltaba un instante para ubicarse en el sitio perfecto con la puerta en frente y la pared a su espalda con pedazos de vida entre sus dientes. Uno producía el efecto de un tequila doble. El otro te dejaba el candor de una tila. El primero necesitaba transformaciones rápidas. Al segundo le gustaban los cambios suaves y progresivos.

Para Oscar, su deseo de cambio era moderado. En general era un joven satisfecho que tenía cuanto quería. Alababa el asentamiento más que la revolución. Y justamente esa actitud le proporcionaba bienestar. Por el contrario, Iván corría detrás de cualquier espejismo. Desconocía que la estabilidad guarda sus virtudes. Los deseos de cambios en su vida eran tan reales como apresurados sin tener por qué sentirse particularmente insatisfecho por ello. Consideraba imprescindible avanzar para no quedarse estancado o lo que equivaldría a una tragedia: ir hacia atrás. No temía los giros que implican rupturas. No renunciaba a los cambios por temor a perder privilegios. Consideraba la transformación cosa vital de necesidad. Sometía el miedo fortaleciendo su coraje para vivir con mayor sabiduría porque en su saber imperaba la ciencia de que hay razones para gozar de la vida sin aprensiones. Y con entereza afrontaba la vida con una perpetua marcha hacia adelante llegando a ser violento consigo mismo y con su entorno cambiándolo todo y vuelta a empezar al margen de la gente y del qué dirán. Quería convertirse constantemente en otra persona diferente sin límites en sus elecciones. Si la idea de cambiar se cruzaba ese día ya no la podía detener, asumiendo a gran velocidad los sinsabores del camino antes de que llegara la noche, antes de que la noche se volviera insoportable por no haberlo intentado.

¿Torturaba Iván a su cuerpo? Oscar mantenía relaciones amistosas con su cuerpo y, sobre todo con su mente. Su apariencia física no era motivo de preocupación. Sin embargo, Iván consideraba su cuerpo como un capital único y precioso que mantener y cuidar. Tenía la tendencia a servirse de su cuerpo como herramienta para alcanzar sensaciones fuertes. Los esfuerzos de Oscar iban encaminados a protegerse de las agresiones exteriores limitando al máximo los daños o cualquier tipo de perturbación. ¿Lo que consideraba ataques del exterior podían ser oportunidades para cambios estupendos? ¿Quisiera Oscar acceder a una autoestima más alta? El deseo de controlar todos los procesos de cambio, ¿era su mayor defecto? ¿Lo sería en el futuro? ¿Probará Oscar a dejarse sorprender en alguna ocasión?

Iván iba hasta el fondo en busca de potencialidades inutilizadas. Se angustiaría en caso de no poder indagar. Aspiraba a aumentar su círculo de amistades. Le gustaba poner los puntos sobre las “íes” y a continuación un signo de exclamación! Su ansia por apreciar y percatarse del mundo y la vida, ¿lo conducirá hacia abismos extremadamente peligrosos? ¿Sentirá la tentación de probar drogas para escapar de lo demasiado común? ¿Se convertirá en delincuente por lo romántico de ser pirata?

Oscar e Iván oyeron la voz como si se tratara de un descomunal rugido: “El camino que habrás de desandar es interminable y morirás si no despiertas realmente”. Se sobresaltaron en su cama los dos sintiéndose perdidos. Pero se recostaron y descansaron extenuados. Y pronunciaron al amanecer estas palabras: “Un día o una noche, y entre mis días y mis noches ¿qué diferencia cabe?”… primero Iván, y luego Oscar, soñando despiertos sin comprender.

Los hombres se confunden gradualmente con el aspecto de su camino. Decir “los hombres” es decir todos los hombres y mujeres que vivieron antes de ellos. Hablar del jaguar es hablar de todos los jaguares que lo engendraron, los ciervos las gacelas y los venados que devoraron los jaguares, el pasto del que se alimentaron los ciervos las gacelas y los venados; la tierra que fue madre del pasto bajo el cielo.

Cada persona es el fruto de sus circunstancias y elecciones y con el transcurrir de los años y de los hechos, la noción de una verdad absoluta. Y llegará la sentencia con rayas transversales en la cara y en las piernas conteniendo el sonido mudo del lenguaje de esa voz que vale una sola palabra y equivale a todo; mundo, vida, universo.

¿Están encarcelados en sus celdas?… ¿Encontrarán la salida del incansable laberinto? y, ¿regresarán como hombres nuevos?

Desentrañar los designios del universo o pensar en sus triviales dichas y desventuras, quien sabe, no importa por el momento. Lo que importa aquí es lo siguiente. Alguien los visitará para que piensen que están locos durante la hora del día en que no existen las sombras y sofocados, levemente aliviados por la brisa que sopla a escondidas por entre los troncos de los árboles preludiando un chaparrón, los dos amigos celebrarán un contrato al que los tres pertenecen!

Hay quien llega por vías más pacíficas, lineales y predecibles; cada cual a su manera; unos, apacibles individuos moviéndose en círculos hacia delante en el mutismo, mientras otros rompen el círculo para representar con su trayectoria los héroes de leyenda; tipos sanos fieles a sí mismos y ajenos a las convenciones en contraposición a los otros de reprimida personalidad lapidada por la debilidad, pero con la suerte del azar en el bolsillo.

Ya quedan pocos aventureros en el planeta, pocos artesanos, inventores, cada vez menos poetas. Y unos y otros son necesarios para recorrer los caminos empleándose a fondo a la hora de expresar lo que sus ojos han visto, revelando todo aquello que ha sentido su corazón indomable con la intensidad de quien se identifica a sí mismo diferenciándose de todos los demás, y a cuya virtud es necesario un período de tinieblas. Gloria para Oscar e Iván si lo consiguen!

Durante la infancia, los niños y las niñas se lanzan a los jardines y a las riberas de los ríos para escenificar con impetuosa convicción las aventuras de su rico mundo interior, sin embargo, por la complejidad que adquiere la mente y el cuidado del estereotipo, las claves de lo correcto e incorrecto, toda representación queda sustituida por cortos lapsos de tenue imaginación conforme se hacen mayores. Pocos adultos vemos persiguiendo indios, buscando una ciudad perdida o prestos al abordaje de un galeón español.

Las personas nacidas en el nuevo milenio, presas de lo tecnológico, no vienen precisamente a un mundo de aventura si no de tediosa inmovilidad dolorosamente atenuada por los violentos videojuegos y las agresivas películas de acción vacías de humanidad. El denominador común es lo abominable. Y en tales circunstancias el mundo posible se reduce. Aún estando al alcance en las estanterías de las bibliotecas no se leen libros como “La isla del tesoro” o “Robinson Crusoe”. Tampoco “Colmillo blanco” o “El corsario negro”. O “Los tres mosqueteros”, “El conde de Montecristo”, “El prisionero de Zenda”. Ya no hay asombro por lo exótico ni por lo mágico.

Cuando comienza la edad de la reflexión, puede extraviarse un universo entero. Cuidado. Peligro. Sin embargo, curiosidad por la vida y el mundo e imaginación por interpretarlo de manera peculiar distinguen a Oscar e Iván.

Admirablemente aliadas la curiosidad y la imaginación como admirable unidad es la persona de Oscar e Iván, permite continuar leyendo a quien elige permanecer despierto y atento cuando otros eligen apearse si la lectura comienza a ser un tanto compleja o fantástica, porque Oscar e Iván son seres entrañables semejantes a muchos otros en la faz de la tierra en los que se cuela un personaje sorprendente con aspecto de feroz animal, y alma de cielo, contradicción imposible en nuestro mundo por lo extraño del suceso y, en verdad… ¿no somos todos nosotros bellos personajes escondidos en apariencias grotescas?

 El desconcierto en suma! Pero se trata de una opción inédita bajo el  disfraz de una biografía; el desliz del relato de la mayor aventura que no es otra que la del viaje espiritual. Y sólo que te dejes impregnar advirtiendo capas de refutación y reclamación alternativamente sin que el arte de la sugerencia y el anécdota permita la vacilación o la indisciplina será que obtendrás la redención luego de la enmienda, por lo que tu labor está en captar hasta recrear lo que te propongo recorrer: una historia tejida de cabeza al precipicio para que asciendas contemplado desde la altura del ángel habiendo estado aquí y allí al mismo tiempo, ¿de qué otro modo podría considerarse esto en tus manos un libro? Riqueza! Nada más riqueza en movimiento que danza entre las páginas en tus manos.

                   *                  *                  *                  *

Enseña la sociedad que vencer a los demás es ser un hombre fuerte, pero Oscar solamente quería vencerse a sí mismo desatándose de las cuerdas que lo mantenían oprimido. Quería cortar lo que le ligaba a este mundo y acceder al submundo para elevarlo, sin embargo, prejuicios e incómodas tradiciones lo mantendrán atrapado por años.

Era una persona equilibrada aunque se turbaba a menudo por las presiones sociales y las agresiones que el capitalismo inflinge; disponía de una especie de varilla electromagnética que captaba cualquier corriente pero que se autorregulaba sola sin necesidad de ayuda externa. Si perdía la posición de equilibrio, la recobraba con la misma rapidez que la perdía, salvo en un aspecto: la muerte. La muerte superaba a Oscar.  Y sin saber bien como enfrentarse a la muerte, esbozaba otras cuestiones.

Amenizaba sus dudas preparando minuciosamente argumentos a cerca de otros asuntos tras inescrutables consideraciones, y le gustaba convertirse en una persona que en las reuniones participaba de la conversación sin temer a los desconocidos o a los alborotadores ni a los planteamientos de otras culturas.

Le complacía quedarse sin hacer nada en silencio con la luz apagada durante largo tiempo a solas con sus pensamientos. Así se relajaba, y para Oscar, relajarse era algo imprescindible. Debía hacerlo regularmente. Quería escribir su historia con líneas rectas y profundas.

Empezó a interesarse por la arqueología en un intento de esclarecer si se trata de una ciencia o un arte. Mantenía que no hay que exhumar cosas ni fragmentos sino al universo entero; tal razonamiento lo llevaría a investigar en la astrología para averiguar como ésta incide en la Naturaleza. Podría comprender el pasado si conocía a las mujeres y a los hombres que yacían representados por sus vestigios, pero no únicamente así. Todas las excavaciones que se llevan a término en distintos lugares del planeta no son sino pequeñas destrucciones, incluso en el mejor de los casos, toda extracción de un objeto frágil debería realizarse con la delicadeza de las manos de un relojero en lugar de la azada y la pala “Se requiere la navaja y el pincel”. Y como un arqueólogo que se procura huellas y las sigue de manera detectivesca, al igual que el astrónomo examina el cielo, Oscar comenzó a escudriñar.

Su afán no era otro que el de comprenderse. Nacía su apertura dispuesto a recibir los dones para conocer el gozo de dar sin condiciones. Le costaba reconocer que estaba limitado al depender del futuro. Se preparaba como abogado, y en su actividad se aprovecharía de las desgracias ajenas para mantener su despacho desde una cómoda posición económica que garantizara los caprichos mundanos permitiéndole vivir al margen de la realidad social, y de esta manera, sin desprenderse de lo trivial, difícilmente conectará con las benéficas fuerzas del universo.

Argumentaba Oscar “La ciencia reconoce el poder de la luna para mover grandes masas de agua. Si el Hombre mismo está constituido por un setenta por ciento de agua, ¿por qué habría de ser inmune a tan poderosas influencias planetarias?”. Se aferró de igual forma a otros planteamientos para sentar bases. Se dedicó a notar que la mayoría de la gente que conocía se dejaba llevar por el medio y su entorno y por la voluntad de los que son más fuertes. Oscar quería conocer su autentica naturaleza y aprender a reconocer los sueños ocultos de las personas igual que todas sus esperanzas secretas. Deseaba encontrar el arco iris que cada uno esconde celosamente en su interior.

Y comenzó por él mismo diciéndose para sí “Cuando uno conoce su signo solar y la combinación con su ascendente, está sustancialmente mejor informado que quienes nada saben”. Solicitó diversas cartas natales; fotografías de la posición exacta de los planetas en el cielo durante el momento de su nacimiento. A parte del sol y la luna, hay ocho planetas que influyen y matizan los detalles del carácter. El ascendente modifica en gran medida el signo solar; es una zona particular del zodíaco en la cual se sitúa el sol en el preciso instante que se respira por primera vez.

Pero además indagó en el horóscopo chino, azteca, hindú. Consiguió cartas astrales y kármicas sobre su persona. Encargó informes grafológicos a reputados gabinetes especializados y tres estudios caracterológicos. Realizó diversos test de personalidad y encargó a un par de psicólogos informes que resumieran las conclusiones sobre su carácter en una sola cuartilla de papel. Y se sorprendió de la gran cantidad de coincidencias, de la uniformidad del material recopilado de distintas fuentes. Entonces, un poco más convencido hizo suya una frase de Linda Goodman -La humanidad descubrirá algún día que la astrología la medicina la religión la astronomía y la psiquiatría, son la misma cosa; cuando todas ellas se integren cada una estará completa y mientras esto no suceda, cada una seguirá teniendo ligeras carencias-. Le gustaba la frase.

A continuación de haber contrastado y reconfirmado, conocía cuales eran en mayor grado sus cualidades positivas y sus cualidades negativas, y decidido se dispuso a multiplicar las primeras y a eliminar en lo posible las segundas. Estaba dispuesto a trabajar duro y no cometió el error de permanecer en la superficie tratando de reconocerse en su signo astrológico. Miró más allá de esos rasgos que podían despistarle, puesto que los astros marcan tendencias e inclinaciones pero no obligan ni determinan los actos. Oscar percibía que el alma del ser humano es superior al poder de la influencia de los planetas.

Y un miércoles después de cenar consultó su agenda para descubrir algo. En su conjunto, las personas anotadas correspondían a los signos afines que la astrología le había indicado. Eso no podía ser una mera coincidencia. Se trataba de una evidencia. Continuará investigando a lo largo de los años introduciéndose en la numerología, en las runas vikingas, en el tarot, pero un día topará con la gnosis y se detendría. Pero hasta entonces, se enfatizó de promover ese conocimiento con la gente que frecuentaba. A todos empezó a hablarles con una sola finalidad: que el conocimiento fuera un carburante provechoso que consiguiera que se tratasen unos a otros con más tolerancia al comprenderse mejor por lo difuminado de la naturaleza humana y por la complejidad de las necesidades vitales de cada persona en particular. Y se comprometió a la proximidad del propio acercamiento escribiendo en la portada interior de su agenda “Mediante semejante conocimiento lograré gustar más a los demás, porque al mostrarme con honestidad, permitiré que disfruten de mi verdadera naturaleza”. Era una frase plena de potencial pero únicamente una frase escrita que lo alentaba a relacionarse.

Su conversación era sugestiva. Lo había empezado a ser en la etapa de su bachillerato, durante las cenas en el comedor del internado después de pasar por Santa Eugenia. Acostumbrado a sentarse en el mismo lugar, ya que no pudo hacerlo en la cabecera de la mesa de su casa, y desde la esquina contemplaba el enorme salón, contemplaba a sus compañeros, y rápidamente se acostumbró a ser rodeado de chicas que lo buscaban. Cada noche se repitió la disputa porque las primeras en llegar eran las que se quedaban en su compañía. Frente a las insubstanciales charlas de los muchachos de su edad, las chicas prefirieron los inquietantes temas en los que Oscar insuflaba el bálsamo correcto para espolear sus mentes. Insólitos y extravagantes temas para unas, recónditos y estimulantes para otras, en su despertar de los sentidos resultaron más atractivos que hablar de fútbol y motocicletas o de los estudios que se hacían pesados, circunstancia que había aprovechado para instarlas a que se conocieran, para que de esta manera averiguaran sus verdaderas inclinaciones vocacionales. Pero ese mismo principio olvidó aplicárselo a él. Su padre ya decidió en su día que sería abogado y su madre se lo recordaba cada vez que hablaban por teléfono y Oscar, Oscar no cuestionaba el asunto. No fue un asunto negociable entonces, como tampoco lo era ahora que cumplía su mayoría de edad e ingresaba en la universidad.

Su carrera seguía sin obstáculo ninguno. De temperamento serio, responsable, sensato, Oscar detestaba la frivolidad. Se mostraba sereno y prudente. Gracias a estas cualidades no le costaba hacer amistades. Y a parte de su gusto por la discusión civilizada y la negativa a dar su brazo a torcer, Oscar tenía la facultad de crear un ambiente agradable de paz a su alrededor. Suspiraba para que la gente se encontrara bien junto a él y eso sucedía exactamente y lo buscaban para acurrucarse a su lado buscando calor humano.

Humanitario y bondadoso, descubrió la delicia de llevar consuelo y estímulo a todas aquellas personas que lo necesitaban. Desde su paso por la cima del Tagamanen donde no había el griterío de otros niños ni grupos de adolescentes cazando abejorros o ranas que luego lanzarían a las muchachas de cortas faldas y trenzas que saltaban a la comba sin desmayo, Oscar pretendía construir los cimientos de un mundo más justo. Su laboriosa condición no cesaba en su empeño y los fines de semana se automarginaba al excluirse del grupo de amigos del primer curso de la universidad para refugiarse en una voluntaria solitud. Recorría el sendero del auto-conocimiento para poderse amar con intensidad, y así, poder ser digno del amor de otros. No podía salir a divertirse si no había resuelto esta cuestión. Necesitaba sentirse amado por lo que era; tanto como en su infancia necesitó ser protegido por su fragilidad.

Derrochaba afecto hacia sus compañeros sin intenciones concretas. Romántico y extraordinariamente sensible, era un ser vulnerable que en sus paseos buscaba una coraza para que nadie lo hiriera. Observaba la belleza de los pinos y como éstos exhibían sus frutos al tiempo que escondían sus raíces que imaginaba avanzaban hasta llegar al mismo corazón de la tierra donde todas juntas se saludaban en un multitudinario apretón de manos.

Sus procesos mentales aparentemente lentos, eran sin embargo meticulosos, sistemáticos, y extremados; así desmenuzaba las ideas y los conceptos antes de lanzarse a la ejecución de cualquier proyecto para avanzar, llegado el caso, de manera infalible. Y las personas que le conocían más allá de su apariencia física le reconocían su entereza, como Víctor, y lo respetaban por su integridad moral y el sentido de justicia, como el catedrático de la universidad. Sin saberlo, Oscar era un auténtico líder excepcionalmente dotado para alcanzar cualquier objetivo que se propusiera. Tan sólo debía lanzarse. Pero eso estaba lejos de que ocurriera. Y aunque por alguna extraña razón desde algún lugar remoto recibía “señales”, inequívocos mensajes a modo de regalos, todavía no entendía como debía emplearlas.

Emprendía el camino de una interesante existencia llena de vivencias positivas, y si no recibía malas influencias ni presiones negativas que opacarían su evolución y truncarían su camino, estaba llamado a realizar una importante misión humanitaria. Sin embargo, hasta que no accediera a la dimensión de su buen amigo todo quedaba obstruido. Para Iván, un pupitre era un lugar donde sentarse en la escuela y poner encima los libros. Para Oscar era madera. Esta sencilla diferencia de opinión que prevaleció en la adolescencia se acentuaría a lo largo de su juventud. Uno se concentraría nada más en lo que esa cosa es, y el otro, simplemente en su utilidad. Y en esa dualidad cada uno de ellos estaba en lo cierto, pero debían anudar esfuerzos. El pupitre era una misma cosa compuesta de forma y contenido.

Oscar había sido un adolescente poco expuesto a la lluvia. Débil en su arrojo, se retiraba para refugiarse bajo un techo que lo protegiera. Una pauta muy distinta de la palabra “lluvia” le llegaba a Iván, quién con el afán de tocar la realidad disfrutaba con las tormentas tropicales. ¿Son las cosas como se aparecen en nosotros o como se aprecian a través del microscopio? ¿Es el agua algo que moja o solamente H2O?

El cuerpo es un instrumento de registro sensible que transmite sin cesar toda clase de mensajes, pero cuanto recibe, nunca es “exactamente lo mismo” para unos y otros. La sociedad ha desarrollado mecanismos que exigen y obligan a “deshacernos” de estas diferencias que existen entre nuestras percepciones individuales respecto a la opinión generalizada. Esto se ha acentuado hasta perpetuarse atendiendo únicamente aquello que es “comunicable”, y escondiendo el resto inicialmente indeterminado bajo el oscuro manto del olvido.

Hay dos maneras de saber el significado de las cosas. Una es definirla usando palabras, lo que presupone un conocimiento de las palabras empleadas en la definición y una similar concepción con aquellos con los que uno se comunica. La otra es escuchar la palabra, ver el objeto en movimiento, tocar sus contornos, sentirlo, y ésta, es la única viable en principio puesto que permite vivirse ese algo. No es lo mismo aprender el significado de “sol” “montaña” “comida” “cama” o “lluvia”, que participar del acontecimiento. Sentir el calor del sol, apagar el hambre con alimento, acomodarse para descansar dando utilidad al objeto o mojarse bajo la lluvia; son formas bien distintas de operar.

El significado que el niño da a la palabra es el resultado de su propia experiencia, de su exclusiva vivencia personal, la cual varía de acuerdo con su circunstancia íntima, tanto como el punto de partida en su percepción. Así sucedió con Oscar e Iván desde su niñez. A uno le obsesionaba aprenderse las cosas de memoria, independientemente que las entendiera o no, al otro, simplemente le obsesionaba descubrirlas para conocerlas averiguando qué beneficio podría obtener de ellas. Y así, en el curso de la instrucción de ambos, para Oscar, el  mundo de las palabras se iría separando cada vez más y más del mundo de los sentidos, de la realidad inmediata, mientras que para Iván predominaría la concepción de las cosas con las que se relacionaba aferrándose demasiado a ellas.

Y cada uno se situará en un extremo de la balanza. Pero el antagonismo entre doctrinas no es un desastre: es una oportunidad. El ser humano es sustancia en un cuerpo vivo, racional e irracional al mismo tiempo. Todo lo que existe en este mundo está compuesto de pequeñas partes que se ensamblan entre sí, de tal manera que forman otras unidades más grandes y complejas.

         Oscar existía como un individuo lógico. La imagen verdadera vivía encerrada, y la retenía. No sabía bien como actuar. Con su excitante mundo tenía bastante. Percibirá el medio que lo envolvía con suma expectación sumido en la paciente contemplación porque el principio de animación estaba obstruido. Y lo que le paralizaba era la incomprensión de la muerte. El pánico a la muerte. Su negativa a convivir con la muerte como principio de vida.

Iván era una abstracción de la vida. La imagen simbólica de ideal perfecto vivía fuera y corría en su búsqueda sin conseguir cazarla nunca porque no era verdadera. Vivía excitado por el mundo que se abría ante él como una flor en primavera. Iván creaba expectación a su alrededor para que ese mundo y la gente que habitaba en él lo apreciaran de inmediato.

Con el tiempo, Oscar e Iván se intercambiarían pequeños rasgos como dos pintores intercambian los trucos en las mezclas de colores para innovar. Se invertirán pequeñas cosas con el interrumpido movimiento del péndulo que oscila de un lado al otro con simetría y poesía. Igual que cuando el ojo izquierdo se proyecta al hemisferio derecho, así como existe el entrecruzamiento de las fibras de los nervios ópticos así se intercalarán los dos. El hemisferio derecho del cerebro siente y mueve el lado izquierdo del cuerpo. Cada uno envía la información al lado contrario. Y combinándose ambos girarían entorno a un círculo vicioso que desearán romper en busca del espiral.

El mundo excita la psique del individuo, y la psique del individuo percibe el mundo, y psique y mundo se aparecen en el alma, en su caso, como Jaguar, porque la vida animal ignora la forma individualizada. No es el animal más que una manifestación parcial de la especie y el alma del animal es el alma de toda la especie. El ser humano no es un animal razonable, sino sólo capaz de razonar. Y así, ambos amigos irán tras el “sentido de la vida”. Desde lo místico, Oscar. Desde lo ético, Iván. Uno como la expresión de la “psique del sujeto” y el otro como la expansión del “mundo como objeto”.

Oscar transcribía sus pensamientos sobre el papel porque era una buena manera de eliminar toxinas. Trabajaba para posibilitar una visión de las cosas más clara y objetiva. La práctica de cualquier arte requiere entrega fuerza y coraje, además de cautela y sensatez. Algunas de estas cualidades aún no habían hecho mella en Oscar. Sabía muy bien cuales eran sus carencias y sus dones; el sentido común, la lógica, la sólida analítica por ejemplo.

Sus dos palabras preferidas seguían siendo ¿por qué? Fueron las culpables que ignorara el sentido del humor. No había lugar para la broma. No entendía la burla. Era incapaz de hacer reír a nadie. Malo con los chistes; ni sabía contarlos ni sabía reírlos. Desde el fallecimiento de su padre no recordaba el sonido de su propia risa ni el sabor de una lágrima salada en la comisura de su boca. Prefería razonar sobre el “por qué” de las cosas. Le desagradaba hablar más de lo estrictamente necesario. Se preguntaba “¿Por qué quedarse en la puerta de temas verdaderamente profundos; ¿por qué?”. Los chistes ridiculizan a las personas, demasiado vacuo para Oscar. No comprendía la maldad. No concebía la hipocresía. Y sobre todo, le gustaba el majestuoso ruido que produce el silencio. Continuaba hablándole a la Naturaleza en la majestuosa montaña de Santa Eugenia todos los fines de semana.

Mantenía un argumento que hubiera querido compartir con Víctor “Un gran número de personas no comprenden el significado de cuanto dicen piensan o hacen, no experimentando el genuino placer de existir, y de ser, y al no llegar al tope del disfrute pleno de la vida desconocen el olor de la felicidad”. Pero este principio se lo aplicaba a sí mismo de manera parcial. Oscar sabía, pero no encontraba como proceder con acierto. Y subía y bajaba por la ladera del Tagamanen al son de una amplia gama de registros sonoros de las innumerables aves percibiendo a lo lejos y a diferentes distancias los ladridos relacionados con distintas razas de perros.

A menudo puso en su boca palabras de otras personas, pero al rato se sentía incómodo como quien usurpa un trono. Suponía que no diría nada que no se supiera o se hubiera dicho ya de mil formas distintas; sin embargo, todo cuanto es necesario e imprescindible y en la actualidad no se aplica, incluso se olvida deliberadamente, alguien tenía que esgrimirlo y Oscar quería abrir los ojos de las mentes de la gente. Y pretendía ser el impulsor de una gran cadena humana si lograba no distraerse.

Y un día concreto las pistas del club de tenis estaban ocupadas en su mayoría por las mismas figuras con sus ropas deportivas de un blanco azulado que contrastaba con el color rojizo del terreno. Desde los ventanales de la torre controlaba el recepcionista con mirada vigilante a los clientes.

Sacó con parsimonia la lista de espera que mantenía debajo de la caja registradora. Un socio se acercó excusándose por su retraso y sin dirigirle la palabra, sin un saludo de cortesía, le extendió la ficha y anotó la hora en una libreta mientras un grupo de chicas revoloteaba cerca del mostrador.

En la zona de descanso se encontraba Oscar. Aquella mañana de domingo se levantó de la cama poniendo los pies descalzos en el suelo estirando los brazos intentando tocar el techo con las puntas de los dedos. Aguardaba a Víctor. Sonó el teléfono y desde la recepción, con un seco ademán, el recepcionista le indicó que tenía una llamada. Oscar conocía su temple marcial y reaccionó enseguida.

Se dirigió presuroso tropezando con ella, y como la cosa más normal del mundo le pidió disculpas al tiempo que la ayudaba a levantarse del suelo para seguir avanzando hasta la recepción.

Al colgar el teléfono, el recepcionista le presentó a su sobrina, la mayor del grupo de chicas que a su vez le presentó a una amiga de su prima que se frotó el codo con un simpático rictus en los labios. Oscar la contempló por un instante que le pareció perpetuarse en la eternidad hasta que cerró los enormes ojos de almendra, parpadeó, y volviéndose por encima del hombro le indicó que cuando fuera mayor su prima sería muy hermosa. En voz baja continuó repitiendo mientras avanzaba hacia la zona de descanso “… De mayor será hermosa, muy hermosa” pero rectificó para decirse que en verdad llegaría a ser extremadamente hermosa la prima de la sobrina del recepcionista con la que había tropezado momentos antes.

Se resguardó lejos de aquél influjo en el sitio donde tenía la bolsa y su raqueta a la espera de su tío que lo había avisado de su retraso y en cuanto apareció, no volvió a pensar en la jovencita a la que había arrollado en su camino y a la que acababan de presentar formalmente. Había sonreído lentamente iluminando el establecimiento como si una fase tras otra de fluorescentes se prendieran hasta alumbrar completamente todo el recinto. Pero ya estaba al aire libre con Víctor apostándose el almuerzo.

Para la jovencita de trece años, aquel breve instante se convirtió en una suerte que grabó en su mente, y durante la semana, cultivó y adornó con toda clase de guirnaldas el feliz encuentro. Cuando llegó el siguiente domingo, Ana se dirigió al club de tenis rogando para que Oscar se encontrara allí dispuesto a dirigirse a ella para entablar una conversación larga que no tuviera final.

Al igual que Iván, Oscar había recibido extraños mensajes desde algún lugar remoto, pero aún habiendo atesorado celosamente el magnifico regalo que le habló de espera, de aguardar el momento de amar, Oscar parecía absorto cuando el encuentro entre dos personas que sienten la primera atracción mutua es la situación más decidida de la vida en pareja, y aunque le habían augurado la inmediata detección del hecho cuando ocurriera, tan concienzudamente se había preparado y tan especial lo aguardaba que se arriesgaba a perderlo.

Apenas había dado importancia al encuentro y ya no se acordaba de la jovencita. Había tenido fuertes exámenes y ni un minuto para preguntarse si aquel tropiezo fue un accidente casual o algo exactamente causal. Inmerso en su intensa semana de trabajo, no hubo espacio para la jovencita niña a la que como remache del encuentro le habían presentado con toda formalidad.

Tosco en su tono, el recepcionista siguió llamando por el micrófono a las personas anotadas en la lista de espera y al pronunciar su nombre, Ana se impresionó. Un tropel de sacudidas azotaron su cuerpo poco formado. Desde una esquina tras la columna vio como se acercaba su príncipe de cuento de hadas a la recepción. El hombre por quién había suspirado las últimas noches y por quién doblarían las campanas en adelante caminaba en una proyección a cámara lenta y se deleitó con cada uno de sus pasos que coordinó con los latidos de su corazón. Y mientras el rudo recepcionista con cara de pocos amigos lo entretenía con algún risueño comentario poco habitual en él, Ana se mordía las uñas dudando sin saber si acercarse con determinada intención o simular con imperfecto descaro una fortuita coincidencia a modo de un… estoy aquí pero nada tiene que ver contigo. Y rumiando, titubeando, Oscar se le escapó entre la multitud. No pudo solicitar más complicidad del recepcionista, pues aunque era amiga de su sobrina el hombre era huraño de verdad. No tenía vocación de cómplice ni era un buen samaritano.

Ana ocupó el asiento de la esquina en la zona de descanso los siguientes domingos esperando coincidir con su príncipe. Se convirtió en una cita que se obligaba a realizar movida por la esperanza y el anhelo de volverlo a ver. Soñaba con Oscar. Le escribía anónimas cartas que no le podía entregar. Dibujaba su perfil en la carpeta del colegio. Pero a ninguna amiga le contaba su palpitar cuando preguntaban a quien pertenecía la nariz de esa silueta fina tantas veces repetida. Demasiado íntimo para compartirlo con nadie, ni siquiera con la sobrina del recepcionista.

Tres meses más tarde, fiel a su obsesión, sentada en su habitual asiento, sola, Ana realizaba tareas escolares cuando Oscar salió de los servicios de caballeros. Se aproximó sigilosamente por detrás para recoger unos papeles que se le habían caído al suelo y los puso encima de la mesa con cuidado para no entorpecer su concentración. Entonces la reconoció. Y un ligero temblor anunció que se trataba de un ser determinante en su vida. Otra señal, ¿también de un lugar remoto?

Ana estaba ensimismada en el estudio, por lo que no advirtió la presencia que tenía detrás. No se giró para retribuir el detalle con una sonrisa afable. La dificultad mermaba su amabilidad. Oscar permaneció examinándola desde su privilegiada posición intentando saber qué asunto la mantenía alejada. Sus manos se posaron, sin quererlo, en sus hombros, permaneciendo quietas antes de realizar un leve masaje que con acto reflejo agradeció Ana acariciando con su mano izquierda la de Oscar sin imaginarse de quién se trataba. Sin mediar palabra, sin que sus ojos se hubieran encontrado todavía, por medio de la suavidad del tacto entraron en un lenguaje pleno de calidez.

El incidente cambiaría sus vidas.

Estuvieron callados largo tiempo aun cuando sentados el uno frente al otro se miraron con detenimiento, examinándose, identificándose.

Sin mencionar una sola sílaba, entraron en sintonía penetrando el uno en el íntimo rincón del otro y comprendieron lo que les aguardaba juntos. Estaban compartiendo la estancia matrimonial cuando Oscar se decidió a hablar. Fue para pronunciar una frase que surgió de sus entrañas “Quiero que nos volvamos a ver dentro de tres años”, y sin apenas reaccionar, sin analizar el contenido nacido en lo más hondo de su ser emergió la respuesta -También yo así lo quiero-. Y súbitamente advirtió Oscar que aquella jovencita que irradiaba luz era la inocencia personificada, la pureza y la belleza unidas en una sola.

Pensó que necesitaría una mujer a su lado, y aunque se trataba del segundo encuentro, sin dudarlo ya podía entregarle su amor. Algo le pertenecía ahora solo a ella. Se sintió ligado emocionalmente. El corazón de Oscar transmitía devoción, respeto, y cariño por una personita seis años menor que él. Y a partir de aquella fecha empezó a pensar en Ana como la única e insustituible pareja. La sencilla frase había consumado el hechizo. Algo mágico impregnó la vida de ambos y el club de tenis pareció teñirse de una luz violeta.

Oscar se dispuso a esperar tres años; esperaría hasta que Ana se hiciera mujer. Y antes de separarse hubo intercambios. Él se quedó con unos dibujos hechos a lápiz carbón. Cada vez que los mirara, lo transportarían a la intensidad de ese instante huidizo y más tarde inmortal. Ana se quedó con la cadenita que lucía Oscar y que tanto significaba para él, pues había pertenecido a su padre. Oscar se la puso alrededor de su cuello delgado mientras ella sonreía lentamente. Luego sacó de su cartera un billete que partió en dos pedazos iguales, entregándole uno a ella.

La acompañó hasta la puerta del club de tenis y ahí se despidieron. No hubo abrazos. No hubo ni tan siquiera un beso educado. Flotaban sin adivinar las consecuencias de su futura unión.

Oscar leía antes de acostarse. Se obligaba a dormir un mínimo de ocho horas. No fumaba. No bebía alcohol. La televisión no le llamaba la atención sino era para visionar algún debate de rigurosa actualidad o un documental interesante. Le gustaba ir al teatro, asistir a la ópera, frecuentaba los mejores restaurantes y los sábados por la mañana los destinaba a poner en orden sus cosas. Seguía siendo meticuloso y ordenado.

Había colocado una gran lámina de corcho que cruzaba de pared a pared el salón donde clavaba algunos de sus pensamientos. Disfrutaba estudiándolos, revisándolos, evaluando las ventajas y los inconvenientes antes de asumirlos. Frases colgadas como ropa en el armario a la espera de ponérsela. Escribió: “La verdad te libera”. “Absolutamente nadie puede hacer con naturalidad aquello que no le surge de su fluir natural”. “La semilla de la vida son los hijos”. No tomaba notas, escribía sus propias frases en los márgenes de los libros de texto y de esta manera se separaba del resto de la clase. En los momentos de descanso ya no se relacionaba con nadie. Una loca canción a coro no podía faltar pero Oscar no participaba concentrado en su mundo interior donde hervían frases tipo “En la mirada del apagado anciano hay una canción que solo el alma sensible comprende”. Una noche que se despertó de madrugada y lo hizo solo para escribir “La bondad en el pensamiento crea profundidad. La bondad en el corazón crea amor. Pero si logramos la bondad del alma, somos inmensos, eternos como la verdad”. Y al día siguiente por la mañana escribió con letras más grandes: “Los sueños de Ana son los míos”. Estaba enganchado, realmente atrapado sin saber hasta que punto ni a qué obedecía tal intensidad.

Oscar era ceremonioso, le gustaba el ritual y el protocolo, a diferencia de Iván que buscaba la química inmediata anhelando hacer saltar las chispas en cada encuentro sin posponer la magia, utilizando el principio del aquí te pillo aquí te mato y así, ambos obtenían resultados francamente dispares.

Para Oscar, únicamente había un tipo de mujer y una forma de amar. Ana encarnaba todos los requisitos físicos: piel morena, cabello largo y espeso de negro azabache, oscuros ojos que clavaba como aguijones, gruesos labios naturales, y una expresión en su conjunto encantadora que combinaba a la perfección con el presagio de un fuerte carácter detrás de aquella peculiar sonrisa lenta que apenas insinuaba. Vestía con pulcritud, y lo que más recordaba eran sus finos modales, tanto como su dulzura. Y al pensar en su amigo se le escapó un comentario “Quiero una mujer educada en la calle, una autentica princesa, pero de puertas adentro en el dormitorio necesito una puta… ¡quiero fuego!”, y se sorprendió por lo contundente de su consideración que no se atrevió a escribir apresurándose a olvidarla como si tuviera que avergonzarse por su petición.

A la espera de que llegara la fecha, Oscar se perdía en sus pensamientos. Quedaba embelesado horas y horas frente a sus notas manuscritas, a veces ininteligibles por la pésima caligrafía debido a que una sensación que aparecía y desaparecía como una ráfaga de viento requería ser anotar como fuera, pero con rapidez. Exigente consigo mismo, se había prohibido extraviar una sola palabra, una sola impresión, un suspiro tímido. Y no sólo le gustaba reflexionar, se recreaba planteándose cuestiones filosóficas y sus breves escritos mostraban una inquietud perenne, una fuerza por querer llegar más allá sin precedentes en su entorno inmediato. Y se introducía paulatinamente en la meditación hasta que el silencio se rendía ante él y escuchaba “la voz”.

Oscar aprendía a respirar dejando que la energía fluyera positivamente a lo largo y ancho de su cuerpo de arriba abajo y otra vez, de vuelta a empezar.

Pretendía que su vida fuera conmovedoramente noble. Presentía que algo grande le iba a suceder. Existían pequeños indicios tenues, leves, quizás inauditos, extraños mensajes se le daban a conocer de manera inusual. Llegaban de forma pintoresca, chocante, inesperada; algo vibraba, y no vibraba desde fuera sino desde dentro cuando en el exterior sucedía algo concreto. Pero Oscar no sabía descifrar. Si podía interpretarse alguna cosa, todavía estaba lejos de hacerlo.

En pequeños trozos de papel apuntaba un pensamiento o redactaba una idea con una avidez abrumadora y se quedaba tranquilo. Solo se relajaba después de poner negro sobre blanco creando a menudo auténticos jeroglíficos que insertaba en el abarrotado plafón donde múltiples anotaciones y frases sueltas se encontraban todas para ser escrutadas.

Y amaba el amor. Vivía dejando que el amor lo poseyera. Sentía placer al saborear la sensación de amar, a diferencia de Iván, quien se dejaba remolcar por la vorágine para acumular una experiencia tras otra sin buscar significados profundos si no la propia vivencia en sí misma. Oscar registraba cuanto pensaba, también con respecto al amor, tal cual brotaba sin censura. Solía preguntarse “¿Cuál es la esencia de la vida? ¿dónde se halla?”. Y elucubraba.

Hablaba para Ana, percibía que lo escuchaba postrada en la cama con un cojín bajo los pies, tal vez soñando una casa con una porción de terreno a su alrededor. Escribía presagiando sus ganas de leer las anotaciones. No quería languidecer en la mediocridad ni perderse en lo cotidiano y la utilizaba como excusa, como remota musa. Deseaba inventar palabras en un mundo que ya no quiere soñar. En un mundo donde cada vez hay menos poetas. En un mundo donde amar, resulta algo rudimentario y arcaico basado en un contrato de intereses y conveniencias.

Quería alquilar un globo que empujado por el viento lo llevara sin rumbo por el extenso espacio que es la imaginación. Estaba dispuesto a luchar, quería luchar, y sabía que tenía que luchar… pero no atinaba la manera de hacerlo.

Encontraba paz en su búsqueda, y aunque todavía no sabía bien qué es lo que buscaba, se interrogaba sin entender bien para qué se preparaba. Levantó el teléfono y agradeció a su madre el hecho de que se ocupara de su manutención y del apartamento-santuario que le permitía conservar la privacidad que jamás tuvo en el internado.

Todavía le obsesionaba la muerte. De repente se ponía a tiritar sobresaltado. Sabía que debía llegar ese día último en que todo termina y denigraba por tal motivo. No quería plantearse el tema; su simple mención le horrorizaba. Si le dijeran que a los diez minutos fallecería quedaría paralizado malgastando los diez minutos. Su pánico, lejos de disminuir, aumentaba con cada año.

Oscar empezó a ser crítico con la sociedad que descubría. Afirmó a Víctor durante un almuerzo en el comedor privado de ejecutivos del edificio donde trabajaba que solo unos pocos sobreviven a la inmundicia que reina. Había escrito “Únicamente los fuertes sobrevivirán, los modestos e inteligentes que logren mantenerse al margen, únicamente los que han sabido hacer lo correcto reflexionando previamente el comportamiento a seguir en cada situación”. Criticaba, porque deseaba el bien general y ayudar. Oscar se interesaba sinceramente por la demás. Víctor lo observaba mientras discurría como un viejo búho.

No podía compartir tales pensamientos con sus compañeros de la universidad a los cuales consideraba exageradamente huecos, indiferentes ante el potencial de la vida, incrédulos e ignorantes de su mundo porque mantenían una actitud egoísta. Prefería alejarse de su frivolidad. Se guardaba sus pensamientos dentro. Eso sí, salía con ellos para jugar al billar, tomarse un jugo mientras ellos se atiborraban de cervezas y los viernes de madrugada, estaba presente en las carreras por la autovía de Castelldefels en sus potentes automóviles de colores chillones sin abrocharse el cinturón de seguridad a más de ciento ochenta kilómetros por hora. Tenía que participar de vez en cuando en cosas similares para confirmar lo bien que estaba consigo mismo en el apartamento.

Porque sus compañeros escogían hablar de la rubia de ajustados vaqueros o de las piernas de la delgadita que se apoyaba en la barra del bar con una minifalda junto a la máquina tragaperras. Incluso en la biblioteca, nadie quería tertulias filosóficas. Preferían especular a cerca de si la morena llevaba o no sujetador y cual de las muchachas de las mesas contiguas parecía moverse mejor en la cama y, señalando a la pelirroja, apostaban acerca del color de su entrepierna. Tal era su cometido, pero a Oscar estas actividades lo decepcionaban y a falta de encontrar una tarima desde donde expresarse, a falta de saber como participar en una tertulia perspicaz, se dejaba arrastrar por la inercia del grupo en las discotecas las noches de sábado a sabiendas que la hipocresía que practicaba no era buena, a sabiendas que se acostaría por la mañana del domingo arrepentido por dilapidar el día.

Analizaba fríamente lo que le ocurría, pero siempre llegaba a la misma conclusión: se convencía de que aunque hablara sus compañeros de estudio no entenderían. Gustaba de la diversidad de opiniones, de la pluralidad de posicionamientos y de conocer los matices que podían darse en similares criterios, pero se quedaba sin la charla, porque Oscar encontraba diversión en temas sobre ética y moral, cuestiones aparentemente alejadas para los jóvenes de su generación. Y a causa de su mutismo, nunca supo si algún otro callado estudiante tenía sus mismos planteamientos e inquietudes. Tal vez le faltó la iniciativa de celebrar cenas de lectura en su apartamento.

La cuestión es que decidió cortar y, viento en popa en sus estudios, cubiertas sus necesidades básicas por una madre infalible, con una salud de hierro y notas inmejorables en su tercer curso todo iba perfectamente para Oscar porque podía dedicarse a “sus” cosas por entero desde que dejó de frecuentar y recibir las llamadas y los saludos en el aula de la universidad por parte de quienes habían sido sus camaradas de juergas y últimamente lo tachaban de raro espécimen. Tenía mucho tiempo libre que empleaba para pensar. Aparentemente la vida le sonreía y muchos lo calificaban como “un chico con suerte” sin embargo, Oscar no se sentía dichoso, y entendía que la suerte surge cuando la preparación se cruza con la oportunidad.

Se sentía mal sabiendo que existen brutales guerras y absurdas muertes en el planeta. Comprendía la confrontación, porque la naturaleza es violenta. Aceptaba la batalla aislada pero no los reiterados actos sin sentido por pura cabezonería de algunos. Mantenía que la guerra no era más que la falta de entendimiento entre dos personas-países a menudo motivada porque una de las partes negaba la tolerancia y la solidaridad.

En el río, el pez chico es devorado por uno mayor y a su vez por otro más grande; es el equilibrio del ecosistema, la supervivencia de una gran cadena. Pero cuando el fuerte atenta contra el débil movido por la codicia se trata de una despiadada atrocidad, y resulta que el ser humano es la única especie que arremete contra un semejante. Entre sus frases “La guerra muestra la parte más sucia del ser humano” y, “La guerra trae hambre angustia e incertidumbre y su existencia es incomprensible” y, “Rencillas ajenas aniquiladas encuentran su excusa para renacer como tempestades sangrientas” y, “No hay que combatir la guerra, si no defender la paz. No hay que luchar contra el hambre, si no propiciar el alimento. No hay que estar en contra del odio, si no a favor del amor, porque el amor es más fuerte que el odio, el alimento que el hambre, y la paz que la guerra” y, “Los enfrentamientos son inevitables pero hay muchas formas… no solamente la guerra”. Oscar seguía escribiendo y murmuraba “Todo llegará. Sus labios. Sus ojos. Sus cejas. Esa piel morena… es mía… la quiero!”.

¿Acaso podía plantearse otros temas? Oscar seguía preguntándose el por qué de las cosas. Una y otra vez se interrogaba para saber qué sentido tenía matar, aunque la guerra fuera un negocio lucrativo, y al instante salía a flote su obsesión como un cadáver sale a flote increpándole por qué debo morirme! Exclamó “Niego la imagen de un campo verde esperanza cubierto de rojos cuerpos despedazados porque esparcidos los desdichados inertes, aunque hubieran sido encuestados minutos antes, ni uno solo podría haber explicado el motivo exacto de su lucha”. Y es que si los que decretan la guerra y sentencian a muerte a sus propios semejantes tuvieran que caminar en la primera línea de fuego, menos guerras se decretarían a diario. Sin duda prefería la idílica imagen de la paz porque Oscar defendía la paz compartiendo el dicho -paz es el respeto a lo ajeno- y había anotado y colgado en la pared “Paz es amor a la vida, a la armonía, al sosiego y la tranquilidad” y es que para Oscar la paz era una opción viable. Y la paz consigo mismo el anhelo permanente, pero la muerte seguía sin dejarlo en paz.

Escribió una canción que nunca se atrevió a entonar. Ni siquiera la entregó a otras personas para que la tocaran. Su cantemos juntos y cantemos alto únicamente se escuchó en su corazón y en el de Iván que sí supo como sonó. “Fundamos las manos en cadena humana lanzando el desgarrado grito de quienes suplican al destino: ¡basta de guerra! Este aullido ensordecedor todavía hoy no se ha escuchado”. Pero nunca se alzaron unidos y lo pidieron levantados. Nadie escuchó el canto. No cesaban los conflictos. Guerra. Siete, ocho, nueve guerras en el planeta; nuevas hostilidades, otros peligros, más guerras. En la gran lámina de corcho se atiborraban mutilados pedazos de papel manuscritos a prisa y entre los mini grafitis ilegibles a modo de escritura en clave se encontraba la letra de la canción.

Oscar no comprendía porque el ser humano se complica la existencia con lo fácil que sería un poco de cooperación por parte de cada uno sin excepción, pero sus reclamos no eran escuchados a causa de su timidez. Reclamaba un contacto más humano entre los seres que habitan el planeta al tiempo que se avergonzaba de sí mismo por actuar tal y como lo hacía, avergonzado de mostrarse tal cual era y tal como se sentía. Las dudas lo ahogaban. Se agotaba antes de empezar.

Había querido salir a la calle con el rostro cubierto para que nadie pudiera reconocerlo ni verle su verdadera cara. No quería que supieran quién era ese caminante de alma torturada y escondida que aunque no tropezaba, se movía sin dominio ninguno directo a lo desconocido. Caminar a ciegas no era lo mejor, pero era lo único que sabía hacer por el momento. Oscar percibía lo que aún no era capaz de asimilar. No soportaba silenciarse cuando algo hervía en sí mismo y como el agua de una olla a presión que no encuentra su válvula de escape amenazaba con la explosión. No obstante, sabía que en esa agonía oscura se encontraba la salvación. De algún lugar remoto le llegaba la extraña señal.

Fabricaba su mundo inventando sus propios pasajes. Veía lo que otros no querían ver porque les desgarraba su entendimiento. Pero igual que un ciego que no se queja con el ojo abierto del corazón, Oscar observaba acentuando su percepción. No sabía exactamente si había motivos para preocuparse. No sabía con certeza si faltaban fundamentos. No sabía estar sin existir. Se preguntaba que era en realidad vivir.

No quería descarriar sus sentimientos ni su extremada sensibilidad, pero la implacable tecnología, los rápidos avances que las máquinas permitían ante una sociedad aficionada al industrialismo le hacían presagiar dramas y tragedias. Y se preguntaba una y otra vez si realmente merecía la pena.

Si no podía averiguarlo porque no sabía cómo expresar todo cuanto tenía dentro, ¿qué podía hacer?… Si no lograba encontrar la forma de conseguir su propósito, ¿qué es lo que iba a hacer? Y si no hallaba a la indicada persona con la que compartir su vida, ¿qué sería de él? ¿Qué ocurriría si Ana fuera únicamente una ilusión? ¿Qué ocurriría si fuera una broma de su imaginación? Es terrible advertir de repente que ya no se puede hacer todo lo que se ha ido aplazando.

Quería licenciarse como abogado, pero, ¿hasta qué punto no estaba intentando emular a su padre? No había duda que le expresaba su lealtad de esta forma. La elección de su carrera la había tomado el padre. Había planificado todo su futuro desde la cuna. Oscar no quiso defraudarlo y creció con la meta de parecérsele al cien por cien. Antepuso aquella sólida imagen de rectitud que le transmitió su progenitor a las propias inquietudes personales que se insinuaban cautelosamente mostrándose todavía difusas, pero ahí estaban. Su padre lo atravesaba con la espada de un antiguo condicionamiento, pero era Oscar quien impedía su autorrealización por las equivocadas interpretaciones infantiles influenciado, anulado por su presteza que lo apartaba de su camino; un camino que existía y del que quería ser heredero por justicia. Pretendía recoger la cosecha que laboriosamente cultivaba pero la imagen del padre era una presencia que no se desvanecía.

Y en su quieta intimidad no ponía frenos dejándose llevar por extrañas fuerzas que trepaban por sus nervios como una tormenta brusca que encapota el cielo en un instante variando el panorama. Cada vez más se inclinaba a la tendencia de hacer las cosas exclusivamente cuando las sentía y porque las sentía en busca de la espontaneidad de los atributos que existen en cada ser humano. Cualidades que mucha gente como sus compañeros de estudios y los camaradas de juergas preferían ignorar. Poco les hubiera costado apreciarlas y valorarlas. Nada más un mínimo de interés acompañado de algunas ganas de hacerlo, había pensado sin mencionar la palabra voluntad.

Oscar defendía lo siguiente “Es un deber, y sin temor a lo que puedas hallar, hay que mirarse en el espejo pero mirarse penetrándose para abandonar al comediante hasta reconocer quién es la persona que está en frente. Al peinarse afeitarse o lavarse los dientes, existe una formidable oportunidad para autodescubrirse y hacer algo más que subsistir”. Se complacía diciéndoselo con la mirada fija en el cristal queriendo traspasar al otro lado para verse a sí mismo desde ahí.

Oscar estaba vivo y quería sentirse mejor, aun cuando los inconvenientes de saber cual era el vehículo o el instrumento de su acción lo acosaran a diario manteniéndolo en una absoluta pasividad. ¡Qué tan lejos de esa inmovilidad se encontraba su amigo Iván!

Realizó desfiles de moda y peluquería empezando a ser cotizado en prestigiosos certámenes, pero prefería llevarse a una mujer al rompeolas y contarle cuales eran sus caprichos y fantasías sexuales lejos de las ovaciones y los focos de colores que excitan. Las sesiones de fotografía eran frecuentes, más por vanidad que por los honorarios profesionales que como modelo percibía.

Pero no había continuidad con ninguna agencia porque su formalidad se desvanecía a causa del aburrimiento en las sesiones. A Iván no le gustaba repetir la misma cosa varias veces. No soportaba tanta espera ni tanto maquillaje embadurnando su cutis. Seguro de su belleza natural, elegía enfrentarse a las cámaras sin necesidad de filtros, eso sí, sin olvidar ni una sola de las caretas que perfilaban sus distintos personajes y sus poses estudiadas hasta el milímetro. Iván no suponía que si seguía así iba a hundirse en el fango hasta lo más hondo. Su futuro no era nada prometedor. ¿Desperdiciaba el tiempo?…  ¡Malgastaba su talento!

Su imagen se desvanecía en un sin fin de invenciones. Iba y venía sin parar de un sitio a otro sin echar raíces en ninguno. Iván no se cuestionaba a sí mismo porque si se felicitaba o se elogiaba, si se decía algo bueno, pensaba que se volvería perezoso y si se reprochaba o se censuraba a sí mismo, si algo malo se decía, pensaba que perdería la propia confianza al lastimar su ego. No se planteaba ninguna circunstancia y elegía no opinar ni definirse. Tampoco se analizaba. Vivía el momento tal cual lo sentía dejándose llevar como si cada día fuera el último de su vida intentando apurarlo al máximo hasta el final, queriendo hacer un montón de cosas en esas últimas veinticuatro horas. Las palabras de Kipling “… Si puedes llenar el implacable minuto de sesenta segundos dignos de su transcurso…” hacían eco en la juntura de sus huesos. Nada era en vano. Todo lo aprovechaba.

Además de los impecables trajes de diversos tejidos selectos, también sabía vestir vaqueros y botas camperas; no solo vestía de etiqueta. Entonces se quitaba su ostentoso reloj de oro y añadía a su muñeca una gruesa pulsera de plata, una cazadora de cuero, y otros andares semejantes a los de un hortera completamente alejado de su habitual elegancia. Se adaptaba con el atuendo y sus modales a cada situación y lugar que visitaba. Piropeaba a las quinceañeras y se dejaba ver con insolente exhibicionismo para que lo adularan con desmedida presas de su aliento y de su brillo y del aroma que transpiraba, sobretodo en las puertas de las universidades y un martes, fue al instituto donde había estudiado para entrar y rememorar.

Recordó como se pavoneaba por los anchos pasillos originando diversos cuchicheos y como peleaban las chicas por una de sus miradas y como con suma picardía las trasladaba a los vestuarios del gimnasio para tumbarlas en las colchonetas. Una maliciosa sonrisa se apoderó de Iván para exclamar “Si me hubiera dispuesto para cada batalla, luego de besarlas y acariciarlas… con mi miembro experto hubieran hecho cola en las puertas del gimnasio”. Y cuando salió del recinto, se detuvo. Escuchó los aplausos de ese día que subió al escenario bajo una luz fría y estéril, ese día que se había emocionado no por los aplausos o la ovación, si no por aquel hecho aparentemente insignificante por parte de los miembros del comité organizador. Aun guardaba gratamente la olvidada sensación. La recuperó de esa parte del corazón donde se encontraba imperecedera. Ese día se había emocionado porque no contaba con la entrega del trofeo. Iván no lo había previsto. Tarde, pero aprendía una lección: que las demás personas también pueden ser originales y provocativas al crear situaciones inesperadas. Y siguió caminando dejando atrás el instituto que le había enseñado no matemáticas o historia, pero sí cosas acerca de la gente y de sí mismo.

Y caminó hasta su anterior escuela atravesando la calle que tantas veces había observado desde la azotea del edificio y, al llamar a la puerta, le sorprendió que inmediatamente lo reconocieran. Le sorprendió que la alegría de los profesores se plasmara en sus rostros al verlo a él, al Iván que tantos quebraderos de cabeza les había causado. Lo recibieron sin rencor, con efusivos abrazos y preguntas sinceras, pero más se sorprendió al entrar en la biblioteca porque todavía tenían colgada en la pared la castañera que dibujó. Entonces Iván se estremeció.

Y visitó Le Bon Soleil asegurando que era una persona de espacios abiertos y nunca de urbes encorsetadas. Una grata atmósfera lo absorbió transportándolo a esos momentos felices de ingenuidad y libertad donde uno se hace amo del mundo y sintió de nuevo el balón en sus pies sudando mientras corría gritando y riendo sin enfadarse si lo perdía. Transportaba el viento un sin fin de visiones perennes cuando madame Cabré lo hizo llamar a su despacho advertida por su vivita, y ante ella, deslumbrada por su planta de conquistador le rogó que recitara la poesía que memorizara como castigo por una travesura cometida durante el horario escolar años atrás porque desde aquel día se convirtió en su preferida. En verdad le gustaba oírlo declamar, pues le pidió que lo hiciera una segunda vez y una tercera.

Tenía veinte años y de repente había querido mirar hacia atrás para su propio desconcierto porque sintió que no todo en la vida era apariencia. ¿De repente Iván quería cantarle a la vida como Oscar?

         *                  *                  *                  *

Mansamente se iba poblando el paseo. Personas de distintas nacionalidades paseaban en un atardecer tranquilo y sosegado. Oscar observaba desde el balcón del apartamento de su madrina el deambular de la gente. Cada vez más jóvenes con un murmullo alegre se aglomeraban en las terrazas de los cafés. Cada grupo se entendía en su lengua, pero todos reían de igual manera. Pequeños y mayores disfrutaban de sus vacaciones al aire libre premiándose con una gran copa de helado, un frío batido, una jarra de cerveza con limonada aquella tarde del sofocante agosto de 1985.

Recogido como un gato en su cesto observaba sin cansarse el cambiante paisaje que frente a él mostraba la inmensidad del océano al parecer sin fin. A su izquierda estaba el puente y a lo lejos, detrás, los altos mástiles despuntando que delataban el puerto sobresaliendo como lo hacen los lápices de colores de un vaso. A su derecha la playa dócil donde los niños se recreaban haciendo castillos de arena que frágiles en su consistencia se desmoronaban.

Oscar seguía mirando atento.

Con los dedos de un pie se quitó las chancletas y torneó los tobillos hacia un lado y hacia el otro después. Se tocó el cuello llevando la palma de su mano a la nuca que también hizo rodar en un sentido y en otro.

Eran casi las diez y empezaba a oscurecer, pero aun había quién entre las rocas, salpicados por traviesas olas jugueteaban ajenos al reloj de la noche que avisaba, prescindiendo de la vieja barcaza que se deslizaba mar adentro en la que un nostálgico viajaba en busca de esa sensación semejante a convertirse en el viento, y, en contraste, de un blanco impecable aparecía en el horizonte el moderno yate con todo su poderío donde un desaprensivo mercader de cualquier cosa se mofaba de su pequeñez alterando el oleaje.

Algunos pájaros revoloteaban entre las delgadas ramas de los árboles del paseo cuando los colores del crepúsculo se inflamaron de vida dando nombre al inconfundible ambiente Mediterráneo. Oscar seguía en el balcón extasiado por la belleza del cuadro, extasiado por la plenitud del momento, extasiado por la intensidad de su percepción que captaba cada detalle. Hay cosas que deben vivirse para llegar hasta ellas, y la pureza de aquella sensación, solo podía vivirse en el ahora mismo. Su frescura no podía ser almacenada. No podía poseerse, si no disfrutarse.

No se cansó de mirar atendiendo ese panorama hasta que cayó la noche serena. Entonces alargó su brazo para prender la luz y extraer de su bolsa de viaje un libro grueso que se había regalado para deleitarse en sus páginas, en los párrafos y en las frases y en cada palabra aislada. Y mientras Oscar se encontraba en Blanes, muy cerca, y sin saberlo, ahí estaba Iván en Playa de Aro viviendo el verano de otra manera.

Porque para Iván era un período de diversión, pero una diversión desenfrenada. Un período pleno de horas que transcurrían de día y de noche sin cesar atiborras de un entusiasmo agotador. Un período donde no existían las obligaciones laborales si no únicamente la permanente recreación y podía hacer cuanto le apeteciera porque realmente le venía en gana tocando arrebato la vida.

Durante ese hueco del calendario llamado agosto, existía la oportunidad de conocer chicas mujeres niñas y adolescentes; francesas, holandesas, portuguesas, alemanas, italianas, suecas; y además de conocerlas, podía engatusarlas para acariciarlas y besarlas con depravada desfachatez. Y las enamoraba durante tres o cuatro días, incluso durante una semana, pero poco más. Todo venía determinado por esa relación denominada popularmente como «amor de verano» o válvula de escape sensacional a la que Iván calificó como invento soberanamente venerable.

Días de sol cargados de bellas figuras femeninas en las que reparaba con descaro porque se exhibían indecentes, sobretodo cuando los pechos desnudos brincaban descarriados entre la cintura y los hombros de las jóvenes que corrían. Deseaba desear y se esforzaba hasta la saciedad admirando con una ojeada arrolladora la extensión de la playa para de derecha a izquierda una y otra vez, una a una, recorrer todos aquellos centímetros de cuerpos lozanos empujando su propio cuerpo para que se avivara la virilidad.

En las noches se entregaba al ritmo de la música devorando cada pieza dominando el centro de la pista como si solamente Iván bailara hasta las mismas puertas de la deshidratación, empapada la espalda y sudando las piernas a chorro como la nariz, la frente, la nuca. Luego, con una copa de güisqui en la mano, desfilaba por el extenso abanico de posibilidades femeninas coqueteando como el gallo en su gallinero que no cesa de imponerse, enaltecido, y reconocida su presa la atacaba sin piedad asediándola con sonrisas radiantes y miradas hechizadoras e intencionados guiños morbosos y picaronas palabras que se salían de lo habitual tras realizar una cruz con tiza en sus nalgas. Pronunciaba a continuación frases aprendidas en sus idiomas que acompañaba de clarificadores gestos y comentarios lascivos que aseguraban un vertiginoso revolcón en cama extranjera, aunque prefería la playa dormida, justamente en el sitio donde la había advertido y deseado horas atrás bajo el sol, todo su cuerpo brillante y resbaladizo de crema. Pero ya bronceada, vestida para la ocasión, perfumada y fresca la identificaba y fácilmente adivinaba la contraseña -Dame unos minutos para desembarazarme de mis amigas-. Y una vez amarrada la víctima, solía mal decirse por no haberla conocido una semana antes. Y esa velada, la anterior a su marcha, se convertía en una autentica gala en la que los dos recuperaban cada minuto perdido llegando a límites insospechados como poseídos por cien fantasmas ávidos de lujuria y risotadas. Iván se sumergía en un mundo de ensueño para el que parecía haber nacido con total condición. Era la encarnación del mismo sol: distribuía luz que cegaba después de hipnotizar. Impresionando y dotado, parecía llevar colgadas en su cinturón las llaves del éxito indiscutible e imperecedero. No era de extrañar que tras de sí arrastrara un séquito de mujeres enamoradas, no solamente en verano.

Y al igual que Iván, una gran masa de gente era conducida hasta la Costa Brava en un voluntario y temporal exilio para flirtear, beber, bailar, dormir poco y tumbarse para retozar en la arena caliente durante el mes que duraban sus vacaciones. Los adoradores del sol y del sexo, sorprendían por ese instituido y tradicional carácter migratorio que se repetía año tras año y al terminar el período, las anoréxicas muchachas de escaso bikini y los musculosos adictos a las películas de acción, liaban sus bártulos y emprendían el éxodo hasta las grandes ciudades. Y a las pocas horas en la Costa Brava nada quedaba ya de la bulliciosa asamblea playera salvo latas vacías tiradas en la cuneta y los cajones llenos de los comerciantes locales que consideran esta invasión anual como una bendición diabólica que amenaza la salud pública al tiempo que aumenta los beneficios privados.

Todas las zonas veraniegas a nivel mundial terminan igual, devastadas.

En el solemne salón de actos de la universidad, en medio de sus compañeros, solitario, se interrogaba Oscar en septiembre “Conseguir, tener, y no poder compartir, es todo un sufrimiento”. Cerró sus enormes ojos de almendra y dejó caer la cabeza hacia atrás.

Y así permaneció hasta que se reincorporó para tocar el hombro al que estaba sentado enfrente y le solicitó un bolígrafo. Había agotado la tinta del suyo. Escribió en una cartulina roja (ficha de la biblioteca): “El hombre necesita una razón, pero también necesita alguien con quién compartirla”. Todo ese estudio personal que realizaba no podía comentarlo con Ana, su padre había fallecido, a su madre no le interesaba enredada como lo estaba con su oso, su hermana había partido a Bolivia, y Víctor tenía sus propios problemas para reubicarse en la empresa donde trabajaba absorbida por una compañía internacional que ensayaba la eliminación el actual cuadro directivo.

En medio de la algarabía se sorprendía, pero no huía rechazando su potencial como debió huir el primer cavernícola ante la presencia del fuego. No se escondía de sus peculiaridades como se esconde el ratón en su madriguera. Las alimentaba como se alimenta al pavo las semanas previas a la Navidad. Las cultivaba y las desarrollaba contemplándolas de cara venciendo poco a poco y una a una cada circunstancia. Estaba contento de haber nacido rodeado de otros estudiantes en la clausura del acto de apertura del año tercer año académico.

En la nutrida lámina de corcho que se había extendido a la siguiente pared del salón de su apartamento-santuario se amontonaban las frases “La hipocresía no debería existir por una sencilla razón, evitar que la humanidad siga siendo ruin” y pisándola otra frase decía “Humillar a tu vecino es humillarte a ti mismo dos días más tarde” y otra, “La cometa es el alma del niño que juega con el viento”. Oscar acumulaba el sabor que se inca en la pared. Notas que escribía en las hojas de su libreta de bolsillo en el coche aprovechando un semáforo o deteniéndose repentinamente, interrumpiendo el transito de los viandantes en medio de la calle. Se le ocurrían al subir o bajar en un ascensor, cuando estaba sentado en el inodoro, mientras hacía la cama y, sobretodo durante las noches de luna nueva al rememorar a su amigo. Y podía leerse “El ser humano recorre caminos equivocados cuando actúa a través del deseo en vez de la necesidad, cuando actúa a través del odio en vez del amor, cuando actúa a través de la ilusión en vez de la realidad, cuando actúa a través del temor en vez de la libertad. Y recorre el camino adecuado cuando se pronuncia a través de la belleza y la verdad, con amor”. Ninguna frase tenía relación con la muerte o la perdida de un ser querido.

Seguía sin comprender por qué tenía que haber un final; por qué llegado un día debía desaparecer; por qué en un momento dado dejaría de respirar y se convertiría en nada; preguntas sin respuesta! No podía entablar un razonamiento coherente y perspicaz que llenara de luz su enorme tribulación. El inmenso vacío se adueñaba de Oscar con el transcurrir de los años y para él su padre seguía en su largo viaje de negocios. La terrible palabra que lo devastó amenazaba con decapitarlo arruinándolo sin compasión. La muerte seguía teniendo el efecto demoledor de una apisonadora. Continuaba el largo período de irresolución. Saber que algún día todo acabaría lo destrozaba. Vacilaba en vez de afrontar el dilema que no lograba asimilar. No acataba lo irremediable porque para él no tenía ningún sentido. No aceptaba lo inevitable porque no había motivos para hacerlo. Se amargaba lastimándose como un enfermo que se corta con unas tijeras. Torturándose. Pero nada más en la soledad se encuentra uno a uno mismo y Oscar, buscaba y buscaba en solitario y tenaz, obstinado en saber más acerca del mundo.

A quince años de cruzar el umbral del siglo veintiuno, su vida era una gran rutina respecto a sus estudios, sus salidas al campo, sus intermitentes visitas a su madre cuando el oso la liberaba y las luchas internas por las paredes de su mente, pero seguía adelante concentrado en Ana. Se preparaba para una intensa vida profesional desde donde escudarse y poderle ofrecer un mañana seguro; una tranquilidad económica y una buena posición social.

El anhelo de toda mujer es que un hombre la ame, la respete, y le sea fiel, y tales premisas se daban por supuestas en Oscar.

Todavía traumatizado, Oscar necesitaba conocer el último rincón que habían compartido sus padres. Tenía curiosidad por estar en los mismos lugares y pisar las mismas calles. En los últimos meses se había interesado en la pintura asistiendo a museos y exposiciones donde se hacía referencia al bohemio barrio de Montmartre. Se le antojó navegar por el río que divide en dos a la ciudad del amor aprovechando las vacaciones navideñas.

A un lado del río, la rive droite, la sección más amplia de la ciudad y el centro de negocios y diversión conocida como orilla norte donde se encuentra el popular arco del triunfo. Autenil y Passy constituyen los barrios más elegantes. Del otro lado la orilla sur del Sena denominada rive gauche, la zona académica y administrativa. Cuando Oscar alzó ligeramente la vista, divisó la famosa Torre Eiffel que tardó dos años en construirse. Averiguó que al estar en una especie de fosa, París soporta una densa contaminación obligando a que todo adquiera un aspecto grisáceo. Lo acompañaron sucesivas lluvias durante sus dos primeras jornadas. La rara aparición del sol no hacían a París muy agradable a sus ojos pero para hombres de negocios de todas las partes del mundo, París es la capital de Europa, el centro de la moda textil. Y Francia impide que se resida permanentemente para convertirla en ciudad de paso con cita obligada para admirar los imponentes monumentos como la catedral de Notre Dame, el palacio de Versalles o el imprescindible Louvre.

Por numerosas calles circuló Oscar comprobando que era una ciudad bella pero mal distribuida al comprarla con Barcelona. Pocos guardias urbanos vigilaban el trafico, imposible controlar las aglomeraciones; infracciones a montones. Decidió conocer su sistema de comunicaciones subterráneo, y a continuación utilizó el servicio de las líneas regulares de autobús para dar una vuelta completa a la ciudad en ambos sentidos. No tenía prisa. Tampoco tenía compromisos con nadie. La cita con Ana estaba lejos. Observaba sin más dejándose asombrar. Y se embobó con una suculenta comida de exquisita cocina francesa pero el postre se le atragantó molesto porque al ir al lavabo a realizar sus necesidades tuvo que abonar algunas monedas “Pagar por poder orinar… qué estupidez!”. Consideró agredida su condición de cliente al imponer un peaje digno de un disparate y se negó a dejar propina cuando en Francia se está obligado por ley.

Es sabido que los franceses apoyan solidariamente su cine consumiendo a sus actores hasta el empacho, pero con el afán de practicar el idioma, entró en una sala de proyección para entretenerse con Jean Paul Belmondo. Una hora y media más tarde pensó que los franceses hacían películas sin pretensiones de exportarlas más allá de sus fronteras “Las producen, escriben, dirigen e interpretan ellos y ellos mismos las consumen después”. Vallas publicitarias, folletos, incluso los cortos de pre-estrenos dentro de la sala hacían pensar que únicamente existía cine francés.

Aquella noche iría al Folies Bergère, conocido en el mundo entero por sus ciento treinta años de actividad en el mismo antiguo inmueble. Le habían advertido que el espectáculo se hacía largo por sus más de tres horas, y efectivamente así fue. Además de pesado, le pareció anticuado y reiterativo y cada número en su conjunto rancio. El Lido, en cambio, al visitarlo en su primera salida nocturna lo hizo enmudecer sobretodo por la selecta distinción del trato dispensado y por su clase. La noche no había sido completa. Tenía tantas expectativas puestas en el famoso Folies Bergère que al final lo defraudó. Y para contrarrestar ese agrio sabor decidió meterse en la cama para madrugar al día siguiente y velar nuevamente a la Torre Eiffel. Quería fotografiarla durante la salida del sol.

Iván acostumbraba a almorzar en La Farola, un restaurante familiar a escasos metros del trabajo. Se disponía a tomar el café cuando la recepcionista se sentó con la excusa de tratar cuestiones laborales, pero la verdad es que se moría de la curiosidad por saber quien era la mujer que lo atosigaba a diario y con la que no deseaba conversar, ¿una clienta? ¡No! Tenía la orden de decirle que Iván se encontraba fuera del despacho ilocalizable pero ¿por qué razón no quería ponerse al teléfono? Quería dar a entender que se había esfumado de la faz de la Tierra! A la recepcionista le fascinaban los labios de Iván, y los detalles, sobre todo los detalles de sus andanzas y de sus fechorías. No era la primera vez que lo arrinconaba para chismear. Pero en esta ocasión se quedó con las ganas, Iván no le contó nada. Al entrar en la oficina llamó desde la centralita de pie en la entrada permitiéndole escuchar lo breve de la conversación. Los separaban varias semanas desde su último encuentro en el que en un ataque de sinceridad, Iván le dijo algunas cosas muy duras para una mujer acostumbrada a ser adulada y jamás reprendida. Fue una llamada inesperada. No tenía intención de efectuarla… pero el tesón de algunas… y la expectación de otras! ¿Por qué no?

Terciaron pocas palabras. A los cinco minutos iba en su flamante GOLF GTI 24 válvulas  dirección al ático situado en Pedralbes con la seguridad de encontrarla en ropa interior, sin embargo… había ido a la peluquería para reemplazarse. Se juzgaba otra mujer. El hecho obedecía justamente a las duras palabras de Iván. Se apreciaba distinta después de haberlo conocido; más autentica, dinámica, llena de vida, y mucho más mujer. Su nuevo peinado era desenfadado. Le daba una aire juvenil. Y cuando las puertas del ascensor se abrieron apareció apoyada en el marco de la puerta con un ceñido mono de cuero negro, botas altas de piel negra y un ancho cinturón de cuero rojo. Se puso unas alargadas gafas de sol también negras y más que una mujer parecía una pantera negra.

Luego de unos segundos en que se miraron con miradas que cortaban, ella se volteó realizando un coqueto gesto que lo invitaba a entrar. Iván se precipitó al interior olvidándose de precintar la entrada, igual que había olvidado cerrar las puertas del ascensor interesado únicamente en su miembro erecto que tieso como un palo abultaba en el pantalón que se desabrochó, y con fuerza asomó golpeándole el estómago. Sonoro golpe el de la hebilla del cinturón al chocar contra el suelo de mármol.

Ella se arrodilló sin pensárselo dos veces. Admiró su duro pene un rato antes de metérselo en la boca. Iván le agarró la cabeza con las dos manos para propiciar que pudiera tocarle la campanilla y luego, ella abrió la boca y sacaba la lengua sin dejar de mirar a Iván que se corría bañándole el rostro de espesas gotas blancas. Había tomado el pene para lamerlo como helado hasta que explotó y glotonamente se llevaba la leche desparramada en su mejilla y parte de la nariz con sus dedos a la boca.

Quiso trasladarse con Iván al sofá pero al dar el primer paso, sus pantalones arrugados en los tobillos lo obligaron a caer al suelo pero aún así ella tiraba de su brazo torpemente por la excitación urgente rogándole que la hiciera suya, lanzándose a desnudarse con un solo golpe de cremallera para abrirse de piernas en el sofá como queriendo tocar con los dedos de los pies las paredes laterales.

Ahora Iván podía concentrarse en ella mientras reponía fuerzas y la haría vibrar y retorcerse de lujuria hasta el amanecer porque retorcerse de lujuria era cuanto reclamaba la mujer pantera.

Iván era un hombre generoso que sabía exactamente lo que requería cada mujer y le apasionaba descubrir sus zonas erógenas y sus puntos débiles a los que se dirigía sin contemplaciones como animal salvaje en época de celo sin obviar la ternura pero arrasando como el fuego.

Más que vaciar su tanque, el placer de Iván consistía en verla gozar, en contemplar como se acalambraba de manera rítmica con cada presión de su lengua como la tecla presionada del piano que lanza su música en función del tacto y, ese sensible y diminuto eréctil órgano femenino que se encuentra por debajo de la vulva era su objetivo y lo estimulaba con suavidad y firmeza al mismo tiempo.

Todas sus mujeres se mostraban visiblemente entusiasmadas con tal practica para la cual Iván era un experto. El desgarro sexual era fulminante. Antes de su segunda descarga conseguía que sus compañeras de cama obtuvieran tres o cuatro orgasmos. Sólo de esta manera sentía satisfacción; dominando la situación, dominando el proceso, dominando las sensaciones que provocaba. Dominando la consecución de su premio. Dominando y sometiéndolas a todas desgarradas por su arte.

Se encontrarían allí. Ella no podía viajar, y él no podía esperar. De repente y sin previo aviso, Iván era todo impulso y nada más aquello que movilizaba su energía importaba de verdad. Había leído sobre el hijo de Alain Delon y se imaginó charlando entorno a mujeres con Anthony Delon por Les Champs Elysees.

Por entonces Iván estaba en su cenit y quería ir a los mejores representaciones teatrales, a los mejores espectáculos nocturnos, y quería vestir aun mejor y necesitaba un traje cruzado de cachemira. Deseaba obtener nuevos conocimientos entorno a la vida y otros a cerca de la vida parisina. Tenía que exprimir el limón y sacarle todo su jugo porque la última gota resultaba ser la más sabrosa “Carpe Diem”. Y aprovechaba su estancia gratuita mientras aguardaba las tres semanas que faltaban para que su dama-pantera dispusiera de unos días como mejor sabía hacerlo; como el mejor acompañante.

Así fue que Iván caminaba junto a una madura mujer muy bien conservada para su edad. Le gustaba terminar la velada frente a la Torre Eiffel, momento que destinaba para negociar la tarifa y otros detalles antes de meterse entre las sábanas de la suite de algún lujoso hotel hasta bien entrada la tarde. Y desde el otro lado opuesto de la ciudad, Oscar se levantó muy temprano apenas tres horas más tarde de dejarse caer en la cama tras su fiasco del Folies Bergère. Después de su aseo que consistía en realizar unos breves ejercicios antes de pasar por la ducha y luego de plancharse la camisa y repasar el equipo fotográfico asegurándose que todo estaba en orden, se dirigió a pie recorriendo Les Champs Elysees ojeando los escaparates iluminados de las tiendas donde compran las princesas europeas y alguna que otra cortesana moderna.

Oscar salía dispuesto para hacer valer su jornada turística y, cámara en mano, buscó el mejor ángulo de la emblemática torre de hierro para captarla y registrarla en la película aprovechando los primeros rayos de sol.

Un simple hola seco fue lo que salió de los labios de Iván. Oscar dejó que siguiera su camino sin detenerlo, aunque con un gran vacío en su corazón. Vio como se alejaban cogidos por la cintura con torpes movimientos que delataban cierto grado de embriaguez, y se encogió de hombros con resignación recuperando su interés por el monumento.

Al girarse encontró en el suelo la tarjeta del hotel donde se hospedaba Iván. Al pisar el sitio donde habían permanecido casi enroscados como dos adolescentes, justo cuando lo ignoró con su actitud fría la dejó caer con disimulo y, Oscar, entonces entendió su mensaje “¡Discreción! Ya hablaremos en otra ocasión, llámame”. Y tenia razón su amigo Iván, no era el momento apropiado para resumir los últimos doce años de aventuras ante la presencia de una forastera con la desventaja del cansancio y el compromiso sexual.

Trece horas más tarde Iván lo recibió en el hall del hotel. Eran las siete de la tarde. Se sentaron en un cómodo rincón junto al piano bar, no sin antes haberse abrazado con efusividad. Oscar sonreía después de muchos años.

_ ¿Cómo tú por aquí Oscar?… –se dirigió en tono burlón.

_ ¿Cómo tú con esa mujer mayor y a esas horas?… –respondió en la misma línea.

_ Investigando! Ya ves… llevando cariño donde no lo hay, y aprovechándome. Aceptando regalos. Frecuentando clubs privados. Relacionándome con la alta burguesía parisina. Practicando el idioma. Haciendo turismo y descubriendo una parte del ser humano hasta ahora desconocida. Y sabes una cosa amigo mío, me gusta. No se por cuanto tiempo voy a vivir de esto, pero mientras llega la respuesta me aprovecho. ¡Aprendo con las mujeres!

_ ¿Sexo? –interrogó con cierta incredulidad.

_ También sexo, aunque no es lo único. Analizo el comportamiento de hombres de éxito que aún teniendo casi todo en su vida descuidan llenar su hogar de ternura. No saben amar a sus esposas, las humillan con jovencitas. Ellas se rebotan y les pagan con la misma moneda y el peligro llega cuando se encaprichan de mi. Por eso no repito más de tres salidas con la misma. La que viste es la esposa de un diplomático, creo que es embajador de algún país latinoamericano. Me cuenta cosas increíbles. Y cuando la escucho jadear con esa intensidad con que lo hace me siento completo.

_ Pero un hombre comprado… porque te pagan, ¿verdad?

_ Evidentemente que pagan. Todos compramos y vendemos algo, aunque la moneda de cambio no siempre es el dinero. A mí me gusta vestir bien. Y si quieren que las acompañes porque sus maridos están ocupados en largas reuniones donde se hacen acompañar por bellas secretarias, para mí es un placer asistir de etiqueta. Mato dos pájaros de un tiro. Estoy en el lujo gratis. Me visten, me alimentan, me distraen, ¿qué más puedo pedir?

_ Un poco de amor sincero –sentenció Oscar.

_ Tiempo habrá para el amor sincero, ahora prefiero el amor interesado, además, me gusta recrearme en el sexo –respondió devolviéndole la pelota como si jugaran al tenis.

_ El amor es mucho más que una sensación placentera. Pocos piensan que hay algo que aprender del amor –Oscar efectuaba otro lanzamiento-. Iván, el amor es una actividad, no un afecto pasajero. Es un estar continuado y no el súbito arranque de pasión durante una conquista. Seducir a una mujer no es amarla.

_ Ahora me saldrás con el tópico que amar es fundamentalmente dar, no recibir, ¿verdad mi amigo? ¡Pues yo no quiero renunciar a nada!

_ No tienes porque privarte de nada, ¿por qué impregnas un carácter mercantil a los sentimientos? ¿Por qué sólo estás dispuesto a dar, pero a cambio de también recibir? Dar sin ser retribuido, en el universo de los sentimientos, no implica forzosamente una estafa. No vivas el dar como un empobrecimiento. Por mediación del acto de dar puedes experimentar fuerza y riqueza.

_ Qué me estás contando Oscar –se abalanzó hasta la mesa alargando el brazo para llevarse el vaso a sus labios. Sorbió un largo trago de crema de güisqui y continuó-. ¿Así que el dar produce más felicidad que el recibir, no porque sea una privación recibir, sino porque en el acto de dar… está la expresión de mi vitalidad, ¿eso es?

Oscar asintió con la cabeza.

_ Exactamente Iván, y tales experiencias de vitalidad te llenarán de dicha. Dar significa ser rico y generoso.

_ ¿Tú eres rico y generoso Oscar?

Oscar no respondió. El patrimonio que había acumulado su padre era evidente. Y por un instante se quebró aquel feliz reencuentro ante su ausencia.

_ Yo soy rico y generoso y sensitivo –dijo Iván ante el mutismo de Oscar.

_ ¡Caramba Iván no te falta abuela! Disponer de una imaginación saludable es una ventaja. Pero contéstate, ¿tienes presentimientos? ¿sabes qué reacción te producen los colores? Una persona verdaderamente sensitiva es aquélla que conoce bien sus sentimientos, que no tiene bastante con unas cuantas convicciones generales si no que va en busca de las suyas para hacerlas propias.

_ ¡Ese soy yo mi buen amigo! Mis convicciones son mías.

_ Iván, cuando me siento en un banco del parque, igual como cuando lo hago bajo un árbol en el monte Tagamanen, en actitud pacífica y silenciosa, dejo que me fascine el entorno… descubro la profundidad, y este gozo en la contemplación de la Naturaleza puedo percibirlo en la calle de una gran ciudad entre el ruido y el humo. Desconecto. Simplemente olvido. Olvido números, nombres, imágenes, signos, conceptos, …suspendiéndome entre el pensamiento verbal y el simbólico. Congelo el instante en forma de éxtasis. ¿Puedes sentir lo mismo o estás demasiado ocupado en tus aventuras de cama?

_ Oscar, ahora me dirás que mi alma conoce los enigmas del día y de la noche y los entresijos que se ocultan detrás de las estrellas –y soltó una risotada.

_ Sí Iván, probablemente sea así, pero no quiero saber en palabras aquello que puedo sentir íntimamente con la claridad que desnuda el mensaje.

_ ¿Es que intuyes algo que yo no puedo?… anda, cuéntamelo!

Ambos amigos omitieron cualquier mención relacionada con las señales recibidas de un lugar remoto.

_ ¿Has intentado sentir las cosas de otra manera diferente? Hay que estimular todos los sentidos; agudizarlos –dijo Oscar.

_ ¡Y eso hago! Y averiguo que la proximidad propone el sentido del tacto que te permite experimentar la ternura y las acaricio con suavidad… muy despacio.

_ La ternura te abre la puerta que invita a descubrir todo lo que nos rodea. Es un diálogo que llega a nuestro cuerpo directamente del centro de nuestra alma –Oscar se tapó los ojos y continuó-. La vista nos ofrece cosas tan evidentes y cotidianas que no disfrutamos de su magia igual como lo hace un ciego capaz de percibir. La mirada es una explosión de luz pero dime… ¿cómo sientes tus manos Iván? –y a continuación se destapó los ojos.

Iván se frotó las manos y las extendió abiertas para enseñarle sus palmas a Oscar.

_ Suaves, ¿qué opinas? Son manos que palpan con la antena puesta. Manos que avanzan a la caza de estímulos.

_ Un escalofrío te revelará el día que encuentres a tu alma gemela.

Iván miró sus manos y besó una a una las yemas de sus dedos.

_ Un oído sensible me invita a entrar en los espacios abiertos con los ligeros pies de una gacela –dijo Oscar-. Con mi olfato, después de una tarde de lluvia siento la tierra mojada y puedo masticar su especial aroma saboreándolo –hizo una ligera pausa-. Danza que danza el pequeño detalle en una cadena interminable de pequeños mensajes que juegan al engaño y la confusión, saltando de aquí para allá sin cesar de expresarse con ritmo trepidante a disposición de la gente con elementos enriquecedores para los cuales uno debe mantenerse alerta.

_ Parece como si la vida se te revelara de repente como una caja llena de sugerencias gratuitas. ¿Yo también puedo percibir todo esto con la misma intensidad?

_ Si escuchas esa extraña vocecita interior que se presenta en forma de inspiración, sentirás como la sabiduría se viste con los tejidos de la verdad y sintonizarás con su expresión más elemental. Si eres capaz de sentir, eres receptivo, pero únicamente la intuición te ayudará a descifrar e interpretar las señales –en ese momento Oscar tuvo la certeza de que su amigo Iván también recibía señales de un lugar remoto al conectar brevemente mediante una cabriola-. No es fácil leer desde el alma dormida. Hay almas que se olvidan, almas que se ignoran, almas que se niegan. Si la docilidad y la placidez te acompañan Iván, si mantienes un adecuado reposo intelectual y emocional, si el sosiego está contigo florecerá la verdad, pero tú siempre estás agitado mi buen amigo, frenéticamente activado.

_ ¿Y cómo es la verdad? Porque la intuición es algo que ya desarrollé desde que frecuenté a un grupo femenino durante la etapa escolar y, me va bien.

_ La verdad es invisible, únicamente podemos sentirla. La cortina de humo que provocan los prejuicios, los juicios de valor inexactos o limitados por la presión social, por la herencia y los tabú, esconden la verdad inherente en cada uno de nosotros.

_ Entonces, ¿me estás proponiendo un análisis más allá de lo cotidiano?…

_ Te ruego que sin miedo a ser observado con la acusadora lupa que multiplica los defectos, reduzcas la saturación de experiencias abriendo por completo tu corazón al sentimiento auténtico. Debes combinar la nitidez de las imágenes internas con tus impulsos salvajes Iván, porque si esperas satisfacer tus anhelos poseyendo vivencias es que crees que puedes sofocar un fuego con briznas de paja seca. ¡Nunca tendrás suficientes y siempre querrás otra experiencia más! Pero tendrás que detenerte porque caminas por el borde de una muralla elevadísima volteando la cabeza de un lado a otro y antes o después te desequilibrarás y te caerás y el golpe será majestuoso.

_ El destino no se puede remediar, si está escrito… me golpearé… ¡quiero tentar al Destino! –Iván volvió a sorber un trago de crema de güisqui-. Sabes amigo, si del cielo cae un dátil, te aseguro que abriré la boca. Y otra cosa, yo no tengo miedo ni a ser observado ni miedo a nada. Hace tiempo que le perdí el miedo al miedo. Me enfrenté al miedo y lo vencí. Luché contra el miedo y ahora ya nada me da miedo. El miedo hace que el mundo se mueva en una determinada dirección, el miedo, y no el dinero, ni tampoco el odio, solo el miedo. Yo puedo estirarle de la oreja al miedo y jugar con su cola sin que se enoje después que le miré al fondo de los ojos y resistí sin cerrar mis ojos averiguando que es un invento… porque a continuación se desvaneció!

_ La inteligencia humana está infravalorada y la utilizamos muy poco…

_ Pero un coeficiente mental elevado no es sinónimo de calidad de vida, estabilidad matrimonial, capacidad para educar a los hijos, destreza para amar a los mayores, seguridad laboral, estabilidad económica, salud, confort –apuntó Iván-, sin embargo, el impulso que es vehículo para la emoción, semilla que se expande en forma de acción, es algo que se siente, se intuye. Oscar… a ti precisamente te lo digo, la vida es una comedia para quien nada más utilizan el cerebro y para quien pensar y reflexionar lo es todo.

_ Iván… a ti precisamente te lo digo, la vida es una verdadera tragedia para quien hace de las emociones exclusivamente su punto de partida. La ineptitud intelectual es un crimen directo contra la humanidad.

_ ¿Me estas diciendo que ser emotivo no es una guía de referencia para gobernarnos, eh, Oscar? ¿Es esto lo que me estás insinuando?…

_ Iván, yo creo que no hay ningún inconveniente en la multiplicidad de emociones que nos avasallan hasta el punto de embriagarnos sin que nos demos cuenta, pero es necesaria la convivencia armónica. Conviene que se mezclen de una manera inteligente entre sí, porque de no encontrar la oportuna expresión, la relación apropiada y la difusión precisa puede confeccionarse un cóctel explosivo que nos estrangularía hasta no dejarnos respirar. Podría ser tu caso!

_ Dime Oscar, ¿tú te consideras un ser potente?

_ ¡Claro que soy potente! Sumamente potente.

_ Vaya, ahora eres tú quien no tiene abuela.

_ Al igual que tú, Iván, tengo la capacidad de cambiar. Pero creo que tú te has fabricado durante estos años una fenomenal máscara protectora que evita que tu yo salga a la luz. Juegas con distintos ritos que usas según tu necesidad, según la persona y la situación, sin embargo, ¿te has preguntado de qué está hecha la realidad?… Ten en cuenta que si te abrigas con una gruesa armadura, aunque tú creas estar seguro dentro de ella aprisionándote voluntariamente, lo que haces es apagar la llama de tu propia identidad. Niegas tu desarrollo imprescindible. ¿Seguro que te sientes bien en tu piel?

_ Vivo, Oscar, y no tengo remordimientos. Los remordimientos me hacen venir dolor de cabeza.

_ Permíteme continuar, porque quiero hablarte de oportunidades. Lo que antes quise dar a entender es que nuestra potencialidad es infinita; la tuya, la mía, la de la señorita del generoso escote que canta junto al piano.

Iván clavó su mirada en la joven y ya no la dejaría a lo largo de toda la velada. Aunque fuera de reojo, disimulando ante su amigo al que de ningún modo engañaba, la miraba para desnudarla de arriba abajo y recorrerla.

_ Iván, podemos ir en distintas direcciones. Podemos variar nuestra condición modificando nuestro estado de ánimo, así es como surge la potencialidad. Pero te pregunto, ¿te abres a las posibilidades o solo te desparramas en ellas? Podemos hacer las cosas de tantas y tantas formas distintas…

_ Pero por ejemplo, yo sólo conozco una manera de ganar una discusión.

_ ¿Y cuál es Iván?

_ Pues evitándola –y le sonrío con picardía a su amigo.

_ Tienes razón Iván, dos no pelean si uno no quiere. ¿Seguimos o prefieres que lo deje aquí?

_ Prefiero que me hables de todo cuanto quieras, pero respecto a ti, así me resulta más cercano y aprovecho para conocerte mejor. Quiero saber qué clase de hermano tengo.

_ A mí me gusta pensar y plantearme el tipo de sociedad en la que me gustaría moverme.

_ ¿Y te preguntas qué puedes y qué vas a hacer para favorecerla, Oscar? ¿Encuentras las respuestas?

_ Más que buscar respuestas intento realizarme las preguntas adecuadas. Si no sé cómo debe ser la sociedad idílica, ¿cómo puedo organizar los recursos y un calendario de actividades? Sólo a ti me muestro sin vergüenza Iván, pero honestamente, quiero reconocerte mi debilidad… no sé cómo contribuir… ni siquiera logro comunicarme con mis compañeros de estudio.

_ ¡Entonces te pillé Oscar! A ti te falta la intuición. No sabes descifrar ni interpretar las señales que pueden llegar de remotos lugares como regalos adicionales. ¿Para qué me hablas de presentimientos?

_ Probablemente tengas razón. Me falta trabajo interior. Debo desbloquear a Yesod.

_ ¿A quién has dicho?

_ Déjalo estar. Otro día te cuento esta historia, ¿vale?…

_ De acuerdo, lo que tú digas…

_ Lo importante es lo del trabajo interior.

_ A todos nos falta trabajo interior, demasiado ocupados enfrascados en demasiadas cosas nos distraemos –dijo Iván cuando sus ojos se posaron nuevamente en la cantante que alternaba con un hombre calvo y gordinflón que sostenía un largo puro con su mano derecha. Tres guardaespaldas de traje oscuro en la mesa contigua no lo intimidaron. Se fijó en sus largas piernas cruzadas que el corte de la falda dejaba al descubierto.

_ A veces, de manera errónea, pensamos que un acontecimiento o una persona, incluso un ser divino o esotérico tienen poder sobre nosotros. Pensamos que su influencia determinará nuestros actos.

_ ¿Y no es así? –dijo volviendo a Oscar rápidamente asumiendo que había detectado el despiste.

_ No. Nada determina más que la voluntad de ejercer el libre albedrío.

_ ¿No existe el Destino?… Y ahora me dirás que aclararme este concepto tampoco toca, ¿verdad, intelectual!

_ Es demasiado profundo y extenso para tratarlo ahora. Queda en pie para otra vez que no llevemos tanto tiempo hablando, ¿te parece?

_ Si tú lo dices… pero yo no tengo intención de subir a mi habitación, no tengo sueño, pero sí ganas de ir al servicio. Con tu permiso Oscar –y se dirigió a los lavabos pero no entró en el lavabo de caballeros. Entró en el lavabo de señoras.

La joven del piano se maquillaba. Una lágrima había corrido su rimel. Se le acercó sigilosamente por detrás consiguiendo posar las manos diestras en sus pechos. Apretó su miembro que rápidamente endureció contra sus nalgas. Se miraban uno al otro por el espejo cuando la pelvis de Iván comenzó a moverse en círculos deteniéndose y empujando ligeramente hacia adelante hasta que la aprisionó contra la pica de mármol. Ella estuvo muy quieta, pero luego de unos momentos cargados de tensión, en vez de gritar pidiendo auxilio, cerró los ojos inclinándose para tocar con su frente el espejo cuando una de las manos de Iván abandonó un pecho y le empezó a subir el vestido introduciendo los impacientes dedos por la entrepierna, y al poco reaccionó dándose la vuelta con dificultad pero con mucha determinación empujándole para desprenderse de Iván, y fijamente lo miró. Ante aquella mutua parálisis, a Iván se le ocurrió guiñarle un ojo y sonreírle haciendo gala de una cautivadora sonrisa que ella no respondió, salió corriendo del lavabo dejándolo atrás altamente excitado.

Cuando Iván llegó al cómodo rincón donde se encontraba Oscar como si no hubiera ocurrido nada, como si hubiera procedido de la manera más normal a satisfacer sus necesidades fisiológicas sin recordar ya el suceso concentrado en su amigo, fue Oscar quien hizo referencia al suceso.

_ Debiste equivocarte de baño. La cantante salió corriendo asustada.

Iván se encontraba a gusto con su buen amigo al que hacia tanto tiempo que no veía. Su compañía era mejor que la suavidad de cualquier mujer, incluso la de aquella exuberante joven que iluminada bajo una tenue luz púrpura entonaba igual que una negra los cantos espirituales que sonaban en la sala del piano bar. Ambos escuchaban su aterciopelada voz. Uno con mirada conmovida, el otro con su entrepierna agitada, y como si fuera a ella a quien se comiera, Iván se llevó un puñado de cacahuetes a la boca antes de reanudar la conversación.

_ Oscar, hace un rato hablábamos de oportunidades y de posibilidades.

_ Y de la totalidad de la potencialidad humana, porque era ahí donde quería llegar. Atiende Iván. Los helicópteros, el teléfono, el submarino o el ordenador, ya estaban presentes en la época de los romanos, pero ni César ni los otros eruditos de su corte fueron capaces de construirlos porque no se lo habían planteado. «Esto no se hace de esta manera». «Esto no es así» o… «No es posible llegar allí arriba» son expresiones que limitan.

_ Estoy de acuerdo contigo, son expresiones para el refugio de las personas sin coraje. El que no se haya hecho jamás no significa que no pueda hacerse. Resulta que este es precisamente mi principio Oscar.

_ Observar las cosas desde otro ángulo… así es como nacen las nuevas oportunidades abriéndose extensas posibilidades para el género humano.

_ Sólo tú puedes vivir tu vida y definir tu propia existencia.

_ ¡Exactamente Iván! Tu vida es tu responsabilidad y afecta al conjunto de la humanidad.

_ ¿Piensas que la gente sabe mucho más de lo que cree?

_ No hay desgracia, sino personas que se sienten desagraciadas. Es la actitud lo que cuenta. Yo considero que el potencial humano esta desaprovechado. Somos seres que ya somos, pero nos perdemos en lo que hacemos sin preguntarnos quienes somos.

_ Pero para muchas personas seguir el patrón establecido es más cómodo y menos arriesgado, ¿tú lo haces Oscar?

_ Personalmente te diré que intento ser humilde con todo aquello que no puedo comprender. Amo y respeto la Naturaleza. Deseo aligerar, si está en mi mano, las miserias de mis semejantes. Además, mantengo una aversión por todo aquello que se me presenta oscuro o sucio curioseando en lo que es ambiguo o indefinido. He fusionado el mundo de las abstracciones y los conceptos con el mundo de la observación objetiva y la reflexión sosegada, y quiero añadirle ahora el complejo y desconocido mundo de la percepción sensorial.

_ Si lo consigues podrás establecer un puente entre el cielo y la tierra –bromeó  Iván.

_ No sólo entre el Cielo y la Tierra, sino enlazando lo material con lo espiritual. Un nexo de unión entre lo humano y lo divino. Un matrimonio entre el arte y la ciencia –puntualizó.

_ Entonces, ¿quieres ser un barquero que acompaña a la gente para que cruce de una orilla a la otra? –preguntó Iván.

_ Pues no me desagradaría acompañarles al lugar donde pertenecen.

_ Como tú bien dices, es una posibilidad …siempre y cuando no te limites tú mismo –Iván quiso pellizcarle el alma.

_ Tiene que existir una necesidad verdadera, no un simple deseo o creencia de que realizo lo que debo –Oscar no se había inmutado por su intento.

_ Pero Oscar, si las personas están llenas de necesidades. Necesitan pertenecer a una comunidad. Necesitan obtener respeto y reconocimiento. Necesitan saciar su sed de conocimientos. Y sobretodo, necesitan dar sentido a su vida tal y como tú lo estás intentando.

_ Creo que olvidas lo más importante, las personas necesitan amarse a sí mismas y en esto yo no puedo intervenir. Yo intento encontrar el límite de mis capacidades individuales y este trabajo me reconforta y aunque sufro a veces, mi gozo es pleno, y asimismo desconcertante.

_ ¿Me permites una sugerencia? –y en ese momento Oscar ladeó la cabeza con un golpe brusco y una mirada que interrogaba a un Iván que dijo-. Existen cánones impuestos que nos hacen considerarnos seres «civilizados» pero en nuestra infancia, la instrucción para la comprensión de la unidad mente-cuerpo respecto al acto de vivir no existe. El proceso está incompleto. Los centros docentes no responden a una demanda real. Fracasa el sistema educativo. Ahí tienes una necesidad real. Por tal razón yo predico un aprendizaje autodidacta. Aprovechar mi capital humano en busca de autonomía es un buen comienzo, ¿tú qué dices?

_ Sí, Iván, pero tu capital humano no debería ser tu habilidad para seducir mujeres. No vas a encontrarte encima de un cojín la llave que abre las puertas de todas las dudas. Amigo mío, tienes que romper tu esquema de vida porque está obsoleto y te paraliza. Vives en un mundo demasiado práctico. Eres frío y calculador. Utilizas los datos de manera exacta, matemática, como notas en una pieza musical que tocas a la perfección, sin embargo, tu interpretación ofrece un sonido nefasto porque olvidas la sensibilidad del sentimiento verdadero, aunque te sobre emoción y pasión. Debes potenciar tus destrezas personales entre todas tus capacidades porque son diversas. Hay cosas mucho mejores por hacer que conquistar señoras de elevada posición social y nutridos billeteros. Encuentra otra opción. Renuévate amigo mío. Transfórmate Iván. Sacrifica lo que eres por lo que puedes llegar a ser, porque eso es lo que ya eres en estado puro. No te abandones. No gires la cara hacia otro lado ni te niegues por más tiempo. Prométemelo, por favor, Iván, ¡prométemelo!

_ De acuerdo, admito que soy… un tipo especial al que no se resisten… –Iván se mostró coqueto con una mirada oblicua-. Pero abrazaré la alegría de vivir sin tanta frivolidad, ok! Pediré sin exigir. No las presionaré. Olvidaré el texto y aparcaré mi personaje de ficción. Voy a quitarme mi máscara. No voy a ser más esclavo de mi fabricada personalidad. Voy a darme la oportunidad para descubrirme a mí mismo.

_ Cuando cambiamos en nuestro interior, la realidad exterior cambia para nosotros. Recuerda que pensamos según nos enseñaron, Iván, hablamos conforme a las reglas, y obramos de acuerdo con la costumbre, pero de golpe y porrazo puede suceder aquello que nadie más que nosotros ve y entiende y eso es la oportunidad. Prepárate para aprovechar tu ocasión y no dejes que se te escape aunque parezca que te despiste o pretenda desorientarte. Nada es por casualidad. Todo es una oportunidad para aprender. La posibilidad de conservarte satisfecho y saludable nadie podrá regalártela… tendrás que ganártela tú –hizo una pausa, Oscar tomó aire y continuó con el mismo ímpetu desbordante-. La mentira provoca vértigo. Puedes engañar a alguien una vez, a mucha gente muchas veces pero a nadie vas a engañar eternamente, entones Iván, ¿para qué hacerlo? ¡Nada más te engañas a ti mismo! Te diré con tu mismo pragmatismo: si una cosa no es útil, es inútil. No mientas. No te mientas a ti mismo.

Oscar e Iván siguieron hablando largo tiempo de sus conflictos, de sus anhelos, de sus inquietudes. Compartieron algunas ideas más. Hubo discrepancias de criterio pero nunca una mala palabra. Se marcaron las bases de sus diferencias porque la concepción del mundo era similar, pero no era idéntica. Ambos tenían sed de conocimientos y emprenderían senderos diferentes tal vez para llegar al mismo sitio.

Se despidieron con un largo y efusivo abrazo de nueve minutos.

Iván entró en el ascensor y subió para meterse entre las sábanas sin compañía femenina por primera vez en su estancia parisina. Ninguna mujer velaría su sueño aquella noche pero a las tres de la madrugada golpearon su puerta. Había terminado su turno. No tenía que cantar en el piano bar hasta el día siguiente a las nueve de la noche. Iván se sorprendió al verla, sobretodo por la reacción que había tenido en el lavabo. No sabía si venía a pedirle explicaciones para entablar una disputa.

Aun adormilado escuchó -Lo siento, no he podido resistirme… averigüé cuál era tu habitación y…-. El comentario lo sacó de cualquier duda. No venía en son de guerra o sí… en son de la mayor guerra.

Gozaron. Fueron cuatro ajetreadas horas en las que ella decía –Oiií… Oiií… SíïÍ… Sííí… Qué bien lo haces… No pares… No pares… uhuuum… uhuuum… Más deprisa-, y él decía “Qué buena estás… aahmm… aahmmm… ahora follame tú, venga… cabálgame rica, ohooooo… que polvooo”.  Se dieron gusto mutuamente durante nada más cuatro porque antes de la hora de los desayunos la joven debía estar en el área reservada al personal del hotel. Nadie podía verla vestida de noche por la zona de clientes. La joven del piano bar cruzó a la carrera los pasillos rogando para que no se encontrara con ningún empleado que pudiera chivarse al jefe.

La comunicación es arte cuando las partes de un solo elemento se reúnen. Hay encuentros que convergen por la necesidad de fusión, sin embargo, únicamente será posible la reunión entre Oscar e Iván en un lugar remoto. Y esto podrá suceder no por la fuerza de las circunstancias, sino merced a un sentimiento íntimo compartido por los dos.

Llegado el momento, lograrán experimentar un considerable aumento del valor interno mediante una petición al único testigo de su intimidad, ¿neutralizarán la oposición para dejar que la acción correcta proceda fluyendo ambos con autenticidad?…

La luna nueva les había instado en ocasiones a emprender un fascinante viaje al fondo de sí mismos y, prestar atención a las relaciones personales era de capital importancia. Pasara lo que pasara, la reunión última dependía exclusivamente de cada uno de ellos por separado.

Y se abrirá el majestuoso portón para ellos, dejando al descubierto el lugar de iniciación de seres avanzados. Y se les permitirá acercarse, entrar en contacto para iluminar su existencia de manera que el sentido de ésta resplandezca en el mundo claramente a través de “otra forma  más adecuada”. Y será la frontera entre el paraíso y lo mundano.

Ambos deberán reforzar la capacidad de espera, uno, sumido en la paciente contemplación, el otro, lanzándose a diario por el despeñadero del dinamismo. Pero un día inmortal acariciados por una suave brisa en la cima del Mundo Perdido toda su vida pasada podrá quedar atrás si deciden cruzar el umbral de la roca maciza para llegar adentro.

Y todo cuanto les ocurra contribuirá a llevarles hasta ahí.

Oscar e Iván deberán percatarse de todo con suma atención más allá de los arraigados cinco sentidos, y bendecir todo y por ende liberarse de todo, pues al desprenderse de la herencia y el bagaje acumulado se recupera instantáneamente la libertad, y puede penetrarse la dura piedra.

 *                 *                  *                  *

En el cielo de Oscar se manifestarán los más tristes soles de invierno, en su fortaleza, la unión de la fuerza. Alma silenciosa que observa con el asombro y el detenimiento de un niño, Oscar pertenece a una tierra donde los huracanes soplan despacio, las mareas no se agitan y las aves no tienen necesidad de migrar. Iván procede de la tierra prohibida donde la devastación da paso al manantial, a la rejuvenecida flor, al nacimiento del sol que ilumina el esplendor de una naturaleza reactivada. En los jardines que pisará habrá las más bellas flores de primavera, y en su signo, el coraje de la leyenda.

Frente a la luz ámbar de un semáforo, Oscar se detiene mientras Iván aprieta a fondo el acelerador. El trepidante ritmo que imprime a sus actos le hacen extremadamente inconsciente pero jamás tonto o estúpido, polaridad! Por un lado, ser, y no parecer. Por el otro, parecer, y no ser.

Los atributos de Oscar son el conocimiento, el silencio infinito, el equilibrio perfecto, la simplicidad. Tiene la sensación de ser posibilidad con un potencial incalculable, pues bajo la diversidad infinita de la vida subyace su alma dispuesta a penetrarlo todo. Y cuanto más intenta conocer su propia naturaleza, más próximo está de lo que podría denominarse la experiencia de lo milagroso.

Su amigo Iván, también está próximo, pero su conocimiento parte de los objetos de sus experiencias, al contrario de Oscar que se aleja de las cosas. Iván siente una necesidad imperiosa de controlarlo todo. Y sin solicitar aprobación, controla “las cosas” para sacarles provecho y alguna que otra enseñanza. Y seguirá influido por “lo externo” durante largo tiempo abstraído por situaciones, circunstancias, personas, y sobretodo por las vivencias. Su conducta espera una reacción del medio que lo rodea y en función de la reacción, actúa. Así fabrica su mito.

Así inauguró una imagen perfecta de elaborada mascarada social representando su papel de acuerdo a lo que exigía el entorno. Se adaptaba. Se dejaba llevar hasta que ya no quiso ser por más tiempo comparsa, paje, escudero, y comenzó a nadar contra corriente, a nadar contra el sistema porque quería cambiar las cosas. Hasta la fecha solía dar lo que la gente solicitaba calladamente pero después de París, quería incidir, quería estar, porque sólo ceder a los designios de los demás personas era ser cómplice, y ser pasivo, y deseaba ser activo y a su vez participar sin quedar excluido procediendo inmune a las críticas sin temer a ningún desafío no sintiéndose superior a nadie, pero al mismo tiempo, tampoco inferior a nadie.

Sin embargo, aún y tanta oposición, algo unía a Iván con su amigo Oscar. Y desde aquél encuentro tenían en común su dedicación regular para estar en comunión directa con la Naturaleza. Esos ratos les permitían percibir la interacción armoniosa de los elementos y las fuerzas de la vida danzando con sus mensajes. Ambos contemplaban una puesta de sol, escuchaban el sonido del mar, intentaban acariciar el viento o simplemente olían el aroma de una orquídea en éxtasis disfrutando del palpitar de la vida.

La pausada quietud de Oscar, una puerta abierta a la totalidad. El desmesurado movimiento de Iván, un ciclón permanente en vías de desarrollo. La combinación de la tranquilidad y el dinamismo permite liberar creatividad. Lo comprobarán cuando intercambien sus papeles sin renunciar a ser ellos. Pero lo caótico y complejo de la sociedad que les envolvía eclipsaba la fusión. ¿Cómo saber que en la contradicción se encuentra el complemento que enlaza la unidad?

Detener la circulación de la energía es como detener el flujo de la sangre. Cuando la sangre deja de fluir, empieza a coagularse, se cuaja y se estanca. Y eso es precisamente lo que iba a suceder. El universo opera a través del intercambio porque nada es estático, todo evoluciona. El flujo de la vida no es otra cosa que la interacción armoniosa de todos los elementos y fuerzas ocultas que dibujan la existencia humana. Pero Oscar e Iván, todavía no lo sabían.

En cada semilla se encuentra la promesa de millares de bosques. ¿Se abonarán en suelo fértil estos dos buenos amigos?

En su lámina de corcho del apartamento-santuario que había aumentado con otros dos gigantescos plafones rodeando el perímetro del salón, añadió un peculiar dibujo: una especie de llave maestra con un gran ojo que simbolizaba el equilibrio y el amor que hay frente a toda la organización cósmica. A continuación de indagar entorno al horóscopo (tal y como uno es y como se siente internamente), además de indagar a cerca del ascendente (tal y como uno se manifiesta y expresa en el exterior), exprimiendo todavía más el mundo de la astrología, Oscar quiso saber la composición de su árbol Cabalístico. Antes pasó por las tradiciones chinas deteniéndose en el Libro de los Oráculos; testimonio del más antiguo pensamiento religioso que fue transmitido oralmente y recopilado en un libro cuando apareció la escritura igual que la Kabbalah, el Talmud, los libros Vedas Indios o la Biblia.

El objetivo principal del pensamiento chino es lograr una perfecta adecuación entre las aspiraciones personales y las posibilidades que ofrece la vida misma; en lograr esta «adecuación» consiste la verdadera sabiduría. Lao-Tse, fundador del taoísmo, creía que el individuo entorpece el orden natural del universo si actúa por su propia voluntad y por eso, lo que debe hacerse es condescender con la Naturaleza y dejar actuar al Ser. Aquel principio se le escapaba porque prefería la tesis del libre albedrío, aunque coincidía con Oriente en la intemporalidad de las cosas tanto como en la necesidad de vida interior.

Al nacer, cada uno está llamado a seguir un camino. Oscar había tratado de encontrar el suyo mediante el examen de la posición de los astros en el instante que vino al mundo. Impregnó desde sus primeros pasos mucho discernimiento para poder moverse cómodamente en su camino, pero no estaba exento de ocultas bifurcaciones, cambios bruscos y reveses imprevistos que no obstante, posibilitarán extraer valiosas lecciones.

Sumaba toda clase de elementos, tendencias hereditarias, condiciones de educación, experiencias personales, perfeccionamiento del carácter y especialmente, trabajaba el desarrollo de sus capacidades fundamentales para lograr saltar de un camino al otro como de un caballo al galope saltando a otro que galopa delante una vez alcanzado. La de Oscar, como la de cualquier otro ser humano, era una evolución condicionada en mayor o menor grado por su infancia, su entorno, y su familia; su padre madre hermana, cada cual ejercieron su influencia. Víctor lo marcó notablemente.

Oscar comenzó a debatirse entre lo mental y lo práctico. Pero vertiginoso en pensamiento, no convierte en hechos sus razonamientos internos. Con demasiada fertilidad en muchos aspectos, sobre todo en cuanto a ideas provechosas y audaces todas ellas expresadas con rapidez, aunque con una buena lentitud en su elaboración y maduración, hacen de Oscar una persona de gran capacidad creativa que en los densos libros de texto y en su carrera no hallará salida.

A caballo entre lo intangible de su alma y la utilidad de sus actos, de voluntad conciliadora, iba en busca de la unión, la conjunción y la comunión entre las personas de buen corazón, pero con una visión un tanto utópica de la armonía. Reflexionaba sobre conceptos sólidos para consolidar su estabilidad a todos los niveles y su hipersensibilidad formaba un ser a menudo incomprendido que actuaba con cierta reserva y prudencia para no ser mal interpretado. Tenía reparos en compartir sus sentimientos nobles y guardaba para sí todo su caudal.

Estando prendado del orden y la perfección, culto y moral, no soportaba la tontería, la mediocridad o el pasotismo, pero nadie podía adivinarlo. Había aprendido a disimular y decir mentiras piadosas; mentiras blancas indoloras ejercitándose a la espera de averiguar cómo exteriorizar todo aquel complejo mundo interior. La cantidad de abundancia de ideas podía convertirlo en una esponja que absorbe a las personas de su alrededor, y Oscar siempre quiso debates, nunca monólogos. Y lentamente se forjaba una armadura con la que retener y protegerse; él que le había dicho a su amigo que no se abrigara con una gruesa armadura que lo aprisionara hasta el punto de apagar la llama de su propia identidad, ¿negaba voluntariamente su desarrollo imprescindible? La postergación reiterada terminaría por degollarlo si no cedía a tiempo; demorarlo era un total despropósito. ¿Tan unido estaba a Iván que se inscribía en su misma línea?

Oscar tenía la facultad de resolver valerosamente la acción que su intimidad programaba pero no desarrollaba. Imprimía la sencillez y la regularidad en aquello que no tenía forma deseoso de encontrar el rigor y la precisión, y se debatía entre la indecisión y la duda. Su brío inquebrantable existía, aunque únicamente podía leerse en sus enormes ojos de almendra porque en la profundidad de esos mismos ojos que permanecían abiertos a todo, en su mirar, su mismo mirar simbolizaba la clave.

Probablemente Oscar reservaba su energía porque tenía la sensación cada día que amanecía de estar marchando por un camino paralelo al propio, pero aún así, con el descontento a cuestas, insistía con una inusitada perseverancia en la misma raíz de su empeño sin dejarse doblegar.

Nadie sospechaba su maremoto interior porque Oscar no tenía ninguna clase de problema para sacar sus estudios con honores y realizar sus tareas y cumplir con sus deberes de estudiante. Seguía acumulando conocimientos sin tener la certeza de que le serían útiles y podría aprovecharlos y disfrutaba complementando su instrucción para entretener su mente activa y en el último trimestre del último curso, le tocó a la ecología.

Oscar continuaba cuestionándose la sociedad en la que vivía de manera estricta y tajante. Decía que el Hombre olvida que es hombre porque desde el nacimiento hasta la muerte, de domingo a domingo, de la mañana a la noche, todas las actividades están prefabricadas, enlatadas, listas para el rutinario consumo olvidando que cada individuo es único y al que solo le ha sido otorgada esta oportunidad de vivir; con esperanzas y desilusiones, dolor y temor, con el anhelo de amar y el terror a la nada. Pero en esta ocasión, empezó a transcribir su divagación en el ordenador que le había regalado su madre creando varias carpetas con los títulos más dispares. Y detallaba “La civilización actual es artificial y superficial, prueba de ello nuestra pintura que se estropea y se borra en un corto plazo de tiempo cuando aun hoy podemos contemplar fantásticas pinturas rupestres de nuestros antepasados”. Añadía al pie la fecha y la fuente de información.

Algunos de sus trabajos tenían toques de una latente denuncia social porque afirmaba con razón “Cuando se paga mejor a un deportista que a un profesor de literatura y a una TOPModel mejor que a una enfermera el hecho indica que las cosas no funcionan”. Archivaba los recortes de periódicos o notas de prensa en relación al tema en lo que más que un salón parecía una oficina o una biblioteca.

En otro archivo había anotado: “Cuando se le ha perdido el respeto a nuestros ancianos y se los abandona en residencias, cuando se obliga al campesino que trabaja con amor y orgullo la tierra a que arranque sus cepas por ridículos convenios entre naciones, el hecho indica que estamos fallando. La Tierra es motivo de polémica porque ya no es tan habitable como antes, y sigue estando en peligro por culpa de la deforestación, la erosión del suelo, la lluvia ácida, los residuos atómicos, el recalentamiento y el agujero de la capa de ozono. Y esto no es una mera cuestión de países o gobiernos, tiene que ver con la actitud personal de cada uno para reconstruirla y suprimir la degradación ecológica que sufre el territorio que pisamos”.

Oscar asistió con interés a un certamen internacional en favor del planeta del que extrajo una conclusión “La situación es alarmante y empeora con el paso de los años pero las reuniones del G8 son acuerdos sobre mínimos sin compromiso de control para que lleguen a ejecutarse”. A raíz de su inconformismo, con una posición más cercana a la de Iván se armó de valor para presentar sus teorías particulares a los camaradas de la universidad, a su madre, a los vecinos, que tras una mirada retorcida exenta de interés, escuchándolo sin atenderlo, al rato, cansados, buscaban cualquier excusa para desembarazarse de sus explicaciones y posibles soluciones. Lo dejaban por inútil. Lo llamaban ingenuo. Su madre forzaba una sonrisa. ¿Llegaría el día en que poco le importará lo que los demás piensen y se pondrá a actuar por su cuenta y riesgo? Tuvo ese presentimiento.

Y añadió una frase más en el único espacio libre que quedaba en el tupido plafón de corcho “La Tierra es una casa comuna que lo es de la Humanidad, un edificio que amenaza ruina y con urgencia reclama ser salvada de los peligros medioambientales que la amenazan”. La colgó en vez de registrarla porque de esta forma podía leerla y releerla sin necesidad de abrir el ordenador. Otra frase sujeta con una chincheta verde decía “La Tierra no es la herencia de nuestros padres sino un préstamo que nos hacen nuestros hijos a favor de los nietos”. La escribió en rojo y en letras mayúsculas. Oscar pensaba en las generaciones futuras.

Una noche de viernes se dictó un discurso. Lo aprendió con la intención de pronunciarlo porque había encontrado el rigor y la precisión y ya no se debatía entre la indecisión y la duda. Su brío inquebrantable necesitaba mostrarse por fin. “Hace tres mil quinientos millones de años que apareció la vida en nuestro planeta y nunca jamás se había dado con tanta intensidad una destrucción tan vasta, rápida e irreversible de la fauna y la flora y si esto no se rectifica, los expertos aseguran que el desierto avanzará hasta tragarnos. Pienso que todavía hay esperanza, quizás no se ha transgredido la línea roja que nos separa del desastre definitivo”. Deseaba por el bien general que no fuera demasiado tarde y sentenció acompañando la frase de un sonoro golpe con la palma de la mano abierta que hizo tambalear los vasos encima de la mesa “Es una necesidad absoluta conservar la Tierra”. Así proclamó el desastre el lunes por la tarde frente a la estupefacción de un grupo de estudio reunido para preparar una tarea porque a Oscar le preocupaba la superpoblación y el analfabetismo, los desastres nucleares y el hambre del tercer mundo, pero no así a sus contertulios presentes que prácticamente lo insultaron en vez de llamarlo solamente “raro espécimen». Y aquella fue la última vez que expresó en voz alta su pesar, porque Oscar necesitaba comunicarse como la planta necesita el agua, pero para que la comunicación ocurra se necesita tanto un emisor como un receptor, y aunque buscó receptores de señal, para su desgracia no los halló en su entorno inmediato.

Para Oscar, aquietar su mente equivalía a poner en orden el mundo. Si por un instante cesaba su lucha, restringía el propósito de su existir. Meditación y diálogo eran la mejor herramienta de conocimiento y transformación.

Enfocaba correctamente la percepción para descubrir el propio camino. Pero luego quería compartir sus aforismos y frases celebres procedentes de otras culturas y no encajaban y él no pretendía que nadie lo escuchara por obligación o simple cortesía. Oscar quería compartir como dos niños comparten una piruleta ahora chupo yo ahora chupas tú; pero la información no era bien acogida. No interesaba. Nadie la reclamaba. No tentaba, como no había tentado antes a sus compañeros de cuarto en el internado o a los compañeros de estudio en la librería del rincón de la biblioteca durante el recreo. Se repetía la misma historia con el correr de los años. Desgana. Apatía. Desprecio.

Los jóvenes de su misma edad preferían comentar el último modelo deportivo de una u otra marca de automóviles y realizar apuestas entorno al equipo que ganaría la liga de fútbol jugándose innumerables packs de cerveza. Nada había cambiado. Pobres datos a mercadear.

Mientras sus compañeros tenían colgados en la puerta de la habitación calendarios con chicas desnudas en posiciones sugerentes, en la mesita la fotografía de su novia, en la pared, una canasta pequeña de baloncesto o una diana con dardos, Oscar acumulaba dosieres que confeccionaba y una gran cantidad de libros que apilaba uno encima de otro hasta tocar el techo.

En su pared de la habitación, pulcramente enmarcadas, una fotografía de su madre, otra de su hermana, y una grande de su padre en blanco y negro y también los dibujos a lápiz carbón de Ana. Debajo, en un estante, había un pequeño peluche con una etiqueta al cuello donde podía leerse «quiero mimos».

En la universidad, la religión de los estudiantes seguía siendo el deporte y el sexo y su único pensamiento consistía en pedir una copa más al camarero. Oscar portaba en su seno un equipaje poco usual para sus veintidós años. Y daba seguimiento a su plan emprendiendo el viaje más apasionante del ser humano. Aquello que los griegos perpetuaron con su primera sentencia grabándola en el templo de Delfos: conócete a ti mismo.

Oscar acumulaba toda clase de investigaciones mostrando ser muy selectivo con los temas, pero sus investigaciones y aspiraciones se reducían en la época de los exámenes, entonces se encerraba con sus libros de texto y sus cintas de Elvis Presley en la quietud de su apartamento-santuario.

La disciplina era una disposición más que honorable que le rendía satisfacción por el deber cumplido. Le gustaba la escuela con «E» mayúscula. Otra cosa distinta eran las clases en la universidad que no invitaban a la reflexión y la crítica. Se limitaba a aprenderse de memoria las normas y absorber los casos más renombrados. Se movía bien en las bibliotecas y tenía dotes para la jurisprudencia.

No se acercaba al dogmatismo. Reposaba en aspectos sistemáticos sobre las leyes morales y las reglas acerca de la lealtad y la dignidad en relación a los valores humanos. Provisto de semejantes aptitudes, podía elegir cualquier profesión relacionada con el derecho, como abogado, procurador, funcionario ministerial o notario, pero su meta era llegar a ser juez. Esa ya no era una decisión de su padre. Era enteramente suya. Le apetecía convertirse en un importante magistrado de su país. Su buen equilibrio entre pensamiento y sentimiento no vulnerable al sentimentalismo le auguraba un provechoso futuro como magistrado. Obvio que Oscar no discrepaba en el entorno para el que se preparaba pero la verdad es que no hacía lo que le correspondía. No, no lo hacía.

Su auténtica vocación estaba oculta y cabía la posibilidad que se hiciera del todo invisible si dejaba de atender los mensajes que llegaban de algún lugar remoto en sutiles manifestaciones casi imperceptibles. Pero a Oscar no le faltaba el olfato, y aun en lo más abstracto, sabía como darle una lectura no conforme a lo habitual. Respiraba fertilidad y la solidez de la creación para obtener beneficios confeccionando su propio inventario y una peculiar escala de valores que tardaría tiempo en asimilar y poder aplicar pero no cesaba y, tal vez su aislamiento cesaría. Tal vez su trabajo solitario daría su fruto. Tal vez exigirá un nuevo método y otro orden distinto pese a su timidez y la ausencia de un coraje reiterado y reivindicativo. La cuestión es que gracias a su tenacidad no se desprendía del tallo, ¿llegará a escalar los peldaños más altos que le llevarán hacia la resolución y la luz?

La luz brillaba desde el futuro en el presente. Sus expectativas familiares con Ana prometían. Sus expectativas profesionales auguraban gran prosperidad material. Mas las expectativas superiores de su alma, quién sabe dónde lo llevarán. Como hombre responsable, quizás aceptará el reto desempeñando su función dentro del ecosistema cósmico, pero solamente quizás. Por el momento se trata de una completa incógnita a tenor de lo dispuesto.

Lo único que sí está claro es su inminente entrada en el mercado laboral. Sus excelentes capacidades de trabajo, claro razonamiento y buen juicio, le convierten en un hueso difícil de roer para cualquier adversario.

Oscar no tardó en ofrecerse para realizar sus practicas en el más prestigioso de los bufetes. Y con ello postergó cualquier aspecto relacionado con su vocación. Lo cierto es que al integrase en una activa empresa de leyes que movía los casos más importantes del país, se disiparon sus inquietudes personales y aunque no lo abandonaron, la esperanza de su autentica autorrealización parecía quedarse constantemente relegada.

Oscar se convirtió en apenas nueve meses en el segundo abogado más temible del bufete. Resolutivo y sin dejar cabos sueltos, encontraba la mejor solución; la más rápida y limpia, la que dejaba una minuta cuantiosa. Y el dinero le deslumbró porque era suyo, porque lo ganaba con su propio esfuerzo y con tal cantidad de efectivo podía hacer lo que consideraba más oportuno sin el amparo de mamá.

Su actividad febril era la de un océano embravecido. Olvidó detenerse para oler las flores del parque. Ya no tenía un minuto para entretenerse a untar galletas en la leche. Ahora tenía responsabilidades con terceros y debía darles cuenta, sorprenderles permanentemente mientras se hinchaban las arcas del bufete.

Trabajar era más divertido de lo que nunca pudo imaginarse. Y cuanto más disfrutaba, más se apartaba de su camino sumido en la adicción profesional. Oscar comenzó a pensar que no valía la pena vivir sino había un trabajo que realizar, un cliente que atender, una víctima que salvar. Podía defender a la viuda y al huérfano, a las víctimas de todo tipo de injusticias, y defendía… aunque estos eran los casos menos remunerados y valorados por los miembros del bufete.

Sus años de estudiante habían quedado atrás. Ya no tenía tiempo para cuestionarse las cosas como antes. Constantemente atareado, nada que no fuera su trabajo o estuviera relacionado con un caso ocupaba su atención. Sólo reuniones, entrevistas, testimonios, propinas a los peritos, acuerdos con otros abogados, la asistencia prioritaria a los clientes vip y largas sesiones en los pasillos de los juzgados negociando incluso en los retretes cinco minutos antes de celebrarse la vista. Demasiada actividad para que su alma encontrara sosiego.

Había dado la entrada para adquirir un fantástico dúplex en la zona centro en el mejor tramo de las Ramblas de Barcelona, disponía de un apartamento alquilado en la Costa Dorada cerca de donde pasaba el verano la familia de su deseada Ana en primera línea de mar, y conducía el automóvil que mamá le había regalado por su graduación. Satisfacía todos sus caprichos materiales descubriendo que los tenía o dejándose arrastrar por la publicidad que le despertaba ansias allí donde nunca antes habían existido, y consumía frenéticamente gran cantidad de artículos innecesarios carentes de función sino era la pura vanidad.

El dinero se convertía en un producto vital de primera necesidad. Se aficionó a las tarjetas de crédito. Perdió el contacto con los billetes y las monedas; ese dinero de plástico parecía no tener valor, más fácil y cómodo de gastar, no tenía límites y a Oscar no le faltaban tarjetas que nunca se agotaban.

Desperdiciaba grandes cantidades de dinero sin quedarse en números rojos. Lo derrochaba. Entraba mucho dinero en su bolsillo pero salía con mayor facilidad. Sus finanzas eran un caos. En su buzón se acumulaban las cartas de los bancos que ni siquiera se molestaba en abrir. Sabía que eran extractos y promociones, ofertas para consumir más y más y disponer de muchas más cosas que no necesitaba. No tenía tiempo para leer los prospectos y mucho menos para pasatiempos. Trabajaba. Trabajaba. Trabajaba.

Pero tenía unas ganas terribles que lo superaban y eran como un irrefrenable estornudo que no entiende de paciencia y se pronuncia como terremoto ¡achís! Quería verla. Recordaba su rostro y por esa razón necesitaba tanto volver a verla, mirar fijamente sus intensos y oscuros ojos para pronunciar su nombre otra vez. Solo verla… acercarse y mantenerse a un paso hasta que llegara la fecha. Oscar se  para el acontecimiento cada vez más próximo pero necesitaba un avance.

Y frecuentaba su barrio sin llamar a su puerta. Cualquier excusa era buena para desplazarse a realizar una gestión en la zona donde vivía. Y un miércoles por la mañana, antes de ir al bufete, llevó un carrete a revelar dos calles arriba del portal de su casa. Pruebas incriminatorias de hurtos cometidos en unos grandes almacenes; el cliente quería zanjar el asunto antes del fin de semana, el despido justificado requería de una evidencia; las perdidas se cifraban en varios miles.

Al entrar en la tienda, ding, deng, dong, al fondo, alguien despachaba a una señora que compraba una cámara automática a su hijo que no se decidía. Oscar quedó patidifuso… sin habla, ahí estaba, Ana! Mil escalofríos recorrieron su cuerpo para envolverle bajo la piel en un enredo de nervios que no encontraban sus puntas. Jo! Ana, eres tú!!!

Y efectivamente era Ana. Una Ana cambiada. Bastante más alta, desarrollada físicamente con los atributos de una poderosa mujer de bengala, había perdido su aspecto de adolescente infantil pero aún exuberante guardaba el encanto frágil de tiempo atrás. Lucía cabello corto. Se había acostumbrado a llevar el pelo engominado; daba la sensación que estaba recién salida de la ducha. Extraño peinado pensó Oscar, y avanzó temeroso.

No estaba previsto ese encuentro. No así. No de esa manera. El calendario no indicaba la señal pactada como el mejor preludio amoroso. Todavía los separaba un largo trecho hasta el treinta de mayo.

Al aproximarse, distraído, tropezó con unas cajas de cartón que no había visto. Entonces Ana levantó los ojos, uauu qué punzada, se percató de su estampa con aquella inconfundible sonrisa corta en los labios, y dirigiéndole un sencillo hola a Oscar que dejó ver sus dientes blancos relucientes e inmaculados, perfectos, espléndidos, acentuados por el color tostado de su piel morena, comprendió que no fue cuando la conoció al tropezar en la recepción sino sintiendo su presencia durante los años que vibraba en su interior porque de igual modo se estremecía acelerándose a doscientos por mil elevando su sentir al cuadrado ahora que la examinaba.

La expresión de Ana era de una fingida entereza -Aquí tiene las instrucciones y va de regalo la bolsa- le temblaron las manos porque Oscar había aparecido como un pájaro del huevo que todavía está por incubar.

Cuando la señora se hubo marchado con su hijo ninguno reaccionó. Los dos se quedaron trabados. Inmóviles. Recogidos en ese futuro encuentro forzadamente adelantado.

Treinta meses de pensamientos confluían en ese instante como balas disparadas, rayos que rasgan el cielo, manos ásperas acariciando la tela delicada.

Inesperado. Tensión acumulada; deseos reprimidos y de pronto ahí estaban cara a cara. Entró un nuevo cliente y rápidamente acordaron un lugar y una hora y se despidieron no sabiendo tratar el acontecimiento que los desbordaba.

Oscar se marchó sin su carrete de fotos revelado en una hora porque era imposible sostener sesenta minutos con semejante tensión.

La verdad es que no habían establecido ninguna norma ni requisito cuando casi tres años antes se habían prometido amor eterno en el más absoluto de los silencios. Oscar tenía seis años más que ella y en la adolescencia eso es mucho tiempo. No quería robarle su inocencia. Había postergado la relación porque Ana no era más que una chiquilla influenciable de trece años y medio. Y ella había aceptado sin reparos porque eso era mejor que perder al joven de diecinueve años apuesto y encantador como un príncipe de cuento de hadas.

Debía haber sido algo espontáneo, los dos, llegado el día, debían interpretarlo de igual modo retomando el contacto allí donde lo dejaron. Nunca debieron fijar otras condiciones. Se había roto el hechizo de aquellas calladas palabras de antaño. Ya no habría magia para el treinta de mayo.

Intentaron paliar el desconcertante reencuentro dos días más tarde en una pizzería demasiado lejos del club de tenis y demasiado pronto en el calendario.

En la mesa de tapete a cuadros blancos y rojos había dos velas y dos copas para el vino pero las tintineantes estrellitas del amor se encontraban en la mesa donde se sentaron frente a frente en la zona de descanso aguardando la fecha.

Empezaron con mal pie. Algo se había truncado. Todo parecía forzado. Carecía de frescura. Parecía la persecución de una vida desvanecida que se quiere recuperar a golpes en un cuerpo inerte donde solo uno practica el boca a boca.

Los dieciséis años de Ana eran rebeldes. Tomaba tónica sabiendo que a Oscar no le gustaba; le había dicho que parecía vomitado. Y fumaba, algo que le desagradaba a más no poder. No soportaba un cenicero lleno de colillas. Para Oscar se trataba de la máxima expresión de suciedad a todos los niveles: estético, ambiental, personal. Pero solía llevar un encendedor para darle fuego a su amada. Con suma delicadeza, rozaba su mano al tiempo que Ana encendía su cigarrillo.

Cuando salían a divertirse, Oscar la agobiaba con planes de futuro mientras Ana prestaba atención a los videoclips de la pantalla. Se escudaba con señas que indicaban -No puedo oírte-. Y sonreía con su sonrisa corta y lenta.

Empezó a abusar de sus gentilezas,  y Oscar se convirtió en alguien que la llevaba a los sitios, alumbraba los cigarrillos, y pagaba todos sus caprichos. Y ella no le explicaba sus cosas ni le daba opinión sobre las claras intenciones que le manifestaba “el chofer”.

En su cartera, prueba de lealtad, Oscar llevaba el pedazo de aquel billete. Quería que Ana le mostrara el suyo, aguardaba, y la miraba fascinado recordando a la inofensiva adolescente de trece años y medio que contrastaba con la hermosa joven alocada que cada vez se alejaba más del alcance de sus besos y del ansia de sus brazos. Quería pronunciar tiernas palabras de amor pero cuando se giraba Ana estaba bailando o hablando con otra persona. Tenían escasos momentos de intimidad.

Al dejar al grupo, finalmente a solas en el recién estrenado deportivo del modelo más bajo de la gama Porche que había sustituido al coche de mamá con un techo corredizo que abría para que Ana pudiera ver el cielo, comiéndosela con los ojos en orbita no osaba ponerle la mano en la pierna o detrás de la nuca para empujarla hasta su boca. Consideraba el comportamiento poco caballeresco. Aun cuando su escote dejaba asomar la figura de unos redondos y hermosos senos abultados, Oscar se reprimía y Ana empezó a martirizarlo.

Los domingos al mediodía después de las patatas fritas y las aceitunas, los berberechos y las almejas y el Martini blanco con sifón, cuando lavaban el automóvil en la parte habilitada de un garaje del barrio de Ana, se las ingeniaba para organizar simpáticas trifulcas y, curiosamente, había olvidado ponerse el sujetador. De la emoción del juego y del contacto con el agua fría, sus pezones se ponían tiesos como clavos bajo la camiseta. Sabía que esto excitaba a Oscar. Le gustaba ponerlo a mil revoluciones por minuto haciéndole rabiar conforme se acentuaban las bromas. Lo pinchaba molestándolo intencionadamente. Se había vuelto quisquillosa. Y así, con menosprecio se negaba a participar en una historia de amor prefabricada. Ignoraba deliberadamente las poesías que le escribía y comenzó a no ponerse al teléfono cuando llamaba. El romance se resquebrajaba pero la mirada tierna de Oscar no se debilitaba. Se lo permitía todo. Estaba convencido que la quería aunque su amor no fuera correspondido. Para amar, Oscar no necesitaba ser amado. Amaba por el puro placer de amar sin que tuviera que ser forzosamente recíproco. Se entregaba con generosidad como un niño que reparte caramelos. Reservaba un rincón de sí mismo por si Ana se decidía a cambiar de actitud como el pedazo de pastel que se reserva y es el más preciado. Oscar era un hombre con mujer, aunque Ana no estuviera con él.

Quince días más tarde comprendió mientras aparcaba el deportivo la razón de su comportamiento. Vio como subía a la motocicleta de un apuesto joven de su misma edad. Entonces, no queriendo interponerse entre ellos, le hizo llegar a la tienda un ramo de margaritas con tres hermosas rosas amarillas. Había leído que el color amarillo aplicado a las rosas implicaba disculpa. Era una manera de pedirle perdón. Se lamentaba por el tiempo perdido, por haber castrado un comienzo apasionado tres años atrás.

Pero aquel apuesto joven de la motocicleta no fue el único. Ana tuvo muchos pretendientes. Y cuando en una ocasión coincidieron en un lugar público, porque Oscar nunca dio carpetazo al asunto y frecuentaba el barrio, Ana descendió la mirada avergonzada como si toda ella quisiera esconderse detrás de la primera farola con la que se cruzara. ¿Demostraba arrepentimiento?

Oscar sentía al observarla desde lejos que formaba parte de Ana. Insólitamente, sólo pensando en Ana se sentía acompañado porque desde el reencuentro había descubierto la soledad.

A veces se iba a la esquina de su casa para verla salir del portal y dirigirse a pie hasta la tienda. Apenas tres minutos desde la distancia, pero deleitarse con su figura, con el contoneo de su trotar alegre aunque fuera desde la distancia lo ayudaba a soportar su terrible malestar. Se consolaba diciéndole a la recepcionista del bufete que pasaría el fin de semana feliz con su novia cuando se marchaba los viernes por la tarde, pero era mentira. Otra mentira, ¿blanca o piadosa? ¡Horrorosa! Porque sólo lo dañaba a él.

Desde un inicio se había llevado bien con los padres de Ana. Solía visitarles cada domingo para tomar café y licores, más café que licores y si tenían, mejor un poleo menta. La conversación era amena, y con suerte se cruzaría con Ana y sus labios podrían rozar sus mejillas aunque solo fuera un breve instante.

Se emocionaba cada vez que subía en aquel estrecho ascensor hasta el quinto piso y permanecía en su domicilio. Conocía bien el inmueble pero no su habitación. Era frustrante no poder mediar palabra con la chica de sus sueños, la única chica que ocupaba un lugar privilegiado en su corazón. Ansiaba tratarla. Pero pasaron varios meses dejando atrás la fecha señalada. Oscar no estaba nada contento.

Había terminado con matrícula de honor sus estudios, se había incorporado a un prestigioso bufete de abogados y su atiborrada agenda cubriría sus necesidades básicas programando el trabajo, el deporte, el alimento, el ocio, confiriéndole el aspecto de un hombre de vida ordenada y recta desdichado en el amor. Ya no se sentía afortunado. No era feliz.

¿Y lo era Ana? Algunas veces, en la seguridad de que Oscar la visitaría lo esperaba asomada al balcón y cuando Oscar se percataba desde la calle, se retiraba con la rapidez del ratón que se siente amenazado. No admitía una relación seria con Oscar pero le gustaba jugar con él. Ya sólo iban al cine muy de vez en cuando, a cenar o bailar si el grupo superaba las diez personas y no todas eran pareja.

 Últimamente pasaba más tiempo con sus hermanos y sus padres en la casa que con ella. Sus padres lo habían adoptado como a un hijo más. Y tantas conversaciones sobre Ana le descubrieron todas sus manías y rarezas. Y cuanto más la conocía, más le atraía Ana. Y cuanto más sabía de ella menos la entendía, y más lo intrigaba Ana. Oscar amaba su peculiaridad.

A todas horas pensaba en Ana, excepto cuando estaba en el bufete o en los juzgados, pero en la ducha, el automóvil, cuando tomaba un poleo menta en un bar solo o acompañado de su madre, de Víctor, de su hermana la vez que estuvo de paso por Barcelona, cuando miraba las noticias en el televisor, antes de cerrar la luz ya en la cama, en su pensamiento aparecía el rostro de Ana reflejado en las paredes de su mente con su esbelto cuerpo bien formado y un simple velo blanco anudado al cuello. Pero había algo más, a oscuras en la profundidad de la noche exenta de imágenes, permanecía mágica la sensación de su presencia haciéndolo vibrar emocionado no precisamente por sus curvas perfectamente diseñadas y modeladas sin ajustes ni desmesuras; y se sobresaltaba como atacado por pesadillas estremeciéndose sin poder evitarlo ¡ay soledad!

Parecía que Ana no tuviera ganas de estar con Oscar, pero en sus conversaciones con las amigas, incluso con su hermano y a sus padres lo nombraba; Ana mencionaba de pasada que Oscar esto o que Oscar aquello. Le reconocía algunos meritos, porque a su lado, Ana se encontraba viva y se engrandecía junto a Oscar. Era con el único hombre que tenía la certeza que podía hablar de cualquier cosa; excepto de su relación. Aquello era tabú. No quería oír hablar de futuro. No quería escuchar nada sobre bodas, casas, nada sobre hijos. Sin embargo, a sus espaldas su madre le preparaba el ajuar.

Ana no quería cambiar su manera de hacer las cosas y Oscar nunca se propuso que lo hiciera. Dejaba que se expresara dándole plena libertad, guardándose de comentarios imprudentes que pudieran coartar su autenticidad. A regañadientes, intentaba llevar la situación de la mejor manera posible sin fricciones ni confrontaciones pero notaba que se le escapaba como el agua entre los dedos.

No podía pasar una semana sin verla como mínimo en un par de ocasiones. Buscaba las más apropiadas. Aunque lo deseaba horrores, nunca la invitó a un concierto de música clásica. Conociendo de antemano la respuesta no se arriesgó. En vez de la sinfonía de una delicada ópera, Ana prefería una noche tormentosa de marcha con sus amigos donde la sensibilidad del oído quedaba machacaba por la potencia de los bafles en las discotecas. Se dejaba llevar por los gustos y las modas de su generación, más que por sus propias inclinaciones a las que no prestaba atención; igual que a Oscar, a quien ignoraba porque se había convencido que era demasiado serio y demasiado profundo y Ana, se consideraba demasiado joven para comenzar a atormentarse con los problemas del mundo.

Y atacada por esa desesperación, fue en el Bulevar Rosa un mediodía cuando acompañaba a Oscar a comprarse un traje cruzado que le espetó en la cara -No quiero verte más-. A Oscar se le helaba la sangre por momentos. Dejó la chaqueta encima de la silla y, estupefacto, le pidió que se lo repitiera otra vez -No quiero verte más- dijo Ana con la contundencia de un hachazo. Y aunque Oscar le preguntó la razón, Ana no quiso darle ningún tipo de explicación. Simplemente pensó que era lo mejor para ambos, y tal vez no se equivocaba. Por el contrario, Oscar opinaba que si se conocían terminarían por necesitarse el uno al otro hasta que fueran el uno para el otro únicos en el mundo. Oscar intentaba domesticarla, pero ella no se dejaba. No podía amansarla. Él no era Iván.

Oscar no se esperaba semejante exabrupto. No le dio tiempo a cogerla por el brazo y retenerla a su lado aunque fuera únicamente para superar otro minuto. Ana se marchó apresuradamente sin tan siquiera un adiós. Había estado considerablemente seca antes de entrar en la tienda pensando lo que iba a hacer. Pero Oscar se preguntó si quizás aquello no era sino una prueba; una nueva oportunidad para demostrar su fidelidad. Y se postró de rodillas en el probador para celebrar una oración plena de sinceras palabras de amor.

Intentó integrarse un poco más en su grupo, en su ambiente, y se inscribió en la misma coral donde cantaba Ana. Sin reservas, todas sus amistades lo aceptaron porque advertían las sanas intenciones de Oscar igual que lo hacía su familia, aunque ya no los visitaba.

Todos proclamaron abiertamente la bondad de sus valores sin darse cuenta que era contraproducente. A ella no le gustaba sentirse presionada. Bastaba que la gente le dijera blanco para que Ana, por el simple gusto de llevar la contraria, eligiera el negro más oscuro. Pero Oscar era muy paciente. Y se retiró sin dejar de estar cerca.

A finales de diciembre, un conocido común había tenido un accidente de motocicleta por una imprudencia de la que se había salvado de milagro. Un autobús, haciendo mal uso de su volumen, lo había obligado a salirse de su carril. Enojado realizó un adelantamiento peligroso que terminó en desgracia. Fue lanzado por los aires hasta estrellarse contra unos contenedores de basura y como no llevaba casco porque decía que se despeinaba, su pronóstico era de muy grave y permanecía en coma.

Ana estaba en la puerta de la unidad de cuidados intensivos con los brazos cruzados y la barbilla pegada al cuello mirando al suelo. Oscar prefirió pasar de largo y dejarla a solas con su dolor. Hubiera querido consolarla ofreciéndole sus brazos para que se refugiara en su calor, pero Ana se hubiera negado a caer en esos brazos amables que la deseaban tanto como los necesitaba ella en esos momentos difíciles. Oscar nunca se aprovecharía de una situación semejante para conseguir su afecto. Prefirió marcharse pensando que amaba a esa joven que no se había quitado el abrigo ni los guantes. Era a ella a quien quería como esposa. A ella y sólo a ella.

Y por tal razón le escribió una carta. Iniciaba con un feliz navidad pero, luego de tres meses, ya en primavera, seguía llevando encima la carta que no le había entregado.

Oscar se había prometido que no la buscaría desde que se cancelaron los ensayos de la coral por larga enfermedad del profesor. Y un domingo soleado cercano a Semana Santa, en el lugar donde se comen las mejores patatas bravas en la Costa Dorada, agarrando la enorme jarra de cerveza y limón, ante sus ojos, en la playa, inconfundible entre todas las demás estaba Ana en topless. Oscar no se atrevió a mirar. Primero se sonrojó, y luego, sofocado, suspiró y sorbió la fría bebida apurándola de un solo trago.

Intentó mirar en otra dirección, pero sus ojos escapaban porque ahí estaban los redondos y hermosos senos que tantas veces se habían escondido detrás de una camisa con pronunciado escote o debajo de una camiseta mojada y ahora casi los podía alcanzar. Cerró los ojos apretando fuerte los párpados enredándose en las pestañas, pero su mente seguía atormentándolo con esa imagen feliz.

Su sexo se avivó con la fuerza de un puño cerrado. Con la cantidad de cuerpos esbeltos en la playa y la cantidad de veces que había frecuentado ésta y otras playas del Mediterráneo, y, sólo Ana conseguía despertarle el deseo vehemente. Cambió de mesa. Encontró una posición estratégica desde donde espiarla con mayor licencia. Todo iba bien hasta que se levantó, y caminó hacia el mar. Oscar se pegó a su espalda como el punto que envía el visor de un arma con mira telescópica acompañando aquella magnífica silueta de piel uniforme de un ocre tostado acentuada por el color rojo encendido del tanga que se perdió mar a dentro. Nadó hasta un velero que partió a la media hora.

Y todos los domingos en el mismo lugar, a la misma hora, y cada sábado emocionado porque la vería al día siguiente con su cuerpo semidesnudo resaltado por los firmes senos que ya no eran llanos como cuando la conoció. El día que se cumplían cuatro meses y medio de intercambiar su última palabra, mientras la contemplaba en la playa ensimismado pensó que sus firmes senos apuntaban erguidos al sol. A continuación Ana se alzó con su andar informal porque quería un helado. Y se dirigió justamente al lugar desde donde Oscar miraba y cuando lo vio ahí sentado, su reacción inmediata fue cubrirse los senos. Al verle, instintivamente tapó su senos desnudos con la toalla apretándola fuertemente ruborizada por primera vez en su vida frente al sexo contrario en la playa. Le dio tanta vergüenza que Oscar la viera que quiso que la arena se la tragara.

Oscar hizo ademán de abrir boca pero enmudeció y salió hacia el lavabo como un chiquillo al que han sorprendido in fraganti cogiendo un dulce del escaparate de la pastelería.

Tardarán bastante tiempo en volverse a ver.

Extremista en determinados aspectos, si bien durante la juventud su pensamiento no cesaba inmerso en un montón de asuntos que escudriñar, en esta última etapa únicamente su trabajo en el prestigioso bufete y su intenso amor por Ana importaban. Nada más existía. Vivía en estos dos mundos. Y pronto daría un vuelco, primero a uno, y luego a otro.

Seducido por las viejas frases: conócete a ti mismo; pienso luego existo; sólo sé que no sé nada; nada en exceso; y muchas otras, quiso visitar la cuna del pensamiento más elevado. Para Oscar, la antigua Grecia simbolizaba el apogeo de la belleza y de la razón. Admiraba a Platón, quien instaló una famosa escuela en su ciudad natal, Atenas, en un agradable y hermoso jardín que denominó la Academia.

La llamaron Atenas por la diosa Atenea, quién dominaba las artes, la literatura y la filosofía, símbolo de sabiduría nacida de la cabeza de Zeus, rey de todos los dioses del Olimpo. Le sorprendió que por entonces, además de aprender a leer y a escribir, los niños y niñas de la ciudad aprendieran a tocar un instrumento musical y a recitar poesía, y que desarrollaran el arte de discurrir, en vez de hacerlo en escuelas, en los gimnasios donde practicaban ejercicios físicos. Adoraban el cuerpo desnudo del hombre en vez de la sinuosa belleza del cuerpo femenino, algo que también le asombró. Los más notables filósofos como Sócrates atraían gran cantidad de discípulos y daban lecciones en discusiones de grupo. Y opinaba Oscar que muy probablemente Sócrates era homosexual celoso porque tenían un auditorio que le escuchaba.

En la antigua Grecia, pensaban que los dioses eran parecidos a los humanos. Se enamoraban unos de otros, se casaban, disputaban, tenían hijos. Los griegos forjaron la primera cultura que se liberó del terror divino, que racionalizaba el pavor de antaño consagrándose a entender al Hombre y a explicar el Mundo que lo rodeaba desde la inteligencia. La premisa cautivaba a Oscar.

En aquella época, tanto hombres como mujeres creían que las almas podían renacer en otros cuerpos. Algunos estaban convencidos que las alubias podían contener las almas de antiguos amigos fallecidos. La filosofía ensalzaba el significado y el misterio de la vida explicando el origen de los dioses. Y Oscar pensó que quizás conseguiría hallar en tan fascinantes teorías alguna respuesta a su incesante pánico a la muerte. No tenía interés por visitar la iglesia donde el rey Don Juan Carlos de Borbón contrajo matrimonio con Sofía de Grecia.

Por el contrario, sin tantas justificaciones, Iván quiso pasar unos días en la isla de Mykonos de la que tantas personas ilustres de la noche le habían contado maravillas. Pretendía llevarse la parte que le correspondía a él. Oscar se obsequió el viaje como premio por tres casos ganados consecutivamente, pero a Iván se lo regalaron por su sex appeal. Su feeling le había proporcionado el pasaje a Atenas.

Ambos estaban en Grecia y se encontraron frente a frente en el Partenón. Y a los dos se les iluminaron los ojos de alegría sincera sin saber que en ese instante pensaban la misma cosa: que los jóvenes de ahora no parecen tener demasiado respeto por el pasado y lo que es peor, tampoco tienen esperanza por el porvenir.

Se abrazaron y se golpearon bromeando como si fueran púgiles que luchan en el cuadrilátero.

Intentaron refugiarse del sol pero no hallaron sombra y caminaron juntos hasta llegar a una cafetería donde se instalaron en la terraza para sentarse cómodamente en una silla de mimbre. Iván se fijó que Oscar llevaba muchos papeles de la mano reconociendo el color salmón. Preguntó de donde había sacado el de color salmón. Oscar explicó que había varios colgados en los establecimientos, una especie de oferta promocionada por un grupo de españoles y le dijo que quizás realizaría una travesía por las islas en un pequeño velero que saldría el próximo jueves, o sea, al día siguiente. El precio era asequible. El capitán tenía permisos y una larga experiencia en mar abierto.

_ Yo soy todo el grupo de españoles –informó Iván a su amigo sacando una fotografía del Aristos-. Es una embarcación de catorce metros de eslora con dos camarotes dobles, una habitación con literas, y una amplia estancia a modo de salón, tiene todo lo imprescindible para navegar con garantías.

Esa noche un ferry los llevó a un puerto donde cenaron con el capitán, su hijo, y dos jóvenes griegas. Ambos disfrutaron con la gastronomía típica. Iván bailó sirtaki y en vez de aplausos, el camarero se le acercó para romper un montón de platos a sus pies. Oscar no estaba acostumbrado a beber, y el vino de aguja le hizo primero cosquillas en el paladar y en seguida se le subió como un ascensor moderno llega a la azotea de un edificio alto, y como un paraguas que se abre le estalló el vino en la cabeza. Despertó en alta mar. Un fornido oleaje le hacía botar en la proa cuando se atrevió a volver en sí. Estaba en un compartimiento junto a la muchacha griega que desnuda, simplemente se volteó con indiferencia para continuar durmiendo como si nada.

Iván ya estaba en su salsa. Seguía a raja tabla las directrices del capitán repitiendo los mismos movimientos que desde el otro extremo realizaba el hijo. Se había encasquetado una gorra de marinero que lucía orgullosamente. Empezó a soplar más corpulento el viento y encrespó el mar de tal modo que el velero navegaba de lado completamente inclinado. Para Iván era algo tan divertido como emocionante, Oscar en cambio, se asustaba cada vez que la quilla chocaba contra la superficie del mar. Pero su amigo lo tranquilizó molestándolo.

_ No te preocupes, esto acaba de empezar. Navegamos a fuerza nueve y lo máximo es fuerza doce. El viento sopla ahora a cuarenta y cinco nudos. Dentro de un par de horas tendrás que amarrarte con cuerdas porque si te caes, algún animalito marino habrá probado tus piernas antes no consigamos dar la vuelta –y dejó salir una sonora carcajada mientras una ola se levantaba para empaparlos de agua fría y salada.

El capitán era griego y hablaba poco, solamente griego, pero con sus expresivos gestos se entendía con todo el mundo, griegos y extranjeros. Las jóvenes no salieron a la cubierta hasta que amainó la tormenta. Eran lindas. Exóticas. Iván tonteaba por igual con las dos, y Oscar, no sabría cual sería su acompañante hasta que se acostaran por la noche, pero nada más dormirían uno al lado del otro. Iván, mucho más atrevido, sin duda se dejaría llevar por lo picante de la situación. Cuando un cuerpo roza otro cuerpo los pelos se erizan. Difícil controlarse. Por eso se llevaría un par de condones al camarote porque ellas, en ningún momento solicitaron dormir juntas.

Navegaban de una isla a otra bañándose cada vez en una cala distinta. Parecía que la muchachas no hubieran traído bañador, andaban desnudas incluso cuando cocinaban y comían, pero su cuerpo era tan bello que su desnudez no desentonaba con la solitaria belleza del paisaje. Al parecer, la única que se había quedado en tierra firme era la novia del hijo del capitán, un robusto joven de diecisiete años parco en palabras pero generoso con sus guiños y ademanes. Había ideado una especie de lenguaje morse con el que se entendía con su padre, y poco faltaba para que Iván le cogiera el truco a ese sistema de señales.

El mar seguía impresionando, asustando por su virulencia. La vida en el velero era incómoda, y el afán de llegar a Mykonos les hacía recorrer grandes distancias viajando más de doce horas seguidas. Entonces Iván tuvo su oportunidad porque tanto el capitán como su hijo debían descansar. Recibió breves instrucciones antes de coger el timón. Llevó el mando del velero ante su vigilancia, y pronto se relajaron por su innata destreza hasta dejarlo sólo en cubierta.

Iván prefería la noche para relevarles del puesto. Había conseguido que le otorgaran plena confianza durmiéndose sin dudas convencidos de su pericia. Transpiraba seguridad. Estaba orgulloso de sus más de trece horas de navegación. Y aunque incitó a Oscar a experimentar ese placer de controlar el destino, con absurdas excusas declinó la invitación. No se atrevió.

A diferencia de Oscar, Iván había dicho sí sin pensarlo, y una vez las manos firmes en el timón, se dio cuenta que no era tan difícil. Bastaba mantener el equilibrio deduciendo los movimientos a que obligaban las olas permaneciendo atento, sin dejarse intimidar cuando sospechaba que quizás no podría dominar la embarcación. Viraba a un lado, y la quilla se elevaba desplomándose el casco contra el mar abriéndose paso como las tijeras abiertas se deslizan por la tela para rasgarla en dos.

Y en la noche, con una mar dormida, escuchando únicamente el ronroneo del motor, con la libertad propia de escoger el rumbo, dirigiéndose hacia el horizonte aparentemente sin fin, acariciado su semblante por la suave brisa, envuelto por el olor salado que desprendían las toallas tendidas, coronaba ese instante la compañía de la luna, una luna llena y acabada que fielmente seguía a su lado durante un trayecto memorable. Iván disfrutaba de su nueva aventura en medio de una calma seductora que turbaba los sentidos.

Conseguidor nato! Aunque sus opiniones variaban en cortos espacios de tiempo que separaba muy bien uno de otro, sabía siempre dónde estaba, de dónde venía, y a dónde quería dirigirse; qué es lo que pretendía y por qué; qué podía hacer y el cómo realizarlo. Tenía argumentos para casi todo. Incluso desde posiciones confrontadas podía defender de igual forma y con el mismo ímpetu cualquiera de los dos planteamientos. Era sagaz de niño, audaz en sus años mozos, ¿pero cómo podía ser un espíritu libre si no ejercía su voluntad conscientemente? ¡Era el hombre epopeya!

Vivía peligrosamente saltando de roca en roca como cabra montés, parando poco tiempo en un mismo sitio para no hacer una misma cosa repetidamente. Podía haber sido un niño que con un dedo hubiera atravesado el corazón de su niñera, pero no tuvo niñera, y temprano se dedicó a descifrar los jeroglíficos escritos en la mirada de las personas.

Por el contrario, Oscar asumía que la vida es de por sí ya muy dura y no vale la pena complicarla, al menos, eso dio a entender con lo del timón en sus manos.

Iván le había dicho a su amigo Oscar “Toda actuación te crea un nuevo enemigo” justo antes de trepar igual que un mono a un árbol de la jungla para saltar de cabeza por la borda desde lo alto del mástil. Se había impulsado desde las puntas de los pies extendiendo los brazos como alas precipitándose hacia abajo como una piedra que cae al precipicio. Oscar se intrigó por el comentario que olvidó repentinamente porque Iván estaba tardando mucho en salir a la superficie. Apoyado en la barandilla, se inclinó buscando burbujas de aire o alguna sombra bajo el agua. Y surgió como impulsado desde las profundidades del mar, brincando como si fuera un delfín para rociarle la cara con agua salada “Hay que joder a quien verdaderamente se lo merece. Ten un par de cojones. Muévete deprisa” fue diciéndole mientras nadaba bordeando el Aristos. Y volvió a sumergirse para reaparecer al otro lado del velero. Había cruzado por debajo del casco. Subió con extrema agilidad de un barrote a otro ignorando la escalerilla. Se estaba secando cuando continuó así “Controla el producto, habla con el interlocutor valido, negocia con quien posee el poder de decisión, evita cualquier intermediario”. Oscar seguía perplejo, atento al improvisado recital que nadie había instado.

Cuando terminó de secarse, le lanzó la toalla a la cara y bajó a servir un par de güisquis para sentarse con su amigo en la proa mientras se ponía el sol. Acostumbraban a hacerlo cada atardecer, cuando el capitán escuchaba por radio las noticias meteorológicas y las chicas jugaban las dos contra el muchacho en un ajedrez metálico. Sin tierra a la vista y un mar apaciguado que los envolvía, iniciaron su charla.

_ Desde el principio sabes lo que quieres, ¿verdad Iván?

_ No hay otra manera. Si no sabes a donde vas, no llegas nunca a ninguna parte. Yo no quiero más de lo que necesito. A mí no me mueve la avaricia pero si el anhelo de conseguir experiencias y acumular vivencias que me enseñen, que me enriquezcan, cosas que pueda contar más tarde a mis hijos y a mis nietos. Si no navegas recto pierdes el rumbo. Lo he aprendido con el Aristos –y le pegó un largo trago a su güisqui mientras el de Oscar seguía intacto-. Cuando escoges tu camino, muchos no entienden, y algunos jamás llegaran a comprenderte. Tú sólo ignóralos. Palabra y cojones, nada más! Piensa a lo grande. Marca tu territorio. Independízate. Toma todo aquello que te pertenece y disfrútalo.

Ambos se habían acostumbrado al balanceo, y consumían preferentemente grandes cantidades de melón que acompañaban con un vaso de güisqui. Oscar lo rebajaba con bastante agua.

El sol se había descompuesto ya en mil colores distintos pero la luna todavía no se dejaba vislumbrar.

_ ¿Conoces los siete pecados capitales? –interrogó Oscar.

_ Sí. Pero, …¿conoces tú el octavo? –respondió al tiempo que se untaba la cara de crema hidratante-. Yo lo añado a la lista. Además de la pereza, la gula y la avaricia; la ira y la lujuria, la envidia y la soberbia; a la lista le falta la vanidad. La tontería y la vanidad son dos hermanas que raramente se separan. Yo sé bien porque te lo digo… Es la vanidad quien nos puede perder en pretensiones equivocadas acercándonos a un deseo desmesurado de ser exaltados por encima de las propias cualidades y esta desmesura, a la larga, nos hará perder aquello que amamos, aquello que hemos conseguido con esfuerzo y sacrificio, empobreciéndonos y ensuciándonos por dentro con ese líquido pegajoso que empalaga. La vanidad, ni siquiera es un vicio. La vanidad es una enfermedad. Es innoble humildad. Sumisión al populacho. La vanidad busca a la gente para que le haga creer en sus propios frutos. Pero y tú Oscar, ¿sabes a dónde vas? ¿Sabes lo que quieres? –y su mirada se perdió en el horizonte.

Oscar reflexionaba sobre la pregunta que había formulado a su amigo cuando Iván añadió

_ Debes trazar con delicadeza tu trayecto o siempre derivarás. Cuando se levanta el ancla y se extienden las velas al viento, el capitán ha diseñado ya su plan de navegación para llegar a la isla donde fondear. No se progresa en la vida sino tienes objetivos.

_ Creo que somos muy distintos –exclamó Oscar por fin aportando algo a la conversación que parecía haberse detenido-. Tú miras tu existencia como una pieza más en el gran juego de la historia. Pretendes formar parte de la historia. Escribirla, ¿me equivoco?

_ Pero tú también estás invitado a la ceremonia –lo interrumpió Iván-. En este juego de mesa, hay en realidad muy pocos jugadores y demasiados espectadores. Demasiada gente prefiere mirar el partido desde la tribuna, refugiados de la lluvia y el sol viendo como otros hacen y deshacen. La opción es tuya. Puedes mirar o puedes participar de los acontecimientos y escribir tu propia historia.

_ La luz es mejor que la oscuridad. El conocimiento, mejor que la ignorancia. La información, mejor que la duda –había empezado a filosofar Oscar.

Pero Iván volvió a cortarlo.

_ No te me pongas místico. Solo digo que la oportunidad de escoger una mejor forma de vida está presente hoy aquí. Mirar las carreras de caballos no causa peligro, pero te priva el placer de cabalgar y de experimentar que ocurre cuando se llega el primero. Oscar, eres libre de hacerlo. Por ejemplo, ¿te gusta tu trabajo? ¿estás satisfecho con tu actividad profesional?

_ Sí Iván, aunque no sude mi camiseta creo que me implico en la partida de mi vida.

Y de nuevo le increpó Iván con una observación.

_ Debes implicarte en la partida de la vida, no en la partida de tu vida, porque en tu vida puedes celebrar muchas partidas distintas pero la vida tiene algo muy especial reservado para cada uno de nosotros. Por eso yo busco y busco sin cesar. Si no decides arriesgarte para encontrar tu propia realización personal, llegará un día que tú mismo te maldecirás. Por eso a mi me gusta tanto tropezarme y caerme, equivocarme. Me esfuerzo por participar en todo cuanto me ofrece la vida. Hay que emprender cosas. Tener iniciativa.

Después de París, Iván había vuelto a sus aventuras, a las propias andanzas de quien se denomina espíritu libre sin priorizar a las mujeres. No supo qué sería de él durante los próximos meses, pero tampoco le importó mucho puesto que vivía en el presente al borde del ahora mismo y, emprendedor nato que predicaba con el ejemplo, después de seis meses de vivir como viajante de pintura por Cataluña, se personó a las puertas de una editorial en respuesta de un anuncio publicado en la prensa para salir el mismo día a vender enciclopedias por las casas.

Una vez le tomó el gusto a la actividad y dominó el procedimiento, propuso a la dirección abrir mercado en Andorra y se instaló con un grupo competitivo al que se había encargado de preparar. En tres meses había batido todos los récords: el mayor pedido en una sola vivienda, el mayor número de contratos en un solo día, y la facturación habitual de un mes la consiguió en una sola semana de trabajo intenso. Y sin devoluciones. No hubo anulaciones de pedidos. Iván estaba satisfecho y sus superiores todavía más. Había llevado cultura a los hogares de muchas familias y pudo costearse su tercer automóvil: un Ford PROBE Turbo de 36 válvulas (atrás había quedado el Golf GTI 24 válvulas y el Zeat 128 SPORT como el de su padre).

Su autosuperación era permanente pero no comentaría su estado de gracia con su amigo porque le parecía aburrido. Cuando había tocado techo necesitaba un nuevo reto y se centraba exclusivamente en dicho reto. Prefería hablar de la promesa de una conquista que del éxito obtenido. El triunfo de ayer era viejo para Iván.

Aunque vivía en una fantasía no se permitía soñar. Extendía los dedos de los pies para tocar el límite de la cama. Confiaba nada más en la realidad, en lo posible, en lo alcanzable, aunque sus metas estaban por encima de la media habitual. Se fiaba exclusivamente de sí mismo. Era impenetrable, en apariencia extrovertido, pero solo como fachada. Celoso de lo suyo no permitía el acceso intimo.

Arrojado y de vibraciones positivas, ansiaba el propio progreso pero no tenía una idea clara del significado de esa palabra. Para él, progreso era mejorar su situación económica y acceder a los lujos y comodidades que permite el dinero. Sabía que el dinero no hace la felicidad pero estaba convencido que ayuda considerablemente.

A los veintidós años impresionaba por su magnetismo. Era un ser intenso y de una terrible seguridad en sí mismo. Fácilmente demostraba que podía dominar cualquier situación por compleja que pareciera. Excesivamente detallista, impetuoso y un tanto fanático, cabria la posibilidad que se convirtiera en un agitador de la sociedad, en un ser que hace tambalear los cimientos de lo establecido rompiendo aquello que ya está estructurado e instaurado. Iván amaba los retos.

Y su brioso temperamento autoritario e intransigente no conocía los términos medios. Mantenía bajo control su explosivo genio que solo se manifestaba con furia incontenible al ser hostigado o cuando era coaccionado por alguien. Si le provocaban, reaccionaba de una manera tal que su huella quedaría perpetuada de una u otra manera en su agresor convertido en una víctima segura.

Admirado por sus aptitudes en las relaciones interpersonales y el comercio, al ser ambicioso y extremista, de los que no se conforman con medianías, en su vida planearán distintos proyectos y negocios siempre “empresas a lo grande”, haciendo presagiar una vida aventurera y entretenida.

Su carácter sociable y optimista atraía a toda clase de personas a las que le gustaba desconcertar. Se había convertido en su deporte favorito. No quería que lo encasillaran con cualquier tonta etiqueta y variaba repetidamente su disfraz intencionadamente porque se consideraba único.

Acostumbrado a ser el más popular, el que corría más rápido, el más guapo y el que ligaba más chavalas, el que más alto saltaba, el que lanzaba la piedra más lejos, el que más tiempo aguantaba bajo el agua, todavía el de las hazañas y las conquistas, pensó que ser el punto neurálgico desde donde las situaciones nacen y entorno a quien se mueven era su razón de ser y su finalidad.

Iván podrá alcanzar sus metas, aunque será a un precio muy elevado. Porque si no aprende a vencer esa superficialidad terminará sus días utilizando y sirviéndose de los demás gracias a su encanto y simpatía y el éxito pronosticado, pero jamás conseguirá ser pleno si no accede a cierto nivel de moderación y autodisciplina. Anteponiendo sus necesidades a las necesidades de los demás, al final del camino terminará por sentirse profundamente insatisfecho. Puede sufrir graves problemas emocionales y nerviosos si no se atiende hasta el punto de frustrarse enormemente, tal y como ya le ocurría cuando las cosas o las personas no resultaban como quería. Y habitualmente resultaba de esta forma. Y decepcionado proseguía. Y seguía adelante sin detenerse.

Pero Iván, al igual que Oscar, estaba obligado a elevarse sobre las miserias humanas y dar a sus semejantes algo más valioso que el dinero.

Otro trago. Otro pedazo de melón.

_ Me estás diciendo, amigo Iván, que considere que es lo que quiero de la vida y entonces sabré hacia donde debo dirigirme, ¿es eso?

_ Claro Oscar, es así de sencillo. Puedes obtener aquello que te propongas. El único obstáculo serás tú mismo.

_ ¿Y si muero en el intento?… ¿y si fracaso?

_ Caerse es una opción, levantarse una obligación.

_ Pero vale más ser cobarde un minuto que lisiado el resto de la vida –dijo Oscar.

_ Don fracaso es ciervo herido al que las flechas dan alas.

_ ¡Bonito!

_ Lo importante del fracaso no es el fracaso en sí, sino qué se hace a continuación: asumirlo o conformarse, aun habiéndote quedado paralítico. Quien se levanta de nuevo dispuesto a volver a empezar desde el principio, no haya nunca el fracaso y si por el camino se estrella puede sentirse satisfecho porque ha sucedido mientras luchaba. Quien no se aventura no cometerá nunca un error. Si sabes por lo que luchas, aunque pierdas, nada más pierdes en apariencia. Es mejor la sensación de fracaso que la que deja el remordimiento por aquellas acciones en las que creías y no te atreviste a llevar a cabo –y para darle un apunte más explícito añadió-. Oscar cágala, pero cágala con tu propia mierda.

Sonriéndose mutuamente realizaron un brindis levantando las copas al viento. Las estrellas se reflejaron en el cristal.

_ Probablemente tienes mucha razón Iván. Quien no juega no se equivoca. Quien no coquetea con la dificultad no podrá ser sancionado. Todo tiene un coste. También una ganancia. Sí… te miro y lo veo. Valiente es aquel que percibe la gloria y el peligro por igual.

_ Pero debemos tratar la vida como si fuera un saxofón –apuntó Iván-. Me refiero a que una persona puede hacer saltar notas armónicas y otra persona notas discordantes y no obstante, nadie puede decir que es culpa del instrumento. Aunque pareció que no te hacía ninguna promesa… Más o menos esto es lo que aprendí de tu enseñanza en París. Y me he cuidado de interpretar mi vida con mayor sensibilidad para mejorar el sonido buscando que sea vibrante y arrebatador aparcando a las mujeres para abrirme en dimensión.

_ En este punto coincidimos. La vida es una pieza delicada de artesanía. Si la trabajamos correctamente, producirá belleza, pero si la tratamos con ignorancia y menosprecio producirá fealdad. Pero vas a permitirme que sea duro contigo.

_ Adelante Oscar, ¡sin anestesia! El verdadero amigo dice lo que el otro no quiere escuchar –y asintiendo con la cabeza le invitó a que prosiguiera.

_ Es tu profunda sensación de inseguridad y soledad lo que te impulsa a vivir de la manera incesante que te caracteriza.

_ También puede moverme la ambición y las ansias de riqueza –apostilló Iván velozmente con una mirada maliciosa de quien ha conseguido devolver la pelota.

_ Das esa imagen de ejecutivo agresivo pero en tu interior tú no eres así. Eres esclavo de tu pasión, de tu falta de entendimiento contigo mismo.

Y haciéndose el enfadado Iván exclamó:

_ Pues yo a ti te veo un poco parado –y retomó el tono serio y profundo que requería la charla para decir-. Tú eres un poco pasivo Oscar. Alguien que permanece sentado en estado contemplativo. Pero… no produces nada. No eres rentable para la sociedad a la que perteneces.

_ Soy bueno en lo que hago. Tendrías que hablar con el responsable del bufete. Los beneficios…

_ No si voy por lo de reflexionar a cada rato! Por tus análisis encerrados…

_ Esta actitud concentrada que practico es la actividad más elevada, porque es la actividad del alma y solo es posible bajo la condición de libertad e independencia interior. Tú deberías fijarte semejante propósito. Empieza a dialogar contigo Iván. Experiméntate a ti mismo en vez de vivir en el exterior persiguiendo quien sabe qué clase de vivencias –hizo una pausa antes de continuar mientras le tocaba una pierna asumiendo que esa misma actividad la tenía un poco abandonada-. Creo que tú eres el pasivo porque eres objeto de motivaciones de las que no te percatas. Ellas dominan tu actividad y no tú, en serio Iván.

Y se hizo un largo silencio exento de tensión. Era aproximadamente medianoche. Todos dormían en la quietud de la noche bajo un cielo estrellado. Oscar e Iván terminaron la última rodaja del melón, pero siguieron bebiendo. Uno mucho más que el otro.

_ Sabes una cosa –dijo Iván-, creo que en cuanto nos afiliamos psicológicamente a un culto, éste empieza a ejercer presión sobre nosotros. Yo no quiero que nada me atrape por eso corro y corro sin detenerme.

_ Podría decirse que eliges ser como el lobo solitario que se distancia de la manada.

_ Algunos piensan que vale la pena formar parte de un grupo porque los miembros se recompensan recíprocamente con amistad y aprobación, pero sólo cuando uno se ajusta al modelo y al estilo de vida del grupo. Y esto es algo para lo que yo no he nacido.

_ Sin duda has nacido para algo grande Iván.

_ No sé… pero sé que no quiero márgenes a mi alrededor. Los grupos suelen castigar con el ridículo, el ostracismo, y otras penas mayores a los miembros que se apartan. Yo soy un tipo demasiado versátil para encajar y permanecer inmutable. Soy difícil de ubicar. Repelo la casilla fija y cerrada. Prefiero encontrar mi camino a ser zarandeado por las promesas psicológicas de terceros –Iván avistaba una agresión.

Aquella noche la denunció abiertamente ante su buen amigo porque la mayoría de colectivos prometen calor humano, compañerismo, incluso un sentido de comunidad, sin embargo, eso también lo ofrecen los anuncios de cerveza o desodorantes. Iván no se dejaba engañar. Jamás quiso “integrarse” por la tendencia de las agrupaciones a rechazar información nueva, puntos de vista distintos o conceptos revolucionarios que desafiaban ideas demasiado preconcebidas y estructuradas; ideas que Iván denominaba como principios envasados. Los colectivos no quieren oír cosas que puedan trastornar su elaborada organización de creencias. Algo que también le había sucedido a Oscar cuando quiso incorporar nuevos comportamientos entre sus camaradas, hasta que optó por silenciar sus palabras. Pero a diferencia de Oscar que se recluía, Iván se embravecía y gozaba siendo un elemento de disonancia.

_ Si nos despistamos –dijo Oscar- podemos convertirnos en una persona diferente, hasta que nosotros mismos llegamos a vernos diferentes y nuestros viejos amigos, los que nos conocían fruncirán las cejas porque cada vez les costará más reconocernos y, en realidad, nos adulteramos cuando renunciamos. Nosotros experimentamos una creciente dificultad en identificarnos. Iván, tú cabalgas en el cambio permanente, te encaramas hasta la cresta de la imprevisible ola para permanecer estático viendo el cambiante paisaje… pero por muy pocos segundos, porque el remolino te engulle revolcándote bajo el agua.

_ El cambio no es sólo necesario para la vida. El cambio es la vida misma. Y por esto mismo la vida es adaptación: autotransformación continua.

Iván hizo una pausa larga. El paréntesis dio paso a la intervención de su amigo Oscar.

_ Sin embargo, la adaptabilidad a la que te refieres tiene sus límites. Cuando alteras tu vida, cuando contraes y rompes relaciones con lugares cosas o personas, cuando te mueves inquietamente por la geografía de la organización social, cuando adquieres nuevos datos y otras ideas, te adaptas, vives, pero Iván, como te digo… hay límites finitos. No somos infinitamente elásticos mi buen amigo y te lo digo con cariño. El estímulo excesivo puede conducir a comportamientos extraños y contrarios a la adaptación. Cada respuesta de reorientación, cada reacción de adaptación te está exigiendo un elevado coste, un terrible desgaste emocional… incluso ético y moral Iván, ¿no te das cuenta?

_ Será bueno que tú también lo tengas en cuenta porque pagarás un precio Oscar. Todos los excesos son malos, ciertamente, y resistirse al cambio de manera reiterada puede ser todavía más doloroso que especializarse en jugar con el permanente cambio, ¡te lo aseguro!

_ Si pero cambio… no es sinónimo de mejora Iván. Tal vez yo no muevo ficha, pero cuando lo hago, gano. Voy sobre seguro.

_ ¿Seguro? El francotirador realiza un acierto con cada disparo, pero a ti te dan miedo las armas. Sólo disparas tu máquina de fotografiar. Déjame continuar con un ejemplo. Mira Oscar, yo creo que la decisión programada es rutinaria, reiterativa, demasiado fácil de tomar. Imagínate un viajero esperando en el andén la llegada del tren de las 8’05”. Subirá al vagón como lo viene haciendo desde siempre. Como resolvió hace mucho tiempo que ese tren era el que mejor le convenía para su necesidad, su decisión actual de tomar ese tren está ya programada y más que una decisión es ya un reflejo, un impulso automático. Yo quiero hacerme preguntas que exijan respuestas no rutinarias, preguntas que me obliguen a tomar decisiones únicas y originales que establecerán nuevos hábitos y normas de conducta precisas más correctas. Quiero ver el calendario de horarios.

_ Pero si predominan las decisiones no programadas, si te enfrentas con tantas cuestiones nuevas que la programación resulta imposible, entonces la vida se vuelve dolorosamente desorganizada, agotadora, y llena de incertidumbre, quizás, incluso de angustia y un autentico caos y esta situación llevada a su extremo terminará en psicosis… a ti que tanto te gusta el cine, recuerda la famosa película del maestro del suspense Alfred Hitchcock. Recuerdo como termina Norman Bates. Loco.

_ ¡Me agrada la locura!

_ Estamos en Grecia, nada en exceso mi buen amigo.

Y un silencio suave se perpetuó para acariciarlos por la espalda desde la cintura hasta la nuca. Eran aproximadamente las dos de la madrugada. Los demás continuaban descansando en una noche estrellada. Terminaron la botella de güisqui. Iván había bebido tres veces más que Oscar.

_ ¿Estás de vacaciones Oscar?

_ ¿A que viene esta pregunta idiota Iván?… ¡estás borracho!

_ Yo creo que en la escuela de la vida no hay tiempo para las vacaciones. Reconozco que soy muy radical en mis posicionamientos, sin embargo, me considero una persona flexible porque escucho con atención a los demás, y soy tolerante con sus planteamientos. Intento comprender los puntos de vista de las demás personas sin censurar ni criticar. Así es como reafirmo mi actitud –y viendo que Oscar no decía nada continuó su exposición-. Quiero una vida sencilla pero necesito complicármela de cuando en cuando, de lo contrario no me siento satisfecho. Me gusta hacerlo para comprobar que puedo solventar los problemas, curioso, ¿verdad?

Oscar se limitó a encogerse de hombros pero no abrió la boca. Pensó que el peligro es la oportunidad para los hombres de coraje. No le dijo que él era uno de los pocos que se perfilan como verdaderos hombres de coraje, del cual el mundo está tan necesitado. Simplemente escuchaba con atención a Iván.

_ Se perfectamente que cuando termine de cambiar estaré acabado porque la evolución del ser humano no tiene fin –y calló un rato para ver si Oscar participaba.

Se abrió un espacio vacío que no tardaría en llenarse.

_ Iván, la adversidad puede ser muy grande, pero el hombre lo es más todavía y puede con ella. Jamás he visto a un ser salvaje compadecerse de sí mismo. Y no sé bien por qué.

_ Porque vivir con miedo es vivir a medias. Las cosas no salen por casualidad ni de forma espontánea. Las cosas son el fruto del trabajo disciplinado, de la fe en la búsqueda, de la perseverancia en el empeño. Y salen cuando hay sacrificio. Tu mundo real Oscar, está en tu mente latiendo desde lo más profundo de tu corazón, pero no veo que se refleje en tu actuación. Tu comportamiento no habla como lo hace tu ser interior. ¿Eres honesto contigo mismo? Dime Oscar, ¿eres feliz?…

_ La felicidad es como una sábana que deja al descubierto una parte de tu cuerpo. Cuando intentas taparte los hombros, al estirarla, te quedan al descubierto los pies.

Oscar hizo una pausa al tiempo que se levantaba y estiraba los brazos apuntando al firmamento con los dedos extendidos como si realmente quisiera tocarlo.

Llevaban muchas horas sentados, pero su conversación no tenía fin.

Oscar no podía mantener los labios sellados.

_ Entiendo que ser deshonesto es ser falso o ficticio, una especie de impostor. Estoy convencido que estoy hecho de buena pasta. Por esto reconozco que no soy todo lo feliz que puedo. Quizás necesite una sábana más grande. Debo ser honesto… sobretodo contigo mi amigo. La honestidad expresa respeto por uno mismo y por los demás. Tiñe la vida del color de la confianza y del sonido de la sinceridad. Toda actividad social o empresarial requiere de una acción concertada, de lo contrario, se adultera cuando la gente no es franca.

_ Sí, sí, por ahí voy yo, por lo profesional, ¿te dedicas realmente a lo que te gusta o estás amarrado al pasado y actúas por inercia como tributo a tu padre?

Oscar no le respondió. Seguía de pie.

Anduvo hasta el extremo del Aristos. Se paró. Se sentó en el suelo de la cubierta y permaneció largo tiempo reflexionando.

Pasaron veinte minutos y todavía permanecía quieto y pensativo hasta que se incorporó, y con la misma lentitud, recorrió la cubierta del velero. Y cuando llegó hasta Iván, le habló.

_ Pues no lo sé, …no sabría contestarte.

_ Tú sabes actuar justamente. Persigues la verdad desde que tengo uso de razón. He caminado a tu lado aun en la distancia Oscar. Nuestra amistad está por encima de las barreras físicas y psíquicas y algo me dice que tú no eres abogado.

_ Iván, me estoy preparando para juez.

_ Pero Oscar, define qué tipo de persona eres y cuál te gustaría llegar a ser y trabaja a partir de ahí, no sentado en lo alto de un sillón del Tribunal Supremo. Has sido tú quién ha hablado de honestidad. Nada más si consigues ser el amo absoluto de tu persona tendrás autoridad para participar en la vida desde la más pura esencia, y, ¿no es en esto, precisamente, en lo que tú siempre te has concentrado?

_ Creo que sí –musitó indeciso Oscar un poco aturdido.

_ Pues como su señoría, con el mazo en una mano y los libros de leyes en la otra, negarás tu evidencia. Y con el pasar de los años te darás cuenta que efectivamente no eres todo lo feliz que habrías podido ser. Oscar, Oscar, mi buen amigo Oscar. Los humanos hemos inventado reglas para quebrantarlas. En estos momentos se están cometiendo dos crímenes, pero en el primer caso, el ladrón que roba por necesidad, probablemente no se haga con el suficiente dinero para comprar su libertad. En el segundo caso que se repite año tras año, por ejemplo, un industrial vierte residuos tóxicos en el río a sabiendas que contamina e infringe la ley y será condenado, pero la multa que pagará no es ni el cero coma cinco por ciento del dinero que se ahorra escupiendo sus excrementos en la cara de los demás, simplemente, porque puede contratar a un abogado que encontrará una artimaña donde esconderse, porque si se busca  siempre se encuentra un agujero legal. Por tal motivo no creo en las leyes. Cuando no son insuficientes, sólo afectan a una capa concreta de la sociedad. Quienes las hacen se benefician. Me da asco. Si creo en una justicia universal pero no en la ley con la que pretendes administrar justicia. ¡Hay que cambiar el sistema!

_ Un error no se convierte en una falta grave hasta que no lo ignoras.

_ Pues que te crees que hacen los hombres poderosos. Tiran la piedra y esconden la mano señalando una víctima que colgar en la plaza pública. No sólo ignoran, si no que actúan de manera intencionada, y eso no es una falta, es el drama humano. Hay dos instituciones de las que quiero mantenerme tan lejos como me sea posible: las entidades financieras y los tribunales de justicia. Los bancos por su flagrante usura. Te dan un paraguas que te quitan cuando comienza a llover. Y los tribunales, por su nefasta actuación en terribles casos como la presa de Tous o el aceite de colza. Hacen perder el tiempo y el dinero de la gente sin recursos con falsas esperanzas, qué bajeza! Estos dos poderes fácticos me repugnan sobremanera –Iván se había excitado. Le hervía la sangre. No soportaba las injusticias.

_ No odies tanto. El odio sólo perjudica. Es un sentimiento que te pudre por dentro. Y a quien va dirigido, sea una institución o una persona, probablemente no le afectará porque no se enterará y si lo hace, le traerá sin cuidado tu opinión. Al margen de tus sentimientos, bancos y tribunales existirán eternamente Iván. No cojas mala sangre o te harás viejo enseguida.

_ Odiar, yo… eso me daría dolor de cabeza. Y ah! Únicamente es viejo aquél que en vez de proyectos tiene recuerdos –intentó relajarse un poco antes de continuar-. Pero volviendo a tu naturaleza Oscar, creo que no debes ir contra ella. Estoy seguro que no has rozado su delicada textura. Tienes necesidad de realizar obras, lo dicen las inquietudes de tu pensamiento que no desfallece. ¡Pues despierta sensaciones y sentimientos en la gente en vez de silenciarte!… ¿a qué esperas? Si no te desprendes de tu energía explotarás. ¿No te gustaría ser nómada como yo? ¿Buscar hasta encontrar surcando toda clase de mares?

_ No se si quiero ser tan bohemio. Me gusta descubrir, pero me asusta explorar territorios perdidos si también hay que experimentar en la propia carne ciertos peligros. Prefiero el trabajo científico de laboratorio. Menos arriesgado. Analizo síntomas y fabrico antídotos que eliminen los devastadores efectos de mis células malignas. Soy astrónomo. Yo no soy un astronauta como tú.

_ Pero Oscar, que sepas que yo no paso por alto que haces mucho menos de lo que podrías llegar a hacer si te decidieras a lanzarte, a explorar el universo. ¿Por qué no te diriges abiertamente hacia aquello que sí puedes dar, para lo que vales! No defraudes a la vida. No actúes como si te quedaran todavía cien años de vida.

_ ¿Consideras que saturo mi existir con actividades secundarias? ¿Crees que tiene poca trascendencia ganar un difícil pleito? ¿Sabes cuantas personas agradecidas estrechan mi mano cada mes? ¿Pero qué te pasa?…

_ Creo, sinceramente, que puedes dar mucho más. Creo que tu actualidad cotidiana te obliga a que lo mejor de ti se quede oprimido en tu pecho. Aquello para lo que estás más capacitado y que probablemente el mundo tenga necesidad, aquello que la gente reclama para lo que posiblemente estás predestinado, como regalo a tus semejantes, algo magistral y desconocido hasta ahora… ese proyecto existencial… es nada más una semilla que debes alimentar. Construye algo nuevo porque tú puedes hacerlo Oscar.

Iván se incorporó. Se acercó al timón. Y se volteó para mirarlo fijamente clavando los ojos en sus ojos y lo hizo. Realizó un movimiento clarificador al tiempo que decía con una voz exageradamente honda salida de ultratumba

_ Pega un golpe de timón… un cambio de rumbo de tan sólo unos grados al principio de un viaje supondrá una posición considerablemente distinta mar adentro.

El velero todavía se tambaleaba a causa del golpe de timón.

_ ¿Debo estudiar nuevas asignaturas?

_ Debes seguir estudiándote a ti mismo y continuar aquello que expresaste en tu juventud. Haz tu recorrido habitual de manera diferente. Vive lo ordinario de una manera extraordinaria. Oscar, sin tu propia auto aceptación, nunca podrás asumir la soberanía y la fortaleza indispensable para ser realmente auténtico acogiendo la vida como un obsequio. En nuestro encuentro en París, te definiste magníficamente: “un ser con potencial sumamente potente” dijiste. Responde pues a tu especial llamada. Pon a trabajar tu voluntad y tu inteligencia. Sigue tu impulso espiritual que sé que es muy fuerte. Solamente así encontrarás tu ansiada armonía porque Oscar, tú eres un ser exclusivo. Y si sabes quién eres sabrás a donde ir.

Con disimulo empezaba a nacer un nuevo comienzo. La tenue luz del día iluminó la oscuridad nocturna. Un amanecer lleno de promesas y bendiciones se mostraba con los primeros rayos de sol. La chica del pelo largo hasta la cintura salió del interior del velero medio dormida. Aún se frotaba los ojos cuando Iván la cogió en brazos y saltó por la borda con un grito que ensordeció el silencio. El mar abrió sus fauces para tragárselos.

_ Quise tener un feliz despertar y necesitaba desvelarme junto a ti preciosa –le dijo mientras ella lo golpeaba en el pecho una vez hubieron subido a bordo, llena la boca de griego y los labios de Iván.

Se encaramó hasta la punta del mástil y voló para besar el fondo del mar mientras Oscar se lavaba los dientes junto a la otra griega que se burlaba por lo sucedido enojada con Iván porque no se lo había hecho a ella. Y pasaron el día navegando.

Y a ese día le siguió otro, y otro, todos igual de intensos, calurosos, mojados, visitando una isla tras otra y refugiándose de noche en la cala inmediata más tranquila donde llegaban olas de agua cristalina.

Colocaban el velero en posición estratégica; una especie de culto esotérico que practicaba el capitán.

El último día lo pasaron en tierra firme en un pequeño pueblo de pescadores familiares de las chicas, y a la orilla del mar comieron musaka y suplaki y ensaladas sin hojas de lechuga deliciosamente aliñadas con un espléndido aceite de oliva. Grecia es un país reconocido mundialmente por la construcción de gran cantidad de magníficos barcos y la exportación de mármol de calidad, no sólo por las grandes extensiones de aceituneros.

Durante la velada estuvo presente el vino que tumbó a Oscar a su llegada cuando desconocía la costumbre que deben llenarse los vasos por la mitad. A los griegos les gusta servirse varias veces porque así parece que beban más.

Se mantuvieron con los pies descalzos con el agua remojándoselos durante la cena y luego de reír y cantar y de bailar y bailar en la arena, probaron el agua ardiente tradicional del lugar, y más tarde, los dos amigos se alejaron.

Uno llevaba bajo el brazo una botella de güisqui por estrenar. Bajo el brazo del otro se ocultaba un magnífico melón que habían abierto previamente para asegurar su paladar. Hicieron una hoguera y se tumbaron en la playa y durante un buen rato ninguno habló. Ambos contemplaban las estrellas.

_ No llores si no ves la luz del sol porque tus lágrimas no te dejarán ver la luz de las estrellas –inició Oscar la conversación con ésta bonita frase de Rabindanat Tagore.

Inmediatamente añadió Iván.

_ Aunque no llore, no serán mis lágrimas quienes privarán esa luz, sino los altos edificios de la gran ciudad. Ellos serán los culpables de que no vea las estrellas tanto como la polución que opaca el cielo.

_ Tu siempre tan pragmático Iván –le dijo al tiempo que le hacía cosquillas.

_ Debemos ser realistas –gritó mientras huía rápidamente de su amigo alzándose de pie y echando a correr.

_ Pero querer es poder. Esta es una frase que a ti te gusta mucho.

_ Sí, mientras no le tengas pánico a ser libre –contestó todavía lejos.

_ Iván, tú… ¿tú le tienes miedo a la libertad?

_ Recuerda amigo mío que yo le he perdido el miedo al miedo. Te lo expliqué en París –y se acercó a su amigo para señalar-. Cuando le hablé enojado directamente a la cara resulta que ya no estaba, le gané, rápidamente lo comprendí –se acomodó a su lado-. La libertad puede volverse una carga muy pesada. Algunas personas intentan esquivarla, y consiguen eludirla, subordinando sus acciones durante toda la vida. Siguen las directrices de terceros, de los que aparentemente parecen más fuertes. Escuchan y admiten indicaciones porque así no tienen que utilizar su propia iniciativa. Son los que se refugian en el grupo, en la seguridad del colectivo. Ensalzan la libertad mientras besan sus grilletes.

_ Estoy de acuerdo contigo Iván, yo también creo que mucha gente no quiere asumir responsabilidades de ningún tipo –le dio un pedazo del jugoso melón. Se cortó otro igual para él.

_ Existe la facultad de escoger por nosotros mismos desde la más tierna infancia, pero mucha gente, principalmente las personas que sus padres no potenciaron la posibilidad de elegir libremente, les entran dolores de estómago cada vez que tienen que tomar una decisión importante hasta el punto de aplazarla al día siguiente de manera reiterada –sorbió un trago de güisqui directamente de la botella-. El mañana es el refugio de los cobardes –añadió entonces.

_ Y el de los holgazanes –apostilló Oscar-. Tal vez, al fin y al cabo, yo no sea más que un holgazán temerario. Pero es que en ocasiones no sé a que te refieres cuando…

_ A mí me gusta la libertad! Es más, la preciso tanto como el aire que respiro porque la libertad escrita con mayúsculas, es una de las condiciones más apreciada por los animales y yo, soy un poquito animal –se hizo pasar por una gallina, un caballo, un cordero, además de un loro, un gato, un perro y un asno, dejando perplejo a Oscar ante el fantástico repertorio de animales que de haber cerrado los ojos, los sonidos le hubieran sugerido una granja-. ¿Por qué espantar la autonomía?… si es la oportunidad de gobernarse a sí mismo.  ¡Tú debes ser tú para ti mismo!

_ Interpreto que para ti Iván, la libertad es una meta conquistada cuando para la mayoría de las personas se trata de una amenaza terrible y peligrosa. Pero quizás esta innata independencia tuya no sea más que un capricho con en el que te empecinas.

_ Oscar, que las demás personas, en general, respiren un desesperado anhelo de sumisión, una obediencia pusilánime arropada por su docilidad y conformismo, solo contribuye a la existencia del fenómeno del tirano, simplemente porque les resulta más fácil que sean otros y no ellos quienes tomen las decisiones y carguen después con las consecuencias, buenas o malas, pero fíjate que cuando están jalonadas de éxitos, entonces les embarga un sentimiento de continuada hostilidad, apareciendo esa sensación de odio y amor al mismo tiempo porque otro ha hecho algo que ellos no se atrevieron a hacer, aunque pudieron, pero tuvieron miedo. Y el miedo es un lastre pesado.

_ Me haces pensar en el sistema medieval –señaló Oscar-. La sociedad feudal, cuando cayó, tuvo un doble resultado porque dejó al individuo completamente libre para que hiciera aquello que quería pero a su vez, le arrebató su seguridad, le privó de la estabilidad de la que se beneficiaba, de su sentido de pertenencia a una forma de hacer y de ser, arrancándolo del mundo que había satisfecho sus necesidades. Y entonces, esa gente se angustió… porque realmente eran libres.

_ Pero ese individuo era libre para pensar, libre para hacer con su vida “algo”… no lo que le exigía o mandaba hacer su gran señor, si no aquello que consideraba apropiado según el propio criterio personal, sin obligaciones ni drásticas imposiciones. Creo que tuvo miedo a esa emancipación porque nadie le había enseñado qué era la libertad. No sabía cómo se disfruta de la libertad. Me gustaría dar largas clases sobre este tema –y se incorporó para lanzar unos troncos al fuego.

_ Creo que este aspecto de la vida lo dominas sobradamente Iván. Si hubieras nacido en la época medieval, hubieras sido la oveja negra descarriada del rebaño que lo hace para mostrar otra opción. Hubieras sido maldecido por ello. Pero, ¿te imaginas?…

_ No me da miedo ser diferente o que los demás me vean distinto y me increpen. No pienso abandonar uno de los ejercicios más rigurosos de la vida. La libertad es un instrumento que tengo en mis manos y lo guardo como si fuera mi más preciado tesoro. Y tú, Oscar, ¿ejerces tu derecho a ser libre o eres otro marginado más, confiesa a hora o nunca!

_ Yo me autocontrolo –se apresuró a decir-. No creo que por ello mi libertad esté recortada. Intento hacer en cada momento aquello que entiendo que debe ser lo más correcto.

_ ¿Pero correcto respecto a qué… a quién? ¡Conduces tu vida con el freno de mano!

_ Mi vida no es como la tuya que va a trompicones. El autocontrol es saber dar lo mejor de ti mismo en cada situación.

_ Pero si estás inmerso en tu situación de…

_ ¿Qué quieres decir? No entiendo Iván –de repente Oscar se había molestado.

_ Yo voy en busca de situaciones en las que me sumerjo y a las que me adapto hasta encontrar la “mía”, en cambio tú… ya te digo, estás estancado. Yo soy como un río que fluye por el monte en busca del mar abierto, pero tú, Oscar… tú eres un estanque cerrado. No eres agua fresca en movimiento.

_ Pero en mi estanque nacen renacuajos, se bañan los niños, se provee a los hogares con el agua del embalse. ¡No conseguirás hacerme llorar!

_ Llorar es bueno. Pero es mejor llorar mientras se trabaja sembrando una nueva cosecha que hacerlo sentado de brazos cruzados por la cosecha perdida.

_ Tus ideas son como caballos salvajes que saltan y asaltan Iván.

_ Pero las educo con paciencia y no me importa que me tiren de vez en cuando golpeándome de bruces contra el suelo.

_ Pero te vas de un lado a otro mientras brincas. Mira tus empleos. Eres un culo que no puede permanecer quieto en una silla, ¿por qué no te ayudas?

_ Nunca sabré de lo que soy capaz si no indago. Las cosas nos afectan si nosotros queremos y porque así lo permitimos. El triunfo lo consiguen aquellos que exhaustos, son capaces de aguantar un asalto más… con todos los limones que encuentro a mi paso haré una espléndida limonada, ¿no entiendes?

_ Sospecho que contigo no hay quien pueda –y se incorporó para remover el fuego.

_ ¿Envidia?…

_ No tendría autocontrol si la sufriera. Los pensamientos obsesivos desencadenan dramas y tragedias. Nuestra rivalidad, por ejemplo, es sana Iván. Hay que desterrar la envidia porque causa dolor a unos y a otros.

_ No me gustaría ser maltratado por ti Oscar, pero si injustamente llegase ese momento, sepas que reaccionaría con contundencia. ¡No me jodas Oscar, no se te ocurra nunca joderme!

_ Nunca es mucho tiempo Iván. No se me ocurriría intentar cambiarte la personalidad. Intento llamar la atención sobre aquello que considero una equivocación, un error, y lo hago de manera indirecta, pero ya veo que la sutileza no me acompaña. Soy de los que hacen preguntas en vez de dar ordenes. Encontrar defectos es demasiado fácil.

_ Intenta practicar la crítica constructiva –señaló Iván-. Cuando aportas ideas positivas en vez de problemas sostienes el mundo en tus manos. Mira, yo no soy de los que precisen de la aprobación de los demás. Lo que tú piensas de mi Oscar, no es más importante que mi propia opinión. Mi autoestima es mi mejor escudo contra los envenenados dardos que van a lanzarme con malicia los despectivos entes que pululan por la sociedad. La libertad de expresión es asimismo un derecho, pero solamente para quien la enfoca de manera constructiva. Juicios de valor, afirmaciones gratuitas, comentarios subjetivos… Yo no voy a alimentarme con semejante basura. Son ellos los que se desacreditan -miró fijamente a Oscar-. No lo digo por ti amigo mío, pero es muy habitual criticar a los demás con descarada hipocresía. Cualquier tonto puede hacerlo y de hecho, casi todos los tontos lo hacen sin ni siquiera saber bien con qué finalidad.

_ Probablemente para evitar mirarse al espejo –dijo Oscar-. Sabes, yo también tengo imperfecciones.

_ Pero yo nunca intentaría ridiculizarte por ello. Jamás. Al contrario. Intentaría elogiar alguna de tus cualidades, porque las tienes. No te censuraría. Ni protestaría. Ni tampoco me quejaría por tu comportamiento si haces algo que me desagrada. Primero, sé que no lo harás, y segundo, tolero y respeto mientras no me agredas intencionadamente y con maldad. A mí me gusta mucho que me hablen de mi propia persona y si la aportación está llena de contenido y su perspectiva es interesante, apreciaré el hecho aún cuando se hable de mis defectos. Incluso entonces lo agradeceré. No admitir corrección ni recomendación es pura pedantería. Soy receptivo a la crítica constructiva porque es el camino para mejorar. Puede ser que no vea algo y me gustará que tú, Oscar, me lo expliques a tu manera, porque sé que no hay ánimo de ofensa en tu palabra.

Iván lo había advertido hacía rato, pero dejó que curioseara hasta que Oscar se sobresaltó al notar inesperadas cosquillas en sus desnudos pies. Y encogiéndose, con su mirada clavada en la cosa vio como Iván agarraba al gigantesco cangrejo con su mano cerrada presionándolo fuertemente para que no pudiera mover las pinzas. Lo acercaba a la orilla para soltarlo junto a las rocas de donde había salido a pasear cuando pálido bramó Oscar:

_ ¡Podías haberme avisado!… –pero Iván regresaba al lugar llevándose la botella de güisqui a los labios apurándola hasta terminarla.

Aquella playa no permitió que el velero fondeara cerca. Gritaron padre e hijo desde la pequeña lancha que comandaba un tío de las chicas, pero ni Oscar ni Iván contestaron. Simplemente levantaron sus cabezas y ambos al unísono agitaron su mano en alto para saludarlos viendo como partían. Se había acabado la leña y el fuego se extinguía.

_ Por cierto… ¿cuáles son las parcelas equivocadas de tu carácter Iván?

_ Serían la impaciencia y lo radical y exigente que soy –confesó sin titubear-. Me gusta tu pregunta… te voy a contar algo, mira, yo reconozco básicamente ocho áreas que paralizan al individuo: la nula autoestima, la búsqueda constante de la aprobación ajena, el absurdo sentido de culpabilidad, la insatisfacción por incumplir las expectativas de los demás, la inseguridad abrupta, la codicia, el odio y el miedo. Todas estas áreas son comportamientos autodestructivos de los que me gusta prescindir. Por ejemplo, el sentido de culpa, es malgastar el momento presente dejándonos inmovilizar a causa de un comportamiento que tiene que ver con una actuación pasada, por consiguiente, algo insalvable que ya sucedió y quedó atrás y en cualquier caso ya no tiene remedio. Continuar insistiendo te mantiene inoperante. Es como remover la mierda… bueno, disculpa mi léxico. Lo que quiero decirte Oscar, es que yo no me sonrojo al afirmar que me amo. No me importan los comentarios… así que déjame decir MIERDA si me apetece! Tengo seguridad en mi persona y aborrezco la mentira.

_ Tengo la sensación que te has propuesto proporcionarte placer y satisfacción gozando de la vida en plenitud de facultades. Pero permíteme. Aunque sea involuntariamente, sí mientes porque te escondes detrás de la máscara, y pasarás a ser un producto acabado y precintado si consientes que la sociedad te almacene en su galería de especimenes raros y… por qué no reconocerlo, se limitará tu crecimiento humano si esto llega a suceder, ¿no te preocupa?

_ Oscar, quien se rebela, se rebela contra algo. Yo permanezco salvaje en estado puro. Varío mis máscaras una vez se quedan obsoletas o están sucias y arrugadas. Las deshecho cuando ya han cumplido con su finalidad. No voy por ahí con la disculpa hecha a medida. No tengo porque. Me limito a ser nada más. No me pre-ocupo. Me ocupo. Y no por ello me siento culpable, aun si mi actitud hiere a los demás. No daño por gusto.

_ ¿Y si otras personas intentan inculparte respecto a algún incidente feo?…

_ Yo nunca me abandonaría a los deseos de los demás. El sentido de culpabilidad no es una manera natural de operar, por eso es contraproducente. Lo importante es lo que yo piense y asumir mis actos. No pienso caer en la trampa valorar más a los demás que a mí mismo. No voy a convertirme en su víctima. Nunca podría ser pasivo frente a un explotador. ¿Tú eres vulnerable a la sensación de culpabilidad? Piénsalo, …sería una especie de autosuicidio.

_ Evidentemente que tal como lo presentas es un sentimiento nefasto –dijo Oscar-. Creo que nadie me controla emocionalmente. Pero… ¡confiésame! Antes te he preguntado a cerca de alguna parte de ti que admitas como equivocada y…

_ De niño fui un ladrón –asevera Iván.

_ ¿Cómo que fuiste un ladrón?

_ Obligado a quedarme en la azotea de la escuela por largas horas al mediodía, cuando la celadora no me veía, me gustaba correr escaleras abajo escapando sin más intención que romper la monotonía. En una ocasión, al abrir la puerta del aula encontré ropa en los colgadores. Metí la mano para hurgar en los bolsillos. Lo repetí demasiadas veces, incluso en los vestuarios del centro donde practicaba judo. Gastaba cada billete que hurtaba con avidez. Sin embargo, no me siento culpable por eso. Pasó. De nada sirve avergonzarme hoy. Reconozco el hecho y la manera de olvidarlo es comprometiéndome a no repetirlo.

_ ¿Pero no sientes remordimientos?… ¿no te sientes culpable de haber robado?

_ En vez de sentirme culpable por lo que ocurrió ayer, me propongo mejorar en el ahora mismo. Me concentro en esta conversación. Me concentro en el aquí, en esta playa griega. En las estrellas. En el rumor del mar. Y admito mi error para no volver al malestar de entonces, aunque si quieres una confesión: me lo tomé como un juego, una manera de llamar la atención de los mayores publicando que hacía lo que quería. Fui torpe para que me pudieran pillar, sí, lo sé ahora. Y a cerca de los remordimientos… son una gran perdida de tiempo; tiempo que puedes destinar para cosas maravillosas mucho más saludables. Evito caer en este oscuro y desagradable pozo sin fondo.

_ Tienes razón Iván, la culpa ocasiona presión y a menudo está injustificada. Y puede ser que provenga de una interpretación equivocada o también puede ser que pretendan atosigarnos para manipularnos inventando culpabilidades. Hay que reconocer un comportamiento erróneo para no caer en la trampa.

_ Obviamente Oscar, una parcela del carácter que paraliza debe eliminarse, sin olvidar que un error debe rectificarse y evitar que se repita, pero …. –y los dos exclamaron a la vez:

_“ ¡ SIN CULPA ! ”.

Tenían ganas de proseguir con la conversación pero ambos se vieron agobiados pensaron que tendrían que nadar trescientos cincuenta metros en la oscuridad cuando vieron regresar al hombre con las bolsas de sus sobrinas que iban a pasar unos días en el simpático poblado pesquero sin completar la apuesta. Al recibir a su tío en la orilla, lanzaron una mirada furtiva a Iván antes de adentrarse en la casa. Las dos se habían propuesto enamorarlo y las dos habían fracasado.

_ La falta de autoestima es un grave problema demasiado habitual en nuestros días, y esto entorpece el desarrollo de las personas –dijo Iván-. ¿Si tú no te amas a ti mismo como puedes amar a otras personas? Debemos apreciar a la persona más emblemática y valiosa porque es primordial, estimulante, atractiva. ¿Sabes de quién hablo Oscar?

_ De ti –y lo señaló apretando el dedo contra su pecho.

_ Sí, bien, claro, …de mí, pero también hablo de cada uno de nosotros, de todos, todos somos seres llenos de vida, gracia, belleza, fuerza, amor. No es malo amarse. Yo no permito que los acontecimientos, la familia o la sociedad me mantengan a raya. Me expreso a mi manera, ni bien ni mal, sino como yo sé hacerlo. Tal como nace de mí. Con mi criterio y mi propia escala de valores lejos del qué dirán o del qué pensarán los demás.

_ Pero Iván, el consentimiento de los demás es agradable, reconforta.

_ Pero nunca es necesario Oscar. No es imprescindible para que tú disfrutes de la felicidad. Yo no necesito buenas calificaciones, ni cartas de recomendación o títulos universitarios. Mi gesto avala mi persona –se acercó a su amigo-. Oscar, tú debes sentirte bien contigo mismo y acostarte tranquilo cada noche orgulloso de tus actos. Si puedes prescindir de la aprobación de los demás, sobretodo de la búsqueda constante del consentimiento antes de hacer nada, como por arte de magia, la inseguridad desaparecerá sin que ya nunca más te angustie y recuperarás tu lucidez, pero si las opiniones ajenas son más importantes que las propias, sin duda perecerás, porque influirán negativamente en todo aquello que realizas. Fíjate en un detalle: se acostumbra a hablar en negativo, nunca se ensalza lo positivo. El mundo requiere de un mayor número de optimistas o, más bien, de personas que midan sus palabras y no abran la boca si lo que van a decir no es más bello que su silencio.

_ No se debe convencer a nadie que no sea uno mismo, ¿verdad? –Oscar se rascó detrás de la oreja-. Sigues siendo tan espontáneo. No cambies nunca. ¡Sabes bien que eres irrepetible!

_ Ahora me saldrás con aquello de que conmigo rompieron el molde.

_ Iván, tú tienes opinión. Sabes como defenderla. Y la llevas a cabo. Eso tiene que ser muy estimulante. Yo tengo ideas y sentimientos que no sé cómo hacer para que salgan al exterior, lo reconozco. Puedo defender con plena convicción y seguridad mis planteamientos, pero no sé exactamente cómo materializarlos, es cierto. Únicamente tengo argumentos. Creo que buenos argumentos, pero sólo argumentos, bastante dispersos que de nada me sirven, bueno, en mi trabajo sí me sirven.

_ Un buen día, no te darás cuenta y todos esos argumentos cristalizarán y saldrán a la luz pública y será un momento de éxtasis por todos lados. No hace falta que desafíes tu individualidad, eso déjamelo a mí. Acéptalo y resígnate. Constantemente estamos perdiendo y ganando algo. Nuestra existencia, puede parecernos imperfecta, pero todo sube y baja permanentemente. No son las cosas las situaciones o las personas quienes causan felicidad. La causa de la felicidad es la forma como escogemos cada uno de nosotros de enfrentarnos a cuanto nos brinda la vida. Todo mal nace de nuestra propia actitud respecto a eso. La suma de nuestra mente y de nuestro corazón dirige nuestro comportamiento. Tú, amigo mío, eres todo pensamiento desde el sentir de un corazón amable y yo, pura acción, la de un potro desbocado que corre por la pradera sin maldad, pero que daña con su paso la hierba porque mis penetrantes pezuñas se clavan en la tierra dejando una huella imborrable. Juntos podríamos hacer un ser perfecto –y los dos se rieron escuchando el sonido extraviarse en el horizonte abierto.

_ Pero deberíamos estar bien conjuntados –apuntó Oscar-. Unirnos. No que cada vez actuara uno de nosotros sólo, ignorando la naturaleza del otro. No uno y después el otro sino ambos juntos al unísono, ¿qué te parece?

_ ¡Pues claro Oscar, claro! Mira mi buen amigo, lo que te está ocurriendo no tiene porque gustarte. Seguramente es parte de un proceso. La vida es dura y compleja y a menudo cruel, pero debemos minimizarla, relativizar las cosas para que sea el máximo de confortable posible. Probablemente sufrirás algún tipo de experiencia odiosa y repulsiva e incluso hostil, en un principio mala y funesta, quizás una gran tragedia, pero esto que inicialmente es desagradable, negro, hiriente, a la larga favorecerá tu crecimiento personal. Te hará madurar y comprender acercándote a la verdad.

_ Iván, yo no quiero sentirme malhumorado, preocupado, enojado, disgustado o resentido. Sería muy desgraciado si así ocurriera.

_ No lo hagas. Te convertirías en miseria humana, en un trapo sucio.

_ La entrega interior en busca de mi comprensión me lleva a una explicación indefinida que no consigo descifrar, pero la acepto. Y me resigno. Eso es todo.

_ ¿Y te aceptas a ti mismo?

_ Bien Iván, pues, …buena pregunta! No me desagrada mi apariencia física, aunque no sea Robert Redford; ni mi capacidad intelectual, aunque no sea Albert Einstein; ni tampoco me desagrada mi estado fisiológico…

_ ¿Aunque no seas quién?…

_ Déjalo. No quiero bromear. Sí. Me acepto. A nivel anímico, y respecto a mi salud con mis carencias y debilidades. También me agrada mi profesión y la posición económica y social que he conseguido gracias a ella.

_ Todas esas parcelas pueden analizarse por separado y sin embrago, todas ellas están relacionadas entre sí. Eso configura tu autorretrato, una especie de puzzle de piezas grandes y pequeñas, de varios colores, pero sólo que una de ellas esté mal colocada, todas las demás quedarán en inarmonía. Francamente Oscar, creo que hay una pieza que ha sido presionada, ha entrado forzada y a primera vista, encaja, pero cada vez ejercerá más y más presión con sus vecinas piezas hasta que salte ese mosaico por los aires. Y cuando la equivocación venga a tu encuentro, mal decirte y despreciarte, solamente te llevará al inmovilismo perjudicándote en grado mayor. La decisión acertada será rectificar y no seguir, no repetir, pero asociarlo con la autoestima será un grave error, porque a su vez incidirá en la autovaloración. Y provocará más inseguridad. Lo intuyo así, me disculparás, pero es una melodía que susurra alguien desde un extraño lugar.

_ Rectificar es de sabios –afirmó Oscar con el  tono muy bajo.

_ Yo creo que es de sabios no equivocarse. Tú sabes reflexionar, sabes hacerlo, pues no te quedes ahí, hazlo en relación al resultado de tus acciones y sobretodo, acerca de la actividad que desarrollas. Analiza tu conducta como tú muy bien sabes hacerlo. Tienes una personalidad propia y debes defenderla. No te afierres a la comodidad de tu profesión. No creo que vayas a ser siempre abogado. ¡Otra vez esta insolente señal!

_ No, únicamente abogado no. Ya te he dicho que quiero ser juez –su voz denotaba cansancio.

_ Pero Oscar, cuando seas juez, deberás regirte por las leyes establecidas. No podrás impartir la concepción de tu propia justicia. Tendrás que dictar sentencias siguiendo unos parámetros preestablecidos. Y esas leyes cambian porque los legisladores así lo quieren pero eso nada tiene que ver con La Justicia. Cuando “X” es considerado un fraude se modifica “Y” para que no afecte a un miembro de la alta burguesía a quien han pillado por no hacer la trampa correctamente. Las leyes las hacen unos cuantos para saltárselas desde el anonimato. Tú no estarás a gusto aplicando normas con las que no estás de acuerdo. Tú tienes la capacidad de crear un reglamento propio y personal. No tienes que pedir disculpas por ser distinto a los de tu generación. No precisas la autorización de nadie para realizar tu obra –hizo una breve pausa-. Mírame a mí. Es imposible pertenecer a esta sociedad sin de algún modo provocar la desaprobación de la gente. En la actualidad se requiere de grandes dosis de confianza para mantener los propios ideales. Nunca podrás complacer a todo el mundo aunque tengas muy buena predisposición. Y no puedes ser esclavo de los demás. Sólo se vive una vez. Yo quiero hacerlo a mi manera. Tú también Oscar, intenta actuar sin permitir que te coarten o te anulen. Tú serás tu peor enemigo tanto como tu mejor amigo, además de yo, claro, pero Oscar, lo que intento decirte es que no necesitas a los demás para subsistir… ¿me oyes Oscar?, ¿OSCAR? –pero Oscar había caído derrotado por el cansancio sumiéndose en un profundo sueño.

Entonces se le acercó a la oreja y le dijo lo siguiente:

_ Amigo mío, estás en un callejón sin salida que acabará por matar tu esencia, disminuirá tu energía, y malgastará tu talento sino despiertas. Despierta Oscar, despierta amigo mío mientras descansa tu alma tranquila.

Iván le había pellizcado el alma con más fuerza que en París para que Oscar asimilara lo oculto de su personalidad humana, aquello que forzosamente debía poner al descubierto para emprender por fin el “afortunado trayecto”.

La vida va fluyendo y no espera. Iván se había agarrado con fuerza a su cola y zarandeado, daba continuos bandazos de un lado a otro. No le importaba el ayer y mucho menos el mañana. Solamente el presente y, muchas veces ni tan siquiera eso. Y sin pasado ni futuro no era correcto llamarlo presente. El ahora mismo; ese espacio de tiempo era toda su vida, su razón. Nada escapaba. Todo pasaba.

Iván no tenía tiempo de conocer a la gente en profundidad, necesitaba mucha gente para saciarse, y todo era transitorio. En alguna película de ciencia ficción había escuchado el término “transitoriedad” y, ciertamente, su agitada y promiscua vida carecía de relaciones duraderas.

Su vida se caracterizaba por una condición de elevada brevedad donde la duración de las relaciones con sus semejantes, no solamente con las mujeres, se abreviaba cada vez más. Realizaba cambios acelerados respecto a las personas, los lugares, los empleos. Incluso las ideas los objetos y las estructuras organizativas se gastaban demasiado rápido. Consumía sin apenas masticar. Devoraba. Y no conservaba nada.

Una frase de William James que decía -Las vidas fundamentadas en tener son menos libres que las fundadas en hacer- le permitía dar alas sueltas a su imaginación desmesurada y se atiborraba con sus necesidades temporales.

Su dependencia para con los demás, se limitaba a un aspecto muy fraccionado del círculo de actividad del otro y más que interesado en la personalidad de las personas con las que se cruzaba, le interesaba exclusivamente la eficacia del zapatero en cuanto le satisfacía la necesidad de arreglar su maltrecho zapato. Le tenía sin cuidado que su mujer fuera alcohólica o que a su hija la hubieran intentado violar.

Definía en términos funcionales de utilidad la relación con la demás gente. No se interesaba por los problemas domésticos del zapatero, ni tampoco por sus sueños esperanzas o frustraciones. Iván quería atravesar por todas las fases, por todas las posibles etapas cuanto antes. Tenía mucha prisa. Era del todo insaciable, pero se le escapaba un detalle: ese zapatero del cual solo valoraba su trabajo, en definitiva, era plenamente intercambiable por cualquier otro zapatero de iguales aptitudes. Al concentrarse exclusivamente en su destreza, dejaba marginada su humanidad. Marginaba sus sentimientos a la vez que se divorciaba de los suyos propios respecto a sus semejantes. Iván aplicaba un principio modular en las relaciones interpersonales.

Había dicho a su buen amigo Oscar ya en Paris “No tengo que preocuparme mucho por lo que hago o por lo que le digo, porque jamás volveré a ver a esa persona en un contexto semejante”. En su concepción del mundo, Iván entendía que un medio como el actual, donde nada es más permanente que el cambio, el intento de comprometerse plenamente con cada cosa o persona podía conducirle únicamente a la autodestrucción. De algún modo, su actitud era legítima y no se le podía censurar dado que mantenía muchas relaciones más o menos impersonales con la mayoría de las personas con quienes entraba en contacto. Se conservaba intacto de la agresión de una sociedad violenta que deteriora al individuo que, tocado por docenas de sistemas y centenares de señales lo intimidan y lo coaccionan. Prejuicios y mentiras por temor al que pensarán que parten de los celos o la envidia hacen que la hipocresía sea la primera expresión. Simplemente, no quería ahondar en esa persona con la que dudosamente volvería a coincidir. Y entendiendo lo agudo de la transitoriedad, mantenía contactos superficiales muy parciales con la gran mayoría de seres humanos excepto, por su puesto, con Oscar.

Para que Iván pudiera conocer a algunas personas mejor que a otras, apreciándolas y valorándolas, necesitaba reducir al mínimo sus relaciones y eso no entraba en sus planes. Hay un momento para cada cosa y esos eran momentos para conocer muy por encima a infinidad de gente variopinta a la caza de la que fuera según sus parámetros la más interesante para luego absorberla hasta vaciarla y lanzarla a la cuneta.

         Iván ocultaba su fondo sentimental escondiendo su naturaleza romántica bajo una apariencia brusca a veces y otras veces irónica. Era un perfecto comediante que conseguía disimular su emotividad bajo distintas máscaras. Pero esa «fachada» corría el riesgo de perpetuarse si reprimía durante demasiado tiempo su verdadera naturaleza.

Cualquiera podía enumerar sus cualidades y reconocer fácilmente sus habilidades pero desearían conocer mejor sus debilidades, sobretodo para sentirse un poco más tranquilos porque Iván en ocasiones intimidaba. Era una persona sobria, resistente, dueña de su realidad que había aprendido a mantener la sangre fría en todas las circunstancias habidas y por haber y no dejaba adivinar su sensibilidad a tal punto, que a veces la gente se preguntaba si realmente era capaz de conmoverse. Por ello era juzgado sin reservas. Nadie intentaba conocerle de verdad, principalmente, porque Iván no se dejaba. Evitaba implicarse con nadie. Le iba bien aquella coraza. Con ella se sentía a salvo del mundo y de la gente. Y a los que armándose de valor llamaban a la puerta, Iván los miraba con cierta condescendencia negándose a participar. Eran las mujeres en mayor número quienes entre las sábanas intentaban calar hondo en su espíritu nómada. Ese «control» del que hacía gala no era más que una manera de ocultar a toda costa sus dudas existenciales y sus carencias sentimentales. Así se replegaba tras las barreras infranqueables de su inexpugnable castillo encantado para encerrarse en la torre de marfil cuya llave no entregaba ni a los más privilegiados excepto, por su puesto, a Oscar. Nadie que no fuera Oscar tenía acceso.

Organizaba su vida con especial cuidado al margen de la desordenada apariencia que daba su exagerada espontaneidad.

Le gustaba ser bohemio, olvidando algunos detalles importantes de la vida cotidiana, descuidando todo cuanto a su entender carecía de interés. Podría decirse de Iván que era un virtuoso, pero no en un sentido religioso o moral, sino más bien en un sentido burgués de cálculo de sus posibilidades para bien y para mal. Su ambición y su orgullo le hacían llegar hasta el final, ya se tratase del plano afectivo o social, pero sólo Iván conocía esos límites y dónde terminaba cada asunto y por qué motivo lo hacía. Nunca le gustó dar ningún tipo de explicación a nadie, excepto, por su puesto, a su amigo.

Iván, simplemente actuaba. Ya está.

Iván pertenecía exclusivamente a Iván. Era coto privado.

Iván. Iván. Una vez conquistado el objetivo ya tenía otro en su punto de mira. Siempre corriendo detrás de un nuevo trabajo, una nueva conquista, una nueva vivencia, otro conocimiento mundano que almacenar. Siempre persiguiendo un nuevo resultado. Siempre en busca de un nuevo cualquier cosa. No se trataba del logro económico ni la consecución de una meta. No se trataba de vencer al propósito si no más bien, y por encima de todo, de ir tras la pista de una especie de extraña felicidad efímera. Necesitaba constantemente estar ocupado en lo que fuera con tal de romper la rutina y descubrir un algo nuevo, quizás, un nuevo placer tan recóndito como insospechado. Siempre buscaba como salirse de una situación compleja cuando ya la dominaba como a una fiera que se amansa. Sencillamente agotaba las situaciones y se marchaba a por otras distintas más complejas todavía.

Y se le admiraba sin reparo. Ya en unas colonias, cuando contaba tan sólo once años los monitores lo llamaron al aula y reunidos en un especial comité le rogaron que no se subiera más a ningún árbol. Iván no lo entendió. Subirse a los árboles era algo que había hecho desde que tenía uso de razón. Trepaba a los árboles porque estaban ahí, desafiándole, tentándolo para que lo hiciera. Nunca se había caído y siempre descubría la amplitud del horizonte cuando se encontraba arriba entre las ramas de las tupidas copas de los árboles más altos. Pero los monitores, responsables de la seguridad de todos los niños insistían en que no debía subirse y lo hicieron puntualizándolo con un extenso -por favor-. Iván no comprendía porque no podía subirse a los árboles. Algo escapaba a su alcance e insistió y volvió a insistir hasta que pronunciaron la palabra: líder. Fue entonces cuando descubrió esa palabra, su significado, y las posibilidades que se le brindaban. Sus profesores, le explicaron que algunos chicos tenían tendencia a imitar cuanto él hacía porque deseaban parecérsele y añadieron -Sin darse cuenta ponen su vida en peligro porque ellos no son tú. No dudamos de tu agilidad. No nos preocupas tú, si no ellos-; y ciertamente, el carisma natural de Iván marcaba la pauta allí donde se encontraba. Pero él nunca proclamaría su liderazgo.

Su tendencia precoz a amar en profundidad los placeres de la vida y esa búsqueda constante de realizaciones le hacían extremadamente inquieto. Su gran capacidad de sensualismo, su versatilidad y su don de gentes le conferían una genialidad un tanto agresiva. Desde muy temprana edad empezó a combinar la astucia y su habilidad particular con la oportunidad, pero con cierta prepotencia a la hora de imponer sus ideas conformo asumía un logro tras otro.

Su inusual destreza para las artes plásticas se había quedado en el colegio, pero se dedicaba a elaborar situaciones y modelar personas. Actuaba con gran rapidez sin dar tiempo a que reaccionaran los demás. Le caracterizaba su presteza a la hora de comunicarse, más con impulsivos actos que por la profundidad del razonamiento de sus palabras. Intolerante ante las irregularidades, Iván se movía a su aire. Era la libertad personificada.

Y amarle consistía en cierto modo en adivinarle y reconocer su hegemonía. Iván no buscaba a su alrededor personas serviles, ni tampoco esclavos. Sus relaciones íntimas, más allá de los contactos sociales, no eran fáciles. No hacía ninguna revelación sobre su persona y dejaba que la gente especulara mientras sonreía detrás del telón.

La gente pensaba que sufría desdoblamiento de personalidad. Creían que tenía hasta tres y cuatro personalidades distintas. Fusionaba el estilo del rico con la necesidad del pobre, y como un camaleón que se adapta, igual podía habitar un palacio que una barraca en las montañas, dormir en una cama de agua que suspendido en una hamaca, vestir ropa de marca que andar con taparrabos en la selva, comer un sofisticado plato en un restaurante de cinco tenedores que comerse una serpiente en medio de la jungla.

Prefería una aura de misterio que adjetivos concretos. Y no le gustaba ser calificado y etiquetado. En modo alguno quería ser enlatado. Empezaba a encontrar el punto exacto de la ambigüedad personificada convirtiéndose en un ser indescifrable e inclasificable, de ahí la necesidad de la gente de etiquetarlo como un producto porque así sabían a qué atenerse y justamente por eso él volvía a variar, y así variaban las diferentes etiquetas porque estaba inmerso en un constante proceso cuyo punto y final no decidirían los demás. Valía tanto para una cosa como para otra y aunque ambas se dieran de patadas entre sí, era capaz de realizar ambas a la perfección. Iván rompía esquemas cada dos por tres. Vulneraba toda clase de tradiciones. Y le agradaba todo aquel halito de secretismo que lo rodeaba, tanto como la discreción y la confidencialidad que él practicaba con total esmero. Sus sentimientos eran subterráneos y aunque nadie los conocía, existían. ¡Vaya si existían!

El tímido suele distraerse en la divagación; el valiente va, triunfa, y vuelve. Iván era de los que no repetía lo que había de hacerse. Simplemente lo hacía, ¿te ayudo? ¡no! Actuaba. Decía que el movimiento se demuestra andando y andaba. Él mismo era un ejemplo manifiesto y el más claro exponente de aquel planteamiento. Alimentado por el tesón y la perseverancia, había conclusiones en sus actuaciones. Sin tiempo para descansar y relajarse, sin un minuto para dejar volar su creatividad, se envolvía de su entelequia fabricando personajes y configurando los guiones de sus propias películas. Ocultaba la originalidad de su espíritu y asimismo la de su corazón. Pero era Iván. Siempre Iván.

                             *                  *                  *                  *

Habían transcurrido poco más de dos años desde que Ana y Oscar se vieron por casualidad en la tienda de fotografía, meses antes de la gran fecha en que debían reencontrarse en el club de tenis. En aquella época, la madre de Oscar solía preguntarle si se casaría extrañada de no verlo nunca con chicas. Su hermana le había dicho por teléfono desde Bolivia que la única excusa por la que viajaría a España sería en caso de que contrajera matrimonio. Y Oscar, sentado en un sillón de cuero con la cara descompuesta apoyada en su mano derecha, cayéndole el pelo en la frente a modo del tupé a lo Elvis, se había extraviado en su mundo donde Ana buceaba como sirena en las orillas de una isla perdida en mitad de la nada. No podía dejar de amarla. Imposible resistir aquella espera sin esperanza. Una detonación sorda. Un eco interrumpido. Ya no había fecha y desde la coincidencia en la playa de la Costa Dorada, tampoco había Ana. Oscar no lo soportaba. Cada vez la sentía más lejos. ¿Todo aquello no era más que un simulacro?

Miraba el calendario. Su vista se posaba en el significativo treinta de mayo que tantas penas como alegrías le proporcionaba. Pensó que desde hacía ya cinco años se había convertido en una fecha conflictiva. Desdén. Humillación. Un grito contenido. Y siguió mirando aquel sábado su agenda programando reuniones y visitas en su despacho del prestigioso bufete. A Oscar le gustaba pasearse por las oficinas del área administrativa entre las mesas vacías sin tener que escuchar las escandalosas impresoras que no cesaban de funcionar durante toda la jornada o el insistente teléfono que agobiaba a secretarias y abogados de manera impertinente. Le gustaba esa tranquilidad, y la aprovechaba para poner los asuntos al día. Las semanas de lunes a viernes eran demasiado ajetreadas, no había un momento para preparar presupuestos y minutas. Se beneficiaba del silencio estancado para cuadrar números y dejarle material de trabajo a su ayudante con explicaciones e instrucciones precisas. Archivaba la documentación que ya no era necesaria antes de que se amontonara encima de su mesa. A veces, sin darse cuenta, le habían dado las cinco de la tarde en el bufete sin que su estómago protestara. Su concentración era tal que su quehacer le absorbía totalmente como un niño boquiabierto frente a un payaso.

Y a continuación al llegar a su dúplex que se le hacía inmenso por la falta de Ana y unos críos corriendo por las escaleras, para abrir un nuevo libro que terminará al día siguiente entre las cuatro paredes de habitación mirando de reojo los dibujos a lápiz carbón así que pensó “Mejor me voy al apartamento” porque cercano a la segunda residencia de Ana en la Costa Dorada soñaba con cruzarse con ella en el supermercado. Solía iniciar la tarde del sábado satisfecho por todo el trabajo finiquitado sin pensar hasta el lunes a las siete cuando sonara el despertador en clientes o estrategias pero con una sensación lastimosa de no saber qué hacer con su fin de semana.

Ese preciso sábado no estaba por la labor y repetía la operación tecleando la calculadora porque no conseguía cuadra la minuta que llevaba horas elaborando. Y su pensamiento escapó veloz para situarse en el calendario otra vez. Lo miraba insistentemente para derrumbarse como edificio demolido. Todo lo representaba Ana. Su imagen tan alejada de aquella chiquilla que recordaba como si fuera ayer se mezclaba con la poderosa mujer de bengala cuyos atributos físicos lo deslumbraban.

Oscar no podía olvidar aquel idilio de cuento y se lamentaba diciéndose qué romántico y emocionante si hubiera salido bien. Y musitó en voz baja “Que bonita historia hubiéramos contado a nuestros hijos” mientras el resentimiento le asaltaba por detrás con una daga azul en la espalda. Ana continuaba viva en lo más hondo de su corazón con la misma intensidad que cuando se sentaron frente a frente en la zona de descanso del club de tenis.

Eran las dos treinta del mediodía y como de costumbre los sábados, el portero subió el correo acumulado en uno de los buzones sin etiqueta antes de marcharse a Manresa a la casa de sus hijos después de permanecer agazapado en un reducido espacio de apenas cuarenta y cinco metros cuadrados durante toda la semana. En su buzón particular no había respuesta de la carta que finalmente se había decidido a mandar por correo. No le gustaba dejar nada a medias, y si Ana no la leía pronto su misiva hubiera perdido el efecto que pretendió imprimirle. No la acusaba de falta de cortesía, pero aunque hubiera sido tan sólo por educación, Oscar hubiera preferido algún tipo de respuesta.

Lo único que poseía totalmente suyo eran sus sentimientos. No quería ir por ahí mostrándolos como si fueran las noticias de un periódico que en un principio sorprenden, interesan, incluso conmueven, pero que luego se utilizan como alfombra cuando la mujer de limpieza ha terminado de fregar para que los zapatos pasen por encima.

Probablemente Ana no quería mostrar fácilmente sus verdaderos sentimientos por miedo a que no fueran valorados. Pretendía que Oscar los buscara, aunque fuera con dolor y tristeza para que después de años conservaran su perfume.

Ella no quería perder el tiempo con personas que únicamente quisieran contemplarla y adorarla; prefería un hombre que fuera capaz de encontrar la escondida pista de aterrizaje que le conduciría a la cueva donde está la joya de su amor sin fijarse si las hojas que revisten el tronco son pocas o hermosas, apreciando a los animalitos que anidan en ese árbol. Ana tenía tanta sensibilidad o más que cualquier otra persona que muestra a las amigas un vestido nuevo solo para alardear. Quería que a la hora de la verdad, únicamente estuvieran a su lado aquellos seres a los cuales el camino no les había sido fácil, sabiendo que si la abrazan, es con toda la intensidad del alma y no porque les haya llorado o reído sus gracias.

Oscar quería amarla aquella misma noche. Deseaba hacerla feliz. Deseaba que sintiera junto a él el placer del amor y el perfecto sentido de la unión.

Oscar y Ana estuvieron juntos, pero su amor nunca se había consumado, qué falacia la suya! Accedió a la última imagen que tenia de ella en la playa de la Costa Dorada. La imaginó con la mirada perdida en la inmensidad del mar donde dos gaviotas sobrevuelan juntas en dirección a las estrellas porque ambas quieren llegar a conseguir la luna y desde la arena, Ana atiende como se elevan subidas en un rayo de sol porque así es como las impulsa Oscar, y mientras su mente expande las alas, una gaviota se difumina en la visión de Ana hasta disiparse como si nada más fuese una posibilidad. En su mano está ser una de las dos gaviotas para viajar hacia el triunfo de la felicidad o lamentarse eternamente y, atada en la arena convertida en fango, sola, triste e infeliz como roca con raíz que se pega al núcleo de la Tierra, rodeada de interminables días grises, mal decirse por no haber sabido escuchar algo tan sencillo como el sonido de una flauta mágica. Y entonces, en el bufete, Oscar se levantó del sillón de cuero situado frente a su mesa de trabajo e hizo como que tocaba el instrumento paseándose por entre las mesas de la oficina.

Entre las cartas que había subido el portero estaba la de Ana. Rápidamente la identificó; no sólo por su letra, era la única que estaba escrita a mano destacando por encima de todas las demás. En ella había una serie de consideraciones y un dibujo a lápiz carbón. La carta empezaba pidiendo disculpas por la posible humillación. Volvía a rogarle que dejaran de verse, que de lo contrario empezaría a sufrir viendo lo mal que lo pasaba. No obstante, le confesaba que él la atraía, que sus miradas la conmovían, que sus caricias eran una provocación y su gesto algo más que comunicación, pero que en su beso faltaba expresión o quizás, recepción “Pero si apenas fueron un par de escarceos” pesó Oscar reprochándose haberse contenido en exceso. Pero también es cierto que Ana estaba incómoda y él no quiso presionarla.

Ana le decía que le agradaba, pero que no quería ser tan egoísta como para tenerle de aquella manera, entregándose y abriéndose tal y como Oscar lo hacía si no estaba dispuesta a iniciar un vuelo elevado a su lado. No quería corresponderle solamente por su amabilidad, por su comprensión, por ese cariño especial con que la obsequiaba. Reconocía que le echaría a faltar. Que cualquiera que hubiera compartido momentos con él, por cortos que fueran, no podría olvidarlo porque era una persona maravillosamente benévola.

En un párrafo, hacía referencia a su apariencia física. Le decía que era excepcionalmente pulcro; tan bien afeitado y peinado, impecablemente vestido con tus trajes azul oscuro o gris ceniza sin una sola arruga… la llegaban a incomodar. Por entonces, George Michael había institucionalizado la barba de tres días y su aspecto informal entusiasmaba a las jovencitas. Ana le insinuaba que vistiera de manera más rebelde; sin afeitarte, dejándote el pelo más largo. Le sugería que se pusiera jeans y zapatillas deportivas blancas y que caminara con la camisa desabrochada y las mangas arremangadas. Le instaba a dejar de ir tan erguido afirmando que no le gustaban las personas tiesas. Ana le pedía la imagen publicitaria del hombre que ella entendía como varonil. Terminaba su carta haciendo referencia a la película «Lo que el viento se llevó» manifestándole que se sentía bastante identificada con la protagonista y que intuía que como sucede al final, Oscar también desaparecería entre la niebla como Red Butler.

Incomprensible para Oscar. Algo increíble. Inaudito. ¿Cómo podía decir toda aquella sarta de tonterías? Y se interrogaba sin hallar respuesta. Una persona capaz de desarmar a un viejo y astuto abogado mucho más experto que él, capaz de negociar más de tres horas seguidas sin desfallecer y conseguir cerrar un trato millonario en una mesa de juntas, un hombre que coordinaba el trabajo de personas mayores que él con la habilidad de la diplomacia en las relaciones y, entonces, ¿por qué se juzgaba afectado por las palabras de la joven Ana? Era realmente increíble. Incomprensible pero cierto, porque Oscar carecía de la capacidad para dominar un acontecimiento que le dolía en el alma. Y más inaudito todavía… Ana desbarataba su temple. Lo empujaba a continuar solo para que lo carcomiera el sentimiento de frustración igual como las termitas devoran los muebles de madera. Y apretando sus maxilares durantes unos segundos y los puños un instante explotó “Que sensación tan apasionante pero… ¡que dolor tan sofocante!” y es que Ana podía subirlo hasta el cielo o bajarlo hasta el infierno. Lo absorbía hasta anularlo y aunque Oscar quería controlarse no lo conseguía porque no se trataba de ningún cliente. Se trataba de su único y gran amor.

Intervalos de duda. Si él pudiera lo haría. Si ella quisiera no dudaría y si así fuera, ¿qué ocurriría? Nadie sabía. No levantó el teléfono. No la llamó en seguida de leer la carta varias veces. Ni siquiera se percató que había sido escrita tiempo atrás a juzgar por la fecha, también Ana se había demorado en enviarla tal vez ¿hasta estar totalmente segura de lo que hacía?.

Decididamente no quiso hablar con Ana luego de tanto silencio continuado y con semejante texto como premisa, aunque por dentro se moría de ganas, pero evitó cualquier movimiento. Oscar era nuevamente rechazado y reflexionaba.

Se preguntó cómo su amigo Iván trataría el asunto, quien no lo denominaría como algo imposible aunque la persona deseada lo tratara como Ana y le retirara la mano cada vez que intentara tomarla. Iván era un ser salvaje. Un guerrero. Un amante. Un aventurero. Iván era algo poeta y esto ayudaba a seducir. Oscar se entregaba lentamente. Quería hacerla suya de verdad. Y cuando en la noche interrogó a la luna, Iván le respondió en forma de una extraña vibración sonora que acarició sus rodillas y retumbó luego en sus oídos: “Hazla sentirse mujer y será tuya para siempre”.

En su caso no le dispensaría tantas atenciones. Iván ya le hubiera dado alguna negativa, algún intencionado plantón al que Ana no estaba acostumbrada. Oscar nunca le había fallado. La dominaría con clase dejando que escogiera ella, pero obligándola a que lo hiciera. Oscar nunca la había puesto entre la espada y la pared.

Ana nunca podría sentir que Iván le pertenecía y que lo tenía seguro para que de esta forma ella peleara por él, obligándola a esforzarse, a sacrificarse desmarcándola de ser la predilecta. No la hubiera entronado como reina. No la llamaría entre semana como había hecho Oscar, sino que la trataría como a cualquier otra chica aún sintiendo toda esa fuerza.

Iván hubiera intuido de inmediato la clase de hombre que reclamaba la joven Ana. Su máscara de señor y truhán, de hombre gallardo y castigador de mujeres habría funcionado inicialmente, únicamente hasta conseguir que fuera Ana la que viniera a él, y no a la inversa como pretendía que sucediera Oscar. Iván haría que Ana se muriese de ganas por confesarle su amor dejándole que persiguiera a cada instante la posibilidad del primer beso. Le pondría un apodo cariñoso como etiqueta de propiedad para que Ana supiera cada vez que pronunciaba el vocablo que era a él a quien pertenecía y a nadie más. Inventaría una canción para Ana, y señalaría un lugar determinado para frecuentarlo en busca de la afinidad. Le contaría que cuando la conoció, le parecía una niña dulce y decidida que a sus trece años sabía lo que quería, pero con el paso del tiempo, se había convertido en una jovencita de dieciocho años que no sabía exactamente qué buscar en el amor, y mucho menos en la vida. Pero Oscar no era Iván. Y lo sentía por Ana, porque no iba a cambiar. Pese a su actitud y los acontecimientos, Ana era su gran amor. El panorama no podía ser más desalentador. El tiempo se encargaría de confirmar quien era su verdadero amor.

Y aunque el amor por Ana era poderosamente grande, el amor por sí mismo era mayor, “Amar a los demás es una virtud, pero amarse a sí mismo no es un pecado” había afirmado hacía varios años en una clase de ética y religión.  Oscar no practicó el narcisismo. Le dijo al profesor cuando todos los alumnos se hubieron marchado del aula “El egoísmo es la causa del apego a sí mismo”. La conversación duró largas semanas y Oscar estaba encantado, hasta que ambos convinieron de común acuerdo que el amor a los demás y el amor a uno mismo no tienen porque excluirse mutuamente, y lo anotaron en la pizarra organizando un debate. Esa fue una de las pocas ocasiones en que pudo escucharse su voz desenvueltamente. Las conclusiones fueron demoledoras. Redactaron un breve memorando en el que se apuntaba: “Amar a una persona implica amar al ser humano como tal. El amor, es indivisible entre unos y otros. En todo individuo capaz de amar, se encontrará una actitud de amor a sí mismo. Las personas egoístas son incapaces de amar a los demás, pero tampoco pueden amarse a sí mismas. Si te amas a ti mismo, amas a todos los demás como a ti mismo. Mientras ames a otra persona menos que a ti mismo, no lograrás amarte de verdad, pero si amas a todos por igual, incluyéndote a ti, los amarás como a una sola persona y esa persona es a la vez Dios y Hombre”. Así pues, Oscar era una persona grande y virtuosa que amándose a sí mismo amaba igualmente a todos los demás, en especial a un ser llamado Ana. La Biblia reza: Ama a tu prójimo como a ti mismo; y para Oscar, amarse no era ningún vicio. El respeto por la propia integridad, el amor y la comprensión que se procesaba estaba inseparablemente ligada al amor a cualquier otro ser.

Confundía cuando promovía acaloradas discusiones en el instituto y sólo las chicas le prestaron atención buscando ¿sus palabras o buscando acercarse a sus largas pestañas que ribeteaban aquellos enormes ojos de almendra? La cuestión es que se quedó solo cuando no mostró interés físico por ninguna de sus admiradoras que fijaron su vista en el capitán del equipo de fútbol.

Para Oscar, aquella clase de debates eran muy sanos, mucho más entretenidos que ir al cine o bailar zarandeado por la muchedumbre en una oscura discoteca pero nunca interesaron suficientemente a sus compinches de estudio, como no agradaron más tarde a los compañeros de estudio en la universidad y a los camaradas de juerga que se quedaban presos de una indiferencia empalagosa como un polvorón de Navidad que se queda hecho una bola en la boca y a continuación, no encontrando qué decir preferían escupirle a la cara. ¿Sucedería lo mismo con sus compañeros de trabajo? Porque tampoco agradaba a los abogados asociados el planteamiento de temas demasiado profundos, y la persistencia entorno a sus “elucubraciones” comenzaba a poner los nervios de punta a los trabajadores del bufete. Resulta que sus comentarios llegaban a molestar como molesta una piedra que se ha metido dentro del zapato.

Amante de los pros y los contras, a Oscar le gustaba dejar al descubierto ante sus colegas las ventajas y los inconvenientes de cada asunto proponiendo alternativas irrefutables, pero el hecho solía desbaratar la línea de actuación del bufete y a su jefe le fastidiaba tener que perder tiempo iniciando nuevamente la defensa o la acusación desde una perspectiva distinta. Al principio fue una simpática anécdota, pero con el transcurrir de los meses aquel comportamiento empezó a crear tensiones porque los superiores estaban más interesados en la cantidad de casos que en la calidad de su resolución. Aborrecían su vena sindicalista o su afán revolucionario pero reconocían que su imagen era perfecta para la empresa. Era distinguido y resolutivo, apuesto y gentil, y muy bien podía marchar a la cabeza de la columna.

Oscar tenía deseos de superación y lo había pedido pero todavía no se le había permitido acceder al órgano de decisión donde los geniales cerebros ventilaban sus tácticas y procedimientos en uno de los mejores bufetes de Barcelona con sedes en Madrid París y Londres; estaban a punto de integrarse al trust Roma Viena y las delegaciones de Centro América.

Tenía interés en saber como se actuaba en el más alto nivel ejecutivo porque no quería pasarse toda la vida relegado en la misma posición. Quería ser conductor y condiciones no le faltaban. Oscar no se quedaba satisfecho con recibir instrucciones, quería saber el por qué de las órdenes y la razón de los métodos aplicados.

Para uno de los asociados veteranos, Oscar era un autentico incordio. Y comenzó a manifestarle una desaprobación insistente. Se enfurruñaba a puertas cerradas con el jefe durante horas mostrando al salir del despacho una cólera terrible, ¿de qué se quejaba? Se consideraba insultado y agredido por el brillante joven de incontables triunfos al que últimamente le pasaban los casos más caramelo.

Cuando los ánimos se calentaban, Oscar quedaba consternado y rápidamente reaccionaba derramando su bálsamo reparador que evitaba un mundo de sombras y mal humor. Y menguaron sus aportaciones a falta de cooperación y porque la posibilidad de un solo grito le aterraba. Evitaba más escenas desagradables de las que provocaba.

Percibía la vibración de las personas, tanto como necesitaba la armonía de los colores. Sus necesidades estéticas eran muy exigentes, precisaba de tonos pastel en el despacho para despejar la áspera y sórdida atmósfera. Todavía no había conseguido decorarlo a su gusto y esto lo deprimía. Se desajustaba con facilidad por detalles que para otro empleado no tenían la menor importancia. Y en los últimas semanas se mostraba demasiado gruñón. Inusual en Oscar. Y sin motivo aparente se sumía en una hosca reserva repentina. Algo lo inquietaba. Y lo inquietaba no poder escoger el color de las paredes de su habitáculo profesional, pero más aún lo inquietaba saber que el consejo de dirección general había dado el visto bueno a una chillona pintura de un estridente azul pavo real para las catorce oficinas de Europa. Semejante agresión visual alteraría la concentración, la calma, la suavidad que Oscar requería para trabajar. La disminución de su rendimiento intelectual estaba asegurado.

El nuevo decorado de las oficinas y la tensión creciente con el veterano asociado le hicieron comenzar a plantearse la posibilidad de montar su propio despacho profesional mientras alternaba sus estudios para magistrado de la corte suprema. Así se entretenía dejando en un segundo plano al dilema llamado Ana, pero sin dejar de reflexionar acerca del amor, porque reflexionar entorno al amor significaba hablar de la necesidad fundamental y verdadera de todo ser humano.

No estar hastiado, era para Oscar una de las condiciones básicas para amar. Ser activo en el pensamiento, en el sentimiento, durante las veinticuatro horas del día, evitando la pereza interior y suprimiendo toda posibilidad de haraganear manteniéndose receptivo, seguía siendo algo indispensable para la practica del arte de amar “Si un individuo no es productivo en otros aspectos, tampoco es productivo en el amor”.

Amar significa comprometerse sin garantías, con disciplina concentración y paciencia, entregándose totalmente con la esperanza de producir amor en la persona amada. Oscar empezaba a comprenderlo al vivirlo en su propia piel. Se dijo en el habitáculo de la fotocopiadora y el fax “El poder es el acto más inestable de todos los logros humanos y por el contrario, tener fe en mí significaba estar seguro de la confianza e inmutabilidad de mi recia actitud, de la esencia de mi temple, en definitiva, de mi amor”.

Oscar empezó ya durante ese período a procesar amor por los hijos que aún no tenía. Amor por la necesidad de su educación y no de su manipulación. Amor por ayudar al niño a realizar sus potencialidades además de satisfacer sus necesidades básicas. Seguía fascinándole el genero humano y comenzó a ser más crítico con la sociedad sin percatarse que cuanto más tiempo le dedicaba a la sociedad más se desatendía él. Pero el saber lo deslumbraba. El enriquecimiento de juicio lo seducía. Aprendía una cosa más cada día que almacenaba minutos antes de acomodar la almohada para reposar en su cama de matrimonio que deseaba fuera invadida .

Si bien en la infancia se imparten conocimientos, se descuida la enseñanza más importante y elemental para el desarrollo humano. Oscar había advertido en sus estudios que en la China y en la India, la persona más valorada es quien posee cualidades espirituales sobresalientes, y así llegó a la conclusión que los maestros no eran únicamente una fuente de información, sino que su función consistía en transmitir mediante el ejemplo, ciertas actitudes humanas dignas de perpetuarse. Se asombró ante la incapacidad de recordar el nombre de ningún profesor si no era el del profesor de la asignatura de ética y religión, sin embargo, como el mejor maestro, se comprometía a crear un mundo perfecto desde el hogar. Todavía más tolerante, solidario, y amoroso que lo había sido el suyo propio.

Hacía bastante tiempo que no volvía a esa parte de su ordenador, pero le pareció un feliz reencuentro y un nuevo resurgir. Detalló un informe sobre el hombre moderno “Se ha transformado en artículo; experimenta su existencia como una inversión de la que debe obtener el máximo beneficio” y subrayó remarcándolo con negrita “Está enajenado de sí mismo”. Y también está enajenado de sus semejantes y de la Naturaleza. Ayer como hoy, su finalidad principal es el intercambio ventajoso de sus aptitudes. Su amigo Iván era un claro ejemplo. Vivía peligrosamente. Ansiaba lograr un intercambio conveniente y equitativo. Lo sabía Oscar.

Apostilló en un tamaño mayor de letra al final de su trabajo “La vida carece de finalidad para todos aquellos que nada más piensan en trabajar por el dinero en algo que no les gusta, ni los estimula, ni tampoco los llena. Se prostituyen para consumir y consumir toda clase de diversiones que les permitan escapar de su realidad” y cerró su equipo informático mientras estiraba sus brazos queriendo tocar el cielo satisfecho de su análisis, contento, como si lo escrito no fuera con él.

Un gran número de personas piensan que pierden el tiempo cuando no actúan con rapidez, pero luego no saben qué hacer con el tiempo que ganan sino es matarlo con vanas actividades. Oscar mismo llevaba algún tiempo alejado de sí mismo arrastrado por la tendencia al consumo y el logro material olvidándose de hablarse, abandonándose, renunciando a su intimidad empujado por la inercia de la presión mediática y la nefasta propaganda a punto de adulterar su propio existir.

El capitalismo necesita hombres y mujeres que cooperen mansamente y en gran número, hombres y mujeres que quieran consumir cada vez más y más y cuyos gustos estén estandarizados. La gran falacia que todavía no había comprendido es que el sistema necesita personas que se sientan libres e independientes, personas no sometidas a ninguna autoridad o principio pero dispuestas a que los manejen para que hagan exactamente lo que se espera de ellas para que encajen sin dificultad en la maquinaria social a la que se guía sin recurrir a la fuerza impulsando a esas personas sin ningún sentido sino es cumplir, apresurarse, funcionar, y seguir adelante sin pararse un minuto si quiera para que no se detenga la cadena de producción.

El resultado de su estudio no tardaría en calarle hondo. Únicamente le faltaba despertar a la realidad, averiguar que él mismo también estaba enajenado de sí mismo, de sus semejantes y de la Naturaleza. Pronto entenderá que su malestar no es causado únicamente por el estridente azul pavo real, si no también y sobretodo porque las relaciones humanas son esencialmente las de autómatas programados en las que cada uno basa su seguridad en mantenerse cerca del rebaño y no diferir en el pensamiento, el sentimiento, ni la acción.

A diferencia de la gente que trata de arrimarse tanto a los otros como sea posible permaneciendo al mismo tiempo solos, inválidos por el profundo sentimiento de inseguridad y culpa que surge cuando es imposible superar esa soledad, Oscar había aprendido a estar solo y a razonar consigo mismo en silencio desde la imparcialidad. Su objetividad cuando dialogaba consigo mismo le había proporcionado mucha felicidad. Sin embargo, últimamente estaba demasiado ocupado porque se llenaba la agenda con gran cantidad de trabajo innecesario y bastante superfluo y todo en nombre del dinero. Como tantos otros había recurrido a externos paliativos inmediatos en vez de recurrir a su intimidad. Y fueron la gran cantidad de vanas actividades que lo despistaron. Le ayudaron a ignorar el gran problema de la humanidad: el excesivo ritmo y la falta de criterios para seleccionar opciones.

La estricta rutina del trabajo burocrático y extremadamente mecánico contribuye a que la gente no tome conciencia de sus verdaderas necesidades pasando por encima de la conciencia a través de la rutina de la diversión y de la consumición masiva de sonidos y visiones que ofrece la industria del entretenimiento. Durante aquella época desde su ingreso al mercado laboral, Oscar no fue ajeno a la turbulencia. Se satisfacía con desmesura comprando compulsivamente y gastando delirantemente el dinero que con esfuerzo había ganado. Adquiría más y más cosas que más tarde no utilizaba: el mejor equipo hi-fi, el último modelo de televisor suround, otro frigorífico y cambió su todavía nuevo automóvil por uno superior en dos ocasiones, la primera para que ya no fuera más el coche de mamá, y la segunda, por pura vanidad y para deslumbrar a Ana con el nuevo modelo de la gama más alta de Porche; el anterior también había sido un Porche, el de la gama más baja pero se trataba de la marca PORCHE ¿narcisismo material?… los clientes lo juzgaban por la imagen!

Todas las cosas eran cambiadas por otras y nuevamente sustituidas al poco tiempo por una incoherente moda pasajera que determina los estilos y configura arquetipos para etiquetar a la persona artículo. Hasta que un día revisando su extensa biblioteca en la parte baja del dúplex cayó a sus pies Aldous Huxley mediante el libro que como una profecía se cumplía, y exclamó “Apreciado Huxley, el individuo moderno está muy cerca de la imagen que describiste en tu sencillo libreto tan breve como chocante con ese fantástico título de Un Mundo Feliz”. Sentándose en el suelo de piernas cruzadas con el ejemplar que tanto le impresionó en su juventud entre las manos, permaneció durante largo rato inmerso en sus pensamientos como si el mundo se hubiera detenido para él, y como si el techo se corriera al igual que el de su deportivo el cielo entró en la habitación iluminando el suelo que se tornó plataforma de luz elevándolo a modo de alfombra voladora. Volvió a pronunciar en voz alta palabras sinceras “Yo mismo he caído… bien alimentado, bien vestido, entretenido con mil artilugios y no obstante, sin Yo, sin contacto alguno conmigo mismo y un superficial trato con mis semejantes. Pues no existo. Subsisto. Mejor dicho: vegeto. Vivo otra vida o mejor dicho, estoy muerto en vida. Me he apropiado del lema: Nunca dejes para mañana la diversión que puedas conseguir hoy y como cuesta dinero me he volcado en trabajar con desesperación”.

La felicidad del individuo moderno consiste en divertirse aunque a veces sea a costa de otras personas. Consumir y consumir sin apenas asimilar los artículos: espectáculos, comidas, bebidas, cigarrillos, gente, conferencias, libros, películas, conciertos. Todo se consume. Se traga, se engulle sin miramientos igual que lo hizo Oscar, como si el mundo se hubiera convertido en una magnífica máquina expendedora o un enorme pecho lleno de leche materna al que succionar. Todo fue objeto de su enorme apetito y de una insaciable hambre con la que paliar su necesidad imperiosa de materia que agotar y al poco desilusionarse para poder ir a la caza de otra mayor y distinta… como se parecía a Iván!

No se puede consumir sin dinero, el dinero, dinero, dinero de plástico universal, ¿el gran mal? Proporciona adornos pero nunca belleza. Comodidad, jamás paz. Medicinas pero no salud. Oscar creyó que comprando una cama sofisticada con ella obtenía el descanso. Anuncios. Mentiras. Ejercitó el culto al consumo adorando al dinero. Se dejó arrastrar por un tiempo necesario para conocer y averiguar qué cosa era y el por qué no lo quería porque Oscar ya podía decir –no- con conocimiento de causa y en su puño cerrado la experiencia amasada. Probar para saber. Y, ¿no era esa una práctica muy del estilo Iván?

Reaccionó. Afortunadamente se reubicó inteligentemente. Estuvo a punto de perderse, a punto de sucumbir en el caprichoso engranaje de la vasta maquinaria, a punto de zozobrar en una zona pantanosa donde su buen amigo estaba asentado pero Oscar la cató y la desechó rápidamente al comprobar su influencia negativa.

En un mundo competitivo donde no hay premio ni aplauso para el número dos, Oscar no tenía interés porque él no anhelaba despuntar, únicamente quería hacer bien su trabajo y no necesitaba enemistarse con sus compañeros ni lucrarse hinchando las minutas de los clientes acaudalados y tras la conversación con Huxley, le había llegado la revelación que lo despertó a la realidad convencido de aprovechar el cambio de domicilio profesional para dar un giro de ciento ochenta grados a su forma de vida porque Oscar, como tantas otras personas en grandes multinacionales internacionales se había enredado en la telaraña de una gran corporación empresarial y en la específica forma de organizar el trabajo. Entidades sumamente centralizadas con una división radical del trabajo conducen a una organización donde el empleado pierde su individualidad convirtiéndose en una parte del engranaje de la potente maquinaria industrial cumpliendo una función determinada que cualquier otro puede hacer de igual modo ignorándose los atributos de la persona que ya no es indispensable porque la actividad del puesto es lo único válido. Así se lo dio a entender el día que recogió su liquidación el que fuera su jefe al afirmar con tono indiferente -Cualquiera podrá cubrir tu vacante… el bufete camina por sí solo y nadie es imprescindible, ni siquiera yo! Las personas pasamos por estas oficinas mientras que los archivos permanecen-. Oscar pensó que no iba desencaminado. Y comprendió al abandonar el edifico donde se ubican las oficinas centrales del bufete que él mismo había sido una pieza más del complejo engranaje profesional y social, pero a su vez aceptó el desafío que le confería la oportunidad de andar con su propio paso y con todo su talante.

Se apeó del trasatlántico para remar solo en su bote de fibra de vidrio y el aroma del mar Mediterráneo… el balanceo del Aristos y las playas griegas se encendieron por unos instantes. Resonaba la palabra independízate pronunciada por su amigo en aguas griegas con el sabor del melón en su paladar. Estaba fuera del bufete. Lejos del consumo material. Oscar iba a recuperarse. Podía.

Estaba preparado para intercambiar y recibir, para traficar con todo y consumir de todo, pero en vez de continuar con los objetos materiales se decantó nuevamente por los aspectos intelectuales y espirituales lejos de la urbe, encontrando lugares privilegiados alejados del plomo en el aire y el aluminio en el agua, del ruido constante y del agobio de las multitudes de personas corriendo a toda aprisa.

A partir de entonces procesó una admiración reverencial por la gente que trabaja la tierra, por su caridad y sencillez y por la ausencia de avaricia y de la gula de la gran ciudad y porque siendo agradecidos aman la Naturaleza. En su humildad y pobreza ajenos a la soberbia disfrutan con la salida del sol, el canto de los pájaros, la risa de sus hijos, compensando sus carencias con creatividad y paciencia en la seguridad que el amor es un acto de voluntad y de compromiso… como su amor por Ana y su compromiso con ella. Ay! No ser amado por la persona que se ama puede ser una situación muy incómoda y aunque Oscar reconocía la amargura y toda la dificultad, no la consideraba desastrosa, sino útil. No estaba apenado. Tampoco alegre. Su mundo no terminaba con Ana. La amaba. Pero también se amaba él.

Hay valores inestables como el consumismo, las modas pasajeras, el culto a la imagen, el conformismo, el individualismo, la satisfacción inmediata, la ambición desmedida, la intolerancia. Pero hay valores sólidos como la ética personal, el conocimiento, el compromiso social, y el respeto a la biodiversidad.

Estaba preparado para iniciar su cambio desde el mismo instante de su nacimiento. Oscar era ya una especie de iniciado. Sin embargo, aunque su inquietud era grande su alma padecía somnolencia. Debía corregir este hecho. Tenía que modificar la inmutabilidad de su recia actitud o la parálisis detendría su proceso evolutivo.

                            *                  *                  *                  *

Iván era una especie de dragón, un animal que sólo existe en las leyendas. Un ser mítico. Quimérico. Por eso, y porque como Napoleón quería que cuarenta años de historia le contemplaran instaló una tienda de campaña al pie de las pirámides de Egipto. Se había enfundado una chilaba y se hacía pasar por musulmán pidiendo a cada paso un dólar a los turistas.

Era muy abnegado con sus propósitos y un día apareció en su trabajo dejando atrás el restaurante donde almorzó con sus compañeros sin tomarse el café recién servido con la hoja arrugada de un atlas en la mano para despedirse alegando que tenía la necesidad de cruzar Egipto descendiendo por el Nilo hasta el mismo corazón del desierto. Dijo que si podían entenderlo y esperarle volvería un día “No se cuando volveré, pero volveré” y a continuación cerró la puerta tras de sí ante la gélida mirada de sus jefes que se miraron unos a otros sin mediar palabra. Lo vieron tan decidido y fue tan intensamente convincente que no lo incordiaron con preguntas ni papeles. Iván jugaba a ganar, y aunque también sabía perder, procuraba no hacerlo. Jamás retrocedía una vez decidido. Iba hacia delante a una velocidad vertiginosa sin solicitar permiso.

No soportaba la espera y se asombraba si alguien la resistía. Él, tan pronto fijaba su meta debía lanzar de ipso facto su flecha sin apenas tensar el arco a sabiendas que su picardía se encargaría de ponérselo fácil. Salía presuroso para poder enfrentarse a los primeros inconvenientes anhelado emoción y aventura. No sabía redondear los ángulos. Tampoco quería aprender. De quererlo ya lo hubiera hecho. Ignorando la duda y descartando cualquier vacilación, se lanzaba con un salto mortal y un par de piruetas al pozo oscuro sin saber siquiera si tenía fondo. A partir del momento que se creía capaz de hacer algo lo hacía, y porque lo hacía decía que podía, de lo contrario aquello no se hubiera llevado a cabo jamás.

Las suyas eran decisiones que no tenían apelación. Daba igual lo que ocurriera ese día. Le daba igual a quien afectara su determinación. No se lamentaba si perdía algo o si dejaba de ganarlo. Aquel nuevo objetivo lo era todo para él, absolutamente todo en aquel preciso instante y lo demás, todo lo demás, carecía de importancia alguna. Le decía a quien le increpaba “No es egoísta ser autosuficiente” y cualquier comentario de terceros le entraba por una oreja y le salía por la otra sin que nada se quedara dentro. Se obcecaba. Estaba tan persuadido de su infalibilidad que se conducía de una manera odiosa con respecto a los demás. Había mucha gente que le apreciaba y le quería pero si no se decidían a aceptarlo tal cual era Iván, se perdían por el camino y él no volvía nunca la vista atrás. Morían en el anonimato sin que hubiera la más mínima señal de añoranza por su parte demasiado entretenido con todos las oscilaciones y convulsiones de la vida.

Inicialmente reacio a todo cuanto no provenía directamente de sus propias experiencias, grosero en su conducta para evitar que nadie lo retuviera, una vez más, había tomado demasiado rápida la decisión ladeándose en su motocicleta para tomar la curva y rozar el pavimento a escasos tres centímetros como quien peina el suelo. Si hubiera trabajado la decisión como se amasa la base de pan para una pizza antes de introducirla en el horno, sin olvidarla posponerla o demorarla, pero pactando con unos y con otros ciertas condiciones, de igual forma se hubiera marchado a Egipto pero sin necesidad de perderlo todo. Nadie perdona ese trato despectivo y el ser humano es vengativo por naturaleza. Seguro que sus jefes no lo readmitirían. Y así fue como volvió a cortar tan fina la hierba bajo sus pies que tardaría años en volver a crecer.

Pero Iván ya subido en un camello se perdía en el desierto después de recoger su tienda de campaña y de aprovisionarse de agua. Quería oír el sonido del silencio y no regresaría hasta haberlo escuchado aunque tuviera que llegar al final del desierto.

Y experimentada su auténtica vibración, con la cara llena de arena incrustada dijo “Ha sido mejor que un orgasmo” musitándoselo al viento en señal de agradecimiento. Había conseguido rastrear y registrar ese ruido excepcional.

Horas más tarde, tambaleándose por el cansancio se dirigió al hotel donde se metió en la bañera que llenó de agua hirviendo y mucho jabón y se quedó dormido con el brazo colgando hasta que el vaso de güisqui que tenía en la mano se le escurrió de entre sus dedos estrellándose contra el suelo. Se despertó. Simplemente abrió los ojos en respuesta a lo ocurrido, pero sin sobresalto alguno.

Llamó al servicio de habitaciones para que vinieran a recogerlo. Le mandaron a una sirvienta que ocultaba su rostro como manda la tradición. Tan sólo sus ojos se movían soliviantados de un lado a otro. Ella le habló en un inglés perfecto pero Iván no le contestó. Aunque el inglés es la lengua oficial de los negocios, Iván mantenía que si alguien pretendía cerrar un trato internacional de índole comercial con él debería aprender a hablar castellano “Al fin y al cabo es una de las lenguas más universales, si no es la más extendida después del chino. No tengo porque aprender un idioma nuevo. Me gusta el mío”. Así respondía cada vez que era preguntado en relación al inglés durante una entrevista de trabajo.

Como en tantas otras ocasiones Iván confió en el lenguaje del cuerpo. Observó con la toalla anudada en la cintura y su torso aun mojado, de pie, frente al baño. La sirvienta se agachó y recogía con cuidado uno a uno los cristales. Él se aproximó lentamente esperando que su mirada se cruzara unos instantes con la suya al tiempo que alargaba la mano para ayudarla, pero la sirvienta lo esquivó con la rapidez de una lanza contra un animal en movimiento. Iván no sabía si sonreía, pero su cejo no se fruncía. Aquello indicaba que su acercamiento no la había intimidado. Se retiró para que continuara con su labor. La dejó que fregara tranquila. Dejó que secara con parsimonia el baño sin perderse un detalle desde la cama sentado en la punta, prácticamente desnudo, porque su pene asomaba. Le mandaba un inequívoco mensaje mientras se deleitaba con sus pausados movimientos de una estética impecable sin pestañear, atravesándola claramente desde su entrepierna. Ella recogió sus cosas. Se dirigió hacia la puerta para salir de la suite que tenía vistas a la piscina con forma de perfecto óvalo.

Se alejaba cuando de un salto se abalanzó sobre la sirvienta obedeciendo a su instinto de copulación y tomándola con fuerza por los hombros para que se detuviera, con suavidad la hizo girar sobre sus pies y una vez frente a frente llevó sus manos hasta su rostro y con delicadeza sus dedos retiraron el velo dejando al descubierto su intimidad más sincera. Y ella, fue sonriendo en intermitentes fases mostrándose favorable y amable diciendo cosas que Iván interpretaba. Aquella joven egipcia ataviada con uniforme que recordaba la época de los faraones se mostraba abierta. Manifestaba su gozo mediante la sonrisa, una sonrisa alegre. La sonrisa complace a quién la recibe sin perjudicar a quién la proporciona y es una línea curva que endereza muchas cosas.

Con su sonrisa la sirvienta intentaba explicarle que no podía entretenerse en horas de trabajo y se marchó. Pero el contenido de aquel breve instante perduraría en el corazón de Iván. Aquella sonrisa representaba la frescura y la naturalidad. El gesto le causó tan maravillosa impresión que lo guardaría en su memoria. Era gratificante comprobar como ella se había entregado, y pensó “La sonrisa es universal, no tiene idioma, todo el mundo comprende su significado y nadie puede despreciarlo”. Y a continuación no quiso engalanarse como un occidental en solidaridad a la sirvienta que se le había entregado por completo.

Egipto es una nación con un pasado fascinante que permanentemente ha despertado la imaginación de Occidente. No era de extrañar que asimismo cautivara a Oscar, sobretodo por las lecturas de los libros de Terenci Moix, gran enamorado de esta tierra faraónica rebosante de arte y misterio junto al desierto de El Sinaí y el mar Rojo. Un pueblo obsesionado con la muerte.

Caminaba por una larga avenida que teóricamente le llevaría hasta los pies de la Gran pirámide de Keops, pero el trayecto de la conocida Sharia Al Ahram se le hacía monótono, y cuando llegó se preguntó, ¿dónde están?… y con un ligero giro de la cabeza una inmensa mole de piedras lo dejaron boquiabierto mientras se pellizcaba diciéndose… ¡son ellas!… la indiscutible insignia de Egipto. Una orquesta entera resonó en sus tímpanos con una melodía de estrépito como sucede en el clímax de una película.

Alguien le tocó la espalda a Oscar que movió el hombro antes de girarse y se apartó asustado poniéndose a la defensiva. Vestía como un árabe, con ropa de lino del color del desierto, un pañuelo blanco en la cabeza fijado con un anillo hecho con piel de camello y unas sandalias típicas de las zonas cálidas. Oscar sabía que no era un beduino porque éstos llevan ropa negra y la cara tapada. Mientras subía la pendiente, le asaltaron un sinfín de camelleros que ofrecían darle una vuelta por la zona con gestos amables y reverencias pero éste se mostraba arrogante. Aún llevando la cara descubierta no le reconoció por su atuendo. Estaba muy moreno y además, llevaba la cara muy sucia. Realmente parecía uno de ellos. Había aprendido algunas palabras con las que bromeó hasta que no pudo aguantarse y rompió a reír a carcajada limpia cuando Oscar cayó en la cuenta y finalmente identificó a su buen amigo que se mostró solemne expresándose como verdadero musulmán “Salam Aleikum venerado hermano”.

El Cairo, además de la capital de Egipto, es la mayor ciudad de Oriente Medio y toda África. Es la mayor urbe islámica del mundo donde habitan dieciocho millones de habitantes que la convierten en un hormiguero diario que abarrota todas las calles. Un caótico tráfico paraliza la circulación cubriendo el cielo con un humo negro que unido al polvo del cercano desierto oscurece las fachadas de los edificios. Este bullicio atronador es el contrapunto del silencio que habla en todas partes del país: en el río, en el mar, y sobretodo en el desierto.

Tomaron tursi, una mezcla de verduras en vinagreta donde predomina la zanahoria y el pepino. Anteriormente habían probado otra ensalada denominada tahina pero la salsa hecha con granos de sésamo triturados no les había gustado a ninguno de los dos. Escupieron y sacaron la lengua intentando arrancarse el sabor. No sabían que en esa tasca popular el cocinero estaba borracho cuando la preparó y olvidó rebajarla con sal vinagre y ajos y la falta de los ingredientes le dieron un gusto espantoso. El këbab es uno de los mejores platos de la gastronomía egipcia. Se trata de pinchos de carne asados al carbón que suelen servir con perejil, aderezados con especies, pero tantas moscas a su alrededor disipaban el estómago de Oscar e Iván.

Luego, agotados por la visita al museo al que Iván entró sin pagar por su atuendo musulmán, se sentaron a descansar en lo alto de un muro en cuyo precipicio se debatía la ciudad. Había una incontable algarabía en la plaza. Se fijaron en el deambular de la gente; los hombres de la mano, las mujeres tapadas de la cabeza a los pies. Pasaron un buen rato sin decirse nada hasta que habló Iván.

_ Cuanto más afecte a nuestras vidas la tecnología, más desearemos un descanso no-técnico. Mira a todas esas personas. Nada necesitan de los objetos de Occidente. Yo mismo me siento bien aquí lejos de la presión de los electrodomésticos. Me parecen avances pero nada más en teoría. Fíjate Oscar que se fabrican perros artificiales para venderlos como animales domésticos, ¿te imaginas? Cada vez con más fuerza me produce un rechazo todo lo tecnológico, tengo una especie de reacción antitécnica. Quizás debería montar una empresa que enseñara a la gente a divertirse sin artilugios mecánicos de por medio. Siento que desde que he escuchado el ruido del silencio tengo una aversión por todo cuanto no parte de lo “humano”.

_ En las grandes multinacionales se han creado departamentos para atender el ocio de sus altos ejecutivos. Existen pequeñas empresas y consultoras especializadas que se dedican a mantener la forma física y la alegría de los trabajadores. No creo que inventaras nada nuevo.

_ Hay que ganarse el sustento en campos tales como la capacitación permanente para el perfeccionamiento de ejecutivos y el reciclaje de adultos en general. ¡Me duele el culo de estar sentado!

_ Tú lo que no puedes es estarte quieto. ¿Por qué necesitas siempre tanto movimiento? Vamos, siéntate, …vuelve a sentarte.

Iván atendió la petición de su amigo resoplando como un caballo.

_ Enseñar humanidades es la puerta a una época dorada, tú más que nadie podrías dotar a la gente ordinaria de un empuje extraordinario pero Iván, ¿qué sabes tú de humanidad?…

_ Tienes razón. Sería cuestionado. Me dirían que carezco de calidad ética y moral. Buscarían como molestarme y desacreditarme.

_ ¿Y cuándo te ha importado a ti lo que opinen los demás? Sabes, pensándolo bien, creo que nadie mejor que tú. Eres una persona que se ha movido en varias direcciones. Esto te da ciertas ventajas.

_ No, si el problema no soy yo Oscar. Es la gente que se deja manipular. Quizás no me faltan cualidades pero sí un historial que camufle mi trayectoria y… la edad! No soy calvo ni tengo barrigota, aunque fácilmente podría caracterizarme tiñéndome el cabello de blanco y enfundándome unas gruesas gafas falsas pero tampoco asistirían al aula. No creo que mi elucubración interese a nadie.

_ ¿Por qué subestimas a los demás?… ¡No prejuzgues! ¿Cómo puedes estar seguro de que no hay otros que piensan como tú?… personas a las que no les importan las apariencias, sino el mensaje. La clave. El contenido insustancial.

_ La gente necesita obtener algo tangible, cosas que poder llevar a la práctica y que proporcione resultados inmediatos. No quieren nada más palabras aunque sean lindas palabras expresadas con habilidad.

_ Podrías orientar a jóvenes universitarios, a personas que buscan su primer empleo. Penetrar en el mundo laboral correctamente es un lujo Iván. Tú estás interesado en ejercitar la creatividad para tener el control de la vida. Y has conocido diferentes sectores laborales. Y has realizado toda clase de trabajos. No te ha interesado una posición, te has preocupado en escoger actividades acorde a un sin fin de condicionantes y circunstancias dispares. Una profesión es algo serio y saber con quién trabajar, cuándo dónde y cómo trabajar, evitando los vicios más comunes no es fácil para el novato. Sabes, pues sí, creo que si alguien puede hablar sobre este particular me reitero… ese alguien eres tú mi buen amigo Iván. Tú sabes de esas cosas. Y lo sabes porque has indagado.

_ Yo sé buscar situaciones que ofrezcan posibilidades de ganar procurando una reacción en cadena. Hay que enseñar a las personas a utilizar todos los recursos disponibles a su alcance que son más de los que conocen.

_ Pero Iván, no olvides que mucho más allá de la ganancia monetaria se encuentra el profundo sentido de autorrealización. Y todo ello no deja de ser muy complicado. Encontrar en la actividad satisfacción a nivel personal es algo de lo que hemos hablado y que me recriminaste en Grecia, ¿recuerdas?

_ Los riesgos previstos son aventuras sanas más que peligrosos saltos mortales.

_ Pronunciarías las conclusiones de tus experiencias, incluso algunos de mis argumentos, ¿verdad? Proclamarías nuestras propias palabras de aliento. ¡Me gusta! Podríamos empezar por evaluar nuestros procesos de aprendizaje entorno a la vida, así como los logros que hemos obtenido, ¿qué te parece?

_ Antes percibamos el mundo… Yo escucho el sutil sonido de una llave entrando en la cerradura de la puerta de una tendencia futura. ¡Clic! ¿Has oído Oscar?… resuena –hizo una breve pausa porque el bullicio entorpecía su locución-. Cuando canalizamos una necesidad que otros no han observado, esto representa una oportunidad para contribuir a un mundo nuevo. Podría ganarme la vida cómoda y placenteramente. Comencé trabajando nada más con las manos. Luego intercalé la mente a ese trabajo manual exento de razonamiento. Ahora me gustaría tan sólo poder pensar. Ser un pensador libre, pero no un “intelectual”… ya me entiendes!

_ Tus ideas podrían revolucionar el mundo y quizás, sorprendidos, acallarían su voz de censura inicial –dijo con alegría Oscar.

_ Sabes que yo no actúo de forma tradicional. Sabes que estoy expectante, que estudio cómo suceden las cosas más elementales identificándome con ellas. Las mejores ideas se esconden detrás de los actos más triviales frente a nuestras narices retando nuestra sensibilidad y rapidez para cazar al vuelo toda oportunidad.

_ Tú miras con atención hasta encontrar un motivo que movilice tu adrenalina, yo, simplemente contemplo. No tengo esa necesidad de sacarle partido a lo que descubro ni darles una inmediata utilidad a las cosas. Me gusta moverme en la inmensidad del mundo abstracto sumergiéndome en él para gozar de su profundidad. Así es como yo percibo el mundo, como una gigantesca piscina donde zambullirme y sentir sin necesidad de planear.

_ ¿Y quién te rescatará del dinosaurio que guarda las entrañas de la piscina? –le preguntó Iván.

_ Tal vez un día me sienta con la fuerza de reunir los elementos dispersos en mi ordenador para que se combinen a la perfección y mientras no localizado “mi adrenalina”… como tú estaré alerta, de hecho he dado un paso abismal con mi independencia profesional.

_ ¡Fenomenal! Mira, cada uno de nosotros es merecedor del triunfo. Si uno cree en sí mismo y está comprometido en lo que está haciendo merece alcanzar el éxito. Debe aceptarse el fracaso como una lección en la escuela de la vida más que como una afrenta a la propia identidad porque forma parte del proceso de educación. Cada año que pasa estoy más convencido.

_ Entonces, Iván, entiendo que tu actividad es la del vencedor que ha derrotado a sus demonios internos y está dispuesto a aceptar riesgos calculados…

_ ¿Sabías que Walt Disney tenía miedo a los ratones y por eso creó a Mickey? Se enfrentó a sus demonios, hay que vencerlos!

_ Está bien que por una vez en la vida te concentres en dirigir tu naturaleza hacia algo que inicialmente no tiene forma en vez de asir lo que está hecho y confeccionado para desbaratarlo… y no tiene forma porque todavía está por inventar, según percibo por donde vas, pero, ¿cuál sería tu estrategia?

_ ¿Te refieres al contenido de las materias? No sé exactamente. Podrían ser cortos seminarios de fin de semana donde ayudar a la gente a ahorrar tiempo y dinero ofreciendo nuevas maneras de aprender. Me gustaría facilitarles su vida en el trabajo, poniendo en contacto a dos partes que se necesitan, en definitiva, promover el bienestar mental y físico en la gente.

_ Todo muy pragmático. Esperaba que también hubieras decidido promover el bienestar espiritual en las personas dado tu comentario de “aversión por todo cuanto no parta de lo humano”.

_ No sabría bien como hacerlo. Debo serte sincero. No me he detenido a reflexionar sobre el asunto. Además, la espiritualidad enturbiaría todo el proyecto. Muchas personas no asistirían pensando que se trata de una secta destructiva o de una extraña religión. La mayoría de gente huye ante lo desconocido. El excepcional ruido del silencio… desde entonces siento que tengo dentro una fuerza que me impulsa y a su vez siento como si me faltara algo que tengo necesidad de encontrar y no sé de qué extraña potencia se trata ni atino a saber bien qué…

_ Estoy realmente intrigado, ¿por qué tienes ahora esta repentina necesidad de decir cosas y enseñarlas a los demás?

_ Oscar, no quiero que se pierda todo lo que he aprendido con verdadero dolor. Mis experiencias tienen que servir para algo. Necesito que sean de utilidad para alguien. No quiero que todo este caudal de vivencias se malogre.

_ Está bien que quieras compartir. Me enorgullezco de tenerte como amigo Iván. Tú eres como un pecador que ha visto a Dios y por ello puedes convertirte en el mejor predicador.

_ Fíjate bien. Lo aprendido en la escuela y los estudios cursados en universidades o academias está orientado al conocimiento de disciplinas para hacer una actividad profesional, pero la experiencia demuestra que esa formación no evita que se presenten graves problemas de comunicación. Lo he visto muchas veces. Surgen un montón de conflictos innecesarios. La gente no sabe organizarse. El estrés que genera el trabajo incide en la vida privada afectando negativamente en la casa.

_ Hasta aquí plenamente de acuerdo ¡sigue!

_ El desconocimiento de nuestras propias habilidades, la falta de confianza en nosotros mismos, la dificultad para relacionarnos con los demás, a menudo nos impiden controlar las situaciones y alcanzar objetivos. Ha llegado el momento de que contemos con un centro de capacitación fuera de lo común para que no abandonemos nuestra educación cuando somos adultos… ¿qué opinas Oscar?

_ Es una idea vanguardista. Existe una clara vacante para una cosa como la que describes. Sí, veo que te estás encaminado a una solución concreta de manera creativa, porque, ¿supongo que piensas infundirle una metodología original… lo digo para que pueda funcionar!

_ Evidentemente… pero todavía no se cuál. Pero ten por seguro que la encontraré. Primero debo dotar de materias el centro, después, ya veremos como las imparto. ¿Nos vamos ya Oscar?… ¡Ahora sí que ya no puedo más!

_ Sabías que los antiguos faraones…

De repente Oscar se quedó hablando solo porque al girarse comprobó que Iván había salido al galope tras una motocicleta que descontrolada intentaba abrirse paso a través de la multitud. Les habían arrebatado la bolsa del equipo fotográfico.

Dos horas más tarde, del hombro de Iván pendía nuevamente la bolsa. Se había abalanzado veloz encima de los maleantes derribándoles en su huida para recuperar lo que pertenecía a su buen amigo, no sin llevarse un recuerdo en su rostro. Un largo arañazo cruzaba desde la frente a la barbilla, aunque no sangraba y lo disimulaba la suciedad de su cara. Nunca le diría que había sido golpeado con un barra de hierro. Oscar hubiera objetado que no valía la pena pelear por un objeto material pero a criterio de Iván, cualquier cosa que se hiciera sin su consentimiento era una violación, una agresión inmoral y frustrar aquel robo constituía el recuperar la dignidad perdida.

Oscar se acostó en la cama de su habitación 398 porque era la hora en que el sol apretaba. Estaba cansado. El agradable aire acondicionado relajó su cuerpo mientras su amigo se desprendía de la ropa de lino del color del desierto y se duchaba para eliminar la arena de su cara. Cuando Iván lo encontró completamente dormido, aprovechó para chapotear en la piscina con el traje de baño que le cogió prestado de su maleta abierta.

Estuvo un rato refrescándose en la piscina y luego volvió a la habitación de Oscar para vestirse con su ropa y bajó para merodear por las instalaciones del hotel porque su amigo seguía completamente dormido y no quiso despertarlo.

Descubrió en el hall a un grupo de colegialas francesas. Poco le costó integrarse al grupo para charlar con ellas. Les enseñó un truco de manos que había aprendido de un mago que conoció luego de una representación, pues no tuvo reparos en colarse por la puerta de atrás para llegar a su camerino a continuación del show. Le gustaban los atajos. Los pasadizos secretos. Fue recibido con cierta frialdad, pero como allí se encontraba su hija de siete años, se la cameló para que se pudiera quedar. También gracias a la pequeña terminaron cenando juntos y su insistencia no cesó hasta que el mago le enseñó aquello que había ido a buscar Iván. Era un sencillo truco sin demasiada importancia pero a Iván le había impresionado mucho, tanto como a las jovencitas colegialas que le rogaron que lo hiciera una vez más, aunque ellas nunca se atrevieron a preguntar donde estaba el truco asombradas con la boca abierta y los ojos salidos y en orbita.

Cuando llegó Oscar, Iván había encandilado hasta la profesora del grupo a quién orientaba sobre la ciudad y sus reclamos turísticos como si fuera el relaciones públicas del hotel.

_ ¡Hola! Estaba practicando mi francés.

_ Y además te llenabas de gozo. Basta con verte para comprobar como disfrutas con la alegría ajena. Esto dice mucho de ti Iván, ¿vamos?

_ ¿A dónde?

_ Pues a charlar en aquel diván. Desde allí tendremos ante nosotros una espléndida puesta de sol dentro de un par de horas.

_ ¡Adelante a toda máquina! –dijo Iván en tono cantarín-. Sus deseos son órdenes para mí.

Iván caminaba detrás de Oscar en dirección al diván cuando se le abalanzó una de las colegialas que se le colgó al cuello y lo besó y rápidamente regresó al grupo de colegialas que a lo lejos reían saludándolo con la mano. Se sentaban en el diván cuando Iván levantaba la mano para despedirse de ellas. Entonces Oscar le contó lo sucedido sin hacer mención a lo bien que le quedaban sus ropas.

_ He pensado en aquello que dijiste esta mañana sobre lo de escuchar el ¡clic! y, tendido en la cama, me he dejado llevar. Al despertar no ha sido agradable, Iván, me asfixiaba.

_ ¿Por qué Oscar?… ¿qué te asfixiaba?

_ La información. Recordé tus palabras sobre un mundo excesivamente tecnológico. La informática nos invade. Ahora que la revolución numérica permite una única tecnología para ver, escuchar, leer, y enviar un mensaje a la velocidad de la luz, y que las máquinas han acrecentado el paro de masas de gente y es esa misma gente quien consume toda la información… es indignante la cantidad de gente sin trabajo a causa de la robotización… Estamos en un mundo sin rumbo y la información, lejos de enderezarlo todo aún lo complica más al confundir a la población. Los medios de comunicación deberían asumir su papel principal… que no es únicamente transferir datos vacíos. Tienen ahora más importancia que nunca, y… creo que son cómplices activos del actual descontrol. Cuando hay una situación de injusticia, la prensa la radio y la televisión, deben empujar a la sociedad a la rebelión cívica y pacífica pero el pueblo está dormido, atontado, justamente por estos medios que colaboran con los gobiernos.

_ Caramba, caramba con Oscar, veo que no caen en saco roto mis palabras. Has tenido un mal sueño que no te ha dejado descansar.

_ Pero como si fuera una señal que me llega de algún lugar remoto he comprendido que podemos ahogarnos con tanta información Iván… porque es sobreabundante. Somos incapaces de absorber  la cantidad de información que existe hoy, ¿cuánta es interesante? ¿Cuánta necesaria? Mejor dicho, ¿de cuánta información podríamos prescindir?

Tomando el relevo, continuó Iván echando más leña al fuego.

_ Y este desmesurado aumento de la información no aumenta la libertad, más bien al contrario. La información se ha convertido en una mercancía que al margen de la verdad o la mentira se compra y se vende igual que el petróleo el café o el maíz a una velocidad absoluta. Está en cualquier punto del planeta con un solo chasquido –Iván alzó la mano para chasquear los dedos.

_ ¿Y esto puede significar avance social?… –se preguntó a sí mismo Oscar en voz alta-. Se habla a acerca del paro pero tanta información a nuestro alrededor y en ningún lugar se informa de cómo ponerle remedio.

_ Existe una crisis de contenido, un culto a las formas. Sabes Oscar, creo que los periodistas son las grandes víctimas porque la población demanda y en definitiva, las agencias no hacen más que dar lo que reclama la gente. Se publica edita y emite aquello que a la gente le interesa… programas basura en TV… que si sale con este, que si engaña a aquél, que si está embarazada, que si se van a casar… Deberíamos ser más exigentes con lo que leemos y vemos… queremos leer y boicotear pero terminamos viendo televisión –reconocía Iván que se había comprado un modelo inédito en el mercado de pantalla plana-. El periodista está atrapado. Cada vez son menos necesarios para la elaboración de una noticia. Su tarea es corta y pueden ser excluidos del proceso. El sistema no puede permitir periodistas que tengan autonomía.

Oscar recordó la esclavitud por la tiranía de la maquinaria empresarial del bufete donde permaneció empleado y su episodio de sometimiento paulatino y pensó que en una gran corporación tampoco un abogado puede tener criterio propio. Y sin cortar el ritmo de la conversación exclamó:

_ ¡Vamos mal! ¡Vamos muy mal! El cinismo, el egoísmo, la inhumanidad… se extienden por todo el planeta igual que la peste. Veo mucha desigualdad en nuestro mundo. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Lo que más produce nuestra sociedad de finales de siglo es ciudadanos “sin”… sin techo, sin salario, sin opinión, sin derechos; individuos excluidos. La solidaridad colectiva se esfuma. Parece que es el fin de las ideologías y el establecimiento de la economía de mercado en un planeta capitalista.

_ En mi proyecto quiero imprimir fraternidad –atestiguó prodigiosamente Iván-. Las leyes del mercado se han vuelto siniestras. Dividen a la colectividad entre solventes e insolventes, pero nada más interesan los primeros. A nadie le interesan los insolventes. Impera la ley que opera en la Naturaleza, la ley del más fuerte, el más poderoso. Es mi intención fortalecer los mecanismos de defensa de los más débiles enseñándoles algunos trucos de magia.

_ Lo ves Iván, esto si que es mágico!

Oscar señalaba los vivos colores que teñían el horizonte de tonos anaranjados fundiéndose con un ocre brillante de formas desajustadas y cambiantes.

_ Tenía otros planes para nosotros… pero esta visión es formidable.

_ ¿Por qué no lo dijiste antes Iván?

_ Los monumentos seguirán ahí por años. Nuestra conversación quizás no se hubiera producido y ésta visión formidable se habría perdido. Además, tengo prevista una excursión muy especial. Te vendrá bien reponer fuerzas amigo mío.

Pero cuando Oscar se enteró de que la excursión consistía en pasar algunas noches perdidos en el desierto no le hizo mucha gracia, y así se lo manifestó, pero ante la insistencia de Iván y su promesa de encontrar el hálito de una lámpara mágica no defraudó a su aventurero amigo que seguro de sí mismo, no comprendía las dudas o la vacilación. Oscar le dijo que lo acompañaría porque podía alargar sus vacaciones dado que ya no se debía a ningún jefe pero sólo aceptó cuando le hubo explicado bien el plan, sólo entonces se tranquilizó no lo bastante, seguía teniendo cierto reparo pero confiaba en Iván. Oscar había decidido aceptarlo tal como era desde la niñez.

En España Iván no había escuchado lo que se le dijo. Y una vez en el país tomó sus propias precauciones. Un nativo recomendado por la intima esposa del embajador francés le presentó al jefe de una tribu de Beduinos con el que trató apenas diez minutos, los suficientes para que le explicara a cambio de unos pocos dólares lo único que debía saber. Estuvo en la misma garganta del desierto para atender la autentica vibración del silencio pero debía volver… con Oscar.

Tenía muy claro con qué navío descender por el Nilo. Cuál debía ser el itinerario más completo y exótico que el ofrecido por las agencias. Había planteado un ultimátum a su compañía de viajes tan pronto rechazaron su petición, desentendiéndose de sus prescripciones una vez aterrizó en Egipto alegando que no cubrían correctamente las solicitudes de sus clientes pero Iván no era el tipo de cliente habitual, y sus necesidades distaban mucho de lo normal.

Y no renunció, aunque demoró la salida una semana que aprovecharon para visitar el Valle de los Reyes y una noche cerrada la Gran pirámide de Gizeh. Al día siguiente se trasladaron a la ciudad de Alejandría porque Oscar tenía interés en su puerto y sobretodo en exhumar ciertos pergaminos antiguos de su biblioteca.

Bajo el reinado de Iván se marchitaban los matices. Había dicho blanco y blanco tenía que ser y finalmente partió con su buen amigo por la ruta que había trazado en el restaurante cuando durante el postre ante la mirada incrédula de sus compañeros que reparaban en aquella manoseada hoja arrancada de algún atlas con el puño firme el intrigante Iván trazaba una línea sin explicar lo que hacía hasta levantarse para indicar “Me voy de viaje” y acto seguido se esfumó ante sus rostros atónitos sin dejar más rastro que el desconcierto. Todavía faltaban tres meses para las vacaciones pero había delimitado en el mapa su vida y fue a notificárselo a sus jefes.

Precisamente por cosas como esta era tan irresistiblemente seductor. Sin Iván el mundo sería opaco porque él era vida en plena acción, el calor del fuego, el rugir de la tempestad, la mirada aguda del águila en la altura. Sus exageradas cualidades y su aspecto imprevisto, igual como la pimienta cuando ofrece un sabor inesperado traumatizaba con sobresaltos la existencia de la gente de su alrededor. Así, tan distinto a todo era Iván que de consumirse se marcharía sin rastro y no quedarían ni siquiera las cenizas de las brasas, pero ¡qué hermoso incendio se hubiera presenciado antes de extinguirse! Por eso Oscar nunca lo buscaba, porque era imposible seguirle y alcanzarlo, sin embargo, cada vez que se cruzaban sus vidas se encontraban en una nueva amistad renaciendo en cada peldaño de la escalera de la vida.

Fue a orillas del río que se formó Egipto, uno de los países más antiguos de la tierra. El Nilo es famoso por ser el más largo del mundo. Nace como un pequeño manantial en Burundi atravesando siete países hasta llegar a Egipto que cruza de sur a norte hasta desembocar en el mar Mediterráneo. Egipto es una gran extensión de tierra marrón cruzada por esta franja azulina que guarda a sus lados ribetes color verde. La única tierra fértil se encuentra en sus orillas donde se produce casi todo el alimento que consume el país. Procurador de riquezas para el antiguo pueblo egipcio, conoció el esplendor aunque también sabe de violencias y destrucción, algo de lo que pocos lugares escapan en el planeta, excepto, quizás, ese lugar remoto con mucho encanto al que Oscar e Iván eran extremadamente sensibles.

Iván se había paseado ya por “la carretera de Egipto” que debían descender para aproximarse al monumento que ilustran los billetes como punto de partida para emprender su caminata por el deseo.

Oscar se apoyaba en la barandilla contemplando el paisaje. Se volvió hacia a su amigo que estaba tumbado en una hamaca y sorbía zumo típico del país.

_ Desde hace miles de años crece y crece en los meses que van de junio a septiembre. Sus inundaciones eran vistas como un milagro. Las aguas anegaban los terrenos depositando en ellos grandes cantidades de barro, y cuando las aguas se retiraban en octubre, los campesinos aprovechaban para sembrar sus cultivos sin saber que el Nilo nacía en tierras lejanas. No entendían porque sus aguas venían cargadas con fino barro fértil. Únicamente lo veían cruzar el desierto. Por eso llegaron a creer que era un río sagrado.

_ Y que sus aguas venían directamente del cielo! Yo también me he documentado antes de visitar Egipto. Conozco su historia. Deberías tomarte un zumo como este. ¡Es fantástico!

_ También se decía que su agua brotaba del centro de la Tierra. En la actualidad las crecidas del Nilo se aprovechan para llenar la presa de Asuán. ¿Te parece que la visitemos y así comprobaremos los sofisticados cauces de riego con los que han logrado aumentar las áreas de siembra?

_ Un país se organiza porque su gente lo hace. El individuo es la clave del progreso de un país. Todos podemos mejorar nuestros hábitos. Debemos analizar nuestras mayores necesidades dirigiéndolas hacia donde más deseamos, pero solo podrá obtenerse el progreso con una buena identificación de objetivos y una buena confección de los planteamientos adecuados, tal y como hiciera el pueblo de Egipto entorno a su necesidad de agua. Pero si objetivos y planteamientos no se coordinan a la perfección, en busca de un aprovechamiento más intenso del tiempo a nivel individual, en busca de unos resultados más favorables, estableciendo prioridades y métodos para su correcta ejecución, jamás conseguiremos llegar a la verdadera opción: la transformación; primero de la persona, luego del país. Esto nunca será posible si antes no rompemos con esquemas anticuados y poco prácticos. Hemos de reinventar nuestro proceder empezando por diferenciar áreas.

Iván se levantó sin haber contestado a Oscar y bordeó las sillas hasta escoger una en la que sentarse para aseverar:

_ Todo deberá estar claro sobre el papel.

_ Deberías ponerte a trabajar inmediatamente porque si eres capaz de escribir en una sola hoja tus mayores necesidades a desarrollar, habrás conseguido aumentar la oportunidad de acaparar de forma efectiva todo cuanto te inquieta y te estimula Iván, y ese proyecto se convertirá en una realidad.

_ Tienes razón Oscar, y si además de escribirlo consigo establecer una pauta de conducta fiel adquiriré una fuerte seguridad en la acción. Es sabiendo cómo están las cosas y gracias a un adecuado procedimiento acorde con nuestros objetivos y planteamientos como llega el progreso. Voy a establecer un sistema que aunque organizado, cuadriculado, estructurado… conserve su viveza y toda la frescura de sus áreas y su verdadera sensación de ser porque en una sociedad técnicamente avanzada es un pecado la ineficacia, pero al final, se impone la estructuración que aborta la espontaneidad.

_ Me pareces un ser tecnológicamente humano, ¿qué me dices de la comunicación? Hablaste de la dificultad en las relaciones interpersonales…

_ Las relaciones con las personas es lo que da sentido a la vida.

_ Dime, ¿y has pensado abordar este asunto? ¿Hay soluciones? ¿Vas a inventar un idioma?

_ Estamos inmersos en un mundo excesivamente técnico donde la capacidad de conectar y entenderse con nuestros semejantes se desvanece cada día. El factor humano debe ser nuestro compromiso como clave indiscutible para el progreso. Vivimos en la era del fax, el teléfono de bolsillo e Internet, las comunicaciones han evolucionado enormemente pero a menudo somos incapaces de expresarnos adecuadamente, no sabemos relacionarnos con las demás personas ni tampoco con el entorno provocando conflictos desagradables y situaciones incómodas. Más allá de una eficaz oratoria, hoy que todo el mundo tiene prisa, se trata de sintetizar la información al máximo.

Oscar abandonó la barandilla acercándose a Iván. Se sentó en una silla a su lado con la oreja agigantada.

_ Hay que saber del mutuo interés sobre un tema y del conocimiento y los deseos del interlocutor respecto a ese tema. Esto aportará riqueza propiciando “relación” entre dos personas lejos de la mera transmisión de simples datos estériles de conversación vana –Iván se mostraba muy convincente.

_ Entonces, me estás diciendo que el estilo de la conversación mejora las relaciones entre las personas…

_ Y la imagen personal y la receptividad y la reciprocidad mejoran la comunicación, no solo el tipo de conversaciones… el conocimiento del lenguaje corporal…

_ La grafología puede ser una herramienta de indudable importancia, ¿lo sabías? –y recordando la carta de su amada Ana que sobresalía de entre las demás apostilló-. Aunque apenas se escribe a mano… yo creo que se presta nula atención a los gestos que revelan mayores verdades que los labios.

_ Oscar, relacionarse bien y llegar a los demás no es vital… es lo único… porque, ¿cuántos de nosotros podemos prescindir de los demás?… ¡nadie! Absolutamente nadie es totalmente autosuficiente. El vendedor necesita compradores, el amante una pareja, los abogados clientes.

_ ¿Y tú eres quien hace tal afirmación?… ¡lo que hay que oír! El sol te ha calentado la cabeza Iván –tal vez Oscar se había molestado por haber incluido su actividad en el saco.

_ Sí amigo mío, las pirámides me han inspirado estas semanas más de lo que podría haber llegado a imaginar.

Las estrellas, todas, titilaban por encima de ellos realizando breves guiños de complicidad. Era un espectáculo tremendo de placidez acogedora.

_ Existe una base para la buena armonía entre los seres humanos. Un manual tan simple y evidente que solemos ignorarlo. Aplicar estas sencillas reglas que por supuesto todos sabemos pero que pocos llevamos a la práctica puede ser el inicio de una etapa interesante y confortable, y no estoy hablando de hacer amigos íntimos para coleccionarlos. Me refiero a tratar a nuestros semejantes como se merecen porque no olvidemos que todos somos personas y el ser humano merece respeto y un trato igual que el que podamos desear tú o yo.

_ Tacto, delicadeza, sutileza, sensibilidad, y una gran calidez, son bienes escasos, aunque valores seguros. Tienes razón. Pero se impone la despiadada competencia que deriva en el síndrome del líder.

_ Oscar, ¿tú eres líder? ¿Deseas realmente ser un líder?… No mal interpretes nunca esta palabra. El arte de mandar es bien difícil, tanto en la familia como en la empresa; en política, en las fuerzas armadas, en la iglesia, la universidad, la escuela. Pero alguien debe hacerlo, y, ¿por qué no tú o yo? Contéstame, ¿por qué?

_ Bien, si nos preparamos para ello, de acuerdo, ¿por qué no? …pero al servicio del ser humano sin distinción Iván, y con una esmerada aplicación, ¿oíste?

_ Todos tenemos responsabilidades frente a otros y llevarlas a la práctica dignamente es tan complicado como hermoso. Tan difícil como gratificante. Igualdad, generosidad, configurar un equipo ganador, ser imparcial, observar, reflexionar… esto último a ti te gusta mucho amigo mío –y ambos se rieron-. El poder y la fuerza, la simplicidad, la creatividad, la motivación. Merecer el cargo. Integridad, energía, carisma. Saber filosófico. Sencillez, humildad… ¿imaginabas que un líder debe reunir todas estas cualidades? –le preguntó retomando un tono concentrado-. Oscar, yo creo que los auténticos líderes son los que nacen con esta semilla y posteriormente se mejoran trabajando sus atributos sin terminar jamás el proceso de crecimiento. La madurez es fruto de la evolución constante.

_ Vas a necesitar una gran dosis de sugestión y de automotivación para cons…

_ ¿Y no es bien cierto que todo cuanto deseas ya está en ti? ¿Y no es cada uno el más idóneo para reconocerlo y repetirlo? ¿Para qué voy a esperar que otros me motiven? La fuerza del creer es un bien inagotable que me llevará por cuantos caminos desee imaginar eliminando fronteras físicas y psíquicas. No permitiré que esa fuerza se convierta en una ilusión. Esa fuerza conseguirá hacerme partícipe de la realidad.

Y sus palabras eran proféticas pero no era consciente ni del hecho ni de su magnitud, y siguió salpicando con palabras la tertulia.

_ Todos podemos superar nuestras mayores debilidades por medio de la propia autoafirmación. Unas palabras de aliento pueden salvar más vidas que muertes provoca una bomba atómica.

Oscar frunció el ceño pero Iván lo ignoró y continuó apasionado por cuanto decía.

_ Podemos incrementar con sencillas tácticas nuestras habilidades personales, sobretodo las que son nada más nuestras, las exclusivas, evitando al máximo los temores que aunque parecen existir como algo negativo se logran suprimir cuando nos damos cuenta que son del todo inofensivos.

No fueron al restaurante de abordo para cenar. Prefirieron seguir compartiendo la tertulia en cubierta. Y continuaron hasta caer rendidos, entonces bajaron a sus respectivos camarotes y se derrumbaron en la cama y no sería hasta encontrarse en un grado de intimidad semejante que reemprendieron el tema que últimamente conmovía tanto a Iván.

Pero sucedería luego de navegar en el navío por el henchido y copioso curso del Nilo. Luego de haberse deleitado con sus amaneceres, con los suaves tonos sonrosados que mansamente dan paso a otros anaranjados y rojizos hasta convertirse en claridad de luz que se derrama por doquier.

El uso de la individualidad de Oscar e Iván no era total, cuando la individualidad es nuestra identidad más auténtica. Ambos tienen que conjugar las facetas. Uno tiene conciencia pero le falta activarse, liberar su voluntad. El otro tiene voluntad pero le falta despertar, tomar conciencia.

Parte de su individualidad le otorga al insondable Oscar un dinámico pensamiento que lo caracteriza, y aunque todavía no lo sabe, al mismo tiempo le permite un contacto con toda la unidad de la creación.

Parte de su individualidad le otorga al inexpugnable Iván un profundo sentimiento de singularidad, y aunque todavía no lo sabe, al mismo tiempo le permite un contacto con toda la unidad de la creación.

Mientras Iván es sensible a las influencias físicas, sus aptitudes intuitivas son capaces de penetrar en espacios invisibles aparentemente inexistentes. Original y lleno de inventiva, admira la vida con los ojos frescos del corazón. Y huele a eucalipto. Por el contrario, siempre inspirado en la expresión personal y el desarrollo espiritual, Oscar permanece atrapado en la rutina y los hábitos aun habiendo inaugurado su despacho profesional. Sus actos son limitados, finitos. Y puede quedarse en el campo de la hipótesis, de las ideas, y al resistirse, ocultar su verdadera condición oliendo a formol. Sin embargo su fluir espiritual es consciente y su conocimiento permanente, aunque hace caso o miso de la presencia. Posee un instrumento que sería muy útil en manos de Iván.

Oscar cree en algo que todavía no comprende en su perspicaz reflexión e Iván percibe algo que todavía no entiende en su incesante actividad, y porque ambos viven en la amistad permanente, el único elixir capaz de enriquecer la existencia humana y restablece las relaciones perdidas entre los seres humanos, es por eso que un día… y tendrá nombre!

Los peregrinos del viento saben, pero no saben que saben. ¿Qué saben? ¡El secreto a voces! En ocasiones excepcionales sienten una profunda experiencia con la que terminan por comunicarse, aunque no averiguan lo que significa. Sienten experiencias con las que no consiguen conectar. Experiencias que suceden cuando se encuentran en cualquier entorno, ya sea caminando por un bosque o al sentarse junto al mar, ya sea mientras riegan las plantas o sirven carburante al automóvil, ya sea cuando cocinan o practican su deporte preferido, ya sea cuando abrazan a un amigo o cierran un acuerdo profesional, incluso al lavarse los dientes en el baño o al voltear la página de un libro sienten una poderosa presencia que habla. Algo que se reconoce en uno mismo y que a su vez parece venir de un lugar remoto más verdadero que nosotros mismos.

                            *                  *                  *                  *

El antiguo pueblo egipcio basó su cultura entorno a la muerte. Anubis, con cabeza de chacal y cuerpo humano era el dios protector del embalsamamiento. Tenían la firme creencia en una vida de ultratumba. La muerte no era más que la transición a un nuevo modo de vivir. Y la preocupación de todo aquel que disponía de medios era prepararse una buena morada para la eternidad. De acuerdo con los recursos de la familia del difunto, se envolvía el cuerpo con vendas de lino después del embalsamamiento. Era más costoso cuando se le extraía el cerebro, el hígado, el estómago, los pulmones, los intestinos. Maquillado y vendado y colocado en un sarcófago, se conducía a la momia a la tumba rodeada de objetos y comida abundante. Había pinturas y relieves en las paredes para que disfrutara de todo lo que había poseído en vida durante la nueva vida.

Sin duda la más singular de todas las tumbas es la Gran pirámide de Gizeh construida para el faraón Keops donde una noche cerrada Iván entró con su amigo tras sobornar a los guardas para abordar el tema. Quería obligarlo a que dejara de ser un asunto tabú, provocar la conversación, y aunque la abrió con un tono desenfadado “Los antiguos egipcios concebían su muerte para la eternidad, y esto está bien, pero pendientes del culto a la muerte se olvidaron de vivir. Buscaron el equilibrio entre lo humano y lo divino intentando fusionar lo cotidiano con lo permanente. Dominaron el arte de la cirugía y, en el campo matemático, no conocieron el cero. ¡Mezclaron magia, religión y medicina!” Oscar eludió toda conversación limitándose a estar de cuerpo presente. Y al siguiente día de camino a Alejandría estaba ausente.

Pero disfrutó en la biblioteca de Alejandría. Cierto que se había mostrado retraído desde la visita nocturna a la pirámide incapaz de vencer el pavor que lo sobrecogió minutos antes de penetrar al interior pero el puerto de Alejandría y el contacto con los pergaminos antiguos le habían devuelto un aire renovado, hasta que se sumió en absoluto mutismo tras escuchar la afirmación del bibliotecario -Hablar de los muertos es hacerles vivir otra vez, se ha consumado lo que reclamó Ramses II-, ¿por qué todo el mundo se empecinaba en hablar de la Muerte? Y acto seguido pensó en su padre imaginándolo en el fragor de innumerables gestiones para promover tratos ventajosos en su viaje de negocios.

Iván no volvió a mencionar la característica que dominó la civilización antigua de más larga vida que se elevó durante 3.000 años a las alturas para eclipsarse después; igual que otra similar en otro extremo del mundo a espaldas la una de la otra. Egipto embelesa no sólo a los arqueólogos que estudian las tumbas y los recipientes de barro. Todo tipo de gente se ha sentido cautivada por la tierra que hechiza por su pasado faraónico y sus cuerpos momificados y los escarabajos, verdaderos amuletos.

En un improvisado embarcadero Iván solicitó al capitán del navío que les permitiera apearse. Una figura aguardaba impávida. Oscar conoció al jefe de la tribu de beduinos que le había contado a su amigo cómo llegar al corazón del desierto para escuchar la autentica vibración del viento. Y a continuación de aceptar las provisiones y agradecerle su gesto se despidió para acompañar a Iván en su expedición de la lámpara mágica.

Junto al silencio y al viento avanzaron durante un viaje sin brújula hasta el templo situado a 1.155 km de El Cairo que en 1960 fue descompuesto para volverlo a componer en medio del desierto porque las crecidas del Nilo por la construcción de la presa de Asuán apremiaban para inundarlo.

Los turistas llegan en avión para contemplar la fachada de Abu Simbel de unos 33 metros de altura por treinta y ocho de ancho presidida por cuatro colosos de veinte metros cada uno, pero ellos llegaron en camello atravesando el desierto.

Y luego de largas jornadas vagando se toparon nuevamente con ese zumbido peculiar que por alguna extraña razón llegaba de algún lugar remoto para que los dos encontraran un grado de intimidad cercano a la unión y se detuvieron, ajustándose a la majestuosidad del lucimiento de las fuerzas naturales en la misma garganta del desierto.

Ambos amigos se sentaron en una duna en medio de la nada.

_ Oscar, creo que la actitud frente a uno mismo es lo que determina el futuro. Solamente el temple, acompañado del franco y apasionado deseo contribuirán a conquistar todas las metas… pero siempre y cuando la actitud, más de dentro que de fuera, haya variado.

_ ¿Por qué dices que debe variar Iván?

_ Porque para mejorar, hay que sacrificarse, pero en general se teme esta palabra.

_ ¿La palabra sacrificio?…

_ No Oscar… la palabra mejorar… puede sonar pretenciosa. Cambio es más sutil, pero tú mismo me lo advertiste en Grecia… cambiar no es mejorar! La mejora invita al aprendizaje. Predispone a la instrucción. Debemos destruir algunas bases para poder plantar nuevas y fértiles semillas que serán débiles a menos que las alimentemos con amor.

_ Tienes razón. Actualmente parecemos autómatas. Este paso es inevitable.

_ ¿Convertirnos en autómatas? –preguntó Iván.

_ Pues tal y como camina el mundo creo que sí. Sabes… me gusta oírte hablar de amor.

_ Me gustaría encontrar una metodología que además de didáctica fuera lo suficientemente rentable a corto plazo para que mereciera la pena.

_ Por lo que deduzco, poco a poco pero progresivamente, pretendes implantar hábitos sumamente mecánicos para que en el curso de la práctica habitual se conviertan en un comportamiento espontáneo al que poder acceder, y éstos hábitos, serán sinceros cuando vayan degustando su eficacia, sus beneficios, entonces pasarán a ser naturales. Si ya te lo dije, eres un ser ¡tecnológicamente humano!

_ Sí Oscar, exactamente, cambiar paulatinamente al comprender que existen ciertos requisitos ineludibles, algunos compromisos obligados y responsabilidades que deben asumirse correctamente pero que, y ahí está el quid de la cuestión, voluntariamente, cada cual debe escoger. Entonces, y solo entonces, puede acceder uno a su yo más íntimo. Me gustaría enfocarlo como un programa de enseñanza modular dentro de una especie de maestría donde exista la posibilidad de escoger, en… como denominarlo –y comenzó a titubear moviendo los ojos de un lado a otro parpadeando repetidamente-. Sí, ya está, la posibilidad de poder escoger en el Master de la Escuela de Triunfadores únicamente los apartados que sean de su interés, proporcionando así a las personas la posibilidad de entrar en contacto directo con el programa completo pero sin forzarlas. Nada más despertando su curiosidad.

_ Esos apartados modulares podrían tener dos niveles –añadió Oscar-. El seminario-Taller con una duración de tres días y el curso, con una duración de tres o más semanas, dependiendo del grado de ampliación y profundidad que se desee sobre los temas seleccionados. También podrías realizar jornadas de presentación de tu programa en distintos foros públicos, pero, ¿y los contenidos  Iván?

_ Creo que debo comenzar por como administrar el tiempo. Mucha gente está demasiado ocupada haciendo infinidad de cosas y olvidan realizar lo que es esencial. Debo encontrar la manera de ayudar a que encuentren tiempo suficiente para hacer las cosas verdaderas.

_ Te das cuenta de que lo has dicho. Debes encontrar para que ellos encuentren. ¿No te parece un tanto complejo?

_ Pues tienes razón. Qué puedo decir. Si fuera fácil dejaría de tener aliciente para mí. Yo, como cualquier otra persona, tengo todo el tiempo del mundo. Solamente debo aprender a utilizarlo, a saber qué hacer con él. La llave maestra es la adecuada administración del tiempo. Un tiempo que pasa para todos de manera irreversible por igual.

_ Creo que deberías centrarte en los ladrones del tiempo.

_ Sí, otra vez estás en lo cierto amigo mío. Hay demasiados ladrones y el tiempo es un capital demasiado valioso. Un capital que no puede sustituirse. El tiempo no puede comprarse, ni regalarse, ni alquilarse, ni tampoco está en venta.

_ ¡Como el amor!

_ En eso discrepo Oscar. El amor sí puede regalarse…. recuerda que tú me lo mostraste, ¿no te acuerdas ya de aquello de dar sin contemplaciones? –Iván le pellizcó la mejilla retorciéndosela-. Y al igual que el amor, el tiempo no puede desaprovecharse ni debe malgastarse estúpidamente.

_ Igual que el amor, al que hay que dejarlo correr para que dance a su antojo dijo Oscar sacándole la lengua en señal de burla.

_ Sí, sí, sí, sí, el amor, pero hablemos ahora del Tiempo. No puedo hacer un seminario sobre el amor. Yo solo podría enseñar a ligar.

_ Y se pagaría mucho dinero por esta asignatura, créeme. Seguro que tendrías alumnos de ambos sexos y de todas las edades.

_ Mira Oscar, el tiempo, a diferencia del amor, no se multiplica ni se reproduce por sí mismo. El tiempo es del todo inalterable, porque está fuera de nosotros, mientras que el amor… el amor, todavía no tengo la certeza, pero intuyo que es moldeable como una figura de barro. Al contrario del tiempo que es vida que pasa inexorablemente… estoy convencido que el amor es vida que permanece y se acumula. ¿Tus palabras de París no murieron? Pero aprende algo tú Oscar, con cada nuevo día que nace empieza la vida.

_ Si organizaras un seminario a cerca de la seducción… ahora que percibes el amor… definitivamente, el aula se te llenará –y la cabeza de Oscar parecía rebotar de arriba abajo en señal afirmativa-. Con este amor que parece asomarte, miras tu proyecto desde otra perspectiva… y sabes, estoy convencido que te convertirías en un buen orador –agitó las manos a su alrededor para ahuyentar algunos mosquitos impertinentes-. ¿He visto mosquitos o me lo ha parecido! –Iván no respondió y Oscar prosiguió-. Creo que debes tomarte más tiempo para pensar porque es la fuente de donde nace la fuerza, reflexiona sobre el proyecto. No actúes y ya está. Pero no te vayas al otro extremo, no solo pienses y ya está. Mide tus excesos. Y no olvides tomarte tiempo para jugar, porque es el secreto de la eterna juventud. Tomate tu tiempo para la lectura, porque es conocimiento, una forma de riqueza y la base de la cultura universal. Y guarda un tiempo para seguir siendo amable con los niños y los ancianos, esta es la puerta de la felicidad. Pero inventa un tiempo para estar contigo y será música para el alma.

_ Pero sobretodo, debo tomarme tiempo para trabajar. Es el precio del éxito. El secreto es priorizar las mayores necesidades. Sin objetivos no hay orden. Nada más caos. Es conveniente reconocer los objetivos…

_ ¿Cómo es un objetivo Iván?

_ Haber… como te diría yo. En mi opinión, un objetivo es en primer lugar y ante todo, un estímulo para aumentar el desarrollo individual. Un reto para nuestra propia autosuperación camino de la realización personal.

_ Pero, ¿para qué sirven los objetivos?

_ Principalmente, para dar sentido a nuestros actos. Los objetivos son nuestra razón para existir. Son motivos para obligarnos a luchar. Excusas para mantenernos vivos. Debemos estar en permanente crecimiento, en evolución personal constante. Los objetivos son la oportunidad de obtener ganancias que confirman que es posible desarrollar nuestras facultades y bien dirigidos, permiten poner en evidencia nuestras innatas cualidades, las destrezas escondidas, las habilidades más agudas. Nuestro potencial individual es inmensamente grande.

_ Y, ¿cómo ha de ser un objetivo?

_ Claro, medible, accesible, con cierto nivel de dificultad, y premiable. Debemos compensarnos a nosotros mismos cuando lo hemos conquistado.

_ Imagínate que te encuentras con un asistente a tu curso que intenta boicotearte y te pregunta, por ejemplo, ¿cuáles son las fases de un objetivo?

_ Bien, le diría que son… analizar la situación globalmente, detectar el ánimo e intención concreta, reunir los recursos disponibles, ejecutar el trabajo, controlar el proceso para corregir desviaciones y finalmente supervisar el resultado que debe coincidir con aquello que nos hemos propuesto al inicio cuando determinamos el objetivo.

_ Estás bastante preparado. Tienes una rápida respuesta, coherente e instructiva. Déjame insistir, ¿es fácil de conquistar un objetivo?

_ Sí. Siempre que tengamos un detallado plan de acción sobre un calendario donde hemos fijado los plazos y los vencimientos. Pero la pregunta que a mí me gustaría, es, ¿y qué pasa cuando no tenemos objetivos en la vida? Con esta pregunta disfrutaría. Me acercaría a quien la formulara para mirarle a los ojos y decirle: pues que somos un barco que va a la deriva!

_ ¡Evidentemente! Sin objetivos no existe la planificación ni tampoco la organización, pues no podemos llevarla a cabo y …

_ ¿Pero en función de qué vas a organizar? –le interrumpió Iván-. De nada le sirve a una empresa un organigrama si la misión es confusa. Si no dispone de un propósito para existir jamás podrán organizarse las actividades.

_ Y si carecemos de objetivos, difícilmente podemos fijarnos prioridades. Que bien me hubieran venido estas palabras en mis tiempos de estudiante. Entonces hubiera podido establecer las prioridades A, B y C, en función del tiempo el dinero y el grado de satisfacción.

_ Poner atención y mirar en la dirección que vamos. Muchas personas salen a buscar lo que les gustaría y encuentran algo que les desagrada porque no establecieron correctamente en el punto de partida su verdadero destino. Otros salen certeros, seguros, pero cuando un elemento los distrae por el camino se despistan y al rato ya no saben bien donde se encuentran.

_ Hay gente que persigue aquello que impone la sociedad. Va tras lo que está de moda, pero no han llegado a ninguna conclusión respecto a lo que necesitan y pueden o deben obtener. Desconocen sus mayores necesidades.

_ Y por eso salen en dirección equivocada y terminan por dar tumbos, estrellándose contra los muros o embarrancando en los arrecifes. No han previsto planes de emergencia puesto que no sabían a donde se dirigían. A muchos los azota la desdicha y lo que es peor… nada hacen por enmendar la situación, nada hacen por reelaborar su objetivo en la vida. Yo siempre he intentado asegurar el tiro al máximo –se había mostrado tangible e indiscutible tras la afirmación.

_ Pero si sobre diez puedes conseguir ocho, lo adecuado es fijar la meta en seis, y tú, Iván, muy al contrario, quieres llegar a doce, allí donde nadie se atreve, ¿por qué no vas sobre seguro y más tranquilo con garantías de llegar a la meta… en vez de ir hacia lo inaudito a cada rato, exhausto!

_ Mi naturaleza es así, ¿qué puedo decirte? Alguien tiene que llegar a la zona prohibida, al terreno desconocido. A muy corta edad tuve que aprender a tomar mis propias decisiones. Se produjo un punto de inflexión, un desnivel que me hizo confundir lo imposible con lo evidente, y todo lo posible con lo mediocre y vulgar.

_ ¿Es por eso que quieres enseñar, para que no se pierda lo que tanto te ha costado aprender?

_ Exactamente Oscar, así es. Creo que ya te lo había dicho. Debo hacer algo útil con todo esto. Partí del paraje de la devastación sin amilanarme ante el reto. Lejos de revolcarme en la desolación de mi suerte, salí a la universidad de la vida sin más opción que la de aprender.

Desierto. Una jornada detrás de otra sin más alimento que ellos mismos. Y un Iván capaz de estructurar al ser humano y descomponerlo en piezas.

_ La mayoría de las personas creen que son las cosas o la gente quien les hace felices, pero yo creo que esto no es correcto. Tanto tú como yo, Oscar, somos los conductores de nuestra propia existencia porque los pensamientos que escogemos en relación a las personas y las cosas que nos rodean determinan el estado de ánimo y el comportamiento, tanto como las acciones. Siente lo que piensas y aprenderás a pensar de otra manera. No se trata de si se puede o no se puede hacer, se trata de sí se hará o no se hará finalmente. Y la decisión siempre es individual. Tiene que serlo. Propia de cada uno. ¡Exclusiva!

_ A mí lo que más me gusta de tu inquietud… porque tengo esa sensación y espero no equivocarme, es que te gustaría evitar que las personas sigan matando de hambre su espíritu. Y la verdad, esto me parece muy bien. Es bueno renovar ideas. Conocer revolucionarias teorías. En general, nuestra escala de valores no está suficientemente definida y la sociedad actual no socorre, sino que contribuye a confundirla hasta ahogar los valores.

_ Yo creo que cualquier persona tiene derecho… no, ¡rectifico! Toda persona tiene el deber de aspirar a más. Y aunque me será difícil conseguir que se desnuden no descarto la lucha, no desfalleceré. No me desanimaré a la primera de cambio. No lo haré aunque muchos sigan reprimiéndose obtusamente resguardados tras sus carcasas de acero forjado. Imagínate una habitación completamente oscura, pues lo que pretendo es entregar una linterna. Ahí termina mi función. Encenderla o no encenderla… ¡ahí está el dilema! Pero es un dilema individual. Cada uno decidirá si prenderla. El descubrimiento debe llegar con la suavidad del viento cuando acaricia. Pero honestamente Oscar, quiero contribuir con mi esfuerzo. Y necesito que comprendas y me ayudes a razonar. Si algo he aprendido de ti es que los poderes de la mente son infinitos pero únicamente utilizamos un diez por ciento.

_ Pero yo también he aprendido mucho de ti Iván, ¿y quién me contradice si afirmo que es el corazón el que nada más utilizamos en un diez por ciento de sus posibilidades? Cuando un músculo se utiliza se desarrolla, pero cuando se lo ignora acaba por atrofiarse y esto es lo que le ocurre al género humano: se desatiende y se pierde. Coincidimos, ¿cierto? Lo que quiero decir es que aun siendo inteligentes, puede que no vean la oportunidad. No es fácil que las personas se desmarquen. No es fácil que rompan con lo que les proporciona una simulada seguridad. No todos poseen tu gallardía mi buen amigo.

_ Oscar, puedo concebir un hombre o una mujer sin pies, sin manos, sin piernas, sin brazos, pero no puedo concebir una persona sin pensamiento porque entonces sería nada más una piedra o un árbol; un pedazo de montaña después de la desafortunada visita del fuego que muestra un tierra arrasada.

_ A veces me parece que tienes dotes de grandilocuente poeta.

Desierto de alucinaciones que sólo tienen los hombres sedientos deslumbrados por el sol.

_ El pensamiento es grande rápido y libre, la luz del mundo y la gloria del individuo –terció Iván-. El pensamiento nos consuela a todos de todos y todo lo soluciona. El pensamiento no paga impuestos, ni peajes, ni aduana. Quien no puede pensar es un idiota pero quien puede hacerlo y no quiere es un fanático. Francamente te lo digo Oscar, quien no se atreve a pensar es un cobarde.

_ Y además de poeta un hombre práctico! Te he visto actuar impulsado por la encendida pasión sin pensamiento ninguno por años, y no obstante, me hablas ahora acerca de algo que conozco bien con un conocimiento tan pleno como el mío. Quizás estaba errado y no eras lo que parecías.

_ ¿De qué sirven los ojos a un cerebro ciego?… Pensar puede ser el trabajo más difícil que existe y quizás por esta razón hay tan pocas personas que lo hacen.

_ Y yo que tenía la impresión de que tú no tenías al pensamiento en cuenta… creía que actuabas por reflejo.

_ El pensamiento es la principal facultad que tenemos los humanos. No es lo que poseemos o lo que somos o el lugar donde nos encontramos, ni tampoco lo que realizamos. Nada de esto es lo que nos hace felices o desgraciados sino la manera en que escogemos procesar la información. Son nuestros pensamientos quienes nos hacen, porque nada es bueno o malo. El pensamiento califica de una u otra manera.

_ Es verdad. Quizás tengas razón, y si variamos los pensamientos podemos cambiar nuestro entorno.

_ Tal como piensas eso es lo que eres. La pregunta clave desde donde poder diseñar un curso, sería ¿somos dueños de nuestros pensamientos? Y si lo somos, ¿por qué nos quedan tan lejos?

_ Pero la voluntad te los acerca.

_ La libertad de poder escoger existe como opción y la actitud mental positiva es un buen camino. Personalmente te lo digo Oscar, creo que esta combinación de libre elección y mentalidad positiva es la mejor alternativa desde donde arrancar en nuevo caminar porque predispone a no menospreciar ciertas cosas, como no sea el egoísmo la mezquindad y la corrupción. Predispone a no tener miedo, como no sea a la cobardía, la deslealtad y la indiferencia. A no desear nada que pertenezca a otro… como no sea su bondad.

_ Rectifico, más que un poeta me pareces un profeta. Entre un pecador y un santo, escojo al pecador. El santo, probablemente jamás ha tenido la osadía de infringir las normas o la valentía para romper las costumbres establecidas. Pero quien como tú Iván indaga en la zona oscura, tiene la posibilidad de volver para contarnos a los demás lo que allí ha visto. Sabe cual es el camino de regreso y puede emprenderlo otra vez, después de conocer y comprender su lado opuesto. Entonces, si puede perdonarse sin remordimientos… se convierte en un hombre grande.

_ Oscar, yo dicto mis propias reglas. Soy dueño de mi tiempo y hago frente a mis necesidades. No pido favores a nadie. Observo las oportunidades y, aún así, quiero el privilegio de equivocarme. Sin ideales no eres nada. Sin un propósito claro nunca se consigue nada. Y sin riesgo no hay premio. Todo el mundo acaba pagando un precio. No hay excepciones. Quién se mantiene inoperante, quieto, sin hacer nada por solventar los problemas, paga un precio. Igualmente como quién no le importa arriesgar su integridad para defender sus ideales, también paga un precio. Es curioso, por muy alto que llegues o muy bajo que hayas caído, compruebas que en ambos lugares tanto el bien como el mal siguen existiendo. Y acabas escogiendo. Puede hacerse de una forma acertada, seleccionando aquello que te permite vivir en paz contigo mismo, tranquilo, satisfecho de tus actos, o por el contrario, se puede seguir caminando sin rumbo a merced de los acontecimientos ignorando los propios principios. Aunque entonces estás muerto. No lo sabes porque te limitas a vegetar, pero estás muerto. ¡Muerto!

Arena caliente sin estrechas calles de piedras, lejos de los comercios de especies, de la bandeja de té con piñones y la pipa de agua. Ajenos a cualquier reyerta, sin contrarios, ni intrigas, ni aprietos. Pies descalzos hundidos palpando con las puntas las entrañas de la Tierra.

_ Sabes Iván, me estás tocando dentro. Me estás descubriendo lo que me temía, mi gran dilema, que no es saber de dónde vengo ni adónde voy, sino, entender quien soy. Para qué sirvo. ¿Para qué soy útil? He ganado muchos casos pero siento que todavía no he hecho nada de utilidad en mi vida. Tú, en cambio, pareces tener un proyecto con el que disfrutas y te identificas.

_ Pero Oscar, este tipo de respuestas debe uno buscarlas en su interior. A mi sólo me está permitido darte un tremendo bofetón para que reacciones. Puedo zarandearte un poco pero nada más… no puedo molerte a tortazos! Oscar, a los ojos de la gente puedes parecer un ser insignificante pero yo sé bien que tu corazón es bravo.

_ De acuerdo, el paraíso está al otro lado de la puerta. Ya lo sé. Está ahí. Debo cruzarla. Pero el pasillo es tan largo y siniestro… hay tantas puertas y puertas que no se me ocurre otra cosa que empezar a desfallecer. Sé que estoy en un momento fértil con la promesa de grandes logros. ¿Quizás me he equivocado de piso? ¿será eso?

_ ¿Cuántas puertas has traspasado?… porque esa es la cuestión. Has sido tú quien ha hecho referencia a la voluntad y la voluntad es acción. La persona que tiene algo por lo que luchar, simplemente, vive más y mejor. Razonar de manera positiva equivale a vencer el mal, y también la negatividad pero…

_ Y, ¿no crees tú Iván, que todo cuanto la mente es capaz de imaginar lo sabe antes el corazón?

_ Sea como sea, en el espíritu yace todo. Desde algún lugar remoto me llega la melodía… y dice que va a suceder algo maravilloso esta noche. Me consta que será una señal.

_ ¡Yo también oigo una especie de melodía!

_ Aquí Oscar… semejante expresión de la naturaleza es un imán que atrae a buscadores y yo he buscado con ímpetu y, …y estoy encontrado! El espíritu es un cofre de tesoros insondables y la manera como llegan pensamientos y sentimientos me parece cosa secreta. Sinceramente, se me escapa. Creo que todo está ahí, aguardando, esperando a que penetremos, a que entremos en su misma onda, pero la conexión no es posible por muchas razones todas ellas externas… razones de las que debemos liberarnos. Fuiste tú quien me habló del miedo a la libertad, recuérdalo. Aplícatelo a tu persona en vez de continuar tartamudeando por años…  no sigas dubitativo o permanecerás sediento aunque sigas bebiéndote el agua, porque no repararas en ella como el pez que no sabía lo que es el agua.

_ No entiendo!

_ Cuida que no te suceda lo que al pez que acudió al pez sabio para interrogarlo acerca del agua y cuando éste le contó que el agua era lo que estaba a su alrededor, aún así permaneció sediento de comprensión. Te aseguro que he trabajado mucho a nivel interno. Y a partir de ahora me concentraré mayormente en mis pensamientos en vez de hacerlo solamente en la espontaneidad de la incesante actividad. Mediré mis movimientos. Y sabes otra cosa, quiero enseñar mantras a la gente para que los incorporen a su dieta.

_ Dame un ejemplo.

_ Mi pensamiento no conoce límites. Desconoce los principios y los finales porque en mis pensamientos no existen las barreras. Por tal razón me dejo ir en vez de aferrarme, para reformar mi vida de manera que me agrade.

_ ¡No está mal! ¿Otro?…

_ Por mucho que corra el viento jamás alcanzará la realidad de mi pensamiento.

_ ¿Es otra de tus verdades?

_ La mitad de las personas actúan sin pensar y la otra mitad piensa sin actuar. Tú y yo somos un claro ejemplo. Cada uno en un extremo durante veintitrés años… Pero yo, hoy, decido mejorar.

_ ¿Estás de acuerdo conmigo que el pensamiento es pura energía que fluye libremente por todo el universo? –le preguntó Oscar.

_ Sí. Energía sin restricciones, sensible de ser captada y utilizada por cualquier mente inquieta, espabilada, vigilante, lúcida, perspicaz, sagaz y despierta, y esta última palabra “despierta” puede que sea la que mejor define a la persona con ganas de vivir intensamente… una persona a la que le es más fácil palpar esta vitalidad grande y potente Oscar ¡Vas a tener que seguirme el ritmo! La energía es un poder inagotable al que debe sacársele provecho. Pensar es moverse en el infinito. Hemos de darnos tiempo para cultivar nuestras fantasías. Hay que crear nuestras propias oportunidades de negocio. Invitar a los colaboradores adecuados y repartirse los beneficios a partes iguales. Te lo ruego… ¡no te me quedes rezagado!

_ A partir del momento en que tú eres capaz de hacer algo crees que los demás también deben hacerlo pero… Espero que sepas encontrar la imprescindible sapiencia para distinguir lo que es justo –le espetó Oscar-. La voluntad para escogerlo. Y la fuerza para llevarlo a cabo. De lo contrario puedes hacer mucho daño Iván. Tu causa es noble… en tiempos en que las causas nobles son ridículas. Tu actitud honesta. Y el propósito por lo que he podido deducir muy sano. Probablemente tú y yo tengamos que conjugar nuestras facetas –lo miró tan fijamente que casi podía ver con los ojos de Iván-. ¿Quién es tan ciego que puede menospreciar indicaciones y sistemas operativos que funcionan? Tu mundo cabe en el mundo pero… ¿cabe el mundo en el tuyo?

_ ¿Quién es tan rico que puede desestimar aportaciones interesantes que favorecen su aprendizaje? Y, ¿quién es tan espléndidamente autosuficiente que puede prescindir de una palabra valiosa para su crecimiento?

_ Nuestras palabras de aliento pueden encontrar un refugio en las almas atormentadas –casi hablaba con la voz de Iván-, un rincón donde anidar para cuando el desorientado las precise… yo mismo así lo espero, te lo aseguro, espero no defraudarte amigo mío. Tu enfoque es bueno, eso de que la vida es un juego emocionante donde nadie puede ser perdedor me gusta. Respetar reglas sencillas pero importantes, ¡está bueno! Creo que nadie mejor que tú para enseñar a las personas a combatir el desengaño por los resultados obtenidos porque has sabido extirparle  poemas a la dificultad. Si alguien puede mostrar como ganar al fracaso, ese eres tú Iván. Claro. Tú sabes estimular para que se acepten los retos… hurgarás en el almacén interno de los participantes a tus cursos para encontrar el valor para que se arriesguen… ese valor que convertirá sus sueños más complejos e inaccesibles en oportunidades reales que poder materializar.

_ ¡Las píldoras para el malestar son una ayuda pero nunca son la solución! –lo dijo Iván con la rabia reprimida que denuncia la ingestión descontrolada de sedantes y falsos calmantes, de barbitúricos, de medicamentos que demasiadas personas se auto recetan sin prescripción-. Mira a tu alrededor –continuó diciéndole antes de enmudecer señalando con el dedo extendido la inmensidad del horizonte-. Fíjate Oscar, sólo hay arena a nuestro alrededor. Si se libera un hombre en el desierto que nada siente, de nada va a servirle su libertad. La libertad no existe sino para alguien que va a un lugar, y liberar a ese hombre consiste, no solo en mostrarle la sed, sino en mostrarle el camino hacia un pozo y si tiene solamente cuarenta y cinco minutos para gastar en la vida, sabrá en qué emplearlos. Entonces, igual que nosotros ahora, podrá sentarse tranquilo en una duna. Y como nosotros, no oirá absolutamente nada y sin embargo, algo mágico resplandecerá en el silencio. Contémplalo Oscar, ¿verdad que es fantástico?… ¡sobre todo en esta oscuridad espesa!

_ ¿Y no te parece aburrido a ti que te agota lo cotidiano? ¿No te cansa ver todo el rato lo mismo?

_ Todo lo que alcanza la vista no es más que una arena uniforme… y más claramente te diré, en el desierto, cualquiera puede sentirse absorto por la monotonía, lo rutinario, lo amorfo, pero si atiendes Oscar, tú que sabes bien abstraerte en la contemplación verás a lo lejos invisibles duendes serafines y querubines que edifican en el desierto una cambiante red de direcciones, pendientes, señales, la misma musculatura secreta que David Lean plasmó en su memorable Lawrence de Arabia… ¡como me gusta esa película!

_ Yo creo que a ti te gusta el desierto porque está todo por hacer.

_ Pero el desierto tiene vida propia. En la película, uno comprueba bien que no hay uniformidad sino una belleza que te calienta. Un paisaje que te orienta en la escasez cuando tus ojos nada alcanzan a ver más que arena y más arena.

_ A mi también me gustó esa película. Es una buena narración histórica, bien dirigida e interpretada. Y que conste Iván que a mi el desierto también me parece bello aunque no me produce tanta atracción como las montañas del Himalaya. Gracias a tu insistencia he podido ver su rostro sin las arrugas que dibuja el viento bajo el sol y la luna, esta luna tan nuestra y tan nueva que está escondida.

_ Lo que más embellece al desierto son sus secretos. Hay mil pozos escondidos y de repente, comprendes que cosa es ese misterioso resplandor que alumbra como una lámpara mágica.

En ese instante un fogonazo nocturno iluminó parte del territorio como una de esas bengalas de señalización que explotan luz y caen lentamente hasta el suelo en un interminable descenso.

Ambos levantaron la vista al cielo. Vieron una estrella fugaz cruzar el firmamento de derecha a izquierda en línea recta como partiendo la negra pantalla en dos. Permanecieron en silencio por largo tiempo sin abrir o cerrar los ojos, sin llenar los pulmones de aire hasta que Iván se incorporó y empezó a andar.

Oscar lo siguió inmediatamente.

Iván avanzaba.

Oscar lo seguía con sigilo arrastrando los camellos.

Subieron y bajaron por las dunas sin descanso, una detrás de otra dejando tras de sí las huellas que ocultaba el viento. Quizás pasó una hora. Pero muy bien podían haber sido dos. O tres. Probablemente cuatro, incluso cinco.

Con la mirada fija en su espalda Oscar lo alcanzó. Iván le dijo mientras seguían caminando, ya no uno detrás del otro si no juntos ambos amigos a la par.

_ El sonido del silencio… nada más se conoce en la inmensidad del desierto. Igual como la paz se percibe buceando a cuarenta metros bajo el mar o en lo alto del Tibet. A mí también me gustan las montañas del Himalaya, Oscar. Cada lugar tiene oculta su gran verdad e ir en pos de ésta es lo que empareja al trotamundos con la vida. El desierto, como el océano, es tan inmenso y sus horizontes tan extensos que hacen que el ser humano se sienta pequeño y permanezca callado. Sólo entonces poseído de una gran humildad se entra en contacto con la unidad de la Naturaleza.

_ Las dunas cambian con el viento pero el desierto sigue siendo el mismo. Creo que tu espíritu aventurero te ha llevado a ser como el desierto. Y de igual forma como el desierto es insaciable, tú permaneces imperturbable como un guerrero. Por esto la gente piensa que eres arrogante. Dime Iván, ¿de verdad no temes adentrarte en la garganta del desierto?

_ Hemos dormido por siete noches en este desierto, por siete noches en nosotros mismos ¿cómo podría asustarme a estas alturas del desierto de mí mismo!…  Además… dicen que Alá puso las palmeras y el agua para que los hombres pudieran aprender a sonreír… encontraremos nuestro oasis o algo mejor.

_ Sí, pero el recepcionista del hotel me advirtió asustado cuando le expliqué lo que iba a hacer que el desierto es una mujer caprichosa que a veces enloquece a los hombres.

_ ¡No tendré esa suerte!

_ Eres imposible. Nada ahuyenta tu sed de conocimientos.

_ Efectivamente, nada. Sería capaz de sacrificar cuanto a mi alrededor exista por saber una cosa más.

_ ¿A las personas también?

_ Por el momento nada me ata a ninguna persona. El águila vuela sola. Debo viajar ligero si quiero llegar a mi destino. Se que hay un lugar reservado para mí.

Siguieron andando hacia un horizonte que parecía alejarse con su avance a cada paso, un paso más lejos, hasta que se detuvieron repentinamente.

_ Mira Oscar, este me parece el sitio más bello de la tierra y el más triste paisaje del mundo porque es aquí, estoy seguro. Fue aquí donde apareció y de aquí desapareció el principito.

_ Sin duda es aquí Iván, escarbemos haber si encontramos el bozal que dibujó para que el cordero no se comiera su flor.

Y escarbaron en la arena mientras escuchaban las estrellas como quinientos millones de cascabeles porque era ahí mismo donde cayó, suavemente como un árbol cuando aquel extraño animal delgado como un dedo se acercó a su tobillo como un relámpago amarillo y desapareció el principito el veintinueve de diciembre de 1935 para volver a su pequeño planeta el asteroide 3612.

_ Seguro que encierra su flor todas las noches bajo la farola de vidrio.

_ Nada del universo puede ser igual si en alguna parte un cordero se ha comido una flor.

Y los dos alzaron sus rostros preguntándose si el cordero al que no conocían se había comido la flor que nunca habían visto. Y todo cambió por completo porque flor y cordero habitaban su corazón.

Muy pocas personas comprenden porque este simple hecho puede tener tanta importancia cuando a diario miles de corderos en el mundo se comen impasibles miles de flores indefensas y no pasa nada.

Oscar e Iván examinaron largamente aquel lugar. Atentamente durante horas.

El paisaje fue descubriéndose para ambos con el amanecer a su lado y no tuvieron prisa. Esperaron, exactamente debajo de la estrella que había señalado el camino. Y aquel niño dulce y malhumorado con su bufanda y sus rubios cabellos dorados como el trigo vino hasta ellos. Ambos le reconocieron. Supieron que se trataba del pequeño Principito de Antoine de Saint-Exupéry. Y fueron buenos con él. Lo trataron como debe tratarse a un niño.

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